viernes, 6 de mayo de 2011

El decrecimiento, una oportunidad de cambio

06-05-2011
Entrevista a Florent Marcellesi, político y activista ecologista
El decrecimiento, una oportunidad de cambio
Goitibera

Pregunta: Actualmente muchos movimientos sociales, asociaciones y entidades diferentes entre sí y con objetivos dispares se han sumado a una de las corrientes más en boga como es el decrecimiento. ¿A qué se debe? (¿Es porque se trata de una apuesta multidisciplinar o porque lo social se hace piña?) Florent Marcellesi: Primero constato una profunda desorientación ideológica y organizativa en los movimientos transformadores. Se caracteriza en estos momentos por un lado por una atomización de dichos movimientos y por otro por una búsqueda de nuevos conceptos e ideas que sustenten otros proyectos sociales y políticos capaces de crear ilusión hacia otros futuros posibles.
Segundo, ha entrado con fuerza un nuevo factor estructurante que está recomponiendo el panorama socio-político: la crisis ecológica. Hoy en día, si todas las personas vivieran como la ciudadanía vasca se necesitarían tres planetas. Se acabó el mito del crecimiento económico como condición sine qua non del bienestar humano: al contrario, no hay crecimiento infinito posible en un planeta finito. Esta profunda crisis (que es climática, energética, alimentaria) se suma a las demás crisis sociales (20% de paro y de pobreza en el Estado Español), económica, de los cuidados, y nos acerca a una verdadera crisis de civilización.
En este contexto interviene el término “decrecimiento”. Más que un concepto, es como dice Serge Latouche un “eslogán político” para romper con la ideología del crecimiento o según José Manuel Naredo una “ocurrencia publicitaria provocadora”. Aunque hubiera podido parecer al principio demasiado subversivo como para triunfar en la escena pública, la evidencia empírica nos lleva sin lugar a duda a otra conclusión: el decrecimiento es un “término obús” que tiene una capacidad fenomenal de convocatoria como lo prueba el éxito relámpago de los colectivos Decrecimiento en Euskadi y en el resto del Estado, y la afluencia numerosa a cualquier tipo de charla o conferencia que lleva decrecimiento en su título.
Esta capacidad de convocatoria, cruzada con las ganas positivas de experimentar nuevas ideas, ha permitido crear un ambiente de trabajo propicio al encuentro de diferentes trayectorias políticas, militantes o vivenciales, que han permitido a su vez crear nuevos puentes entre personas o colectivos hasta el momento menos conectados e interrelacionados.
P: El decrecimiento es un término nuevo que ha cogido impulso gracias, entre otros, a Latouche, pero la esencia del concepto nació hace algunas décadas. Parece haber llegado la coyuntura perfecta para la puesta en práctica ¿Cómo lo ves?
FM: Efectivamente las bases teóricas que dan vida al término decrecimiento son algo más antiguas que el recién apadrinamiento del término por el movimiento social: cogen sus raíces en el movimiento ecologista que surge en los años 60-70. Pero incluso a finales del siglo XIX, el economista John Stuart Mill veía necesario y deseable evolucionar hacia “un estado estacionario del capital y de la riqueza”, sugiriendo que no implicaba “un estado estacionario de la mejora de la suerte humana”. También Keynes pregonaba a principios del siglo XX que cuando hayamos resuelto el “problema económico”, podríamos dedicar nuevas energías a metas no económicas.
Sin embargo, el decrecimiento como tal se apoya ante todo en autores de la ecología política y de la economía ecológica como André Gorz o Nicholas Georgescu-Roegen. Mientras el primero consideraba el decrecimiento como “un imperativo de supervivencia”, el segundo -que no utilizaba directamente este término- proponía en los años 70 un programa bioeconómico para conseguir un nivel de vida decente pero no lujoso. No muy lejos de hecho de la filosofía de Gandhi: “vivir sencillamente para que otros puedan simplemente vivir”…
El decrecimiento ha sido el término idóneo en la coyuntura idónea. Con la suficiente carga ideológica y posibilidad de aplicarlo en la práctica tanto a nivel individual como colectivo, ha canalizado parte de la demanda latente hacia nuevos horizontes. Se ha transformado en punto de encuentro.
P: El decrecimiento se ha erigido como una apuesta de futuro ¿Qué tiene que ocurrir para que deje de ser una esperanza y convertirse en un modelo económico y social real y viable?
FM: Tiene que seguir acumulando fuerzas y ser un vivero de ideas teóricas y buenas prácticas subversivo e innovador. Al mismo tiempo, tras el fuerte impulso desde los movimientos sociales, tiene que encontrar salidas políticas para que el cambio no sólo venga desde abajo sino también, y de forma complementaria, desde las instituciones.
P: ¿El decrecimiento como herramienta política?
FM: Definitivamente, sí. Al mismo tiempo ¿podrá y será necesario que el decrecimiento sea apadrinado por una corriente política concreta? Por mi parte, creo que el significado profundo del decrecimiento (sólo tenemos un planeta para vivir en paz y de forma equitativa) tendría que ser parte de cualquier movimiento social y político que aspire a la transformación de la sociedad. Mientras el movimiento verde comparte de nacimiento y en mayor o menor medida con el decrecimiento unos mismos referentes y matriz ideológica, las izquierdas –y en primer lugar sus corrientes dominantes donde ha cuajado el mito del crecimiento y del productivismo– se enfrentan a un desafío teórico y práctico tremendo. En este sentido, el decrecimiento va a tener muchas implicaciones sobre las líneas programáticas de los movimientos transformadores, su forma de organizarse o en las relaciones entre movimiento social y político. Va a marcar sin duda recomposiciones y nuevas alianzas dentro del movimiento socio-político que reivindican “otros mundos posibles”.
P: Y a nivel individual, ¿la simplicidad voluntaria qué pasos conlleva?
FM: Desde la coherencia y teniendo en cuenta que el cambio empieza por ti mismo, conlleva en tu vida diaria buscar el menor impacto ambiental con la mayor satisfacción personal y colectiva. Supone consumir mejor y menos, es decir de forma más responsable, limitando por ejemplo el consumo de bienes materiales a aquellos que realmente necesitas. Significa luchar contra la obsolescencia programada y la sociedad del usar y tirar para orientarse hacia bienes durables y reutilizables. Supone tener un trabajo satisfactorio que dé sentido a tu vida y que suponga consecuencias positivas para la sociedad y la biosfera. Significa preferir una alimentación de temporada, ecológica y comprada a productores locales a unos alimentos procesados y comprados en el supermercado; priorizar una movilidad sostenible (andar, usar la bicicleta y el transporte público) sobre el coche privado; utilizar software libre en vez de programas propietarios, o, frente a valores de competición y de mercado, fomentar otros basados en la cooperación, el disfrute y el vínculo social y comunitario. In fine, la simplicidad voluntaria significa poner la vida en el centro de nuestros objetivos diarios y es un primer paso hacia el necesario cambio colectivo.
P: Vivir mejor con menos: un cuento chino para algunas personas.
FM: Somos conscientes que no es fácil promocionar lemas de este tipo en tiempo de crisis, cuando la recesión -que pido no confundir con el “decrecimiento”- lleva a más desigualdad, paro o pobreza para las personas y colectivos más desfavorecidos mientras las categorías sociales dominantes siguen encajando beneficios millonarios. Sin embargo, las recetas decrecentistas representan en muchos casos soluciones prácticas para alcanzar la prosperidad personal o colectiva con una mayor calidad de vida. Dicho de otro modo y aún más en tiempo de crisis, una verdadera oportunidad para el cambio.
P: Desde el ámbito de la transformación social ¿qué logros conseguiríamos?
FM: Digamos que el objetivo del “decrecimiento” es la justicia social y ambiental, para hoy y mañana, en el Norte y en el Sur. A nivel social, supone una sociedad más igualitaria en la que existan diferencias decentes entre sueldos más bajos y más altos (por ejemplo de 1 a 4), donde trabajemos menos y según nuestras necesidades para gozar más y pasar más tiempo con nuestros seres queridos o en pro de la comunidad. En este contexto, la emancipación personal y colectiva es un objetivo mayor, mujeres y hombres comparten trabajos de cuidados y domésticos, cualquier ciudadano/a independientemente de su nacionalidad tiene derecho por el simple hecho de residir donde reside o todo/as tenemos acceso a una vivienda digna…
P: Aplicar el decrecimiento suponer un nuevo paradigma, y una revisión del concepto de desarrollo ¿qué cambios crees que se deberían dar?
FM: Se debería redefinir términos como el trabajo o la riqueza: necesitamos salir de la dictadura del PIB, utilizar otros indicadores de riqueza que tengan en cuenta todas las riquezas sociales y ecológicas, y preguntarnos ¿por qué, para qué y cómo producimos y trabajamos? Tenemos que apostar también por una relocalización de la producción y del consumo (grupos o cooperativas de consumo, sistemas de trueque, monedas alternativas, etc.) y dar un fuerte empujón a los empleos verdes en la rehabilitación de edificios, energías renovables, agricultura ecológica, etc. Además, repito que un mundo sostenible es un mundo equitativo, lo que supone un reparto de la riqueza (a través por ejemplo de una renta básica y de una renta máxima), del trabajo (semana laboral de 21 horas) o de los cuidados entre hombres y mujeres. Por otro lado, tenemos que actuar con urgencia para evolucionar hacia nuevos modelos urbanísticos, de movilidad y energéticos como las ciudades en transición, que buscan adaptarse al cambio climático y al fin del petróleo barato. Sin olvidar la cuestión central de la justicia ambiental y de unas relaciones Norte-Sur justas, lo que pasa por una reforma profunda de las relaciones comerciales y diplomáticas entre países, de la ONU y las instituciones financieras internacionales. Por supuesto, un cambio de estas características supone una revolución democrática donde existe una verdadera participación directa de la ciudadanía en la res pública a nivel local y global: eso implica una politización de la sociedad y una civilización de la política.
Fuente: http://florentmarcellesi.wordpress.com/2011/05/04/el-decrecimiento-una-oportunidad-de-cambio/
email: fmarcellesi (at) no-log.org

blog: http://florentmarcellesi.eu/

"La filosofía tiene que ver con que si piensas de verdad, al final tu cuello corre peligro"


06-05-2011

Los lectores de Diagonal entrevistan a Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero (I)
"La filosofía tiene que ver con que si piensas de verdad, al final tu cuello corre peligro"



Antes de contestar a las preguntas, queríamos comenzar dando las gracias a DIAGONAL por la iniciativa y a los lectores por las preguntas que han enviado, que son muy interesantes. En su respuesta hemos participado todo el Grupo Pandora, por lo que podemos decir que respondemos como colectivo.Demancy: En la reciente presentación de vuestros nuevos libros de texto Carlos Fernández Liria hizo una interesante reflexión sobre cómo acaban unos profesores de filosofía que denuncian las asignaturas de Educación para la Ciudadanía haciendo libros de texto para éstas. Creo que sería interesante que resumieses aquí ese, en principio, contradictorio recorrido.
También me pareció muy importante la aportación de un profesor que ya usaba -con bastante éxito, según decía- uno de estos libros en sus clases. Para resumirla y formularla como pregunta diría algo así: ¿La neutralidad enseña? ¿Es posible enseñar filosofía y conceptos como ciudadanía desde un punto de vista determinado, como lo hacéis vosotros aunando ilustración y marxismo? Mucha suerte y gracias.
Grupo Pandora: Efectivamente nosotros mismos tuvimos un problema a la hora de, tras habernos posicionado frontalmente en contra de la asignatura, acabar escribiendo un libro de texto para la misma. Lo cierto, sin embargo, es que tanto lo uno como lo otro responde a las mismas razones, de modo que la paradoja es sólo aparente. Hay que entender que nuestra oposición a la asignatura consistía en pensar que ésta iba a convertirse en un pastiche de adoctrinamiento en valores políticamente correctos, que formara a una ciudadanía ñoña y mansa, donde no tuviera cabida la filosofía. Y , efectivamente, es eso en lo que se ha convertido la asignatura, y no hay más que ver los manuales que han salido, auténticamente surrealistas: hay manuales, por ejemplo, que enseñan que las amistades son buenas si los amigos son buenos, pero malas si los amigos son malas.
Frente a esta asignatura, la oposición de la derecha fue de lo más hipócrita, puesto que su propuesta es “otro” adoctrinamiento en valores, sólo que no políticamente correctos sino políticamente terroristas. Les molestaba perder el monopolio del adoctrinamiento, puesto que no les incomoda nada que sea Rouco Varela el que tutele a sus hijos. Últimamente se les ha ocurrido proponer una “formación para el espíritu empresarial”, dando buena cuenta de su preferencia por un determinado tipo de sociedad, que nada tiene que ver con la democracia ni el estado de derecho, ni el ejercicio de la ciudadanía. Nuestra oposición evidentemente no podía tener cabida en esta alternativa entre lo malo y lo peor. Nuestra posición entonces y ahora es la misma: un elemento indispensable en la formación de cualquier ciudadanía que merezca tal nombre, y que por lo tanto sea una ciudadanía mayor de edad, capaz de pensar por sí misma, al margen y/o contra las creencias de la tribu, de la tradición, de lo que digan los padres, los profesores, los partidos, las empresas, etc., es la filosofía.
Frente a la educación para la ciudadanía nuestra propuesta no es nada nueva, no hemos descubierto el mediterráneo, pues es la respuesta de Platón, Kant o Marx: nuestra propuesta es “filosofía”, “derecho de la ciudadanía a la filosofía”. Por lo tanto nos hemos tomado la oportunidad de hacer este libro de texto como una ocasión para reintroducir la filosofía en los planes de estudio, para facilitar una primera toma de contacto con la filosofía, y permitir a los profesores que no se sienten cómodos enseñando a los niños a ser buenos y a cruzar por los pasos de cebra tener un material alternativo con el que trabajar.
La decisión es coherente con nuestra postura inicial. Nos opusimos como nadie a la Educación para la Ciudadanía entre otras cosas porque suponía una pérdida de horas y de contenidos para el área de filosofía. Pero, una vez que la asignatura está ahí, es un absurdo -y en cierto modo un suicidio- para los departamentos de Filosofía el negar su existencia y hacer como que la cosa no va con ellos. Ahora se impone todo lo contrario: rescatar esa asignatura, dotarla de verdaderos contenidos, aprovechando para extender la presencia de la filosofía en las enseñanzas medias. Lo importante es que los departamentos de Filosofía tiendan a crecer, no que ellos mismos se corten las alas. Por eso, hemos ideado una serie de recursos para convertir la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que se imparte en 2º y 3º de la ESO, en un primer contacto con la Filosofía. Creemos haber logrado –gracias también, por supuesto, a las ilustraciones de Miguel Brieva- una máxima claridad, pero sin perder ni un ápice de seriedad. A otro nivel, hemos intentado lo mismo para las asignaturas de 4º de la ESO y de 1º de bachillerato.
En cuanto a la segunda pregunta, lo cierto es que estamos muy contentos con la experiencia que las y los profesores van teniendo con los libros. El resultado es siempre muy parecido: los alumnos discuten, participan, la realidad entra al aula, y al final se genera un efecto por el cual un alumno joven se ve a sí mismo hablando de lo que ha visto en la tele y usando argumentos de Platón. Creemos que no hay mejor manera de entender lo que te rodea, y que asimismo no hay mejor manera de entender lo que dijo Platón. La idea no es que los profesores de filosofía vayamos a “sacar a los alumnos de la caverna”, puesto que de ahí sólo puede salir uno mismo. La idea de los libros, nuestra intención, como la de Platón, es poner sobre la mesa que nadie puede estar seguro de estar fuera de la caverna, y que por lo tanto hace falta algún criterio para discernir, hace falta la razón. Y eso, la razón, es lo que intentamos que descubran los alumnos. No hay otra manera posible de ser “imparcial”.
Ahora bien, dicho eso, también es verdad que no es lo mismo ser imparcial que ser neutral. La verdad nunca es neutral. Creerte que estás siendo neutral por no parecer políticamente comprometido simplemente te hace parcial y cómplice de lo real y de las ideas dominantes, que no sólo son muy parciales, y muy poco neutrales, sino absolutamente falsas y peligrosas. Un libro que diga que vivimos en democracia, que tenemos que votar cada cuatro años y que ese es el mejor de los mundos posibles y el colmo del buen rollo no es neutral aunque lo intente, es más bien una basura teórica vendida a los poderosos. De todos modos, si algún efecto generan los libros, como decimos, es que permiten a los alumnos pensar, discutir, adquirir un criterio propio y sospechar que pensar por uno mismo puede implicar no coincidir con las ideas dominantes.
Nuestra oposición a la asignatura consistía en pensar que ésta iba a convertirse en un pastiche de adoctrinamiento en valores políticamente correctos Marien: Valoro mucho de vuestro libro el compromiso con la búsqueda de la educación en la mirada crítica de las personas vinculadas a las instituciones educativas, sean los niños y niñas, adolescentes y también profesoras, madres y padres. Mi pregunta/comentario es...¿Cómo creéis que esta educación en la ciudadanía afecta a la re-formulización aprendida durante muchos años en lo que se refiere a participación política, empoderamiento, construcciones sociales en cuanto a lo bueno-malo? Si me explico mejor, cómo una "asignatura" que pone en cuestión todo lo que recibimos masivamente por todos los demás medios (familiares, locales, mediáticos) fomenta la revisión personal, y qué medios sienten que tienen para ello? ¡Muchas gracias a vosotros y a todo el equipo Diagonal por la oportunidad brindada!
G.P.: Bueno, como hemos dicho al hilo de la pregunta anterior, la tarea de la filosofía siempre ha sido y es necesariamente crítica. Eso implica que la filosofía nunca puede asentir dócilmente con el orden de las cosas y que una filosofía que considere que vivimos en el mejor de los mundos posibles, con una democracia real y una ciudadanía libre, es razonablemente sospechosa de no ser filosofía sino simple adoctrinamiento. Esa ideológica celebración de nuestras democracias occidentales y nuestros sistemas políticos que hay en los libros de ciudadanía es lo más antifilosófico que cabe imaginar. Si eso es educar para la ciudadanía entonces es radicalmente incompatible con la filosofía.
Nosotros, por supuesto, creemos que la ciudadanía es otra cosa bien distinta, algo que tiene todo que ver con la libertad y que, por tanto, nos compromete de lleno con el proyecto de la filosofía, que no es otro que el de trabajar por liberarnos de todas las cadenas que nos hacen prisioneros. Esas cadenas pueden ser económicas, culturales, familiares y de muchos otros órdenes, por eso, adentrarse en la filosofía, como dijo Platón, implica tomar conciencia de la necesidad de aprender muchas cosas para ser libres pero implica también, y en esto hemos insistido mucho en nuestros libros, la necesidad de desaprender cosas. Porque el problema es que siempre partimos de la ideología, que siempre miramos el mundo desde los ojos de nuestros padres o nuestros profesores, que siempre entendemos la realidad con ideas de nuestra sociedad y sus intereses, de nuestra época y sus prejuicios, que siempre estamos ya educados por la tradición y la costumbre antes de que la filosofía se presente.
Es decir, se hace necesario desandar muchos caminos para poder ser libres y la filosofía en esta tarea tan complicada no tiene más medios que la razón. La verdad es que es un poco desalentador contar solo con la razón cuando uno se enfrenta a todo el poder de los medios que la realidad tiene a su servicio. Quién negaría que el patriarcado educa y que lo hace a través de medios tan potentes y tan capaces de hacerse oír como los anuncios de la tele, las normas sociales, o los discursos de Rouco Varela. El capitalismo puede también poner a su servicio toda una maquinaria de adoctrinamiento ideológico que recientemente, con las reformas educativas de la enseñanza media y universitaria, ha llegado hasta las aulas.
Por eso, frente a todos esos poderosos enemigos que la filosofía no puede dejar de criticar, hace falta defender la educación pública. Hace falta defender la existencia de un espacio a salvo de la autoridad del padre, de los discursos de Rouco Varela, de las costumbres de nuestra tribu, de los prejuicios patriarcales, de las mentiras de la publicidad y los intereses de los medios de comunicación y las demás empresas capitalistas para resguardar un espacio en el que la sola razón pueda hacerse oír. No se escuchará la filosofía con todo ese ruido tan potente pero, si conseguimos salvar un espacio de ese estruendo y dejamos que la filosofía hable, la razón hará eso que puede hacer por sí sola y que es tan peligroso para el orden existente.
Iván Avila: Hola, me gustaría plantearos esta reflexión, que me transmitió un buen amigo que es profesor de filosofía en secundaria. Hasta qué punto no es preocupante y triste al mismo tiempo, que se elimine de selectividad a Marx y se sustituya por Santo Tomás De Aquino. Pero si os digo que estamos en la Comunidad Valenciana, no es tan sorprendente. De todas formas, ya podemos hacernos una idea de por donde van los tiros. Gracias.
Es muy preocupante que la educación siempre se conciba como una herramienta de hegemonía política, especialmente cuando cae en según qué manos. No cabe la menor duda, creemos, de que en el caso de que hubiera que priorizar, por alguna cuestión de límite de tiempo, Marx estaría delante de Santo Tomás en casi cualquier clasificación, puesto que no sólo es un autor fundamental, como lo es Santo Tomás, sino que es mucho más imprescindible para entender el mundo actual. Dicho eso, también hay que decir que no es muy buen negocio, ni da muy buen resultado, pensarse que se puede entender bien a Marx saltándose a Santo Tomás. Sería imprescindible tener una buena Historia de la Filosofía, y ser capaz de tener unas nociones claras aunque básicas de qué es la filosofía y cuál ha sido su recorrido.
Y en ese sentido, no está tan claro qué partido ha sido más agresivo con la filosofía. El PP siempre ha triturado la enseñanza pública; el PSOE se ha caracterizado más por triturar los planes de estudios y los contenidos, ya desde antes de la LOGSE pero especialmente con la LOGSE y, recientemente, con Bolonia. Al final el resultado es implacable: nos encontramos sometidos a una pinza fatal por parte de estos partidos, que dejan a la educación pública y a los contenidos, particularmente a la filosofía, en una situación de muerte terminal, contra la que hemos intentado luchar haciendo estos libros. En parte, uno de los objetivos de estos libros es dar un poco de aliento a todos aquellos profesores y profesoras que están en las aulas batallando contra viento y marea, luchando contra todos los obstáculos, y sin ninguna ayuda, por sacar adelante la dignidad de una asignatura absolutamente imprescindible. Para ello nos ha parecido fundamental mostrar que la filosofía es una actividad apasionante, que no puede convertirse en un tostón que consista en memorizar esquemitas absurdos y arbitrarios sobre asuntos que ni se entienden ni se entiende por qué se tendrían que entender. La filosofía es algo que tiene que ver con que si uno piensa de verdad al final su cuello corre peligro. La filosofía comienza con la muerte de Sócrates. Y en ese sentido, y dicho todo lo anterior, es imprescindible reivindicar que Santo Tomás puede ser tan apasionante como Marx, qué duda cabe. Como marxistas, consideramos que no es un mal negocio defender el derecho de la ciudadanía a leer a Platón, a Santo Tomás, a Hegel y a Marx.
Hay que decir que no es muy buen negocio, ni da muy buen resultado, pensarse que se puede entender bien a Marx saltándose a Santo Tomás Antonio Granadilla: ¿Cuál es vuestra relación con Brieva? ¿Cómo se pueden casar dos conceptos tan antitéticos como ciudadano y proletario cuando beben de bases filosóficas contrapuestas?
G.P.: El proyecto entero nació con Miguel Brieva. El asunto es que sus viñetas lograban explicar a su modo exactamente lo mismo que nosotros queríamos argumentar. Creemos que la sintonía respecto al contenido es perfecta. A ello se ha añadido, en el caso de los libros de texto, la maquetación de Freepress. Nosotros mismos estamos sorprendidos de que el resultado tenga tanta unidad. Parece que existiera una armonía preestablecida. Los profesores que ya han utilizado los libros insisten todos en lo mismo: los alumnos se meten de lleno en cada unidad didáctica como si cayeran a ella sin remedio, empujados por la maquetación y las viñetas de Brieva. No han hecho más que leer un chiste y ya están pensando en Platón o en Kant. Pensamos que el secreto es que el humor de Brieva comienza por tratarles como a mayores de edad, sin babosos paternalismos. Y al sentirse interpelados como seres inteligentes, responden con inteligencia.
En cuanto a lo segundo que preguntas… Para nosotros, ciudadanía y proletarización son realidades, en efecto, antitéticas. El ciudadano se define, antes que nada, por su “independencia civil”, es decir, por el hecho de que puede decidir sin someterse a ningún amo. Un proletario, por el contrario, está abocado en todo momento a trabajar en lo que sea, al precio que sea, del modo que sea, según los avatares del mercado laboral, y en eso consume la casi totalidad de su vida. Ahora bien, el caso es que, históricamente, la humanidad fue masivamente proletarizada al mismo tiempo que se celebraba el triunfo de la ciudadanía. Esto es lo que hemos llamado el espejismo fundamental de nuestra mirada política, la ilusión de la ciudadanía. Para comprender porqué este mito es tan seductor e irresistible, hay que diseccionar bien las relaciones entre Ilustración y Capitalismo. Pero creemos que en nuestros libros de texto damos suficientes claves sobre el problema.

Mensaje de despedida Los autores y autoras de estos libros decidimos en su momento presentarnos como el Grupo Pandora. Este colectivo se constituyó en defensa de la presencia de la Filosofía en los planes de estudios y, en general, en defensa de la enseñanza pública y estatal. Nos proponemos sacar a la luz lo que se esconde tras tanto regalo envenenado con que se viene obsequiando al mundo de la enseñanza. Mientras se promete educación en valores, formación continua, adaptación pedagógica, flexibilidad curricular y espacio europeo para la educación superior, lo que se gesta es un asalto al sistema de instrucción pública que se propone la privatización y la mercantilización de las enseñanzas primarias, secundarias y superiores. Los mercados que han llevado este mundo al abismo pretenden también tomar la palabra en el mundo de la enseñanza. Los mercados no necesitan ni ciudadanos, ni filósofos, sino trabajadores obedientes y sumisos que se crean ciudadanos. Por eso, se ha pretendido sustituir la enseñanza de la filosofía por la educación en valores. Al mismo tiempo, la enseñanza de la filosofía en la universidad tiende a ser sustituida por las humanidades y la cultura general. De este modo, los poderosos que se reparten el mundo se deshacen de ese testigo molesto que siempre ha sido la Filosofía. Pero frente a las demandas empresariales y financieras, aún es posible escuchar las demandas de la razón, la justicia y la dignidad. Frente al adoctrinamiento en valores con que se pretende “educar para la ciudadanía”, es preciso, ante todo, defender el derecho de la ciudadanía a saber Filosofía.
Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/La-filosofia-tiene-que-ver-con-que.html

martes, 3 de mayo de 2011

Un diálogo con Roque Dalton y Lenin, desde la izquierda revolucionaria del siglo XXI


03-05-2011

Un diálogo con Roque Dalton y Lenin, desde la izquierda revolucionaria del siglo XXI



La historia en ayuda de las futuras rebeldías
Hace cuatro décadas Roque Dalton apeló al viejo militante salvadoreño Miguel Mármol para desenterrar y desempolvar una historia de rebeldía olvidada. No reconstruyó su testimonio sobre la insurrección salvadoreña de 1932 para ganar una beca ni para coronar una tesis universitaria. Con ayuda de Mármol ―sobreviviente de aquella insurrección a pesar de haber sido fusilado―, Roque fue en busca del pasado para así iluminar el presente y cargarlo de energía. De esta manera pretendía conjurar los fantasmas del quietismo, el “realismo”, el culto de “lo posible” y la impotencia política que levanta altares paganos a la sempiterna “correlación de fuerzas objetivas”.
Atravesados por esa misma inquietud espiritual y con intenciones análogas hoy recurrimos al revolucionario y poeta Roque Dalton para pedirle socorro, inspiración, consejo y guía. Ahora le toca a él dar testimonio, aportar experiencias, reflexiones, pensamientos y sugerencias políticas, para así ayudar a una nueva generación a salir del impasse político y el desconcierto ideológico en que nos sumergió el neoliberalismo.  
Lenin y el poder
Después de las derrotas insurgentes de los 60 y los genocidios militares de los 70, de la socialdemocratización y el posmodernismo de los 80, del desprecio de fundaciones y ONGs por el marxismo revolucionario y la cooptación desfachatada de los 90, Roque nos ofrece nuevamente la fruta prohibida. “Es conveniente leer a Lenin”, nos sugiere, “actividad tan poco común en extensos sectores de revolucionarios contemporáneos”.
Pero su consejo para las nuevas generaciones de militantes no queda detenido allí. Burlón, incisivo, irónico y mordaz, Dalton pone el dedo en la llaga. Luego de los relatos posmodernos y de aquellas tristes ilusiones que pretendían “cambiar el mundo sin tomar el poder”, Roque nos provoca: “Cuando usted tenga el ejemplo de la primera revolución socialista hecha por la ‘vía pacífica’, le ruego que me llame por teléfono. Si no me encuentra en casa, me deja un recado urgente con mi hijo menor, que para entonces ya sabrá mucho de problemas políticos”.
A contramano de modas académicas y mercantiles, cruzando las fronteras tanto de la vieja izquierda eurocéntrica, como de los equívocos seudolibertarios y falsamente horizontalistas de las ONGs, la propuesta radical de Roque Dalton acude presurosa a llenar un vacío. Su relectura de Lenin nos permite responder los interrogantes que a nuestro paso nos presenta la esfinge. Roque focaliza la mirada crítica y la reflexión teórica en el problema fundamental del poder, desafío aún irresuelto en los procesos políticos contemporáneos de nuestra América. Tras varias décadas de eludir, ocultar o silenciar ese nudo problemático de todo pensamiento radical, recuperar la perspectiva antiimperialista y anticapitalista de Roque puede ser de gran ayuda para someter a crítica las mistificaciones y atajos reformistas del posmodernismo, disfrazados con jerga aparentemente —solo aparentemente— libertaria.
La redacción de este libro
El puntapié inicial para la redacción de Un libro rojo para Lenin, obra iconoclasta y provocadora, responde a una invitación de un reconocido intelectual cubano, el poeta Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas. En 1970, al cumplirse cien años del nacimiento de Lenin, Fernández Retamar convoca a varios poetas a escribir sobre él. De los muchos trabajos seleccionados, se eligen dos, uno de Roque y otro del intelectual haitiano René Depestre.
Esa puntada inicial, redactada en La Habana, se fue entretejiendo posteriormente con múltiples materiales que Dalton va acumulando para su investigación sobre la obra del principal teórico de la filosofía de la praxis —según lo definiera Antonio Gramsci. Aquella primera redacción acerca de Lenin se termina de completar recién tres años más tarde, en julio de 1973, en Hanoi, Vietnam del norte. El libro nace entonces en La Habana y concluye en Vietnam. Un itinerario geográfico que es también político, índice expresivo de lo que Roque concibe como actualidad del leninismo.
El propio autor aclara al final del último poema de su libro, el “Ensayo de himno para la izquierda leninista”, que su texto queda, adrede, inconcluso. Lo concibe como una obra abierta a los avatares de la revolución latinoamericana y a las nuevas lecturas que eventualmente se derivarán sobre Lenin en el futuro (su aclaración textual dice: “Poema inconcluso—mientras viva el autor”). Después de su irracional y cobarde asesinato, ocurrido en 1975, la obra permanece como él la concibió, abierta.
Una reflexión de madurez
Dentro del arco de variación de su propia obra ensayística y política, Un libro rojo para Lenin constituye un texto de madurez.
Una vez que culmina, en 1965, su primera investigación sociológica y política —en forma de libro monográfico— sobre la historia de El Salvador, Roque comienza su tarea de maduración ideológica y radicalización política. Intentando trazar un puente directo entre Farabundo Martí y la estrategia fidelista-guevarista continental, el poeta aprovecha su estadía en Praga durante 1966 para husmear y reconstruir los testimonios orales de Miguel Mármol sobre la insurrección comunista de 1932. Esos testimonios fueron recogidos en extensas entrevistas —en forma manuscrita, sin grabador— a lo largo de tres semanas de mayo y junio de 1966. Fruto de esa rigurosa y obsesiva tarea saldrá el texto sobre la insurrección de 1932 y la masacre que la aplastó a sangre y fuego. De ese trabajo se publicaron fragmentos por primera vez, en enero de 1971, en el Nº 48 de la revista cubana Pensamiento Crítico con el título “Miguel Mármol: El Salvador 1930-1932”. Más tarde, ya muerto Roque, se publicó el libro completo en forma póstuma. Fue en 1983. El volumen llevaba por título Miguel Mármol. Los sucesos de 1932 en El Salvador, y fue editado por Casa de las Américas.
En una etapa posterior de este trabajo intelectual y ensayístico, Roque se mete hasta las orejas en los debates políticos abiertos por Regis Debray en la segunda mitad de los años 60. De allí saldrá el libro polémico Revolución en la revolución y la crítica de derecha, donde el salvadoreño realiza su propio balance crítico sobre las absolutizaciones y unilateralidades de Debray, mientras al mismo tiempo ajusta cuentas con lo que denomina “la derecha del movimiento comunista latinoamericano” que por entonces arremetía contra Debray como una vía indirecta, menos comprometida y con menor costo político, para atacar a Fidel y al Che e impugnar a la Revolución Cubana.
De modo que Un libro rojo para Lenin no es una obra juvenil, producto de alguien entusiasmado y con voluntad, pero inexperto y recién llegado. Por el contrario, en la trayectoria biográfica e ideológica de Roque Dalton constituye la coronación de una prolongada búsqueda teórica ―siempre nutrida y entrecruzada con experimentaciones poéticas y militancia política― que comienza investigando la propia historia insurreccional de El Salvador en los años 30 y continúa más tarde con la polémica sobre la estrategia de la lucha armada en la América Latina de los 60.
Su lectura-diálogo-collage sobre Lenin conforma entonces el punto maduro de llegada de esas indagaciones previas y el paso necesario que Roque emprende como plataforma ideológica de su incorporación activa a la lucha armada en su propio país.
El estilo de Roque: la ironía como arma
Al entablar una batalla ideológica de largo aliento contra todo un abanico de reformismos, Roque logra conjugar un contenido revolucionario con una forma de expresión que violenta las cristalizaciones habituales del discurso de izquierda. Su estilo disruptivo, heterodoxo, iconoclasta, no es ajeno al contenido que pretende transmitir. No tiene sentido congelar una forma de expresión ni atarse a un solo género si se pretende transmitir un mensaje rebelde que rompa con los clichés y lugares comunes que impidieron durante décadas aprovechar y utilizar el inmenso arsenal teórico proporcionado por Lenin. Las rebeldías deberían estar, entonces, en ambos polos de la ecuación, en la forma y en el contenido, no solo en este último. De este modo, Roque lleva a la práctica en su escritura ensayística los recursos que ya había empleado en su poesía. La cultura revolucionaria se vuelve más eficaz y adquiere mayor poder de fuego (y de convencimiento) cuanto más irónica y mordaz.
Esa ironía, tan propia y característica de su escritura, le ayuda también a reírse, o al menos, a perderle el respeto a los géneros discursivos tradicionales. En ese sentido reaparece una y otra vez, en cada página de su libro, una pregunta que no por tácita resulta menos operante: ¿por qué la polémica ideológica no puede ser poética?, ¿por qué una obra poética debe renunciar a su proyección ideológico política?
Al saltar por sobre los géneros Roque combina poemas, relatos, anécdotas y hasta documentos históricos con las instrucciones de Lenin para realizar un sabotaje, emplear una molotov, asaltar una comisaría, construir un ejército revolucionario. En su conjunto, la obra constituye un inmenso collage en el que se integran materiales ensayísticos, biográficos, documentales, poéticos y pedagógicos.
Dentro de ese collage, en la aproximación a Lenin y en la crítica del reformismo que pretendió manipularlo, deformarlo o directamente rechazarlo, intervienen numerosas voces con las que él acuerda y polemiza.
Roque lo fue construyendo como un diálogo inacabado. En sus páginas aparecen también sus oponentes, personajes inventados que, desde el horizonte de la vieja izquierda metropolitana y eurocéntrica, intentan poner en duda la lectura leninista que, en clave latinoamericana, su autor nos propone.
Si bien es innegable que los personajes del diálogo-collage son múltiples, también es evidente que ese elenco numeroso cuenta con dos protagonistas centrales e inequívocos: Lenin y Roque, Roque y Lenin. Ambos miembros activos de nuestra cofradía antimperialista y anticapitalista. Hacerlos hablar significa incorporarlos al juego, involucrarlos en la resolución de nuestros desafíos políticos actuales y nuestros interrogantes abiertos. Leer el libro implica, entonces, participar en el diálogo.
Pero el collage de Roque no es posmoderno, pues su propuesta de lectura-escritura tiene ejes y contornos netamente definidos, habitualmente despreciados y vilipendiados por el llamado “pensamiento débil”. En primer lugar, la historia, especialmente la de América Latina, aunque también la de otras revoluciones antimperialistas y anticapitalistas del mundo subdesarrollado. En segundo lugar, la ideología. En tercer lugar, el sujeto y, finalmente, en cuarto pero no en último lugar, la revolución. El collage de Dalton, repleto de retazos polifónicos, no tiene entonces nada que ver con la fragmentación entrecortada de un videoclip posmoderno, donde las partes coexisten yuxtapuestas sin un sentido articulador que las ordene y les otorgue una dirección.
En esa articulación de historia, ideología, sujeto y revolución, el relato no corre únicamente por cuenta de Roque. Junto con el suyo, se oyen también otros discursos, permaneciendo el collage abierto y expresamente inconcluso como la misma revolución continental y la propia historia del marxismo latinoamericano en los cuales este libro se inserta.
La forma collage y el traspaso permanente de género en género no son las únicas notas definitorias de esta escritura. Al mismo tiempo debemos registrar su humor, no como algo aleatorio o coyuntural, sino como un registro fundamental de toda la obra y visión de la vida de Roque Dalton.
El humor de Roque, por ejemplo, intercala sin ningún tipo de advertencia al lector, en medio de una rigurosa explicación de nuestro común amigo y compañero, el cubano Fernando Martínez Heredia sobre el marxismo ruso, los terroristas populistas, Plejanov y el joven Lenin, la frase de la canción de Carlos Puebla: “pero entonces llegó el comandante y mandó a parar”. Una irrupción sin aviso que desconcierta al lector y, como aquella viejas técnicas teatrales que utilizaba Bertolt Brecht en su dramaturgia, despiertan al espectador y lo zarandean para que tome distancia del relato y así avance críticamente en la conciencia. O también, aquella referencia a Gramsci y a su vínculo con la Internacional Comunista de su obra Un libro levemente odioso, en el que Roque, en lugar de escribir 275 páginas repletas de notas al pie y documentos de archivo, resume su explicación con frases de... ¡un bolero!: “¿Qué le dijo el movimiento comunista internacional a Gramsci? No tengo edad, no tengo edaaaad para amarte....”.
El humor de Roque se convierte así en una herramienta desacralizadora, un modo permanente de acercarse al marxismo y en particular a Lenin evitando toda momificación, alivianando hasta corroer y disolver el peso del bronce que durante décadas aplastó su mensaje rebelde.
En medio de la risa y la ironía, Roque nos invita a pensar en voz alta, a reflexionar codo a codo y fraternalmente entre compañeros, manteniendo al mismo tiempo una ácida y agria polémica con los enemigos burgueses.  
¿Lenin? ¿Cuál?
Después de investigar sobre la historia remota de El Salvador, de reconstruir la insurrección comunista de 1932 y de ajustar cuentas con todo el affaire Debray, Roque se vuelca a Lenin. No es casual. Los sectores más afines a la Unión Soviética y al llamado “tránsito pacífico” al socialismo invocaban su figura —con no poco cinismo— como antídoto frente a todos los “izquierdismos”, principalmente el del Che Guevara y sus seguidores latinoamericanos.
¿Cuál es el Lenin que aquí nos acerca Roque? Pues el Lenin del trabajo clandestino, el de la insurrección, el de la revolución y el de la lucha por el poder. En esta elección no hay arbitrariedad alguna sino una perspectiva político-ideológica inequívoca. El gran presupuesto de Roque se asienta en una cosmovisión que concibe al marxismo de manera viva, inflamable, como una teoría de la rebelión y no como una doctrina académica muerta asentada en una recopilación de citas “sagradas” tranquilizadoras. Según Roque “nos interesa muchísimo más el Lenin de la toma de Petrogrado y el Lenin que nos llega a través del Che Guevara y el general Giap, que el Lenin (genial, sin duda) de la NEP o el Lenin que nos llega a través del informe sobre los éxitos de la última cosecha de trigo en Ucrania”.
La aproximación al máximo dirigente de la Revolución Rusa está dada por la historia, la del propio Lenin y la de sus lectores actuales, con problemas diversos a los de 1917, pero para los cuales el acudir al pensamiento del gran bolchevique puede resultar sumamente útil y provocador. De allí que Dalton, sucinto y económico, defina de la siguiente manera: “El leninismo es un complejo resultante de la historia, no una impenetrable bola de acero”.
En esa aproximación a Lenin, que no por ser activa y en perspectiva deja de ser objetiva, no por tomar partido deja de ser rigurosa y estricta, no por elegir un perfil de abordaje deja de tomar en cuenta los documentos y la investigación historiográfica, Roque Dalton aclara a cada paso desde dónde habla y contra quién escribe. Sus interlocutores polémicos están abiertamente mentados en el poema “Contra quien es este libro”. Además de oportunistas, allí los clasifica —una vez más, irónicamente— como “full backs de la burguesía”, aquellos que acusan de “blanquismo” a la naturaleza y a la historia o creen que la gran obra de Marx consiste en haber prevenido a la clase obrera contra el revolucionarismo excesivo.
Si está claro con quién es la polémica, también son nítidas las acusaciones que Roque pretende contestar. Están enumeradas en el poema titulado “En la polémica nos dicen”. Esto es: anarquistas, bandoleros, extremistas, terroristas, antisociales...
Si hubiera que resumir en una sola categoría de la historia política del movimiento socialista todos esos insultos, ese concepto sería el de “blanquismo”, referencia despectiva que remite al líder conspirador francés del siglo XIX Auguste Blanqui.
Roque se propone rescatar a Lenin ―y con él a todo el marxismo revolucionario que no sirve de pasto de consumo académico― de las acusaciones de “blanquismo”, pero también de otras que suelen acompañarlo: “aventurerismo”, “putshchismo”, “romanticismo”, “jacobinismo” y “babuvismo” ―referencia despectiva que remite a Graco Babeuf. Todos estos epítetos, acuñados por la socialdemocracia de fines del siglo XIX y empleados por el stalinismo prosoviético durante la década de 1960 para insultar al Che, a Fidel y a los jóvenes revolucionarios que seguían a Cuba fueron reflotados durante las décadas de 1980 y 1990 —ya muerto Roque—, por excomunistas, arrepentidos, y socialdemócratas subsidiados por fundaciones alemanas o norteamericanas. Tanto en 1890, en 1967, como en 1980-1990, el objetivo de su uso ha sido el mismo: rechazar a cualquiera que se proponga ir más allá de los límites y protestas permitidas por el sistema de dominación capitalista. Demonizar a quien quiera sacar los pies del plato.
Toda la polémica ideológica entablada por Roque Dalton se propone precisamente defender la legitimidad política del pensamiento revolucionario latinoamericano y hacer jugar a Lenin en esa disputa, no como dogmático censor que reta con el dedo autoritario en alto a los jóvenes izquierdistas, sino como ácido impugnador del reformismo, la enfermedad senil del comunismo y de los “nuevos” movimientos sociales.
El Lenin que nos aproxima Roque, a través de discursos históricos, artículos o testimonios de investigadores, es el del revolucionario que propone a los jóvenes fabricar molotov, organizar células clandestinas de combate callejero; el que recomienda pensar mejor qué hacer frente a las elecciones antes de participar en ellas con los ojos cerrados y bajo cualquier circunstancia; el que enseña el camino de la lucha frontal y armada contra los organismos de inteligencia y represión...
¡Pero Lenin, el más grande de todos, no está solo en este libro! Lo acompañan el Che Guevara, Fidel Castro, el general vietnamita Giap ―que se cansó de derrotar y humillar a varios ejércitos del imperialismo japonés, francés, yanqui...―, Ho Chi Minh, Antonio Gramsci, György Lukács. Y obviamente no podía faltar el diablo...
Roque, Lenin y el diablo
Sí, en Un libro rojo para Lenin aparece León Trotsky. Roque extracta y reproduce fragmentos de su célebre Historia de la revolución rusa ―el mismo libro que Ernesto Guevara se llevó para leer, extractar y anotar en Bolivia en 1966. Aquella voluminosa obra en la cual el fundador del Ejército Rojo bolchevique subraya las fuertes deudas que el marxismo revolucionario mantiene con Blanqui, sin obviar las diferencias recíprocas.
Hoy en día, en el siglo XXI, resultan más que útiles, seductores y sugerentes estos fragmentos de Trotsky sobre la violencia revolucionaria y el arte de la insurrección, inteligentemente extraídos e incorporados por Roque. Sirven sobremanera para compararlos con la obsesión pretendidamente “antifoquista” ―en realidad espontaneísta y reformista― de Nahuel Moreno (Hugo Miguel Bressano) y algunos otros dirigentes trotskistas latinoamericanos menos conocidos que han terminado convirtiendo a Trotsky en un vulgar apologista de la participación electoral a toda costa y a cómo dé lugar. Aunque el blanco predilecto de Roque Dalton es, principalmente, la seudo ortodoxia oportunista de los soviéticos y el reformismo stalinista —por ejemplo de Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi, dos dirigentes del PC argentino a quienes cuestiona en su otro libro Revolución en la revolución y la crítica de derecha—, el radio de alcance de sus polémicas llega más allá de ese espacio restringido. La lúcida reconstrucción de Roque Dalton deja bien en claro que León Trotsky se sentiría mucho más a gusto en compañía de los guevaristas latinoamericanos, “izquierdistas” y “románticos”, que con las instituciones burguesas y las elecciones parlamentarias a las que tristemente lo han querido maniatar durante las últimas décadas en algunos de nuestros países.
¿Qué adopta Roque de Trotsky? Pues aquello según lo cual lo más difícil de resolver en una situación revolucionaria es el problema del sujeto colectivo y el papel activo de los revolucionarios. En ese contexto, entre las principales trabas a remover, Trotsky identifica a la maquinaria institucional y sus habituales acusaciones de “blanquismo” utilizadas por la propaganda reformista para rechazar y demonizar a las corrientes de izquierda no institucionales o extraparlamentarias. En ese sentido, a Roque Dalton le llamó poderosamente la atención la forma en que el creador del Ejército Rojo bolchevique define al “blanquismo”. Según el autor de Historia de la revolución rusa, reproducido por Dalton, por blanquismo debe entenderse, no una desviación elitista, militarista o conspiradora del socialismo sino, por el contrario, “la esencia revolucionaria del pensamiento marxista”. No es casual que Roque se haya detenido en este párrafo de Trotsky, ya que en América Latina las corrientes más moderadas del movimiento comunista emplearon el término de “blanquismo” para descalificar a Fidel, al Che y a toda la nueva izquierda revolucionaria.
Al poner en discusión la visión falsamente apologética de Lenin, que lo convertía en una momia de mausoleo más preocupada por la “coexistencia pacífica” entre diversas potencias a nivel internacional y por la gobernabilidad interna de cada estado a nivel nacional, que en incentivar futuras rebeliones populares, Dalton también realiza un beneficio de inventario sobre la teoría del partido. “El partido de Lenin es un partido de combate”, afirma; “La mejor cuna del partido es el fuego”. Su misión no es garantizar la paz (de los poderosos y los cementerios), sino encaminar a la juventud y la clase trabajadora “para la toma del poder”. No es casual que las diversas organizaciones de la izquierda salvadoreña, pocos años después de que Roque escribiera este libro, se encaminaran —unidas en el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN)— hacia el combate armado y la lucha revolucionaria por el poder. Justamente, hacia el final del volumen, Roque reproduce un fragmento periodístico que da cuenta de la actividad político militar de las FPL (Fuerzas Populares de Liberación Farabundo Martí, una de las principales expresiones que años después conformarían el FMLN). Marca de esta manera una línea de acción práctica en la política salvadoreña de aquellos días.  
Lenin desde el marxismo latinoamericano
El poeta salvadoreño se propone, nada menos, que traducir a Lenin a nuestra lengua política, a nuestra idiosincrasia, a nuestra historia, insertándolo en lo más rebelde y radical de nuestras tradiciones revolucionarias. No es aleatorio que en su reconstrucción apele a otras experiencias de revoluciones en países del Tercer Mundo: la atrasada Rusia, la periférica China, Vietnam, Cuba, El Salvador... El Lenin de Roque se viste de moreno, de indígena, de mujer combativa, de campesino, de cristiano revolucionario, de habitante de población, villa miseria, cantegril y favela, además de obrero industrial, moderno y urbano. La suya es una lectura ampliada de Lenin, pensada para que sea útil ya no exclusivamente en las grandes metrópolis del occidente europeo-norteamericano sino principalmente en el Tercer Mundo, única manera de mantenerlo vivo y al alcance de la mano en las rebeliones actuales de América Latina.
Esa perspectiva permite comprender la dedicatoria del libro que aunque está cargada de afecto y admiración, implica también una definición política, ya que Roque lo dedica “A Fidel Castro, primer leninista latinoamericano, en el XX aniversario del asalto al Cuartel Moncada, inicio de la actualidad de la revolución en nuestro continente” [subrayado de R.D.]. Esa dedicatoria a Fidel retoma puntualmente la tesis central del libro de Lukács sobre Lenin [véase nuestro estudio preliminar a G.Lukács: Lenin, la coherencia de su pensamiento. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=10714].
Algunos de los problemas prioritarios que Un libro rojo... aborda tienen que ver con el carácter de la revolución latinoamericana y las vías (“tránsito pacífico”, confrontación directa, “no tomar el poder...”, etcétera). Pero el abanico de problemas no se detiene allí. Pretende ser más extenso.  
Lectura sobre las lecturas
La obra de Roque tiene como objetivo fundamental pensar y repensar qué significa el leninismo para y desde América latina. Su reflexión merece ser balanceada y contrastada con algunas de las muchas aproximaciones análogas realizadas en nuestro continente.
En primer lugar, con el “leninismo” construido por Victorio Codovilla y Rodolfo Ghioldi, dos de los principales exponentes argentinos de la corriente latinoamericana prosoviética. Estos dos dirigentes comenzaron a ser hegemónicos dentro del Partido Comunista argentino (PCA) a partir de 1928, cuando ya hacía diez años que este se había fundado. Alineados en forma férrea con la vertiente de Stalin en el Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), Codovilla y Ghioldi pasaron a dirigir, de hecho, la sección sudamericana de la Internacional Comunista (IC). Desde allí combatieron a José Carlos Mariátegui, difundieron sospechas sobre Julio Antonio Mella y criticaron duramente a todo el movimiento político-cultural de la Reforma Universitaria nacido en Córdoba. Cuarenta años más tarde, durante los años 60, Codovilla y Ghioldi volvieron a repetir la misma actitud de aquellos años 20, rechazando y combatiendo la nueva herejía que emanaba entonces de las barbas de Cuba. Desde ese ángulo, construyeron una pretendida “ortodoxia” leninista desde la cual persiguieron a cuanto “heterodoxo” se cruzara por delante. Lenin, en este registro stalinista rudimentario se convierte en un recetario de fórmulas rígidas, propiciadoras del “frente popular”, la alianza de clases con la llamada “burguesía nacional” y la separación de la revolución en rígidas etapas. Además, desde los años ’50 en adelante, el “leninismo” de Codovilla y Ghioldi se fue convirtiendo en sinónimo de “tránsito pacífico” al socialismo y oposición a toda lucha armada (a pesar de que Ghioldi había participado en 1935 en la insurrección fallida encabezada por Luis Carlos Prestes en Brasil).
Todo el emprendimiento de Roque Dalton en Un libro rojo para Lenin constituye una crítica frontal y radical, punto por punto, parte por parte, de esta versión de “leninismo” divulgada y custodiada en nuestras tierras por Codovilla y Ghioldi.
En segundo lugar, en América Latina el líder del Partido Comunista uruguayo (PCU) Rodney Arismendi elaboró en Lenin, la revolución y América Latina una versión más refinada y meditada del “leninismo”. La suya fue una lectura más sutil, inteligente y no tan vulgar como la de Codovilla y Ghioldi —lo que le permitió cierto diálogo con la vertiente guevarista como el mismo Roque reconoce en su otro libro Revolución en la revolución y la crítica de derecha—, aunque el dirigente uruguayo compartiera en términos generales el mismo paradigma político que los dos dirigentes de Argentina. La apropiación latinoamericana de Lenin que encara Arismendi —quien había realizado años atrás una aguda crítica del populismo de Haya de la Torre—, sin dejar de seguir a la línea soviética, al mismo tiempo abre el diálogo frente a la Revolución Cubana. En el libro de Arismendi sobre Lenin, ese difícil y complejo cruce conciliador entre la antigua corriente de los PCs prosoviéticos y la nueva corriente revolucionaria, de inspiración fidelista-guevarista, se expresa ya desde su misma dedicatoria, donde se entremezcla el recuerdo de “los fundadores y militantes del movimiento comunista de América Latina” con la invocación “A Fidel Castro y sus compañeros, entre ellos el inmortal Guevara, que llevaron al triunfo la primera revolución socialista del continente”. A diferencia de Codovilla y Ghioldi que, en nombre de Lenin, fueron ardientes opositores de la estrategia cubana para América Latina (cuando Ghioldi escribe No puede haber “revolución en la revolución” contra Regis Debray, en realidad arremete políticamente contra Fidel y el Che sin nombrarlos), Arismendi intenta integrar la perspectiva continental de la lucha armada con la estrategia de los PC de “vía pacífica”. La solución de Arismendi, a mitad de caminos de dos estrategias diversas e incompatibles, conserva muchos de los lugares comunes —como la crítica al “blanquismo”— de la corriente prosoviética, pero lo hace de una forma original, sin seguir al pie de la letra los manuales soviéticos. No es casual que Arismendi haya sido uno de los pocos o quizá el único dirigente de un PC tradicional que participa de la Conferencia de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) reunida en La Habana en 1967.
En tercer lugar, y ya bajo directamente la estrella de la Revolución Cubana, la pedagoga chilena Marta Harnecker intentará una nueva aproximación a Lenin desde América Latina. Lo hará desde la óptica política y epistemológica althusseriana, ya que Marta ha sido durante años una de las principales alumnas y difusoras del pensamiento de Louis Althusser en idioma castellano y en tierras latinoamericanas. Ese intento de lectura se cristalizará en la obra La revolución social (Lenin y América Latina), de algún modo deudora de obras previas como Táctica y estrategia; Enemigos, aliados y frente político así como de la más famosa de todas Los conceptos elementales del materialismo histórico. La obra pedagógica de Harnecker, mucho más apegada a Lenin que los anteriores intentos etapistas de Codovilla, Ghioldi o Arismendi, tiene un grado de sistematicidad mucho mayor que la de Roque Dalton. Sin embargo, por momentos los esquemas construidos por Marta rinden un tributo desmedido a situaciones de hecho, coyunturales. Por eso sus libros teóricos van de algún modo “acompañando” los procesos políticos latinoamericanos. Así, perspectivas políticas determinadas se convierten, por momentos, en “modelos” casi universales: lucha guerrillera —como en Cuba— en los 60; lucha institucional y poder local —como en Brasil y Uruguay— en los 80 y 90; procesos de cambios radicales a través del ejército —como en Venezuela— desde 2000.
El libro de Roque, sin duda menos sistemático y con menor cantidad de referencias y citas bibliográficas de los escritos de Lenin que estos manuales, posee sin embargo una mayor aproximación al núcleo fundamental del Lenin pensador de la revolución anticapitalista. La menor sistematicidad es compensada con una mayor frescura y, probablemente, con una mayor amplitud de perspectiva de pensamiento político.
En cuarto lugar, debemos recordar la operación de desmontaje que desde comienzos de los años 80 pretendieron realizar los argentinos Juan Carlos Portantiero, José Aricó (ambos, por entonces, exiliados en México) y Ernesto Laclau (residente, por libre voluntad, en la Academia británica), entre otros. Toda su relectura de Gramsci en clave explícita y expresamente antileninista, constituye un sutil intento de fundamentar su pasaje y conversión de antiguas posiciones radicalizadas a posiciones moderadas (esta referencia vale para Portantiero y Aricó, no así para Laclau, quien nunca militó en la izquierda radical sino en la denominada “izquierda nacional”, apoyabrazos progresista del populismo peronista). Concretamente, el ataque a Lenin (acusado de “blanquista”, “jacobino” y “estatalista”) y la manipulación de Gramsci (resignificado desde el eurocomunismo italiano y el posmodernismo francés) cumplen en los ensayos de Portantiero, Aricó y Laclau el atajo directo para legitimar con bombos y platillos “académicos” su ingreso alegre a la socialdemocracia, tras la renuncia a toda perspectiva anticapitalista y anticapitalista. No podían realizar ese tránsito sin ajustar cuentas con la obra indomesticable de Lenin, hueso duro de roer, incluso para los académicos más hábiles en desvirtuar y fagocitar a los pensadores rebeldes.
El libro de Roque, pensado para discutir con el reformismo y el oportunismo de “la derecha del movimiento comunista latinoamericano”, está repleto de argumentos que incluso les quedan grandes a las apologías parlamentaristas y reformistas de estos tres pensadores de la socialdemocracia.
En quinto lugar, no podemos obviar el reciente intento de John Holloway y sus seguidores latinoamericanos por responsabilizar a Lenin de todos los males y vicios habidos y por haber: sustitucionismo, verticalismo, autoritarismo, estatalismo, etc., etc., etc. La “novedad” que inaugura el planteo de Holloway consiste en que realiza el ataque contra las posiciones radicales que se derivan de Lenin con puntos de vista reformistas pero..., a diferencia de los antiguos stalinistas prosoviéticos o de los socialdemócratas, él lo hace con lenguaje supuestamente de izquierda. La jerga pretendidamente libertaria encubre en Holloway un reformismo poco disimulado y una impotencia política mal digerida o no elaborada (extraída de un esquema académico demasiado abstracto de la experiencia neozapatista, caprichosamente despojada de toda perspectiva histórica o de toda referencia a las luchas campesinas del zapatismo de principios del siglo XX, que poco o nada interesan a Holloway). Toda la crítica de Roque Dalton golpea contra este tipo de planteos académicos al estilo de Holloway, aunque por vía indirecta, ya que al redactar su polémico collage,  Roque pretendía cuestionar posiciones más ingenuas, menos sutiles y, si se quiere, más transparentes en sus objetivos políticos.
Finalmente, a la hora de parangonar la lectura de Roque con otras lecturas latinoamericanas sobre Lenin, nos topamos con el reciente estudio de Atilio Borón. Este autor acude al ¿Qué hacer?, para analizarlo, interrogarlo y reivindicarlo desde la América Latina contemporánea.
No es casual que, como Roque Dalton, Borón llegue a una conclusión análoga cuando señala a Fidel Castro como uno de los grandes dirigentes políticos que han comprendido a fondo a Lenin. Particularmente, hace referencia a la importancia atribuida por Lenin a la teoría revolucionaria y a la conciencia y lo parangona con el lugar privilegiado que ocupa la “batalla de las ideas” en el pensamiento de Fidel.
Después de la rebelión popular argentina de diciembre de 2001, Borón analiza las tesis del ¿Qué hacer? y las emplea para polemizar con el “espontaneísmo”, sobre todo de John Holloway, quien de hecho clasifica a Lenin como un vulgar estatista autoritario. También polemiza con la noción deshilachada y difusa de “multitud” de Toni Negri, quien cree, erróneamente, que toda organización partidaria de las clases subalternas termina subordinando los movimientos sociales bajo el reinado del Estado. Crítico de ambas interpretaciones —la de Holloway y la de Negri—, Borón sostiene que gran parte de las revueltas populares de comienzos del siglo XXI han sido “vigorosas pero ineficaces”, ya que no lograron, como en el caso argentino, instaurar un gobierno radicalmente distinto a los anteriores ni construir un sujeto político, anticapitalista y antiimperialista, perdurable en el tiempo.
En este tipo de lecturas, el leninismo de Borón mantiene una fuerte deuda con las hipótesis históricas del dirigente comunista uruguayo Arismendi, a quien cita explícitamente, aunque en el caso del argentino esas conclusiones a favor de un comunismo democrático estén completamente despojadas de todo vínculo con el stalinismo.
De la misma forma que el salvadoreño, en su trabajo sobre Lenin el argentino cuestiona “las monumentales estupideces pergeñadas por los ideólogos soviéticos y sus principales divulgadores”. Si bien Borón y Dalton se esfuerzan por delimitar la reflexión de Lenin de aquello en lo que derivó posteriormente en stalinismo, depositan sus miradas en aristas algo disímiles. Por ejemplo, mientras Borón critica —siguiendo a Marcel Liebman— la “actitud sumamente sectaria” de Lenin durante el período 1908-1912, Roque defiende aquellos escritos de Lenin, duros, inflexibles, propiciadores de la clandestinidad, del “partido obrero de combate” e incluso de la guerrilla.
Las reflexiones de Un libro rojo para Lenin tienen, evidentemente, vasos comunicantes con todas estas otras iniciativas intelectuales elaboradas en América Latina pero contienen, además, una densidad específica y propia.
Con preocupaciones similares a todos estos abordajes, con los cuales polemiza o dialoga, el poeta salvadoreño le agrega a Lenin un atractivo extra, un “plus” picante y difícil de aferrar. El Lenin que él nos acerca se desmarca del manual, del slogan, del paper académico, del esquema —sea el que sea— o de la cita de partido para volverse uno más de nosotros, una persona viva y militante, de carne y hueso, al alcance cotidiano de la mano.
Pensar más allá del progresismo y actuar más allá de la institucionalidad
La propuesta política de Roque, atravesada, sí, por las esperanzas ardientes de los años 60 e inflamada, también, por el huracán continental que generó en sus primeros años la Revolución Cubana, posee, sin embargo, una impactante actualidad. Si bien es cierto que el “espíritu de época” del cual se nutre Roque al escribir no es exactamente el nuestro, también es verdad que su libro-collage pone sobre la mesa, casi brutalmente, un problema que permanece todavía irresuelto. ¿Cómo pensar en América Latina los cambios radicales más allá de la institucionalidad sin abandonar, al mismo tiempo, la organicidad revolucionaria anticapitalista? Es decir, ¿cómo volver a colocar en el centro de las discusiones, los proyectos y las estrategias revolucionarias latinoamericanas del siglo XXI el problema del poder, abandonado, eludido o incluso negado durante un cuarto de siglo de hegemonía ideológica reformista o neoliberal?
Para obligarnos a pensar en estos problemas, a tocar el fuego con las manos, Roque provoca, molesta, incomoda. Se ríe y burla de los acomodaticios. Se mofa de las burocracias partidarias. Se toma en solfa la adustez engolada de los discursos académicos que citan mucho para no decir nada.
El libro de Roque también sirve para pensar las derrotas de las revoluciones latinoamericanas desde la izquierda, sin hacer tabla rasa con el pasado de lucha (como nos han propuesto a lo largo de estos años tantos conversos y arrepentidos, convertidos súbitamente en funcionarios de traje, reloj caro y corbata). Repleto de ironía, permite además hacer un balance meditado y reflexivo, rechazando el desarme político-ideológico que presupone la historiografía de “tierra arrasada”, tan en boga durante los años 80 y 90, donde se culpaba a la izquierda revolucionaria por los golpes de estado, las desapariciones de personas, la inestabilidad política de la región, etc., etc.
Además de todos estos aportes, que no son pocos, el libro de Roque nos puede permitir ensayar un balance crítico de las experiencias fallidas o truncas de los reformismos capitalistas “con rostro humano”, luego de la denominada “transición a la democracia” de los 80, superado ya el neoliberalismo de los años 90 y después del gatopardismo “progresista” que se despliega a partir del año 2000.
Roque Dalton, Lenin y el socialismo del siglo XXI
Por todo esto creemos no equivocarnos al afirmar que el ensayo-collage-poema inconcluso Un libro rojo para Lenin, heredero de Mariátegui y del Che, dedicado a Fidel Castro y dirigido a las nuevas generaciones de militantes por el socialismo, constituye uno de los principales clásicos del marxismo latinoamericano. Debería estudiarse en todas nuestras escuelas de formación política.
Su lectura no puede ni debe ser pasiva. Sumergirse en sus poemas irónicos, en sus textos teóricos, en sus documentos políticos, implica hacer hablar a Roque y a los interlocutores que él eligió para, acompañando a Lenin, construir su obra abierta y polifónica.
Insertado en lo más rico y original del pensamiento rebelde latinoamericano, este texto constituye una invitación exquisita para dialogar en voz alta con Lenin y Roque Dalton, dos personalidades queridas y entrañables. Ese diálogo debe apuntar a aprender de los errores y aciertos del siglo XX y a pensar el significado del socialismo revolucionario del siglo XXI, nuestro próximo horizonte.


*Este trabajo se elaboró originariamente como prólogo a Un libro rojo para Lenin, de Roque Dalton. Finalmente el libro salió sin el prólogo.
Capítulo del libro Simón Bolívar y la “manzana prohibida” de la Revolución latinoamericana, de Néstor Kohan.
Fuente: http://www.lajiribilla.cu/2011/n521_04/521_08.html