martes, 8 de febrero de 2011

La miseria del Derecho


08-02-2011

Réplica a Carlos Fernández Liria y a Luis Alegre Zahonero
La miseria del Derecho



Las convenciones creadas deforman la existencia verdadera…Las redenciones han venido siendo formales: es necesario que sean esenciales.
José Martí

La polémica suscitada por mi artículo “El comunismo jurídico”, 21 de noviembre de 2010) ha justificado con creces el propósito de éste de provocar una reflexión crítica acerca del Derecho que sacuda sus cimientos mismos. Confieso que cuando vi que mi reflexión y propuesta crítica había apelado al interés de dos respetados juristas de izquierda, Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero (“Comunismo y Derecho”, 17 de diciembre de 2010) [1] , sentí que bien había valido pensar en grande y tomar las cosas por la raíz. Sin embargo, cuán grande sería mi decepción cuando me percato que además de “ningunearme” (sin ánimo de tomarla conmigo, dicen que no me conocen), ignoraron también mi propuesta teórica y práctica, despachándola olímpicamente de ser “una especie de espejo invertido” de todo aquello en que creen. Cuando concluí la lectura de su pretenciosa lectio a un desconocido que entiende todo al revés, me quedé atónito. De nuevo, pensé, desde Europa nos llega esta nueva pretensión universal de la verdad, esta porfiada manía de algunos de aquellos lares de insistir en imponerles sus “reglas de la razón” a los bárbaros de este otro lado del planeta. Es como si estuviésemos condenados a repetir, tal y como lo pregonaba Hegel, la historia de Europa –o la de Estados Unidos, da lo mismo- como si fuese la única historia dable, una especie de estación última de la evolución de lo jurídico: el liberalismo burgués. El salvaje en el espejo del europeo, le llamó el antropólogo mexicano Roger Bartra. [2]
De ahí que con todo el respeto que me merecen los compañeros Fernández Liria y Alegre Zahonero (porque debo igualmente estipular que yo tampoco los conozco más allá de sus ilustradas palabras), sólo hallé en su artículo una retórica fácil y hueca, aunque muy florida, propia de las narraciones literarias que, como bien dice el compañero Juan Pedro García del Campo en sus dos excelentes contribuciones a esta polémica (“El derecho, la teoría, el capitalismo y los cuentos” , 21 de diciembre de 2010, y “Democracia y comunismo” , 18 de enero de 2011), deja la sensación de que te han echado un cuento. Eso sí, muchas prepotentes descalificaciones teóricas, irresponsables caricaturizaciones de posturas ajenas, salpicadas de sarcasmos y escuálidos argumentos.
Entre otras cosas, me reprochan la alegada sandez de haber iniciado mi artículo hablando del comunismo como “movimiento”. Aquí fue que despertaron inicialmente en mi la sospecha fundada de que podría estar frente a un ejercicio intelectual un tanto atrevido, por no decir fraudulento, en tanto y en cuanto daban prueba inesperada de un conocimiento un tanto limitado de la fuente teórica de esa idea, según expuesta por Carlos Marx, junto a Federico Engels, en una de sus obras tempranas, pero no menos importante, La ideología alemana: “Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya que sujetarse la realidad. Nosotros llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera al estado de cosas actual”. Y más adelante, se refieren a la sociedad civil como “el verdadero hogar y escenario de toda la historia” y llaman la atención acerca de “cuán absurda resulta la concepción histórica anterior que, haciendo caso omiso de las relaciones reales, sólo mira, con su limitación, a las acciones resonantes de los jefes y del Estado”. Espero que no les moleste ni confunda demasiado mi empecinado afán metodológico en fundamentar mis ideas y argumentaciones con algo más que puras opiniones o creencias personales.
Claro está, al concluir la lectura de su pretendida crítica, entendí perfectamente porqué razón ignoraron por completo esta proposición acerca de la trabazón empírica entre las ideas y los objetos o fenómenos materiales que pretenden representar. Pues mientras a mi me preocupa las condiciones materiales de vida bajo las cuales los seres humanos forcejeamos por reproducir nuestra existencia y potenciar nuestros deseos, sobre todo los de libertad, Fernández Liria y Alegre Zahonero han preferido asentar su preferencia epistemológica fundamentalmente en la “idea”, separada de nuestro modo de vida real. De allí que el comunismo, como movimiento, sea para éstos “una especie de espejo invertido” de lo antes planteado por Marx y Engels. Por ello proclaman sin el mayor empacho: “Que el comunismo es un movimiento, una ideología o un proyecto político es algo que sabemos sin necesidad de recurrir a tanta cita, porque ya lo dice el diccionario”. La culminación de ese dislate con la alusión al sentido definitorio de ese instrumento tan ilustrado que es el diccionario, los delata. Tal vez ello nos explique el elusivo, por no decir pobre abordaje del concepto del Derecho: “El Derecho es la única escalera que se ha inventado el ser humano para elevarse por encima de la religión y la tradición”; o aquello de que “el Derecho no sería más que la gramática de la libertad”. Igualmente nos hablan del Derecho como idea regulativa. [3] Y de allí a otros simulacros de conceptualización bajo la cual empuñan las ficciones jurídicas como “columna vertebral de lo que en nuestras publicaciones hemos llamado la ‘ilusión de ciudadanía’.” Sería preciso que conocieran, tal vez, a unos cuantos autores de esos que descalifican tan olímpicamente. Para ello haría falta un poco de humildad epistemológica, más allá de sus imperativos kantianos y sus absolutos hegelianos.
Todo pensamiento que propende a la justificación de una totalidad abstracta, tal y como es el jurídico, es parte de una constelación relacional contradictoria de poder que se apuntala en la forma simbólica cuyo resultado concreto es el enmascaramiento de la dominación y exclusión. El sistema capitalista se armó de este pensamiento jurídico formal y abstracto, para ocultar lo falso, escandaloso y contradictorio de la realidad material que le sostiene. En ese sentido, la forma jurídica obstruye la emancipación. Hay que romper de una vez y por todas con ese Derecho atemporal y trascendente representativo de la “comunidad ilusoria”. Y es que el Derecho, teniendo como premisa un mundo reificado, articula enunciados y prácticas igualmente reificadas. Los derechos, tanto colectivos como individuales, también son reificados. Deviene en ideología, es decir, falsa conciencia.
Existen aquellos para quienes, conforme a Kant, el bien sólo puede encarnarse en lo que dice la ley, cuyo origen se explica como el de “cualquier otro hecho de la naturaleza”. En ese sentido, creen realizar su “idea del Derecho” sin transitar mucho más allá de las ficciones. Menosprecian y eluden muy especialmente al fetichismo de lo jurídico como reflejo de sus propias debilidades frente a ese otro fenómeno enigmático, el fetichismo de la mercancía y del valor de cambio. Como dice Michel Miaille: “Creer que se pudiera estudiar un mundo de puras formas sin relacionarlas jamás con los contenidos socio-económicos de los cuales constituyen la expresión, es pura ilusión para los juristas más honestos o pura hipocresía para los juristas que conocen las realidades que ocultan las formas”. [4]
El ser humano adviene sujeto jurídico por virtud de la misma necesidad históricamente determinada que reduce los objetos de la naturaleza y los productos de nuestro trabajo en mercancías y el valor de uso de éstos en valor de cambio. De la misma manera que se produce la apropiación de nuestra fuerza de trabajo y de su producto bajo las relaciones sociales de producción capitalistas, se da la apropiación de nuestra fuerza y producción normativa, de nuestra capacidad para determinar libremente nuestro devenir particular y común. El ser humano produce al ser humano y como resultado contribuye a la producción de sus circunstancias y a la configuración de su vida material, lo cual incluye la necesaria producción normativa para la ordenación de su modo de vida. La producción social y la producción normativa son dos aspectos inseparables que bajo el proceso de generación del capital andan artificialmente divorciados.
La repetición ad nauseam de esta lógica mistificadora de la separación entre el mundo de lo económico-social y el mundo de lo jurídico, tan propia del capital, sólo ha servido para apuntalar la alienación resultante de nuestra fuerza soberana como productores y como ciudadanos. Ahora bien, los razonamientos de aquellos juristas que dicen creer de buena fe en el comunismo, pero que siguen cultivando el mismo ilusionismo jurídico de la burguesía, a modo de un movimiento de lo imaginario que asume la mera apariencia de lo real como parte de un proceso de reificación. Es lo que yo llamaría el comunismo de la apariencia, prisionero de esa cárcel de larga duración que ha constituido el fetichismo jurídico.
Y es que no se podrá superar el Derecho actual sin su negación radical, lo que por necesidad acontece más allá de sí mismo. No hay manera de ignorar que para la superación del Estado y el Derecho capitalista hay que elevarse por encima de las premisas ideales bajo las cuales se pretende enmascarar las condiciones reales. Para reconceptualizar lo jurídico, no se puede uno limitar a meramente pensar en torno al Derecho, sino que más bien de lo que se trata es de pensar fuera de él. Pensar es traspasar, nos dice Ernst Bloch. [5] Para ello, no hay más salida que a través de la deconstrucción y disolución de la apariencia. En ese sentido tiene razón John Brown cuando señala: “Unos comunistas cuya perspectiva última es el Estado, el derecho y el Estado de derecho sólo pueden ser unos comunistas sin comunismo” (“Comunistas sin comunismo”, 18 de diciembre de 2010).
Vayamos ahora a la médula de la polémica: ¿el comunismo presupone, como condición ineludible, la extinción como tal del Derecho como forma de ordenación normativa de la sociedad o la construcción de un nuevo Derecho? Y cualquier intento por responder a esta pregunta requiere, para evitar confusiones, manipulaciones o falsificaciones en relación a nuestras afirmaciones, que nos expresemos primeramente sobre qué entiendo yo por Derecho. Hace bien García del Campo en insistir que no se puede escamotear la cuestión, sin instalarse en “el terreno de los cuentos” o pecar de iluso creyendo que estamos ante una verdad tan evidente y universalmente reconocida que no necesita abordarse.

¿Qué entendemos por Derecho?
El Derecho es, en última instancia, un sistema u ordenamiento históricamente determinado de relaciones sociales de producción, intercambio y distribución. Nada que ver con esa operación profundamente reductora de lo que bajo la sociedad capitalista se ha pretendido que entendamos por Derecho, separado de las relaciones sociales históricamente concretas. El Derecho es producto del proceso de auto-ordenación que desde la sociedad misma acontece, una sociedad de clases, preñada de jerarquizaciones sociales, con grados diferenciados y desiguales de autoridad y poder a su disposición. De ahí la socialidad primordial del Derecho. Su esencia está en su materialidad como relación de poder y relación de fuerzas, como muy bien apunta García del Campo, y no en su idealidad como un deber ser ahistórico. No son las normas ni las leyes sino estas relaciones estratégicas la fuente constitutiva y material del Derecho. Son éstas las verdaderas fuentes de la ordenación social. Por tal motivo, el Derecho no posee una historia propia. No deviene históricamente como un conjunto de ideas y enunciados normativos, sino a partir de un conjunto específico de relaciones sociales y de poder.
La concepción estrictamente formalista de la norma ha quedado refutada ampliamente por los hechos. En ésta sólo encontramos la apariencia del Derecho. Las leyes son una mera representación o enunciación lógico-formal, mediante la cual se pretende reificar la realidad material del Derecho. Como tal posee unas cualidades cuasi-religiosas y místicas, como parte del proceso general de separación, exclusión y alienación que es consustancial al capitalismo. En su expresión normativa, el Derecho es, por ende, una ficción apuntalada en una alegada igualdad formal de todos tras la cual se enmascara la desigualdad real y la lucha concreta de clases que se traba en torno a ésta.
Existe también la creencia equivocada que el Derecho es criatura del Estado. El Estado podrá afianzar y conferirle estabilidad y validez a la estructura jurídica, pero no establece sus fundamentos últimos. En ese sentido, se hace imperativo aclarar que el Derecho no se reduce a las formas de expresión, exteriorización o constatación positiva de éste como, por ejemplo, la ley. Está concepción estadocéntrica y legicéntrica ha sido el resultado de una operación histórica profundamente reductora de los procesos sociales de prescripción y ordenación normativa.
Lo antes señalado lo entendió hasta Platón en su República, cuando insistió que la búsqueda de la justicia no podía sujetarse al ámbito de la ley, como expresión de una política muchas veces corrupta. Había que apelar más allá de ésta. Incluso, a mayor producción de leyes, mayor es la enfermedad que corroe el alma del Estado, pues menos depende la gobernanza en el cumplimiento consciente del deber (eunomia) que en la imposición de una prescripción coactiva. Las leyes no constituyen para él algo determinante para la legitimidad, sino secundario. En la medida en que la ley es aleatoria, la justicia debe ser algo definido y estable, para que pueda ser reivindicada como norma reguladora, en última instancia, de la convivencia humana. Sin embargo, al anclar la determinación de lo justo en la razón y no en la realidad, en la idea en exclusión de la experiencia, Platón la condenó a un desvarío sin fin. Frustrado por el desencuentro entre su idea y la realidad, claudicó más adelante en su posterior obra Las leyes, en la que evoca la necesidad del valor absoluto de las leyes en un mundo imperfecto. Vuelve así a la soberanía de las leyes de su maestro Sócrates.
Por su parte, Demócrito, su contemporáneo, entendió lo real como movimiento perpetuo en lo que todo fluye y cambia. Precisó que el Derecho en sus fines, sobre todo el de la justicia, no se puede realizar a partir de un régimen coactivo de leyes, sino que debe ser el resultado de un acto de autoconciencia. El bien se debe realizar no por temor sino por deber. El ser humano debe obrar libremente y no por una necesidad impuesta. El Derecho es inmanente al ser humano.
Asimismo, Protágoras, a quien Platón victimizó con una descalificación filosófica motivada por su rechazo a la creencia del maestro sofista en reivindicar la capacidad de razonar y pensar del demos, insiste en que la justicia sólo puede ser el resultado del acuerdo de las conciencias de una comunidad dada. Lo real, lo verdadero y lo justo es el resultado de la voluntad humana y no de razones a priori. Se transita así del sentido individual al sentido común como sentido socialmente reiterado. El orden natural o divino queda sustituido por un orden social e históricamente construido. Lo natural tiene su punto de partida en cada uno y su punto determinante, en última instancia, en lo común. El nomos tiene en lo común su fuente material. El pensamiento se introduce así en el tiempo histórico; se hace finito, contingente y relativo. Y sólo así el ser humano se descubre a sí mismo como parte de un mundo de lo concreto.
Ahora bien, según advierte Enrique Dussel, la filosofía no nació en Grecia, ni puede su concepción de la filosofía tomarse como la única posible, ni tan siquiera como el prototipo. [6] Por ejemplo, en el Popol-vuh, el libro de la comunidad maya, no existe separación entre la idea y el hecho. El mundo es entendido a partir de la existencia material de las cosas y nuestra inserción en él debe propender al bien común pues, para los mayas, el nosotros es la dimensión determinante de la vida. Cada uno es nosotros. Así también ocurre en el caso de la pachasofía quechua. Se insiste en que el ser no es un ente aislado –contrario al individualismo burgués- sino que se da en relación con el otro. La normatividad resultante es de tipo relacional y, por ende, heterónoma. Su eje es lo común. [7]
La vida misma, en toda su materialidad dinámica, es la fuente primaria de cualquier orden normativo. Las fuentes primarias y materiales del Derecho son inescapablemente los hechos sociales, aunque no cualesquiera sino aquellos que portan fuerza normativa, es decir, legitimidad y eficacia. Las leyes son, en cambio, fuentes secundarias, es decir, expresiones o constataciones, de tipo técnico o formal, de preexistentes hechos sociales con fuerza normativa. En todo caso, su fuerza jurídica emana de la fuerza (legitimidad y eficacia) de los hechos normativos de que se traten.
Por hechos normativos [8] debemos entender hechos con fuerza constitutiva, es decir, legítimos y eficaces en un contexto social determinado. En ese sentido, a pesar de la tensión lógica que pueda haber entre la facticidad originaria de toda norma y la validez o legitimidad de sus efectos, ambas dimensiones están hermanadas por necesidad. Contrario a la idea kantiana de que la norma es preexistente al hecho, como un ideal o deber ser que subsume en sí al hecho o al ser-ahí, para ordenarlo a imagen y semejanza de esa falsa conciencia, el Derecho nace de los hechos que poseen fuerza o potencia normativa. Estos son protagonizados por una autoridad estatal constituida o por sujetos no-estatales poseedores de fuerza o potencia constitutiva. El Derecho, por ende, tiene que finalmente reconocerse en esos hechos normativos que lo configuran.
En ese sentido, la fuente material de la validez o la legitimidad es inmanente y se construye desde abajo, desde aquellos espacios, instituciones y actos más locales e inmediatos, que es por donde el Derecho causa sus efectos reales, incluyendo la constitución de subjetividades y relaciones de dominación. Es también desde estas articulaciones locales del sistema, que se destraban los saberes comunes y sometidos de la gente, se escenifican las resistencias inmediatas, se manifiestan concretamente las fisuras sistémicas y se construyen contenidos y formas alternativas de poder y ordenación normativa. El marco vital de lo normativo, así como la estructura de relaciones de poder que manifiesta, está localizado en esa pluralidad de focos e historias.
Si existe un ejemplo que habla elocuentemente de la fuerza normativa y la potencia constituyente de hechos o acciones extralegales es la experiencia reciente en Bolivia. Si existe un país y una sociedad que debe saber de sobra que más allá de las constituciones y las leyes que formalmente existen, se dan acciones extrajurídicas que tienen efectos normativos y constituyentes, ese es Bolivia. Desde la guerra del agua del 2000 se fue articulando un nuevo bloque de poder, una nueva constelación de fuerzas, que desembocó en la elección del primer mandatario indígena en su historia, el aimara Evo Morales Ayma. La refundación constitucional emprendida a partir de ese momento fue, en ese sentido, el resultado del desarrollo de una nueva constitución material que se abrió paso más allá de la institucionalidad estatal vigente, como expresión de ese orden civil de batalla que es la sociedad y que, en el caso de este país andino, se caracteriza por haber hecho finalmente un ajuste de cuentas con su carácter abigarrado. [9]
La prevaleciente “idea del Derecho” era tan sólo una apariencia, bastante torcida, de su verdadero ser. Había que abordar la cuestión del Derecho como lo que es en el fondo: una cuestión estratégica. La experiencia boliviana nos enseña que la sociedad y su gobernanza no se puede refundar desde un Estado o una legalidad que es “aparente” y que se reduce a sostener la reproducción permanente de una colonialidad capitalista, según genialmente entendido por el reconocido pensador boliviano René Zavaleta. [10] Se consigue a partir de una multiplicidad de acciones que, como en el caso boliviano, no se reducen a las protagonizadas por el poder constituido sino que incluyen también, como ya hemos establecido, las acciones locales de fuentes plurales, sobre todo por su efectividad real o potencial. Es desde allí que se van trabando efectivamente las nuevas relaciones sociales y de poder, y por ende la nueva constitución material de la sociedad. El Estado actual, fundamentalmente de hechura liberal-capitalista, podrá reconocer o no dichos actos, pero no podrá negar sus efectos constitutivos de nuevas situaciones de fuerza y subjetividades concretas. Ha dejado de ser la fuente material principal de la soberanía. A partir de ese momento, la soberanía se encarna materialmente como tal en la voluntad y el saber de ese pueblo plural, hasta entonces marginado. De allí el propuesto tránsito, adoptado formalmente en el 2009, hacia un Estado pluralista, multicultural y comunitario.
No fue el Estado de Derecho el que frustró el golpe de estado contra el presidente venezolano Hugo Chávez Frías en abril de 2002. Éste pareció resignado al reconocimiento del gobierno de facto cuando el poder constituyente se movilizó por miles y miles, sobre todo en Caracas en los alrededores del Palacio Presidencial de Miraflores, para imponer a los tres días el retorno de su mandatario electo, no contento con ver cómo se pretendía reducir el orden constitucional a mera apariencia de orden democrático. Finalmente prevaleció el constitucionalismo material por la fuerza normativa de ese poder constituyente del soberano popular. Aún así el Tribunal Supremo de Venezuela exoneró a los golpistas, negando incluso que tan siquiera se hubiese producido una interrupción violenta e ilegítima al orden constitucional. Para éste sólo se había producido un “vacío de poder”. Los funcionarios judiciales del Estado de Derecho ejemplificaban así el terrible divorcio aún existente entre la legalidad formal y los hechos.
Desde las calles y los caminos, las ciudades y los campos, las acciones del gobierno central y los gobiernos departamentales, regionales y municipales, los partidos, los sindicatos y los movimientos sociales, así como las acciones locales de las comunidades, las comunas o los barrios, como hechos con fuerza o potencia normativa, constituyen en la práctica no sólo la nueva fuente material del Derecho sino que también el nuevo criterio de validez de lo legal y lo constitucional. La resistencia, la contestación o la desobediencia, aún si se substraen del ámbito de la legalidad preexistente, son así también fuentes materiales de lo jurídico. Lo que es o no legal será siempre una expresión de esas relaciones sociales y de poder acentradas y polimorfas.
“La ley es tela de araña”, dicta sabiamente Martín Fierro. Así también lo es el Estado en su forma actual. La reciente crisis del gasolinazo fue la más reciente comprobación de ello, para desfortuna del gobierno boliviano quien se había olvidado que se “manda obedeciendo” al movimiento de movimientos que constituye la potencia normativa constituyente del proceso que encabeza . El poder de producción normativa ya no se centraliza en el Estado, sino que, fiel a su nuevo carácter plural y comunitario, es un fenómeno que ya lo ha desbordado. Se atisba así la ingente socialización progresiva de éste, mediante la cual se hace comunidad.
Otra experiencia que atestigua lo antes enunciado es la insurgencia civil que provocó la remoción del mandatario neoliberal ecuatoriano Lucio Gutiérrez en abril de 2005 cuando pretendió descalificar a la masiva oposición popular como “forajida”. “Todos somos forajidos” fue la respuesta de los insurgentes, quienes reclamaban su “condición de ciudadanos, de sujetos”, negada a su entender bajo la constitución formal prevaleciente. De ahí su objetivo: la refundación del país, pero esta vez a partir de esa nueva constitución material encarnada en sus voluntades soberanas. En el fondo de eso es de lo que se trata: de refundar el país más allá de la concepción prevaleciente de sociedad y Estado en que son reducidos al status de forajidos. Se trata, en fin, de superar la pretendida marginación del pueblo a los márgenes de la sociedad capitalista bajo el modelo liberal de Estado o bajo las concepciones escandalosamente hobbesianas del comunismo de la apariencia pregonado por Fernández Liria y Alegre Zahonero. Por eso, la desobediencia civil representa, en esos contextos, la principal forma que asume la acción política para la refundación del Derecho más allá de sí mismo. En ese sentido, ha adquirido matices radicales: pone en entredicho la legitimidad misma de la facultad o autoridad del Estado para mandar, gobernar, legislar en sustitución del pueblo.
El modelo liberal, así como el social-reformista, embargan la autoridad soberana del pueblo mediante el principio de representación, bajo el cual el gobierno y sus funcionarios se constituyen en depositarios de la soberanía del pueblo, sustituyendo materialmente al pueblo como soberano. En una sociedad que merezca llamarse democrática, la soberanía no le pertenece al Estado ni al Derecho sino al pueblo, el cual según la concepción liberal no posee la capacidad para gobernarse efectivamente a sí mismo. El propio Kant descalifica tanto al pueblo como a la comunidad como protagonistas de lo político y lo jurídico. Para éste, la única comunidad posible es el Estado: “Contra el supremo legislador del Estado no puede existir ninguna oposición legítima de parte del pueblo, porque sólo gracias a la sumisión de todos a su voluntad universalmente legisladora es posible un estado jurídico”. Dicho Estado se encarga de garantizar la convivencia, aunque se trata realmente de una convivencia de privados, como ha apuntado correctamente Umberto Cerroni. Y abunda el filósofo italiano: “Kant construye la comunidad como comunidad abstracta, como función de la vida privada en la que el individuo debe permanecer a objeto de ser persona, el Estado se debe construir al mismo tiempo como una abstracción que se fija y se autonomiza separadamente de los elementos sensibles de la vida civil, vale decir, separadamente del pueblo”. [11]
Sin embargo, el ideal republicano de Kant, el cual se acerca peligrosamente a la posición de Hobbes, se diferencia significativamente de la perspectiva republicana de de ese primer filósofo disidente del proyecto de la Ilustración, el ginebrino Jean-Jacques Rousseau. Para éste, la soberanía popular no puede ser representada y quien tiene que gobernar es el pueblo. Además, para el filósofo ginebrino el mercado no es el Estado, ni la libertad puede estar sujeta a los requerimientos del capital a partir de sus fines utilitarios, discriminatorios y opresivos. La democracia, si es real, tiene que trascender los limitados parámetros sociales, políticos y jurídicos que le han impuesto el liberalismo. Democrática sólo es aquella que se encarna en sus ciudadanos como soberanos, partícipes activos y directos de sus procesos decisionales y prescriptivos. Es una comunidad política de sujetos soberanos dedicados al bien común. Precisamente, el gran malestar económico y político de nuestros tiempos está determinado, en gran medida, por la falta de comprensión de este fundamental hecho y las consecuencias nefastas de la apropiación de la soberanía que ha hecho el capital y sus dispositivos de poder para sus fines particulares, excluyentes del bienestar general.
Y es que el modelo liberal , así como el reformismo socialdemócrata, carece en el fondo de esencia democrática por cuanto reduce la voluntad popular a la mera competencia de intereses patrimoniales privados en el marco de una sociedad jerarquizada en clases. Nos remiten ambos a la reivindicación de una libertad civil, es decir, una libertad mediatizada por los valores y las lógicas del mercado capitalista y la institución de la propiedad privada. Es la libertad de la “monada aislada, replegada sobre sí misma” denunciada por Marx en Sobre la cuestión judía, ante la cual habrá que imponer un régimen de limitaciones para que no se lesionen los unos a los otros. De ahí la razón de ser de la institución de la propiedad privada bajo esta concepción burguesa de la libertad. Señala Marx: “El derecho humano de la propiedad privada es, pues, el derecho a disfrutar de su patrimonio y a disponer de él arbitrariamente (a son gré), sin atender a los demás hombres, independientemente de la sociedad, el derecho del interés personal. Aquella libertad individual, así como esta aplicación de la misma, constituyen el fundamento de la sociedad burguesa, que hace que todo hombre encuentre en otros hombres no la realización sino, más bien, la limitación de su libertad”. La seguridad jurídica, una idea inscrita dentro de la función de policía ejercida por el Estado liberal y reclamada tan notoriamente por Fernández Liria y Alegre Zahonero para ser impuesta por un “poder público” trascendente, resulta inevitablemente el instrumento de aseguramiento del egoísmo burgués. Por eso insiste Marx en que el comunismo sólo puede erigirse sobre la disolución de la sociedad burguesa según representada en esta relación adversativa entre individuos independientes, relación ésta definida por Marx como el Derecho mismo.
Prueba de la fundamental contradicción que la propiedad privada presenta para las aspiraciones genuinas de libertad fue el violento conflicto vivido en el verano del 2009 en la Amazonia peruana ante el empeño privatizador del presidente Alan García. Dirigidos por la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP), integrada ésta por 57 federaciones y organizaciones territoriales que representan unas 1,350 comunidades, los nativos amazónicos obligaron con su lucha al gobierno para que derogara una docena de decretos con las que el gobierno pretendió validar la apropiación indebida de las tierras indígenas en esa región para cedérsela para su explotación a capitales transnacionales. Resulta que para el mandatario peruano el progreso en su país sólo es posible a partir de una gran inversión que sólo está al alcance de ese gran capital transnacional. Aunque los pueblos nativos de la Amazonia consideran a ésta propiedad común, García alegó que dicho derecho propietario de los indígenas tan sólo constituye un derecho aparente en la medida en que no cuentan éstos con los recursos económicos para su explotación. El jefe de gobierno peruano propuso así desconocer, de golpe y porrazo, todo derecho propietario de los indígenas por el hecho de ser pobres. Consecuentemente, siguiendo su línea de pensamiento, el Estado sólo está para acoger como efectivos los derechos de los ricos. Se confrontaron así dos concepciones del derecho de propiedad, identificada cada una con una concepción propia de la soberanía. Por un lado, el derecho de propiedad burgués, propia de la soberanía erigida en función del interés del capital y apuntalada por el Estado neoliberal de las elites nacionales e internacionales; y, por otro lado, el derecho de lo común, en este caso del bien o propiedad común, propio de la soberanía popular o comunitaria, afincada en la democracia radical, aquella que sólo se realiza en su imperativo absoluto como gobernanza del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. En torno a los diferentes modos de propiedad se cristalizan, pues, modos alternativos de vida.
Y es que la cuestión de la propiedad sigue siendo el asunto vital. Pretender ignorarlo es tan sólo una de esas nuevas complicidades del social-reformismo con el capitalismo que, a partir de un declarado “cansancio” histórico, sólo conduce a la liquidación efectiva del proyecto histórico comunista. Seguir pretendiendo que la institución burguesa de la propiedad privada constituye un derecho natural y universal, es negar incluso la historia de Nuestra América y las formas diferenciadas que asume la posesión en el contexto de los pueblos indígenas originarios, principalmente en lo que atañe a la tierra y a la naturaleza en general.
Es por ello que no es cuestión de meramente superar las deficiencias de las actuales relaciones de propiedad, ni de reglamentarla según principios racionales. Tras sus reglas racionales yacerán siempre leyes económicas ante cuya fría necesidad sucumbe toda aspiración de equidad. La genialidad de Marx fue precisamente entender que la propiedad privada “no es una relación simple y mucho menos un concepto abstracto, un principio, sino que consiste en la totalidad de las relaciones burguesas de producción –pues no se trata de la propiedad subordinada, caduca, sino de la propiedad privada burguesa existente”. [12] Es, además, “una clase de violencia”. Por eso hay que abolirla. La negación histórica de la propiedad privada, subraya Marx, “no hace más que elevar a principio de la sociedad lo que la sociedad ha elevado a principio suyo…como resultado negativo de la sociedad”. [13] En fin, no puede forjarse la emancipación social deseada sin que se quiebre este eje de la servidumbre social en general.
Si en el comunismo se dice creer, no se puede tener miedo a sus presupuestos, lo que define su razón de ser. No hay que olvidar, como magistralmente apunta el matemático, crítico social y hoy vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, que la propiedad privada fue la formación secundaria de la sociedad, mientras que la formación basada en la propiedad común constituye la formación primaria. [14] La propiedad privada es la ausencia de lo común y el comunismo tiene como su eje la construcción de lo común, en lo que, contrario a la demonización que hacen Fernández Liria y Alegre Zahonero, lo común y lo individual no son opuestos sino que mutuamente constitutivos. El yonosotros no está determinado por una alegada fatalidad inherente a la condición humana que la hace propensa a la opresión del hombre por el hombre. es también nosotros y el
En fin, lo que Fernández Liria y Alegre Zahonero denominan la forma-derecho, ha sido el complemento trascendental a una ontología del ser como malo, egoísta y corrupto por naturaleza. Nos invitan a meternos a su caverna platónica, pero para pasar más allá a otra caverna que hay dentro de ésta, sin salida y sin esperanza de ver el sol. Sus quejas acerca de las opresiones con las que unos seres humanos victimizan a otros seres humanos, no tienen su causa en una alegada corrupción de la naturaleza humana, sino que proviene, como muy atinadamente lo afirmó Rousseau, de las influencias corruptoras de lo social. Lo originario es el amor solidario y lo común, no el odio y lo privativo. Y como ejemplarmente nos recuerdan Antonio Negri y Michael Hardt, el amor es “el corazón del proyecto de lo común”. [15]
Ahora bien, lo originario es también la producción social común y la posesión o el patrimonio común. De ahí que Fernández Liria y Alegre Zahonero no logran aquilatar justamente la potencia emancipativa de las comunidades, además de adjudicarle a éstas unas lógicas societales que al fin y al cabo tienen su raíz, como ya he dicho, en las influencias corruptoras del capitalismo. Al respecto nos dice García Linera, que “el potencial comunista de la comunidad” no puede entenderse “desde la antropología y la historia, porque desde allí sólo se la ve en su existencia fija, sin movimiento y potencia interna. Su fuerza emancipativa sólo puede ser entendible desde la comprensión de la fuerza que la comprime o la destruye a lo largo de estos siglos”, es decir, a partir del desarrollo del capitalismo. [16] Para éste, es la forma-comunidad, como lo no-capital, el reverso del capitalismo y la forma-valor bajo la cual se estructura este orden civilizatorio. El reto, precisamente, es hallar la manera de restablecer una relación armoniosa entre la naturaleza, lo social y lo común, como resultado de la autodeterminación productiva de los seres humanos.
Vuelvo a insistir en que cuando Fernández Liria y Alegre Zahonero presentan el Derecho a modo de formulación abstracta que necesita ser defendida imperativamente como principal sostén de su proyecto político, caen ineludiblemente en una recreación del fetichismo jurídico de siempre. Proponen así la existencia autónoma de lo jurídico, como apariencia, frente a la realidad histórico-social. Para Marx, sin embargo, lo jurídico posee una fundamentación material diferente, de tipo económico-social. Y que no se me pretenda despachar dicha fundamentación como reduccionista o dogmática, ya que habría que estar ciego para no ver que ésta ha quedado de sobra reconocida en estos tiempos en que se vive la subsunción o colonización de la vida toda bajo los dictados del capital.
Lo jurídico ha quedado absorbido como nunca antes en lo económico. Bajo éste, el capital funciona, entre otras cosas, como forma de dominación que, mediante la constelación de dispositivos de poder que le sostiene, prescribe normas y leyes que ordenan nuestro modo de vida a partir de una serie de jerarquizaciones y exclusiones sociales que se nos venden como si fuesen naturales o necesarias. De ahí que Negri y Hardt estén en lo cierto cuando puntualizan que el espíritu de las leyes está indefectiblemente asociado al espíritu de la propiedad capitalista, como expresión cada vez más diáfana del maridaje de siempre entre lo económico y lo jurídico. [17] Es que, como hemos explicado, la historia hasta ahora ha demostrado fehacientemente que todo orden económico posee una formación jurídica que lo apuntala. Las relaciones económico-sociales se hacen representar mediante relaciones jurídicas. Y éstas, como fiel expresión de la relación social dinámica que es el capital, son a la misma vez constitutivas y represivas: por un lado, son ordenadoras de las relaciones y las subjetividades necesarias para garantizar y legitimar la reproducción permanente del sistema y, por otro lado, coercitivas por medio de los dispositivos disciplinarios de poder del Estado. En ambos casos, hallaremos siempre las resistencias y las contestaciones, así como los éxodos y rupturas en busca de potenciar lo común.

El comunismo entre el Derecho y el no-Derecho
Si hay algo que se evidencia con meridiana claridad en las transformaciones que se han escenificado en la pasada década en diversos países de Nuestra América es que, en su potencia histórica, éstas no se limitan a reclamar un mero cambio del modelo económico, sino que se plantean una ruptura civilizatoria impugnadora de los marcos referenciales, incluyendo el jurídico, que le han servido de fundamento al modo de vida prevaleciente, el cual presenta signos evidentes de inviabilidad, por no decir de agotamiento histórico. A partir de los movimientos sociales y particularmente los movimientos indígenas originarios, se ponen sobre el tapete nuevas cosmovisiones, centradas en la comunidad y la complementariedad, que se apartan de los paradigmas existentes bajo el orden civilizatorio capitalista. Aún el discurso emancipatorio socialista, en sus diversas vertientes, se enfrenta a este reto ante el hecho de que no ha conseguido superar el marco de las lógicas capitalistas de desarrollo. Como ha demostrado fehacientemente la experiencia, especialmente el vivido bajo los regímenes europeos del social-reformismo y del socialismo real, no hay usos inocentes de dichas lógicas, las cuales redundan en las mismas asimetrías sociales y políticas del sistema que se ha propuesto superar.
István Meszaros nos invita a aceptar el desafío para ir “más allá del capital”, es decir, del “orden de la reproducción metabólica social del capital”. No hay otra manera de construir una salida de la lógica global del sistema que rompiendo definitivamente con ella. Limitar el cambio a meras reformas correctivas del capital significa, para el filósofo húngaro, una claudicación, consciente o inconsciente, de toda posibilidad real de transformación social sistémica. [18]
Lo mismo sucede en relación al Derecho. Como ya he expuesto, el reto que tenemos ante nosotros en relación a lo jurídico es deconstruirlo críticamente más allá de su apariencia, para pensarlo a partir de lo que materialmente se encierra en él y los efectos prácticos que tiene en nuestro modo de vida. Se trata de evaluar si pueden ser superadas sus lógicas torcidas dentro de él o, si por el contrario, se requiere para la negación de éstas la articulación de una fuga estratégica de una forma históricamente enferma y afligida por los mismos síntomas y carencias de la sociedad de clases que le forjó en la práctica, sobre todo sus enmascaramientos apologéticos de la dominación de unos seres humanos por otros.
Por tal razón, no se trata de analizar el contenido sustantivo del Derecho bajo el capitalismo. Hay que apuntar forzosamente a la forma misma históricamente determinada del Derecho como instrumento pretendidamente eterno de regulación social para preguntarnos si no estaremos ante una forma relativa, limitada y agotada de regulación social y administración de justicia. Y por más que ello escandalice a unos cuantos, tanto a detractores como a amigos, mi respuesta es que sí, el Derecho debe desaparecer de las relaciones humanas. Constituye, en su materialidad efectiva, un horizonte limitado de ordenación normativa a partir de su carácter estadocéntrico impuesto coactivamente como expresión de un sistema ya históricamente desfasado y agotado de relaciones sociales y de poder. La crisis actual que se vive bajo el modelo neoliberal de acumulación capitalista, el cual afecta el bienestar general de sectores significativos de la sociedad, constituye el más palpable exponente de que las fuerzas productivas creadas bajo el capitalismo han rebasado los marcos económico-jurídicos de las relaciones sociales. De ahí que estas últimas se convierten en un freno u obstáculo para cualquier desarrollo hacia un nuevo orden civilizatorio centrado en el bien común.
¡Ni una vida más para el Derecho! Como forma de ordenación y regulación social debe ser superada en dirección a una nueva forma de ordenación y regulación social que sea expresión de una nueva consciencia moral y ética autodeterminada a partir de una nueva forma primordial: lo común.
¿Por qué razón el prominente jurista bolchevique E. B. Pashukanis insistía en que en la actualidad todo Derecho es Derecho burgués? Esencialmente, Pashukanis no hacía más que seguir la crítica radical inaugurada por Marx. [19] Según éste, el Derecho es una forma específica e históricamente determinada de relaciones sociales y no una categoría genérica válida para cualquier sociedad. En la medida en que bajo el capitalismo la forma-derecho refleja la forma fetichizada de la mercancía y el proceso alienado e injusto de intercambio que se efectúa en torno a ésta, no sólo se procura legitimar la expropiación de nuestra fuerza de trabajo y sus frutos, sino que también se pretende validar la apropiación de la fuerza normativa que es consustancial a nuestra condición humana para determinar libremente nuestro modo de vida. Por ello, si de lo que se trata es de sustituir las relaciones sociales propias del capital, por unas efectivamente socializadas y democratizadas fuera de las lógicas privatistas y excluyentes del capitalismo, hay que atreverse a plantear la desaparición de la forma jurídica.
Lejos de caer en un reduccionismo economicista, como le adjudican algunos de sus críticos (muchos de los cuales parten de un conocimiento superficial, parcial y prejuiciado de su obra), Pashukanis concebía la transición del capitalismo al comunismo como una transformación total que no se limita a las relaciones sociales y económicas, sino que abarca además las relaciones de poder en general. La forma jurídica posee para él unas características y lógicas definitivas de autoridad, control y dominación que la convierten en un instrumento completamente inapropiado para el tipo de relación social y política que debe prevalecer al interior de la sociedad comunista a partir de la efectiva socialización de los medios de producción económica y normativa.
Según Pashukanis, el Derecho, como una forma fetichizada de dominación, procede a abstraer al ser humano de su existencia real a partir del momento en que lo subsume bajo la categoría de “sujeto jurídico”. Incluso, las relaciones jurídicas también se abstraen de las relaciones sociales reales, para así encubrir la desigualdad real bajo el principio de la igualdad formal. De la misma manera, bajo el manto de la libertad formal oculta la libertad conculcada de los explotados a manos de sus explotadores. Procesalmente, además, privilegia el conflicto por encima de la cooperación. El Derecho se presenta así como una fuerza trascendente que legitima y garantiza, a las buenas o a las malas, la dominación de unos seres humanos sobre otros, de una clase sobre otra.
En la alternativa, el jurista revolucionario postula una nueva forma societal de ordenación normativa a través de un proceso socializado, incluyente y cooperativo de regulación social –llamada por él regulación técnica– para el bien común. De esa manera se apartó de la centralidad de los principios de la obligación, la responsabilidad, la culpa y la sanción retributiva propios del Derecho burgués. Su principal referente empírico es la experiencia inicial bajo la Revolución rusa de 1917, como antes la encontró Marx en la experiencia de la Comuna de París de 1871, de la que dijo que su más grande medida social fue “su propia existencia en acto”. El debilitamiento de la forma-Derecho en ambos contextos, así como en los inicios de la Revolución cubana, marcó la posibilidad de que sería sobreseída por un proceso societal autogestionado de ordenación normativa, desde ese nuevo poder en acto ejercido por el pueblo hasta ahora ajeno a los procesos de mando sobre su propia vida. Por su parte, Nikolai Krylenko, uno de los juristas colegas de Pashukanis, insistió en que la nueva forma de regulación de lo común sería más educativa y correctiva que retributiva y coercitiva, guiada por una ética de lo común que refleje los valores e intereses de la nueva sociedad que se construye.
Sin embargo, la revoliutsiia prava (la revolución del Derecho) promovida por Pashukanis, la cual debía conducir hacia la extinción gradual del Derecho, junto con la del Estado, fue descartada y aplastada bajo el positivismo jurídico impuesto por Stalin y su ideólogo jurídico, Andrei Vyshinski, para quienes la forma jurídica representaba una arma indispensable para adelantar la dictadura del proletariado y el fortalecimiento del Estado para el aseguramiento del poder de la nueva clase gobernante sobre sus enemigos de clase. Sin embargo, contrario a la concepción estaliniana, Marx propuso la constitución material de un Estado cuyo fundamento es la soberanía popular, a partir de la cual se irá socializando hasta extinguirse. Señala al respecto Cerroni: “Se trataría más bien de un Estado que, fundándose en el primado de la soberanía popular, puede devenir instrumento para la socialización de la relación de producción moderna y de resolución de la antinomia entre privado y público, entre individuo independiente o privilegiado y comunidad del pueblo asociada en el trabajo y en la determinación política; un Estado que se deje reabsorber por la sociedad, que se extingue progresivamente conforme la sociedad misma al socializarse se da una directa organización general”. [20]
La democracia real es para Marx un proceso revolucionario permanente que conduce a la soberanía popular sobre todos los órdenes de la vida (así que no creo que el comunismo sea, como plantean Fernández Liria y Alegre Zahonero, para “gente cansada”). Lo que propone es la reabsorción del Estado por la sociedad, incluyendo la reapropiación societal de la producción, no sólo económica sino que también normativa. Para ello, según Marx, hay que acabar con el Estado de Derecho abstracto y formal. La ordenación normativa debe fundarse en la sociedad y no en una ley formal que sólo oculta, al fin y a la postre, la voluntad y el interés de la clase burguesa. Como en la experiencia de los comuneros parisinos de 1871, hay que proponerse la transformación misma de ese Estado y ese Derecho, dejando atrás toda ilusión de que puedan ser utilizados para, desde éstos, construir la nueva sociedad: la res communis. Desechados todos los a priori ideales, de lo que se trata es de dar rienda suelta a los elementos rupturistas contenidos en la nueva sociedad. Y como advierte Ernst Bloch: “Y esta ruptura, que es a la vez un comienzo, no tiene lugar en el sótano de la conciencia, sino en la primera línea”. [21]
En ese sentido, cualquier Derecho basado en la sumisión, como el capitalista y aún el desarrollado bajo el socialismo real, está en contradicción con lo que debe ser la ordenación normativa en una sociedad dedicada a la construcción de un modo común de vida. Constituye una perversión de la necesaria fuerza social inmanente propia de lo común, sobre todo su carácter cooperador e incluyente, es decir, socializado. No basta, por ello, como ocurrió bajo el socialismo real, con un cambio formal en la ordenación legal de la propiedad, mediante la estatización de los medios de producción, para que se entienda que se ha producido el proceso de socialización que Marx postuló como cardinal para el tránsito al comunismo. Las condiciones de la lucha de clases no están inscritas en la forma jurídica construida alrededor de la institución de la propiedad privada, sino que se encausan por medio de las relaciones sociales y de poder. Se encarnan específicamente en la relación social de apropiación que se traba entre los que intervienen en el proceso social de producción, intercambio y distribución. La socialización efectiva de esta relación requiere imperativamente de la transformación radical de su realidad material en dirección a una economía política de lo común centrada en intereses patrimoniales comunes y no privativos. Asimismo, demanda que se ponga fin a la separación arbitraria del ser humano como fuerza de trabajo (desigualdad real) y sujeto de derechos (igualdad formal). Para ello, como ya hemos dicho previamente, se requiere la potenciación de una democracia igualmente radical, es decir, aquella bajo la cual se da la participación activa de todos los miembros de la sociedad en sus procesos decisionales, sobre todo los relativos a la producción social y normativa. Y es que bajo el comunismo el orden social descansa esencialmente en una regulación inmanente y no trascendente. Conforme a ello, la experiencia normativa se transforma de un proceso adversativo a uno colaborativo y solidario, de un modo de dominación y exclusión a un proceso de libre determinación e inclusión.
Ahora bien, la incapacidad para producir una economía política de lo común, que sustituya la forma-valor por la forma-comunidad como forma primordial y constitutiva de nuestro modo de vida, ha estado acompañada de igual inhabilidad para producir un Derecho de lo común, en la que ambos pasen por una transfiguración ante la progresiva socialización de los medios y procesos de producción social, incluyendo el normativo. Los comunistas seguimos esencialmente cautivos del positivismo y el formalismo estadocéntrico que imperó bajo el socialismo real europeo, como si estuviésemos metidos en una puerta eléctrica giratoria en la que por más que empujemos, no cambiamos ni su ritmo ni su dirección y, menos aún, hallamos una salida.
La crítica hecha por Raúl Prada en el contexto de la crisis boliviana del gasolinazo de que existe “una falta de imaginación e imaginario radicales para desplegar medidas creativas y participativas, que se basen en otra clase de análisis, no enajenados, enmarcados en el fetichismo de la mercancía y en los indicadores macroeconómicos”, se podría aplicar aquí como crítica general. Parece arroparnos un temor a reemprender críticamente la gran narración del proceso de emancipación de lo común, como horizonte ampliado de nuestras luchas actuales. Es por ello que se requiere apremiantemente una nueva conciencia abierta y plural de su historicidad, como movimiento de lo común que es también de la particularidad, contradictorios ambos, y cuya comprensión adecuada nunca se podrá agotar en vulgares identidades y totalizaciones. Hablamos de una dialéctica histórica que es devenir permanente y, por ende, que requiere de un pensamiento que se esté renovando y re-creando continuamente a sí mismo para adecuar lo conceptual a lo real. Sólo así podremos potenciar aquello que el ilustre jurista cubano Julio Fernández Bulté llamó el comunismo real del siglo XXI.
Por ejemplo, la idea de que provisionalmente hay que apropiarse de los mecanismos económicos y jurídicos burgueses para gradualmente, en un futuro, salir de ellos hacia lo nuevo, ha sido refutada una y otra vez en la práctica social. El problema es que no se ha salido nunca y el futuro ha quedado permanentemente postergado. Los pueblos indígenas de Nuestra América tienen razón cuando afirman que el problema está en pensar que se puede salir del capitalismo sin romper ipso facto con sus lógicas ordenadoras de la vida. Lo que ha sido y sigue siendo, subyuga lo que está en trance de ser. De ahí que no puede seguirse sacrificando el futuro bajo una concepción mecánica de la historia, harta desprestigiada debido a que ese futuro nunca llega, y sólo se alcanza reemprender el retorno a una versión actualizada del pasado, como demuestra la experiencia soviética.
¿Dónde se encuentra el socialismo que haya avanzado materialmente hacia sus metas con el uso de la economía política y el Derecho del capitalismo? La Unión Soviética colapsó, al igual que sus aliados europeos. China y Vietnam andan experimentando con los mecanismos capitalistas del mercado y lidiando con los problemas de legitimidad que generan sus crecientes asimetrías sociales. Aún Cuba, la más importante revolución social vivida en Nuestra América, admite con toda honestidad los peligros que enfrenta hoy su devenir histórico por limitaciones propias de sus concepciones y prácticas de gobernanza política y económica sobre la calidad de su modo de vida, más allá de los efectos detrimentales de las agresiones criminales de sus enemigos, especialmente Estados Unidos. Se encamina a repensar dichas concepciones y prácticas, para poder abordar, con mayor efectividad, la construcción de lo común. Para ello, el presidente de su Asamblea Nacional del Poder Popular, Ricardo Alarcón de Quesada, proclama acertadamente el desafío de “parlamentarizar la sociedad toda”, entendiendo que lo común sólo puede ser construido a partir de la participación real de cada uno y una en los diversos procesos decisionales y prescriptivos. Por su parte, el presidente cubano Raúl Castro reafirma que su país habrá de seguirse apuntalando en lo común y no en el mercado, aunque a la misma vez acuda a la adopción de ciertos mecanismos de mercado cuyas lógicas, está demás decir, probablemente no constituyan las panaceas que se cree que son. [22]
Por otro lado, ¿qué ocurre hoy con los derechos sociales y económicos cuyo reconocimiento la clase obrera de España, Francia, Alemania y Gran Bretaña, entre otros, que mediante su lucha consiguió imponerle al Estado? ¿Acaso no empiezan a ser achicados dramáticamente dichas conquistas bajo el mismo imperio del Estado de Derecho que se alega rige para todos por igual pero que, en momentos como éste, va reimponiendo el crudo poder clasista de unas burguesías que sólo entienden de sus propios intereses privativos? Los derechos corren la misma suerte que las lógicas expoliadoras de las políticas de ajuste impuestas por el mercado capitalista e implantadas por sus interlocutores políticos en el gobierno. Como denuncia Jacques Rancière: “Pero esta adaptación no es únicamente el duro realismo que comprueba que, para que los trabajadores tengan derechos, en primer lugar hace falta que trabajen, y que, para que trabajen, hace falta que acepten el cercenamiento de los derechos que impiden que las empresas les den trabajo. También es la transformación del derecho en idea del derecho y de las partes, beneficiarias del derecho y combatientes por sus derechos, en individuos poseedores de un derecho idéntico al ejercicio de su responsabilidad ciudadana”. Y añade el filósofo francés: “Así, pues, todas estas extensiones del derecho y el Estado de derecho son en primer lugar la constitución de una figura del derecho en que su concepto, llegado el caso, se desarrolla en detrimento de sus formas de existencia. También son extensiones de la capacidad del Estado experto para poner a la política como ausencia suprimiendo todo intervalo entre el derecho y el hecho”. [23]
Como ha descrito David Harvey en su magistral Breve historia del neoliberalismo, el compromiso de clase entre el capital y el trabajo que dio pie al surgimiento del Estado social del Derecho ha llegado a su fin. Lo que se pretende pactar ahora son los términos de la sumisión a las lógicas del mercado. Todo empezó con el golpe militar de Augusto Pinochet en Chile en 1973 y el apuntalamiento de su régimen dictatorial por el gobierno de Washington y los notorios Chicago Boys , como globo de ensayo en preparación del contra-ataque protagonizado por el capital a partir de la década del ochenta del siglo pasado, en respuesta del avance decidido de las fuerzas políticas socialistas y comunistas en América del Sur y en Europa. Estados Unidos, bajo Reagan, y Gran Bretaña, encabezada por la Thatcher, fueron señalando el camino para esta restauración del poder incontestable del capital bajo el nuevo modelo de acumulación por desposesión de la inmensa mayoría. El proceso subsiguiente de subsunción real de la vida toda bajo las lógicas del capital, produjo una reconfiguración de la estructura y la lucha de clases en cada país, desde la constitución de una hiperburguesía, con intereses globales, hasta la proletarización creciente de sectores significativos de la sociedad, lo que cambió el rostro histórico del proletariado, ampliando su naturaleza y composición, así como ensanchando el ámbito de su quehacer y multiplicando las manifestaciones concretas de sus intereses, resistencias y aspiraciones.
El nuevo proyecto político, económico y jurídico del capital fue bautizado como neoliberal y se propuso la construcción de nuevas formas de control y consentimiento a partir de una combinación de represión y cooptación del movimiento obrero, incluyendo los partidos socialistas y comunistas. Asimismo, cooptaron al Estado y sus instituciones, privatizando de facto la esfera de lo público, e impusieron un pensamiento único “políticamente correcto” que procuró imponer el nuevo orden como el “final de la historia” y de la lucha de clases. El Estado de Derecho y los procesos judiciales fueron impregnados de un sutil pero no menos real prejuicio clasista favorable a los intereses del capital.
La subsunción real de la vida toda a los requerimientos de la circulación y reproducción del capital, inundó todo de su lógica expansiva tras la cual se oculta apenas un evidente propósito totalitario. Desde su incepción, el nuevo Estado neoliberal dejó diáfanamente claro que la democracia no es un objetivo prioritario. El Estado de Derecho fue crecientemente suplantado por el Estado de hecho, en que las normas de la regulación social son dictadas crecientemente por los cuadros gerenciales de la nueva gobernabilidad de tipo corporativa. Fue reinventada a imagen y semejanza del capital y los derechos resultaron crecientemente reducidos a los de la libertad civil que como consumidores ejercemos en el mercado. Es la libertad propia de la forma-valor, la cual es intrínsecamente hostil a una democracia real. La reforma jurídica que se promovió bajo el Estado social ha llegado así a su fin y estoy convencido que no hay vuelta atrás.
El Estado neoliberal se ha erigido en un Estado de hecho donde se produce una discontinuidad del Derecho consigo mismo. Al respecto afirma Alain Badiou: “Bajo la pretensión de la defensa del Derecho y la democracia parlamentaria, el Estado es el agente ilegal quintaesencial de toda legalidad, de la violencia del Derecho, del Derecho como no-Derecho. Por otra parte, el proyecto comunista es la justicia, el reclamo de que el no-Derecho puede convertirse en el último Derecho de la política proletaria. El comunismo, la única teoría moderna de la revolución, se encarga de realizar el tipo de subjetividad que puede sostener el principio universal de la justicia, es decir, el no-Derecho como Derecho”. [24]
Es allí, en ese no-Derecho, que encontramos la condición permanentemente subversiva de los procesos de ordenación normativa de la sociedad. Es éste el que finalmente rompe con el molde formal al que se le pretende someter. Ello tiende a coincidir con la perspectiva de lo normativo bajo la cosmovisión indigenista en la América nuestra, en la que hay un claro rechazo a la forma-Derecho a favor del deber como parte de un ethos relacional centrado en la comunidad.
En fin, el Derecho de la Modernidad capitalista, en cualquiera de sus acepciones, ya no funciona. Ha dejado de expresar, hace ya un tiempo, las relaciones sociales reales y el proceso social concreto de producción, intercambio y distribución. La función simbólica o aparencial que le permitió al Estado de Derecho mantener su legitimidad por tanto tiempo, ha sido mayormente desmentida por los hechos sociales. Las nuevas fuerzas de producción social –como, por ejemplo, los medios electrónicos de producción e intercambio de conocimientos y comunicación social– ya no pueden ser contenidas por los modos capitalistas de gestión y control. Se ha potenciado dramáticamente la contradicción histórica entre la naturaleza social de la producción y el carácter privado de la acumulación capitalista. La primera se hace cada vez más incluyente mientras la segunda es cada día más excluyente. A partir de ello, se esfuman las apariencias y va quedando la cruda realidad, dificultando con ello la regulación de lo concreto.
Ante ello, vivimos hoy en un mundo normativamente plural acompañado de un exceso constituyente que desborda al Derecho. En torno al sentido que tendrán estos procesos plurales de prescripción normativa se libra una lucha entre las imposiciones de las fuerzas del mercado capitalista, por un lado, y las resistencias de las fuerzas sociales representativas del movimiento real de lo común, por el otro. Es en torno a éstas últimas que se afinca el proyecto del comunismo jurídico -o, más propiamente, comunismo normativo- como propuesta o, si se prefiere, apuesta de justicia material y sustantiva.
La justicia se erige hoy en el nuevo valor de valores. En la justicia es que se halla el fundamento sine qua non del auténtico acto ético en torno al cual se puede refundar, en la alternativa, los procesos normativos de la sociedad actual. Se trata de una ética viva de lo común que suplante, desde las experiencias mismas de lo común, los cálculos economicistas de la ética utilitaria del mercado capitalista. Foucault insistió con razón que la ética puede ser una sólida estructura de existencia para la ordenación normativa, sin relación con la forma jurídica per se y menos aún con estructuras disciplinarias de mando político y económico. Por eso está condenada a transitar más allá del Derecho.
Pero no basta con la mera deconstrucción de esa forma límite que en la actualidad asume la ordenación normativa. Hará falta que exploremos, por necesidad, con nuevas formas y categorías, pues para superar lo viejo no queda otra que construir, con ganas, lo nuevo. Lo viejo no se irá solo.
¿La defensa del Derecho? No creo. Más bien me apunto a algo superior, más difícil, pero ciertamente más esperanzador y cónsono con mí condición de comunista crítico: la construcción de un mundo nuevo.

El autor es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño “Claridad”.  
 

[1] Fernández Liria y Alegre Zahonero publicaron un segundo artículo titulado “Comunismo, democracia y derecho”, www.rebelion.org, con fecha de 30 de diciembre de 2010, aunque en esta ocasión en respuesta al publicado por Juan Pedro García del Campo, titulado “El derecho, la teoría, el capitalismo y los cuentos”, www.rebelion.org, 21 de diciembre de 2010.
[2] El Salvaje en el espejo , Ediciones ERA, México, 1998.
[3] En su artículo posterior, “Comunismo, democracia y derecho”, ibid, Fernández Liria y Alegre Zahonero hablan del Derecho como “un sistema de límites y restricciones que, de un modo u otro, implica la defensa de libertades y garantías establecidas a escala individual”.
[4] Michel Miaille, Une introduction critique au droit , Masperó, París, 1976, citado en Eduardo Novoa Monreal, El Derecho como obstáculo al cambio social, Siglo XXI Editores, México, 1995, p. 215.
[5] Ernst Bloch, El principio esperanza (I), Editorial Trotta, Madrid, p. 26.
[6] Enrique Dussel, Política de la liberación. Historia mundial y crítica, Editorial Trotta, Madrid, pp. 11-12, 56-58.
[7] Enrique Dussel, Eduardo Mendieta y Carmen Bohórquez (ed.), El pensamiento filosófico latinoamericano, del Caribe y “latino” (1300-2000), CREFAL, Siglo XXI Editores, México, 2009, pp. 27-32, 36-40.
[8] Utilizo aquí un concepto trabajado inicialmente por el eminente sociólogo del Derecho, de origen ruso, Georges Gurvitch en La idea del Derecho social, Comares, Granada, 2005.
[9] Luis Tapia, “El estado en condiciones de abigarramiento”, en Álvaro García Linera, Raúl Prada, Luis Tapia y Oscar Vega Camacho, El Estado. Campo de lucha, CLACSO-Muela del Diablo-Comuna, La Paz, 2010, p. 100.
[10] Luis Tapia, ibid, p. 102.
[11] Umberto Cerroni, Marx y el Derecho moderno, Grijalbo, México, 1975, pp. 252, 254.
[12] Karl Marx, “La crítica moralizante y la moral crítica. Una contribución a la historia cultural alemana. Contra Karl Heinzen”, en Karl Marx, Escritos de juventud sobre el Derecho, Anthropos, Barcelona, 2008, pp. 164-165.
[13] Karl Marx, “ Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. Introducción”, en Karl Marx, ibid, p. 109.
[14] Álvaro García Linera, Forma valor y forma comunidad, CLACSO-Muela del Diablo-Comuna, La Paz, 2009, p. 251.
[15] Michael Hardt & Antonio Negri, Commonwealth, Harvard University Press, Cambridge , 2009, p. 180.
[16] Álvaro García Linera, ibid, p. 11.
[17] Michael Hardt & Antonio Negri, ibid, p. 14.
[18] Sobre el particular, véase su obra Más allá del capital, Vadell Hermanos editores, Caracas, 2001.
[19] Véase, por ejemplo, su obra La teoría general del derecho y el marxismo, Grijalbo, México, 1976; y Piers Beirne & Robert Sharlet (ed.), Eugeny Pashukanis: Selected Writings on Marxism and Law, London & New York, 1980.
[20] Umberto Cerroni, ibid, p. 266.
[21] Ernst Bloch, ibid, p. 35.
[22] Sé que habrá quienes me recriminen, con cierta razón, que Cuba necesita hoy un movimiento real que mejore sustancialmente la vida material de sus habitantes luego de más de cincuenta años de penurias. Concedido, pero no dejemos que lo inmediato se trague lo estratégico o que la incapacidad hasta ahora para forjar una economía política alternativa de lo común y unas prácticas de gobernanza consecuentes con ésta, nos lleve a dudar en la posibilidad y la necesidad de su desarrollo. No le achaquemos al comunismo la persistencia de ciertos males heredados del capitalismo o de errores en la conceptualización de la transición del capitalismo al socialismo y las extremas limitaciones de la economía socialista de guerra –con su asfixiante centralismo burocrático- para la vida cotidiana de los cubanos.
[23] Jacques Rancière, El desacuerdo, Nueva Visión, Buenos Aires, 2007, pp. 140-141.
[24] Alain Badiou, Thèorie du sujet, Paris , 1982, citado en Bruno Bosteels, “Force of Nonlaw: Alain Badiou’s Theory of Justice”, 29 Cardozo Law Review 1905 (2008).

¿Dónde están los líderes que reformen la economía mundial?


08-02-2011

Davos
¿Dónde están los líderes que reformen la economía mundial?

The Observer


El sistema financiero mundial necesita una revisión radical, pero la confortable reunión de Davos de la semana pasada sugeriría otra cosa.

No hay nadie a los mandos de la economía mundial. Y aunque lo hubiese, no existe un conjunto de principios de común acuerdo sobre los que podría basarse su gobernación. Tenemos cierta idea de lo que hay que hacer a la hora de mitigar los riesgos, digamos, de la perforación petrolífera marina o la sobrepesca en los océanos. Pero cuando se trata de cómo organizar los inmensos flujos del comercio y las finanzas cuya relativa ordenación y crecimiento tan cruciales son para la prosperidad y el empleo en todas partes, hay un vacío intelectual y político.

Y no es que no se hayan aireado las cuestiones. Ciertamente, este año en Davos – punto de reunión anual de los líderes políticos y empresariales mundiales que cada vez me recuerda más a nuestros congresos de partido en su combinación de sonoro discurseo y chanchullos en la trastienda entre machos dominantes con ganas de dar guerra - apenas puede uno librarse de hablar de ellas. Ya sea en la tribuna principal, en reuniones marginales o en los bares, todo el mundo andaba retorciéndose las manos: que si hay demasiada deuda pública y privada, demasiada manipulación bajo cuerda de las tasas de interés, que si los banqueros tienen razón o no al insistir que vuelve todo a la normalidad o si no es asombrosa el alza de los precios de los alimentos y la energía.

Pero, si bien hay mucho palique, no hay acuerdo acerca de qué sólidos principios y gobernación se precisan para hacer seguro el cambio y apuntalar la recuperación. La alternativa sobre la que pueden estar de acuerdo consiste en asentir sabiamente con la cabeza a que, cualquiera que sea el problema arrostremos, es necesaria una mayor coordinación. Como las madres y la tarta de manzana, la coordinación constituye el mínimo común denominador al que se apuntaría hasta el davosiano más cascarrabias, pero suscita todas las preguntas. ¿Quién va a decidir cuál es el problema y para cuál hace falta una respuesta coordinada o cómo debería distribuirse el daño que hagamos?

Esto tiene importancia. En el mundo, hay más de 200 millones de personas sin trabajo, de los cuales 78 tienen menos de 24 años. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), hay 1.500 millones de personas con un empleo vulnerable. La población mundial va a aumentar en 2.000 millones en los próximos 40 años, casi enteramente en Asia y África. ¿Qué van a comer, a beber y usar como fuente de energía, cuando ya hoy los actuales niveles de producción de alimentos, suministro de agua y producción de energía son inadecuados? Mientras el presidente Mubarak lucha por su vida política afrontando protestas políticas en parte avivadas por la pura desesperación económica, de repente las preguntas ya no se dirigen sólo a las salas de los seminarios de Davos: son urgentes y reales.

Entre las respuestas habrá que incluir la de qué divisa usará el mundo para el comercio internacional. Actualmente es el dólar: como es fama que afirmó en 1971 John Connally, Secretario del Tesoro norteamericano, la divisa es nuestra, pero el problema, vuestro. Los EE. UU. están saliendo con éxito de la recesión a base de gastar e imprimiendo dólares en cantidades ingentes, gloriosamente indiferentes a la repercusiones que esto tenga en todos los países y empresas que tienen dólares como reserva. ¿Puede esto continuar? ¿Y qué substituiría al dólar?

Mientras tanto, los chinos se abren camino hacia un mayor crecimiento económico a base de gasto, a la vez que manipulan sus tasas de cambio para impulsar sus exportaciones. Me vi aquí en Davos con cierto número de miembros de bancos centrales que tienen la impresión de que han de manipular sus divisas igual que los chinos, en parte porque no se atreven a dejar que los chinos les ganen por la mano y en parte porque quieren seguir lo que parece un modelo exitoso de desarrollo económico. Pero cualquier cosa insostenible termina tarde o temprano por no sostenerse y hay por ahí mucha actividad insostenible.

Por último, pero no menos importante, están los banqueros superpoderosos que andan explotando ese vacío para conseguir superganancias de nuevo, insistiendo en que la crisis ha quedado atrás y bien atrás. No hace mucho se produjo una gran conmoción en Gran Bretaña cuando Bob Diamond, nuevo presidente de  Barclays, declaró ante una comisión de investigación parlamentaria que había concluido el tiempo de arrepentimiento de los banqueros.

Evidentemente, no es el único. Jamie Dimon, presidente de JPMorgan Chase, dirigió la jauría en Davos, declarando que debe acabarse ya eso de meterse con los banqueros y que los bancos necesitan que les den libertad con el fin de poder financiar la recuperación. Tuvo incluso el descaro de insistir en que el principal riesgo de la economía mundial residía en la deuda de los gobiernos y el déficit norteamericano de 1,5 billones de dólares en particular.

Dimon tiene razón al apuntar ese riesgo, pero yerra de modo criminal al hacer de menos al papel que tuvieron los bancos en la creación de la recesión, cuya consecuencia es el déficit presupuestario norteamericano, y yerra doblemente al no haber puesto jamás en tela de juicio el poder de los mercados de valores y el de los financieros. Pues sin ese billón y medio de dólares de déficit presupuestario norteamericano, no habría recuperación ni de los EE. UU. ni del mundo, no habría sistema bancario mundial ni tampoco un petulante Jamie Dimon. Simon Johnson, antiguo economista jefe del FMI, le considera el hombre más peligroso de Norteamérica, cabecilla de las fuerzas intelectuales y empresariales que tanto daño han hecho al mundo.

Nunca ha sido tan evidente la interconexión entre poder puro y duro e ideas. Johnson puede contar en detalle cómo todos los economistas que han adoptado una posición desregulatoria y favorable a la gran banca ha recibido honorarios e ingresos de los bancos por su labor, una postura que no le ha reportado muchos amigos. Pero es un asunto que causa consternación. Resulta absolutamente evidente que los bancos de hoy son demasiado grandes, operan con demasiado poco capital y comercian con instrumentos financieros que hacen demasiado poco por financiar el auténtico comercio e inversión. Y ese no es un punto de vista que se oiga en Davos. 

Tampoco tenemos un proyecto convincente en detalle de cómo organizar el sistema financiero mundial de algún modo que lo mejore. Está el mundo que tenemos – con múltiples formas de economías capitalistas que despliegan un poder puro y duro para hacer lo que les plazca –  y una utopía de tasas de cambio que flotan libremente, libre comercio, mercados financieros libres y déficits presupuestarios del Estado estrechamente controlados. El modelo no existe y, aunque existiera, sabemos lo bastante de las finanzas modernas para darnos cuenta de que conduciría a otro desastre. Hace falta un programa diferente que ofrezca principios y formas de gobierno para este mundo imperfecto tal cual es.

Los franceses han prometido actuar durante su presidencia del G-20 este año, pero dudo que logren desplazar el consenso de Davos. Desde luego,  David Cameron y George Osborne se ganaron aquí un cálido respaldo como campeones del mismo consenso en torno al que han organizado las medidas económicas del gobierno de coalición. Davos tiene buenas intenciones; quiere de verdad un mundo más inclusivo, menos desigual, más sostenible, pero se muestra a reacio a aceptar los medios. Llevo viniendo entre unos y otros más de veinte años y comparto la opinión de un veterano asistente británico del mundo de los negocios: en las grandes ocasiones, Davos casi siempre se equivoca. En ese caso, eso debería preocuparnos a todos, y no menos que a nadie al señor Cameron, en cuyos oídos suenan todavía los aplausos del público.

Will Hutton, veterano e influyente periodista económico del grupo de The Guardian (del que fue columnista y jefe de la sección de economía), escribe semanalmente en The Observer  (del que ha sido director). Comenzó su carrera como analista de bolsa y pasó después a trabajar para la BBC en radio y televisión. Miembro del Consejo de la London School of Economics y profesor visitante de la Universidad de Bristol, Hutton dirige la Work Foundation, una consultoría independiente y de investigación no orientada al lucro. También es autor de algunos libros críticos con el estado de la economía británica e internacional que han tenido notable repercusión, como The Revolution That Never Was (1987), The State We're In (1996), The State to Come (1997), The Stakeholding Society (1999), On The Edge (editado con Anthony Giddens) (2000) y, sobre todo, The World We're In (2002) (editado en los EE. UU. como A Declaration of Interdependence).

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3914

viernes, 4 de febrero de 2011

“El comunismo es la libre producción de los comunes, sin Estado, sin clases, sin mercado y sin derecho"


04-02-2011

Entrevista a John Brown (I)
“El comunismo es la libre producción de los comunes, sin Estado, sin clases, sin mercado y sin derecho"



Colaborador de Rebelión.org y de otras páginas alternativas de la red, John Brown es autor, entre otras publicaciones, de La dominación liberal. Ensayo sobre el liberalismo como dispositivo de poder.
Me gustaría preguntarte por asuntos de filosofía y política que, sabido es, no forman sistemas disjuntos. Empiezo por el primer nudo. Tú sueles declararte spinozista. ¿Qué es lo que, en tu opinión, tiene mayor interés en la obra del autor de la Ethica more geometrico demonstrata?
La obra de Spinoza es la mayor contribución de un solo autor al pensamiento materialista que se haya hecho hasta hoy. Lo que tiene mayor interés para mí en el spinozismo es la permanente lucha de Spinoza contra la abstracción. Para Spinoza estamos siempre ya en lo concreto, en lo complejo y en lo plural: lo complejo no debe ser deducido. A diferencia de las filosofías que parten de un principio y una esencia, el materialismo parte de la pluralidad como algo siempre ya dado: los infinitos átomos y el vacío que los separa en Demócrito o Epicuro, Dios como la causa y el efecto de los infinitos modos que lo constituyen en Spinoza, o, antes, la confluencia imprevisible, no regida por ningún principio de unidad, de la fortuna y la virtud en Maquiavelo.
Esto es lo que significa ese aparentemente místico comienzo de la filosofía por el concepto de Dios. No se trata aquí de una teología, sino de una indispensable deconstrucción materialista de la idea imaginaria, ideológica diríamos en términos marxistas, de Dios. Dios -una sustancia infinita que consta de infinitos atributos que se expresan en infinitos modos - no es sino la complejidad siempre ya dada, como único horizonte especulativo y práctico. Todo lo demás es mistificación, obra de la imaginación cuando no de la superstición. Si Dios se disuelve en la infinita complejidad de lo real -los infinitos modos que constituyen la realidad finita-, el hombre corre la misma suerte: el concepto de “hombre” no es sino la imagen especular del de Dios. Sólo el delirio teleológico universal que constituye el universo del “sentido común”, o lo que es lo mismo, de la ideología, para los cuales el mundo ha sido hecho para el hombre, y existe “algo” o “Alguien” que todo lo ha dispuesto en su beneficio, permite pensar los conceptos de Dios y de Hombre. El hombre, como sujeto libre, rinde culto a Dios, también Sujeto libre que ha organizado el mundo en favor del hombre y exige de él ese culto. Desde Jenófanes y Epicuro nadie había combatido la idea imaginaria y antropomorfa del absoluto con tanta energía como Spinoza. Nadie había combatido tampoco con tanta radicalidad la idea “antropomorfa” del hombre.
Ser spinozista hoy, ¿qué quiere significar? ¿Intolerancia ante la superstición como tú mismo has señalado en alguna ocasión? ¿No hay algún peligro que nos convirtamos en algo, digamos, políticamente muy extraño como ha sido el caso del ex spinozista y ex althusseriano Gabriel Albiac?
Más que intolerancia ante la superstición, lo que hay en el spinozismo -y en general en el auténtico materialismo- es una necesidad de entender los mecanismos de la superstición. Como afirmaba Althusser, el materialismo consiste en “no contarse cuentos” (“ne pas se raconter des histoires”). Es este un requisito indispensable de la libertad. Para ello, sin embargo, es necesario producir el conocimiento teórico de la ilusión, es preciso conocer la ilusión por sus causas. Es lo que hizo Spinoza, pero también lo que hizo Marx en el Capital: pasar de las relaciones efectivas que son la esencia del capitalismo a sus formas fenoménicas y explicar estas últimas como efecto necesario de las primeras. El antihumanismo teórico, la crítica radical de las ilusiones morales y políticas, el reconocimiento de que todo poder se basa en una correlación de fuerzas son, a mi juicio, elementos fundamentales de cualquier teoría materialista de la historia y de cualquier ética materialista tanto individual como colectiva. Liberarse de la idea imaginaria del hombre es una exigencia de la libertad intelectual y práctica.
Sin embargo, el problema de la libertad que se conquista duramente por y con el conocimiento verdadero, es que nada la garantiza y un materialismo, aislado de todo compromiso político comunista y practicado en un entorno universitario y periodístico, como ocurrió en el caso de Albiac, puede fácilmente degenerar en un cinismo misantrópico, en un pesimismo antropológico, un libertinismo triste. No creo que el problema sea del spinozismo, ni de Althusser, quienes siempre combatieron toda forma de antropología. El antihumanismo teórico no es una misantropía reaccionaria y elitista, sino, por el contrario, un requisito teórico indispensable para una práctica individual y colectiva libre de ilusiones ideológicas.
Aunque ya has dado pistas en tus respuestas, permíteme insistir sobre una noción que has usado: cuando hablas de materialismo, ¿de qué materialismo estás hablando? ¿No contarse cuentos, de eso se trata? Añado además, ¿esa permanente lucha contra la abstracción de la que hablas no es contradictoria con el proyecto de una “Ethica” -que no es sólo una ética desde luego- demostrada, no es cualquier cosa la aspiración, al modo o estilo de la geometría clásica?
Materialismo: recordaba Althusser en sus últimas obras que el término no era muy feliz y que la contraposición materialismo-idealismo era bastante menos clara de lo que parece. Existe en toda filosofía un elemento materialista que la despega de la ideología y de lo imaginario: las filosofías, en general, procuran, al menos en parte, no contarse cuentos o no sólo contarse cuentos, no adular al sujeto que interpelan de modo que pueda reconocerse en lo que dicen. Existe asimismo en las filosofías idealismo e ideología, reconocimiento imaginario y no sólo concepto.
Materialismo e idealismo existirían por lo tanto de manera tendencial en cada filosofía como los términos de un insuperable conflicto. De ahí que, a la hora de buscar una filosofía para el marxismo, Althusser procurase encontrar una nueva línea de antagonismo que permitiese entender mejor el conflicto constitutivo de la filosofía: el principio de razón. Existen así filosofías que se fundan en el principio de razón y pretenden que es posible una explicación racional de todo, un saber absoluto, y otras que se sitúan, como podríamos decir imitando el título de Freud, “más allá del principio de razón”. Más allá del principio de razón se encuentran los materialistas clásicos como Demócrito, Epicuro o Lucrecio, Maquiavelo, Spinoza y Marx, pero también Martin Heidegger. Heidegger hizo en su escrito sobre el principio de razón una crítica de la contraposición idealismo-materialismo, concebidos como las dos ramas de un pensamiento sometido al principio de razón. Frente al principio de razón está lo aleatorio, el clinamen de Lucrecio/Epicuro, la fortuna de Maquiavelo y las formas de causalidad estructural que se encuentran en Spinoza y Marx. Se constituye así un nuevo frente, en el que lo que está en juego es que la historia no se conciba como el despliegue de una esencia sino como el resultado aleatorio de un encuentro de elementos no ligados. Se trata de hacer compatible el materialismo histórico con la práctica de la política, con lo aleatorio de la coyuntura.
Y en cuanto a la lucha contra la abstracción…
En cuanto a la lucha contra la abstracción, uno de los aspectos materialistas de la filosofía de Hegel es su rechazo de la abstracción: ahora bien, la abstracción para Hegel es lo concreto de la experiencia común, el lenguaje de las verduleras. Frente a la abstracción de la conciencia inmediata en la experiencia común, está el concepto, que debe producirse a través del duro trabajo de las mediaciones internas a la conciencia. Lo concreto no es lo inmediato, sino el resultado del paciente trabajo del concepto. En idéntico sentido, el modelo constructivista euclidiano en que se basa la Ética de Spinoza sirve para dos cosas: impedir el reconocimiento inmediato, el libre curso de la imaginación que “reconoce” el sentido de los términos Dios, substancia, alma etc. y, sobre todo, producir, construir a partir de la productividad de las nociones comunes, el concepto de lo concreto, la idea adecuada, lo concreto pensado. Existe, con todo una importante diferencia entre Hegel y Spinoza: para Spinoza la idea y lo ideado no se identifican nunca, no se integran nunca en una esencia común superando sus diferencias a través de la negación. El círculo y la idea del círculo serán eternamente dos cosas distintas.
Déjame que vindique el lenguaje de las verduleras y permíteme también que, en el caso del círculo, señale que yo no estoy tan seguro que en este caso la cosa y su idea sean, eternamente o no, dos cosas distintas. Sea como sea, hablabas antes de “antihumanismo teórico” como sinónimo de crítica radical de las ilusiones morales y políticas. ¿No hay algún problema en el uso de ese término? ¿Qué conseguimos usando la expresión “antihumanismo”? ¿Liberarse de la idea imaginaria del hombre implica librarse de cualquier aproximación al concepto hombre o ser humano? ¿Se infiere también de ello la negación, uso términos althusserianos, del continente científico de la antropología? ¿Claude Lévi-Strauss fue un charlatán?
Quien tendría que justificarse a este respecto es el que afirma, no el que niega. Aparte de la evidencia imaginaria y de lo “concreto” ideológico en que todos nos reconocemos, aparte también de la teoría zoológica o biológica de lo que es la especie humana, la idea de hombre sólo tiene un uso ideológico dentro de los dispositivos modernos de gestión de la población y en la economía política. En la teoría, en la filosofía materialista o en la teoría materialista de la historia ese concepto no tiene cabida. Para escribir el Capital, Marx tuvo que deshacerse de la evidencia ilusoria del hombre, sus necesidades y sus intereses, en la que se basa la economía política: concebir los individuos como portadores, vectores (“Träger”) de las relaciones sociales. Como le dijo Laplace a Napoleón cuando este le preguntó por el lugar de Dios en su sistema de mecánica celeste, un marxista podría decir respecto del “hombre”: “no he necesitado esa hipótesis”.
En cuanto a que la antropología sea un “continente científico”, esto es algo que no se puede atribuir a Althusser…
No pretendía hacerlo. Usaba la terminología que él usó en alguna ocasión para referirse, por ejemplo, a la Historia, al continente “historia” según su forma de decir.
La antropología es un espacio intermedio entre el cuestionamiento sobre el hombre propio de las “ciencias sociales” y “humanas” y la historia materialista o científica. Lévi-Strauss no es un charlatán, pero tampoco es un humanista teórico, por mucho que hable de antropología. Su objeto, a pesar de ciertas ambigüedades, no es el hombre.
Ese compromiso político comunista del que también hablabas antes, ¿qué significa hoy para ti? ¿En qué consiste el comunismo del siglo XXI en tu opinión?
El comunismo en el siglo XXI creo que es idéntico en lo esencial al comunismo en el siglo XIX tal como lo veía Marx. A lo que no es idéntico es a una aspiración socialista. El socialismo, al igual que la dictadura del proletariado sólo puede ser una mediación evanescente del comunismo, un momento de transición inestable entre capitalismo y comunismo en el que se dan todas las “condiciones de inexistencia” (Althusser, Spinoza) del comunismo. Perseverar en el socialismo conduce al error y al horror de Stalin, quien, a diferencia de Marx y de Lenin, considera que existe un “modo de producción socialista”. Un modo de producción socialista es, en términos de Althusser, algo así como un “logaritmo amarillo”, una contradicción en los términos. Históricamente lo único que representó el socialismo fue la pesadilla ya prevista por Marx en el libro III del Capital de un “capitalismo sin capitalistas”, donde el Estado reproduce policialmente las relaciones sociales basadas en el trabajo abstracto y en el valor, sin que exista un mercado autónomo.
Naturalmente, el comunismo es otra cosa: la libre producción de los comunes, sin Estado, sin clases, sin mercado y sin derecho. El capitalismo de hoy ya ha descubierto las virtualidades de la libre asociación de trabajadores libres y las parasita y explota. La estrategia comunista tiene hoy por finalidad liberar esas relaciones sociales y esos comunes productivos ya comunistas.
Si mi memoria ha acuñado bien esta moneda, creo que fue Althusser en sus Elementos de autocrítica, un texto de principios o mediados de los setenta, quien señaló que la ausencia del legado de Spinoza en las aproximaciones y desarrollos de la obra marxiana era uno de los puntos débiles de la tradición. ¿Es así en tu opinión? ¿Qué pueda aportar la lectura de Spinoza a la interpretación de Marx?
Althusser buscó en Spinoza la filosofía de Marx. Esa filosofía que subyace al Capital, pero que Marx jamás llegó a formular. Una lectura spinozista del Capital aleja numerosas tentaciones: 1. en primer lugar la de una interpretación dialéctica de la historia, que concibe, a la manera de Hegel, el acontecer y los cambios históricos como despliegue de una esencia en la que estos cambios están preinscritos; 2. en segundo lugar, permite fundar teóricamente la tesis de Marx de que ningún concepto teórico tiene carácter ahistórico: toda realidad es una esencia singular que depende de unas condiciones de existencia (sobre)determinadas. Una perspectiva spinozista nos permite, por ejemplo, reconocer que, para Marx, a diferencia de lo que ocurre en la economía política, no existe el trabajo ni el valor en general, sino que estas categorías deben necesariamente integrarse en un modo de producción y en las condiciones de existencia reales de este modo de producción. Frente a la dialéctica, por lo tanto, lo que propone una lectura spinozista de Marx es una explicación de lo plural y lo complejo por y en lo plural y lo complejo.
Por tanto, en tu opinión, ¿el legado dialéctico-hegeliano en la obra de Marx no tiene ninguna interpretación que permita frutos político-teóricos? La dialéctica, si me permites la broma analítica, sería un cuento, uno de los cuentos que no debería narrar un materialista que se precie de serlo.
Sí, al igual que cualquier pensamiento teleológico, pues la dialéctica, como bien explica Hegel, es una teodicea. No hay materialismo dialéctico: es otro “logaritmo amarillo”.
Hablando de la tradición marxista y de aquellos años. ¿Queda algo de interés en la obra de autores como Althusser, Rancière, Dominique Lecourt, Balibar, etc? ¿Hay ahí jugo sustantivo que exprimir?
Depende para quien. Si de lo que se trata es de defender un proyecto teórico o político “moderno”, esto es, adaptado a la hegemonía definitiva del capital, en estos autores poco hay que exprimir. Con Althusser, por ejemplo es imposible hacer una defensa del Estado de derecho como las que hoy están de moda en ciertos sectores de la izquierda: para Althusser -como para Marx-, el “concepto clave” de la teoría marxista es el de dictadura del proletariado. Con Rancière también es difícil defender las “democracias” actuales que, para él constituyen prototipos del régimen policial, de aquel que gestiona el reparto de lugares sociales entre los distintos grupos, sin preocuparse de la existencia de ese grupo sin lugar, de esa clase sin clase que Marx llamaba “proletariado”.
Hablas, sin embargo de autores muy distintos entre sí. Althusser sigue siendo la gran referencia teórica de un marxismo que opta por un materialismo sin concesiones, integrado en la “única tradición materialista”, la de Demócrito, Epicuro, Lucrecio, Maquiavelo, Spinoza, Marx, etc. Rancière se sitúa en otro plano y en alguna medida, lo que intenta recuperar son las tradiciones políticas del movimiento obrero real frente al marxismo “teoricista”, por un lado, y frente a los aparatos de representación de la clase obrera. Rancière criticó muy duramente a Althusser en su libro La lección de Althusser, pero hay una importante dosis de malentendido entre los dos; Althusser, en sus escritos de mediados de los años 70 acepta explícitamente muchas de las críticas de Rancière. De Rancière, son por otra parte indispensables sus reflexiones sobre la democracia como poder de la parte sin parte, del sector del pueblo que queda fuera del reparto “policial” de las posiciones sociales. Mal que le pese, lo que llama Rancière “democracia” coincide en lo esencial con lo que Marx denominara “dictadura del proletariado”. Las reflexiones de Balibar sobre la ciudadanía no carecen de interés, aunque cada vez se orienta más hacia una concepción neutralista del Estado capitalista, que lo integra más en la tradición republicana francesa -en su versión radical- que en el marxismo. Con todo, la aportación de Balibar al estudio del Spinoza político es sumamente valiosa. En cuanto a Lecourt, considero que sus trabajos de epistemología siguen teniendo gran interés. Tampoco hay que olvidar los trabajos de Macherey sobre Spinoza y su seminario aún en curso en Lille sobre “la filosofía en presente”.
Tengo algunas preguntas sobre lo que acabas de señalar. La primera está relacionada la noción “dictadura del proletariado”. ¿Me permites que prosigamos la entrevista hablando de ello?

miércoles, 2 de febrero de 2011

Izquierda y Capitalismo 3.0

02-02-2011
Izquierda y Capitalismo 3.0



“Incluso los durmientes son obreros y cooperantes de cuanto sucede en el mundo.”
Heráclito de Éfeso

No es fácil ser de izquierdas hoy en día. Cada vez, aunque debería ser al contrario visto la que está cayendo en el mundo, nos lo ponen más difícil. La lógica cultural (destructiva) del Capitalismo 3.0 ha entrado como un virus en los sentimientos y en las ideas (preconcebidas) de la población. Los partidos políticos y las organizaciones sindicales (antiguos instrumentos de cohesión) se han vuelto entes ajenos, extraños, y cualquier forma de representación política estructurada provoca rechazo. El individualismo, una de las señas de identidad del caos de nuestros días, ha pisoteado el terreno de la colectividad y lo común (desde los bancos de la calle a las plazas pasando por asociaciones y grupos) ha dejado paso a las relaciones (in)existentes en la red. La realidad “imaginaria”, compuesta por docenas de relatos que se cruzan sin escucharse, un tumulto, ha suplantado a la realidad “material” donde el discurso coherente, histórico, portado por un sujeto (el que sea), primaba sobre la supuesta autonomía de la voluntad. No es fácil correr sobre un campo abonado con cristales rotos.
La frágil subjetividad -con las consiguientes terapias y distracciones alternativas- se ha apoderado de nosotros. La reivindicación de lo uno (ignorando el devenir del cuerpo social) se ha impuesto sobre lo múltiple haciendo de nuestras vidas una extraña competición donde el bienestar del consumo -impulsado por la agitación financiera- determina nuestro lugar en la escala social. La “sociedad del espectáculo”, ya denunciada por Guy Debord, se ha transformado en una sociedad de pasivos espectadores (valga el juego de palabras) donde cada uno interpreta el rol que le corresponde (papeles fijos asignados por el capital) sin rechistar. La protesta, entendida como acción práctica (política) ante la injusticia, se ha convertido en pieza de museo. La conciencia de la colectividad, articulada años atrás por medio del trabajo y la pertenencia a una clase, ha sido suplantada por un escenario de inseguridades y desconfianzas. En este universo líquido, dominado por la insatisfacción permanente -ya que es imposible acceder a todos los placeres presentados en el escaparate- la fragmentación y la duda han ganado espacio a la razón práctica. Este terreno, el Capitalismo 3.0, que ataca a la construcción de las emociones y las conexiones neuronales, es el espacio, lleno de trampas, que habitamos.
Pese a la apariencia, nuestra psicología de vida y consumo es una psicología que se nutre de lo social. Igual que es social (perteneciente al territorio de la comunidad) nuestro lenguaje y nuestra forma cotidiana de enfrentarnos al mundo que nos rodea. Esta forma de adaptación y protección imperante hasta los años 80 del siglo pasado saltó en pedazos con la “deslocalización de nuestras conciencias”. Este fenómeno de ruptura de la identidad, acrecentado por la importancia cada vez más exagerada de la virtualidad en nuestras vidas, ha provocado la pérdida de los discursos omnicomprensivos, así como la ausencia de una mirada crítica. Sin discurso armado, coherente, sobre el futuro de la sociedad, ni pensamiento crítico es imposible articular una respuesta de izquierdas, transformadora, capaz de calar en una mayoría. La absoluta ausencia de crítica en los discursos privados, la autocomplacencia vestida de nostalgia y la religación con lo material han hecho de nuestra vida un lugar inhóspito donde es imposible respirar. No hay libertad fuera del Estado (de la sociedad organizada), escribió Spinoza.
La izquierda debe pensar, desde otra atalaya, su lugar en el mundo. Esto no quiere decir que nuestras propuestas -desde la salida de la crisis con una mayor inversión pública hasta la defensa de los derechos humanos- hayan caducado o no tengan sentido. Lo que no tiene sentido es la forma de establecer la comunicación. En una sociedad que ha perdido la capacidad de escuchar, no parece lógico seguir hablando. Es la acción lo que puede constituir un nuevo discurso ético. Una acción sostenida en diferentes frentes (desde las propuestas por una nueva República hasta la negación de los intercambios materiales en régimen desigualdad) que impulsen una democracia participativa, un espacio de entendimiento entre los ciudadanos. El derrotismo (o el cinismo moderno), igual que en la guerra, es el caldo de cultivo del enemigo. Ser de izquierdas es participar del ser-común. Fuera de ese contexto creativo de comunidad, fuera de lo que nos une como seres humanos, separados de nuestras aspiraciones y anhelos comunes, las reivindicaciones quedarán como gritos ahogados en una botella. En medio de ninguna parte.

martes, 1 de febrero de 2011

“El marxismo es el pensamiento filosófico y científico de nuestro tiempo”

01-02-2011
Entrevista con el economista argentino Fernando Hugo Azcurra
“El marxismo es el pensamiento filosófico y científico de nuestro tiempo”



Fernando Hugo Azcurra es un economista argentino que realizó estudios de postgrado en Historia Económica en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires (UBA). Se desempeñó como profesor en las facultades de Ciencias Económicas y de Filosofía y Letras de la misma casa de estudios. En la actualidad ejerce como profesor de Historia Económica en el CBC de la UBA. Ha sido académico de macroeconomía de la Universidad del Salvador, entre muchas otras actividades universitarias. También dicta un taller de postgrado sobre Marx y Sraffa en la Universidad De Luján.

Es autor de 'Democracia y proceso socialista en Argentina' (1985); 'La nueva alianza burguesa en Argentina' (1987); ‘Empresas del Estado y economía en Argentina' (1989); 'Marx y la teoría subjetiva del valor' (1993); 'Fundamentos de macroeconomía' (2003) y 'Capital y excedente' en colaboración con Alejandro Fiorito (2005) y 'Teoría macroeconómica' (2006).
De visita en Chile invitado por la agrupación política Unidad del Movimiento de los Pueblos y los Trabajadores, y en las laderas cordilleranas del Valle Central, en las afueras de Santiago, Fernando Hugo Azcurra concedió la presente entrevista. El martes 11 de enero, a las 19:00 hrs. en calle Carrera 177 ofreció una exposición y debate sobre su última producción “Imperialismo y Socialismo” abierta a todo el público interesado.

-La mayoría de las veces se habla muy mal del marxismo…
 “El marxismo como visión y concepción materialista del mundo, apuntará en algunas décadas más a los dos siglos. Es relativamente reciente desde la perspectiva del desarrollo histórico de las teorías políticas, sociológicas, filosóficas, lógicas y, sobre todo, económicas. Esto es, no estamos hablando de algo muerto, sino de algo vigente, pero no como verdad total y absoluta. Su actualidad se sostiene porque de manera permanente está dando cuenta de su validez mediante el incesante debate que suscita. Aun cuando, por supuesto, aspectos del marxismo han debido modificarse al tenor de los propios cambios que ha sufrido la sociedad burguesa.”
-Hay quienes afirman que Marx es asunto del pasado…
“En materia de ciencias sociales, no existe ninguna teoría de la sociedad que haya superado hoy, o que esté en tránsito de hacerlo, la labor realizada por Marx y que en el terreno de la teoría política y la práctica se resume en las figuras de Lenin y Gramsci. No se puede afirmar que el marxismo ya pasó de moda, porque nunca estuvo de moda. El marxismo ha estado siempre presente porque está inmerso dentro de la lucha de clases de los pueblos. Su vigencia no es de carácter académico o literario, sino que surge del proceso de la realidad misma y de las transformaciones que existen en la sociedad.”
-¿Por ejemplo?
“Durante la crisis que se desató en Estados Unidos el 2008, se produjo en algunos centros académicos una especie de resurrección de Marx, buscando allí qué podía decirse para enfrentar la crisis, que, por lo demás, continúa. Y lo mismo ocurrió con Keynes. Estos dos grandes pensadores todavía son fuente de consulta porque algo hicieron que tiene permanencia. Nadie busca a un pensador que ya se considera superado”.
-Entonces, ¿qué es el marxismo?
“El marxismo es el pensamiento filosófico y científico de nuestro tiempo”.
-¿Cuál es el aspecto más relevante en la actualidad que ofrece el marxismo?
“El materialismo analítico en teoría política. Y luego, aun cuando está muy cuestionado, la teoría económica. En el primer campo no ha aparecido, ni veo en el horizonte inmediato, ninguna teoría política que pueda suministrar un conjunto de conceptos y categorías analíticas como la producida por los clásicos del marxismo. En el área económica está más objetado, no de manera total, pero sí en algunos aspectos que no dejan de ser centrales. Si yo dijera que Marx está muy cuestionado y con ciertos fundamentos bastante estrictos, en la teoría del valor, al punto que las críticas llegan a dudar sobre la existencia del valor como tal o de su naturaleza más bien como una definición o hipótesis de análisis, para parte de muchos que nos formamos en la izquierda podría resultar una suerte de sacrilegio. Sin embargo, siempre la teoría del valor estuvo cuestionada por las concepciones académicas ortodoxas. Pero una cosa es cuando se objetaba desde un punto de vista ideológico, y otra cosa es cuando, como pasa ahora, apareció, se elaboró y se difunde una teoría económica sobre la base de Quesnay y Ricardo, respetando lo que hizo Marx en algunos puntos, pero eliminando el valor del análisis de la economía burguesa. Y se hace con fundamentos técnicos y analíticos muy serios. Se podrá, como siempre, coincidir o no con ella, pero no se puede ignorar afirmando que es una cuestión puramente ideológica”.

UNA CRÍTICA PRELIMINAR A PIERO SRAFFA
-¿Quién lleva la voz cantante en los cuestionamientos mencionados?
“Desde hace unos treinta años la teoría económica de Piero Sraffa ha provocado un impacto que demolió la teoría económica marginalista dominante hacía más de un siglo, y también impactó en la teoría económica de Marx. Sraffa surge como un pensador que define un nuevo paradigma desde donde examinar el funcionamiento del proceso de reproducción del capital. Su obra se conoce como “Producción de mercancía por medio de mercancía” y se ubica de una manera altamente original y penetrante. Son 100 páginas que han provocado una revolución al interior del propio pensamiento de muchos marxistas, al punto de que es muy raro encontrar en Europa y Estados Unidos la cantidad significativa de economistas y pensadores de esta concepción que todavía sea marxista. Existe, pero es una minoría. Buena parte de los ex economistas marxistas se han convertido hoy en economistas ‘sraffianos’ porque consideran que Marx no pudo completar su obra desde una perspectiva lógica respecto de una explicación que sea coherente y consistente entre valor y precio; y que Sraffa logró explicar el funcionamiento del sistema de los precios y su distribución sin necesidad de ninguna teoría del valor.”
-¿Cuál es su opinión al respecto?
  “Tengo la impresión, aún muy primaria, de que la labor que se impuso Sraffa en comparación con Marx resulta extremadamente pequeña. Marx es toda una cordillera desde el punto de vista de su obra lógica, filosófica, política y económica. En cambio Sraffa se ocupó de una pequeña montaña de esa cordillera, resolviendo el tema con una brillantez notable. Y lo hace desde una concepción analítica muy difundida entre los economistas: el pensamiento matemático. Por supuesto que El Capital no escapa a tener fórmulas, definiciones, esquemas y aritméticas muy elementales. Pero Sraffa fue uno de los primeros en utilizar fórmulas matemáticas –que ni siquiera se encuentran en Ricardo y mucho menos en Adam Smith-. En este caso, el empleo de las matemáticas no es simplemente para hacer más claro el pensamiento porque se establecen relaciones cuantitativas, sino que corresponde a toda una modalidad de pensar la realidad. Mientras que Marx la piensa también en relaciones cuantitativas, pero con un mayor peso en las relaciones histórico-institucionales en el que se desenvuelve el capitalismo. Sraffa no se ocupó de ello.”
-¿Qué buscaba Sraffa?
  “Hacer de la economía una ciencia natural, y si fuera posible, con un alto grado de exactitud en sus cálculos. Es decir, la economía concebida por Sraffa sería algo así como un esquema analítico que permitiría elaborar herramientas de políticas económicas estrictas, de la misma manera que un odontólogo, como decía Keynes. Él afirmaba que en algún momento la economía tendría que ser lo suficientemente desarrollada como la odontología. Ahora bien, Sraffa llevó esa idea a su punto más alto.”
-¿Cuál es su parecer en relación a esta pretensión?
“Es respetable, pero Sraffa se evade de lo que es el fundamento de la economía: los conflictos sociales. Marx, por su parte, señaló que la economía sólo puede llegar a convertirse en una ciencia positiva, en una ciencia natural, cuando únicamente atiende los conflictos de los dogmas, y se despreocupara de los fundamentos que son los conflictos reales.”
-¿Qué significa ello?
“Que se puede hacer de la economía una ciencia estricta y cercana a lo natural sólo evadiéndose de los conflictos reales de la sociedad, de los conflictos de clase y de las instituciones que están comprometidas en estas luchas. La ciencia económica es histórico-social.”
-¿Y cuándo podría utilizarse la teoría de Sraffa?
  “Cuando la sociedad deje de estar dividida en clases y su conflicto sea con la apropiación mejor de la naturaleza. Pero ese método no puede usarse por intermedio de las clases sociales, cuando un sector explota al otro. Estos son los límites de la concepción sraffiana.”

LOS RIESGOS DE LA ABSTRACCIÓN  
  -Usted sostiene cierta cautela respecto de las generalidades para observar la realidad…
“La izquierda del mundo ha sido capacitada leyendo de los clásicos que la estructura fundamental de la sociedad burguesa existe en la contraposición entre empresarios capitalistas y trabajadores asalariados. Marx no hablaba de capital y trabajo asalariado, porque ello reemplaza con la abstracción los sujetos reales. Es cierto, la realidad se aprehende por medio de abstracciones. El problema es que, inmediatamente, las abstracciones parecen autonomizarse de su origen y entonces ocupan el lugar de los sujetos reales. Luego, cuando uno habla de capital ya no piensa inmediatamente en empresarios capitalistas, sino que en un elemento genérico. Es decir se sustantiva el concepto. Y cuando decimos trabajo asalariado hablamos también de una abstracción. Ya no pensamos inmediatamente en trabajadores de carne y hueso concretamente existentes y explotados.”
-Parece una sutileza…
“Pero es una sutileza extremadamente importante porque teniéndola en cuenta nos impide reemplazar los sujetos reales por sus abstracciones, aunque sean necesarias en tanto son abreviaturas mentales de lo real. Hay que procurar evitar la sustantivación de las categorías filosóficas, económicas, políticas porque este es el desliz idealista que tienen las abstracciones. Inadvertidamente tendemos a abreviar y entonces nos acostumbramos a manejarnos con abstracciones que en realidad, no son vacías, tienen un contenido empírico.”
-¿Cuáles son las abstracciones más peligrosas para quienes emprenden la lucha por transformar la sociedad desde los intereses de los trabajadores?
“Hay que comprender que el concepto de trabajo asalariado se afinca en una realidad de la lucha de clases que tiene historia. La izquierda ha sido instruida en el concepto de obrero y proletario, e inmediatamente en nuestra representación se nos aparece un proletario fabril del siglo XIX –que no es que no exista hoy-, pero pocas veces nos percatamos de que esta figura correspondió en su predominio a una etapa del desarrollo de la sociedad capitalista y de la acumulación del capital. Por eso las obras de Marx tienen el concepto de obrero y de proletario con ese contenido empírico. Sin embargo, cuando nosotros hablamos en la actualidad de trabajador, sin darnos cuenta seguimos pensando en esa figura, toda vez que la realidad ha ampliado el concepto de proletario al de trabajador asalariado, que abarca desde el obrero fabril al bancario, al educador, al de la salud, al de los servicios. Es decir, que la realidad se ha vuelto más rica que el concepto. Por eso es preciso hablar de trabajador asalariado que somos todos los que vivimos de un sueldo. Aquí los conceptos deben enriquecerse con las categorías sociológicas de estatus y rol.”
-¿Cómo así?
“El trabajador bancario considera que ocupa un estatus y desempeña un rol diferente al del obrero fabril. El obrero tiene la experiencia de la explotación sobre su pellejo mucho más evidentemente que el trabajador bancario que estima, por ejemplo, que está haciendo una carrera. Un trabajador fabril a lo sumo llegará a ser capataz. Aunque ambos sean objetivamente de la misma clase social.”
¿Qué desafíos significa lo anterior para quienes luchan por cambiar el actual orden de cosas?
“La unidad, porque el trabajador cuando se une se potencia. Por eso Marx plantea que el capital ha sido una fuerza revolucionaria en la historia de la humanidad porque derribó las barreras del feudalismo, abriendo la potencia social del trabajo. El proceso de producción y reproducción es de carácter social. No hay que pensar en el individuo aunque no hay sociedad ni producción y reproducción sin individuo. Pero cuando los individuos se unen producen relaciones y cosas que están más allá. El individuo no es solamente lo que existe sino que es el resultado de relaciones mutuas, y en conjunto, crean superestructuras que a veces se autonomizan, como el Estado. Es una creación de los individuos y, sin embargo, se autonomiza y se vuelve en su contra cuando un sector de la sociedad emplea el Estado como un instrumento de sometimiento del resto. Ahora, como es una creación humana, también los hombres pueden cambiar esa entidad.”

LA HEGEMONÍA DEL CAPITAL FINANCIERO
-¿Qué es el capital?
“En general, la gente asocia al capital con el dinero, con maquinaria, con la educación para mejorar su nivel de vida. El capital se define básicamente porque de él se obtiene un beneficio y tiene, supuestamente, derechos sobre ese beneficio. El capital siempre produce una ganancia, porque todo aquello que no produzca un beneficio no es capital. No obstante, el capital necesita de trabajadores –fabriles, bancarios, comerciales, de servicios- para producir bienes y servicios y el capital obtenga ganancias, porque sino no invertiría. Entonces el elemento sustancial que define al capital es el trabajo asalariado. En definitiva, el capital no es una cosa. Es una relación que se da entre sectores sociales: entre propietarios del capital, de los medios de producción que funcionan como capital, frente a no propietarios de medios de producción. El propietario de los medios de producción es un no trabajador, y el trabajador es un no propietario. En esta estructura asimétrica aparece el beneficio. El capital es una relación histórica específica de producción.”
-¿Qué ocurre con el ahorro de las personas?
“Yo tengo unos ahorritos producto de mi esfuerzo personal y los deposito en un banco para que me dé una tasita de interés. Entonces la gente dice que ‘tengo un capitalito’. Pero no es cierto. Ese es capitalito para el que lo toma en deuda y lo pone en el proceso de producción. Para quien lo deposita en un banco, simplemente es un consumo diferido. En realidad cuando uno mes a mes va quitando una fracción de su salario para ahorrarlo en un banco, es para consumir algo después. Como ese algo no lo puedo comprar de inmediato, debo ir reuniendo de a poco y pasado un tiempo lo compro. En la realidad económica esos ahorros del trabajador son consumo diferido, pero mientras tanto son utilizados por la red bancaria para suministrar crédito a las empresas y seguir reproduciendo el capital. En el fondo, todos quienes pueden ahorrar algo, sin saberlo ni quererlo, están ayudando a reproducir el propio capital. Cuando yo compro una botella de leche lo hago no sólo porque me quedo fuera del mercado, sino porque no puedo sobrevivir sin ella. Pero en materia bancaria, yo puedo prescindir de esa botella de leche. En buenas cuentas, el sistema financiero está absorbiendo parte del esfuerzo de la clase trabajadora para reproducir como negocio a otras empresas.”


-Usted afirma con mucha fuerza la hegemonía del capital financiero en el mundo, ¿cómo se explica?
“Primero, lo financiero son los bancos y sus pisos: el banco crediticio que se vincula a la empresas y los depositantes; el banco que se especializa en determinados créditos únicamente a empresas; el banco de inversión internacional; el banco especializado sólo en activos financieros y crea nuevos instrumentos financieros como los derivados; y el banco central que sólo trabaja con bancos. Además están las bolsas y los mercados de valores. Todo este conjunto esta correlacionado y se ha expandido de una manera tal, sobre todo en los países capitalistas más desarrollados, que las relaciones del capital financiero se han autonomizado al punto que el capital financiero está ‘montado’ sobre el viejo capitalismo comercial e industrial. Es una superestructura.”
-¿Cuándo ocurrió lo que señala?
“Hasta la Segunda Guerra Mundial todavía y de manera relativa, se podía hablar de un predominio del capital industrial donde el capital financiero era un facilitador de los negocios y las transacciones de ese capital industrial, y que la tasa de interés nunca podía estar sobre la tasa media de ganancia. Hoy eso ya no ocurre. El capital financiero se ha desarrollado tan monstruosamente y se ha autonomizado tanto, que él le dicta financieramente al capital comercial e industrial todo tipo de finales y cálculos, y le impone la obtención de un rendimiento porque ahora el capital financiero es el dueño del industrial, no como hace 50 o 100 años atrás. En la actualidad, las empresas y corporaciones se compran y se venden para ver si dan rendimiento como latas de tomates.”
-Pero antes las empresas también se compraban y vendían…
  “Pero comprar o vender un pequeño taller industrial es distinto que vender corporaciones gigantescas. Es más. El capital financiero las puede descuartizar porque una rama específica de una corporación es más productiva que las otras. El capital financiero es dueño y señor de vidas, no sólo de los trabajadores y del conjunto de la sociedad, sino de los propios sectores burgueses industriales que están obligados a crear a través de sus plantillas gerenciales nuevas formas de rendimiento que le exige el capital financiero. O sea que ahora la tasa de ganancia tiene que estar acorde y rendir de acuerdo a una tasa de interés.”

LA SUPERACIÓN DEL CAPITALISMO
-¿Y qué es el socialismo después de la caída de la Unión Soviética , de lo que pasa en China?
“Ya existen experiencias históricas. Y aquí no podemos hacernos los distraídos, independientemente de los defectos y errores. Que el socialismo de la URSS , por ejemplo, haya resultado una experiencia fracasada con todas sus especificaciones históricas, no significa que el capitalismo es superior al socialismo. No es así. El capitalismo no está en condiciones de eliminar la explotación, las desigualdades, las injusticias, ni la pobreza, ni la impunidad. Si el capitalismo lograra evitar lo anterior, simplemente dejaría de ser capitalismo. De manera que aunque fracase una y mil veces cualquier experiencia socialista, eso no significa que el sistema capitalista es mejor. Significa, por el contrario, que las sociedades están buscando salir de él porque sino no habría tantas experiencias socialistas. Los trabajadores no están conformes en el capitalismo. Y ninguna sociedad desaparece a cambio de otra ‘pura’. En verdad estamos transitando el acceso a una nueva sociedad, pero como somos contemporáneos no nos damos cuenta de ello, la queremos ver inmediatamente, antes de morirnos. En el futuro se verá a la Revolución Rusa como el comienzo de la declinación del capitalismo. Y el capital y la sociedad burguesa no son eternos. Son históricos. Yo no tengo ninguna duda ni angustia existencial respecto de la superación del capitalismo.”
-Hay miradas que ligan al socialismo a un Estado centralizado…
  “Si el Estado concentra los medios de producción, concentra las decisiones de producción y reproducción como un único ente resolutivo y, por tanto, como un único patrón, y el resto de la sociedad es de trabajadores asalariados, lo que hay es un intento de superación del capitalismo, pero todavía dentro de las relaciones trabajo asalariado y capital. Ahora no se trata de millones de empresarios, sino de un único monopolio económico, político y social: el Estado que decía representar a los trabajadores. En estas circunstancias, la sociedad continúa viviendo de un salario y sigue produciendo mercancías a las cuales accede mediante el ingreso salarial. Esto significa que, si las sucesivas experiencias socialistas actuales no apuntan básica y centralmente a crear las condiciones para la eliminación del trabajo asalariado, volverá a resucitar el capitalismo.”
-¿Y de que manera se supera el trabajo asalariado?
  “Construyendo condiciones para el trabajo asociado. Puede haber en el proceso de tránsito propiedad pública, propiedad del Estado, combinada con empresas cooperativas en la industria de toda índole.”
-Pero continúa existiendo excedente…
“El excedente no lo inventó el capitalismo. El excedente es algo que toda sociedad produce cuando la cantidad de bienes y servicios supera el nivel de la sobrevivencia. El tema es quién se apropia del excedente y por medio de qué relaciones sociales y políticas. En el capitalismo hay plus producto, plus trabajo, y plus valor apropiado privadamente. En una sociedad socialista el excedente es producido y distribuido socialmente por los propios productores. En un sistema de trabajadores asociados se trabaja no para otro, sino para el conjunto y el mejoramiento general de la vida.”

-¿Y políticamente?
“Que exista un partido de los trabajadores en el Estado no significa su eternización allí. La experiencia del partido comunista identificado con el Estado, fue un fenómeno puramente ruso que se generalizó como si fuera una ley de la naturaleza. Lenin decía que todavía estaban en un proceso -1920- de muchas estrechecez, penurias y acoso de las bandas imperialistas que invadían el país, impidiendo su recuperación en paz. Por eso afirma que no hay que entregar el Estado porque fracasaría la revolución. Pero estamos hablando de períodos transicionales. Lenin señaló que cuando la revolución estuviera consolidada el partido debería separarse del Estado, y el Estado tendría que ser dirigido y controlado por los propios trabajadores. Entonces, en ese estadio, la nueva sociedad se parará sobre sus propios pies. Además, si el partido y el Estado van a reemplazar y sustituir a la clase trabajadora, ¿por qué la clase debería luchar por esa sociedad?”
-Si se separa el partido del Estado, ¿para qué sirve el partido en ese momento?
  “Tenderá a desaparecer porque también tenderá a desaparecer el Estado.”