lunes, 6 de diciembre de 2010

Palabras de Lucio Magri en la presentación de El sastre de Ulm. El comunismo del siglo XX.


06-12-2010

Palabras de Lucio Magri en la presentación de El sastre de Ulm. El comunismo del siglo XX.


Lucio Magri, El sastre de Ulm. El comunismo del siglo XX. Hechos y reflexiones. El Viejo Topo, Barcelona, 2010.

Nota edición: Este importante libro ha sido presentado por su autor en Madrid y Barcelona. Mejor que una reseña, ofrecemos el guión de las palabras de Lucio Magri a los asistentes a esos actos en noviembre de 2010: Por lo general, no me gustan las presentaciones de libros, ni siquiera cuando se trata de los míos. Los que presentan el libro se ven obligados a ser benévolos, la mayoría del público no lo ha leído aún y a veces está allí únicamente para hacerse una idea del contenido y así evitar su lectura. Casi nunca nace una verdadera discusión a partir de la presentación de un libro. Además tenía muchas dudas de venir a hablar en italiano a ustedes que ya tienen disponible mi libro traducido en castellano. Entonces, ¿por qué estoy aquí esta noche, sin que nadie me haya obligado a venir?
Por muchos motivos. En primer lugar, he venido aquí para demostrar que, pese a que en este libro hay pocas referencias directas a España, en realidad puede ser útil para los lectores españoles, porque aporta elementos a la reflexión sobre su propia historia nacional, muy a menudo, y no casualmente, arrinconada o amputada por la narración de la historia internacional.
Empiezo con una pregunta aparentemente obvia y descontada.
¿Por qué ganó Franco, a pesar que el apoyo al gobierno democrático y legítimo que el mismo Franco afrontó proviniera de una fuerza mayoritaria en el país? ¿Por qué ganó Franco, a pesar de la resistencia heroica que lo enfrentó y de la amplia simpatía que el gobierno legítimo y democrático suscitaba en la opinión pública mundial?
La respuesta que Santiago Carrillo da a esta pregunta en su autobiografía es lapidaria: “Franco ganó gracias a la intervención y ayuda que recibió del fascismo italiano” (un ejército organizado y muy bien armado de 60.000 hombres que llegaba de Italia, además de la poderosa cobertura aérea alemana). La respuesta es convincente y, quizás, bastaría por sí sola a explicar la derrota.
Pero plantea una interrogante que ha quedado en la sombra.
La guerra civil española se desarrolló y concluyó entre 1936 y 1939. Cuando empezó, Hitler estaba en el poder desde hacía tres años. Había proclamado sus intenciones agresivas y había comenzado a realizarlas. Militarización de Renania. Anexión de Austria. Invasión de los Sudetes y luego de Checoslovaquia. Y no era todo, ya que las amenazas se dirigían también a las democracias occidentales; un poco más tarde, las cosas caminarían aún peor: Polonia, Dinamarca y luego Bélgica, hasta llegar a la claudicación de Francia. Inglaterra soportó los bombardeos y se salvó porque el mar la protegió. En fin, todo desembocó en una guerra mundial que costó decenas de millones de muertos. Y no solamente. Mi libro documenta que Hitler podría haber sido parado a tiempo. Las altas jerarquías del ejército que lo habían llevado al poder previeron la derrota e hicieron saber a Londres que estaban listas para destituirlo.
¿Cómo es posible que, en ese momento crucial, Francia e Inglaterra no sólo se quedaran inertes, sino que incluso se convirtieran en cómplices de la intervención de Italia y Alemania en la guerra civil española al bloquear las fronteras a través de las cuales la República podía recibir la ayuda que necesitaba? La explicación que este libro intenta dar es que Chamberlaine y detrás de él Daladier siguieron una estrategia precisa: desviar la agresividad nazi hacia el este, es decir, hacia la Unión Soviética. En cambio, sucedió todo lo contrario. Francia sucumbió en pocas semanas, Hitler efectivamente invadió la Unión Soviética y fue derrotado principalmente por ésta.
No ahondaré en otra causa de la derrota porque mi libro la trata indirectamente y no de manera adecuada: me refiero a las constantes divergencias que caracterizaban el frente democrático a nivel político e incluso militar. En sus orígenes el frente antifascista tuvo objetivos divergentes y un grupo dirigente bastante heterogéneo. Actuaba más como una coalición que como un frente.
Y ahora planteo otra pregunta, más difícil que la primera, ante la cual mi trabajo puede resultar más útil y menos obvio.
¿Por qué el fascismo español —y sólo el fascismo español— logró sobrevivir tranquilamente durante más de treinta años, después de la plena victoria de la alianza antifacista mundial, sin cambiar ni a su líder, ni sus instituciones autoritarias ni, sobre todo, renunciar jamás a una feroz represión? Y, al final, ¿cómo pudo incluso determinar quiénes serían sus sucesores?
Mi explicación, documentada, es la siguiente: pocos meses después del final de la guerra mundial y de la repentina muerte de Roosevelt, la política de los Estados Unidos cambió de forma radical, cambio que fue imitado no solamente por los ingleses, sino también por aquellos que prácticamente la víspera habían sido sus enemigos: alemanes, japoneses e italianos. En otras palabras, empezó la “guerra fría”. Esta constatación ha sido siempre eludida, es más, negada. Pero la sucesión de los acontecimientos es clarísima. En primer lugar, dos bombas atómicas, que no eran necesarias, doblegaron a los japoneses que ya estaban postrados; esas bombas, en realidad, tuvieron como fin demostrar la superioridad militar apabullante de los Estados Unidos frente a una Unión Soviética destrozada por la guerra. Luego, el discurso en Fulton de Churchill —convenido previamente con Truman— en el que ya se indicaba el nuevo adversario por liquidar y, además, la expulsión de la izquierda de los gobiernos europeos. Después, el Pacto Atlántico y la creación de la República Federal Alemana. Y, además, la instalación de bases militares americanas en todos los continentes. Todo ello alimentado y justificado por una propaganda verdaderamente histérica. Evidentemente, en este contexto la desestabilización de la España franquista no podía ni siquiera considerarse.
Y ésta fue sólo una primera etapa, la etapa que terminó sin que estallara una tercera guerra mundial, al menos hasta el momento del equilibrio atómico. Más tarde, una segunda etapa permitió que el franquismo siguiera viviendo gracias al apoyo externo. Y esto sucedió en el terreno económico: España se aferró al último vagón del tren del desarrollo del mercado europeo y se modernizó, sin que nadie le exigiera que cambiara su régimen político. No recuerdo que le hayan otorgado el Nobel de la Paz a Grimau antes de lo que lo hicieran pedazos, ni tampoco recuerdo que el régimen franquista haya sido amenazado con la imposición de un embargo económico para que modificase la Constitución.
En mi libro se tratan otras cuestiones que podrían interesar a un español, por ejemplo la evolución de la iglesia católica con respecto a la política. Pero yo prefiero detenerme aquí para que no os aburráis.
Sin embargo, debo pedir ayuda para resolver una cuestión que no he logrado resolver. Porque esta tarde he venido aquí no sólo para subrayar algunas cosas que vosotros ya sabéis y que, de todas maneras, podéis fácil y cómodamente encontrar en el momento en que leáis mi libro.
He venido, sobre todo, para plantearos un problema que considero muy importante, no sólo para vosotros sino para todos. El problema es el siguiente:
Es indiscutible que, cuando empezó la guerra civil, los comunistas españoles eran una exigua minoría. Pero es igualmente indiscutible que en los años de la guerra los comunistas se multiplicaron, tanto entre la población como en las instituciones. Esto podría deberse a varios motivos: la ayuda material de la Unión Soviética, la oleada de voluntarios que llegaban de otros países, el papel político que desempeñó Palmiro Togliatti y las cualidades organizativas de Luigi Longo.
También es indiscutible que el Partido Comunista Español, con la energía que le aportaba la juventud socialista, fue el único que, durante décadas y en la clandestinidad, se opuso al régimen franquista. Unas veces cometió errores (como el de un amago de lucha armada), otras obtuvo grandes éxitos (huelgas generales, creación de una sólida red sindical). Pero sus militantes demostraron en todo momento un extraordinario coraje individual, que muchas veces pagaron con sus vidas.
Franco murió en 1975 y debemos otorgar gran atención a ese año. En ese momento el régimen estaba dividido en conservadores moderados, influidos por el Opus Dei y partidarios de una suerte de democracia controlada, y fascistas ortodoxos. Casi simultáneamente se derrumbaban los regímenes semifascistas de Portugal (debido a la insurgencia de los oficiales del ejército orientados hacia la izquierda) y de Grecia. Los principales partidos comunistas europeos intentaban liberarse de la obediencia debida a Breznev. En Francia, el acuerdo entre el PCF y el refundado Partido Socialista estaba por llevar a Miterrand a la presidencia. En Italia, se había registrado hacía poco una clamorosa afirmación electoral del PCI. Todo el Occidente capitalista se veía sometido a una grave crisis económica. De igual modo, en el seno de la socialdemocracia europea se desarrollaba una intensa discusión.
De este conjunto de hechos nace una cuestión sobre la cual he leído y discutido mucho con muchos compañeros, pero sin lograr encontrar una respuesta adecuada: ¿Cómo se explica que el Partido Comunista Español, con el patrimonio histórico del que disponía, en un momento histórico en el que aún la suerte no estaba echada (era 1975 y no 1989), en las primeras elecciones libres tras la muerte de Franco, haya obtenido sólo un miserable 10% de los votos (porcentaje que nunca llegó a superar), por no hablar de las numerosas crisis que sufrió? ¿Cómo se explica que en España, durante décadas, se hayan alternado en el poder exfacistas remozados o socialdemócratas que poco tenían de socialistas?
No es un problema que atañe sólo a los comunistas, o sólo a los españoles. Atañe a toda la izquierda europea que se ha puesto de rodillas ante la hegemonía de los Reagan, las Thatcher, los Blair, por no hablar del horrendo Berlusconi; atañe a esa izquierda que hoy, a pesar de la crisis económica y de civilización que doblega el planeta, sigue perdiendo fuerza e identidad cultural.
Desde luego no es mi intención ni mucho menos achacaros la responsabilidad de esta decadencia. Al contrario, reconozco que en los últimos años España ha recuperado algunos rasgos de izquierda gracias a Rodríguez Zapatero, que ahora cruje fuertemente ante la crisis económica. Quisiera solamente entender por qué la ocasión de realizar un verdadero cambio fue sofocada por la voluntad de censurar el pasado y convertir en mito la modernidad que homologa a todos. En otras palabras, ¿por qué la movida ha sido más llamativa que el desempleo?
No pido ahora una respuesta, solamente espero que mi libro contribuya a estimular la reflexión. Tal vez un esbozo de respuesta lo encontremos en las palabras del mismísimo Franco cuando, sacando sus propias conclusiones, dijo: “He construido una clase media fuerte”.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Aportes al debate sobre las perspectivas del socialismo en el mundo contemporáneo 1


05-12-2010

Aportes al debate sobre las perspectivas del socialismo en el mundo contemporáneo 1



En este aporte nos proponemos considerar, en primer lugar, cinco grandes temas-eje o grandes líneas de transformación global en el mundo contemporáneo, para ingresar con posterioridad al debate ideológico, político y social que nos ha convocado. Esas cinco líneas comprenden la crisis en materia de recursos naturales, ambiente y energía; el desarrollo de la sociedad del conocimiento con base en la investigación científica y técnica y en la innovación productiva y social; el reordenamiento geopolítico del mapa mundial fundado en la multipolaridad y el desarrollo de nuevos factores de poder; el auge del mundo virtual; y el primado de la sociedad de consumo. En segundo lugar, desarrollaremos una perspectiva ideológica de mediano plazo y algunas consideraciones sobre las corrientes políticas y los movimientos sociales.
I. RECURSOS NATURALES, AMBIENTE Y ENERGÍA
Experimentamos a principios del siglo XXI una crisis civilizatoria, en el sentido de que se trata de una crisis más allá del capitalismo, propia de los sistemas fundados en un extractivismo predatorio de la naturaleza, y que se expresa con meridiana claridad en la actual puja por los recursos naturales, en el deterioro grave del ambiente y en problemas críticos en materia de fuentes de energía.
En forma simultánea, se está produciendo, en el interior del capitalismo una transformación de base de los sistemas productivos, fundada en la revolución científico-técnica y de la innovación.
Lo que más se ve es la globalización, en particular la financiera, el desarrollo de las Empresas Transnacionales (ETN), las integraciones regionales, la información y las comunicaciones instantáneas, la convergencia con base en la digitalización de los diferentes sistemas de comunicación, y la planetarización de las pautas culturales del consumismo dominante, o sea, los fenómenos macro, pero no se jerarquizan en igual o mayor medida las cuestiones límites (supra-macro), que se prefiere ignorar o no jerarquizar (son “verdades incómodas”), o las transformaciones micro en las formas productivas, como producto de la revolución tecnológica anteriormente mencionada.
En primer lugar, la crisis civilizatoria se advierte no bien se consideran los problemas de base, es decir las cuestiones límites o de sobrevivencia (global o de importantes conglomerados humanos), tales como las transformaciones demográficas y sus relaciones con las cuestiones del desarrollo y el ambiente, la disponibilidad de fuentes de energía no contaminantes, la seguridad alimentaria para una buena parte de la población del planeta, y la vulnerabilidad biológica que se manifiesta de diferentes maneras año a año.
Estamos en la década más importante de la historia humana en materia de decisiones sobre cuestiones ambientales (postKyoto 2012 ): cabe preguntarse si vamos hacia la estabilización de las emisiones de CO2 hacia mediados de siglo, es decir, a un nivel de equilibrio manejable en el cual las emisiones se compensen con la capacidad de absorción de las mismas por la naturaleza; o si derivaremos hacia escenarios de crisis cuyos desarrollos son hoy impredecibles y sus impactos probablemente terribles, principalmente en las poblaciones más pobres del planeta . Un aspecto crucial de esta cuestión refiere al debate sobre los límites o umbrales, metas e instrumentos de Estado y de Mercado que las naciones deben acordar en materia de contaminación, así como también a las medidas de mitigación y adaptación al cambio climático, incluido como aspecto principal el financiamiento equitativo de las mismas.
Es cierto que se están explorando y desarrollando fuentes alternativas, y que se está produciendo un crecimiento de importancia de la energía atómica (cerca de 60 plantas en construcción; sólo en China se programa cuadruplicar el potencial de base atómica hacia el 2020), pero la dependencia del carbón (con centenares de plantas en EUA, China y otros países), el petróleo y el gas persistirá durante mucho tiempo más.
El otro aspecto involucra a los actores más relevantes y a sus responsabilidades. Se ha modificado el escenario para las negociaciones claves con el cambio político en EUA, y su posterior debilitamiento con los resultados electorales de las denominadas elecciones de medio término, la conversión de China en el principal consumidor mundial de energía desde mediados del 2010, la consolidación de Rusia como proveedor de gas de Europa a través de un sistema de múltiples gasoductos en proceso de construcción, y con los descubrimientos de Brasil en la plataforma pre-sal en el Atlántico (que a su vez es el segundo país minero del mundo).
La evolución de las negociaciones entre “los grandes” en los próximos años será determinante. No adherimos al catastrofismo, pero nos atrevemos a afirmar que la gravitación de los intereses económicos afectados bloqueará el mejor escenario y empujará al mundo a un escenario intermedio, con el consiguiente incremento de las tensiones y de los conflictos militares, políticos y sociales.
Los uruguayos nos mantendremos firmes en materia de cuestiones como la no contaminación, mitigación y adaptación al cambio climático, pero no podemos ignorar este telón de fondo. Las políticas que se están iniciando en materia de manejo y uso de los suelos son de las más importantes ensayadas hasta ahora por nosotros en materia de preservación de los recursos naturales propios.
II. CIENCIA, TECNOLOGÍA E INNOVACIÓN
En segundo lugar, lo nuevo se expresa también en el peso creciente de la cultura y el conocimiento en las sociedades, que incluye su expresión como revolución científico-técnica y como procesos de incesante innovación productiva.
Lo importante es advertir las características de los nuevos medios de producción como consecuencia de la conversión de la ciencia en fuerza productiva directa. Los nuevos activos son, en una medida muy importante, intangibles, reproducibles, prima en relación con ellos el acceso –generalmente en red- por sobre su posesión, incrementan su valor cuanto más se usan y más se comparten (al contrario de los activos físicos, que pierden valor con el uso y pueden ser objeto de apropiación exclusiva y posesiva).
La propiedad compartida, o el carácter de patrimonio común, es la que resulta más adecuada a la naturaleza de estos nuevos valores de uso. Pero ello no significa que el sistema dominante de relaciones sociales no ofrezca resistencia e intente privatizar el conocimiento con la mayor amplitud posible. Algunos autores, como César Bolaño, han destacado con acierto la tensión básica engendrada a partir de la intelectualización del proceso productivo entre, por una parte, la autonomización y empoderamiento de los productores y usuarios de conocimiento y, por otra parte, la subsunción o expropiación de medios y procesos del trabajo intelectual por el mundo empresarial2. De acuerdo con este autor, “estamos en el inicio del proceso de paso de la subsunción formal a la subsunción real del trabajo intelectual por el capital, lo que da al primero un grado de autonomía que el trabajador manual perdió hace mucho tiempo3. Este grado de autonomía se podría perder si el capital tiene éxito y logra la subsunción real. Debemos tener muy en cuenta, para evaluar esta situación, la distinción que Marx usó entre subordinación (subsunción) formal y real del trabajo al capital: en la primera el capital convierte en asalariados a los campesinos, artesanos o esclavos, pero no transforma los procesos de trabajo; en la segunda, con la incorporación de tecnología, principalmente de maquinaria, con el desarrollo de la división técnica del trabajo en la planta de producción, y el desarrollo de la gran escala, el empresario se apropia –dirige y controla- del proceso de trabajo en cuanto tal. Al paralelismo o analogía con la probable subordinación real del trabajo intelectual es a lo que Bolaño se refiere. En efecto, siguiendo a otros autores, estima que el capital procura transformar al conocimiento tácito en codificado, es decir, el know how o los saberes del trabajador en conocimiento materializado, transformado en mensaje que puede ser manipulado como información en forma independiente del trabajador, lo que reduce los costos, permite su almacenamiento, memorización, transporte, transferencia, reproducción, acceso e investigación4.
A nuestro juicio es harto discutible que se pueda consumar este proceso. En todo caso algunos elementos juegan a favor y otros en contra de la autonomía del trabajador intelectual5. El estudio de la evolución de la propiedad intelectual y también de algunas formas de privatización del sistema universitario de investigación, da algunas pistas acerca de los esfuerzos realizados por una parte para alcanzar dicha meta. Otros encares también dan cuenta de las tensiones y disputas desatadas a propósito de estas cuestiones6.
Dos claves para comprender el despliegue de las tensiones también lo configuran: por una parte, el creciente entrelazamiento entre ciencia, tecnología e innovación, sobre los que ha abundado, entre otros, Donald E. Stokes7, en particular en relación con el estallido del “modelo lineal” de investigación básica-aplicada-desarrollo-nuevos productos y procesos8. Y, por otra parte, el papel que juegan las políticas públicas de fortalecimiento de la educación y de los sistemas de investigación científica y tecnológica como patrimonios de amplia accesibilidad, o sea, las políticas de producción de valores públicos en el interior de la sociedad de la información y el conocimiento.
Lo que hemos hecho en Uruguay con el Plan Ceibal y con la inversión educativa, y con la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII), señala con mucha claridad nuestra orientación estratégica, fruto de una clara conciencia acerca de esta cuestión fundamental. También converge en esto toda la política tributaria de promoción de la inversión en innovación, y las políticas activas en materia de contrapartidas a la IED, en materia de cadenas productivas, de sustentabilidad con base en el incremento del valor agregado, y la diversificación y especialización exportadora.
En consecuencia, las cuestiones límites (que hacen a la sobrevivencia) y lo nuevo se traducen en la posibilidad de una mayor gravitación de los patrimonios comunes o compartidos, como los recursos naturales (aire, agua, etc.) y el conocimiento -incluidos los medios de comunicación y la producción de cultura-. Esto explica las pasiones y los debates y conflictos planteados en temas sustantivos tales como los que se producen en relación con la apropiación del conocimiento sobre el genoma humano, la discusión acerca del software libre, los alcances de la invención de Wikipedia, la libertad de acceso a la música, los audiovisuales o los medicamentos y, en general, las tensiones en torno a los límites de la propiedad intelectual. Como se comprenderá, nada de todo esto se arregla con posturas ingenuas por país sino con regulaciones globales consecuencia de orientaciones progresistas.
III. GEOPOLÍTICA Y NUEVOS FACTORES DE PODER.
Se registra, en forma simultánea, una tercera línea de transformación que se expresa como una nueva geografía mundial del poder. Ha adquirido un nuevo impulso el policentrismo o, en otra denominación, la multipolaridad, fundamentalmente como consecuencia del declive de la hegemonía norteamericana y del impulso incontenible de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China).
La multipolaridad no implica progresismo en cada uno de los espacios, pero sí una nueva distribución del poder a nivel mundial y un sistema de equilibrios y de tensiones diferentes. En relación con lo primero, es decir con el universo político e ideológico, no podemos ignorar la derechización que se ha producido en la Unión Europea o el ascenso de la nueva derecha del Tea Party en EUA, pero tampoco la consolidación del progresismo sudamericano con los recientes resultados electorales en Brasil y el triunfo de Dilma Roussef.
En relación con lo segundo, o sea con los pesos relativos, la profunda crisis financiera y económica de los países centrales de los últimos años ha acelerado el reordenamiento geopolítico planetario. Debemos tener en cuenta las reflexiones que realizara a este respecto el economista argentino Ricardo Aronskind9. En particular, el análisis que enfatiza el estallido de la crisis en el centro y su extensión relativa hacia la periferia, la conversión de la crisis financiera en crisis productiva y del consumo, la rápida expansión de la crisis de lo real hacia el universo de las expectativas, y desde lo privado hacia lo público, de lo económico hacia lo social y político y desde lo local a lo internacional.
Estimo que también habría que destacar, a diferencia de la crisis del 29, el comportamiento anticíclico de los estados centrales, el distinto efecto sobre las commodities y los nuevos márgenes de maniobra de los BRIC, que les han permitido dar un salto en calidad cobrando mayor peso en el reordenamiento geopolítico. Desde este punto de vista, y en mayor medida con una mirada geopolítica, que atienda el papel de los recursos naturales en el mundo del futuro, el protagonismo de América del Sur, y potencialmente de la propia Unasur adquiere un mayor destaque. No debemos omitir que en ella se concentran un parte de los gobiernos progresistas del mundo.
Como lo señala el propio Aronskind en la nota citada, es indudable que se está abriendo un espacio de disputa económico y político que pondrá en tensión fuerzas al interior de los países y entre los mismos. Es que se está jugando es la forma de resolución de la crisis, el reparto de los costos y el orden que emergerá del cataclismo.
Como las finanzas han sido en estas décadas al mismo tiempo un instrumento de acumulación y de dominación, el cortocircuito que se ha producido crea condiciones para una alteración considerable del orden mundial. Al mismo tiempo comienza un debate conceptual sobre las causas y sobre los responsables de la crisis. Por un tiempo, al menos, el discurso único sobre un "orden económico deseable para todos" será cosa del pasado.
Sin duda estamos asistiendo a un cambio en el peso relativo de los Estados nacionales, los organismos internacionales y las ETN. En conclusión, se abren nuevas oportunidades para el policentrismo y el altermundismo, lo cual no implica crisis terminal del capitalismo ni cosa por el estilo, pero sí reordenamiento geopolítico, con pérdida de peso de los EUA (que conserva el primado en lo militar y cultural pero que experimenta un declive en los restantes terrenos) y, en segundo lugar, mayor espacio para los Estados y las políticas públicas, así como también tensiones sociales con crecientes manifestaciones de protesta de la sociedad civil (en ninguno de estos dos casos ello es sinónimo de progresismo pero sí de amplios espacios de disputa).
Un primer efecto en lo inmediato es el reordenamiento financiero. Sobre este punto ha insistido con acierto Roberto Mangabeira Unger10 al destacar la necesidad de que la regulación de los mercados financieros sea parte de la reorganización de la relación entre la sistema financiero y la producción. Porque es necesario cambiar el vínculo entre finanzas y producción. Si, de la forma en que se organizan hoy las economías de mercado, el sistema productivo está básicamente autofinanciado, “¿Cuál es entonces el propósito de todo el dinero que está en los bancos y en las bolsas de valores? Teóricamente sirve para financiar la producción, pero en realidad sólo va oblicuamente a ese cometido (...) y eso es el resultado de las instituciones existentes. En este sistema, las finanzas son relativamente indiferentes a la producción en tiempos de bonanza y son una amenaza destructiva cuando surge una crisis como esta. Es decir, son indiferentes para el bien y eficaces para el mal”.
En realidad los economistas deberían profundizar en esta cuestión porque la virtualización financiera, apoyada en la desregulación, en las nuevas tecnologías y en los altos riesgos y nuevos productos financieros, se ha convertido en una infernal maquinaria de captación y redistribución de excedentes y no de producción de los mismos vía inversión productiva.
Las nuevas perspectivas regulatorias en algunos sectores de actividad, como el sector financiero o el ambiental, no nos permiten ignorar los conflictos y tensiones que se derivarán del declive sin relevo de la hegemonía norteamericana. En la actualidad ¿no estamos asistiendo a “la guerra de las divisas” o a la exportación compulsiva del desempleo a través de la promoción de las exportaciones vía devaluación del tipo de cambio? Está claro que China ha pegado el yuan al dólar y que evita pagar los costos de la recuperación estadounidense, pero otros países, como Brasil, pueden pagar los platos rotos. No es sencillo transitar en tres o cuatro décadas de un mundo bipolar, a uno unipolar y luego a otro multipolar.
IV. EL AUGE DEL MUNDO VIRTUAL.
Antes de ingresar en los aspectos propiamente políticos y sociales del mundo en disputa, cabe reflexionar sobre la transformación de los escenarios, en particular, lo que podemos denominado el auge restallante del mundo virtual:
En una primera etapa la reflexión y el análisis sobre el nacimiento de una “realidad segunda” estuvieron casi monopolizados por el impacto de los medios masivos de comunicación y por el cambio de las características de los actores y de los escenarios, muy visible a partir del desarrollo de la cultura de la telecomunicación audiovisual (principalmente por el vínculo mass media y política, pero también por los cambios en otras áreas igualmente destacadas como la información, el entretenimiento y la publicidad).
Dichas reflexiones y análisis pronto quedaron retrasadas respecto del cambio acelerado de la realidad. El empuje en las últimas décadas de la revolución en las telecomunicaciones y el despliegue de la sociedad de la información y el nuevo impulso a su desarrollo apoyado en la creciente convergencia posibilitada por la digitalización, y en particular por el desarrollo de Internet, han impactado transversalmente en toda la vida social. Dichos impactos se han extendido desde la financierización, sus productos sofisticados y sus burbujas especulativas, hasta las incursiones en la vida privada y los vínculos sociales, como el Gran Hermano en sus múltiples variantes, que incluyen, como le veremos más adelante a propósito de la sociedad de consumo, la desechabilidad de los seres humanos, recordada por Zygmunt Bauman, algo que los reality shows ponen todos los días en la pantalla, como “juego de exclusión”11. En suma, nada ha escapado a la marea de la virtualización.
El marco teórico de reflexión y análisis debería abordar todos estos desarrollos y procesos altamente impactantes en la realidad social. Según el autor citado12, en relación con la TV, primero Mc Luhan percibió que el medio es el mensaje; luego Elihu Katz descubrió la inversión -los acontecimientos existen solamente cuando son vistos por TV-; habría que agregar que más adelante Guy Debord desarrolló sus tesis sobre la alienación constitutiva de “la sociedad del espectáculo”; después Jean Braudillard echó por tierra la sacrosanta distinción entre realidad y ficción, entre lo verdadero y su representación, al detectar el simulacro (la simulación), algo que es hiper-real dado que es una especie de realidad que no permite un afuera desde el cual examinarla. Esto último sería mucho más que la ideología como falsa representación, en tanto que realidad segunda envolvente.
Pero sea ello así o de otra manera, lo cierto es que se ha producido una creciente sustitución de realidades por representaciones creadas con fines de lucro, dicha sustitución de relaciones sociales por productos o “equivalentes virtuales”, que cobran existencia independiente de las relaciones de origen (la teoría de la mercancía en relación a la fuerza de trabajo que la produce y de la cual se autonomiza, sigue teniendo algo que ver…), inciden sobre las mismas, ocultan los procesos que les dieron origen y, por consiguiente, su sentido histórico.
No obstante ello, todo lo anterior también debería tener en cuenta las oportunidades que se abren. Las perspectivas democratizadoras de Internet y otras tecnologías de la información y comunicación han sido ampliamente desarrolladas, incluidos sus límites y riesgos, fundamentalmente desde la perspectiva de la sociedad civil. Ello nos obvia de insistir en este punto.
La política, por su parte, no sólo no puede eludir la realidad de la sociedad del espectáculo y las nuevas formas de las telecomunicaciones y de socialización en red, sino que no lo hace y, más aún, sus actores junto con los que tienen mayor gravitación en los medios –que la mayor parte de las veces son sus propios dueños u ejecutivos- y que operan como si fueran tales y no por intermedio de tales. Esta relación es extremadamente compleja para las políticas de izquierda, porque no eludir la sociedad del espectáculo y la comunicación no significa volverse un mero espectáculo o un enajenado de Facebook o  de Twitter.
La democratización de la comunicación persiste en nuestro país como asignatura pendiente. La próxima discusión a nivel nacional sobre la ley de telecomunicaciones y de contenidos audiovisuales nacionales tendrá una muy importante significación.
V. EL PRIMADO DE LA SOCIEDAD DE CONSUMO
En relación con la evolución reciente de la sociedad de consumo nadie la ha desarrollado mejor su estudio que Zygmunt Bauman13. En distintas publicaciones analiza el pasaje de la sociedad de producción a la sociedad de consumo (mercado inducido por la expansión y acumulación del capital). En ese marco, la promoción del cambio en los deseos va incluso más allá porque el anhelo reemplaza al deseo como fuerza que motiva el consumo, y éste poco tiene que ver con la necesidad, de acuerdo con el pensamiento del autor citado. La finalidad es muy prosaica porque la insatisfacción se induce para mantener el mercado.
Con la hegemonía del consumismo el tener deja de estar al servicio del ser; en realidad ambos tenían una base común que hoy es rechazada porque todo es descartable (el compromiso y la duración: con las cosas o las personas).
De acuerdo con su punto de vista, se refundan las relaciones interhumanas a imagen y semejanza de las relaciones entre consumidores y objetos de consumo14. “La característica más prominente de la sociedad de consumidores (…) es su capacidad de transformar a los consumidores en productos consumibles15. Quizás el efecto más importante de ello es “la traspolación de las reglas del mercado al ámbito de los vínculos humanos16, con la consiguiente descartabilidad de los mismos.
A diferencia del consumo que es fundamentalmente un rasgo u una ocupación del individuo humano en su ser-en-sociedad, el consumismo es un atributo concreto de la sociedad contemporánea. En este tipo de sociedad, la obsolescencia de los productos de consumo está incorporada a los mismos. El valor supremo es la felicidad instantánea –casi “puntillista”- y perpetua; ello conduce a una especie de ansiedad permanente, dado que sabemos que la capacidad del consumo de aumentar la felicidad es bastante limitada luego de superado un umbral básico17.
Otra de las consecuencias más duras de esta forma de la organización social se vincula con los mecanismos de exclusión; a juicio del autor citado, éstos son mucho más duros que los correspondientes a la sociedad de productores, dado que consumir significa invertir en la pertenencia a la sociedad, y si ello no es posible es por fallos personales y no por cuestiones relativas al sistema social 18.
El debate acerca de la sociedad de consumo, por otra parte, y acerca de la disolución del propio concepto de sociedad y de proyecto colectivo, versos sociedad de los productores y ciudadanos, ha adquirido y persistirá en ello, una indudable centralidad.
VI. HACIA LA CONSTRUCCIÓN DE UNA PERSPECTIVA IDEOLÓGICA
¿Crisis sistémica del capitalismo? ¿Crisis terminal del capitalismo? A nuestro juicio no se trata de tal cosa. Es conveniente no confundir crisis del des-regulacionismo y del Consenso de Washington con crisis del capitalismo. En realidad, y como se ha dicho, han caído dos muros en dos décadas: el socialismo real y el neoliberalismo (o paleo-liberalismo). De cualquier manera, si tenemos en cuenta el primer bloque de reflexiones en torno a la crisis civilizatoria, el segundo acerca de la revolución científico-técnica, el tercero en relación con el policentrismo y el nuevo equilibrio que se diseña entre los Estados, y de éstos con las sociedades y el mercado, y también si consideramos las tendencias de largo plazo que ha resaltado Wallerstein, lo que hoy no es una realidad puede serlo en un mediano plazo. En efecto, y a propósito de la crisis, Wallerstein se pregunta: ¿Qué ha hecho que el sistema se mueva tan lejos del equilibrio? Y responde: lo que ocurre es que a lo largo de 500 años los tres costos básicos de la producción capitalista -personal, insumos e impuestos- han subido constantemente como porcentaje de los precios posibles de venta, de tal modo que hoy hacen imposible obtener grandes ganancias de la producción cuasi monopólica que siempre fue la base de la acumulación capitalista significativa. Esto no ocurre porque el capitalismo esté fallando en lo que hace mejor. Es precisamente porque lo ha estado haciendo tan bien que finalmente minó la base de acumulaciones futuras. Lo que ocurre cuando se alcanza un punto así, es que el sistema se bifurca (en el lenguaje de los estudios de la complejidad).
Las consecuencias inmediatas son una turbulencia altamente caótica, que nuestro sistema-mundo está experimentando en este momento y que seguirá experimentando por unos 20-50 años. Como todos empujan en cualquier dirección que piensan que es mejor en lo inmediato para cada quien, emergerá un orden del caos en uno de los dos muy diferentes senderos alternos19.
En el entretiempo tendremos la coexistencia (cooperación y contradicción) entre el capital-mercado y el Estado-sociedad. Después puede que haya capital y no capitalismo. En nuestro ensayo sobre la Mundialización recordábamos que, en una perspectiva más o menos clásica el propio István Mészáros destaca el gran error de las sociedades “poscapitalistas” (distingue sistema capitalista y capital, régimen vigente antes, durante y después del sistema capitalista) que impusieron un control centralizado y autoritario en el denominado “socialismo real”, para regular el funcionamiento centrífugo de las unidades productivas y distributivas, en vez del control democrático20.
Esta coexistencia ¿es capitalismo al modo clásico? Puede que no. Siempre conviene tener en cuenta las inteligentes reflexiones de Amartya Sen, a propósito de su reconsideración de Adam Smith, que cuestionan muchos de los lugares comunes en relación con el clásico21 y con la realidad contemporánea. Sen se pregunta inicialmente:
“¿Cuáles son las características especiales que hacen a un sistema indudablemente capitalista – nuevo o viejo? Si el sistema económico capitalista actual debe ser reformulado, ¿qué hará que finalmente resulte en un nuevo capitalismo y no en otra cosa?” Y agrega que, parecería que resulta generalmente aceptado que confiar al mercado las transacciones económicas es una condición necesaria para que una economía sea definida como capitalista, y que la rentabilidad como objetivo y las recompensas individuales basadas en la propiedad privada “son vistas como las características paradigmáticas del capitalismo”. En ese contexto vuelve a interrogarse: “si estos son los requisitos, ¿son los sistemas económicos vigentes, por ejemplo, en Europa y América, genuino capitalismo?
Constata, sin embargo, que “Todos los países prósperos en el mundo, los de Europa, Estados Unidos, Canadá, Japón, Singapur, Corea del Sur, Australia y otros vienen, desde hace un tiempo, dependiendo en parte de transacciones y otros movimientos financieros que ocurren fuera del mercado. Esto comprende beneficios a desempleados, pensiones públicas, seguridad social, educación, cuidado de la salud, y otra variedad de servicios que distribuyen fuera del mercado. Los derechos económicos vinculados con estos servicios no están basados en la propiedad privad y en los derechos de propiedad”. Y agrega que, “Por otra parte, la economía de mercado ha dependido para su funcionamiento no solo en maximizar beneficios sino también en otras actividades como cuidado de la seguridad pública y provisión de servicios públicos, algunos de los cuales han llevado a la gente mucho más allá de una economía basada únicamente en la rentabilidad. El meritorio desempeño del sistema capitalista, cuando las cosas iban hacia adelante, se basaba en un una combinación de instituciones – educación pública, cuidado médico, transporte masivo son algunos de muchos ejemplos – que iban mas allá de una economía basada en maximizar la rentabilidad y en derechos basados en la propiedad privada”.
Por todo lo cual, concluye el insigne economista: “Existe una pregunta básica subyacente: si el capitalismo es un término de utilidad particular hoy. La idea del capitalismo tuvo un importante rol en forma histórica, pero en este momento puede resultar bastante agotado
Teniendo en cuenta estos elementos, cabe preguntarse, por nuestra parte: ¿Qué es lo relevante en un período de coexistencia y disputa? Y responder que en un período de coexistencia, lo que importa es la disputa hegemónica. O, dicho en otros términos, por largo tiempo coexistirán en las sociedades humanas empresas fundadas en el capital, Estados con proyección regional y articulación mundial, y sociedades civiles con articulaciones y alcances locales, regionales y mundiales.
A partir de los nuevos datos de la realidad regional e internacional, entre los cuales hemos destacado la progresiva y persistente destrucción ecológica, el despliegue de la sociedad del conocimiento, las crisis financieras recientes y el reordenamiento geopolítico global, y el despliegue del mundo virtual, pero a los cuales es necesario sumar otras realidades de larga o más reciente duración o emergencia, como el crecimiento y envejecimiento de las sociedades, la persistencia de los estigmas de la pobreza, marginalidad y exclusión, las agudas cuestiones de convivencia y seguridad, las nuevas demandas individuales y grupales, y otras vulnerabilidades.
A partir de estas realidades se han creado condiciones para que el péndulo de la Historia retorne hacia el progresismo por la vía de la jerarquización de las políticas públicas que atiendan las nuevas realidades y del fortalecimiento de la sociedad civil con similares objetivos. Con esa mirada necesitamos Estados fuertes, capaces de implementar políticas activas, conductores, reguladores, sociales y productores de bienes públicos. Y necesitamos también, por sobre todo, sociedades civiles integradas y dinámicas, en las que se desarrollen movimientos sociales progresistas y fuertemente estructurados, autónomos, independientes del Estado y de otros centros del poder político y/o económico, y con capacidad de iniciativa, de propuesta y de incidir en las transformaciones efectivas de la realidad.
Quienes compartimos una identidad de izquierda sabemos que la coexistencia de actores de la que hemos hablado más arriba comprende la potencialidad de cooperación en algunos terrenos y fuertes tensiones y conflictos en otros (cooperación dinámica y coexistencia contradictoria). En nuestro concepto, si la hegemonía es democrática y ésta se desplaza hacia el Estado-sociedad, se avanza en la dirección de una sociedad más igualitaria y más libre. Como nuestro planteo es éste, no consideramos aceptable ni viable la denominada “humanización del capitalismo”.
No nos conformamos con un postular un objetivo genérico de “crecimiento con equidad” que redistribuya algunos puntos del producto en lo social en tiempos de bonanza económica. Nuestro objetivo es la producción y distribución de la riqueza en favor de las mayorías sociales y, en general, la democratización de las relaciones sociales como vía o sendero para la emancipación humana, conscientes de que debe primar del interés general sobre el particular –individual, grupal o corporativo- y otorgarse la prioridad en favor de los actualmente más postergados, excluidos y discriminados. Asumiendo un proyecto de sociedad que supone producir un desplazamiento del poder hacia dichos sectores. Utilizando formas de organización y expresión apropiadas y usando al Estado como un instrumento privilegiado para la producción de valores públicos y para el empoderamiento de la sociedad.
Pero, claro está, no puede realizarse un diagnóstico equivocado sobre el período en el que cada formación social se encuentra. En una fase en la cual prima la acumulación, por ejemplo, la distribución no puede sobrepasar determinados límites, so pena de debilitar el proceso de inversión y crecimiento. La estimación acertada de esta cuestión es uno de nuestros dilemas actuales.
Con base en estas consideraciones estratégicas, si el eje de las relaciones de poder se desplaza hacia la sociedad-Estado en el manejo, regulación o acceso, de los grandes bienes, activos y patrimonios colectivos (entre ellos, el territorio, el ambiente y los recursos naturales, y satisfactores básicos como el agua, los sistemas de salud, y también factores clave como la educación y el acceso al conocimiento, la energía y las telecomunicaciones, la seguridad pública, etc.), y en las regulaciones de mercados claves, como los energéticos o financieros, por ese camino –en el mediano y largo plazos- las formaciones sociales humanas podrán evolucionar hacia nuevas democracias sociales con los perfiles y escala del siglo XXI, y no estarán sometidas a la hegemonía cultural de las grandes corporaciones y centros de poder internacionales.
Es nuestra tarea avanzar en esa dirección, hasta tanto emerjan, por caminos que hoy no podemos avizorar con precisión, nuevas y más adecuadas formas de producción y de organización de la vida humana más justa y sustitutivas de las actuales.
VII. LA SOCIEDAD EN DISPUTA
Una lucha con estas características no es sencilla pero es posible.
En una consideración a escala global, comenzaremos, en primer lugar, por los factores adversos, en especial la fragmentación social. Como lo recordara recientemente Ernst Hillebrand22, han nacido nuevas líneas de conflicto en sociedades heterogéneas: frentes de exclusión que oponen a integrados y precarizados, cortes generacionales (que se expresan cuando se discuten las pensiones, las contribuciones impositivas u otras cuestiones), líneas de separación entre ocupados y desocupados; múltiples formas de fragmentación étnica, cultural y religiosa.
¿Cómo integrar al Islam, se pregunta, por ejemplo, en sociedades de matriz cultural europeo occidental? Basta mencionar el liberalismo valórico y la tolerancia sexual en las sociedades post-modernas, la equidad de hombres y mujeres; o la supremacía de la autoridad estatal sobre la religiosa; para advertir las dificultades. O la contradicción en el mundo desarrollado entre una visión cosmopolita, universalista y multiculturalista pro inmigración y una visión comunitarista de naturaleza más o menos xenófoba y, por consiguiente, anti-inmigración.
A todo ello debemos sumar auge del individualismo y de la autonomía individual, la crisis de las instituciones de socialización, el consumismo como nueva ideología dominante (que no excluye el crecimiento de un nuevo post-materialismo valórico).
En suma, nuevos clivajes socavan la base de la solidaridad social. Se ha producido así, principalmente en las sociedades opulentas, una disolución de un relato de solidaridad y de un modelo de integración social. Ello auspicia visiones negativas desde la propia izquierda que sostienen que “No es posible una vuelta al contrato de solidaridad nacional tradicional, basado en una identidad compartida23.
El autor va un poco más lejos y apoyándose en reflexiones de otros afirma que la izquierda ya no es capaz de persuadir porque la idea de renunciar y compartir se contradice con la ideología consumista dominante24. En efecto, más arriba veíamos que el consumo ha desplazado al trabajo como vector de socialización y como productor de identidad.
A mi juicio, en segundo lugar, en estas sociedades fragmentadas y consumistas el enfoque de la izquierda debe abarcar los dos lados inferiores del cuadrante de Phule25: desde la promoción de los colectivos progresistas, en particular la fuerza de los movimientos de identidad y reconocimiento y de comunidad de intereses (como lo es, entre otros, el de los migrantes hispánicos en EUA); al sentimiento nacional (recordemos la ola de simpatía desatada por la selección uruguaya o el espectáculo global de rescate de los mineros chilenos) y al  republicanismo democrático e institucionalista; a la promoción de los pulsiones emancipatorias en favor de la autonomïa individual (como el trabajo autónomo) y de la generación y ampliación de derechos.
Debemos admitir que la izquierda no incluyó con suficiente énfasis en su agenda cuestiones como la emancipación individual, el tiempo para la calidad de las relaciones sociales o los potenciales de autorrealización. Teniendo en cuenta que un enfoque emancipatorio no es lo mismo que un enfoque libertario, con otra carga ideológica está mucho más fundado en el empoderamiento del individuo. Desde este punto de vista resultan claves cuestiones como un puesto de trabajo seguro, la salud física y psíquica, sexual y reproductiva, las relaciones que generan pertenencia, el ambiente sano y una organización social que aspire a la libertad como condición para una buena sociedad y para la felicidad.
En tercer lugar, en relación con los movimientos sociales se debe tener en cuenta que no todo lo que éstos expresan es progresismo e interés público. Las reacciones defensivas, el fundamentalismo, el corporativismo, la violencia, la xenofobia, etc., han cobrado impulso en muchos ámbitos y amenazan con incorporarse en nuestro país. Por otra parte, ha impactado en los actores clásicos, como los sindicatos, el proceso de la globalización, el desarrollo de las clases medias en los países emergentes, y el mundo de los excluidos en todas partes. Y también la equiparación hacia abajo en los ingresos de los trabajadores de los países desarrollados presionada desde la “acumulación originaria” procesada en el marco de la globalización por espacios de fenomenal peso demográfico (y político y económico) como chinindia. La consiguiente caída salarial y de la protección social en los centros expresan las tendencias a la nivelación mundial, y ofician de contracara de las oleadas migratorias desde las áreas de pobreza hacia las de riqueza, o, simplemente de las zonas rurales a las urbanas (300 millones de chinos emigraron del campo a la ciudad en 5 años).
En cuarto lugar, este enfoque, esta manera de caminar sobre las dos piernas, articulando demandas colectivas e individuales, supone, para el empoderamiento de los débiles, excluidos, sometidos o simplemente “carenciados” en bienes o derechos, una articulación de las demandas. Ernesto Laclau, en sus diferentes trabajos26, ha desarrollado adecuadamente estas cuestiones, con sus planteos sobre la democracia y la articulación.  A pesar de la crisis de legitimidad de la democracia representativa, es cada vez más necesario fortalecerla y auspiciar demandas de participación directa, y nuevas formas de creación de opinión pública a través de Internet, más allá del poder normativo y controlador de los medios.
Esta mirada permite sortear el empantanamiento de una izquierda como la contemporánea que, como ha sostenido Mangabeira Unger 27carece de un agente”. Este último va incluso mucho más lejos al sostener que “El mayor error estratégico de la izquierda en los dos últimos siglos de su historia fue elegir a la pequeña burguesía como enemigo o como aliado de conveniencia y definir como su base central a la clase trabajadora industrial organizada”, una afirmación que merecería ser discutida28.
A su juicio, nosotros los contemporáneos somos en gran medida pequeño burgueses sobre todo por la orientación de nuestra imaginación; “Si los progresistas pudieran satisfacer esta aspiración en sus propios términos, dotarla de un repertorio de instituciones y prácticas más ricas que el recurso a las tradicionales empresas pequeñas aisladas y de un estándar de valores más confiable que el egoísmo familiar, ganarían al más poderoso de los aliados y eliminarían la causa más importante de sus derrotas históricas29 .
Cuando le preguntan a Mangabiera en el reportaje citado30 si está surgiendo una nueva clase media, responde. “Surge, al lado de esa clase media tradicional, una segunda clase media que viene de abajo. No es una clase media europeizada, sofisticada; es ruda, morena, mestiza, de millones de personas que trabajan, luchan, para abrir pequeñas empresas, que estudian por la noche y que inauguran una cultura de autoayuda iniciativa. Es el horizonte que la mayoría quiere seguir. Pero sin tener cómo seguirlo, sin instrumentos ni ayuda. Yo entiendo que la gran revolución en Brasil hoy, sería que el Estado usara sus poderes y recursos para permitir a la mayoría seguir el camino de esa vanguardia de batalladores emergentes. Para eso tendría que innovar en las instituciones, económicas y políticas. Y ahí está un gran problema, porque nuestros dirigentes históricamente demostraron una completa falta de imaginación y de audacia. Nuestra gran tarea nacional hoy, colocada en sus términos más sencillos, sería instrumentalizar esa energía, esa energía que viene de abajo
En quinto lugar, en este enfoque, la cohesión social y la solidaridad social se ligan con la economía social, la que puede materializarse a través del principio de que cada adulto sin discapacidades ocupe un puesto dentro de la economía solidaria –esa parte de la economía en que cada uno cuida del otro- así como en el sistema de producción31.
Mangabeira propone usar el poder del Estado para crear las condiciones para la organización de más mercados, estructurados de maneras más variadas –con regímenes diferenciados de propiedad y contrato- capaces de coexistir. Se trata de determinar qué clase de economía de mercado debería establecerse. Las sociedades que han tenido éxito –ordenamientos de mercado y de gobierno- son las que han sido capaces de aplicar un conjunto superior de prácticas cooperativas 32, aunando cooperación y competencia.
El Estado social es la encarnación moderna de la idea de comunidad33. Su función en la sociedad de consumidores es impedir que se multiplique el número de “‘víctimas colaterales`del consumismo: los excluidos, los descastados, la infraclase. “Su tarea es preservar la solidaridad humana e impedir que desaparezcan los sentimientos de responsabilidad ética34. Lo cual no implica enfrentarlo, opinamos, con formas de la solidaridad que corresponden a períodos en los cuales la exclusión social no había acusado el impacto de las políticas neoliberales, ni la estructuración en clases y grupos sociales la incidencia del acelerado cambio técnico que se ha producido en las últimas décadas, ni la fragmentación corporativa y el consumismo habían calado tan profundamente, ni el contexto global influía en tal medida como en el mundo actual. Por ello ha sido y es necesario reformular las formas y el discurso de la solidaridad so pena de predicar en el desierto.
Por último, para avanzar es preciso identificar y superar distintas dificultades políticas y bloqueos estratégicos. Para que se entienda de qué hablamos, basta una consideración. Se debe tener en cuenta, al identificar las fuerzas motrices del cambio, la función de los partidos, de los movimientos sociales y de los gobiernos progresistas, y, en particular, sus formas variables de articulación e interacción entre estos tres vértices del triángulo. En particular, la discusión políticamente más relevante en la actualidad y en nuestro país gira en torno al carácter del período por el que estamos transitando y a la luz de ella deben hacerse las consideraciones en relación con dichas interacciones. En un período de acumulación democrática en el gobierno el vínculo con las fuerzas sociales es muy relevante. Es preciso desarrollar políticas públicas, por ejemplo, que fortalezcan el movimiento sindical sin ambigüedades que auspicien objetivos de los sindicatos que vayan más allá de los objetivos globales del período. No basta con respetar su autonomía, rechazar las teorías y prácticas arcaicas del tipo de la correa de transmisión de los partidos y de la estatización de lo social, y tampoco con rechazar el internismo y la estatización de los partidos de gobierno propiciando su inserción en la sociedad. Es preciso desarrollar políticas activas desde los espacios públicos y gubernamentales que favorezcan estos objetivos.
En suma, ¿Qué hacer?
Podríamos contestar con Hillebrand u otros, pero fundamentalmente con base en nuestra experiencia, que es necesario re-focalizarse en el desarrollo, en la distribución primaria y en la economía social (como prioridades del estado social); que resulta imprescindible repensar la solidaridad en sociedades de baja cohesión; que importa terminar con el espíritu anti-estatal y diferenciarlo del anti-burocrático; que es preciso superar la fijación económica de la izquierda tradicional; que es crucial profundizar la democracia; que es fundamental desarrollar las formas realistas de democracia directa; así como defender y potenciar los derechos civiles y ciudadanos de los trabajadores en el lugar de trabajo, de los consumidores, los derechos civiles de protección, información y de defensa de la esfera privada; que es clave expandir los derechos de los ciudadanos para incentivar a los no ciudadanos a integrarse; es necesario usar los incrementos de productividad para liberar de la sumisión bajo las necesidades de la producción material; y que es vital, en última instancia, promover el postmaterialismo en el campo de los valores.
NOTAS
1.Versión revisada. Agrego que agradezco a Marcelo Pereira y Salvador Schelotto distintas sugerencias que mucho me aportaron.
2. Bolaño, César, Mastrini, Guillermo, Sierra, Francisco (eds.), (2005), Economía política, comunicación y conocimiento, una perspectiva crítica latinoamericana, La Crujía, Argentina. Introducción (de los tres autores), ps. 28, 29.
3. Bolaño, en ob.cit., cap 1: “Economía política y conocimiento en la actual reestructuración productiva”, p.53.
4. Bolaño, ibíd., p. 55.
5. Sobre esta cuestión hemos publicado dos libros, Saber y Poder. La cuestión democrática en la sociedad del conocimiento, en 2003, Fesur, Montevideo, e Izquierdas y Derechas en la Mundialización en 2007, EBO, Montevideo, a los que nos remitimos.
6. Rubio, Izquierdas y Derechas, ob. cit., pp. 93-94 y 100 a 103. Se tienen en cuenta principalmente los trabajos de Piliph Mirowski.
7. Replicamos el consejo que nos diera el Ing. Rafael Guarga de la lectura de los trabajos de Stokes, Donald E. (2005, ed. original 1997), O cuadrante de Pasteur. A ciência básica e a inovaçâo tecnológica, editora Unicamp, Brasil.
8. Esta secuencia va a ser conocida más tarde como “transferencia de tecnología”, Stokes, ob. cit., p. 28.
9. “Análisis sobre los alcances y las dinámicas de la crisis global”, por Ricardo Aronskind (Página/12, Buenos Aires, 13/4/09). Economista, coordinador del Programa interdisciplinario para el seguimiento de la evolución y los impactos de la crisis del orden económico mundial (Pisco). Con el propósito de investigar y debatir las transformaciones que se están produciendo en el sistema económico mundial, así como sus posibles consecuencias en economías periféricas como la de Argentina, el Instituto del Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento creó el programa interdisciplinario Pisco.

10. Roberto Mangabeira Unger, Ministro de Asuntos Estratégicos de Brasil. Soledad Gallego Díaz / Juan Arias - Brasilia - El País, 09/02/2009 ). P.¿No se trata de regular, sino de reorganizar?
11. Bauman, La Sociedad Sitiada, 2007 (ed. original en inglés 2002), FCE, Argentina, p.86
12. Bauman, ibíd., p. 197
13. Bauman, Zygmunt (2007), Vida de Consumo, FCE, Mexico. Debord, Guy (1967), La sociedad del espectáculo; Comements on the Society of the Spectacle (1988). Braudillard, Jean, Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 1993.
14. Bauman, Vida de Consumo, ob. cit., p. 24.
15. Ibíd., p.26
16. Ibíd., p.37.
17. Bauman avanzó en esta cuestión en Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores (2007), Paidos, Barcelona, en relación con los temores difusos y el estado de ansiedad permanente de los contemporáneos..
18. Vida de Consumo, ob. cit., p. 82.
19. “La depresión, una visión a largo plazo”, por Immanuel Wallerstein, La Jornada, México, 19/10/08.
20. Mészáros, István, 2002, Para além do capital. Rumo a uma teoria da transiçâo, Boitempo Editorial, Brasil, p. 29.
21. Capitalism Beyond the Crisis, The New York Review of Books, Volume 56, Number 5, march 26, 2009.Traducción propia.

22. Ponencia, Las reglas de juego han cambiado: la centro-izquierda y los cambios en las sociedades europeas.FLS y Fesur, Montevideo, 22.4.10.
23. Hillebrand, Ernst (2009), La crisis de la izquierda europea y la necesidad de construir un nuevo paradigma para el siglo xxi, Nueva Sociedad n224, noviembre-diciembre, BA, Argentina, p.24.
24. Ibíd. p.26.
25. Hans-Jürgen Puhle (2008), Desafíos del Estado de bienestar y los sistemas políticos en Europa, ponencia realizada en Montevideo en dicho año en ciclo organizado por la Oficina de Planeamiento y Presupuesto. El autor cruza el eje pro y anti distribución con el eje individual-comunitario, ubicando en un cuadrante distributivista a los movimientos que proceden del liberalismo social a lo Rawls o Sen, y en el otro cuadrante a los que proceden del marxismo o el anarquismo.
26. Laclau, Ernersto (2008), Debates y combates. Por un nuevo horizonte de la política, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires. Reúne diversos ensayos. Ver también sus trabajos sobre el populismo, las nuevas formas de la hegemonía y la contingencia de las articulaciones: Laclau, Ernesto y Mouffe, Chantal, (2004), Hegemonía y estrategia socialista, Fondo de Cultura Económica, Argentina. Prefacio a la segunda edición en español, 2002.
27. Mangabeira Unger, Roberto, 2010 (primera edición en inglés 2005), La alternativa de la izquierda, FCE, Argentina, p. 32.
28. Mangabeira, ob. cit., p.56.
29. Mangabeira, ob. cit., p.57.
30. Roberto Mangabeira Unger, reportaje citado.

31. Mangabeira, La alternativa, ob. cit., p. 36.
32. Mangabeida, La alternativa, ob. cit., ps 39 y 64.
33. Bauman, Vida de Consumo, ob. cit., p.190.
34. Bauman, Vida de Consumo, ob. cit., p.192.
Ciclo de Debates: ¿Involución o reformulación transformadora? Paraninfo de la UDELAR, Montevideo, 12.11.10

viernes, 3 de diciembre de 2010

Lenin y la autodeterminación

Ver como pdf 03-12-2010

Marxismo para anticapitalistas
Lenin y la autodeterminación

En Lucha


Los movimientos de liberación nacional y sus reivindicaciones han provocado intensos debates en el seno de la izquierda. Lenin supo abordar la cuestión desde una posición dialéctica y cargada de matices, que hace que sus aportaciones sigan siendo de gran utilidad aún hoy. Para Lenin, la posición de la clase trabajadora ante la cuestión nacional debía componerse de dos tareas fundamentales: la defensa del derecho de autodeterminación para los pueblos de todas las naciones y la búsqueda de la unidad internacional de todos los trabajadores y trabajadoras del mundo.
Rosa Luxemburgo, que protagonizó intensos debates con Lenin acerca de esta cuestión, le acusaba de incurrir en una contradicción, puesto que consideraba que al defender el derecho a la autodeterminación se apoyaban las reivindicaciones del nacionalismo burgués de la nación oprimida, forjando alianzas interclasistas y poniendo la emancipación nacional por encima de la unidad de clase. Éste sigue siendo el argumento principal que se da entre sectores de la izquierda anticapitalista que no reconocen el derecho de autodeterminación.
Sin embargo, Lenin abordaba la cuestión nacional desde una perspectiva que priorizaba por encima de todo la lucha de clases, al considerar que únicamente del desarrollo de la misma dependería la continuidad o el fin del capitalismo. Precisamente, era la búsqueda de la unidad de la clase trabajadora a nivel internacional lo que le hacía defender el derecho a la autodeterminación. Consideraba que no se podía pretender la unidad si entre los propios trabajadores existían desigualdades en cuanto a un derecho democrático como era la posibilidad de constituirse en un Estado nacional si así lo deseaban.
Desde su punto de vista, negar ese derecho a los trabajadores de las naciones oprimidas significaba posicionarse del lado de los privilegios y la opresión ejercida por la clase capitalista de la nación opresora. Además, ello también iría en detrimento de la propia causa de los trabajadores de dicha nación, puesto que, en sus propias palabras: “Un pueblo que oprime a otro pueblo, jamás podrá alcanzar su propia liberación”. Para garantizar la unidad nacional, la reacción de la nación opresora propaga toda clase de prejuicios que impiden que los trabajadores de ambas naciones tomen conciencia de la necesidad de unirse en una lucha común. El Estado español es un ejemplo de esta situación: muchos trabajadores castellanos o extremeños miran con recelo a los trabajadores vascos o catalanes, y a la inversa.
Por otro lado, Lenin era consciente de los peligros que conlleva el convivir en un movimiento de liberación nacional con la clase capitalista. Por ello, matizaba que la posición de la clase trabajadora nunca debe ser la misma que la de la burguesía. Ésta apoyará los movimientos de liberación nacional siempre que éstos vayan acordes con sus intereses de clase y los utilizará para buscar ventajas para ‘su nación’ en la competencia internacional. Contra lo que Lenin denomina el ‘practicismo’ de la burguesía, la clase trabajadora ha de guiarse por una política de principios en el problema nacional. Ésta se opone a toda clase de privilegios o exclusivismos y se basa en la defensa del contenido democrático que entrañan las reivindicaciones nacionales. Al reconocer el derecho de autodeterminación para todas las naciones por igual, éste se constituye en un avance democrático que nada tiene que ver con el nacionalismo oportunista de los capitalistas de la nación oprimida.
Así, para Lenin, en un contexto de opresión nacional, la lucha de la clase trabajadora se tiene que dar en dos frentes: contra los privilegios y la opresión ejercida por la burguesía reaccionaria de la nación opresora, por un lado, y contra el afán de privilegios de la burguesía de la nación oprimida, por el otro. En relación con esta doble tarea, consideraba que los marxistas revolucionarios, partiendo de una defensa común del derecho de autodeterminación, debían centrarse en cuestiones distintas dependiendo de dónde desarrollasen su labor. Si lo hacían en la nación opresora, debían poner el acento en la defensa de los derechos nacionales y luchar contra los prejuicios difundidos por la reacción y si se encontraban en la nación oprimida, debían hacer frente a las aspiraciones de privilegios de la burguesía de su propia nación.
Lenin encontró en el reconocimiento del derecho a la autodeterminación la pieza clave para tomar una posición frente a la cuestión nacional sin por ello tener que abandonar la lucha de clases. Pues reconocer el derecho democrático a decidir de todos los pueblos es la única forma de alcanzar la unidad de la clase trabajadora, basada en la igualdad de derechos de todos los trabajadores y trabajadoras de todas las naciones.
Ana Villaverde es activista de En lucha.
http://www.enlucha.org/?q=node/2385

miércoles, 1 de diciembre de 2010

De las piedras al cielo


01-12-2010

Entrevista con el sociólogo Pablo González Casanova
De las piedras al cielo



En su recorrido por los pasillos de Casa de las Américas, observando la propuesta de la exposición internacional de carteles Voces en Libertad, Pablo González Casanova se detiene ante la obra de Karolina Podoska. Tras varios minutos, comparte: ¿no es interesante esta imagen? Si te fijas bien —me dice—, no es lo mismo mirar desde el cielo hacia el muro de piedras, que desde las piedras hacia el cielo. Si primero enfocas la mirada en el cielo, es difícil ver los detalles de las piedras; pero si fijas la vista en las piedras y miras el cielo como de segundo plano, percibes bien las distintas figuras que forman las nubes.

Y yo que me sentía —para entonces— satisfecha. La entrevista había compensado la espera de todo un día. Nos perdimos la inauguración de la muestra, el tiempo voló mientras dialogamos; pero Don Pablo —así le dicen todos— no quiso perdérsela. La recorrimos luego, aun cuando la noche conquistaba demasiado aprisa el descanso de sus 88 años. A aquellas horas, una imagen distinta del intelectual me recompensaría doblemente: Pablo González Casanova mira la vida —junto con ella, los procesos sociohistóricos que le inquietan— desde las piedras, esos muros que ocupan la mayor parte de la superficie del cartel… como también fuera de sus contornos. Y si mira al cielo en primera instancia, lo hace solo para convencerse: desde esa altura, no se perciben ciertos detalles.

Nacido en Toluca, México, Pablo González Casanova ha dedicado su vida a la sociología y los estudios políticos enfocados en la emancipación del continente. Pionero de los estudios sobre democracia en su país, esta importante firma de la academia y los principales medios alternativos de comunicación del mundo ha echado anclas también en la praxis social. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, especialmente, ha contado con su compañía incluso antes que el movimiento se lanzase a la “batalla intergaláctica” de 1994. La fidelidad a la academia y a las reservas culturales del continente, las comunidades originarias, le viene de raíz. Pero no se ciega: como la obra de Podoska, toda realidad nos abre más de una puerta. Podemos preferir una, incluso podemos entrar; pero la otra permanece abierta y muchos la eligen. Pablo lo tiene en cuenta.

Los sujetos que encabezan hoy los procesos de cambio en América Latina, ¿qué relación tienen con la izquierda histórica?

En las últimas décadas, nos hemos encerrado en una especie de cápsula, de la que no salimos fácilmente. Conocimos la leyenda del mundo que le reconoció ciertos derechos a los ciudadanos, a los trabajadores, a los pueblos; un mundo que en este momento está mostrando a una inmensa mayoría de sus habitantes —los trabajadores, sobre todo— fuera de todos esos derechos: la mayoría no ha tenido el derecho al sufragio, ni siquiera a uno aparente; ni el derecho de protesta, de crítica, de organización… todo lo ha tenido que hacer en el mundo informal.

Ese mundo informal se está moviendo muy fuertemente en este momento, sobre todo porque es objeto de nuevos ataques a costa de la expansión de las megaempresas multinacionales. Como unos pulpos, estas empresas están viendo cómo crecer a lo largo de la tierra y cómo ocupar riquezas y fuentes de energía importantes, para continuar un proceso de producción en que la sociedad de consumo existe al mismo tiempo que la sociedad del hambre, la sociedad del conocimiento a la vez que la del desconocimiento, y la sociedad de los con techo a la vez que la sociedad de la de los sin papeles. Pero este mundo no solo es objeto de la expansión que busca el petróleo o producir para las agroindustrias: es, además, objeto de una lucha por los mercados —especialmente por el mercado de trabajo barato— en un punto máximo de desarrollo del capitalismo donde se le han dado nuevos significados al antiguo colonialismo. Como consecuencia de todo esto, hasta las propias categorías heredadas de ese colonialismo nos resultan insuficientes para entender lo que está pasando.

Y de la mano de este proceso, la lucha hoy no es por la revolución sino por la emancipación. Suelo decir que revolución implica un acto por el cual se sientan las bases para acabar con el sistema capitalista, revolución que se hace en secuencias de luchas pacíficas y violentas; pero al término “revolución” se le puede enriquecer, en un afán no solo de incluir a quienes no son revolucionarios en el sentido anterior y que merecen ser tomados en cuenta, sino en el sentido de reconocer valores importantes que no aparecían en los planteamientos iniciales de la lucha de clases. No digo que dejemos de leer a los clásicos: invito a releerlos en este tiempo, en el mundo que ellos no conocieron.

¿Considera usted que resulta eficaz seguir hablando de izquierda-derecha en política?

Ese es un tema muy interesante. Los términos de izquierda y derecha se utilizaron inicialmente en terreno parlamentario, o sea, como referencia a representantes, delegados, diputados, legisladores, etc. Fueron llamados “de izquierda” quienes representaban posiciones progresistas —incluso, originalmente revolucionarios— y que fueron cooptados desde el siglo XIX, primero por Bismarck y luego por el estado de bienestar o asistencialista; junto con ciertos movimientos que se dieron en el llamado Tercer Mundo —de origen colonial—, movimientos que generaron un fenómeno conocido como “nacionalismo revolucionario” y que poco a poco fueron asociándose con el capital nacional o extranjero, dejando fuera del desarrollo a una gran cantidad de población de sus naciones.

Esos términos de “izquierda” y “derecha” adquirieron un significado especial después de la Revolución de Octubre, en Rusia. Con la llamada Guerra Fría, la guerra pasó a ser entre el Socialismo y la “democracia” —como la llamaron, casi como acuerdo implícito, Stalin y, por otro lado, Roosevelt y Eisenhower—. Así se creyó que la democracia era contraria al socialismo y el socialismo contrario a la democracia. Eso es un disparate; pero recordarlo nos da una idea de que no habíamos percibido con tanta magnitud como ahora. Esas luchas estaban escondiendo otras mucho más profundas: luchas que protagonizan ahora no los partidos políticos de izquierda, sino los movimientos sociales que se han ido radicalizando, que se han ido volviendo antisistémicos.

No obstante, estas luchas al margen de las terminologías se están dando en medio de una crisis geológica muy fuerte, que abarca hasta el propio pensamiento socialista, marxista, leninista. La lucha actual está recogiendo, por un lado, las aportaciones de los clásicos antimperialistas: las de los pensadores que combinan la lucha antimperialista con la lucha de clases, a partir de Lenin; por otro, las aportaciones de quienes combinan ambas con las de liberación nacional, sobre todo provenientes desde Cuba; y junto con las aportaciones de una serie de pensadores notables como Franz Fanon, quien planteó el problema de los “condenados de la tierra”.

Pero a esos enriquecimientos, se añaden otros como los de la nueva izquierda famosa, que se expresó particularmente en un grupo de filósofos de la escuela de Frankfurt —Marcuse, entre los más destacados— y a nivel mundial, con los movimientos estudiantiles del 68, que se convirtieron muchas veces en movimientos populares. En el caso de México, por ejemplo, estos movimientos hicieron planteamientos de crítica a un estado cada vez más adornado por las burocracias, aunque mostraron un fracaso junto con el que habían mostrado las izquierdas parlamentarias.

El socialismo parlamentario, burocrático, entró en crisis y esa crisis nos plantea hoy la necesidad de no volver a caer en los mismos errores. Estamos ante una experiencia de restauración del capitalismo de la que carecíamos con anterioridad. La forma en que se está enfrentando el problema es incluyendo las nuevas luchas al lado de las viejas luchas… no como hizo una falsa nueva izquierda que bajo el pretexto de luchar por los derechos de la mujer, de los homosexuales, etc., abandonó la lucha de clases y la lucha contra el imperialismo. El asumir todas estas luchas como parte de la emancipación humana, es una característica del proceso actual, especialmente impulsada desde Cuba. Eso les coloca a ustedes, como es costumbre, entre las avanzadas de la emancipación a nivel mundial.

Usted no ha dejado de seguir el proceso revolucionario cubano…

Quienes estamos con los pobres de la Tierra, estamos con Cuba. Creo que el hecho de que este país esté siempre a la avanzada en el pensamiento emancipador del ser humano, tiene su antecedente en el propio autor de la Revolución Cubana: Martí. Cuba incluye lo mejor de los planteamientos anteriores y de los nuevos planteamientos. Claro, aparecen como centros nuevos problemas que aquí no dan, como el caso de comunidades indígenas que hayan mantenido su cultura y sus formas de lucha. En Cuba, fueron las poblaciones de origen africano quienes lucharon como guajiros, trabajadores agrícolas e industriales, y por esa razón se planteó aquí la independencia de una manera más parecida a como se plantearon los clásicos el problema del cambio radical.

Usted habla de “nuevos centros” y, en el contexto del Bicentenario, sería conveniente resaltar una coincidencia: el carácter étnico que tuvo la colonización (en el sentido de las masacres) y carácter étnico de esta nueva independencia (en el sentido de que los pueblos originarios están marcando con paso firme el nuevo contexto). ¿Qué opina usted? No me gusta el término, pero parecería una revancha histórica…

En este momento, los pobres de la Tierra incluyen a los pueblos indígenas en el caso de nuestra América. Las aportaciones teóricas que se hicieron con anterioridad a estos procesos —la de Mariátegui, especialmente— lo advirtieron con tiempo; pero ahora se han desarrollado de una manera muy notable y muy creadora. En ese terreno, destacan sin duda los zapatistas mexicanos porque incluyen todo este tipo de lucha y asumen un carácter mundial. No es una lucha aldeana, como había criticado Martí, con razón; tampoco es cosmopolita: ellos saben que las luchas nacionales han dejado una forma de pensar y de organizarse que no podemos abandonar, sin quedarnos por ello solamente en la lucha por la independencia nacional. Así vemos que al mismo tiempo que ponen en sus reuniones y congresos la bandera del FZLN —la roja y negra—, colocan la bandera nacional. Y, a la vez, rescatan las culturas anteriores a la llegada de los colonizadores europeos, que ellos llaman “culturas originarias”.

Ahora, se está perfilando un proceso que no se da en todos los movimientos y pueblos indios —y que debería darse—: ellos asumen también las otras luchas, se dan cuenta de que no puede uno solamente pensar en términos indianistas. Tampoco somos indigenistas. El indigenismo fue una forma de paternalismo social en relación con los indios y el indianismo lo sustituyó como una falsa alternativa. Lo más interesante, no obstante, es que estas comunidades están planteando una alternativa en la que al dilema de Rosa Luxemburgo —reforma o revolución—, añaden otra posibilidad: la construcción de una alternativa pacífica, sin que se planteen la toma del poder del estado pero sí la defensa de sus territorios, las autonomías de sus gobiernos. Ellos mandan obedeciendo las reglas generales de los pueblos, reglas emancipatorias.

¿La diferenciación izquierda-derecha es también un asunto, entonces, de moral?

Lo que pasa es que estas rebeliones, levantamientos, procesos emancipatorios, no siempre son llevados por personas conscientes de los procesos liberadores. Por eso, la responsabilidad de las avanzadas es importante: al hablar de la moral, no estamos hablando de lo que Benedetti llamó la “moralina”, sino de la fuerza que tienen los pueblos de hacer que una palabra corresponda a los actos. El tema de la dignidad es muy importante en el caso de los pueblos indios. Muchas de las soluciones que nosotros —los blanquitos— encontramos, consisten a veces en recurrir a nuestra cultura paternalista y al concepto de caridad, concepto que nos cuesta muy barato y que nos permite sentirnos muy bien con nosotros mismos. Pero dignidad y moral son conceptos de fuerza, fuerza colectiva y cooperativa.

La revolución empezó casi al tiempo de la conquista y fueron precisamente las comunidades indígenas quienes la iniciaron. Hay algo que ocurre en los grandes actos de la historia: la coincidencia entre la investigación científica más avanzada y la acción de quienes no están en la academia. Ahora, tenemos una posibilidad que surge tanto desde la teoría de las redes, como desde los indios: estamos pensando en redes de comunidades con posibilidades creativas, defensivas, productivas y educativas mucho mayores, en ocasiones, que las que tiene el estado. Asimismo, funcionan las redes de intelectuales y artistas. Por los medios de comunicación, muchos pueden tomar participación en una democracia auténtica. Y ese es un término que hay que recuperar, como el de “socialismo”, como el de “comunidad”.

Al mismo tiempo que acompaña los procesos sociales desde sus centros originarios, Pablo González Casanova permanece en la academia. ¿Qué caracteriza la formación de cientistas sociales en el continente?

Hay algo central: el pensamiento crítico de Marx, por ejemplo, lo era porque él consideraba que su conocimiento era científico. Así vemos sus cuadernos de matemáticas… uno no se imagina que hayan sido escritos y publicados. Marx pensó que la verdadera ciencia tenía que partir de relaciones sociales que Hegel ya había descubierto entre el amo y el esclavo, y que él descubrió, aún más ocultas, entre el propietario de los medios de producción y el asalariado. Hizo un aporte extraordinario a la historia de la filosofía humana. No obstante, se necesitan también los discursos que animen a la gente para hacer las cosas, que convoquen: esos discursos son más bien para cambiar la historia. Y lo logran, pero hay que sentirlo, hay que comprometerse. Con citar los textos de Lenin, no lo estamos logrando. Hay que continuar un pensamiento crítico con sus ojos y los nuestros, con sus experiencias y las nuestras. Todas esas novedades de la historia, tenemos que verlas y estudiar también cómo es la ciencia social que practican las clases dominantes: la del distanciamiento. Todo eso tiene que comprenderlo la formación universitaria: los nuevos intelectuales tienen que conocer; pero tienen que convencer.

Siempre digo que soy un intelectual orgánico de la universidad. En América Latina, la universidad cumple un papel extraordinario. Fíjate que de la universidad salió, en gran medida, el 26 de Julio cubano. Y cuando Fidel va en estos días a la universidad, está recordando el nacimiento de toda la historia de la Cuba revolucionaria. Es a la universidad a lo que mejor puedo dedicar mi vida. Aunque mi vinculación fuerte con un movimiento concreto la tuve con Cuba, a nivel internacional; a nivel nacional, con los zapatistas. En los últimos tiempos no he ido a las comunidades pues están un poco retraídos, iré cuando nos convoquen; pero estoy completamente con ellos: esa es la verdadera izquierda en mi país.

Este año, no solo se conmemora el bicentenario de las luchas independentistas en América: también el centenario de la Revolución Mexicana. ¿Cómo se percibe desde México ese momento constitutivo?

México es puro resultado de sus procesos históricos, de lo que hizo y lo que no hizo. Este año, cumplimos el centenario de la Revolución con un gobierno extremadamente… conservador. Para hacerlo breve, la campaña por la conmemoración de la fecha se ha centrado en quitarles sus héroes al pueblo, en hacerlos parecer personas infelices y en mostrar al pueblo de entonces como una masa indefensa. En México, están rehaciendo la historia con una impunidad enorme… es más, la han deshecho. Por eso, es tan importante el rescate de la memoria de los pueblos y que los intelectuales trabajemos por dar también batalla en ese sentido.

Fuente: http://www.lajiribilla.cu/2010/n499_11/499_16.html