lunes, 7 de marzo de 2011

La pirámide capitalista


07-03-2011

La pirámide capitalista

El periódico de Aragón

Uno de los efectos de esta profunda crisis que estamos atravesando y que, lejos de remitir, parece profundizarse día a día, es que hemos recuperado para el lenguaje social palabras que casi habían desaparecido de nuestro vocabulario. Su desaparición se había producido no porque ya no designaran ninguna realidad, sino porque esa realidad se empeñaba en ocultarse bajo otros conceptos que camuflaran su carácter ideológico. Hace unos meses, y a tenor de lo que sucede, de las continuas agresiones a la población por parte de una elite que cada día se enriquece más (el consumo de bienes de lujo ha aumentado en este periodo de crisis, lo mismo que el número de millonarios, los beneficios de las grandes empresas, las retribuciones de sus directivos, etc.), me atrevía a rescatar el concepto de lucha de clases. Por otro lado, la palabra "capitalismo", "sociedad capitalista", que se escondía bajo eufemismos como "sociedad de LIBRE mercado", vuelve a ser de uso cotidiano.
Que nuestras sociedades capitalistas han gozado de un nivel de bienestar, sobre todo en Europa, debido a la protección social arrancada por las luchas obreras, sin parangón, es un hecho incontestable. Aun con diferencias sociales profundas, el nivel de vida general de la ciudadanía europea ha sido más que aceptable. Ello venía acompañado de unas libertades individuales muy por encima de las existentes en el resto del planeta, aunque en el fondo los mecanismos de dominación actuaran con intensidad. Todo ello conformaba una sociedad habitable, que podía, incluso, servir de modelo para sociedades empobrecidas y reprimidas.
Ahora bien, el devenir de los acontecimientos está sacando a la luz lo que desde muchos sectores ya se había manifestado hace mucho tiempo. Y es que nuestro bienestar se ha conseguido a costa del malestar del resto del planeta, que nuestra riqueza procede de la explotación de amplias zonas del planeta, que nuestra libertad se construye sobre la opresión y humillación de los otros.
Nuestro sistema capitalista, compartido por las elites de los países explotados, convenientemente sostenidas y apoyadas por nuestros gobiernos, se eleva piramidalmente sobre dos patas. Una la que supone el control, directo o indirecto, de las materias primas que explotamos en los países empobrecidos a precios competitivos para nuestros intereses. Los recursos energéticos del planeta, ubicados en su mayoría en países periféricos, son explotados por empresas occidentales o por gobiernos amigos. Muchas de las intervenciones militares de los últimos años se han producido, precisamente, para garantizar ese suministro. El bienestar económico de la población occidental y de las elites del Sur (por llamarlo de alguna manera) se construye sobre la miseria de las poblaciones de los países empobrecidos. Empobrecidos, que no pobres, pues son ricos en materias primas que explotan las oligarquías, occidental y del lugar.
La segunda pata es la del control férreo de las poblaciones, su sometimiento a regímenes brutales, tiránicos, criminales, a los que se trata como amigos mientras interesa. El mismo día que habla de la necesidad de democracia en Libia, Zapatero visita a los sátrapas del Golfo, cuya diferencia con Gadafi es que todavía controlan su petróleo; mientras tanto, nuestro rey asiste a un desfile militar en uno de los países más tiránicos del planeta, Kuwait, y sonríe placentero a la derecha de su emir. La hipocresía occidental puede resumirse en esas dos imágenes, aunque los ejemplos son innumerables.
El nivel de vida de las sociedades capitalistas se ha construido sobre la explotación del resto de naciones. Nuestra sociedad de consumo y obsolescencia solo puede funcionar sobre la base de productos baratos, conseguidos a través de mano de obra esclava o de materias primas a bajo costo. Por eso, Occidente, que ahora clama contra los dirigentes del norte de Africa, ha sido el principal sustento de esos mismos dirigentes. Por eso Occidente hace la vista gorda ante la explotación laboral y social en China, pues este país se ha integrado en las reglas del juego y desempeña eficazmente su papel, amén de su evidente poderío militar. Por eso Occidente carga todas sus baterías mediáticas contra los países --Bolivia, Ecuador, Venezuela-- que pretenden alterar las reglas del juego.
Pero Occidente no es una abstracción, somos cada uno y cada una de nosotros, responsables de nuestras acciones. Y de nuestros votos. Parece que, mal que nos pese a quienes hemos tenido la suerte de no nacer en el sitio equivocado y de haber gozado de una situación de privilegio, las cosas no volverán a ser como antes. Por la crisis y porque los que tenían poco que perder han decidido ponerlo en riesgo, hartos de ver en sus televisores el festín de Occidente. La salida que dibujan a la crisis quienes manejan el cotarro, y sus montatanto políticos, supone reducir y blindar las elites a costa de la precarización del resto. ¿Es eso por lo que apostamos la mayoría?
* El autor es profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza

La época de lo que parecía impensable


07-03-2011

La época de lo que parecía impensable

Freitag


El Estado federal central estadounidense está exprimido y este año ya no puede contribuir más. Muchos estados federados se encuentran al borde de la quiebra.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) y las agencias de calificación parecen haberse dado ahora cuenta de que la crisis de deuda es mucho más grave en los Estados Unidos que en la Eurozona: para los presupuestos públicos de 2011-2012 se ha alzado la marca en un nuevo endeudamiento que supone más del doble de la media del de la Unión Europea. Tanto más vale la pena echar un vistazo a lo que ocurre en ultramar: allí hay tantos frenos a la deuda y prohibiciones de déficit como pueda desear cualquier corazón conservador. Desde 1917 rige un tope legal para la deuda federal, cuantificado en números absolutos. Además, mediante la ley o mediante algún preceptos constitucional del estado federado en cuestión, todos los estados federados (salvo Vermont) están obligados a presentar un presupuesto anual equilibrado. Y sin embargo, los EEUU, como la mayoría de sus estados federados, que se hallan más profundamente enterrados en la deuda que Irlanda o Grecia.
No por casualidad, las agencias de calificación amenazan a los norteamericanos con una drástica depreciación de su solvencia. A nivel interno, se habla de una depreciación de los bonos estadounidenses por debajo del nivel de Japón. Por vez primera se debatirá en el Congreso de los EEUU la posibilidad de la bancarrota de algunos de los estados que forman la Unión, algo que la constitución estadounidense no contempla. Un curso de acción semejante es audaz pero ha de debatirse, en opinión de Patrick McHenry, el nuevo presidente republicano del Comité de control de la Cámara de Representantes. El presidente del Banco central, Bernanke, va más lejos, y dibuja nada menos que una bancarrota del Estado federal central.
Validez por 100 años
El secretario del tesoro Geithner requirió con estridencia al Congreso elevar sin demora el límite de deuda, para poder rebasar el límite de los actuales 14'3 billones de dólares. Pero los republicanos se enrocan. De no llegar a ningún consenso a fines de marzo, la potencia mundial estará, de facto, en bancarrota. Algo apenas concebible: hasta un parlamento dominado por republicano tendrá que acabar cediendo y levantado el tope de endeudamiento; evidentemente, sólo a cambio de ulteriores y drásticos recortes del gasto.
La deuda federal para el próximo presupuesto anual, que comienza en junio, se estima en un total de 14'8 billones de dólares. Con ello, los Estados Unidos se permite a escala federal un una deuda del 100%, y una tasa de déficit (reendeudamiento) de, de nuevo, el diez por ciento, como ocurrió en el punto culminante de la crisis financiera mundial en el 2009. Con lo que el banco central propio (la Reserva Federal) se conviere en el mayor acreedor, seguido muy de cerca por China, Japón, algunos Estados del Golfo y la Gran Bretaña. Entretanto, el tiempo de vencimiento de los bonos del Estado federal norteamericano ya es, en promedio, de sólo unos 50 meses, lo que significa que en los próximos 12 debería refinanciarse más del 40% de la deuda federal. No sorprenderá, así pues, que se hable ahora de alargar esos plazos de vencimiento, con bonos a 50, 60 o aun 100 años. Por ahora Por ahora, gracias a la política de bajas tasas de interés, la carga de los intereses no pesa demasiado en el presupuesto federal, pero eso podría cambiar.
No sólo el Estado central, sino también la mayor parte de los estados federados anuncian grandes agujeros en sus presupuestos: 125 mil millones de dólares para los presupuestos de 2011-2012, mientras en el presupuesto del año en curso superan los 130 mil millones de dólares. Si se aprueban y despliegan estos presupuestos, la tasa de déficit en Nevada para el 2010-2011 alcanzará un 45'2%; en Illinois, un 44'9%; en la pequeña Nueva Jersey, un 37'4%; en la gran Texas, un 31'5%; y en California, un 29'3%. Todos los estados federados juntos registran, de media, un déficit del 20%. A medida que arrecie la crisis inmobiliaria y laboral a escala regional, mayor será el déficit. La crisis económica más dura desde la década de los treinta se ha abierto paso hasta alcanzar dramáticamente los ingresos fiscales, que actualmente se encuentran entre un 12% y un 15% por debajo del nivel anterior a la crisis. Sin la ayuda financiera de la Unión –unos buenos 140 mil millones de dólares desde comienzos de 2009–, que ha cubierto entre un 30% y un 40% del déficit, muchos estados se encontrarían desde hace ya tiempo en la bancarrota. Sin un nuevo endeudamiento federal, sin un flujo monetario desde Washington, el déficit de los estados federados nunca podría haber sido financiado.
Situación de emergencia financiera en California
Pero ahora se ha cerrado la espita monetaria, de modo que ha estallado el puro pánico financiero, y todos los gobernadores de los estados federados se van dejando llevar por la deseperación. Jerry Brown proclamó en enero, en su toma posesión del cargo, la situación de emergencia financiera en California. Así que los reclusos son liberados antes de tiempo; las vacaciones escolares, prolongadas; escuelas y universidades, bibliotecas y museos, cerrados (o privatizados); los salarios, espectacularmente recortados; la oferta de plazas públicas, paralizada; y cientos de miles de funcionarios, enviados a unas vacaciones forzadas o prejubilados. Así se amañaron las cuentas tanto como se pudo y dejaron de pagarse facturas multimillonarias acumuladas durante años, con previsibles consecuencias desastrosas para las economías regionales, que fiadas a la demanda pública del estado. Impuestos y gravámenes se han visto drásticamente incrementados en 30 estados federados. Y habrá que subvenir a ulteriores obligaciones.
Las ciudades, municipios y estados federados norteamericanos están por ahora endeudados por un monto rayano en los tres billones de dólares. Como ya quedó dicho, funcionarán durante algún tiempo todavía gracias a la ayuda financiera federal. En 2011 expiró el programa Build America Bonds, con el cual la Unión asumió un tercio de los intereses. El mercado irrumpirá inmediatamente, porque, a diferencia de Europa, tanto las ciudades como los estados federados están descapitalizados y atraviesan por grandes dificultades a la hora de tratar de colocar nuevas emisiones de bonos (Nueva Jersey acaba de fracasar en la operación). Los intereses, igual que los costes de las permutas de incumplimiento crediticio (credit default swaps) para los bonos municipales, se disparan al alza. Las cosas se pondrán verdaderamente feas, cuando los ciclópeos déficits de los fondos de pensiones entren en el campo visual. Las pérdidas milmillonarias que experimentaron en la crisis financiera estos depósitos de profesores y funcionarios no pueden ser cubiertas por los estados federados, como tanpoco pueden éstos echarse a laas espaldas los costes de la retardada reforma sanitaria. La verdad es que no se adivina en el horizonte de los EEUU el fin de la crisis financiera.
Michael R. Krätke , miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO , es profesor de política económica y derecho fiscal en la Universidad de Ámsterdam, investigador asociado al Instituto Internacional de Historia Social de esa misma ciudad y catedrático de economía política y director del Instituto de Estudios Superiores de la Universidad de Lancaster en el Reino Unido.
Traducción para www.sinpermiso.info : Àngel Ferrero

domingo, 6 de marzo de 2011

El estado robado


06-03-2011

Letonia: entrevista de Pravda a Alfreds Rubiks, presidente del Partido Socialista de Letonia
El estado robado

Pravda

Traducido del ruso por Josafat S. Comín

Alfreds Petrovich Rubiks, famoso dirigente soviético y del partido, nació en 1935. Es ingeniero de profesión. Sirvió en el ejército, trabajó en su especialidad, fue elegido dirigente del Komsomol letón, primer secretario del CC del Partido Comunista de Letonia y miembro del Politburó del CC del PCUS.
En 1991 fue condenado a 8 años de privación de libertad por defender el Poder Soviético en Letonia. Salió en libertad condicional en 1997. desde 1999 es presidente del Partido Socialista de Letonia y diputado del Parlamento Europeo.
El presidente del Partido Socialista de Letonia responde a las preguntas de nuestro periódico.
- En un periodo relativamente corto de tiempo el Partido Socialista de Letonia ha conseguido un éxito significativo. ¿Dónde reside el secreto?
- Me alegro de haber recibido la invitación de “Pravda” para responder a sus preguntas. Enhorabuena por haber mantenido el nombre del periódico de Lenin. El Partido Socialista de Letonia fue fundado con mi activa participación el 15 de enero de 1994, cuando me encontraba en la cárcel de la Letonia burguesa, condenado a 8 años de privación de libertad por haber defendido el Poder Soviético en la república. El Partido Socialista nace de las ruinas del comunista, prohibido en 1991. El PSL sigue siendo un partido marxista (así lo recogen sus estatutos y programa), un partido internacionalista, el partido del pueblo trabajador.
No puedo decir que al PSL le respalde abiertamente mucha gente. La gente tiene miedo: por algo la propaganda del ideario comunista es equiparada con la propaganda del fascismo y está prohibida por ley. Además el veterano líder del partido ha estado varios años en la cárcel por su actividad política. Pero el programa del partido, sus ideas y objetivos son comprendidos y cercanos para la gente. Ese es al parecer nuestro “secreto”.
Pero después de todo, eso sería insuficiente, si el partido no adoptase una táctica acertada, si se cerrase en sí mismo y actuase de forma dogmática, poco creativa. Hace varios años que integramos una coalición de partidos de centro-izquierda, “Centro de la Armonia” (Saskanas Centrs), lo que nos ofrece más posibilidades y nos refuerza. El logro común de la alianza son nuestros éxitos en las campañas electorales. Por ejemplo en las últimas elecciones parlamentarias el “Centro de la Armonía” formado por 5 partidos, obtuvo 29 escaños, de ellos 4 para el PSL, de los 100 que componen el “Saeima” (parlamento). En las elecciones locales en Riga, la alianza logró 26 asientos, 7 de ellos para el PSL, de los 60 escaños. Gracias a ello el candidato por el “Centro de la Armonía”, Nil Ushakov, pudo salir elegido alcalde de la capital.

Da la impresión de que Letonia como miembro de la Unión Europea, cada vez más se está convirtiendo en la periferia de Europa, como ya sucediera en la década de los 30 del siglo pasado. ¿Hasta que punto es acertada esta apreciación?
Por desgracia, no es sólo una impresión, es la realidad. En los casi veinte años de la llamada independencia de Letonia ha pasado de ser una república desarrollada de la Unión Soviética -donde como integrante de la misma ofrecía unos indicadores macro y micro económicos superiores al resto-, a convertirse en un país retrasado de la Unión Europea, donde de acuerdo con todos los indicadores, ocupa uno de los últimos lugares. En el 2009 Letonia se declaró insolvente y hubo que pedir préstamos al FMI y a países de la UE, cuyo monto supera un tercio del producto interior bruto del país. El crédito le fue concedido en condiciones leoninas, que no permiten que sea invertido en el sector real de la economía. Solo se puede hablar de “gastar en comida”, salvar bancos y tapar agujeros presupuestarios.
En el 2012 hay que comenzar a devolver el crédito, pero el gobierno no tiene planes de cómo hacerlo. De momento el país solo es capaz de hacer frente a los intereses, y eso asumiendo grandes privaciones. El volumen del producto interior bruto no deja de descender; siguen sin alcanzarse los niveles de la época soviética en cuanto a desarrollo de la producción industrial y agrícola. La gente se siente decepcionada y sin perspectivas de mejora en el futuro opta por abandonar el país y marchar a trabajar al extranjero. Pronto toca actualizar el censo y deduzco que sus resultados van a ser muy tristes: el número de habitantes de la república puede caer por debajo de los dos millones, frente a los 2,63 que tenía. Como comparación: en los años de la Gran Guerra patria la población de Letonia disminuyó en 400 mil personas. Es una situación muy dura...
Como es sabido en Letonia existe una categoría de población que son los “no ciudadanos”. ¿Cuál es la postura de su partido en esta cuestión?
Además de Letonia los “no ciudadanos” también existen en Estonia y otros países. Sin embargo en un número tan alto -350 mil personas- con respecto a la población total, no se encuentran en ningún sitio.
La postura de nuestro partido no ha variado y viene reflejada en el programa del PSL: la gente que tenía ciudadanía de la URSS y Letonia (como recogían las constituciones de la URSS y de la RSS de Letonia) y que residía en Letonia en el momento de la adopción de la nueva constitución (21 de junio de 1991), deben ser considerados ciudadanos de la República de Letonia, -en caso de que no manifiesten lo contrario-, sin someterse a ningún procedimiento de naturalización.
Los “no ciudadanos” aparecieron en Letonia y Estonia gracias al ex presidente ruso Boris Yeltsin. Incluso los EE.UU. no se apresuraron a reconocer esta propuesta de Letonia. Actualmente esta categoría de población existe con el silencio cómplice y la connivencia de la Unión Europea y de sus comisiones correspondientes; esas que tanto buscan las violaciones de derechos humanos en Rusia, Bielorrusia, Kazajistán, Uzbekistán y demás países, mientras que dentro, en su propia UE, como por ejemplo en Letonia y Estonia, “no los ven”.
La condición de “no ciudadano” vulnera los derechos de las personas, incluidos los políticos. Aparte de no poder ejercer una serie de profesiones, tampoco tienen derecho a participar en las elecciones y referéndums.
-En muchos países de Europa hay desatada una campaña anticomunista. ¿Cómo está la situación en Letonia?
En nuestro país todos estos años la campaña anticomunista y antisoviética se ha mantenido. Como ya he mencionado, con la prohibición del Partido Comunista de Letonia, sus antiguos miembros, los que siguen activos después del 13 de enero de 1991, no tienen derecho a presentar sus candidaturas en ningún proceso electoral. El grupo parlamentario “Centro de la Armonía” en el Saeima, en repetidas ocasiones ha presentado un proyecto de ley para derogar esa prohibición, algo que siempre ha rechazado la mayoría gobernante. En dos ocasiones nos hemos dirigido al Tribunal Constitucional, con la petición de suprimir esa prohibición por considerarla anticonstitucional y contraria al derecho internacional, sin que nuestro requerimiento haya sido tomado en consideración. Cierto que en su última resolución, el tribunal reconoce que la prohibición no puede ser indefinida y recomienda al parlamento retomar esta cuestión en breve.
Precisamente bajo el lema de acabar con todo lo soviético y comunista, es que arruinaron la economía de Letonia (una de las más desarrolladas dentro de la URSS). Se cerraron y saquearon grandes fábricas como la de construcción de maquinaria de Riga, la de construcción de vagones de ferrocarril, la de material eléctrico “VEF”, la de semiconductores “Alfa”, la de electrodomésticos “Radiotécnica”, la de fibras textiles en Daugavpils, y decenas de otras fábricas de la industria ligera, aparte de los koljoses y sovjoses.
Decenas de millonarios de la Letonia actual, no son sino símbolos ambulantes de ese saqueo y “patriótica destrucción”. Karl Marx estaba en lo cierto cuando dijo que el capital original solo puede ser fruto de la expoliación. Letonia es un ejemplo vivo de esto. Los expertos europeos, financieros y economistas ya determinaron hace diez años, que el estado letón había sido robado. Y seguimos existiendo con esa “marca de fábrica”.
Por si fuera poco el gobierno actual aspirar a lavar la cara al fascismo, equiparando el régimen de ocupación de Hitler con el sistema soviético en Letonia. En el libro “Historia de Letonia. Siglo XX”, editado en 2005, y que fuera elogiado por la entonces presidenta Vaira Vike-Freiberga, hay un intento de demostrar que el campo de concentración fascista de extermino en Salaspils (Schtallag 350-S) era una “cárcel ampliada y un campo de reeducación”.
Los antiguos combatientes de las “Waffen SS” celebran sus fiestas con marchas por Riga, reuniones en los bosques -en los que no es raro encontrar a personalidades de la vida política letona, y reciben subvenciones del estado. Hemos llegado incluso a ver como resulta elegido diputado del Saeima un antiguo legionario de las “Waffen SS” y algunos miembros del partido ultranacionalista “Visu Latvijai”, abiertamente antirruso y antisoviético. En Letonia juzgan a un antiguo partisano antifascista como Vasili Makarovich Kónonov. Hay muchos otros factores, que demuestran que sigue en la mesa la carta anticomunista y antirrusa de los juegos políticos y de la formación de la opinión pública.
Fuente: http://gazeta-pravda.ru/content/view/7139/34/

sábado, 5 de marzo de 2011

Los proyectos que ponen la economía al servicio del ser humano no deben ser abandonados al libre mercado


05-03-2011

Los proyectos que ponen la economía al servicio del ser humano no deben ser abandonados al libre mercado



El Comercio Justo se presenta como una alternativa loable al comercio internacional actualmente establecido. El blindaje informativo de las grandes corporaciones, en lo que a su actividad productiva se refiere, comienza a tambalearse ante la evolución de un nuevo modelo más trasparente de hacer las cosas. Respeto al medio ambiente, actividad productiva sin atropellos a los derechos de los trabajadores, información sobre la procedencia de los bienes y remuneración real de los procesos productivos que tratan de evitar un exceso de intermediarios son algunos de los objetivos de esta alternativa.
Sin embargo, no creo que pensar en este modelo como la panacea de desarrollo para los países del Tercer Mundo sea lo más acertado. Sin duda, iniciativas de este tipo facilitan el desarrollo de los sistemas productivos nacionales, ofreciendo oportunidades para los trabajadores de esos países. El principal problema que veo gira en torno al tipo de productos a los que se dirigen estas iniciativas: algodón, café, plátanos, té... Son productos que tienen una gran repercusión e importancia en el mercado internacional actual, por lo que deberíamos cuestionarnos si realmente estas iniciativas terminan con la dependencia externa de esos países. ¿Por qué no orientar este tipo de iniciativas a productos que mejoren el autoabastecimiento de esas mismas comunidades, para no verse obligadas a depender de la importación de bienes extranjeros?
Estas iniciativas les remuneran justamente su trabajo, pero los mercados locales siguen regulados y fuertemente limitados por las reglas internacionales. El modelo productivo que propone el Comercio Justo debería establecer unas bases extensibles al resto de la economía nacional y no limitarse a las relaciones con el exterior. Los mayores avances que se están consiguiendo tienen que ver con los derechos de los trabajadores, sobre todo porque algunos gobiernos están percibiendo los beneficios sociales y económicos que suponen estas alternativas en pro de una mayor estabilidad.
El modelo económico y comercial actual obliga a los países del Tercer Mundo a competir entre sí para atraer los capitales extranjeros. Esta situación deriva en una devaluación de los estándares sociales en los países en desarrollo y produce que la situación de la población sea peor que la de hace 50 años. Si los modelos del Comercio Justo adquieren fuerza, aunque sea gracias a exenciones fiscales e imposición de parámetros y requisitos, los gobiernos se verán obligados a reformar su legislación para obtener participar de los beneficios. Pero las iniciativas privadas de asociaciones y ONG deben ir acompañadas de acciones gubernamentales que faciliten los cambios.
La Tasa Tobin, una medida propuesta por el economista James Tobin, en 1971, para imponer tasas a las transacciones financieras supondría un gran ataque al liberalismo y a la libertad de movimiento de capitales, pero pondría freno a un sistema que cada vez se acelera más hacia la debacle. Medidas como esta, unidas a las iniciativas comerciales comentadas, dejarían de compensar más al capital que a la mano de obra, que ahora es considerada como una materia prima más del proceso productivo. Este concepto quizá sea difícil de comprender, pero las cooperativas formadas en torno al Comercio Justo quizá respondan mejor a esta cuestión. En este modelo productivo la plusvalía no es arrebatada por unos pocos, sino que los beneficios repercuten en los propios trabajadores. Por tanto, los trabajadores son dueños de su propia producción, del mismo modo que cargan con los costes medioambientales, sociales, materiales, etc. del proceso. Actualmente no es así, ya que las grandes empresas, sobre todo multinacionales, externalizan los costes para tratar de ganar el máximo dinero posible en el proceso de llegada al consumidor. Externalizan el coste medioambiental contaminando otros países, el coste humano aprovechándose de la devaluación de los estándares sociales ya comentados, los de recursos alimentando guerras o regímenes autoritarios y haciendo presión (a través de lobbys) para que los gobiernos occidentales favorezcan sus intereses a través de políticas determinadas...
La expansión del modelo cooperativista nos permitiría cambiar la situación económica actual, donde se socializan los costes y se individualizan los beneficios, avanzando hacia otra en la que ambos campos participasen de la equidad y la justicia de reparto. Pienso que la clave está en hacer democratizar la economía. El Estado, que representa a la ciudadanía, debería jugar un papel clave en los sistemas de control. El libre mercado, con sus numerosos fracasos y atropellos, ha puesto de manifiesto que las decisiones individuales no pueden crear un modelo de desarrollo equitativo. Es cierto que existen foros en los que, empresas y gobiernos, discuten los modelos económicos de crecimiento y desarrollo (el Diálogo Empresaria de Ginebra, el Diálogo Empresarial Trasatlántico, el foro económico anual de Davos, etc.), pero en ellas no suelen estar presentes las voces alternativas que provienen de movimientos como el Foro Social Mundial, cuyos planteamientos podrían hacer temblar el sistema. Afortunadamente, el apoyo de la opinión pública a estos grupos está permitiendo que adquieran, poco a poco, cada vez más fuerza.
El consumidor es otro de los elementos básicos del modelo económico y productivo. Actualmente, el modelo de consumo encierra a las personas en un bucle circular: el sistema crea necesidades que deben ser satisfechas, lo cual les obliga a trabajar cada vez más. El bucle se sustenta en la idea preconcebida de que, cuanto más se tiene, mejor. Esta situación lleva al consumidor a buscar lo bueno, bonito y barato, lo cual alimenta el sistema injusto actualmente establecido. Las cosas no cambiarán si el consumidor no demanda un nuevo tipo de sistema, ya que el tipo de consumo determina el proceso productivo. Si el consumidor quiere cosas buenas, bonitas y baratas, las empresas buscarán ofrecerles eso. Si por el contrario reclaman justicia y equidad, las empresas deberán adaptarse a ese tipo de demandas si quieren sobrevivir en el mercado. La conciencia colectiva debe comenzar en cada consumidor. Por otro lado, la política de sellos acreditativos creo que puede ser un buen comienzo hacia el reconocimiento de las buenas prácticas, pero debe tender a desaparecer. Estamos acostumbrados a enaltecer las buenas obras de manera desmesurada, cuando creo que lo realmente útil sería sancionar de manera ejemplar las malas prácticas. El problema es que estas medidas requieren de políticas intervencionistas, por parte del Estado (de la sociedad, en definitiva), que chocan directamente con la libertad de mercado actual. Todos los procesos productivos deberían llegar a una situación en el que el sello sirviera para todo lo contrario, para identificar las malas prácticas.
En definitiva, podemos decir que las iniciativas de Comercio Justo no pueden desarrollar solas un nuevo modelo económico más justo y equilibrado. El mayor peligro de los grandes proyectos alternativos radica en su abandono al contexto dominante. Muchas ONG permiten (queriendo o no) esta política, pues una vez terminado el proceso creación de las cooperativas dejan que ellas mismas penetren en el juego económico global. Es necesario un seguimiento para asegurar su eficacia. La alternativa cambia de forma pero la búsqueda de mayores beneficios, lo cual no se les puede negar, les lleva a hacer negocios con las grandes multinacionales. Los productores mejoran su situación económica y las multinacionales se benefician de los valores y la imagen implícitos. De todas formas, creo que los próximos años serán clave para comprobar si la Responsabilidad Social Corporativa de las multinacionales, que debería ser obligatoria y no una elección, sigue la misma dinámica o verdaderamente se implica por el cambio. El mundo se ha convertido en un gran negocio, en el que las personas se han convertido en un producto más. El curso de las cosas debe cambiar para que la economía sirva al desarrollo humano, dejando atrás este sistema en el que las personas sirven a la economía.

viernes, 4 de marzo de 2011

"Tanto Marx como el marxismo han tenido una gran influencia, intelectual y social, fuera del ámbito de los partidos marxistas, socialistas y comunistas"


04-03-2011

Entrevista a Eric Hobsbawm sobre Marx, la crisis del capitalismo y su libro más reciente
"Tanto Marx como el marxismo han tenido una gran influencia, intelectual y social, fuera del ámbito de los partidos marxistas, socialistas y comunistas"

Espai Marx


El nuevo libro de Eric Hobsbawm ha despertado un revuelo entre quienes seguimos su obr, fácilmente explicable dada la calidad de cada uno de sus libros y la provocación que produce entre especialistas y público en general.
Y esta expectativa es aun mayor dado que el tema de How to Change the World. Tales of Marx and Marxism es, como el título lo da a entender, Karl Marx. Pero no se trata de una biografía, sino de una relectura con sabor a reivindicación de quien influyó no solo en Hobsbawm, sino en la brillante generación de «historiadores marxistas británicos» a la que perteneció, y que incluyó, por ejemplo, a E.P. Thomspon, Maurice Dobb, Rodney Hilton y Cristopher Hill.
A propósito de la aparición de How to Change the World, Hobsbawm ha concedido algunas entrevistas. La que ha aparecido hoy en The New Statesman es particularmente interesante, porque el entrevistador apunta hacia un ajuste de cuentas con el marxismo, una indagación sobre si es importante o no seguir leyendo a Marx.
Aquí va la entrevista  traducida.
¿Por qué decidió volver a Karl Marx en su nuevo libro, How to Change the World ?
El libro no trata solo acerca de la relevancia de Marx en el mundo actual, aun cuando es uno de los temas que se discute ahí. Lo que trato de señalar es que tanto Marx como el marxismo han tenido una gran influencia, intelectual y social, fuera del ámbito de los partidos marxistas, socialistas y comunistas.
Usted sugiere que Marx hizo un regreso decisivo a la escena pública con la crisis financiera global. ¿Significa eso una reivindicación a su obra?
Creo que ha sido ampliamente considerado como una reivindicación a la obra de Marx. La teoría económica oficial había virtualmente negado la posibilidad de una crisis, mientras que el marxismo insistía, junto con las teorías económicas anteriores a las de Chicago, que el capitalismo funciona en una discontinuidad, la cual, de cuando en cuando, genera crisis mayores. Pocas personas predijeron una crisis financiera. Pero cuando el problema se hizo evidente, algunos del sector financiero comenzaron a redescubrir a Marx. Paradójicamente, mucho antes que la izquierda lo hiciera.
Sin embargo, ¿cuán importante es la capacidad de predicción de la obra de Marx? Después de todo, la clase trabajadora aun no ha derribado al capitalismo.
La capacidad de predicción es un asunto engañoso, porque el futuro no es predecible. El análisis de Marx sobre cómo funciona el sistema capitalista no es una predicción específica y tampoco implica una predicción de este tipo. Por ejemplo, no implicó ninguna revolución en ningún país en particular ni un tipo de revolución en particular.
El mismo Marx era relativamente abierto. Lo que es evidente es que el análisis sobre cómo funciona el capitalismo implica problemas que la clase trabajadora debe enfrentar. Y de cómo los enfrente depende cada situación específica. Por otro lado, Marx creía que la clase trabajadora derribaría al capitalismo. Y en esto probó estar equivocado.
¿Existe también un aspecto moral en la obra de Marx, es decir, alguna crítica a la injusticia del capitalismo?
Sí la hay. El hecho es que Marx no quiso basar su crítica al capitalismo sobre la base de la condena moral, pero que él y prácticamente cualquiera en la izquierda estaban moralmente indignados está fuera de toda duda. Hay que leer no solo el Manifiesto Comunista sino también El Capital para captar esta indignación, la cual ayudó a hacer del marxismo un movimiento políticamente más efectivo en un momento en el que los partidos de trabajadores comenzaban a emerger.
El Partido Laborista Británico está dirigidio por un hombre cuyo padre pensaba que era el principal obstáculo para un cambio socialista. ¿Usted comparte esta opinión?
Mi opinión personal es que Ralph Miliband fue, en cierto modo, excesivamente izquierdista. Por mucho tiempo él minimizó al Partido Laborista, aun cuando estuvo cerca al mismo durante el periodo Benn. En los años ochenta, yo mismo estaba discutiendo con él, diciendo que la única forma de impulsar la izquierda británica era a través del Partido Laborista: no había otra forma. Pero eso no significaba que solo el Partido Laborista tuviese que hacerlo.
Creo que sus hijos conservan un poco de esa tradición de la izquierda en que la familia fue criada. Al menos Ed lo demuestra. Sin embargo, mantengo mis dudas sobre si él suscribiría lo que su padre escribió en Parliamentay Socialism (1961), que fue, en su momento, una suerte de texto canónico para la izquierda.
¿Cómo afectó el colapso de la Unión Soviética a la reputación de Marx?
Marx, según creo yo, fue rescatado del colapso de la Unión Soviética, pero no ocurrió lo mismo con el marxismo, porque la URSS fue un estado marxista solo en cierto modo. Es evidente que, por algún tiempo, la mayoría de la gente interesada en Marx y el marxismo fueron críticos con la URSS y la percibieron como un desvío del sendero original.
Por otro lado, debe recordar que el marxismo, como fenómeno político e intelectual, depende de la atmósfera política. Y todos los socialistas fueron afectados de una u otra forma por la caída de la URSS, simplemente porque el ejemplo de haberse considerado parte del mundo tenido como socialista los inspiró así como ha inspirado a muchos en el siglo XX. No fue sino hasta el inicio de este siglo que el interés en el marxismo ha revivido de nuevo. rEV
Fuente: http://www.espai-marx.net/ca?id=6220
rEV

La lucha de clases no ha muerto…


04-03-2011

La lucha de clases no ha muerto…
¡Y los pueblos árabes se están encargando de recordárnoslo!



No se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clase, sino de abolir las clases; no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva.”
Carlos Marx, Mensaje a la Liga de los Comunistas, 1850
Por muchos motivos el siglo XX ha sido, seguramente, el más movido, prolífico y controversial de la historia. Marcó de forma indeleble el curso general de los acontecimientos de la humanidad con una fuerza imperecedera: para bien o para mal nos hizo asistir al surgimiento de incontables procesos nuevos, tales como la revolución científica-técnica imparable aplicada al mejoramiento de la vida cotidiana, las primeras experiencias socialistas, la universalización de la economía y la cultura (hoy día bautizada como “globalización”), guerras con aplicación de las fuerzas más destructivas que se pudieran concebir, inicio de la conquista espacial, inicio de la liberación femenina, aparición del síndrome de inmunodeficiencia adquirida, sociedades masificadas y apoyadas con fuerza creciente en los medios de comunicación, poderes hegemónicos de escala planetaria. Todo esto fue nuevo en la historia y el siglo pasado es su punto de arranque, punto de inflexión del que probablemente no se retrocederá más.
Cada uno de estos distintos aspectos representa, en sí y por sí mismo, un mundo aparte; cada uno ha corrido suertes diversas, con perspectivas futuras muy disímiles entre sí. De entre todos ellos nos interesa ahora particularizar lo correspondiente al discurso contestatario que trajo el socialismo y la suerte que el mismo tuvo durante todo el siglo.
Al hablar de la historia del socialismo, es decir, de la esperanza genuina en un nuevo mundo de justicia, nos referimos no tanto a su génesis y primeros tanteos en el siglo XIX como cosmovisión como a lo que, ya como propuesta madura, significó en las expectativas que fue abriendo. Sin dudas –nadie podría negar esto– movió a lo mejor de la humanidad, en todo sentido: a aquellos más nobles, abnegados y honestos que vieron en su aparición como teoría y en la primera revolución –la rusa de 1917– el inicio de un paraíso posible, el fin de las injusticias, la puerta de entrada a “la patria de la humanidad”. Movió, igualmente, lo mejor que cada uno de los seres humanos podemos tener: el espíritu de solidaridad, la fraternidad, la generosidad auténtica y desinteresada.
Muchas cosas han marcado el siglo XX, por supuesto; pero el inicio de las experiencias socialistas está entre aquellas que más reacciones produjeron, tanto de aceptación como de rechazo. Lo que allí estaba en juego era mucho más grande que lo que podía abrir cualquier descubrimiento científico o tendencia artística. La profundidad de la transformación anhelada produjo pasiones igualmente intensas. Nadie pudo quedarse impasible ante la magnitud de su propuesta.
En cierta forma podría decirse que todo el siglo se vio atravesado por este fenómeno: las primeras luchas sindicales con vistas a socializar la propiedad, el triunfo de las primeras revoluciones socialistas, la reacción del mundo capitalista ante su aparición, la construcción que se empezó a dar en los países que comenzaron a transitar esos caminos, la guerra fría entre los bloques antagónicos que fueron delineándose y el posterior triunfo del capitalismo sobre su modelo opositor hacia finales del siglo, nada de esto dejó de conmover hondamente a cualquier habitante del planeta. Durante los largos años que duró esta pugna entre bloques, entre cosmovisiones, las ideas generadas por el socialismo empezaron a ser moneda corriente en la cultura popular. Nadie se asombraba por hablar de “explotación”, y tampoco eran crípticos términos de cenáculo para iniciados la “lucha de clases”, el “reparto de la riqueza”, la “toma del poder”, el “imperialismo”.
Hoy día, inicios del siglo XXI, habiendo corrido mucha agua bajo el puente y caídas esas primeras esperanzas, sin modelos alternativos a la vista que sirvan de contrapeso a la hegemonía agobiante del neoliberalismo y de la unipolaridad militar de los Estados Unidos, todo aquel discurso de apenas unas décadas atrás parece haberse esfumado. Pero, en sustancia, nada de lo que esas palabras significaban ha cambiado: sigue la lucha de clases, continúa el desigual reparto de la riqueza, el poder continúa en poquísimas manos, el imperialismo se ha acrecentado.
¿Por qué salieron de escena todos estos términos? ¿Acaso “pasaron de moda”?
En realidad cambió la agenda política, cambiaron los escenarios, pero no hubo cambios reales en las estructuras. Aunque sea casi una mala palabra y nadie la use hoy, ¿no hay más imperialismo? La historia la escriben los que ganan, por lo que en la actualidad, habiéndose impuesto el mercado como deidad absoluta, todo lo que vaya en su contra es blasfemo. De ahí que no se nombre todo lo anterior, que sean anatemas. Hablar de lucha de clases o imperialismo es hoy anacrónico…
¡Pero no tanto! Es cierto que la historia la escriben los ganadores, ¡pero hay otra historia! Aunque la fuerza arrolladora con que se presenta el triunfo del gran capital pueda tenernos abrumados –manejo mediático mediante–, las realidades que están tras esos términos, hoy “blasfemos”, no han desaparecido. Seguramente por la misma imposición que esa victoria del gran capital trajo, le hemos tomado miedo a ese discurso contestatario y nos atemoriza que nos vean como nostálgicos de tiempos idos. Plegarse a los poderes dominantes, por supuesto, es más fácil que ir en su contra. El aturdimiento que produjo la caída del Muro de Berlín, vendido luego en pedacitos como souvenir turístico, aún nos tiene desconcertados y pareciera que nos hizo ir olvidando la sana irreverencia y la cuota de rebeldía que alentó pasadas luchas décadas atrás. Pero eso no está muerto.
El mundo post Guerra Fría dio como resultado fenómenos bastante patéticos: por un lado, cuotas de explotación inmisericordes que recuerdan el capitalismo decimonónico, sin leyes sociales de protección a los trabajadores ni regulaciones estatales. La precarización laboral de estos últimos años (léase: la explotación más descarnada) volvió a mostrar la verdadera cara del sistema económico-social en que nos movemos. Junto a ello, como otra de las consecuencias de esa caída (que fue la caída no sólo de un muro sino de las esperanzas que allí se jugaban) se nos presenta el intento de vaciamiento del discurso y la práctica transformadora, revolucionaria. La protesta se aguó, se degradó y el sistema –sabiamente– pudo ir criminalizándola. Sin temor a equivocarnos podríamos decir que el discurso dominante nos hizo pasar de la lucha de clases a la criminalización de las relaciones sociales como motor de la historia. De Marx (abolición de la propiedad privada de los medios de producción y de la sociedad de clases basada en ella) fuimos pasando a Marc’s (métodos alternativos de resolución de conflictos).
Menudo cambio, sin duda. Las luchas de clases salieron de escena. Pero entiéndase bien: dejaron de ser tema de debate, objeto de discusión académica, referente en el discurso político…. aunque ahí siguen estando. La “preocupación” que nos fue creando el omnímodo discurso dominante puso otros temas como “principales”. Además de la apología del dios-mercado, se entronizó la democracia representativa como modo superior de gobierno y los problemas sociales quedaron resumidos en dos cosas: la mala práctica de gobierno (la “culpa” la tienen los políticos) o el crimen desbocado, que en estos últimos años pareciera haberse ido transformando en un nuevo demonio omniabarcativo.
En otros términos: de la lucha de clases a la delincuencia como factor de explosividad de las sociedades. La cotidianeidad de estos últimos tiempos, cada vez más plagada de hechos corruptos (hoy día ya no es noticia que “caiga” algún funcionario por algún hecho de corrupción) y delincuencia de todos los calibres (ciudades cada vez más inseguras, narcoactividad, pandillas juveniles y un largo etcétera), no deja ver la explotación económica, la lucha de clases, el fenomenal descontento que anida en todas las sociedades. En definitiva: la injustica más rampante, que se nos ha hecho ya “natural”, dejó de ser el tema principal. Para tapar eso, para maquillarlo convenientemente, el sistema ha ido encontrando formas cada vez más sutiles y efectivas de control: fundamentalismos religiosos de toda laya, masificación global y saturadora del show deportivo, fundamentalmente del fútbol (se habló de hacer el Campeonato Mundial cada dos años incluso), bombardeo inmisericorde de los medios de comunicación aliados con el  sistema (guerra de cuarta generación llaman a eso los estrategas del Pentágono). Es decir: el descontento social producto de la explotación, de las injusticias de base que siguen existiendo, se fue manejando, controlando, moldeando. Y así se pusieron como temas principales de cualquier discusión cotidiana la violencia callejera…. o el fútbol. Pero la lucha de clases, aunque “pasadas de moda”, ahí siguen estando.
Con la llegada del socialismo del siglo XXI en la República Bolivariana de Venezuela hace algunos años se desempolvaron viejos conceptos que parecían ya olvidados, patrimonio de “dinosaurios como los cubanos”. El ideario sepultado bajo los escombros del Muro de Berlín tímidamente volvió a salir a luz. Quizá esperamos mucho –justificadamente sin dudas– de ese proceso en el país caribeño. Hoy día no sabemos bien para dónde se dirigirá la experiencia venezolana, si mira realmente hacia un horizonte socialista (del siglo que sea) o si la “conciliación de clases” termina imponiéndose. Lo que sí, sin dudas, levantó esperanzas que habían quedado adormecidas estos años; el “socialismo” dejó de ser mala palabra. Y cuando nadie se lo esperaba (al menos en el mundo occidental) allí golpea a la puerta de la historia el renacer de los pueblos árabes con este huracán de protestas que está sucediendo.
Tomando palabras de José Steinsleger al referirse a los sucesos de Egipto, válidas para todo el proceso que se da hoy en buena parte del mundo árabe: “¿Hay [allí] una situación prerrevolucionaria? Los anarquistas se oponen a la solución autoritaria; los socialistas celebran el aliento democrático de la sublevación; los comunistas piensan en si las condiciones están dadas; los trotskistas agitan el programa; los nacionalistas evocan la dignidad de otras épocas; los liberales y conservadores revisan las páginas de “El gatopardo”, y los religiosos sueñan con el renacer del Islam”. ¿De qué se trata en realidad todo este volcán? Las lecturas pueden ser múltiples, antitéticas incluso, y todavía no puede vaticinarse para dónde se disparará el proceso. Pero definitivamente algo se mueve. Se mueve… ¡Y mucho! Todo lo cual evidencia que los problemas del mundo, los problemas básicos que produce este disparate de civilización en el que vivimos donde importa más una máquina que una vida humana, todo eso tiene como fundamento aquello que el viejo Marx denunciaba con vehemencia 150 años atrás.
En realidad no se trata de “vaticinar” qué pasará con esta ola de protestas que ponen en marcha los pueblos árabes; se trata de apoyarlas como momento importante, privilegiado quizá, en la historia. Apoyar, y si se ve que ello es un paso para la transformación social hacia mayores cuotas de justicia, tomarlo como propio, aunque no se pertenezca concretamente al mundo árabe. En todo caso, esa puede ser una batalla más de una lucha mucho más general, más universal, no sólo de los árabes por supuesto. En ese caso: todos somos árabes, todos estamos en la Plaza Tahrir de El Cairo, todos nos hacemos parte de ese volcán que ha despertado.
Pero además vale la pena tomar esta marea que se inició en el mundo árabe como un recordatorio de que, más allá del fenomenal manejo mediático de distracción que nos confronta con otros problemas, importantes sin duda pero menores en definitiva (la delincuencia cotidiana, las cuotas de corrupción, el “mal gobierno”), la lucha de clases no ha muerto.

jueves, 3 de marzo de 2011

François Babeuf, el primer comunista


03-03-2011

François Babeuf, el primer comunista

Mundo Obrero

El origen contemporáneo del término comunismo fue acuñado por sus primeros seguidores

A finales del pasado mes de noviembre se cumplían 250 años del nacimiento de François Babeuf, el primer comunista de la era moderna. Este mítico revolucionario francés participó en algunas de las más memorables jornadas de la revolución francesa. Nadie recordó su figura, paso inadvertido. Mitos y falsificaciones oscurecen su legado y significado histórico.

Su obstinación por la igualdad, el alcance universal de su pensamiento y de la acción revolucionaria de François Babeuf, impiden que su legado sea apropiado por nadie. El espíritu de Babeuf no está en los salones y ni en las estatuas. Fue el primer comunista, por su enorme sencillez y cercanía con los más desfavorecidos, por su dedicación incondicional a la emancipación de ser humano.

Su padre, Claude Babeuf, desertó del ejército francés en 1738. Amnistiado en 1755, pudo volver a Francia, pero pronto se hundió en pobreza, y tuvo que trabajar como trabajador ocasional para ganar una miseria para su esposa y familia. Nacido en 1760 en Saint-Quentin, las dificultades familiares soportadas por Babeuf durante sus primeros años contribuyeron al desarrollo de sus ideas políticas.

Su padre le dio una educación básica, pero hasta el estallido de la revolución, él trabajó como criado doméstico, y a partir del 1785 trabajó en la oficina del comisionado de tierras, en concreto ocupó un puesto como archivero feudalista de Vermandois, donde se encargaba de la desagradable tarea de asistir a nobles y sacerdotes en la declaración de sus derechos feudales sobre los campesinos. Por su posición, se sintió cerca de los campesinos hambrientos del mundo y se volvió muy crítico con la propiedad privada de la tierra. Francois Babeuf fue muy temprano inspirado por los textos de Jean-Jacques Rousseau y desarrolló una teoría en favor de la igualdad y colectivización de las tierras.

A partir de julio de 1789 se instala en París donde ejerce como periodista durante la revolución francesa de 1789. Publica su primer trabajo: Perpetuel de Cadastre. Ese mismo año publicó un folleto contra las ayudas feudales, por el que fue denunciado y arrestado. En octubre, en su vuelta a Roye, fundó Le Correspondant picard, que por su orientación radical le costó otra detención. En noviembre lo eligieron miembro del municipio de Roye, pero fue expulsado del cargo.

Por su actividad como agitador vuelve a ser detenido en varias ocasiones. Es encarcelado el 19 de mayo de 1790 y liberado en julio, gracias a su amigo Jean-Paul Marat. Es nuevamente encarcelado del 14 de noviembre de 1793 al 18 de julio de 1794. A partir del 3 de septiembre de 1794, Francois Babeuf publica el Journal de la Liberté, que se convierte el 5 de octubre en Le Tribun du Peuple, que alcanza gran difusión. Encarcelado de nuevo el 7 de febrero de 1795 y liberado el 18 de octubre de 1795, relanza rápidamente la publicación de Le Tribun du Peuple.

Desde su periódico Le Tribun du Peuple, donde firmaba con el seudónimo de Graco Babeuf como tributo a la república romana más radical que tanto admiró, se opone a los impuestos indirectos y al sufragio censitario. Es amigo de Jean Paul Marat (otro gran revolucionario), corta radicalmente con el catolicismo. Está obligado huir y pasar a la clandestinidad ante la represión cada vez más fuerte.


La Conspiración de los Iguales

Las nefastas e impopulares medidas que impulso el Directorio para ocuparse de la crisis económica dieron a Babeuf su importancia histórica. El nuevo gobierno quiso suprimir el sistema por el cual París era alimentada a expensas de toda la Francia, y se anunció el cese de la distribución del pan y de la carne en los precios nominales, que era fijos, para el 20 de febrero de 1796.

Este aviso causó consternación entre los trabajadores y la gran masa de proletarios que se habían instalado en París. El gobierno se rindió ante la protesta, pero la alarma y el descontento alimentó una revuelta popular que no hizo sino propagarse y aumentar a partir de ese momento.

Con el desarrollo de la crisis económica, sin embargo, la influencia de Francois Babeuf aumentó. La miseria universal hizo que los ataques de Babeuf contra el orden existente ganaran gran audiencia. Así consiguió reunir una activo grupo de seguidores conocidos como Égaux del DES de Societé, grupo que pronto se combino con un sector del Club Jacobino, y otros colectivos minoritarios en lo que fue el germen del Club del Panteón.

Babeuf desarrolla su labor política y revolucionaria en el Club del Panteón, cerrado por el jefe del ejército interior, Napoleón Bonaparte. Sin medios legales, creó un comité de insurrección secreto y lanzó una campaña de propaganda destinada a agitar el descontento de las clases populares por la situación económica. No obstante, la campaña no caló mucho entre las masas, pues sus miembros más activos (los sans-culottes) seguían apegados a la defensa de la pequeña propiedad y eran poco propensos a los ideales comunistas.

Babeuf es detenido, pero tras salir de la prisión encabezó, junto con Darthé, Maréchal, Buonarrotti y otros, el movimiento de “La Conspiración de los Iguales”, que propugnaba la democracia radical y la abolición de la propiedad privada, pues veía en ella la verdadera fuente de toda la injusticia y de toda desigualdad social.
La Conspiración de los Iguales pretendía derrocar al Directorio y poner en vigor la Constitución de 1793 (texto democrático que nunca había sido aplicado). Los dirigentes de la conspiración habían fijado el levantamiento armado para el 11 de mayo de 1796, en combinación con sectores radicales de los jacobinos y otros grupos. Pero el Directorio pensó que ya era hora de reaccionar, después de conocer a través de sus agentes infiltrados, la evidencia completa de la insurrección.

El 10 de mayo Babeuf, que había tomado el alias de Tissot, fue arrestado; al poco fueron cayendo el resto de los miembros de la conspiración. Entre ellos estaban Augustin Alexandre Darthé y Philippe Buonarrotti, y los ex miembros de la Convención Nacional, Roberto Lindet, Jean-Pierre-André Amar, Orujo-Guillaume Alexis Vadier y Jean-Baptiste Drouet.

El gobierno presentó a Babeuf como el líder de la conspiración. El 26 de mayo de 1797, Babeuf y Darthé fueron condenados a la muerte; otros presos, incluyendo a Buonarrotti, fueron deportados; ex miembros de la Convención, como Vadier, fueron absueltos. Drouet se escapó de la prisión. Babeuf y Darthé fueron guillotinados en Vendôme el 8 de agosto de 1797.

Yendo finalmente a morir, pronunció una vez más sus palabras mas conocidas: ¡Pueblo! ¡despiértate en la esperanza! Valían para ayer y valen para hoy mismo. Además de héroe, y muy a su pesar, Babeuf fue profeta. Y será para siempre, el comunista por excelencia, el primer comunista.


El legado revolucionario y teórico de François Babeuf

Defensor de la abolición de la propiedad privada y de la herencia, así como de la colectivización de la tierra, se le señala como uno de los primeros teóricos del comunismo y el pensamiento libertario. Es considerado el precursor de Marx y Engels. Según Rosa Luxemburg, que admiraba a Babeuf, fue “el primer precursor de los sublevamientos revolucionarios del proletariado”.

Decía Babeuf: “La naturaleza nos ha dotado de un derecho igual para el disfrute de todos los bienes, el fin de la sociedad es defender esa igualdad atacada frecuentemente por el fuerte y el malo, y así aumentar de forma colectiva los disfrutes comunes”. En este breve pensamiento de François Babeuf se constata su sentido comunista, su deseo de terminar con la injusticia y la desigualdad que acarrea la propiedad privada, y sustituirla por un sistema más equitativo, igualitario y comunitarista.

El principal legado de François Babeuf es el descubrimiento del mecanismo de la explotación y que esta es el resultado de la propiedad privada, y también, de una manera muy intuitiva, la teoría de la lucha de clases. Los discípulos de Babeuf, sus seguidores y defensores, se apoyaban en la actuación de este importante revolucionario francés, el principal dirigente de la Conspiración de los Iguales.

Babeuf fue unos de los primeros en predicar la redistribución de la riqueza y más importante, en proponer la lucha de clases y de promulgar la dictadura del proletariado. En el Manifiesto de los Iguales, escrito por otro de los miembros de la conspiración, Synvain Marechal, Babeuf predijo que la Revolución Francesa había sido una precursora de otra gran revolución por venir que sería mucho más grande y solemne, y que sería la última revolución, una revolución mundial.

Las palabras “babouvisme” y “babouviste” se utilizaron frecuentemente en Francia, sobre todo después de 1830. También se empezó a emplear la palabra “communisme” y “communiste” para referirse a los seguidores de Babeuf, siendo estas empleadas para designar a la extrema izquierda del movimiento radical democrático. Es significativo que la palabra “prolétarien” se encontrase ligada en esta época con la tradición babouvista.

Los partidarios de François Babeuf eran confundidos, a veces, con los socialistas (partidarios tanto de las ideas de Saint-Simón como, por otro lado, de las concepciones de Fourier). En la época contemporánea, el término comunismo aparece, por lo general, asociado con el de socialismo. Sin embargo, hasta mucho después de 1830, se mantuvo una distinción. Mientras que sansimonianos, fourieristas y owenianos constituían grupos organizados, el babouvisme era una tendencia más bien que una secta, y sus exponentes más importantes se hallaban entre los miembros de sociedades y los grupos democráticos y revolucionarios que públicamente no hacían profesión pública de él, como una doctrina, sino que lo consideraban más bien como una expresión importante de la izquierda jacobina, como un primer intento de llevar la revolución de 1789 hasta su última conclusión lógica.


El origen contemporáneo del término comunismo

El término “communisme” y “communiste” comenzó a emplearse más extensamente en Francia con posterioridad a la Revolución de 1830, en relación con las sociedades revolucionarias de carácter clandestino que actuaban en París. Su aparición fue casi simultánea a la del término socialista, que fue utilizado por primera vez en 1834 por Pierre Leroux en Francia y por los discípulos de Robert Owen en Gran Bretaña, mientras que comunista empezó a utilizarse más extensamente en Francia a partir de 1839 por algunos grupos revolucionarios clandestinos seguidores de François Babeuf. El término comunismo también se hizo de uso corriente a partir de 1840 para designar a las teorías de Etienne Cabet (1788-1856).

En Gran Bretaña empezó a usarse en 1840, importada de Francia por el oweniano John Goodwyn Barmby (1820-1881), en sus Cartas de París. Él y su mujer Catherine Barmby (fallecida en 1854) fueron influyentes partidarios de Robert Owen a finales de la década de 1830 y principios de 1840 antes de pasar a la corriente radical y tenían reputación de acérrimos feministas y revolucionarios.

John Barmby acuño la palabra comunista en el idioma inglés como traducción del término francés communiste durante una visita que realizó a París en 1840 tras mantener un encuentro con ésos que él mismo describió como los “discípulos de Babeuf”. Él fue quien presentó a Friedrich Engels al movimiento communiste francés. John Goodwyn Barmby fundo la London Communist Propaganda Society en 1841 y, el mismo año, la Universal Communitarian Association, así como el Communist Chronicle, un periódico mensual luego publicado por Thomas Frost.

En Francia, el uso temprano del término “communisme” y “communiste” tuvo dos acepciones: a) la idea de commune (unidad básica de la comunidad y del gobierno autónomo), que apuntaba a una forma de organización social constituida por una federación de comunas libres; b) la idea de communauté (tener cosas en común o de propiedad común), siendo este el sentido más aceptado por Cabet y sus partidarios.

A diferencia de la palabra socialismo, el término comunismo tenía un sentido más militante. Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) prefirieron hablar de comunismo, porque estaba más ligado a la idea de lucha revolucionaria y porque se relacionaba con la noción de propiedad y goces comunes. Según Friedrich Engels, el término estaba asociado con la lucha de clases y con la concepción materialista de la historia. Por esto, la difusión mundial que después ha experimentado el término comunismo debe atribuirse a su adopción por los principales clásicos del marxismo y al extraordinario impacto internacional de la revolución ruso-soviética de octubre de 1917.

*David Arrabalí es miembro del Consejo de Redacción de la revista Mundo Obrero y magister en Materialismo Histórico y Teoría Crítica por la Universidad Complutense de Madrid (UCM).