miércoles, 21 de octubre de 2009

El Estado capitalista, la crisis y el Nuevo Imperialismo

Pablo Míguez
Herramienta.org

Este trabajo propone presentar las diferentes concepciones del Estado capitalista que subyacen en algunas caracterizaciones recientes sobre la crisis capitalista. David Harvey, Robert Brenner, Giovanni Arrighi, se mueven en torno a ámbitos multidisciplinarios, desarrollando sus aportes entre la economía, la historia, la filosofía política, las relaciones internacionales y la geografía, siendo la formación de origen un aspecto que deja huellas en sus trabajos. La historia en el caso de Brenner y Arrighi, la geografía en Harvey son los puntos de partida iniciales de sus reflexiones, que luego son enriquecidas por la sensibilidad y el manejo amplio de las ciencias sociales que cada uno de ellos posee.


Para abordar las posiciones de Harvey y Arrighi corresponde introducir brevemente la descripción que hace Brenner de la situación del capitalismo mundial a fines del siglo XX. Hace 10 años Brenner se ocupó del tema de la crisis en el debate que se conoció como el nuevo debate Brenner, surgido a partir de la publicación en 1998 de La Economía de la Turbulencia Global, saludado en la New Left Review como todo un acontecimiento intelectual.


Nuestro interés por el debate no sólo reside en el indudable aporte de Brenner a la caracterización de la crisis sino al hecho de que sobre este trabajo se apoyan para reafirmar sus posiciones numerosos pensadores actuales, como Harvey y Arrighi. Repongamos algunos de los principales argumentos de estos autores.

La crisis actual del capitalismo mundial según Brenner


El trabajo de Brenner no pretende abordar directamente la cuestión del Imperialismo. Como mencionamos, sus estudios se centran en la evolución del capitalismo mundial y su crisis. Sin embargo, como señalamos, su diagnóstico es recuperado por autores que se apoyan en su trabajo para teorizar acerca de la continuidad del imperialismo como eje fundamental para entender y analizar el capitalismo actual. Resumiendo en extremo el argumento central de Brenner, puede decirse que como resultado del desarrollo desigual en la economía mundial los países rezagados intentan alcanzar a los líderes del proceso de la acumulación de capital a escala global. Así es como frente al liderazgo de Estados Unidos, desde los años cincuenta Alemania y Japón procuraron darle alcance y en ese camino dieron lugar a un desarrollo que condicionó la economía mundial, generando una crisis de sobreproducción que se mantiene en la actualidad, de la cual es muy difícil salir.


En el análisis de Brenner recién a partir de 1965 Japón y Alemania habrían estado en condiciones de disputar el liderazgo económico mundial a Estados Unidos en un número cada vez mayor de industrias clave y de penetrar en los mercados dominados por éste. Las políticas gubernamentales, sobre todo la gestión de la moneda, de los salarios y del tipo de cambio que cada país pudo llevar adelante fueron fundamentales en este proceso, con la diferencia de que en el caso de la economía líder ello condicionaba también la salud de todo el sistema monetario internacional[1].Para Brenner, en el período posterior a 1973 las acciones de los gobiernos no se limitaban a la mera regulación de los procesos sino que fueron activos protagonistas de los mismos, sobre todo a través de los manejos de los tipos de cambio entre las principales economías mediante sucesivos acuerdos (Acuerdos de Plaza en 1985 y los acuerdos de Plaza inversos diez años después) [2].


Los argumentos de Brenner lo llevan a sostener una teoría de la crisis del capitalismo por sobrecapacidad y sobreproducción a escala del sistema en su conjunto, resultante de la interacción entre las economías de rápido crecimiento. Esto implica una tendencia inevitable a la creación de un exceso de capacidad en un gran número de industrias con relación a la tasa de ganancia existente, lo que obliga a dejar de usar medios de producción y bajar los precios de los productos, reduciendo la rentabilidad. La existencia de importantes inversiones ya realizadas impediría el fácil traslado a otras ramas o industrias. Dadas estas restricciones, las empresas buscan acelerar el ritmo de la “innovación”. Esta conducta, además de darse en una etapa de caída de las ganancias y no en su ascenso, agrava el problema de la sobreproducción.


La recuperación de la economía estadounidense a partir de1993 le permite a Brenner subrayar sus dudas sobre la mejora en la rentabilidad a escala mundial y la disminución de la sobrecapacidad. De hecho, la creciente competencia de las exportaciones asiáticas, sobre todo con la devaluación China de 1994, ya permitían sospechar de la viabilidad a largo plazo de la recuperación estadounidense. Las sucesivas crisis financieras que se suceden (México en 1995, Asia en 1998, aunque también Rusia, Brasil en 1999 y Argentina en 2001) dan muestras de la inestabilidad de la economía global y paradójicamente, se refuerza la posición estadounidense. Estados Unidos absorbe los recursos líquidos de todo el mundo, aspirando los capitales vía el mercado de valores de Wall Street y suspendiendo momentáneamente los problemas de una balanza comercial insosteniblemente deficitaria. La Reserva Federal tampoco colaboró demasiado, según Brenner, sino que agudizó los problemas. A pesar de las declaraciones en contrario de Greenspan, la política monetaria de la FED actuó de hecho fomentando las cotizaciones y la lógica bursátil comenzó a adoptar una dinámica propia y a engendrar una burbuja especulativa cuyo estallido se haría sentir en algún momento. Brenner coincidía en esto con las advertencias de muchos economistas que señalaban que la Mundialización financiera originada a finales de los años setenta estaba conduciendo a un predominio del capital financiero en desmedro del capital industrial y que escapaban, o dejaban en buena medida impotentes, a las regulaciones estatales[3]. Pero en el plano que le interesa a Brenner, que es el sector industrial, estos desarrollos no hacían sino fomentar el crédito y acelerar el proceso de sobrecapacidad, dando lugar a un enorme exceso de capital productivo y a una fuerte caída de la rentabilidad. La burbuja bursátil sólo parecía posponer los efectos de la crisis, que ha estallado diez años después. Estos argumentos lo llevaron a detenerse en la expansión bursátil de la economía estadounidense, analizada en 2000 en The Boom and the Bubble.


La recuperación de la rentabilidad en los años noventa se debió sobre todo al ataque a los trabajadores, mediante destrucción de empleos y reducción de salarios acompañados de fuertes aumentos de la productividad. La expansión bursátil se dio sobre todo a partir de la inflación de activos inmobiliarios, lo que dio lugar a una burbuja inmobiliaria entre 2002 y 2005 que estalló en 2007 y cuyas consecuencias se están haciendo sentir en Estados Unidos y en el mundo[4]. La gran crisis hipotecaria en Gran Bretaña y España y la crisis del sistema financiero global en 2008 dan cierto crédito a estos análisis de Brenner.



El planteo de Arrighi y la concepción del Imperialismo de la escuela del Sistema Mundial

Arrighi analiza la situación actual en diálogo con Brenner, mostrando las fortalezas del análisis pero señalando también algunas insuficiencias importantes que tienen consecuencias en su caracterización de la etapa actual del capitalismo.
Sus últimos trabajos, El largo siglo XX, Caos en orden en el sistema mundo moderno y Adam Smith en Pekín comparten las líneas de análisis braudelianas y del Sistema Mundo, donde las relaciones entre capital y trabajo se estudian a lo largo de ciclos de larga duración y considerando, además de la relación capital-trabajo, las relaciones norte-sur. Se trata de una tradición historiográfica iniciada por Fernand Braudel y continuada por Immanuel Wallerstein.


Si bien no alude directamente al tema del Imperialismo ni da en su esquema un lugar especialmente relevante al Estado su aporte es fundamental porque con el dialogan Harvey y Brenner. El autor analiza la evolución reciente del capitalismo haciendo analogías con los auges y declives de las potencias imperialistas incluso desde antes del capitalismo, donde la posición hegemónica en el sistema mundo habría sido ocupada sucesivamente por las ciudades genovesas en el siglo XIV, Holanda en el siglo XVI, Gran Bretaña en los siglos XVIII y XIX, Estados Unidos en el siglo XX y en el futuro, sugiere el autor, presumiblemente otra potencia (Arrighi especuló con Japón en su momento y ahora hace lo propio con China).


Las diferencias con Brenner las plantea recientemente en “La economía social y política de la turbulencia global”. Como buen historiador, Arrighi describe minuciosamente los períodos recientes de la economía mundial en función de una periodización que, en líneas generales, coincide con la de Brenner, esto es, una larga expansión en los años cincuenta y sesenta, seguida por un estancamiento en los años setenta hasta un tercer momento de recuperación de la economía estadounidense a partir de 1993, etapa que de todos modos no termina de resolver los problemas del largo declive de la economía-mundo iniciado en los años setenta.


En realidad, para Arrighi, la situación actual es análoga a la de otros momentos de la historia del capitalismo donde se asistía una expansión financiera centrada en la principal economía de la época, esto es, la “financiarización de la acumulación de capital”:


Desde este punto de vista podemos detectar similitudes no sólo entre la depresión de 1973-1896 y el largo declive de 1973-1993 sino también entre la belle époque eduardiana y el resurgimiento económico y la gran euforia estadounidense a finales de la década de 1990. [Luego adelanta que:] “Lo que ha venido sucediendo hasta ahora es que el desarrollo desigual, en el sentido que le da Brenner, tiende a generar una larga expansión seguido por un largo período de competencia intensificada, rentabilidad reducida y estancamiento relativo, al que sigue un repunte de la rentabilidad basado en un expansión financiera centrada en la principal economía de la época”[5]


Arrighi señala que el trabajo de Brenner pone excesivo énfasis en los conflictos horizontales entre capitales más que en los conflictos verticales entre capital y trabajo. A fines del siglo XX supuestamente una de las causas de aumento de las inversiones británicas en el extranjero habría sido el aumento de los salarios reales en la metrópoli. Más que por aumentos de salarios nominales esto era el resultado de las guerras de precios que reducían abruptamente los salarios reales. Este aspecto habría sido dejado de lado por Brenner. Por otro lado, señala Arrighi, como ello no supuso una relocalización de las industrias -porque en ultramar las inversiones no se destinaban a esto sino a la construcción de infraestructuras- terminó reforzando la posición de los trabajadores en los centros.


Para Arrighi, desde comienzos del siglo XX y hasta 1945 las guerras entre potencias imperialistas desplazaron a las guerras de precios entre capitalistas. Al decir de Arrighi: “La competencia capitalista se fue politizando cada vez mas”[6]. La resistencia, las luchas y la organización política de la clase obrera aumentaban su influencia sobre el conflicto intercapitalista en mayor medida que en la segunda mitad del siglo XIX. De hecho, su influencia en el período de auge posterior a los años cincuenta merece especial atención, aunque Brenner no les adjudique demasiada incidencia en la crisis de rentabilidad post 1973. El aumento de la participación de los salarios no sólo tuvo peso en la relación capital-trabajo sino también en la posterior articulación del conflicto entre capitales. La existencia de la estanflación de los años setenta sería entonces una demostración de la imposibilidad para las potencias capitalistas de resolver el conflicto mediante la solución recesiva propia del mecanismo automático del patrón oro, que hacía pagar la crisis a los trabajadores con caída de salarios reales.


Para Arrighi, la importancia del conflicto capital trabajo es más notoria en el declive post setenta que en el anterior período crítico. La relocalización industrial que devino en aumento de la inversión extranjera directa en los años setenta en países periféricos es la muestra de la fortaleza del movimiento obrero en los centros de acumulación capitalista. Menor resistencia al trabajo fabril y salarios mas bajos predisponían al capital a iniciar la fuga a regiones menos problemáticas y eludir la presión laboral sobre la rentabilidad. La fortaleza del movimiento obrero hacía inviable la solución deflacionaria, lo que obligó, según el historiador, a la vía inflacionaria de gestión de la crisis. Sin embargo, a pesar de estas consideraciones de Arrighi, también para él la competencia intercapitalista sigue siendo en última instancia mas determinante que la relación capital-trabajo, aunque ciertamente en menor medida que para Brenner.
Por otro lado, señala Arrighi, Brenner propone un análisis de la economía mundo tomando la economía internacional como punto de referencia teórico, pero luego se ocupa preferentemente de las tres mayores economías nacionales, Estados Unidos, Japón y Alemania. Las referencias a China o la Unión Europea son absolutamente menores, e inexistentes en el caso de otras regiones como América Latina. Mas aún, en estos tres países su énfasis esta puesto casi exclusivamente en el sector industrial, cuya importancia para analizar el capitalismo nadie discutiría pero que ciertamente viene reduciendo su participación en el valor agregado desde el comienzo del largo declive. En defensa de Brenner hay que decir que en realidad para él esto es un síntoma de la crisis: el auge del capital financiero y de los servicios y la caída de la industria no merecen un análisis detallado sino que son indicadores de la crisis de rentabilidad.


Para Arrighi a esta crisis de rentabilidad debe añadirse la crisis de hegemonía política estadounidense a nivel mundial, que Brenner habría pasado por alto, derivada de la guerra de Vietnam. Esta última afectó seriamente la balanza de pagos de Estados Unidos y precipitó la crisis del dólar de 1971, afectando el sistema monetario internacional a partir del abandono de los regímenes cambiarios fijos propios del sistema de Bretton Woods por los tipos de cambio flexibles.
A diferencia de Estados Unidos en la actualidad, en su momento Gran Bretaña pudo resolver la crisis de manera no inflacionaria haciendo uso de su condición política hegemónica a nivel mundial (la posibilidad de externalizar los costos del ajuste interno de Gran Bretaña mediante el patrón oro debe estudiarse en relación con la política colonial hacia la India). Vietnam impidió que Estados Unidos hiciera eso mismo y por lo tanto inició una “fuga hacia adelante” con la expansión crediticia característica del largo declive.


Esta estrategia expansiva dio cierto aire a Estados Unidos pero no logró detener el largo declive de la economía mundial ni la caída de la rentabilidad. Más que inversiones adicionales en capital fijo, tal como sostiene Brenner, el destino de los flujos de capital se oriento a las inversiones financieras. Para Arrighi esto les permitió al capital estadounidense apoderarse incluso de las empresas que sí seguían invirtiendo en capital fijo y materias primas a precio de saldo, mostrando una trayectoria análoga a la del capital británico un siglo antes. Las analogías no terminan aquí: la estrategia de “financiarización” también habría sido adoptada por los Países Bajos en el siglo XVI y habría constituido el preludio de su reemplazo por Gran Bretaña como potencia hegemónica de la economía mundo. La creciente deuda estadounidense le ha permitido no obstante vivir durante más de veinte años una belle epoque comparable a la británica de principios del siglo XX, de modo que cabe esperar que Estados Unidos corra con la misma suerte y sea reemplazado por otra potencia, presumiblemente China[7].


La financiarización le permitió arrastrar a la URSS al abismo mediante la carrera de armamentos y mantener a raya al Tercer Mundo mediante el endeudamiento. La caída de la industria en Estados Unidos y en los países centrales tuvo efectos sobre los trabajadores de esas industrias pero no repercutió en la salud de una economía que se reorientó para aprovechar la oleada financiera. Pasó de ser un factor propio de una crisis de hegemonía a convertirse en fuerza impulsora de la prosperidad de los ochenta y noventa.


En suma, según Arrighi, Brenner parece tener en cuenta los aspectos “Económicos” y “nacionales” de países fundamentales de la economía Mundo y deja de lado los aspectos “políticos” y “sistémicos” que caracterizan a la economía mundo. El desarrollo desigual es un elemento central pero no el más importante: “Así pues, el desarrollo desigual bajo la hegemonía estadounidense lejos de ser un proceso espontáneo derivado de las iniciativas procedentes de la acumulación capitalita “desde abajo”- como había sucedido en el siglo XIX bajo la hegemonía británica- fue un proceso alentado consciente y activamente “desde arriba” por el Estado Bélico- asistencial globalizador patrocinado por Estados Unidos”[8]. Mientras Brenner hace hincapié sobre todo en la crisis de rentabilidad para Arrighi deberíamos atender la crisis de hegemonía combinada con la estrategia inflacionaria de gestión de la crisis. Lo que Arrighi no nota es que el lugar que da a la sucesión de potencias hegemónicas no le exime de tratar la cuestión del Estado capitalista, sobre el cual no se explaya lo suficiente.


La idea de sucesivos períodos históricos de larga duración donde los estados hegemónicos mantiene una estrategia consciente y coherente implica asumir que el imperialismo, en los términos definido por Lenin, nació con el propio capitalismo. Como señala Alberto Bonnet, es difícil suponer que la situación holandesa pueda ser análoga a la estadounidense de finales del siglo XX[9]. Sin embargo, Arrighi señala una diferencia importante con las transiciones hegemónicas precedentes y radica en el hecho de que la competencia interempresarial no parece tender a transformarse, como en las transiciones pasadas señaladas por el autor, en una contienda interestatal. Estados Unidos, con su poderío militar, es por primera vez en la historia un imperio universal y puede pasar de una hegemonía dominante a una dominación explotadora. La guerra es una guerra entre grandes poderes y hoy no se puede hablar de otro gran poder que no sea el estadounidense. El imperialismo surge de la confrontación entre estos grandes poderes y este no parece ser el caso.


En toda la caracterización de Arrighi sobre el imperialismo se hace muy poca referencia al papel del Estado en la acumulación, lo que en parte es coherente con la escuela de la Economía Mundo de Braudel – Wallerstein. El capitalismo tuvo desde sus orígenes un carácter global y los estados nación no merecen atención especial.
En una entrevista reciente señala que no hay una tendencia a la guerra entre los grandes poderes porque el único gran poder es Estados Unidos y que esto puede favorecer a China de la misma manera que a principios del siglo XX la disputa entre Gran Bretaña y Alemania favoreció a los primeros[10].


David Harvey: la lógica espacial de acumulación y el “nuevo imperialismo”

David Harvey se acerca al planteo del tema a partir de los debates ocasionados por la publicación en el año 2000 de Empire. Lo hace desde una formación marxista inclinada a la geografía económica, específicamente a la dimensión espacial de la acumulación de capital[11]. En líneas generales Harvey acepta “las pruebas ofrecidas por Brenner, quien ve un problema crónico de sobreacumulación extendido a la totalidad del capitalismo desde la década de los setenta[12]” pero le incorpora algunos desarrollos propios que hacen muy interesante su análisis sobre el presente del capitalismo actual, caracterizado por el como un momento propicio para el despliegue de la “acumulación por desposesión”. Lo que Harvey incorpora al diagnóstico de Brenner es el destino tiene el capital excedente de fomentar circuitos secundarios y aun terciarios de circulación para evitar o como resultado de la sobreacumulación en los circuitos principales de producción y consumo.


Se propone estudiar cómo funcionan en el espacio y en el tiempo los procesos moleculares de acumulación de capital para responder al planteo de Arrighi sobre la adecuación de la fijeza del poder territorial a la dinámica fluida del capital:


La lógica capitalista del imperialismo (a diferencia de la territorial) debe entenderse, afirmo, en el contexto de la búsqueda de “soluciones espacio-temporales” al problema del exceso de capital ( y es, repito, en el exceso de capital más que en el de fuerza de trabajo donde debe concentrarse la atención analítica).


En estos procesos moleculares de acumulación la importancia del Estado es para Harvey fundamental, porque “ha sido desde hace mucho tiempo y continúa siendo el agente fundamental de la dinámica capitalista global.”[13] Esto es una diferencia importante con el planteo de Arrighi.


Al analizar el papel del estado en la acumulación del capital Harvey observa lo que el Estado “hace” más que su naturaleza capitalista, es decir, lo que el Estado “es”. Para Harvey los procesos moleculares dan lugar al surgimiento de “economías regionales”, que dan coherencia a la producción, la distribución, el intercambio y el consumo. El estado captura estas dinámicas regionales y con ello facilita los flujos de capital y trabajo:


Durante el siglo XIX, por ejemplo, los Estados construían carreteras y sistemas de comunicaciones ante todo con finalidades administrativas, de control militar y de protección del conjunto del territorio. Pero una vez construidas, esas infraestructuras proporcionaron vías que facilitaron el flujo de mercancía, trabajo y capital.[14]
El Estado, entonces, se encarga de generar entornos atractivos para la inversión de capital. Cuando los capitales excedentes generados en economías regionales subestatales no encuentran empleo rentable dentro del país, el Estado debe recurrir a las prácticas imperialistas en el sistema interestatal. Los flujos moleculares, sobre todo del capital financiero, deben ser orientados en su beneficio tanto interna como externamente[15]


El estado opera en la dimensión espacial, pero las soluciones a la acumulación requieren el estudio de la teoría de la crisis y de las soluciones espacio-temporales de la misma. Harvey pone en el mismo nivel la teoría del estado y la teoría de la crisis, ambas responden a lógicas diferentes, a la lógica de lo político y de lo económico por separado. Siguiendo a Brenner, Harvey sostiene que el capitalismo tiende a generar crisis de sobreacumulación de manera crónica, esto es, excedentes de capital (mercancías, capital monetario, capacidad ociosa) o de fuerza e trabajo (desempleo). Pero Harvey agrega a esta tesis de Brenner desarrollos propios. Tales excedentes pueden alejarse del circuito primario de la producción y el consumo y ser potencialmente absorbidos por el “circuito secundario” de capital fijo o bien hacia el “circuito terciario” (gastos sociales, salud, educación, gastos de investigación y desarrollo), es decir, inversiones de larga duración que permitan obtener rentabilidad a futuro. En suma, la sobreacumulación da lugar al desarrollo de circuitos secundarios y terciarios de la acumulación que alivian el problema en el circuito primario para volver a formar parte de él en un futuro más o menos cercano.


Algo fundamental, que según Harvey suele ser ignorado, es que la sobreacumulación en los circuitos secundarios y terciaros es la que suele generar crisis generales en el capitalismo, de las cuales las crisis financieras e inmobiliarios constituyen los casos paradigmáticos. Las burbujas de la propiedad inmobiliaria estuvieron en el centro de las crisis financieras de Nueva York en 1973-75, de Japón en 1990 y de Tailandia en 1997.


En el fondo el problema de la sobreacumulación se alivia sólo en el corto plazo, porque de no poder realizarse las mercancías se recurre al sistema de crédito, lo que vuelve mas vulnerable a las economías en crisis. Es inevitable la devaluación y los beneficios para los acreedores. Este proceso tiene dos posibles salidas. Una es la absorción episódica de excedentes: las soluciones espacio-temporales se renuevan una y otra vez, dando sensación de estabilidad global a pesar de las crisis regionales periódicas. La otra es la exacerbación de la competencia internacional con múltiples centros dinámicos de acumulación enfrentados para resolver sus problemas de sobreacumulación.


Con este esquema, Harvey hace una reinterpretación del imperialismo clásico de finales del siglo XIX: para no absorber los problemas de la sobreacumulación mediante reformas sociales internas y concesiones al movimiento obrero se emprendían políticas imperialistas en busca de soluciones espacio-temporales[16]. En la actualidad estos mecanismos son necesarios para mantener la reproducción ampliada de capital y contrarrestar la tendencia a la sobreacumulación, pero si esto falla es necesario garantizar la acumulación por otros medios. De eso se trata la “acumulación por desposesión”.La geografía histórica del capitalismo ha sido configurada por ambos procesos “la reproducción ampliada” y la “acumulación por desposesión”. En la última etapa la segunda prevalece como forma dominante sobre la primera. Y lo que es muy importante, da lugar a luchas diferentes en ambos planos. Los mecanismos que Marx había caracterizado como propios de la etapa de “acumulación originaria” continuaron proliferando durante el desarrollo del capitalismo. Como el crédito y el capital financiero a comienzos del siglo XX, en la actualidad los mecanismos de la acumulación por desposesión consisten en la privatización de la tierra y la expulsión forzad de los campesinos, la mercantilización de la naturaleza (tierra, agua, aire), la supresión de formas alternativas de producción (indígenas, por ejemplo), la privatización del agua, de la educación, etc.; lo que constituye “una reedición a escala gigantesca del cercado de tierras comunales en la Europa de los siglos XV y XVI.”[17].


Todos estos despliegues habilitan a hablar de un “nuevo imperialismo” y la “acumulación por desposesión” como los mecanismos centrales del capitalismo actual para resolver su crisis, si analizamos la situación “desde la perspectiva de larga duración” y desde un “materialismo histórico- geográfico”[18] que da lugar a un “desarrollo geográfico desigual”[19].


A pesar de la buena recepción que tiene en Harvey el trabajo de Brenner el historiador británico le cuestiona numerosos aspectos de su caracterización del Nuevo Imperialismo. Veamos algunas de las críticas mas destacadas. En primer lugar Brenner niega que existan dos lógicas diferenciadas o en contraste, esto es, la lógica capitalista y la lógica territorial, sino mas bien una de ellas, la lógica del capital, puesto que la acumulación de control sobre el territorio no es un fin en sí mismo y no se contradice con los intereses del capital. En ese sentido, Brenner señala que los requerimientos del capital en general pueden no ser compatibles con la existencia de un “sistema de múltiples estados” -cuyo origen histórico se encuentra en los múltiples sistemas feudales – pero no porque exista un conflicto entre el interés estatal y el interés del capital sino mas bien porque los estados defienden los intereses de su propio capital nacional, lo que los explica la rivalidad entre los estados capitalistas propia del imperialismo clásico. [20].
En este punto Brenner señala que Harvey, en parte por seguir a Anna Harendt con su idea de caracterizar el Imperialismo a partir de una nunca finalizada acumulación seguida de un siempre expansivo poder estatal, no distingue la diferencia entre el imperialismo clásico del período 1884-1945 y el período 1945-2000. En este segundo período más que a una rivalidad o conflictos intercapitalistas asistimos a un liderazgo estadounidense que no privilegio la expansión territorial y que fomentó la recuperación del capital europeo y japonés, ciertamente en el marco de la Guerra Fría con la Unión Soviética. Brenner sugiere una especie de asociación kautskiana entre las grandes economías que, no obstante, no fue manejada exitosamente, por lo cual asistimos a la crisis de sobreacumulación que esta mostrando sus efectos.


Algunas consideraciones sobre la crisis y las finanzas

En relación a la crisis, Brenner también discute la idea de sobreacumulación de Harvey por considerarla cercana a la teoría del profit squezzy que el primero tanto se ha ocupado de criticar y por considerarla el resultado de un análisis mas propio de la situación de Estados Unidos que de la economía mundial. La crisis disparada en 2008, según Brenner, responde a la sobreproducción del sector manufacturero industrial que muestra la economía mundial desde la década de los setenta.[21]. Ella esta en la base de las sucesivas expansiones bursátiles que estallaron en los 80, los 90, en la crisis de las empresas “punto com” de 2001 y ahora en la crisis del sector inmobiliario de 2008. En una economía que atraviesa un largo declive, los estados debieron emitir deuda, de formas cada vez más barrocas para mantener la demanda ante la caída de las tasa de crecimiento:


En definitiva, la cuestión es que, desde 2000, en EEUU y en todo el mundo capitalista avanzado, hemos sido testigos del crecimiento más débil de la economía real desde el final de la II Guerra Mundial en paralelo con la mayor expansión de la economía financiera o virtual de toda la historia de EEUU. No hace falta ser marxista para darse cuenta de que esto no puede durar.


En parte por estos motivos, a pesar del interés que Harvey muestra por las finanzas, Brenner no comparte que se las vincule con los mecanismos de acumulación por desposesión cuando es un desarrollo propio de la acumulación de capital. Mas aún, la noción misma de “acumulación por desposesión” le parece desacertada porque agrupa una larga lista de mecanismos que no se diferencian de manera sustantiva de la propia competencia capitalista. Según Brenner, la acumulación por desposesión, en caso de ser operativa, debería describir un proceso de creación de las precondicones sociopolíticas par la expansión de la reproducción del capital que debe distinguirse de la acumulación en sí misma.


Como se ha mencionado, el papel de las finanzas internacionales en la nueva fase del capitalismo esta abundantemente trabajada por Harvey. La caída del régimen de Bretton Woods y la crisis del petróleo de 1973 dieron paso a la incursión de los organismos financieros internacionales como instrumentos fundamentales para restaurar el poder de clase. Par Harvey la crisis fiscal del estado se expresaba en la bancarrota del la cuidad de Nueva York y allanó el camino para la prácticas neoliberales basadas en la austeridad monetaria, luego de años de extrema liquidez nacional e internacional. Los economistas monetaristas del FMI impulsaban las políticas de ajuste estructural en los países endeudados. Estas medidas se convirtieron en los años noventa en políticas globales con el “consenso de Washington”.La caracterización del neoliberalismo como “destrucción creativa”, célebre expresión acuñada por Schumpeter , refiere a los resultados derivados de los mecanismos de acumulación por desposesión: “Si el principal efecto del neoliberalismo ha sido redistributivo en lugar de generativo, había que encontrar modos de transferir activos y canalizar la riqueza y los ingresos sea de la masa de la población a las clases altas o de países vulnerables a los más ricos”[22]. Estos procesos son los mencionados mecanismos de acumulación por desposesión. A éstos Harvey propone agregar las rentas de los derechos de propiedad intelectual, la privatización de la seguridad social y otros derechos del período socialdemócrata[23].


Recientemente, Harvey recupera la idea del economista Gerard Dumenil, que ha analizado profundamente el papel de las finanzas internacionales, de definir el “neoliberalismo” como un proyecto de los sectores dominantes, de las clases altas de los países centrales para recomponer su posición dominante luego de los retrocesos registrados en el período socialdemócrata de los años sesenta y setenta[24]. Sin embargo, a diferencia del economista francés, el geógrafo pone el origen del proceso en la crisis del 73 y no en el giro monetarista de la política económica estadounidense de 1979[25]. La magnitud de la crisis financiera en curso obliga a tomar seriamente los análisis de los autores mencionados así como la demostrar la manera en que la crisis expresa las contradicciones a las que el capitalismo nos conduce aceleradamente.


Para Harvey el capital está permanentemente en expansión. Una vez que se agota los potenciales beneficios huye en búsqueda de nuevas oportunidades de rentabilidad. La acumulación propia de la etapa actual y sus mecanismos son muy variados y requieren necesariamente la existencia de algún “exterior”, ya sea preexistente (formaciones sociales no capitalistas, tierras vacías, nuevas fuentes de materias primas o sectores sociales aún no proletarizados como la educación) o creado a tal efecto[26]. La dinámica “interior-exterior” plantea una diferencia con el planteo de Toni Negri en Imperio, donde el filósofo italiano señala que ya no existe un “exterior” al capitalismo dado que el Imperio ya ocupa todo el espacio global. Para Negri el capitalismo ya penetró todos los espacios, no quedarían espacios no capitalistas. La diferencia entre Norte y Sur, de la escuela mundo, o países centrales y países periféricos, de las teorías de la dependencia, oculta la influencia recíproca que distribuye las desigualdades entre ambos según múltiples líneas de fractura. En suma, entre estos conceptos no hay diferencias de naturaleza sino de grado[27]. La diferencia parece estar en que Negri considera que las relaciones capitalistas incumben actualmente a todos los países del mundo y para Harvey no son las relaciones sociales sino las condiciones de rentabilidad de los capitales las determinantes de la expansión, y por lo tanto se requieren oportunidades nuevas de acumulación en espacios aún donde ya existen relaciones sociales capitalistas. El imperialismo actual utiliza a los gobiernos para privatizar, para brindar nuevas oportunidades a la acumulación en sectores donde antes no era posible[28].



A modo de conclusión

David Harvey, Robert Brenner y Giovanni Arrighi, son excelentes conocedores de su tiempo y de las disciplinas que intentan interpretarlo. Por su formación historiográfica y sus argumentaciones abundan en hechos, procesos históricos y sociales y todos cuestionan el orden establecido por el capital. Todos ellos se ocupan de la evolución del capitalismo y de los principales estados capitalistas Harvey también señala explícitamene la necesidad de tener una teoría marxista del Estado capitalista, sin embargo al igual que estos autores muestra poco interés por el debate existente desde los años setenta y que aún permanece abierto[29].En su libro de finales de los años noventa La condición de la postmodernidad, mostraba afinidad en este punto con el trabajo de los regulacionistas franceses. Estos últimos tampoco reconocen suficientemente que si bien los estados pueden generar lazos específicos con capitales nacionales persiguen sus propios intereses y no suelen discriminar en función de la nacionalidad de los capitales para retenerlos dentro de sus fronteras.[30]


Y del mismo modo, Harvey va demasiado lejos al adjudicar al capital una lógica y una coherencia excesiva, cercana a cierto economicismo[31]del que Brenner y Arrighi tampoco están exentos. En su teoría de la crisis, al insistir en la competencia entre capitales como factor explicativo Brenner desplaza antagonismo entre capital y trabajo como argumento fudamental [32]. Harvey en cambio se ocupa de las resistencias al nuevo orden imperial. Según él, las alternativas al neoliberalismo han generado variadas formas de lucha social y política en todo el mundo, muchas veces difíciles de conectar. Harvey apela a la lucha de clase para caracterizar esta situación pero…


Tampoco significa necesariamente (si alguna vez debiera haberlo hecho) que podamos apelar a alguna simple concepción del proletariado como el agente primordial (para no decir exclusivo) de la transformación histórica. No existe un campo proletario de fantasía utópica marxiana a la que podamos apelar. Señalar la necesidad e inevitabilidad de la lucha de clases no es decir que la forma en la que la clase está constituida es determinada o incluso determinable anticipadamente. Los movimientos de clase se hacen a sí mismos, aunque no bajo condiciones de su propia elección. Y el análisis muestra que esas condiciones están actualmente bifurcadas en movimientos alrededor de la reproducción expandida- en la que la explotación del trabajo salariado y las condiciones que define el trabajo social son temas centrales- y los movimientos alrededor de la acumulación por desposeimiento- en los que todo desde las formas hasta las depredaciones producidas por las formas contemporánea del capital financiero constituye el centro de la resistencia. El encuentro del vínculo orgánico entre esas diferentes corrientes de clase es una tarea teórica y práctica urgente.[33]


Harvey reniega en esta cuestión de las apreciaciones de Negri en Imperio sobre todo por la estrategia de organización política de los trabajadores que se deriva de ella, pero no por las apreciaciones teóricas del autor[34].


La lucha contra el neoliberalismo para Harvey debe entonces articular a los movimientos alrededor de la acumulación ampliada y los movimientos alrededor de la acumulación por desposesión – esto es, el movimiento obrero y los movimientos sociales-, sin una jerarquía establecida de antemano. Mientras para Harvey los nuevos movimientos sociales son una respuesta al neoliberalismo, se oponen a la “acumulación por desposesión”, entendida como privatización y mercantilización (y la política posmoderna es una respuesta a las exigencias de libertad de los movimientos estudiantiles del 1968, una libertad “en la esfera del consumo” [35]) para Negri son la expresión de la multitud, dentro del imperio y contra el imperio[36], resultado de las transformaciones del proceso productivo donde la clase obrera industrial como tal no detenta ningún privilegio político sobre otros tipos de trabajadores, ni tampoco sobre precarios o desocupados, trabajadores agrícolas, trabajo reproductivo femenino o migrantes[37].


En suma, y por todo lo expuesto, a pesar de las evidentes diferencias entre los pensadores y las escuelas, la teoría de la crisis, la teoría del Estado capitalista y la teoría del Imperialismo - ya sea el imperialismo clásico, el Nuevo o el Imperio- siguen proporcionando elementos para dar cuenta y cuestionar a la vez a un capitalismo fuera de control y a la vez debilitado a cuya crisis asistimos de manera recurrente.


Bibliografía


- Arrighi, Giovanni (2007): “La economía social y política de la turbulencia global.” Revista Globalización, Buenos Aires, Julio de 2007.
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[1] Brenner, R. (1998): “The economics of global turbulence, New Left Review nº 229, may-june 1998. Traducción en Cuadernos del Sur nº 31, Abril de 2001.
[2] Brenner, R. (2003): “Después el Boom. Un diagnóstico sobre la economía mundial” en Cuadernos del Sur nº 35, mayo de 2003. Arrighi señala que Brenner se concentra demasiado en las acciones de los gobiernos y omite la acción de las empresas en este período.
[3] Véase los trabajos de Francois Chesnais, Gerard Dumenil y Dominique Levy, y Michel Husson.
[4] Brenner R. (2008): “Una crisis devastadora”. Against the Current Nº 132, enero-febrero 2008-02-06.
[5] Arrighi, G. (2007): “La economía social y política de la turbulencia global.” Revista Globalización, Buenos Aires, Julio de 2007.
[6] Ibíd.
[7] Arrighi, G. (2007): op. cit.
[8] I Arrighi, G. (2007): op. cit .
[9] Bonnet, A. (2002): “La globalización y las crisis latinoamericanas”, Universidad de Quilmes, Argentina.
[10] Entrevista a Giovanni Arrighi en Revista Herramienta Nº 38, Buenos Aires, Junio de 2008.
[11] El trabajo teórico de Harvey comienza en los años cincuenta y sesenta con el estudio de la transformación de la infraestructura urbana en Baltimore, lo que le despertó el interés por la relación entre el uso capitalista del espacio urbano derivado del desarrollo inmobiliario y la acumulación de capital. El boom de las viviendas en áreas suburbanas de las grandes ciudades en Estados Unidos y el despoblamiento relativo de los centros urbanos modelaron la forma de entender la acumulación capitalista y su diagnóstico sobre la situación actual. Entrevista a David Harvey en Revista Herramienta Nº 26, Buenos Aires, Julio de 2004.
[12] Harvey, D. (2003): El nuevo imperialismo, Akal, Madrid, p.92.
[13] Ibíd., p .83.
[14] Ibíd., p. 91.
[15] Ibíd., p. 92.
[16] Harvey, D. (2003): op cit, p. 105.
[17] Ibíd.,p. 118.
[18] Harvey, D. (2003): op cit ., p 21.
[19] Harvey señala en una entrevista en 2004 que existen muchos tipos de imperialismo, cuyas formas cambian según las épocas y los países. El desplegado por Estados Unidos era diferente al típico colonialismo europeo, y estaba basado en un control indirecto mediante e estados clientes u hombres fuertes apoyados militarmente Pero desde los años setenta este imperialismo se comenzó a ejercitar a través de las instituciones financieras internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Después del 11-S el imperialismo financiero se transformó en un imperialismo de tipo militar, con intervenciones directas en el territorio como en Irak En cambio el Imperialismo europeo prefiere medios económicos y políticos Entrevista a David Harvey en Revista Herramienta Nº 26, Buenos Aires, Julio de 2004
[20] Brenner, Robert (2006): “What Is, and What is Not, Imperialism?” Historical Materialism Nº 14:4, pp. 79-105., pp 83-85.
[21] “Las fases alcistas históricas de los mercados financieros en los 80, 90 y 2000 –con sus transferencias sin precedentes de ingresos y activos hacia el uno por ciento más rico de la población— han distraído la atención del progresivo debilitamiento real a largo plazo de las economías capitalistas avanzadas. Todos los indicadores económicos de EEUU, Europa occidental y Japón –crecimiento, inversión, empleo, salarios— han ido deteriorándose desde 1973, década tras década, y ciclo económico tras ciclo económico.” Brenner Robert (2008): “Una crisis devastadora”. Against the Current Nº 132, enero-febrero 2008-02-06.
[22] Harvey, David (2007): op cit.
[23] En relación a la dinámica económica reciente, Harvey subraya que a partir de las crisis financieras de finales de los años noventa se impusieron devaluaciones regionales localizadas para que el capital excedente se apodere de los capitales devaluados a precios de saldo y aporte nueva vida a la acumulación, como habría sido el caso del Sudeste de Asia y Rusia. Desataca el trabajo de Peter Gowan donde se señala que Estados Unidos desde 1973 se nutre de las crisis financieras de los demás países porque la fuga se dirige al centro financiero de Wall Street, proyectando hacia el exterior su poder financiero; Una de las funciones principales de la intervención estatal y de las instituciones internacionales consiste en organizar las devaluaciones de forma que permitan la acumulación por desposesión sin provocar el colapso general; esa es la finalidad de los programas de ajuste estructural administrados por el FMI.
[24] Duménil, G. y Levy. D. (2004): “El imperialismo en la era neoliberal” en Cuadernos del Sur Nº 37, Mayo de 2004.
[25] Harvey, David (2007): “El neoliberalismo como destrucción creativa.” www.rebelion.org 8/4/2008, con fuente en The ANNALS of the American Academy of Political and Social Science 2007.
[26] Harvey, D. (2003): op cit p. 114.
[27] Negri, A. y Hardt, M. (2002): op cit, p. 295.
[28] Entrevista a David Harvey en Revista Herramienta Nº 26, Buenos Aires, Julio de 2004.
[29] Nos referimos al debate que involucra a autores pertenecientes a tradiciones mrxistas diversas como Ralph Miliband, Nicos Poulantzas, Joachim Hirsch, John Holloway, Werner Bonefeld, Antonio Negri y Bob Jessop, entre muchos otros.
[30] Holloway, Jhon (2001) "El capital se mueve" en Cuadernos del Sur Nº31, Abril de 2001, p.65.
[31] Entrevista a David Harvey en Revista Herramienta Nº 26, Buenos Aires, Julio de 2004.
[32] Bonnet, Alberto (2001) "Competencia, lucha de clases y crisis " en Cuadernos del Sur Nº31, Abril de 2001, p.95
[33] Harvey, David (2007):op cit.
[34] Entrevista a David Harvey en Herramienta nº 26, Buenos Aires, Julio de 2004.
[35] Entrevista a David Harvey en Herramienta nº 26, Buenos Aires, Julio de 2004.
[36] Negri, A. y Hardt, M. (2002): op cit, p.66.
[37] Negri, A. y Hardt, M. (2006): op cit,. 135.

Fuente:http://www.herramienta.com.ar/herramienta-web-2/el-estado-capitalista-la-crisis-y-el-nuevo-imperialismo
* El autor es Licenciado en Economía (UBA) y en Ciencia Política (UBA). Doctorando en Ciencias Sociales (UBA-CONICET)

sábado, 17 de octubre de 2009

Solidaridad, fiscalidad y socialismo

Bernabé Aldeguer Cerdá
Rebelión

El sistema fiscal permite la concreción, en una organización compleja como la del actual Estado del Bienestar (pese a las artimañas neoliberales y socialdemócratas por restringirlo), del principio de solidaridad que, independientemente de la voluntad de cada ciudadano, ha de ser ejercitado mediante la acción coactiva del Estado. No obstante, los principios ideológicos antisociales del neoliberalismo y del seguidismo acomplejado socialdemócrata, han implicado una devaluación del principio de solidaridad desde el punto de vista tanto práctico como teórico y filosófico.

La solidaridad, es la base existencial de la comunidad y a través de esta de la propia existencia del ser humano en tanto que, por naturaleza, ser social o zoon politikón aún con los matices que a continuación contemplaremos. Que el sistema fiscal sea progresivo resulta fundamental para conseguir la igualdad plena, real y efectiva, para con ello integrar en la comunidad, tanto a los más desfavorecidos, al otorgarles la dignidad merecida de acuerdo con sus necesidades y oportunidades a cuya consecución se debe la comunidad, pero también la integración de los más ricos, pues su propia existencia implica un fracaso social y su evasión fiscal supone un desentendimiento contrario a toda razón colectiva. Y en este último sentido, cabe considerar todo sistema fiscal progresivo como un medio para la consecución de un fin determinado dado por la igualdad en el sentido económico y de acceso a los recursos sociales como la cultura, la educación o la sanidad en orden a la consecución de un determinado ideal de ciudadanía y de plena humanidad. Y como tal medio, en el sentido teleológico, una vez desaparecida la situación que pretende solucionar (la desigualdad), el sistema fiscal progresivo desaparecerá por cuanto los recursos serán obtenidos de forma equitativa en base a los criterios de la sociedad y las necesidades de cada ser humano o agrupación humana infra colectiva –familia, agrupación vecinal, cultural, etcétera-.

El debate sobre la fiscalidad en nuestro país, como en cualquier Estado de Bienestar, resulta fundamental y controvertido, lo que denota su importancia, a pesar de los constantes asaltos que gobierno tras gobierno se suceden sobre él con la supresión de impuestos o el avance hacia modelos regresivos de fiscalidad. No obstante, cada día nos encontramos con uno más de los problemas de incapacidad del Estado para velar por la misión para la cual está destinado: la gestión del interés general en función del interés general, abstraído de cualquier otro interés particular generalmente de los más poderosos (lobbies empresariales e ideológicos pro-capitalistas, sobre todo), que desvían la verdadera guía formal –democrática y participativa ciudadana- y material –igualdad-, defendiendo el interés general en tanto en cuanto beneficia su particularidad o al menos no la afecta negativamente.

Nos encontramos así con que el actual sistema fiscal se fundamenta, como toda la doctrina económica imperante a nivel político, mediático y académico, en unas premisas que hacen que sean los trabajadores los que, generadores últimos de toda la riqueza, de cuyo legítimo disfrute son negados por la concentración capitalista, soporten la mayor carga fiscal, mientras ven como los servicios sociales son sustraídos de su necesaria explotación, debido a la presión ideológica de quienes beneficiados por la evasión fiscal y la concentración del capital constan de los recursos suficientes para presionar a las instancias parlamentarias y ejecutivas en pro de una erosión institucional del Estado. En este sentido, debiera considerarse aquella expresión de Umberto Eco de enviar “al infierno (o así lo espero) si [el ciudadano europeo] se sustrae al debido tributo al Ministerio de Hacienda de su país respectivo”. Y proponer en tal dirección la orden de expulsión de nuestro país de todo aquél especulador que de forma reiterada y deliberada ha evadido su deber de sostenimiento de la comunidad negándose con ello el derecho a pertenecer a una comunidad, a una sociedad, a la que no sólo no contribuye activamente, sino que destruye, tanto por su evasión como por su propia existencia. Cosa harto improbable en un Estado donde la especulación es premiada con una reducción de la imposición fiscal, pero necesaria en el modelo al que aspiramos desde las posturas anticapitalistas. Pues la desigualdad, particularmente agresiva en el modelo de producción capitalista, como nos recuerda Carlos Marx, no es, en el sentido que alegan los liberales y sus vástagos los neoliberales, una consecuencia natural, en ocasiones conectada con una elección divina. “(…) La naturaleza no produce por un lado poseedores de dinero o de mercancías, y por otro individuos que sólo posean su fuerza de trabajo. Esta relación, sin fundamento, tampoco es una relación social común a todos los períodos de la historia. Y lo que caracteriza a la época capitalista es que el poseedor de los medios de subsistencia y de productos encuentra en el mercado al trabajo, cuya fuerza de trabajo reviste la forma de mercancía y el trabajo, por consecuencia, la forma de trabajo asalariado” (Carlos Marx, El Capital. Sección I, Capítulo IV). Y en contra de cuanto pudiera parecer, y en tanto en cuanto el modelo capitalista, pese a su esclerosis congénita y propia naturaleza insostenible, sigue en plena vigencia, estas premisas han de ser puestas en valor, aún a pesar de que “(…) el debilitamiento teórico y político de la formulación de alternativas sistémicas al capitalismo, [que] habría erosionado también el vigor y la efervescencia conceptual e interpretativa asociada a la búsqueda de su superación” (Puerto Sanz, Luís Miguel. Economía para el desarrollo).

No obstante ello, las políticas adoptadas de forma decidida y acorde con las necesidades colectivas en los distintos gobiernos con propuestas socialistas en América Latina, deben servir de guía para una autoestima ideológica vital para el impulso de las propuestas alternativas al capitalismo y para su efectividad allí donde se esté en posesión de los recursos dispuestos por el poder genuinamente democrático, que no del poder mediático sujeto a intereses empresariales (poder económico capitalista) con los que, a todas luces, no se contará. Este ejemplo de acción decidida en Latinoamérica, debe ser tomado, no sólo por sí mismo, sino por las reacciones que frente a estos gobiernos han mostrado los poderes del capitalismo político y económico, con la permanente azotaina mediática hacia, por ejemplo, Hugo Chávez Frías, o el consumado Golpe de Estado a Zelaya, en Honduras, con el claro apoyo de los principales sectores empresariales contrarios a las políticas de fortalecimiento del Estado y beneficio de las clases sociales más desfavorecidas ( http://republicayhumanismo.blogspot.com/2009/07/una-propuesta-para-entender-cuanto.html )
Se trata, en esencia, de hacer valer, frente al utilitarismo competitivo e individualista congénito en la doctrina económica incrustada en la mente de gobernantes, ideólogos y ejecutivos convenientemente adoctrinados, el argumento de la superioridad axiológica de la solidaridad, así como su supremacía desde el punto de vista ideológico frente a los planteamientos antisociales del individualismo egoísta fundamento del capitalismo consumista y competitivo. La solidaridad constituye el eje de la socialización humana, de la gestión política, de la convivencia, de la propia configuración antropológica del ser humano y la esencia existencial de la comunidad.



1. En cuanto a la socialización humana, cabe considerar que, a pesar de que los seres humanos, en base a su configuración natural puedan presentar conductas egoístas, el carácter anti comunitario de estas, cuya esencia conlleva conflicto permanente y manifestaciones de la premisa homo homini luppus, obliga a considerar la socialización como aquél proceso cuyo objetivo consiste en “el descentramiento de la conciencia de sí, el aprendizaje del reconocimiento recíproco, la toma de conciencia de los límites propios y la aceptación de los otros, así como el aprendizaje en cierto modo forzoso del respeto de sus derechos” (Julio de Zan, La ética, los derechos y La justicia).



2. En relación con la gestión política, la solidaridad ha de ser el principio a recuperar, del cual se derivará la revisión de todos los procesos de privatización y externalización de los servicios públicos básicos, así como la sanción negativa hacia quienes pretendan desde determinadas posturas ideológicas evadir al Estado de la misión que le corresponde en orden a la defensa del interés general alejándose de la claudicación a los intereses privados con mayor capacidad de chantaje. Así, por extensión, será preciso recuperar y revitalizar todas las premisas constitucionales y legales incluidas en el ordenamiento jurídico por quienes constantemente han luchado, desde la izquierda genuina, por imprimir principios como la igualdad real y efectiva, la subordinación de la riqueza al interés general o la participación de los trabajadores en las empresas y en los medios de producción. Todos ellos vaciados de contenido por su inaplicación sistemática y por la deliberada dejación de funciones y negligencia política operada por los distintos gobiernos conservadores y socialdemócratas alrededor del Planeta. Ello nos debe alentar al impulso de aquellas fuerzas políticas y los correspondientes movimientos sociales por cuya presencia y actividad se consiguieron tales avances. Aunque es cierto que la impresión de estos planteamientos en la faz y estructura del Estado ha implicado un vaciamiento de la legitimidad de determinadas ideologías y sus movimientos para continuar reivindicando, ahora más que nunca, nos encontramos con una situación en la que los derechos constitucionales, de carácter socioeconómico sobre todo, se ven vaciados, y con un modelo político en general alejado de los valores superiores de democracia (con un déficit participativo y una elitización de la política, así como con un sistema monárquico claramente deficitario en términos democráticos), igualdad (con acentuadas injusticias sociales), justicia (a través de un sistema judicial lento y dispuesto para ser utilizado y disfrutado por quienes más recursos económicos tienen, y un modelo social que niega toda justicia efectiva o real) o libertad (pues sin una efectiva igualdad, toda libertad es impracticable).



3. En tercer lugar, el ser humano es un ser social por naturaleza, lo cual no ha de implicar la ausencia de conflicto, sobre todo cuando este es fuente de riqueza en el modelo capitalista (competitividad entre individuos y grupos en la vida cotidiana, erosión del principio de colaboración entre ciudadanos y trabajadores -divide et impera-, negocio de la guerra mediante la industria armamentística, etcétera). Aunque no cabe dejarse llevar por la consideración de que la no sociabilidad del ser humano implique su no socialidad o condición, como decíamos de ser social. A todas luces resulta ello evidente, máxime cuando parece ser una condición extraíble de la propia biología animal e incluso vegetal, dada la necesidad del otro para sobrevivir, para vivir y, en el caso del ser humano, para algo más que todo ello, vivir en comunidad como ser humano, y vivir para la propia comunidad, cuya vida propia es tan importante como la del propio ser que se nutre de ella. Como señala Muhamad Yunus, fundador del Banco Graamen o de los microcréditos, y Premio Nobel de la Paz en 2006, hay que tener siempre presente que es “propósito básico del ser humano (…) contribuir a este mundo en general” por cuanto “el ser humano no ha nacido para cuidar de sí mismo únicamente, sino para hacer mucho más que eso: para contribuir”.



4. Finalmente, cabe considerar la solidaridad como el principio constitutivo de la comunidad política. Esta solidaridad, que podríamos denominar solidaridad constitutiva o constituyente se define tanto por la naturaleza de los sujetos que la constituyen como por la de los medios que la instrumentalizan. En relación con la naturaleza de los sujetos, cabe considerar los individuos o grupos definidos por una vinculación o identidad política (Solidaridad Política) o que pretenden consolidar y constituir tal vinculación o identidad política (Solidaridad Constitutiva y constituyente) (Aldeguer Cerdá, Bernabé & Sotornikova, Linda. Solidaridad y UE: Presente y Futuro). Si bien, a nivel instrumental, en relación con la naturaleza de los mecanismos que la concretan, nos encontramos con los medios estatales determinados por los sistemas de seguridad social, sistema de distribución y redistribución fiscal, ayudas directas, así como aquellos mecanismos de articulación jurídica que favorezcan la solidaridad entre los trabajadores no sólo en el ámbito político, sino en el laboral (participación en las empresas, intervención de los medios de producción, etcétera).

Por tanto, el ser humano es solidario por naturaleza. Por supuesto, y como decíamos, también es egoísta. El tan caso, el debate no es tanto determinar una estructura objetiva sobre la condición humana –misión harto ligera de modestia-, sino en una cuestión de elección ética entre el egoísmo o la solidaridad como piezas del mapa humano que cabe hacer encajar, o por su parte, limar para conseguir su encaje de otro modo en orden al beneficio de la comunidad o estructura social. Todo conjunto de conductas humanas es el producto de una tensión entre dos extremos, de tal modo que nuestra conducta final podrá estar más o menos escorada a uno u otro extremo en función de la capacidad de elección que nuestra voluntad y libertad nos concede, y sujeta a una ponderación ética. En términos aristotélicos, la virtud contempla dos extremos, siempre presentes en todo comportamiento humano, de tal suerte que, no obstante, la conducta debe tener una adecuada referencia respecto del tipo ideal que cada uno de los extremos representa. Por tanto, no negaremos que el ser humano sea egoísta, pues a la vista está de lo evidente y devastador de dicha condición y de su realidad; pero dicha negación se fundamenta, ante todo, porque la importancia de la cuestión reside en cuál es la opción ética a través de la que dirigir nuestros destinos colectivos en función de nuestra conducta individual (agregada o sumada al conjunto): si la del egoísmo o la de la solidaridad. Y qué opción por consecuencia, sirve mejor a los objetivos colectivos.

La existencia del ser humano y su plenitud (o felicidad, como eudaimonia) ha ido ligada a la comunidad política y a la sociedad que aquella organiza. Queda demostrado, además, desde un punto de vista filosófico y práctico, que ninguna comunidad política ni social es posible ser construida ni, a continuación sostenida, sin que medie la solidaridad de cada uno de los miembros que la constituirán. Precisamente, porque para construir el espacio común, con una serie de recursos que gestionar a nivel material e inmaterial, se requiere de una cesión individual cuya legitimación se halla en la solidaridad y que cuenta con un acto que concreta aquella: un acto de solidaridad. Una cesión de los recursos individuales tanto en un primer momento (constitución de la sociedad) como a la hora de mantener esa sociedad. Y de acuerdo con la visión de T. Hobbes, no resulta descabellado pensar que para ser egoísta, el ser humano primero ha de ser solidario, porque sólo es posible ser egoísta en el marco de una comunidad política. Egoísta preservando la vida, claro está. Porque sin comunidad que valga (y por tanto sin solidaridad), los seres humanos, egoístas, se autodestruirían, y sería insostenible la propia existencia.


El sistema capitalista llevado a su extremo tal y como con lo hemos venido conociendo a lo largo de los últimos decenios (pero sin excluir los dos siglos de implantación precedente), no obstante, consta de un virus ideológico y empírico, que destruye la comunidad política, atacando el gen de toda sociedad: el gen de la solidaridad. Descompone sus elementos y los reduce a migajas de egoísmo que precisarán, de nuevo, un acto de solidaridad o siquiera algo semejante (una intervención pública, colectiva, estatalizada –formal- o no) que invierta el camino recorrido. Y así, nos encontramos con que el Estado, hacia quien tantas diatribas se había venido lanzando durante décadas, es ahora hacia quien miran unos con ojos temerosos o otros con ojos avaros, y que hasta hace bien poco se mostraban amenazantes e insaciables (como ahora también al exigir ayudas que logren mantener el estilo de vida y las codicias corporativas). Pero que los seres humanos, en un sistema capitalista, sacien sus instintos a través del egoísmo, no quiere decir que por ello el ser humano sea egoísta por naturaleza. Tampoco que lo sea solidario. Pero existe un vínculo infalible entre solidaridad y condición social (es la solidaridad tal vínculo infalible) de los seres humanos, por cuanto la solidaridad constituye el catalizador que posibilita la reacción social por la que un conjunto de individuos aleatoriamente dispersos confluyen en una comunidad política organizada distinta de cada uno de ellos, pero fruto de estos, y en la que el resultado, en un acto excelente de sinergia, es superior a la suma de las partes tomadas aritméticamente. Y el individuo, tomado como tal ser humano social, gregario y colectivista, establece un vínculo vital desde el punto de vista, no sólo físico, sino también filosófico, de tal suerte que para vivir como tal precisa de un acto que si no fuese por el coste positivo que en términos absolutos se describe podría designarse como de sacrificio, pero que no constituye tal condición pues es un acto de construcción de la comunidad en la que se incardina el individuo.

Todas estas reflexiones, que pudieran ser tomadas por evidencias, resultan necesarias en el sentido de que, las evidencias devienen en fundamentos de toda estructura ideológica, debiendo estar continuamente presentes para que el edificio de propuestas no caiga o sea emitido en un vacío que todo lo hace desvanecer. Por tanto, cabe considerar la importancia de la reflexión sobre los elementos básicos de toda propuesta ética, política, social y comunitaria. Del mismo modo que supone un error abandonar las ayudas a la investigación de los procesos bioquímicos básicos de carácter oncológico en pro de ayudas a tratamientos o investigaciones sobre farmacología o cirugía (no incurro en el error de proponer un trasvase y una disminución de este último, sino evitar lo contrario), cabe invertir los recursos que sea preciso en ahondar sobre aquellas cuestiones psicosociales y filosófico-políticas desde las que construir la alternativa al destructivo, antisocial, depredador e insostenible modelo capitalista. Y en este sentido, en lugar de pretender hacer frente o al menos invertir todos los recursos en rebatir los argumentarios sobre política coyuntural (planes de inversión pública, sistemas de financiación), que resultan necesarios desde el punto de vista de la política activa y nadie niega su importancia, debemos tener presente la necesidad de reflexionar, promocionar y debatir doctrinalmente conceptos tales como el de solidaridad (del mismo modo que el de egoísmo o la individualidad ha sido explotado por la doctrina neoliberal) o responsabilidad antropológica en relación con los seres humanos que conviven con nosotros más o menos cerca así como con la naturaleza de la que obtenemos los recursos vitales. De este modo, se logrará incardinar en lo atemporal lo coyuntural; de incardinar y dotar de sentido a lo fugaz y superficial en una sólida base filosófica. La coyuntura, no obstante, beneficia en estos momentos el posicionamiento de la nave colectiva, en crisis y peligro de zozobra, sobre el nivel de flotación de la alternativa socialista. Rememos con nuestras cabezas en la dirección de la emancipación y echemos a la borda los sacos cargados de complejos y surcar con ligereza sobre el mar del marxismo y la filosofía política socialista. Pues mientras el capitalismo, por sí mismo, no haga levantar la ola revolucionaria que por su naturaleza lo haga mutar o colapsar definitivamente, la antítesis (el socialismo, el marxismo) será la única opción, que peligrosamente se quiso abandonar a instancias del propio capitalismo. Estamos a tiempo. Este es el tiempo.

jueves, 15 de octubre de 2009

El Muro entre las ruinas y la fantasía

Aurelio Alonso
La Ventana


La Guerra Fría no se apagó, sino que, como todas las guerras, la ganó una de las partes: la lógica de la acumulación, del capital. Ganada entonces, para conducir al mundo a una crisis más definitiva: una crisis de civilización”. “En Cuba no se hace posible definir con coherencia una estrategia estable de desarrollo, sin lograr previamente una estrategia de subsistencia, larga e irreversible. Guste o no guste aceptarlo”

El Muro de Berlín no se cayó. Fue derribado. Su derribo se convirtió en un episodio emblemático. Quizás comparable con el asalto a La Bastilla por las masas hambrientas de París en julio de 1789. Significativamente doscientos años después. Los parisinos que se apoderaron de aquella fortaleza casi vacía de prisioneros no podían tener idea de la resonancia histórica que iba a dejar su audacia. Probablemente las masas berlinesas que derribaron el Muro tampoco se imaginaban que aquella acción iba a marcar el fracaso del manojo de promesas nacido de la voluntad fallida de los revolucionarios rusos de 1917 de construir un mundo sin opresión, frente al edificio del dominio del capital.

Ni siquiera hoy parece constituir una evidencia del todo aceptada que el verdadero signo emblemático del fracaso de la aventura socialista no fue el derribo del Muro. Fue su existencia misma. El Muro no representaba la edificación de un mundo de libertades sino la de un mundo de prohibiciones.

Recordar aquel hecho como indicador del fin de la Guerra Fría y del sistema bipolar se puede volver un recuerdo bastante parcial. La Historia no se hace en blanco y negro. La Guerra Fría no se apagó, sino que, como todas las guerras, la ganó una de las partes: y en esta guerra ganó la lógica de la acumulación, la lógica del capital. Ganada entonces, para conducir al mundo a una crisis más definitiva: una crisis de civilización.

Con posterioridad el mundo no devino multipolar, devino en todo caso unipolar, si es posible el contrasentido semántico de concebir un polo sin su opuesto. Más exacto sería decir, pienso yo, que dio paso al primado de otra bipolaridad, la signada por las dinámicas de la relación entre los opresores y los oprimidos, acreedores y deudores, que se revela, en términos de poder, en centros y periferias. En el fondo, la más vieja de las bipolaridades en la Historia, la que fija la lógica de la dominación.

A pocas semanas de derribado el Muro, la 82 División Aerotransportada de la Infantería de Marina de los Estados Unidos invadió impunemente Panamá con el propósito de secuestrar a un jefe de Estado acusado de narcotraficante, y dejando una estela de más de cinco mil muertos civiles. Puro terrorismo de Estado. Después de aquello la impunidad no requeriría siquiera de la coartada del narcotráfico para los episodios de intervención que le siguieron, arrastrando a aliados, con carencia de pruebas verificables para sus acciones, e incluso a espaldas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

¿Qué tipo de mundo ha dejado al cabo en pie el fin del conflicto Este-Oeste? ¡Qué distorsión para la Historia que el Muro, tan lamentablemente levantado, deje también tanto que lamentar tras su caída!

Hecha esta introducción, permítanme acercarme ahora a mi escenario local. Me toca recordar, en este encuentro, con la memoria del ciudadano de la periferia. No de cualquier periferia sino la de un país —lejano de Europa, pequeño, insular, y de escasos recursos— que, después de una socialización muy radical, optó por acoplarse al mundo que se levantaba tras el Muro; aunque lo hizo cuando no quedaba otra opción, una vez desechado el espejismo de querer insertar un proyecto socialista autóctono en el traspatio de los Estados Unidos y, en consecuencia, castigado con un asedio sin tregua. Se hizo evidente desde los 60 que, de manera autóctona, su socialismo no conseguiría sostenerse; dentro del bloque soviético, tal vez.

Visto desde Cuba, el verdadero revés lo marcó el derrumbe, que siguió al del muro, del experimento socialista soviético, y con él, de la armazón de sostén material que había significado, durante casi dos décadas, para aquella empresa de desarrollo social de los cubanos, tan difícil de consumar. Una aventura en la cual no nos habían dejado solos hasta entonces, aunque no siempre resultara fácil entendernos.

A veces se pierde de vista que del medio siglo que corre desde 1959, Cuba ha vivido las dos últimas décadas —o sea, casi la mitad del tiempo— dentro de las coordenadas que dejaron los derrumbes y el fin del bipolarismo. Lo subrayo porque el tiempo histórico es algo más que un conteo de años: es existencia transcurrida, que responde por todo el paisaje económico, político, social y cultural que puede abarcar hoy nuestra mirada dentro del país.

En medio de todas las turbulencias sociales y económicas imaginables, Cuba decidió no abandonar el socialismo, ni permearse de influencias occidentales, y finalmente correr con los costos de las incertidumbres que tal decisión planteaba.

El efecto de desconexión internacional sufrido a partir de 1990 debe asumirse como punto de partida de la crisis más aguda afrontada por la sociedad cubana después de 1959. Se le llamó «período especial en tiempo de paz», para marcar la semejanza con las privaciones que siguen a las batallas perdidas. Resultó, en algunos aspectos, el shock más intenso sufrido por las naciones que formaban el sistema que se desintegró, sin que se removiera en el caso cubano —como sí ocurrió en Europa del Este— la estructura de poder; ni que se adoptara una reforma integral que acoplara al sistema la fuerza de la economía de mercado, como en Vietnam, que tampoco renunciaba con ello a su orientación política central.

El producto interno bruto (PIB) cubano cayó en cerca del 36% entre 1990 y 1993 y la capacidad adquisitiva del país se redujo al 30%. Las importaciones se concentraron casi totalmente en petróleo y alimentos, ahora a precios menos favorables, condiciones en las cuales los volúmenes adquiridos se redujeron de manera sensible.

Indicadores sustantivos de pobreza, como el declive en los niveles de nutrición y la precariedad de vivienda, se hicieron sentir en estos años. Los suelos, explotados sin rotación por la producción azucarera, se mostraban exhaustos. Todas las inversiones se redujeron significativamente. Incluso la infraestructura de las instituciones de salud y educación, los logros más ostensibles del proyecto cubano de justicia y equidad, se ha visto —y se ve— severamente afectada.

Los escombros del Muro de Berlín siguieron lloviendo sobre La Habana, castigada desde los Estados Unidos con un cerco cada vez más estrecho. Inscrita, por demás, con inusitada arbitrariedad, en el «eje del mal» codificado por el terror ejercido desde Washington, que puede desplegar ahora sin contenciones su opresión sobre la periferia, como coartada para su cruzada contra el terrorismo.

La coyuntura súbitamente crítica de los noventa impuso, sin tiempo para una redefinición integral previa de estrategias, la apertura a la inversión extranjera, la restauración de espacios, muy reducidos, para la iniciativa privada, y algunos ajustes en la circulación monetaria. Se adoptaron reformas, desde los inicios de la debacle, coyunturales unas, estructurales otras. Faltaría tiempo para detalles, pero al menos hay que decir que fueron moderadas, tímidas e insuficientes.

Este proceso reformador no mostró ser parte, en ningún momento, de un proyecto articulado: cada reforma se revelaba orientada más bien a mitigar un problema concreto, y fueron siempre asumidas con muchas reticencias, o incluso con la evidente aspiración política de revertirlas; aunque sirvieron, y hay que reconocerlo, para contener la caída de la economía hacia mediados de la década. Hasta ahora el Estado cubano ha mantenido prácticamente invariable el modelo centralizador, tanto en la propiedad sobre todas las ramas de la economía, como en la conducción política y en la institucionalidad reguladora de la vida civil.

Hubo al final de los años 90 señales de reanimación. No obstante, no fue posible hablar en rigor de recuperación económica hasta que se iniciaron cambios en la América Latina que propiciarían para Cuba una nueva perspectiva de integración.

En el año 1990 el «índice de desarrollo humano» (IDH), fijado por el PNUD, situaba a Cuba en el lugar 39 dentro de un total de 130 países. El deterioro de la situación en los años subsiguientes llevó, en 1994 a su comportamiento más crítico, cuando la Isla quedó relegada a la posición 89 entre 173 países. De nuevo el informe del PNUD de 2007-2008 ha mostrado una recuperación importante, al quedar Cuba en el lugar 51.

Pero seamos realistas. Si hiciéramos un posicionamiento exclusivamente en función de los ingresos (PIB per capita) Cuba quedaría relegada al lugar 94. Estas dinámicas muestran a la vez la fuerza y la debilidad del sistema cubano: de una parte la capacidad de resistir, y de retener para la población niveles de amparo que serían inimaginables, en una situación de crisis, dentro de una economía de mercado. De otra parte, la insuficiencia efectiva de la economía cubana, renuente a formalizar su propio andamiaje mercantil para hacer sustentable el sistema.

Se puede afirmar que las distorsiones que podemos ver hoy en el escenario socioeconómico cubano resumen los efectos combinados de la desconexión y el derrumbe de la economía, de una parte, y de otra de las medidas aplicadas para contener la caída. Sin poder descontar los precedentes efectos, también combinados, de las limitaciones impuestas por el bloqueo y las generadas al interior por estrategias erráticas, o frustradas por agentes externos. En Cuba no se hace posible definir con coherencia una estrategia estable de desarrollo, sin lograr previamente una estrategia de subsistencia, larga e irreversible. Guste o no guste aceptarlo.

La expresión más elevada de recuperación económica se percibió en 2006, cuando el crecimiento del PIB alcanzó el 12.5%, aunque todavía quedó corta con relación a los resultados de finales de los 80 (últimos años de asociación al CAME). Además este índice comenzó a desacelerarse al caer a 7.3% en 2007 y 4.3% en 2008. La cifra inicial prevista para 2009 ya requirió un primer ajuste a 2.5% en abril y a 1.5% en agosto. La economía vive su peor momento desde 1994 y no hay que excluir la posibilidad de termine el presente año con signo negativo.

Al margen de la fuerte contracción que la economía cubana afronta al final de esta primera década del siglo, hay que reconocer que por primera vez ha aparecido para Cuba, desde el derrumbe del Muro, un escenario de inserción, ahora sin dependencia de un centro político o económico exclusivo; aparentemente ajeno a un esquema de polaridades en sentido convencional.

En el plano económico se destaca el hecho de que Venezuela, bajo el gobierno bolivariano, se haya convertido en el socio principal de la Isla. Pero por encima del dato económico, y englobando el dato económico, resalta la marea de cambio social hacia gobiernos de izquierda, de distinto grado de radicalidad, todos portadores de una voluntad transformadora de la orientación integral de la América al sur del Río Bravo. La propuesta de la Alianza Bolivariana para las Américas (ALBA) se abre paso como ideal de integración frente a la implantación del libre comercio según la receta norteamericana (ALCA).

No me parece que corresponda a este panel la introducción del análisis del cambio latinoamericano, que seguramente será tomado en cuenta en presentaciones posteriores. Lo cito ahora sólo para apuntar la importancia que tiene —y la que podría alcanzar— esta atmósfera de cambio para la subsistencia cubana. La cual será seguramente mayor que lo que la experiencia cubana pueda aportar a ellos.

Dos cosas solamente quiero adelantar. La primera es que Cuba no se puede permitir una prospección triunfalista. Tampoco nuestra América. Nos encontramos dentro de una correlación regional contradictoria, que va a mostrar avances y retrocesos, en la cual las fuerzas conservadoras cuentan con el respaldo de Washington frente a los gobiernos de izquierda, que no han dejado de ser vulnerables.

El territorio colombiano se puede convertir en el bastión militar de los Estados Unidos para zanjar por la «vía dura» sus diferendos con los Estados de la región. Una nueva versión de Plan Colombia podría incluir a Panamá y contar con la neutralidad de Costa Rica. La paz va a ser perturbada para quienes decidan no plegarse a Washington en el clásico expediente de sumisión.

Lo otro que no quiero dejar de anotar trasciende a la coyuntura y tiene, a mi juicio, un valor excepcional. La mirada estratégica de los nuevos proyectos latinoamericanos ha introducido un elemento sustantivo desde la sabiduría tradicional de los pueblos indígenas. Se trata de la conceptuación del propósito de «buen vivir» (sumak kawsay) frente al de «vivir mejor» que ha dominado hasta ahora el horizonte de desarrollo y los criterios de eficiencia; conceptuación explícita ya en las nuevas Constituciones votadas en Bolivia y en Ecuador.

En esta visión se implica también una relación del ser humano con su medio natural basada en la reposición y no en la depredación, un concepto de integración no solo dirigido a las relaciones de los seres humanos entre sí, sino también entre los seres humanos y la naturaleza, de la cual la lógica de la acumulación le ha hecho olvidar que es parte integral.

Muchas gracias.

Fuente: http://laventana.casa.cult.cu/modules.php?name=News&file=article&sid=5113

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Versión en español del texto presentado por el autor en la Conferencia Internacional «XX años después: El Mundo más allá del Muro», The World Political Forum, Bosco Marengo, Italia, 9-10 de octubre de 2009.

domingo, 11 de octubre de 2009

Esencia y dinámica del capitalismo en tiempos de crisis

Reseña del libro Crisis capitalista y desmedida del valor, un enfoque desde los Grundrisse de Adrián Sotelo

Karla María Silva Sánchez
Rebelión

Comprender el carácter que asume la crisis capitalista en la actualidad nos lleva a profundizar en la doble lógica del sistema capitalista contemporáneo: la explotación y la dominación a través del desarrollo de un nuevo proceso de acumulación y reproducción del sistema a escala mundial.
En su libro: Crisis capitalista y desmedida del valor, un enfoque desde los Grundrisse , Adrián Sotelo se plantea una serie de interrogantes acerca de las características, el desarrollo y las modalidades de la actual crisis capitalista que, como menciona, si bien aún no se ha definido el perfil o la esencia que está asumiendo la acumulación y reproducción del capital, es posible inferir algunas tendencias substanciales, tales como la creciente dificultad para valorizar el capital a nivel mundial, la incesante necesidad por parte del gran capital de acudir al recurso de la guerra con la finalidad de apropiarse tanto de recursos naturales como de territorios, así como la imposición de una nueva organización social del proceso de trabajo basada en la “acumulación flexible” encaminada a una mayor explotación de la clase trabajadora.

Para Adrián Sotelo, estas tendencias son a su vez producto de lo que Ruy Mauro Marini señaló como una fase de transición, que ha tenido como esencia la constitución de un nuevo orden económico internacional capitalista denominado Neoliberalismo o Economía de Mercado.

El nuevo orden económico surgido como un intento destinado a superar la crisis de mediados de los setenta, ha traído importantes -y a su vez desastrosas- implicaciones y consecuencias. En el plano económico significó el colapso del modelo de industrialización y sustitución de importaciones que duró alrededor de tres décadas en América Latina, con lo cual se impuso un nuevo proceso de acumulación y reproducción basado en las demandas y exigencias del mercado mundial, lideradas por organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), así como por empresas transnacionales provenientes de países imperialistas que bajo la insignia neoliberal, han orillado a los países latinoamericanos a reconvertir sus aparatos productivos en función de la exportación de materias primas como parte esencial del engranaje de la división internacional del trabajo.

Asimismo, la lógica neoliberal ha traído consigo toda una oleada de privatizaciones del sistema económico y social mediante la imposición de políticas económicas de choque-ajuste-estabilización, así como el predominio del capital financiero-especulativo en detrimento del capital productivo, y el tránsito de un patrón de acumulación de capital fordista-taylorista, a un nuevo patrón de acumulación y reproducción toyotista a través del desarrollo de la ciencia y la tecnología, que a decir de Sotelo Valencia, se sustenta en “la captura de la subjetividad y en la intensificación del uso de la fuerza de trabajo por el capital”; esto es, un nuevo patrón de organización social que guarda en su seno la constitución de nuevas relaciones sociales de producción y organización del trabajo basadas en la intensificación del trabajo y la apropiación del conocimiento del obrero colectivo, a costa de deterioro de las condiciones económicas, sociales y laborales de la población trabajadora.

En el plano político-jurídico, el Estado ha transitado de un modelo “bienestarista” a otro modelo abiertamente neoliberal que ha tenido como base principal la reestructuración del papel del Estado en al menos tres grandes direcciones: limitarlo en su facultad de intervención en las actividades económicas especialmente en los gastos sociales, mantenerlo fuerte en su capacidad de quebrar el poder popular como el de los sindicatos y organizaciones obreras y campesinas, y establecer los mecanismos jurídicos para la injerencia “legal” de las empresas transnacionales en nuestros países. En síntesis, el Estado ha sido reconvertido en mero instrumento y agente eficaz en la reproducción del capitalismo neoliberal.

Sotelo explica que si bien esta nueva forma de acumulación o modelo neoliberal permitió una relativa recuperación de la tasa de ganancia durante los años noventa, no sucedió lo mismo con la tasa de acumulación, la que al verse perjudicada por una importante disminución, afectó tanto la inversión como la creación de empleos debido a la errática política económica en favor del capital ficticio, provocando mayores y profundas contradicciones históricas que han desembocado en una importante desaceleración económica y profunda crisis que a diferencia de sus predecesoras, se expresa tanto en los países dependientes como dentro del gran imperialismo norteamericano, en donde dicha crisis estalló a partir del 2008 como una “crisis inmobiliaria” o “crisis financiera” que como efecto dominó, ha causado la quiebra de bancos, grandes consorcios financieros e industrias automovilísticas tanto en Estados Unidos como en Europa y Japón. Sin embargo, el autor afirma que es un error reducir la crisis mundial a su carácter meramente “financiero”, proponiendo a contrapelo una explicación que apoyada en conceptos marxistas, nos ofrece una visión estructural del desarrollo y de la lógica del sistema.

Contrario a las visiones oficiales y reduccionistas alimentadas por los medios de comunicación, el autor se orienta a la realización de un exhaustivo análisis de la crisis estructural actual, -y he aquí una de las hipótesis principales de su libro- en donde pone de manifiesto que dicha crisis aparte de ser una crisis de sobreproducción, deriva de la insuficiencia del sistema capitalista para producir valor en el proceso de trabajo, así como valorizar el capital invertido (expresado en materias primas, medios de producción y en fuerza de trabajo o capital variable) y generar plusvalía para restablecer el aumento de la tasa de ganancia necesaria para la reproducción del sistema: “ la actual crisis mundial, que amenaza al modo capitalista de producción y a la misma vida social, es en esencia una profunda y larga crisis de los mecanismos de creación de valor y de plusvalor, o bien, de la posibilidad que tiene el régimen del capital de seguir determinando el valor de las mercancías por el mero tiempo de trabajo, porque éste también ha llegado a un límite insostenible que, contradictoriamente, la revolución informática, telemática y comunicacional no hace más que agrandar y profundizar peligrosamente, con lo que se han inflado al máximo las actividades especulativas del capital ficticio.”

Para el autor, una vertiente esencial desde la cual es posible enfocar el problema es a partir de la contradicción entre el tiempo de trabajo y la desmedida de valor, que en palabras del autor, “ en cada ciclo de aumento real de la productividad social del trabajo, debida entre otros factores, al incesante incremento e incorporación de tecnología de punta en el proceso de trabajo, la categoría "tiempo de trabajo" deja de ser un factor suficiente para aumentar el plusvalor y, por ende, en el largo plazo, de la tasa de ganancia, la cual, por el contrario, tiende a declinar, estimulado por todo el sistema el ciclo especulativo, la concentración y centralización del capital y, como su producto, las crisis financieras, monetaria e inmobiliarias como las que están en curso en Estados Unidos.” Y sostiene la siguiente hipótesis: “por más que siga aumentando la productividad, desarrollándose la revolución tecnológica y "ahorrando fuerza de trabajo" (desempleo, ejército industrial de reserva, etcétera), la reducción del tiempo socialmente necesario para la producción de mercancías y de fuerza de trabajo se va volviendo cada vez más marginal; es decir, cada vez más insignificante para producir valor y plusvalor, aunque progresivamente esté aumentando en la sociedad el volumen general de la riqueza física (valores de uso), pero, sin embargo, con un valor contenido cada vez menor. Entonces el sistema entra en crisis orgánica, estructural y civilizacional, como está ocurriendo en la actualidad.”

Este problema fue planteado y resuelto por Marx en los Grundrisse, en donde pone de manifiesto que lo que determina el valor de las mercancías, -incluyendo la fuerza de trabajo- es el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas; en ese sentido, el tiempo de trabajo necesario es la parte que se remunera a la fuerza de trabajo a cambio de que ésta pueda producir un tiempo de trabajo excedente o una plusvalía de la cual se apropia el capital. Por lo tanto, éste siempre está interesado en que el tiempo de trabajo se reduzca al máximo a fin de que pueda aumentar el excedente; sin embargo, llega un momento en que el tiempo de trabajo ya no se puede reducir más porque pondría en peligro al sistema, ya que amenazaría la propia existencia de la fuerza de trabajo y, como menciona Marx, si esa fuerza es la única productora de valor y de plusvalía, termina reduciendo entonces el excedente y la plusvalía, aunado a que el desarrollo tecnológico que sustituye constantemente trabajadores de la esfera de la producción, provoca que la reducción del tiempo necesario sea cada vez menor y, por tanto, que la plusvalía siga aumentando pero de manera marginal.

Siguiendo esa lógica, Sotelo recurre y sustenta su hipótesis en la teoría del valor-trabajo de Marx, quien sostiene en el Libro I de El Capital que lo único que puede crear nuevo valor y por ende plusvalor, es el valor de uso de la fuerza de trabajo, que comprado por el capital, es el único capaz de producir plusvalía y garantizar el aumento de la tasa de ganancia: “ Marx comprendió a la perfección este fenómeno contradictorio al explicitar que, siendo el “valor de uso” de la fuerza de trabajo una parte constitutiva del capital —que provee el plusvalor y lo valoriza—, al prescindirse del obrero, de su fuerza útil de trabajo, lo que se hace es reducir el plusvalor y, en el largo plazo, castigar irremediablemente la tasa de ganancia.”

Ante dicho fenómeno, el autor recupera y pone de relieve la “centralidad del trabajo” como un fenómeno esencial en el capitalismo actual, ya que si el sistema se aproxima a una sociedad “sin trabajadores” como afirman los teóricos del “fin del trabajo”, experimentará cada vez más profundas crisis que difícilmente podrá sortear, ya que el trabajo es en primera y última instancia, el factor dinamizador necesario para la producción y reproducción del sistema.

Para complementar el análisis sobre la crisis actual, en el libro Crisis capitalista y desmedida del valor, un enfoque desde los Grundrisse , se destacan algunos rasgos particulares y esenciales que permiten comprender ciertos fenómenos del capitalismo actual, entre ellos podemos distinguir el carácter salvaje y expansivo de la crisis hacia el resto de la economía internacional y la capacidad del sistema para autoregenerarse debido a su carácter cíclico y en espiral, esto es, si bien el capitalismo atraviesa por momentos tanto de prosperidad y expansión como momentos de recesión y crisis, esto se debe a su carácter en espiral, lo que significa para el autor que estamos frente a un proceso histórico-estructural del desarrollo capitalista en el que en cada ciclo histórico (por ejemplo diez años), las posibilidades de crecimiento económico y los periodos de expansión son cada vez más reducidos en contraposición al aumento de los periodos de recesión y de crisis como la que estamos viviendo en la actualidad. De esta forma, es que para el autor el sistema tiene ciertos márgenes y salidas que le permiten autoregenerarse en pos de un relativo corregimiento de la tasa de ganancia, salidas que a su vez se ven reflejadas en la extensión de una guerra imperial y la generalización de la superexplotación; las cuales desembocarán en la universalización e intensificación de políticas de “flexibilidad laboral” como una regla general del mundo laboral como medidas de contención de la crisis estructural.

Por último cabe destacar que si bien estas son las características y modalidades de un capitalismo que se nos impone a diestra y siniestra como único destino posible y que vislumbra en la crisis sus características más salvajes a lo largo y ancho del planeta, no podemos olvidar que la crisis es también un escenario que permite abrir nuevos horizontes de emancipación, ya que todo sistema excluyente genera en su seno una importante contradicción: la lucha de los sectores más oprimidos y la constante tarea de la conformación de un sujeto histórico capaz de superar dichas desigualdades.

En ese sentido, las categorías marxistas de valor, plusvalor, ganancia, trabajo, clase social, modo de producción, proletariado y revolución son hoy en día tan actuales e imprescindibles para el análisis, la comprensión y la futura superación de las contradicciones del sistema, de la misma manera en que este libro: Crisis capitalista y desmedida del valor, un enfoque desde los Grundrisse , constituye ya un importante paso hacia dicha labor.



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* Reseña del libro: Adrián Sotelo, Crisis capitalista y desmedida del valor, un enfoque desde los Grundrisse , coedición Editorial Itaca-FCPyS-UNAM, México, 2009.

** Estudiante de la Maestría del Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

domingo, 4 de octubre de 2009

La ciudadanía universal

Julio Anguita
Público

El 10 de diciembre de 1948, en el palacio Chaillot de París, tuvo lugar la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos (DDHH). Es un documento poco leído, escasamente difundido y desde luego apenas meditado y reflexionado. Entre las recomendaciones que acompañaron a su aprobación figuraba con especial énfasis el que se leyera en todas las escuelas y centros de enseñanza del mundo entero. ¿Se hace en España?
Los contenidos de la Carta adquirieron condición de obligado cumplimiento para los países signatarios de los tres Pactos que en 1966 la desarrollaban y ampliaban. En la actualidad son prácticamente todos los estados que se han obligado a desarrollarlos e incluso incorporarlos a sus textos constitucionales. Entraron en vigor en el reino de España el 27 de julio de 1977.

Los DDHH son víctimas del fuego cruzado de dos lecturas que se hacen de los mismos: la que se limita a declamar, más que aplicar y exigir, los contenidos políticos y de libertades, y la que considera con notoria ofuscación que dicha Declaración es una iniciativa burguesa y, por ende, rechazable desde la izquierda auténtica. Unos la mutilan a la hora de comentarla y los otros no han reparado todavía en su capacidad potencial para producir procesos de cambio social.

Sé perfectamente que un documento, texto o programa son papeles mojados si se carece de una fuerza democrática y movilizada permanentemente que lo haga cumplir y lo cumpla. Y de eso se trata. ¿Cuáles son las características de la Declaración y los contenidos del Preámbulo junto con los 30 artículos que la componen? Voy a reparar solamente en aquellos que en esta hora de crisis de sobreproducción del capitalismo hacen referencia a los problemas que están sufriendo de manera lacerante los trabajadores y asalariados en general.

Desde el derecho al trabajo de toda persona hasta el de las vacaciones periódicas pagadas, pasando por el de una remuneración equitativa, el de igual salario por trabajo igual, “el de protección social y el de la protección contra el desempleo”, la Declaración es hoy, en este momento, la confirmación de su oportunidad, actualidad y necesidad. Y además, ¿hay alguien que se oponga abiertamente a estos derechos?

El que esta Declaración tenga un respaldo prácticamente planetario la convierte en un texto que consagra la ciudadanía universal. Por eso cuando en el artículo 28 se dice que toda persona tiene derecho a que se establezca un orden social e internacional en el que los derechos y libertades proclamados en esta Declaración se hagan plenamente efectivos, se está sentando el fundamento de la jurisdicción universal; algo que al desorden jurídico, nacional y mundial, le pone de los nervios. El consenso universal en torno a los DDHH –aunque sea puramente retórico– les dota de una legitimidad que genera autoridad moral.

Decía Adolfo Sánchez Vázquez que un hecho revolucionario no es necesariamente un acontecimiento que aparente y súbitamente cambie el poder político, sino más bien toda aquella acción, propuesta o alianza programática que tiene la virtud de desencadenar procesos de cuarteamiento y descomposición del sistema vigente en cada momento, y de manera simultánea ir creando la nueva sociedad con sus nuevos valores. La revolución es también y fundamentalmente el cambio personal y social hacia el hombre nuevo; es el proceso que el profesor Alsó ha denominado como sociedad paralela. ¿Creen los lectores que el sistema capitalista –y en esta precisa coyuntura además– puede asumir un orden económico y social en el que el paro esté erradicado y la ciudadanía mundial tenga asegurados los contenidos de la Declaración de DDHH? La respuesta es rotunda: el capitalismo, en sus variadas y múltiples encarnaciones, es totalmente incompatible con los DDHH, los sociales y también los políticos.

Si el objetivo universal es la consecución de los contenidos de la Declaración, se infiere algo que trastoca la filosofía al uso: la economía –y en concreto aquella que se sustenta en el mercado capitalista, la competitividad y el crecimiento sostenido– deja de ser una ciencia pretendidamente finalista en sí misma y pasa a ser una ciencia instrumental al servicio de un orden planetario socialmente justo, ecológicamente concebido y políticamente democrático en el sentido más radical del término.

Los que nos declaramos comunistas marxistas debemos tener presente que nuestra utopía es una cosmovisión, una pulsión que nos impulsa a buscar con otros y otras un mundo sin explotación, sin alienación y de plena centralidad humana. ¿No serían los DDHH esa plataforma en la que podemos encontrarnos? ¿No sería también materia de alianza la incorporación a la solemne Declaración de los Derechos Medioambientales? ¿No sería oportuno también en esa conjunción internacional hacer que la ONU se sitúe en su concepción, organización y funcionamiento a la altura de la Carta que originó? ¿No sería esta la materia de un nuevo internacionalismo?

Lo que no se puede hacer desde la izquierda es quedarse en la orilla como el malecón o como el molusco que quiere calcáreamente imitar a la roca, que diría Vicente Aleixandre. Por supuesto que tampoco es admisible disfrazar la indigencia ideológica o la pérdida de identidad acogiéndose bajo el manto sagrado de la modernidad con pedigrí a lo Wall Street.

Tener fuertes convicciones no sirve si estas no se explicitan mediante el ejemplo en la cotidianeidad y el ejercicio político de inducir –desde lo particular, concreto y asequible a todos y todas– la creación de fuerza solidaria, organizada y mayoritaria capaz de dirigir la marcha hacia un mundo nuevo. También necesitamos la mayéutica a lo Sócrates.



Julio Anguita es ex coordinador general de IU.

Fuente: http://blogs.publico.es/dominiopublico/1580/la-ciudadania-universal/