lunes, 14 de marzo de 2011

La "manzana prohibida" del comunismo

14-03-2011
Sobre el Sistema Presupuestario de Financiamiento hoy
La "manzana prohibida" del comunismo



Las alternativas en el centro de la escena
Luego de 30 años de reinado económico neoliberal y hegemonía cultural del posmodernismo, en medio de una nueva crisis del capitalismo mundial (estructural y sistémica, en la cual confluyen múltiples crisis al mismo tiempo), retorna la discusión sobre las alternativas.
¿Cómo salir de la crisis y comenzar a transitar hacia otro tipo de sociedad radicalmente distinta? ¿Será con la bandera roja pero sumisamente guiados de la mano por John Maynard Keynes? ¿Quizás intentando volver, con no poca nostalgia y revival, hacia los capitalismos periféricos, “nacionales y populares”, de la posguerra? ¿Tal vez con la ilusión siempre incumplida de un capitalismo “con rostro humano” adornado con una imposible “tercera vía”? ¿O deberemos resignarnos a un “socialismo mercantil”, con gigantescos pulpos internacionales que explotan mano de obra barata y disciplinada, empresas completamente autárquicas y cooperativas autogestionadas compitiendo entre sí por la distribución de la renta?
Sea cual fuera la salida, posible y deseable, lo que está claro es que actualmente esa búsqueda se ubica a la orden del día. Encontrar en forma imperiosa una alternativa ha dejado de ser un sueño “utópico” (simpático y encomiable, quejoso del neoliberalismo, pero políticamente inviable) para convertirse en una urgencia de supervivencia planetaria en el caso de que no nos abandonemos al reino de la barbarie ni a un futuro sombrío que se parece mucho más a las novelas antiutópicas más pesimistas (Un mundo feliz, 1984 o Fahrenheit 451 ) que a los finales felices y edulcorados de las películas románticas de Hollywood.
Si los Foros Sociales Mundiales abrieron este milenio con la consigna “otro mundo es posible”, quedó irresuelta la interrogación: ¿cuál es o debería ser ese otro mundo posible? En medio del desconcierto y la confusión generalizada el presidente bolivariano Hugo Chávez intentó resolver el enigma de la esfinge: la salida es “el socialismo del siglo XXI”. Ahí nomás proliferaron nuevas polémicas. ¿Qué entendemos o deberíamos entender por ese enigmático “socialismo del siglo XXI”? Nadie lo sabe todavía. Está en discusión. Lo cierto es que el proyecto del socialismo, durante décadas insultado, caricaturizado y ridiculizado, ha vuelto a la agenda política. Ya no sólo en el terreno del debate ideológico sino también en el acuciante problema de la gestión práctica de las relaciones sociales, económicas y políticas de la nueva sociedad que se pretende crear y construir.
Huérfanos y sin Vaticanos
Lo interesante y peculiar de esta compleja situación en la que nos encontramos es que ya no hay Vaticanos que dicten catecismos sobre la materia. Fenómeno que resulta positivo en cuanto a libertad de proyectos en pugna pero al mismo tiempo sumamente complicado ya que no existe reaseguro alguno frente a la prepotencia político-militar imperial.
La antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) experimentó un terremoto político que implosionó su sistema económico y social. El Estado burocrático, dirigido por una casta represiva y una elite completamente alejada del mundo laboral, de las bases políticas y de la clase trabajadora, se desplomó sin pena ni gloria y sin necesidad de misiles nucleares, dando lugar a una salvaje apropiación privada de las grandes riquezas sociales acumuladas durante décadas por el trabajo cotidiano del pueblo soviético. Los apropiadores han formado y continúan formando parte de una nueva burguesía mafiosa, constituida por los antiguos burócratas partidarios devenidos, ahora, burgueses propietarios. Dirigentes que abandonaron la doble moral y el doble discurso (en público supuestos defensores de Lenin, en privado lúmpenes cínicos e impiadosos) para mostrarse rápidamente en público tal cual eran en privado, es decir, gente que vivía con desfachatez en forma lujosa a costillas de los trabajadores y que les importaba un bledo el socialismo y la banderita roja que decían defender. El caso emblemático de Boris Yeltsin, jefe del PC soviético y cabecilla de los burgueses apropiadores, no es obviamente el único.
En el caso de China, país que anteriormente disputaba con la URSS por ver cual de los dos era más socialista, más antiimperialista y más radical… hoy en día se ha convertido en una sociedad con una fuerza de trabajo tremendamente explotada y mal pagada (como todo el mundo sabe ese pago irrisorio de la fuerza de trabajo china es el que permite subsidiar las exportaciones masivas al Occidente capitalista), sin posibilidad alguna de organizarse y reclamar por los derechos laborales elementales frente a las grandes firmas capitalistas que facturan millones con el sudor de la clase trabajadora china. El gigante del oriente es hoy una sociedad que no sólo exporta mercancías sino también capitales, recibiendo con los brazos abiertos a los grandes pulpos empresariales a los cuales les garantiza una explotación de los trabajadores tranquila y ordenada, sin sobresaltos, huelgas ni sabotajes. Las gigantescas asimetrías de clase y la polarización extrema en el orden social chino no son desmentidas ni por sus más fanáticos y obcecados defensores.
Al dejar de existir la URSS —con todas las características anteriormente señaladas— y con la innegable conversión de China en potencia capitalista, los pueblos del Tercer Mundo nos hemos quedado sin el antiguo potencial respaldo militar de ambas potencias frente a la agresividad del imperialismo (como ha quedado empíricamente demostrado en las últimas aventuras militares de EEUU en Afganistán, Irak o el norte de África, así como las de Israel en Palestina y el Líbano). Nuestros pueblos sólo pueden contar con sus propias fuerzas, tanto en su lucha contra el imperialismo como en el intento de pensar alternativas futuras de gestión socialista. Ese es el contexto mundial en que nos movemos hoy.
Con o sin apoyo militar de las antiguas potencias “socialistas”, el debate sobre las alternativas resurgirá una y otra vez para cualquier sociedad que pretenda iniciar o desplegar el camino de transición a un tipo de relaciones sociales más allá del capitalismo. Nadie que pretenda atravesar el muro del capital podrá eludirlo.
Ese debate sobre las formas de propiedad (estatal o cooperativa, mixta y privada); las formas de gestión (mercantil o planificada); el uso del dinero (el papel de los bancos y el crédito, las cuentas, los gastos y los depósitos, en un sistema integral, planificado y presupuestario, o con absoluta autarquía financiera de las empresas); la ley del valor y el mercado (promovidos como ágiles reguladores sociales o combatidos como obstáculos para avanzar al socialismo), las distintas formas de incentivar el trabajo (con un proyecto político-ideológico radical y trabajo voluntario o mediante premios dinerarios individuales), etc., tuvo lugar en la Rusia bolchevique de los años ’20, volvió a aparecer en la Cuba revolucionaria de los años ’60 y hoy, en pleno siglo XXI, retorna en los debates de Venezuela, mientras en Cuba se vuelve a discutir nuevamente el modelo de gestión social.

¡Atención! ¡Llegaron las últimas «novedades»!
Lo curioso, llamativo y, porque no, sorprendente es que en varios de esos debates se presentan propuestas, proyectos y líneas a seguir apologistas del mercado como si fueran absolutamente «novedosas» e inéditas, cuando en realidad han sido implementadas varias veces en la historia y con resultados prácticos que distan largamente de ser positivos.
Recorramos algunos pocos razonamientos propagandísticos e hipótesis falaces que hoy circulan con pretensiones de radical «novedad» en la colorida feria de las alternativas:
* (a) Si una o varias empresas se encontraran en poder del pueblo a través del estado (en una sociedad donde la clase trabajadora y los sectores populares organizados han aplastando a los aparatos de represión de la burguesía, la han derrocado mediante una revolución, han logrado tomar el poder y la han expropiado) eso implicaría necesariamente el reinado gris, triste y mediocre de la BUROCRACIA. Si en cambio, esas mismas empresas expropiadas fueran gestionadas mediante asociaciones cooperativas, iniciativas por cuenta propia, arrendamientos privados y otras “formas de gestión no estatales” (¡curioso eufemismo!) que compitieran en el mercado, eso conllevaría, siempre y en cualquier circunstancia, el relucir maravilloso y alegre de la DEMOCRACIA.
* (b) Si dentro de este mismo contexto de una sociedad en transición, que intenta ir más allá del capitalismo, el estado centralizara su presupuesto y lo distribuyera de acuerdo a una planificación encaminada a combatir el MERCADO (en esta hipótesis no se trataría de un estado gestionado por y subordinado a las grandes firmas capitalistas, sino de una forma política de poder popular que surgiría de una revolución anticapitalista), eso conllevaría necesariamente dictadura, violencia, autoritarismo, paternalismo, corrupción, burocratismo y estancamiento. Si en cambio el estado (siempre manteniendo la hipótesis de que no se trata del estado burgués dirigido por las grandes empresas del capital) se limitara a repartir el dinero y sus recursos en una infinidad de núcleos productivos y de servicios antárticos, con plena y absoluta autonomía financiera y comercial, que compitieran en el mercado guiándose no por la satisfacción de necesidades sociales y populares, sino por la optimización de ganancias (que en caso de haberlas serían repartidas de forma privada y particular entre los agentes cooperativos y “no estatales”) y por la disminución de pérdidas (que en caso de producirse serían asumidas por el estado, es decir por el conjunto social), entonces…. ese modelo implicaría democracia participativa, horizontalismo, pluralismo, multiculturalismo, respeto por las subjetividades, pleno desarrollo de la sociedad civil, consenso, transparencia, honestidad, división de poderes, soberanía popular, eficacia y en última instancia progreso económico.
* (c) Si los sectores populares no se sienten suficientemente involucrados en la gestión económica, ausentándose del empleo, desentendiéndose de las tareas de gestión colectivas, cayendo en el escepticismo, la indiferencia política o incluso la apatía, lo cual deriva en una disminución de la productividad laboral, pues entonces…. las dos mejores maneras de remediarlo consistirían en:
(1) apelar al desempleo selectivo (así quien conserve el trabajo se esforzará mucho más por temor a ser despedido), creando de este modo un ejército laboral de reserva que serviría como acicate y palanca de incentivo para los que tienen empleo, y
(2) crear un creciente, asimétrico y cada vez más pronunciado escalonamiento salarial que premie con mayor dinero y estímulos materiales individuales a quien más esfuerce.
* (d) Por contraposición con esos dos remedios mercantiles, si el estado (dirigido políticamente por los trabajadores y los revolucionarios) se propusiera combatir la falta de productividad del trabajo, el ausentismo y la apatía con una ofensiva política, recuperando la credibilidad perdida, degradada o disminuida, combatiendo los fenómenos de la burocracia y la doble moral de los funcionarios, el “amiguismo” y las prebendas personales dentro de una elite, los privilegios, las asimetrías escandalosas tanto en el nivel salarial como en el consumo de la vida cotidiana, pues entonces… esas propuestas serían invariablemente caracterizadas como “bienintencionadas, pero… utópicas, románticas, poco realistas, voluntaristas, subjetivistas, moralistas, y en última instancia IGUALITARISTAS” (¡como si el igualitarismo fuera algo muy malo para el socialismo!).
Estos cuatro núcleos ideológico-propagandísticos (a), (b), (c) y (d), asentados en el razonamiento falaz que tramposamente homologa [mercado = democracia y eficacia] y [planificación socialista = burocracia y estancamiento], hoy se esgrimen como la gran “novedad” teórica. El “último grito” de las ciencias sociales. Un descubrimiento “reciente” que vendría a subsanar todos los males y todas las deficiencias del socialismo, el comunismo y la revolución. La salvación mercantil que vendría a redimir los pecados igualitaristas, en el caso de quienes hace varias décadas se esfuerzan por superar el capitalismo; y a expurgar cualquier tentación radical, para quienes intentan en el último tiempo comenzar la transición al socialismo. ¿Será así? Sospechamos que no.

Una lúcida advertencia
Hace muchos años, Rodolfo Puiggrós, un viejo profesor argentino (historiador, de joven militante comunista, de viejo guerrillero montonero), alertó que como los revolucionarios argentinos, en sus múltiples tendencias, no hemos podido hacer nuestra propia revolución y no llegamos a tomar el poder, entonces vamos por el mundo “inspeccionando revoluciones ajenas”. Esa lúcida advertencia siempre nos pareció iluminadora y la hemos adoptado hace largo tiempo como guía contra la soberbia, la petulancia y el engreimiento de quienes se sienten propietarios de “la verdad absoluta”.
No obstante, aun dando cuenta del señalamiento de Puiggrós, creemos que tenemos el derecho de opinar respetuosamente sobre procesos sociales y debates políticos que hoy se desarrollan en la Patria Grande latinoamericana, aunque no se den en nuestro pequeño país.
Por eso nos genera cierta preocupación el modo como se plantean estos debates sobre la gestión de las sociedades que pretenden organizar un “orden nuevo” (al decir de Gramsci), no capitalista sino socialista.
¿Son tan “originales”, “novedosas” y “superadoras” estas propuestas de socialismo mercantil (bautizado mediante un eufemismo elegante y perfumado, como “autogestionario”) que nos prometen mayor democracia de la mano de la autarquía financiera de las empresas y el engorde creciente de la “economía no estatal”? ¿Servirá descentralizar los recursos presupuestarios y privatizar en nombre de los arrendatarios, las cooperativas y otros “actores no estatales” para poder superar la burocracia y los privilegios, la corrupción y el “amiguismo”? ¿Se generará participación política, aumentará la eficiencia social y habrá mayor empeño laboral expulsando fuerza de trabajo para que sea empleada como mano de obra barata y precaria por grandes inversionistas capitalistas? ¿Habrá mayor conciencia socialista en quienes sólo se involucran, de modo “cooperativo”, si hay dinero y ganancia privada de por medio?
Perdón, disculpas, pero tenemos nuestras serias dudas al respecto. Expresamos nuestra opinión con todo respeto. Creemos que esas recetas —que algunos promueven y presentan como poción mágica y redentora— no profundizarán el socialismo martiano ni permitirán avanzar hacia un proyecto bolivariano anticapitalista.

Experiencias repetidamente fracasadas y un debate histórico «olvidado»
Aquellos cuatro núcleos ideológico-propagandísticos (a), (b), (c) y (d), y muchas otras recetas similares que actualmente los acompañan, no son proyectos nuevos, elaborados al calor de facebook, del twitter, las nuevas tecnologías, la “sociedad de la información”, “la sociedad en red”, las nuevas formas de sociabilidad y otras profecías semejantes. Tienen una larga historia, repleta de fracasos concretos, despistes prácticos, equívocos teóricos y enormes sinsabores políticos para la familia revolucionaria.
En la década del ’20 (¡hace casi un siglo, cuando no existía ni la televisión!), dentro de la revolución rusa, hubo corrientes que creyeron que el mercado “socialista” iba a solucionar mágica y repentinamente todos los males, todas las penurias, la escasez, la falta de acumulación, la desproporción entre producción y consumo y las deficiencias revolucionarias (1). Haciendo de necesidad, virtud; convirtieron a la NEP de Lenin [«Nueva Política Económica», conjunto de medidas provisorias implementadas por los bolcheviques como concesión táctica al mercado, luego de la agotadora guerra civil de 1918-1921] en un supuesto proyecto mercantil estratégico y de largo aliento. Más tarde, estos mismos partidarios del socialismo mercantil desarrollaron durante décadas varias ofensivas hasta terminar por minar desde dentro a la Unión Soviética. Todo en nombre de la “participación democrática”, la “eficiencia económica” y la “autogestión financiera” de las empresas (2).
En lugar de combatir la desproporción económica entre producción y consumo y la ineficiencia de la administración burocrática terminaron convirtiendo a la burocracia en una burguesía mafiosa que se apropió de todos los recursos sociales y naturales de aquella sociedad que había derrotado a los nazis. Por supuesto, como no podía ser de otro modo, conjurando el fantasma endemoniado del… “igualitarismo” (3).
Pero el debate soviético, hoy extrañamente «olvidado» (pues sus resultados en torno al socialismo mercantil están ya fuera de discusión), no fue una excepción. En los años ’60 en Cuba, el gran debate enfrentó a los partidarios del cálculo económico, la autogestión financiera y la “vía cooperativa” mercantil —promovidos, entre muchos otros exponentes, por Carlos Rafael Rodríguez— con el ministro de industrias Ernesto Che Guevara quien defendió el proyecto del Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) y la planificación socialista.
Los compañeros cubanos dieron un ejemplo al mundo con ese debate de 1963-1964 donde, a pesar de que había un feroz bloqueo imperialista y una permanente agresión internacional, todas las tendencias discutieron libremente y nadie fue censurado, herido, prisionero, muerto ni exiliado (como trágicamente había sucedido en la URSS, donde la mayor parte de los polemistas terminaron fusilados). En Cuba, las posiciones fueron públicas y nadie se ofendió ni fue tildado de “desleal”, sospechado de “agente de la CIA” o despreciado por “contrarrevolucionario”. Un gesto de madurez digno de imitarse hoy en día… (4).
Quienes se oponían al Che optaban por descentralizar los recursos financieros, apelando al desarrollo del mercado como gran regulador social, a los incentivos materiales y dinerarios, a la autogestión y autarquía financiera de cada empresa y a la competencia entre ellas como palanca fundamental de desarrollo económico (competencia denominada, de manera elegante, “emulación”). Siempre apelando al “uso inteligente de la ley del valor”, según una fórmula repetida en aquella época, muy común en los manuales soviéticos de economía política (5).
Pero aquellas primeras propuestas del socialismo mercantil que se sucedieron en la antigua Unión Soviética y las polémicas económicas contra el proyecto comunista del Che Guevara y en defensa del socialismo mercantil que tuvieron lugar en la Cuba de los años ’60 tampoco fueron los únicos.
A su vez, como alternativa al mundo político y cultural soviético, los yugoslavos también promovieron en su época la autogestión descentralizada de las empresas a través de la competencia mercantil. Ese modelo «cooperativista» —hoy admirado e incluso recomendado al presidente Hugo Chávez como panacea digna de imitar por algunos compañeros (seguramente con las mejores intenciones)— iba a superar mágicamente todos los males del socialismo burocrático soviético. Todo el mundo conoce el trágico final del experimento de Yugoslavia… todavía más catastrófico, si acaso puede serlo, que el de la difunda URSS.
La propuesta de la «autogestión» que se intentó implementar de Yugoslavia partía de un reclamo sano, justo, racional. La necesidad inocultable de democratizar las relaciones sociales, no sólo bajo la dictadura del mercado capitalista sino también bajo un tipo de sociedad postcapitalista en transición al socialismo. Esa necesidad de democratización, esa sed antiburocrática, no es una tontería ni un disparate. Se proponía democratizar a fondo las relaciones sociales y esa finalidad debe ser reivindicada. Uno de sus promotores teóricos así lo reconoce: “La autogestión cumplirá sus promesas democráticas no sojuzgando al hombre en su comportamiento frente al trabajo, sino modificando su posición económica y social fundada en el trabajo, es decir, transformando las relaciones implícitas en el sistema de producción” (6).
Esas promesas y esos antiguos anhelos democráticos de la humanidad (muy anteriores al capitalismo), que deberían constituir una parte fundamental del proyecto socialista y comunista de liberación humana, están sometidos a un doble tironeo. Por un lado, en cuanto están asociados a la participación comunitaria en la gestión social, se potencian, se refuerzan, se revitalizan. Es precisamente en ese orden comunitario donde se puede llegar a experimentar la verdadera democracia (7). No obstante, en la medida en que ese modelo de autogestión financiera de las empresas termina dando como supuesto inmodificable la existencia de relaciones mercantiles, automáticamente los anhelos democráticos y comunitarios se desdibujan, se evaporan y aparece en primer término la lógica dictatorial, férrea y despótica del mercado. Una lógica irracional, anónima, fetichista, que se impone como ciega necesidad (aunque el mercado tenga la bandera roja) contra todos los anhelos democráticos y participativos de la comunidad y los trabajadores (8). La autogestión financiera de las empresas y el imperio de la ley del valor (del mercado) que la fundamenta, constituyen los peores remedios para lograr ese objetivo justo y racional (democratización y superación de la burocracia) que se persigue.
A pesar de esa encomiable “promesa democrática” el modelo yugoslavo —y muchos otros similares que lo toman como inspiración, lo admitan abiertamente o no— termina depositando en el interés material directo e inmediato y en la obtención de mayores cuotas de dinero el eje de la “autogestión”. Así lo admite otro de sus principales teóricos: “Su derecho de repartición de utilidades es considerado no solamente como consecuencia lógica de la gestión, sino como el factor esencial de la eficacia de la autogestión. Este es el elemento motor del sistema. Mientras mejores sean los resultados de la empresa, más grande será la cuota que tendrán que repartir” (9).
Si el interés material directo, el aumento de la remuneración individual en dinero y la búsqueda frenética de ganancia empresarial constituyen el eje central de este modelo, según lo reconocen sus mismos teóricos, ¿qué tipo de conciencia socialista y comunista se puede construir en el seno del pueblo de ese modo? La respuesta, ya analizada críticamente en su época por el Che Guevara, es más que obvia. Los resultados históricos están hoy a la vista para quien no tenga anteojeras. Ninguno de esos trabajadores yugoslavos, “autogestionarios” y “cooperativos”, que habían luchado heroicamente en las guerrillas comunistas contra la dominación nazi, movió un solo dedo para defender el socialismo cuando implosionó y se derrumbó, partiendo a su país en mil pedazos. Exactamente lo mismo pasó en la Unión Soviética. ¿Una casualidad? No, una lógica consecuencia de un modelo de gestión y ordenamiento social que aparentemente es muy “simpático” pero en el cual la clave de todo pasa por la búsqueda del dinero individual, la competencia, el mercado y la ganancia personal, en lugar de predominar los valores del trabajo colectivo y voluntario, la satisfacción personal que se deriva de haber cumplido el deber social trabajando no sólo para el bolsillo propio sino para toda la sociedad, la consolidación de una conciencia colectiva, comunitaria y comunista, y la creación de una sociedad justa para todos y todas, más allá del interés mezquino inmediato.
Los mismos teóricos de la “autogestión” lo reconocieron públicamente. El centro de ese modelo (que hoy se pretende reeditar en América Latina) está constituido por “la lógica inexorable de las necesidades de una economía de mercado” (10).
Si las (encomiables) promesas democráticas estaban por detrás del modelo autogestionario, en ese mismo orden de aspiraciones también se encontraba la (justa) lucha contra la burocracia. Sin embargo, convendría no ser más papistas que el papa. Hasta los mismos partidarios de la autogestión yugoslava reconocen que en sí misma dicha forma de gestionar las empresas no garantiza automáticamente la eliminación de la burocracia. Incluso puede llegar a reproducirla en otra escala y en otros planos: “el anquilosamiento de las condiciones de la autogestión en determinados mecanismos —esto es, su congelación en órganos— que opera en nuestros países como tendencia vigorosa, puede crear un nuevo terreno para la reproducción de condiciones burocráticas(11).
Analizando críticamente aquellas experiencias que apelan al interés material directo para elevar la productividad, el Che Guevara le escribió a Fidel Castro: “El interés material individual era el arma capitalista por excelencia y hoy se pretende elevar a la categoría de palanca de desarrollo, pero está limitado por la existencia de una sociedad donde no se admite la explotación. En esas condiciones, el hombre no desarrolla todas sus fabulosas posibilidades productivas, ni se desarrolla él mismo como constructor consciente de la sociedad nueva. Y para ser consecuentes con el interés material, éste se establece en la esfera improductiva y en la de los servicios Esa es la justificación, tal vez, del interés material a los dirigentes, principio de la corrupción, pero de todas maneras, es consecuente con toda la línea del desarrollo adoptada en donde el estímulo individual viene siendo la palanca motora porque es allí, en el individuo, donde, con el interés material directo, se trata de aumentar la producción o la efectividad ” (12).
Adelantándose a los partidarios del socialismo mercantil que promueven un Estado flaco, sólo reducido a la defensa, la educación y la salud, pero que deja en manos de “los sectores económico no estatales” el resto de la economía, el Che continúa diciéndole a Fidel Castro: “¿Qué sucede ahora? Se rebelan contra el sistema pero nadie ha buscado donde está la raíz del mal; se le atribuye a esa pesada lacra burocrática, a la centralización excesiva de los aparatos, se lucha contra la centralización de esos aparatos y las empresas obtienen una serie de triunfos y una independencia cada vez mayor en la lucha por un mercado libre. ¿Quiénes luchan por esto? Dejando de lado a los ideólogos, y los técnicos que, desde un punto de vista científico analizan el problema, las propias unidades de producción, las más efectivas claman por su independencia. Esto se parece extraordinariamente a la lucha que llevan los capitalistas contra los estados burgueses que controlan determinadas actividades. Los capitalistas están de acuerdo en que algo debe tener el Estado, ese algo es el servicio donde se pierde o que sirve para todo el país, pero el resto debe estar en manos privadas. El espíritu es el mismo; el Estado, objetivamente, empieza a convertirse en un estado tutelar de relaciones entre capitalistas. Por supuesto, para medir la eficiencia se está utilizando cada vez más la ley del valor, y la ley del valor es la ley fundamental del capitalismo; ella es la que acompaña, la que está íntimamente ligada a la mercancía, célula económica del capitalismo” (13).
Esa propuesta, crítica de la planificación socialista, no quedó históricamente reducida a Yugoslavia. Luego se adoptaron esos criterios en Polonia, Checoslovaquia y Alemania oriental (la antigua República Democrática Alemana, RDA). La experiencia se generalizó. ¿Los resultados…? A la vista.
Los compañeros y amigos de América Latina que proponen para el siglo XXI la receta del socialismo mercantil (rara vez se lo menciona de este modo, pues así resulta poco seductor y atractivo, pero de eso se trata) tienen todo el derecho del mundo a defenderla, promoverla y promocionarla. Pero al menos les solicitamos fraternalmente, con todo respeto, que hagan un mínimo balance crítico de las numerosas experiencias históricas de ese modelo que terminaron invariablemente en fracasos rotundos y contundentes.
El SPF: Una alternativa comunista no sólo «económica»
Promover la profundización del “mercado socialista” y de las actividades económicas “no estatales” no es una cuestión de “eficiencia económica”, de “medidas técnicas”, de “resoluciones concretas”. Es, ni más ni menos, una apuesta deliberada por un proyecto político. Habría que explicitarlo ¿no es cierto?
Si ese proyecto económico y político, pero también cultural, no nos satisface, no nos convence, no lo visualizamos como solución (ni para la coyuntura ni para el largo plazo), queda flotando en el aire una pregunta pendiente: ¿entonces no hay alternativa?
Creemos que sí hay alternativa. Y no un “modelo” a importar desde algún lugar lejano y remoto, lleno de nieve y ajeno a nuestras tradiciones bolivarianas, sanmartinianas, martianas, sino una propuesta elaborada desde Nuestra América y el Tercer Mundo, a partir de un pensamiento social, económico y político de liberación nacional y social, insurgente y comunista.
Nos referimos al Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF), elaborado por el Che Guevara cuando trabajaba como ministro de industrias (por lo tanto confeccionado no en una cómoda biblioteca sin vínculos con el mundo terrenal y concreto de la gestión práctica, sino al frente de una institución económica). Ese proyecto para encarar la gestión en transición al socialismo es, lamentablemente, escasamente conocido y menos aún estudiado.
Si le solicitamos a nuestros compañeros y amigos partidarios del socialismo mercantil que expliciten su propuesta política, ¿no deberíamos hacer lo mismo? Creemos que sí. Pues bien, nuestro proyecto político, lo reconocemos explícita y abiertamente, es (o al menos pretende ser) un proyecto comunista.
La propuesta del Sistema Presupuestario de Financiamiento no es estrictamente ni únicamente “económica” pues lo que está en juego, además de la gestión de los recursos sociales, es la conciencia individual y colectiva de nuestros pueblos, hoy terreno privilegiado de disputa hegemónica en tiempos de la guerra asimétrica y la aldea global. Y no sólo la conciencia popular está en juego. También el porvenir político de los procesos sociales revolucionarios que intentan, con variada suerte, impulsar una transición al socialismo en el Tercer Mundo. Nuestra propuesta trata de apuntar hacia ambos terrenos de disputa al mismo tiempo, sin separar uno del otro.
El Sistema Presupuestario de Financiamiento, comunismo latinoamericano para el siglo XXI
El Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) constituye una propuesta integral, económica pero también política, para encarar la transición al socialismo. Descentra la cuestión aparentemente “técnica” de la gestión empresarial —supuestamente asunto de “especialistas”— para ubicarla, como problema a resolver por todo el pueblo, en una disputa política de largo alcance. E s parte de una concepción general del desarrollo de la construcción del socialismo y debe ser estudiado entonces en su conjunto.
El SPF constituye un sendero viable, posible y perfectamente realizable para comenzar a construir la sociedad comunista del mañana a partir de la suciedad, terrenal y mundana, que el capitalismo le deja como pesada herencia a cualquier revolución que se precie de tal. El pensamiento del Che no opera con almas bellas, ángeles puros ni vírgenes imaginarias. Sabe perfectamente en donde está pisando y desde qué grado de putrefacción social —individualismo, egoísmo, competencia, consumismo desenfrenado, etc.— hay que comenzar a crear el hombre nuevo y la mujer nueva.
Esa concepción general abarca una singular interpretación de la concepción materialista de la historia aplicada a la transición socialista, pasando por un modelo teórico que enseña el funcionamiento y desarrollo de la economía en los países que pretenden construir relaciones sociales distintas del capitalismo hasta llegar a una serie de realizaciones prácticas, coherentes entre sí, de política económica alternativa. Lo que hoy está en discusión y en la agenda de debate.
Los niveles de la reflexión que nos deja el Che acerca de esa concepción general giran en torno a dos problemas fundamentales. En primer lugar: ¿es posible y legítima la existencia de una economía política de la transición? En segundo lugar: ¿qué política económica se necesita para la transición socialista? Las respuestas para estos dos interrogantes que se formula el Che permanecen abiertas, aún hoy en día, medio siglo después. Intentando dar respuestas a esas inquietantes preguntas, el Che elaboró un pensamiento sistemático de alcance universal (no reducido a la situación cubana, como sugerían algunos soviéticos como el ya mencionado especialista económico Abel Aganbegyan, argumentando la trivialidad de que “Cuba es un país pequeño, mientras la URSS es una país grande”, como si eso demostrara algo en el terreno científico de la economía política), estructurado en diversos niveles.
Si desagregamos metodológicamente su reflexión teórica, el Che nos dejó:
(a) una reflexión de largo aliento sobre la concepción materialista de la historia, pensada desde un horizonte crítico del determinismo y de todo evolucionismo mecánico entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producción;
(b) un análisis crítico de la economía política (tanto de los modelos capitalistas desarrollistas sobre la modernización que por entonces pululaban de la mano de la Alianza para el Progreso y la CEPAL como de aquellos otros consagrados como oficiales en el “socialismo real”, adoptados institucionalmente en la URSS);
(c) un pormenorizado sistema teórico de política económica, de gestión, planificación y control para la transición socialista: el Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF). Este último es el que aquí nos interesa para el debate actual.
En la reflexión del Che Guevara, tanto (a), como (b) y (c) están estructurados sobre un subsuelo común. Los tres niveles de análisis (que en él fueron al mismo tiempo práctica cotidiana, no sólo discurso teórico) se enmarcan sobre un horizonte que los engloba y a partir del cual adquieren plenitud de sentido. Ese gran horizonte presupuesto es el proyecto político comunista: para continuar con la enumeración previa, podríamos bautizarlo aleatoriamente como nivel (d).
Es entonces (d), el proyecto político comunista, antiimperialista y anticapitalista, de alcance continental y mundial y no reducido a la revolución cubana, el que nos permite inteligir la racionalidad de (a), (b) y (c). Para el Che Guevara, sin proyecto político no tiene sentido entablar discusiones bizantinas y meramente académicas sobre la concepción materialista de la historia. Sin proyecto político, no vale la pena esforzarse por cuestionar los modelos económicos falsamente “científicos” que obstaculizan el desarrollo del pensamiento crítico acerca de las relaciones sociales. Sin proyecto político, carece igualmente de sentido cualquier debate en torno a las diversas vías posibles de política económica durante el período de transición al socialismo en cualquier revolución del Tercer Mundo periférico, subdesarrollado y dependiente que pretenda dejar atrás al capitalismo.
Uno de los puntos más controvertidos del SPF reside en la siguiente interrogación: ¿Quién decide lo que se planifica? ¿Cómo garantizar la democratización real y profunda de las relaciones sociales? El propio Che Guevara estaba consciente de ese problema, por eso plantea que: “ se nos critica el que los trabajadores no participan en la confección de los planes, en la administración de las unidades estatales, etc., lo que es cierto   (14). Esa incógnita le quitaba el sueño. ¿Cómo garantizar la lucha contra los mecanismos fetichistas del trabajo abstracto, contra la mediación del equivalente general como gran articulador de los sujetos sociales y contra el predominio del mercado a través de una planificación socialista sin descuidar al mismo tiempo las «promesas democráticas» del comunismo? Guevara no despreciaba ni subestimaba ese problema como se lo hace saber explícitamente a Fidel en esa carta de 1965. Apostaba todas sus fichas a la movilización política, a la educación ideológica comunista del hombre y la mujer nueva y a la batalla hegemónica para lograr la plena participación popular dentro de los mecanismos de la planificación socialista.
Casi medio siglo después de su propuesta original, nuevas instituciones han surgido en las sociedades en transición que bien podrían tratar de resolver esos enigmas que ya visualizó el propio Guevara y que, evidentemente, el socialismo mercantil no ha resuelto ni podrá resolver.
Una de esas instituciones son (en el caso de Venezuela) los consejos comunales. Si se lograra implementar una planificación centralizada y socialista para todo el país, ¿tendrían que desaparecer los consejos comunales? ¡En absoluto! ¿Cuáles deberían ser entonces sus tareas?
El gran desafío para poder implementar hoy, en el siglo XXI, el proyecto comunista del Sistema Presupuestario de Financiamiento garantizando al mismo tiempo la participación popular consistiría en la necesidad de articular los consejos comunales y los consejos de trabajadores de empresas (combatiendo a la burocracia y a las viejas mafias sindicales que allí operan) dentro de una estrategia conjunta de planificación. La solución consistiría en la coexistencia del Sistema Presupuestario de Financiamiento y los consejos comunales otorgando predominio a la planificación centralizada de los recursos financieros. Los consejos deberían elevar su puntería, dejar de pedir únicamente dinero para financiar proyectos particulares y privados (quizás disfrazados de “cooperativos”) para apuntar hacia una estrategia política global, general, más allá del plano corporativo, en coordinación con la planificación centralizada y presupuestaria de todos los recursos del país.
El gran supuesto de esa coexistencia y complementariedad entre planificación y consejos estaría dado por una durísima y continuada batalla sistemática en el terreno de la hegemonía socialista y la ideología revolucionaria. No se ganarán afectos y sensibilidades populares repartiendo dinero y comprando conciencias (como se compran objetos de consumo, un televisor de plasma, un teléfono celular de última generación o el coche y el carro más caro). ¡No! A largo plazo esa pelea está perdida. No se puede competir con el capitalismo en su propio terreno, donde es más fuerte. En la guerra asimétrica hay que combatir donde nosotros somos más fuertes. La conciencia popular y la complementariedad entre consumo y producción, entre gestión y administración, entre participación popular comunal y planificación macroeconómica centralizada (coordinada a su vez con otros países aliados del ALBA) sólo se logrará ganando a la militancia popular para un proyecto global, donde la vida cotidiana de cada barrio, de cada empresa, de cada comuna adquieran sentido dentro de un proyecto político colectivo de nueva y mejor sociedad que nos englobe a todos y todas: el socialismo. Allí reside la necesidad de incorporar los consejos comunales a la gestión planificada de las principales empresas de la economía nacional y resolver el enigma que quitaba el sueño al Che Guevara.
Urgencias impostergables para hoy y mañana
¿Cuál es entonces la utilidad actual del pensamiento comunista del Che?
En primera instancia, sus reflexiones resultan provechosas para ubicarnos en nuestro angustioso presente, comenzando la segunda década del siglo XXI, precisamente por los llamados de atención que él formuló. Alertando a aquellos compañeros y amigos que quizás se les ocurre apostar al mercado como una opción estratégica, no como un recurso táctico, el Che explica extensamente el modo en que éste genera necesariamente irracionalidad y desperdicio del trabajo social global, además de ineficacia, corrupción y burocracia. Por si ello no alcanzara, insiste una y otra vez en las consecuencias negativas que el mercado provoca en la conciencia política, a nivel individual y colectivo, de cualquier sociedad en transición. Para contrarrestar su influencia, el pensamiento comunista del Che nos permite defender las razones de una planificación democrática (no ejercida únicamente por tecnócratas especialistas, aislados de las masas, sino a través de una creciente participación popular), a partir de la cual la política revolucionaria pueda incidir en el “natural” decurso económico a través de la batalla de las ideas, la cultura y la lucha por recrear cotidianamente la hegemonía socialista en todo el ordenamiento social.
En segunda instancia, estrechamente vinculado a lo anterior, el pensamiento comunista del Che nos recuerda que en determinados momentos de la historia la relación de fuerzas no nos es favorable. En esos casos no nos queda más remedio que retroceder, momentáneamente, para tomar fuerzas y volver a empujar. Esos retrocesos no son estratégicos sino tácticos, no constituyen un camino a largo plazo sino un conjunto de medidas que se toman para responder a una coyuntura determinada, teniendo en el centro del análisis la relación de fuerzas. Jamás hay economía sin relación de fuerzas o al margen de la relación de fuerzas.
Creer que el desarrollo del mercado constituye una “necesidad objetiva” de todo proceso de transformación social constituye un mito peligroso, infundado y regresivo. Nada más lejos del pensamiento del Che que esa creencia supersticiosa en “las leyes de hierro” de una economía supuestamente independiente con la que tanto insistían los académicos de la URSS, Yugoslavia, Polonia, Checoslovaquia y otros países del Este europeo (¡por no mencionar la China actual!) cuando explicaban la historia de la Nueva Política Económica (NEP). Aquel conjunto de medidas económicas tácticas que implementó Lenin a inicios de los ’20, después de la guerra civil, y que las vertientes más dogmáticas del marxismo transformaron en supuestas “normas universales” válidas para todo tiempo y lugar. Confundiendo la táctica con la estrategia, la coyuntura con el proyecto, las medidas de emergencia con supuestas “leyes de hierro” transhistóricas y metafísicas, se transformó a Lenin en un vulgar apologista del mercado. En su inteligente defensa de Lenin —del revolucionario vivo, no de la momia de museo— Ernesto Guevara se animó a poner en discusión esas pretendidas “leyes de hierro”. Más tarde, a la hora de redactar sus observaciones críticas al Manual de Economía Política de la Academia de Ciencias de la URSS, pone en práctica la misma operación y vuelve a cuestionar esas mismas “leyes inviolables”.
Cuando el Che inscribe las relaciones sociales, en general, y las económicas, en particular, dentro de relaciones de fuerza está pensando fundamentalmente en la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin. En nuestra modesta apreciación, es más que probable que esto también valga para la sociedad cubana de hoy en día. Desde nuestro punto de vista y ángulo de interpretación, el Che demostró que no existe una economía política de la transición al margen de la relación de fuerzas sociales y políticas. Creer lo contrario implica empantanarse, una vez más, en el fetichismo y desbarrancarse por los equívocos del socialismo mercantil como alegremente le pasó a los yugoslavos, a Abel Aganbegyan y Gorbachov y a tantos otros.
Si hoy en día la URSS ya no existe y China vibra en otra dimensión, ajena por completo a la lucha antiimperialista y anticapitalista del Tercer Mundo, ¿entonces es inviable el proyecto comunista en América Latina y el Tercer Mundo? Una primera visión, sencilla y simple, sacaría esta conclusión errónea. Como no hay relaciones de fuerza absolutamente favorables, no queda más remedio que tragar la medicina amarga del mercado.
Dado que ninguna sociedad sola y aislada podría desarrollar el socialismo en un solo país de espaldas al mundo, se dificultaría muchísimo implementar en la práctica el SPF en condiciones de aislamiento. Además ya no existe el CAME ( Consejo de Ayuda Mutua Económica, alianza económica implementada por la Unión Soviética y países aliados).
Sin embargo, hoy existe el ALBA ( Alianza Bolivariana para las Américas ). Cuba no está sola y aislada como en otras décadas. Venezuela tampoco. Las perspectivas de crecimiento del ALBA son promisorias, los intercambios también. Incluso recientemente se han firmado acuerdos para operar en común dentro del ALBA nada menos que en el tema petróleo (¿Qué no hubiera hecho la Revolución Cubana si durante los años ’60 en lugar del azúcar hubiera tenido como principal producto el petróleo?). Si en ambos países junto con otros que podrían irse políticamente acercando (desde Bolivia, Ecuador y Nicaragua hasta Colombia en caso de triunfar la insurgencia comunista de las FARC-EP) se comenzara a implementar la planificación socialista conjunta, coordinada y articulada a través del Sistema Presupuestario de Financiamiento, muy distinto sería el futuro de Nuestra América. No sólo en el terreno social y político sino también económico.
La planificación socialista del Sistema Presupuestario de Financiamiento es superior al socialismo mercantil, al cálculo económico y a la autogestión financiera de las empresas porque no sólo permitiría resolver los problemas inmediatos de ineficiencia, productividad, dependencia y monoproducción en el corto plazo, dejando atrás la torpe regulación puramente mercantil de las empresas (criterio con el cual hay que venderle simplemente al que paga más y no al aliado político), sino que además nos permitía avanzar estratégicamente en conjunto contra el imperialismo y hacia el socialismo de aquí hacia las próximas décadas con una perspectiva continental. ¿No era ese el proyecto de Simón Bolívar y José Martí?
Balance provisorio del proyecto comunista del SPF
¿Cómo evaluar al Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) propugnado por el Che? La evaluación no puede reducirse a una cuestión únicamente cuantitativa referida a la acumulación de bienes de consumo producidos por las empresas sino que necesariamente debe incorporar otra dimensión. La evaluación (y cualquier comparación posible con los modelos de “socialismo mercantil”) no puede dejar de preguntarse qué tipo de subjetividad y qué grado de conciencia popular se están generando con semejantes métodos de gestión y planificación económica. ¿Cuál de los dos sistemas nos garantiza mejor una eficaz estrategia política a largo plazo?
Los compañeros y amigos partidarios del socialismo mercantil argumentan que “la planificación socialista fracasó en Cuba y en la URSS”. ¿Es realmente así?
Convendría no confundir la planificación burocrática y sus viejos métodos de “ordeno y mando”, despilfarro, corrupción, doble discurso, cuentas del plan infladas… con la propuesta y el proyecto comunista del Che Guevara. En Cuba nunca llegó a implementarse en su totalidad el proyecto del Che. Cuando Guevara estaba al frente del Ministerio de Industrias, su SPF debió convivir forzosamente con el sistema de Cálculo Económico implementado por el Ministerio de Agricultura (el INRA, Instituto Nacional de la Reforma Agraria), dirigido por entonces por Carlos Rafael Rodríguez con una perspectiva teórica y política completamente afín a los soviéticos. Ambos sistemas coexistieron y nunca se implementó a fondo y en toda la sociedad el SPF. Luego, en 1965, cuando el Che marchó a realizar tareas insurgentes internacionalistas, se aplicó en Cuba el Sistema de Registro de Control Material, donde desaparecieron las categorías financieras, la contabilidad de costos y sólo se llevaba el registro de los movimientos materiales, lo cual derivó en un despilfarro importante. Diez años después, en 1975, acorde al ingreso reciente de Cuba en el CAME, se aplicó en toda la isla el Cálculo Económico, copia mecánica del sistema soviético y de otros países del este europeo. Finalmente, en 1986, comienza el proceso de “Rectificación de errores y tendencias negativas” impulsado por Fidel Castro que se ve truncado por la caída de la U RSS, el desplome del comercio internacional de Cuba y el surgimiento en la isla del denominado “periodo especial”.
Por lo tanto, en todos esos años, nunca logró implementarse a fondo y para el conjunto de la sociedad cubana, el método de gestión propugnado por el Che Guevara. Grave equivocación —cuando no se trata de una vulgar manipulación que no puede corroborarse empíricamente— la de aquellos que afirman que “el sistema del Che Guevara fracasó en Cuba”. Ese sistema todavía está por comprobarse en los hechos y en la práctica. Lo que sí fracasó y rotundamente es el socialismo mercantil que sí se aplicó en el conjunto de esa sociedad y en muchas otras (Yugoslavia, Polonia, etc.) dando siempre el mismo resultado negativo.
Cuba, Venezuela y Nuestra América hoy
¿Por qué en los debates actuales de Cuba y Venezuela no se estudia, no se discute y no se debate a fondo la propuesta comunista del Che para la gestión de las empresas, la economía, los montos laborales, el desafío de la participación popular y otras preocupaciones que actualmente están a la orden del día? (15). (No nos referimos a la existencia de papers académicos sino al debate político de fondo).
¿No podría PDVSA convertirse en la columna vertebral de un proyecto integral de planificación socialista, no sólo venezolana sino coordinado y planificado con Cuba y otros países que comiencen su transición al socialismo? No es una utopía irrealizable. Ya se han dado los primeros pasos, ha comenzado una primera articulación con Cuba y Angola (16).
Ya no alcanza homenajear al Che del póster. Hay que estudiarlo para los debates y desafíos actuales. En Cuba, en Venezuela y en cualquier sociedad que pretenda dejar atrás el mundo monstruoso y perverso del mercado capitalista, repleto de explotación, exclusión, dominación, alienación, fetichismo, irracionalidad, dependencia y destrucción de la naturaleza.
La salida para los desafíos actuales está en Simón Bolívar y en José Martí, es decir en el comunismo latinoamericano del Che Guevara, no en modelos mercantiles pergeñados lejos de América Latina y que ya fracasaron más de una vez en la historia.
¿Nos animaremos a ir contra la corriente? ¿Echaremos a los mercaderes del Templo? ¿Nos animaremos a morder la fruta prohibida del comunismo?
NOTAS
(1) Véase Bujarin, Preobrazhenski, Kamenev, Trotsky, Lapidus y Ostrovitianov: El debate soviético sobre la ley del valor [Antología que reúne las posiciones originales de los años ‘20]. Madrid, Comunicación [serie B], 1974. En ese debate soviético de la década de 1920 le correspondió a Nikolai Bujarin defender la economía privada, cooperativa y autogestionaria, así como también la necesidad de alimentar la economía mercantil y la vigencia de la ley del valor en coexistencia con la planificación socialista. Véase Nikolai Bujarin “Las categorías económicas del capitalismo durante el período de transición”. Obra citada. pp. 75-92. Sus posiciones a favor del socialismo mercantil (críticas de Eugenio [ Yevgeni Alekseyevich ] Preobrazhenski) las defiende también en su libro Sobre la acumulación socialista. Buenos Aires, Materiales Sociales, 1973.
La crítica del socialismo mercantil fue desarrollada por Preobrazhensky en su libro La nueva economía [México, ERA, 1971], donde planteará la relación entre el mercado y el plan como una contradicción estratégica y antagónica. Otro pensador soviético de la década de 1920, Isaak Illich Rubin, desarrollará una aguda crítica al socialismo mercantil en su formidable Ensayos sobre la teoría marxista del valor. México, Siglo XXI, 1987.
Sobre aquel debate de la década del ’20 y sus implicaciones actuales, también puede consultarse con provecho la discusión posterior entre Ernest Mandel, Alec Nove y Diane Elson: La crisis de la economía soviética y el debate Mercado/Planificación. Buenos Aires. Imago Mundi, 1992 [la polémica original tuvo lugar en la revista marxista inglesa New Left Review, entre 1986 y 1988, cuando todavía existía la URSS]. Las posiciones defensoras del socialismo mercantil fueron planteadas en esa polémica por el profesor británico Alec Nove, primero a través de su libro La economía del socialismo factible [1983] y luego con su artículo “Mercados y socialismo”. En dicha polémica la crítica a la falsa igualación entre mercado y democracia, así como a la homologación de planificación socialista y burocracia fue argumentada por Ernest Mandel en sus artículos “En defensa de la planificación socialista” y “El mito del socialismo de mercado”. El mismo Mandel, un par de décadas antes, también había participado en el debate cubano, apoyando las posiciones de Ernesto Che Guevara a favor de la planificación socialista.
(2) Véase Abel Aganbegyan: La perestroika económica. Una revolución en marcha. Buenos Aires., Grijalbo [colección Economía y Empresas], 1990. Este libro, verdadera antología del desconcierto ideológico y una auténtica joya de la confusión política, es decir, síntesis magistral de neoliberalismo puro y duro promovido en nombre de la “democratización del socialismo” debería ser de consulta permanente. Su sola lectura resolvería de un plumazo muchas discusiones y debates actuales…
Su autor, caracterizado y promovido como “el arquitecto de la perestroika”, era uno de los principales asesores económicos y políticos de Mijaíl Gorbachov. Según su opinión, “El problema principal consiste en sustituir el sistema de administración mediante órdenes, que ha regido en nuestro país [la URSS] durante los últimos cincuenta años, por un sistema de administración radicalmente nuevo, basado en la utilización de los métodos económicos, desarrollo del mercado y de los mecanismos financieros y crediticios, afirmación de los estímulos económicos, y todo esto bajo la influencia determinante de una democratización general y de la aceptación de la autoadministración”. Obra citada. p.30. [En esta cita y en todas las de este trabajo, el subrayado me pertenece, excepto cuando se indique lo contrario. Néstor Kohan]. Así se abre el libro… postulando la generalización desembozada del mercado, la proliferación de los estímulos dinerarios y la autogestión financiera de las empresas compitiendo entre sí. Siempre asimilando, de manera tramposa, al viejísimo mercado con…. “lo nuevo” y enmascarando la mercantilización de la vida social con un proceso de “auto” desarrollo, cuando no hay nada más opuesto al autodespliegue humano que las relaciones mercantiles, invariablemente fetichistas, alienadas, anónimas, impersonales, jamás sujetas a la racionalidad y al control humanos. Cualquier parecido con otros procesos más recientes no es pura casualidad.
El libro de Aganbegyan intenta sistematizar las recurrentes y periódicas recetas mercantiles que se fueron implementando progresivamente en la URSS. Primero con la NEP, luego con la “utilización de la ley del valor” bajo Stalin; más tarde con Jruschov; luego con Kosyguin y finalmente con Gorbachov. Véase la reconstrucción histórica de estas arremetidas mercantiles, festejadas y aplaudidas por Aganbegyan, en Obra citada. pp.181-191.
(3) Véase Abel Aganbegyan: La perestroika económica. Una revolución en marcha. Obra citada. pp.105-139.
(4) Véase Ernesto Che Guevara, Charles Bettelheim, Ernest Mandel, Marcelo Fernández Font y otros: El gran debate. Sobre la economía en Cuba. La Habana, Ocean Sur, 2003.
Hemos intentado analizar en diversos textos ese debate y en particular las posiciones más radicales allí defendidas por el Che Guevara. Véanse nuestros libros Ernesto Che Guevara: El sujeto y el poder. Buenos Aires, Nuestra América, 2005. En la web:
http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/nestor_sujeto.pdf ; Che Guevara: Un marxismo para el siglo XXI. Caracas, Colección Nuevo Socialismo, 2009 y el más reciente En la selva. (Los estudios desconocidos del Che Guevara. A propósito de sus Cuadernos de lectura de Bolivia) . Caracas, Misión Conciencia, 2011. También el prólogo “Ernesto Guevara: Una reflexión de largo aliento”, que escribimos para el libro de Carlos Tablada El pensamiento económico de Ernesto Che Guevara. Buenos Aires, Nuestra América, 2005. pp. 1-18. Prólogo en la web: 
(5) Para una crítica extensa, detallada, pormenorizada y rigurosa de esta supuesta “utilización inteligente” de la ley del valor en la transición al socialismo por parte de los partidarios del socialismo mercantil, véase Ernesto Che Guevara: Apuntes críticos a la economía política. Melbourne, Ocean Sur, 2006. Lo mismo vale para sus ensayos “La planificación socialista, su significado” y “Sobre el Sistema Presupuestario de Financiamiento”. En todos esos trabajos el Che desmenuza la incoherencia teórica y las nefastas consecuencias políticas —tanto para la nueva sociedad que se pretende construir como para la conciencia popular que emerge de ese proceso— derivadas de esta apologética de la autogestión financiera de las empresas que hoy, en el año 2011, vuelve a asomar su cabeza en nuestros debates actuales… con rostro aparentemente ingenuo de “niño inocente” y como si nada hubiera sucedido en las últimas décadas.
(6) Véanse los trabajos de Radivoj Uvalic; M.E.Kardelj; y Dusan Bilandzic: “La autogestión en Yugoslavia”. Recopilado en Ernest Mandel: Control obrero, consejos obreros, autogestión [Antología]. México, ERA, 1974. Esta cita pertenece a Dusan Bilandzic. Obra citada. p. 324.
(7) En las tradiciones de Nuestra América, ese orden comunitario —previo y ¿por qué no? postcapitalista— sigue estando a la orden del día en las comunidades de los pueblos originarios con instituciones sociales, económicas, políticas y culturales como el ayllu, para el caso andino (abarcando los territorios hoy conocidos como Bolivia, Perú y Ecuador) y otros análogos para el caso centroamericano. En el caso europeo, muchas tradiciones comunitarias municipales del pueblo vasco —y otros pueblos igualmente resistentes— también expresan la supervivencia de relaciones sociales colectivas y auténticamente democráticas no sujetas al ordenamiento económico, jurídico y político capitalista. Fue precisamente Marx quien indagó, tanto en El Capital como en los Grundrisse [primeros borradores de El Capital] y también en escritos tardíos, en ese ordenamiento comunitario que se encuentra por debajo de la “crisálida social” mercantil del valor, el dinero y el capital. Véase Karl Marx: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858 . México, Siglo XXI, 1987. Tomo I, pp. 433-475; Karl Marx: El Capital. Crítica de la economía política. México, Siglo XXI, 1988. Tomo I, Vol. I. pp.87-102 y Karl Marx: El porvenir de la comuna rural rusa. México, Siglo XXI, 1980.
(8) Hemos intentado demostrar esta tesis sobre el carácter irreductiblemente fetichista, irracional y despótico de todo mercado (incluido el “mercado socialista”) en el libro Nuestro Marx. Caracas, Misión Conciencia, 2011. Allí, sobre todo en la segunda parte, intentamos argumentar en detalle la crítica socialista y comunista del mercado, tratando de demostrar lo insostenible, tanto teórica como prácticamente, de un proyecto socialista mercantil y la urgencia impostergable de desarrollar una estrategia de largo plazo contra el mercado en la transición al socialismo. Una estrategia que deberá ser al mismo tiempo económica, política y cultural, sometiendo a discusión todo disfraz mercantil presentado bajo la falsa apariencia de “medidas sólo técnicas”. Obra citada. pp.560-784.
(9) Véase Radivoj Uvalic: “La autogestión en Yugoslavia”. Obra citada. 314-315. Este mismo autor yugoslavo cita una encuesta de 1956 (en pleno auge del “modelo de la autogestión”) realizada por el Instituto Federal de Estadísticas entre trabajadores yugoslavos en la cual los reglamentos de tarifas y las escalas de la remuneración en dinero constituyen el principal foco de interés de los trabajadores autogestionados y cooperativos. Obra citada. pp. 317-318.
(10) Véase Dusan Bilandzic: “La autogestión en Yugoslavia”. Obra citada. p. 325.
(11) Véase Ljubomir Tadic: “La burocracia como organización cosificada”. Recopilado en Gajo Petrovic; Mihailo Markovic; Pedrag Vranicki y otros: Praxis, revolución y socialismo [Zagreb, Yugoslavia, 1975]. México, Grijalbo, 1981. p. 243.
(12) Véase Ernesto Che Guevara: “Algunas reflexiones sobre la transición socialista” [Carta a Fidel Castro, abril 1965]. En la web: http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/CheFideltransicion.pdf
(13) Véase Ernesto Che Guevara: “Algunas reflexiones sobre la transición socialista” [Carta a Fidel Castro, abril 1965]. En la web: http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/CheFideltransicion.pdf
(14) Véase Ernesto Che Guevara: “Algunas reflexiones sobre la transición socialista” [Carta a Fidel Castro, abril 1965]. En la web: http://www.lahaine.org/amauta/b2-img/CheFideltransicion.pdf
(15) Una de las pocas excepciones lo constituye el periódico Debate Socialista que recientemente le ha dedicado un número completo al estudio del Sistema Presupuestario de Financiamiento (SPF) en función del presente de Venezuela. Véase Debate Socialista Nº 120, Caracas, 5 y 7 de noviembre de 2010: “El Sistema Presupuestario de Financiamiento y la Revolución Bolivariana”. La edición digital puede encontrarse en el siguiente link:
(16) Véase “ PDVSA constituye empresa mixta petrolera con Angola y Cuba”. En la web: http://www.pdvsa.com/

domingo, 13 de marzo de 2011

El aporte de Gramsci al marxismo


13-03-2011

El aporte de Gramsci al marxismo



Cuando Néstor Kohan dictaminó la siguiente aseveración en su artículo “Gramsci y Marx. Hegemonía y poder en la teoría marxista”, sentí como que me tragó la tierra, y es que escribió: “Marx quedará, eso sí, en la historia de las ideas. Pero lo hará a lo sumo, como aquel que supo visualizar el factor económico de la vida social. En el cementerio de las teorías clásicas su cadáver permanecerá encerrado entonces dentro del sarcófago del economicismo. Por no haber teorizado sobre la política, el poder y la dominación sus reflexiones están envejecidas y resultan a los ojos de los contemporáneos absolutamente perimidas u obsoletas”. Pero al adentrarnos a la lectura y estudio de ese artículo logramos percatarnos que la afirmación de Kohan es bastante atinada, puesto que Marx no tuvo tiempo de teorizar sobre las ideas estrictamente políticas, aunque de manera implícita encontramos generalidades en varias de sus obras. Para el caso, en “El Manifiesto Comunista” y en “El 18 Brumario de Bonaparte” logramos observar la esencia de las ideas políticas de Marx, aunque sean dispersas, pero ahí están.
En verdad a Marx no le quedó suficiente tiempo para darle forma a la teoría política marxista. Friedrich Engels se concentró más en la construcción sistematizada del Materialismo Dialéctico en su obra “La dialéctica de la naturaleza”; pero es Lenin quien da los primeros aportes políticos a la teoría marxista y, finalmente, Antonio Gramsci es quien perfecciona las ideas políticas del marxismo. Gramsci fue un militante fundador del Partido Comunista de Italia, fue encarcelado y desde los barrotes de las celdas se diseminaron sus ideas políticas. Las categorías que Gramsci le incorpora al marxismo son de gran importancia.
Me atreveré en estas líneas a tratar de exponer, y por qué no a reflexionar sobre las mismas. Pero en este espacio trataremos de entender brevemente las categorías “sociedad civil”, “sociedad política”, “hegemonía” y “bloque histórico”. De este bloque histórico surge la convicción gramsciana consistente en que los hombres, a la vez que construyen la historia, son producto de ella misma. Ese es su pensamiento político-filosófico. Gramsci centraliza y esquematiza su pensamiento en el análisis de las relaciones de la estructura socio-económica y la superestructura jurídica-política, lo cual forma lo que es el bloque histórico. Este bloque histórico entraña una visión teórica-práctica del materialismo histórico. Y nos dice Emilio Betancourt que “En el contexto del bloque histórico, el Estado no sólo es un aparato de dominación de una clase por otra, sino que refleja la síntesis coerción-consenso y la síntesis hegemonía-dominación que caracterizan el ejercicio del poder político”.
No en vano el comandante Hugo Chávez hace el llamado a leer a Gramsci, porque a lo mejor ha logrado comprenderlo en tanto que, la sociedad venezolana ha sido gobernada por la oligarquía de ese país por muchos años; pero sobre todo, porque Gramsci hace la invitación a una relación dialéctica entre teoría y práctica. Ahora bien, ¿cómo está configurado el bloque histórico actualmente en la sociedad salvadoreña? ¿Quién se atrevería a desglosar y explicarnos esta relación y realidad dialéctica? ¿Es el FMLN un partido de gobierno o un partido en el gobierno? ¿Cuál es la caracterización de esa dupla hegemonía-dominación en el ejercicio del poder político? O para ser más comprensible ¿quién ejerce el poder político en este nuevo gobierno? Por lo híbrido de este gobierno en donde hay gente de derecha y un partido político que representa la derecha social del sistema es muy difícil llegar por ahora a una conclusión gramsciana. En efecto, el FMLN es considerado por algunos como la “derecha social” del sistema capitalista en el cual se desarrolla. Eso hay que discutirlo; porque a mi juicio, es una formación política socialdemócrata; para otros ha de ser un partido Revolucionario y Socialista. Dagoberto Gutiérrez dice que “es la izquierda de la derecha”.
Para Antonio Gramsci la filosofía es claramente la concepción del mundo históricamente materializada a través de la acción política. Vean que importante. Porque en esa direccionalidad se puede precisar que hay una concatenación indisoluble entre la filosofía, la historia y la política; y de ellas nace la ideología en el entendido pleno y “más alto de concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida individual y colectiva”. Ese es el punto; “en todas las manifestaciones de la vida individual y colectiva”. ¿Seré un verdadero revolucionario y socialista si mi accionar individual está regido por comportamientos propios de un burgués? ¿Seré un militante de Izquierda Revolucionaria si paso consumiendo a diario en la Gran Vía, Galerías, Macy´s o paso hurgando compulsivamente mi BlackBerry o iPhone? Queda a criterio de cada militante de Izquierda Revolucionaria hacerse una autoevaluación. Creo que terminará llorando. Cualquiera puede decir que esta observación puede lindar con un marxismo infantil. Pero en qué estamos; a favor de transformar o cambiar este sistema o, para ser más suave, este modelo neoliberal.
Nos dice el profesor Betancourt que “La filosofía de la praxis debe surgir primeramente como crítica a la filosofía religiosa y al mecanismo determinista, y consolidarse en la lucha política por la hegemonía ideológica de la sociedad.” Le escuché decir a José Luis Merino (Comandante Ramiro Vásquez), de quien tengo un buen concepto, que “en esta coyuntura debemos demostrar quién lleva la hegemonía”. En verdad, ¿quién llevará la hegemonía en esta coyuntura política? Hay que tomar muy en cuenta que la estructura de las organizaciones que difunden la ideología está encajada en una superestructura que se expresa en las iglesias, en la estructura educativa y en la prensa. En base a estos parámetros quién tiene la hegemonía, cuando la Iglesia institucionalmente es reaccionaria, cuando los alumnos están siendo educados con libros que llevan la rúbrica de la ex ministra de educación Darlin Meza, y cuando los medios de comunicación están siendo controlados por la ultraderecha.
Ahora es necesario precisar sobre la “sociedad civil” y la “sociedad política”, porque significan la unidad dialéctica que conforman la superestructura del “bloque histórico”. Por sociedad civil hemos de entender como el terreno donde se nutre y se afinca la ideología de la clase dirigente; y por sociedad política entendemos por aquella estructura donde se encuentran los burócratas y los militares. Según Gramsci esto no implica llanamente el papel de ejercer la dominación, sino también la dirección; es decir, una combinación entre coerción y consenso. Pero quién domina y quién dirige en El Salvador; ese es el interrogante a formularse.
Estas son en sí algunas categorías políticas acuñadas por Antonio Gramsci al marxismo. Ahora bien, dice un amigo filósofo que al marxismo hay que inyectarle ciertas dosis de re-conceptualizaciones, a manera de adaptar esas categorías marxistas de antaño a la realidad. Por supuesto, no distorsionando su espíritu. Porque –dice este filósofo- que el estructuralismo llevó a interpretaciones erráticas del marxismo, y luego fueron llevadas a la práctica, de ahí su degeneración y derrumbe del socialismo en la ex Unión Soviética. Para el caso, en la década de 1920 en El Salvador, las asociaciones anarcosindicalistas fueron nutriendo la lucha de clases que desembocó en la insurrección de 1932. ¿Eran marxistas esos trabajadores, proletarios, indígenas y campesinos? Por supuesto que no. ¿Qué es una interpretación estructuralista? Simplemente es querer interpretar y adaptar la realidad a un esquema preestablecido. Así de fácil.
Pongamos un ejemplo más reciente. Ahmad Hashem al Sayed, un abogado egipcio y desempleado se inmoló porque la policía le decomisó las frutas y verduras que vendía. Mohamed Faruk Mohamed Hasan, de 50 años, otro abogado se inmoló en protesta porque la policía nunca dio con el paradero de su hija desaparecida. Otro Ingeniero, que vendía en las calles de El Cairo se inmoló. Y esa cadena de protestas generó una insurrección popular, dando como resultado la caída del régimen de Mubarak. ¿Estas personas eran marxistas? No. ¿Sabían conceptualizar y diferenciar entre su condición de profesionales sin empleo y sin posibilidades de ejercicio de su profesión? No. ¿Estaban conscientes que ocupaban un lugar en la lucha de clases? No.
¿La gente que está desilusionada en El Salvador con este nuevo “gobierno de izquierda” conoce acerca de su condición de clase a la luz del marxismo? ¿Los militantes del FMLN conocen de marxismo? A lo mejor no. Si el Ejecutivo no le da respuestas al engorroso tema de la “focalización” o “racionalización” del subsidio al gas tendrá a la gente en las calles. Si no cumple con su “Fábrica de Empleo” probablemente y la gente se manifieste en las calles. ¿Cuál es la lección que nos deja el hecho de estudiar marxismo y no llevarlo a la práctica? Esos interrogantes son de contestar. Muchas veces la combinación entre teoría y práctica es necesaria, pero a veces la práctica es más indispensable que la teoría. Pero, por esa realidad no dejaremos en modo alguno de teorizar sobre el marxismo.

sábado, 12 de marzo de 2011

Difusión y recepción de los Grundrisse en el mundo


11-03-2011

Difusión y recepción de los Grundrisse en el mundo

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Introducción
1858-1953: 100 años de soledad

Después de haber abandonado los Grundrisse en mayo de 1858 para dedicarse a trabajar en Una contribución a la crítica de la economía política, Marx usó fragmentos de los primeros para componer este último texto, pero luego casi dejó de hacerlo. En realidad, si bien tenía la costumbre de citar a sus propios estudios previos, incluso transcribiendo párrafos enteros de ellos, ninguno de los manuscritos preparatorios para El capital, con excepción de aquellos de 1861-1863, contienen referencia alguna a los Grundrisse. Éstos quedaron entonces entre todos los demás borradores que no tuvo ninguna intención de utilizar, ya que lo absorbió la necesidad de resolver problemas más específicos que los tratados en dichos textos.

No existe una certeza absoluta sobre este asunto, pero es probable que ni siquiera Friedrich Engels haya leído los Grundrisse. Como se sabe, Marx apenas había logrado completar el primero de los tomos de El capital cuando falleció. Engels seleccionó y editó para su publicación los manuscritos incompletos para el segundo y el tercer tomo. En el curso de esta actividad, debió haber examinado docenas de cuadernos que contenían borradores preliminares de El capital. Es posible suponer que, cuando estaba tratando de poner cierto orden en esa montaña de papeles, haya hojeado los Grundrisse y haya llegado a la conclusión de que se trataban de una versión prematura de la obra de su amigo, anterior incluso a Una contribución a la crítica de la economía política de 1859; y que por lo tanto no podían ser usados para sus propósitos. Es más, Engels jamás mencionó los Grundrisse ni en sus prefacios para los dos tomos de El capital que hizo publicar ni en ninguna de su vasta colección de cartas.

Después de la muerte de Engels, gran parte de los textos originales de Marx se depositaron en el archivo del Partido Social Demócrata de Alemania (SPD) en Berlín, adonde se los trató con mucha negligencia. Los conflictos políticos internos del Partido impidieron la publicación de muchos materiales importantes que Marx había dejado; hasta llegaron a dispersarse los manuscritos y esto impidió durante mucho tiempo sacar una edición completa de sus obras. Nadie asumió tampoco la responsabilidad de inventariar el legado intelectual de Marx, con el resultado de que los Grundrisse quedaran enterrados con sus demás papeles.

La única parte que vio la luz durante este período fue la “Introducción” que Karl Kautsky publicó en 1903 en Die Neue Zeit [Los Nuevos Tiempos], junto a una nota breve que los presentaba como un “borrador fragmentario” fechado el 23 de agosto de 1857. Argumentando que se trataba de una introducción a la ópera magna de Marx, Kautsky le dio el título de Einleitung zu einer Kritik der politischen Ökonomie [Introducción a una crítica de la economía política] y sostuvo que “a pesar de su carácter fragmentario ofrecía una gran cantidad de nuevos puntos de vista” (Marx 1903: 710 n.1). Hubo un interés considerable por este texto: las primeras versiones en otras lenguas fueron en francés (1903) y en inglés (1904) y rápidamente recibió mayor atención después de que Kautsky lo publicara en 1907 como apéndice de Una contribución a la crítica de la economía política. Siguieron luego más y más traducciones, incluyendo al ruso (1922), al japonés (1926), al griego (1927) y al chino (1930), hasta convertirse en una de las obras más comentadas de toda la producción teórica de Marx.

Aunque la suerte acompañó a la “Introducción”, los Grundrisse, sin embargo, no fueron conocidos durante un largo tiempo. Es difícil creer que Kautsky no haya descubierto todo el manuscrito junto con la “Introducción”, pero nunca lo mencionó. Y un poco más tarde, cuando decidió publicar algunos escritos previamente desconocidos de Marx entre 1905 y 1910, se concentró en una colección de materiales de 1861-1863, a los cuales puso el título de Teorías de la plusvalía.

El descubrimiento de los Grundrisse llegó en 1923, gracias a David Riazanov, director del Instituto Marx-Engels (MEI) de Moscú y organizador de la Marx Engels Gesamtausgabe (MEGA), las obras completas de Marx y Engels. Luego de examinar el Nachlass en Berlín, reveló la existencia de los Grundrisse en un informe a la Academia Socialista de Moscú sobre el legado literario de Marx y de Engels:

“Entre los papeles de Marx hallé otros ocho cuadernos de estudios económicos. (...) Este manuscrito pudo ser elaborado hacia mediados de la década de 1850 y contiene el primer borrador de la obra de Marx [El capital], a la que en esa época él todavía no había puesto un título; [también] representa la primera versión de su Una contribución a la crítica de la economía política”.[1] (Riazanov 1925: 393-4)

“En uno de estos cuadernos”, continua Riazanov, “Kautsky halló la ‘Introducción’ a Una contribución a la crítica de la economía política; y los considera que los manuscritos preparatorios para El capital tenían ‘un extraordinario interés por lo que nos dicen acerca de la historia del desarrollo intelectual de Marx y de su método característico de trabajo e investigación.’” (Riazanov 1925: 394).

Gracias a un acuerdo para la publicación de los MEGA entre el MEI, el Instituto de Investigación Social de Frankfurt y el SPD (que todavía tenía a su cargo la custodia del Nachlass de Marx y Engels), los Grundrisse fueron fotografiados junto con muchos otros escritos inéditos y comenzaron a ser estudiados por especialistas en Moscú. Entre 1925 y 1927, Pavel Veller, del MEI, catalogó todos los materiales preparatorios para El capital, de los cuales los Grundrisse fueron los primeros. En 1931 ya los había descifrado y mecanografiado completamente y en 1933 una parte se publicó en ruso como el “Capítulo sobre el dinero”, seguido dos años más tarde por una edición en alemán. Finalmente, en 1936, el Instituto Marx-Engels-Lenin (MELI, sucesor del MEI) adquirió seis de los ocho cuadernos de los Grundrisse, lo que posibilitó resolver los demás problemas editoriales.

Entonces, en 1939, el último manuscrito importante de Marx apareció en Moscú bajo el título que le diera Veller (era un extenso trabajo de uno de los períodos más productivos de su vida): Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie (Rohentwurf) 1857-1858. Dos años después les siguieron un apéndice (Anhang) que comprendía los comentarios de Marx de 1850-1 sobre los Principles of Political Economy and Taxation de Ricardo, las notas sobre Bastiat y Carey y su propio índice para los Grundrisse y el material preparatorio (Urtext) para Una contribución a la crítica de la economía política de 1859. El prefacio del MELI a la edición de 1939, destacó su valor excepcional: “el manuscrito de 1857-1858, publicado completamente por primera vez en este volumen, marcó una etapa decisiva en la obra económica de Marx” (MELI 1939: VII).

Si bien las pautas editoriales y la forma de publicación fueron similares, los Grundrisse no fueron incluidos en los tomos de la MEGA, sino que aparecieron en una edición separada. Más aún, la proximidad de la Segunda Guerra Mundial significó que la obra quedara virtualmente desconocida: los 3,000 ejemplares pronto se volvieron muy escasos y sólo unos pocos lograron cruzar las fronteras soviéticas. Los Grundrisse no figuraron en la Sochineniya de 1928-47, la primera edición rusa de las obras de Marx y Engels y su primera reedición en alemán debió esperar hasta 1953. Aunque es sorprendente que un texto como los Grundrisse fuera publicado en el período estalinista, ya que era seguramente una herejía con respecto a los indiscutibles cánones del diamat, el “materialismo dialéctico” al estilo soviético, debemos recordar que era en ese momento el más importante de los escritos de Marx que no circulaba por Alemania. Su eventual publicación de 30,000 ejemplares en Berlín Oriental fue parte de las celebraciones por el Karl Marx Jahr, en el 70° aniversario de la muerte de su autor y el sesquicentenario de su nacimiento.

Escrito en 1857-1858, los Grundrisse recién pudieron ser leídos en todo el mundo a partir de 1953, después de 100 años de soledad.


Por el mundo circulan 500.000 ejemplares
A pesar de la resonancia de este importante manuscrito, anterior a El capital, y a pesar del valor teórico que se le atribuía, las ediciones en otras lenguas sólo fueron apareciendo muy lentamente.

Después de la “Introducción”, otro resumen fue el primero en generar interés: se trata de las “Formas que preceden a la producción capitalista”. Se lo tradujo al ruso en 1939 y luego del ruso al japonés en 1947-1948. A partir de allí la edición separada en alemán de esta sección y una traducción al inglés ayudaron a asegurar una audiencia más vasta: la primera, que apareció en 1952 como parte de la Kleine Bücherei des Marxismus-Leninismus [Pequeña Biblioteca de Marxismo-Leninismo] fue la base para las versiones húngara e italiana (1953 y 1954, respectivamente); mientras que la última, publicada en 1964, ayudó a difundirla en los países anglófonos y mediante su traducción en Argentina (1966) y en España (1967) al mundo de habla hispana. El editor de la edición inglesa, Eric Hobsbawm, agregó un prefacio que ayudó a subrayar su importancia: Formaciones económicas precapitalistas, escribió, fue el “intento más sistemático de Marx para abordar el problema de la evolución histórica” y “puede afirmarse con seguridad que toda discusión histórica marxista que no (la) tome en cuenta (...) debe ser reconsiderada a la luz que ella arroja” (Hobsbawm 1964: 10). Cada vez más estudiosos en todo el mundo comenzaron a interesarse por este texto que apareció en muchos países y en todos lados desató importantes discusiones históricas y teóricas.

A fines de la década de 1950 comenzaron las traducciones de los Grundrisse en su totalidad: su difusión fue un proceso lento pero inexorable que, con el tiempo, permitió una apreciación más completa y en algunos aspectos distinta de la obra de Marx. Los mejores intérpretes de los Grundrisse lo abordaron en su versión original, pero su estudio más amplio -entre los estudiosos que no sabían leer alemán y sobre todo entre los militantes políticos y los estudiantes universitarios- fue recién después de su publicación en distintos idiomas nacionales.

Las primeras que aparecieron fueron en Oriente: en Japón (1958-1965) y China (1962-1978). En la Unión Soviética recién vio la luz en 1968-1969 una edición rusa, como complemento a la segunda edición ampliada de las Sochineniya (1955-66). Su anterior exclusión tuvo una repercusión más grave, ya que dio como resultado una ausencia similar en las Marx-Engels Werke (MEW) de 1956-1968, que reproducían la selección de textos soviética. Los MEW -es decir la edición más ampliamente usada de las obras de Marx y de Engels, así como la fuente de la traducción a la mayoría de los demás idiomas- fue, por lo tanto, privada de los Grundrisse hasta su eventual publicación como complemento en 1983.
Los Grundrisse también comenzaron a circular en Europa Occidental a fines de la década de 1960. La primera traducción apareció en Francia (1967-1968) pero era de inferior calidad y tuvo que ser reemplazada por una más fidedigna en 1980. Le siguió una versión italiana entre 1968 y 1970, siendo significativo que la iniciativa proviniera, al igual que en Francia, de una editorial independiente del Partido Comunista.

El texto fue publicado en español en la década del setenta. Si excluimos la versión de 1970-1971 publicada en Cuba, que tuvo poco valor porque estaba hecha a partir de la versión francesa y cuya circulación quedó confinada a los límites de la isla, la primera traducción española propiamente dicha se realizó en Argentina entre 1971 y 1976. Le siguieron otras tres realizadas conjuntamente por España, Argentina y México, logrando así que el español fuese el idioma que cuenta con la mayor cantidad de traducciones de los Grundrisse.

La traducción inglesa fue precedida en 1971 por una selección de extractos, cuyo editor David McLellan, avivó las expectativas de los lectores de este texto: 'Los Grundrisse son mucho más que un borrador preliminar de El capital” (McLellan 1971:2); en realidad, más que cualquier otra obra, “contiene una síntesis de las distintas líneas del pensamiento de Marx (...) En cierto sentido, ninguna de las obras de Marx está completa, pero la más completa de todas, son los Grundrisse” (McLellan 1971: 14-15). La traducción completa finalmente llegó en 1973, 20 años después que la edición original en alemán. Su traductor, Martin Nicolaus, escribió en el prólogo:

“Además de su gran valor biográfico e histórico, [los Grundrisse] agregan mucho material nuevo y son el único esbozo del proyecto económico y político de Marx (...) Los Grundrisse desafían y ponen a prueba toda interpretación seria sobre Marx concebida hasta hoy”. (Nicolaus 1973: 7)

Los años setenta fueron también la década crucial para las traducciones en Europa Oriental. Pues una vez que se le dio luz verde en la Unión Soviética ya no había ya ningún obstáculo para su aparición en los países “satélites”: Hungría (1972), Checoslovaquia (1971-1977 en checo, y 1974-1975 en eslovaco) y Rumania (1972-1974), así como también en Yugoslavia (1979). En ese mismo período, salieron a la venta más o menos en forma simultánea, dos ediciones danesas opuestas: una por la editorial relacionada con el Partido Comunista (1974-1978) y otra por un editor cercano a la Nueva Izquierda (1975-1977).

En la década de 1980 los Grundrisse también fueron traducidos en Irán (1985-1987, y se convirtió en la primera edición rigurosa en farsi de todas las obras más importantes de Marx), así como en otros países europeos. La edición eslovena data de 1985 y las ediciones polaca y la finlandesa datan de 1986 (esta última con el apoyo soviético).
Con la disolución de la Unión Soviética y el fin del llamado “socialismo realmente existente”, que en realidad había sido una flagrante negación del pensamiento de Marx, se abrió un intervalo en la publicación de sus escritos. Sin embargo, aún en aquellos años en que el silencio que rodeaba al autor sólo era roto por gente que aseguraba que estaba condenado al olvido, los Grundrisse siguieron siendo traducidos a otros idiomas. Ediciones en Grecia (1989-1992), Turquía (1999-2003), Corea del Sur (2000) y Brasil (planeado para el 2008) hicieron de ésta la obra de Marx con el mayor número de nuevas traducciones en las últimas dos décadas.

En total, los Grundrisse han sido traducidos en su totalidad a 22 idiomas,[2] y en un total de
32 versiones diferentes. Sin incluir las ediciones parciales, han sido impresos más de 500.000 ejemplares[3], una cantidad que sorprendería enormemente al hombre que los escribió tan sólo para resumir, con mucho apuro, los estudios económicos que había realizado hasta entonces.


Lectores e intérpretes
La historia de la recepción de los Grundrisse, así como su difusión, se caracteriza por un comienzo bastante tardío. La razón principal de ello, aparte de las idas y vueltas asociadas con su redescubrimiento, es ciertamente la complejidad misma de este mismo manuscrito fragmentario y preliminar, tan difícil de interpretar y traducir a otros idiomas. Al respecto, el autorizado especialista Roman Rosdolsky ha señalado:

“En 1948, cuando por primera vez tuve la buena suerte de ver uno de estos entonces tan escasos ejemplares (...) fue evidente desde un principio de que se trataba de una obra de fundamental importancia para la teoría marxista. Sin embargo, su forma inusual y hasta cierto punto, su oscuro modo de expresión, la hicieron muy poco adecuada para interesar a un amplio círculo de lectores”. (Rosdolsky 1977: xi)

Estas consideraciones lo llevaron a Rosdolsky a intentar una exposición clara y un examen crítico del texto. El resultado fue Zur Enstehungsgeschichte des Marxschen 'Kapital': Der Rohentwurf des 'Kapital' 1857-58 [La gestación de “El capital” de Marx: el esbozo preliminar de “El Kapital” 1857-59] que apareció en alemán en 1968 y que fue la primera y aún principal monografía dedicada a los Grundrisse. Traducida a muchos idiomas, alentó la publicación y circulación de la obra de Marx y ha tenido una influencia considerable sobre todos los intérpretes que surgieron posteriormente.
El año 1968 fue significativo para los Grundrisse. Además del libro de Rosdolsky, en el número de marzo-abril de la New Left Review se publicó el primer ensayo en inglés: “El Marx desconocido” de Martin Nicolaus, que tuvo el mérito de hacer más ampliamente conocidos los Grundrisse, y subrayar la necesidad de una traducción completa. Entretanto, en Alemania y en Italia, los Grundrisse atrajeron a algunos de los principales actores de la revuelta estudiantil, que estaban entusiasmados por su contenido radical y explosivo a medida que se iban adentrando en sus páginas. La fascinación fue irresistible, especialmente entre quienes en la nueva izquierda rechazaban la interpretación “marxista-leninista” de Marx.

Por otra parte, en el Este los tiempos también estaban cambiando. Tras un período inicial en el que los Grundrisse fueron casi completamente ignorados o tratados con recelo, el estudio introductorio de Vitali Vygodski: Istoriya odnogo velikogo otkrytiya Karla Marksa [La historia de un gran descubrimiento: cómo escribió Marx “El capital”], publicado en Rusia en 1965 y en la República Democrática alemana en 1967, adoptó un enfoque totalmente distinto. Vygodski los definió como “la obra de un genio”, que “nos introduce en el ‘laboratorio creativo’ de Marx y nos permite seguir paso a paso el proceso en el que elaboró su teoría económica” y a los cuales era necesario, por lo tanto, prestarles la debida atención (Vygodski 1974: 44).

En el lapso de sólo unos pocos años, los Grundrisse se convirtieron en el texto clave para muchos marxistas de gran influencia. Aparte de los ya mencionados, los especialistas que especialmente se ocuparon de ellos, fueron: Walter Tuchscheerer en la República Democrática Alemana, Alfred Schmidt en la República Federal Alemana, miembros de la Escuela Budapest en Hungría, Lucien Séve en Francia, Kiyoaki Hirata en Japón, Gajo Petrovié en Yugoslavia, Antonio Negri en Italia, Adam Schaff en Polonia y Allen Oakley en Australia. En general, se convirtió en una obra que todo estudioso serio de Marx debía asimilar.

Con diversas variantes, los intérpretes de los Grundrisse se dividieron entre quienes los consideraban una obra autónoma, conceptualmente completa en sí misma y aquellos que la vieron como un manuscrito temprano que simplemente preparó el camino para El capital. El trasfondo ideológico de las discusiones sobre los Grundrisse (siendo el núcleo de la disputa la legitimidad o ilegitimidad de los enfoques en Marx, con sus inmensas repercusiones políticas) favoreció el desarrollo de interpretaciones inadecuadas, e incluso de las que hoy en día parecen ridículas. Pues algunos de los comentaristas más entusiastas de los Grundrisse sostenían incluso que éstos eran teóricamente superiores a El capital, a pesar de los diez años adicionales de intensas investigaciones que llevaron a la elaboración de este último. De manera similar, entre los principales detractores de los Grundrisse, había algunos que pretendían que, a pesar de las importantes secciones para nuestra comprensión de la relación entre Marx y Hegel y a pesar de los significativos pasajes sobre la alienación, no agregaban nada a lo que ya se sabía sobre Marx.

No sólo hubo lecturas opuestas de los Grundrisse; también hubo no-lecturas, siendo el ejemplo más notable y representativo el de Louis Althusser. Aunque éste intentó hacer hablar a los supuestos silencios de Marx y leer a El capital de un modo tal de “hacer visibles los vestigios invisibles que hay en él” (Althusser y Balibar 1979: 32), se permitió soslayar la conspicua masa de cientos de páginas escritas de los Grundrisse, y efectuar una división del pensamiento de Marx (que fue luego acaloradamente discutida) entre las obras de juventud y las de madurez, sin reconocer el contenido y la importancia de los manuscritos de 1857-1858.[4]

A partir de mediados de la década del 1970, sin embargo, los Grundrisse ganaron cada vez una mayor cantidad de lectores e intérpretes. Aparecieron dos extensos comentarios: uno en japonés en 1974 (Morita y Yamada 1974), otro en alemán en 1978 (Projektgruppe Entwicklung des Marxschen Systems 1978), pero también muchos otros autores escribieron sobre ellos. Una gran cantidad de especialistas los consideraron como un texto de especial importancia para uno de los temas más ampliamente debatidos respecto del pensamiento de Marx: su deuda intelectual hacia Hegel. Otros quedaron fascinados por las afirmaciones casi proféticas en los fragmentos sobre la maquinaria y la automación.

En Japón los Grundrisse fueron también leídos como un texto sumamente pertinente para nuestra comprensión de la modernidad. En la década de 1980 comenzaron a aparecer los primeros estudios detallados en China, donde se usó esta obra para arrojar luz sobre la génesis de El capital, mientras que en la Unión Soviética se publicó un volumen colectivo dedicado enteramente a los Grundrisse (Vv. Aa. 1987).

En los últimos años, la perdurable capacidad de las obras de Marx para explicar (al mismo tiempo también para criticar) el modo capitalista de producción, ha promovido un renovado interés de parte de muchos eruditos internacionales (véase Musto 2007). Si continúa esta renovación y si es acompañada por una nueva demanda de Marx en el campo de la política, los Grundrisse ciertamente demostrarán una vez más ser uno de sus escritos que pueden atraer una especial atención.

Entretanto, con la esperanza de que “la teoría de Marx será una fuente viva de saber y de la práctica política guiada por este saber” (Rosdolsky 1977: xiv), la historia que aquí presentamos sobre la difusión y recepción globales de los Grundrisse sólo pretende ser un modesto reconocimiento a su autor y un intento de reconstruir un capítulo aún inédito en la historia del marxismo.

 Tabla Cronológica de traducciones de los Grundrisse
1939-41: Primera edición alemana
1953: Segunda edición alemana
1958-65: Traducción japonesa
1962-78: Traducción china
1967-68: Traducción francesa
1968-69: Traducción rusa
1968-70: Traducción italiana
1970-71 Traducción al castellano
1971-77 Traducción al checo
1972: Traducción húngara
1972-74: Traducción al rumano
1973: Traducción inglesa
1974-75: Traducción al eslovaco
1974-78: Traducción danesa
1979: Traducción al serbio/serbo-croata
1985: Traducción eslovena
1985-87: Traducción al farsí
1986: Traducción polaca
1986: Traducción finlandesa
1989-92: Traducción griega
1999-2003: Traducción al turco
2000: Traducción coreana
2008: Traducción portuguesa * Musto, Marcello. Profesor de Filosofía y Política en la York University, Toronto, Canadá, autor del libro Sulle tracce di un fantasma, trabaja actualmente en los Archivos de las obras de Marx en Berlin y Amsterdam y en la redacción de un ensayo sobre Marx y los MEGA.

Notas
[1] La versión rusa de este informe fue publicada en 1923.

[2] Ver la tabla cronológica de traducciones. A las traducciones completas mencionadas anteriormente deberían agregarse las selecciones en sueco (Karl Marx, Grunddragen i kritiken av den politiska ekonomin, Estocolmo: Zenit/R&S, 1971) y en macedonio (Karl Marx, Osnovi na kritikata na politiékata ekonomija (grub nafrlok): 1857-1858, Skopje: Comunist, 1989), así como las traducciones de la Introducción y Formas de producción precapitalistas a un gran número de idiomas, del vietnamés al noruego, así como el árabe, el holandés y el búlgaro.

[3] El total ha sido calculado sumando las tiradas de las ediciones consultadas en los países mencionados.
Ver Séve (2004), quien recuerda cómo “con la excepción de textos tales como la Introducción, (…) Althusser jamás leyó los Grundrisse, en el real sentido de la palabra leer” (pág. 29). Adaptando el término de Bachelard “corte epistemológico” (coupure épistémologique), que el mismo Althusser había tomado prestado y usado, Séve habla de un “corte bibliográfico artificial (coupure bibliographique) que condujo a las ideas más erróneas de su génesis y por lo tanto de su consistencia con el pensamiento maduro de Marx” (pág. 30).

Referencias

Althusser, Louis and Balibar, Étienne (1979) Reading Capital, London: Verso. Hobsbawm, Eric J. (1964) ‘Introduction’, in Karl Marx, Pre-Capitalist Economic Forma­tions, London: Lawrence & Wishart, pp. 9–65.

McLellan, David (1971) Marx’s Grundrisse, London: Macmillan.

Marx, Karl (1903) ‘Einleitung zu einer Kritik der politischen Okonomie’, Die Neue Zeit, 21, vol. 1: 710–18, 741–5 and 772–81.

Marx–Engels–Lenin Institute (1939) ‘Vorwort’ [‘Foreword’], in Karl Marx, Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie (Rohentwurf) 1857–1858, Moscow: Verlag für Fremdsprachige Literatur, pp. vii–xvi.

Morita, Kiriro and Yamada, Toshio (1974) Komentaru keizaigakuhihan’yoko [Comentarios sobre los Grundrisse], Tokyo: Nihonhyoronsha.

Musto, Marcello (2007) ‘The Rediscovery of Karl Marx’, International Review of Social History, 52/3: 477–98.

Nicolaus, Martin (1973) ‘Foreword’, in Karl Marx, Grundrisse: Foundations of theCritique of Political Economy (Rough Draft), Harmondsworth: Penguin, pp. 7–63.

Projektgruppe Entwicklung des Marxschen Systems (1978) Grundrisse der Kritikder politischen Ökonomie (Rohentwurf). Kommentar [Outlines of the Critique of Political Economy. Rough Draft. Commentary], Hamburg: VSA.

Rosdolsky, Roman (1977) The Making of Marx’s ‘Capital’, vol. 1, London: Pluto Press.

Ryazanov, David (1925) ‘Neueste Mitteilungen über den literarischen Nachlaß von Karl Marx und Friedrich Engels’ [‘Latest reports on the literary bequest of Karl Marx and Friedrich Engels’], Archiv für die Geschichte des Sozialismus und der Arbeiterbewe­gung, 11: 385–400.

Séve, Lucien (2004) Penser avec Marx aujourd’hui, Paris: La Dispute.

Vv. Aa. (1987) Pervonachal’ny variant ‘Kapitala’. Ekonomicheskie rukopisi K. Marksa 1857–1858 godov [The first version of Capital, K. Marx’s Economic Manuscripts of 1857–1858], Moscow: Politizdat.

Vygodski, Vitali S. (1974) The Story of a Great Discovery: How Marx Wrote ‘Capital’, Tunbridge Wells: Abacus Press.

Fuente: http://www.herramienta.com.ar/herramienta-web-7/difusion-y-recepcion-de-los-grundrisse-en-el-mundo

martes, 8 de marzo de 2011

A cuento de la (in)comprensión del Cénit del petróleo por parte de la izquierda


08-03-2011

Contestación a Lino C. Vila
A cuento de la (in)comprensión del Cénit del petróleo por parte de la izquierda



Rebelion.org publicó el día 1 de enero una contestación a un reciente artículo mío firmada por Lino C. Vilas bajo el título Unos apuntes al artículo de Manuel Casal: “es urgente que la izquierda comprenda las implicaciones del cénit del petróleo". Quisiera aprovechar para aclarar algunas cuestiones que espero aporten más luz sobre el problema al que nos enfrentamos.

Para empezar, en ningún punto de mi artículo propongo que “rechacemos la tecnología”, como da a entender C. Vila. Simplemente advierto contra nuestra dependencia de aquellas tecnologías que dependan a su vez de fuentes de energía de las que vamos a carecer en un tiempo más o menos corto, pero en cualquier caso de forma irreversible. Así, un coche a gasolina y una bicicleta son ambos productos de la tecnología, pero el primero no tiene sentido en un mundo sin petróleo y la segunda tiene más sentido que nunca. Podríamos pensar en cientos de ejemplos como este pero me limitaré a señalar la conveniencia (y urgencia) de recuperar el concepto de “tecnología apropiada” (“appropriate technology”, AT) que surgiera en los 70 como respuesta a las crisis (políticas) del petróleo. Cita C. Vila la avanzada tecnología médica de que disfrutamos en las sociedades industrializadas, pero no debí alcanzar a explicar bien la relación entre tecnología y energía, porque el autor pasa por alto cómo hacer funcionar esa tecnología y cómo mantenerla (repuestos, mantenimiento, final de vida útil...) sin energía. Porque lo queramos ver o no, la práctica totalidad de los elementos que conforman nuestra vida diaria en estas sociedades de la opulencia energética (la era de la “hibris”, que diría William Catton), dependen directa o indirectamente de la disponibilidad continua y a precio módico, de combustibles fósiles. Así que no se trata de estar o “no estar dispuestos a renunciar” (palabras de Lino C. Vila) a nada, sino de ser conscientes de qué partes de nuestra sociedad dejarán de funcionar a medida que el petróleo sea más escaso y más caro, y qué significará ese importante colapso funcional para el conjunto del sistema. Cualquier planteamiento social, político o personal realizado sin tener ese hecho en cuenta será inútil e incluso contraproducente pues caminará en direcciones sin salida que tarde o temprano habrá que desandar, si quedan fuerzas (o sea, energías).

Por otro lado me parece muy interesante el planteamiento que realiza C. Vilas acerca de la situación que se produciría entre sociedades que avanzasen hacia la autosuficiencia local que propongo y otras que acaparen los últimos restos del oro negro y traten así de mantener un poco más el nivel tecnológico industrial. Sobre este aspecto recomiendo estudiar el Protocolo de Uppsala, propuesto por científicos y activistas del “peak oil” y que defiende que una renuncia voluntaria y anticipada al petróleo no sólo no sitúa a una colectividad en peor situación que una que insista tozuda en mantenerse en la vía imposible del consumo creciente, sino que en realidad le aporta una ventaja. De hecho, un aspecto muy valioso de este protocolo es que no hace falta que todos los países lo asuman para que funcione —como sucede por contra con el de Kyoto— sino que desde el momento en que un país —o comunidad, o ayuntamiento, o empresa— lo adopta, se sitúa en mejor punto de partida para resistir la escasez que tarde o temprano alcanzará a todos: en otras palabras, aumenta su resiliencia. No olvidemos que los cambios sociales, económicos y energéticos que implica pasar del modelo basado en el petróleo a otro basado en energías renovables y locales necesitan décadas para realizarse, y eso en el mejor de los casos: es decir, en el caso de que haya suficiente financiación y suficiente energía para llevar a cabo tan ciclópea labor, sin precedentes en la historia humana. Por tanto, aunque parezcan disponer de una ventaja en el corto plazo aquellos que no renuncien al petróleo hasta el último momento, serán en realidad los peor preparados cuando inevitablemente a ellos también se les cierre el grifo. Así que no se trata de “razón” vs. “fuerza” como plantea mi crítico, sino de “anticiparse” vs. “cerrar los ojos”: esta fábula no va de corderos y lobos, sino más bien de hormigas y cigarras. C. Vilas no menciona —aunque es también crucial para prever lo que va a suceder a nivel geopolítico— la situación que se dará entre países exportadores y países importadores. De una parte, la gran mayoría de los países industrializados son ya importadores netos de esta sustancia que fundamenta sus economías, y de la otra, los países productores (“extractores” estaría mejor dicho) comienzan a dar avisos de que los últimos barriles se los reservarán para sí mismos. Si las economías occidentales tuviesen un crecimiento del PIB del 1% de aquí a entonces, se estima que para 2015 las exportaciones netas de los países productores ya no llegarían para abastecerlos (y eso contabilizando sólo las necesidades de EE.UU., Europa y Japón). Los principales países productores cada año consumen más y más de su propio petróleo, agotando las reservas y dejando menos petróleo disponible en el mercado para exportar. Es decir, el pico de las exportaciones netas precede al pico total del petróleo, y sus consecuencias nos están comenzando a llegar ya a los países importadores. Lógicamente la organización que más petróleo consume del planeta tendrá también algo que decir en este reparto: el ejército de los EE.UU. O ¿es que alguien tenía duda de los verdaderos motivos de la política estadounidense en Oriente Medio? En este sentido resulta muy clarificador ver la coincidencia de fechas entre los primeros informes científicos sobre los síntomas de agotamiento del petróleo y la preparación de las invasiones de Afganistán e Irak, sin olvidar que los Bush y su círculo provenían del negocio del petróleo.

Lino C. Vilas ilustra una vez más una de las carencias, no voy a decir solamente de la izquierda, sino de nuestra especie en conjunto. Dice, refiriéndose a mi artículo: “Olvida aquí que la izquierda tiene que dirigirse a la clase trabajadora que existe actualmente, que será rural o industrial dependiendo de las zonas. Que las propuestas de la izquierda deben estar contextualizadas en un lugar concreto y en un momento concreto.” Si el contexto temporal de referencia de la izquierda no es capaz de incluir las próximas décadas, entonces estamos incurriendo en uno de los fallos estructurales del capitalismo: el cortoplacismo. Pero creo que existen pruebas de que no tiene necesariamente que ser así: en el caso del cambio climático buena parte de la izquierda sí que ha sabido escuchar las voces de alarma de la comunidad científica y, aunque no estemos aún sufriendo un contexto de cambio climático catastrófico, sabemos anticiparnos y luchar por evitarlo. ¿Por qué no podemos aplicar también al problema del petróleo esa sabia anticipación, de la cual carece el capitalismo del beneficio a corto plazo y el electoralismo cuatrianual burgués? ¿Qué impide que lo hagamos para prever una carencia de petróleo que está a la vuelta de la esquina, cuando sí lo estamos haciendo para evitar un cambio climático a décadas vista? ¿Por qué asumimos las consecuencias profundas del calentamiento global pero no las consecuencias profundas del fin del petróleo? ¿Nos convierte la lucha por la reducción de las emisiones de CO2 en “una vanguardia tan adelantada que se pierda de vista de la masa” como critica C. Vilas en el caso de la concienciación sobre el Cénit? Ser consciente de los contextos que deberá afrontar la sociedad en un futuro más o menos cercano no significa abandonar las necesarias luchas del presente, sino reorientarlas teniendo en cuenta dicho futuro. Por poner un ejemplo: es totalmente diferente el planteamiento sobre el mantenimiento de puestos de trabajo en la industria del automóvil según se tenga en cuenta o no que nos hallamos al final de la Era del petróleo. Esta necesaria reorientación que reclamo de las izquierdas no sería sino mera coherencia con sus valores diferenciadores y con una solidaridad extendida a las generaciones futuras y a nuestro inmediato mañana. Concretando de nuevo en un caso ilustrativo: el gasóleo que hoy gastan las máquinas de la fábrica en la que trabaja una obrera, no lo tendrá el día de mañana el tractor que podría cultivar el pan que comerá su hijo, ni la ambulancia que podrá llevarla a ella a un hospital, ni el sistema de bombeo que le suministra agua a su vivienda.

Prosigue el citado autor: “El único actor social con un potencial suficiente para plantar cara al sistema productivo capitalista es el mismo que ha sido siempre: la clase trabajadora. Llegados la este punto, sería un error no apoyar la lucha de la clase trabajadora por sus intereses.” Por supuesto que se debe apoyar la lucha en la clase que más sufre la explotación capitalista: es más, yo diría que más que “apoyarla”, debería “dirigirla”. Pero ¿por qué insistir en su carácter “trabajador” —en cuanto que “asalariado”— si prevemos que a medio plazo buena parte de las industrias en las cuales trabajan desaparecerán junto con el petróleo que las ha levantado? Soy consciente de que plantear una lucha anticapitalista desde supuestos post-industriales no es un reto fácil, pero tampoco lo considero imposible. La izquierda luchaba ya contra la explotación del hombre por el hombre cuando sólo una pequeña fracción de la humanidad era proletaria. Al crecer la masa proletaria en relación a la agraria y en paralelo la urbana con respecto a la rural, la izquierda dejó por el camino otras luchas y otros contextos, pero los tiempos cambian y si la izquierda no se sabe adaptar será barrida por la Historia. No nos obcequemos con la “clase trabajadora” y hablemos mejor de nuevo de la “clase explotada” o del género humano en su conjunto. De cualquier manera el estadio actual de implosión del capitalismo conlleva una masiva trasformación de los procesos de “explotación” en procesos de mera “dominación”, pues sin energía que alimente la gigantesca máquina producción-consumo, les sobramos muchos millones de seres a los actuales “explotadores”. Esta trasformación está en marcha desde hace años con las crecientes masas de excluidos del sistema: paradas/os de larga duración, agricultoras/es desposeídas/os, trabajadoras/es precarias/os, etc. Poco a poco el sistema va expulsando más y más seres humanos de su sistema producción-consumo y le exige a los Estados que los controle, que los anule, que los domine mediante combinaciones maquiavélicas de fuerza coercitiva y control sutil (televisión, droga, consumismo...).

No he debido explicar bien la propuesta decrecentista consciente del fin del petróleo cuando C. Vilas dice: “¿Volvemos a la Edad Media? Esta supuesta solución nos llevaría a la misma situación de decrecimiento traumático, de hambre y miseria, de la que supuestamente nos quiere salvar”. El Decrecimiento —como movimiento— no quiere ser “traumático” sino precisamente evitar el trauma social mediante la planificación anticipada. Quiero creer —y conmigo mucha gente como los cientos de localidades que han apostado en todo el mundo por iniciar una transición (Transition Towns y PostCarbon Cities, por ejemplo)— que el hecho de preparar a la sociedad para el fin del petróleo marcaría la diferencia entre el trauma social más brutal y una escasez más llevadera. ¿Es acaso el mismo trauma el que sufren los pasajeros de un coche cuando quien va al volante no percibe que se aproxima a un obstáculo en la carretera que el que sufren cuando lo ve con algo de tiempo y puede frenar antes del impacto? De eso es de lo que hablamos. Lo cual no quita para que el futuro sí pueda tener mucho de Edad Media, época en la cual por cierto había en Europa ciudades-Estado independientes, núcleo neurálgico de regiones autosuficientes, en algunas de las cuales se practicaba incluso un tipo de democracia directa de base gremial. Quizás no estuviese mal recuperar algo de eso. Todo es cuestión de adaptar la lucha social a las nuevas circunstancias, que es el fondo mi propuesta y no “desactivar” dicha lucha como erróneamente parece haber interpretado C. Vilas.

“Pero para eso está la izquierda, para ayudar a los trabajadores a recuperar esa conciencia que finalmente lleve a la clase trabajadora a la hegemonía (también hay que decir, a la vista de los resultados, que no lo debemos estar haciendo muy bien). Solamente entonces se podrán plantear políticas ajenas a los intereses del mercado, planificar democráticamente la producción, decidir democráticamente que productos son necesarios y cuales prescindibles y cambiar los modos de producción de manera que caminemos hacia un decrecimiento del consumo de las materias primas.” Le contestaría al compañero C. Vilas que mucho me temo que la geología no espera por revoluciones. El decrecimiento se está comenzando a producir ya y a la clase trabajadora no le queda —en mi opinión— tiempo para hacerse con hegemonías antes de dejar de ser, por la fuerza de los hechos, “trabajadora”. Después del petróleo, ya no existirá mercado capitalista que combatir —al menos tal como lo conocemos— ni producción que planificar, ni seguramente medios democráticos para plantearlo, porque los que estén al mando cuando la nave vaya a pique se habrán convertido en los nuevos señores feudales de una civilización en ruinas.

Insisto y resumo: la izquierda, si quiere ser fiel a los principios y valores que le son propios, debería tener la visión suficiente para comprender los cambios que se avecinan y la valentía para trasmitírselos a las clases trabajadoras y desposeídas. Las reglas del juego cambian radicalmente cuando la civilización más depredadora de la Historia choca con los límites del planeta que la alberga: ya no se tratará de luchar por un trozo más grande de una tarta que siempre crece, ya no se tratará de conservar derechos cuya realización material depende de la abundancia energética... ahora se tratará de sobrevivir y de ayudar a la propia sociedad a autoorganizarse para sobrevivir al colapso de la estructura social y económica tejida sobre el petróleo, es decir al colapso de la propia civilización industrial. La izquierda no debe basarse en previsiones sin base física como las que hemos podido leer recientemente de la mano de Vicenç Navarro —por citar un autor— sobre el “previsible” incremento continuo de la productividad que sería capaz de sostener indefinidamente un sistema de pensiones como el actual. La izquierda, por tanto, no debe dar por supuesto que unos aparatos estatales del bienestar (sanidad, trasporte público, ayudas sociales...) que, o bien dependen directamente de un gran flujo energético para sostener su complejidad y luchar contra su degradación entrópica o bien dependen de unos ingresos estables a través de la política fiscal, son posibles sin la energía básica que mueve todo el entramado económico. Si ha de seguir habiendo un Estado, si ha de proporcionar algún tipo de servicios públicos, debe ser un Estado que no base su sostenibilidad económica en el mito del crecimiento perpetuo y que asuma la necesidad de decrecer ordenadamente. La izquierda, estatalista o no, debería abjurar de esa fe anticientífica y convertirla en su principal enemigo, como cáncer que es para la sociedad y para la propia supervivencia humana. Es un paso difícil porque implica desprenderse de viejos discursos-lenguajes y renunciar a conceptos ya muchas veces vaciados de significado, para adoptar un nuevo paradigma mental que explique el funcionamiento de las sociedades, un paradigma ecológico, antropológico, bioeconómico, físico, energético, termodinámico, entrópico... científico en definitiva; un paso difícil pero imprescindible. Porque por debajo del sistema de organización económica y social que llamamos capitalismo está un tipo de sociedad, industrial, sostenida por una base física que se está empezando a quebrar irremediablemente. Si sólo luchamos contra el capitalismo, sin tener en cuenta la situación de colapso de aquello que lo sustenta, nos hundiremos con él. Y ¿si la izquierda fracasa en este reto histórico, qué otra esperanza le puede quedar a nuestra especie? En ese caso sólo nos quedaría esperar que baste para la supervivencia con la mera autoorganización espontánea de una población desengañada, rebaño cansado de ser pastoreado hacia el abismo por vanguardias de un lado y del otro.


Manuel Casal Lodeiro
Miembro de la asociación Véspera de Nada por unha Galiza sen petróleo

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