Giovanni Arrighi,
Tom Reifer
Viento Sur
La amplitud y el alcance de la obra intelectual de Giovanni Arrighi –especialmente, su capacidad para ofrecer análisis fundamentados en un contexto geohistórico a largo plazo– supone un logro sorprendente, sin olvidar que su generosidad para con sus interlocutores no tenía casi parangón. Tom Reifer escribe en memoria de Giovanni Arrighi.
Uno de los rasgos más ilustrativos de nuestros días es la escasez de análisis capaces de situar la actual crisis socioeconómica en una perspectiva geohistórica. Desde el punto de vista del capitalismo de larga duración, ningún intelectual ha desarrollado un análisis más imponente de la crisis actual que Giovanni Arrighi.(1) Arrighi, por supuesto, junto con Immanuel Wallerstein (1974, 1980, 1989) y el difunto Terence Hopkins, fue uno de los creadores y principales defensores del enfoque del sistema-mundo sobre el capitalismo europeo, las desigualdades mundiales de la renta y el “desarrollo” (véase Arrighi, Hopkins y Wallerstein, 1989).(2) La propia visión del sistema-mundo –que cuestionaba la preponderancia, tras la Segunda Guerra Mundial, de la teoría de la modernización– surgió de los movimientos de los años sesenta e hizo confluir una fructífera síntesis del marxismo, el radicalismo del Tercer Mundo y una serie de corrientes críticas de las ciencias sociales, desde la escuela francesa de los Annales a la escuela histórica alemana (véase Goldfrank, 2000).
El análisis de los sistemas-mundo fue inicialmente desarrollado por Wallerstein y Hopkins, que simpatizaban con los estudiantes que ocuparon la Universidad de Columbia durantes las revueltas estudiantiles y la “revolución mundial de 1968” (ambos formaban parte del comité ejecutivo de la comisión universitaria que se creó con tal ocasión). Hopkins y Wallerstein acabaron trasladándose, en los años setenta, a la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY), en Binghamton, que se convirtió durante un tiempo en el centro de los estudios sobre los sistemas-mundo. Así, la visión del sistema-mundo fue consecuencia directa de los movimientos de los años sesenta y uno de sus legados intelectuales más duraderos.
Arrighi llegó a la facultad de Sociología de Binghamton a fines de los años setenta y pasó a ser una pieza clave del programa de licenciatura y del Centro Fernand Braudel para el Estudio de Economías, Sistemas Históricos y Civilizaciones. Aquí, varios grupos de investigación colectiva reunían a estudiantes y profesores para trabajar sobre proyectos comunes. En uno u otro momento, por la facultad de Binghamton pasaron figuras como Anibal Quijano, Bernard Magubane y Walter Mignolo.
La amplitud y el alcance de la obra intelectual de Giovanni Arrighi –desde el análisis del sur de África a su interpretación del auge del sudeste asiático encabezado por China, así como sobre las perspectivas para el Sur Global y un nuevo Bandung– supone un logro sorprendente. Además, tal como señaló Ravi Sundaram –actual director del Centro para el Estudio de la Sociedades en Desarrollo de Delhi– en una conferencia para conmemorar y discutir todo el trabajo de Arrighi en el contexto de la presente crisis que tuvo lugar en mayo de 2009 en Madrid, Arrighi demostraba una generosidad casi sin parangón para con sus interlocutores.(3) Este tipo de debates en el marco de la solidaridad mutua, en los que tanto creía Giovanni, es sin duda necesario para renovar las fuerzas progresistas en todo el mundo. Así, la noticia de la muerte de Arrighi, que falleció el 18 de junio de 2009 tras una dura batalla contra el cáncer, fue recibida con gran tristeza por el mundo de la academia y el activismo, y por sus amigos, ex alumnos y colegas.
La conferencia organizada en Madrid, en la que se dieron cita personas de todo el mundo –incluidos muchos ex alumnos y colaboradores de Arrighi desde los años sesenta hasta la actualidad– pretendía ser una especie de punto de reencuentro y una oportunidad para discutir la crisis actual y el trabajo de Giovanni. Por desgracia, a última hora y debido a su enfermedad, Giovanni y Beverly Silver, su mujer y compañera intelectual, no pudieron asistir al encuentro. Gracias a la tecnología moderna, Giovanni y Beverly pudieron seguir partes de la discusión desde la habitación de un hospital en los Estados Unidos. Sin embargo, no se dio el animado intercambio de visiones con Giovanni y Beverly que todos los participantes esperaban con tanta expectación. A pesar de esta dolorosa ausencia de la conferencia –que contó con la participación, entre otros, de Lu Aiguo, Samir Amin, Perry Anderson, Amiya Bagchi (2005), Walden Bello, Robert Brenner, Gillian Hart, Hung Ho-fung, Bill Martin, Emir Sadr, Ravi Palat y John Saul–, y tal como comentó Beverly Silver, se trató, sin duda, de un gran éxito. Durante los cinco días que duraron las jornadas, los debates fueron tremendamente intensos y, a menudo, derivaron en sesiones maratonianas.
Nacido en Milán en 1937, la trayectoria política de Giovanni estuvo definitivamente marcada por la actitud antifascista de su familia. El contexto político en que surgieron estas actitudes estaba caracterizado, por supuesto, por la ocupación nazi en algunas zonas de Italia, el aumento de la resistencia local y la llegada de los aliados. Formado originalmente en economía neoclásica en Italia, tras trabajar un tiempo en algunas empresas, Arrighi acabó emigrando a Zimbabwe (entonces Rhodesia) a principios de los años sesenta. Como apunta William Martin (2005: 381) en un artículo sobre la importancia de académicos como C.L.R. James, W.E.B. Du Bois y Oliver Cox en la perfilación del concepto, “el análisis de los sistemas-mundo, como la economía capitalista mundial, tiene profundas raíces africanas”.(4) La emigración de Arrighi (2009) a África fue, según sus propias palabras, “un verdadero renacimiento intelectual”, un viaje en que empezó su “larga marcha de la economía neoclásica a la sociología histórica comparativa”. Aquí, junto con John Saul, Martin Legassick y muchos otros, esta nueva generación de activistas-investigadores desarrolló un análisis político-económico pionero, centrado en las contradicciones generadas por la proletarización y la desposesión del campesinado en el sur de África.
Fue también en Rhodesia donde Giovanni, que en 1966 se hizo miembro de la Unión del Pueblo Africano en Zimbabwe (ZAPU), coincidió con su antiguo alumno –y después amigo y compañero de la ZAPU– Bhasker Vashee, un africano de origen indio con su mismo espíritu internacionalista y que, años después, pasaría a ser director del Transnational Institute, sustituyendo al legendario activista-académico antiimperialista Eqbal Ahmad (2006).(5) De hecho, Giovanni y Bhasker fueron compañeros de celda al ser detenidos por sus actividades anticolonialistas. Giovanni fue deportado aproximadamente una semana después de su arresto; Basker sólo fue liberado tras un año de prisión incomunicada y tras una larga campaña internacional a favor de su puesta en libertad. En 1966, Giovanni se trasladó a Dar es Salaam, en un momento en el que Tanzania daba refugio a movimientos de liberación nacional de toda África. Aquí, entre los colegas de Arrighi se contaba una larga lista de académicos radicales, como John Saul, Walter Rodney e Immanuel Wallerstein.
Más tarde, Giovanni volvió a Italia para dedicarse a la enseñanza y participó en movimientos que defendían la autonomía de la clase trabajadora, además de ayudar a fundar el Gruppo Gramsci. A fines de los años setenta, Arrighi finalizó una de sus obras clave, La geometría del imperialismo, reeditada en 1983. Fue más o menos en torno a esta época cuando Giovanni empezó a reconceptualizar este trabajo como un puente hacia lo que se convertiría en su libro más significativo, El largo siglo XX, seguido después por (2007) Adam Smith en Pekín: orígenes y fundamentos del s. XXI. La obra de Arrighi es hoy considerada por muchos como el trabajo individual más importante sobre la larga duración y la actual crisis del capitalismo mundial.(6)
Partiendo del trabajo de Smith, Polanyi, Gramsci, Marx y Braudel –y del concepto de éste último del capitalismo como el antimercado–, Arrighi afirma que el capitalismo evolucionó durante una serie de largos siglos, en los que distintas combinaciones de organizaciones gubernamentales y comerciales han dirigido, sucesivamente, unos ciclos sistémicos de acumulación. Estos ciclos se han caracterizado por las expansiones materiales del sistema-mundo capitalista. Cuando estas expansiones alcanzan su límite, el capital se desplaza al ámbito de las altas finanzas, donde la competencia militarizada entre Estados por el capital móvil ofrece algunas de las mayores oportunidades para las expansiones financieras.
Así, la otra cara de la moneda de estas expansiones financieras ha sido el estímulo recíproco de la industrialización militar y las altas finanzas como parte de la reestructuración general del sistema-mundo que acompaña a los otoños de los ciclos sistémicos de acumulación y las estructuras hegemónicas de los que forman parte. Las expansiones financieras desembocaron, en un primer momento, en un auge temporal del poder hegemónico en decadencia, en lo que George Soros ha tildado de la “burbuja de la supremacía norteamericana” tras el derrumbe del imperio soviético y la ruptura de la URSS. En última instancia, sin embargo, estas expansiones financieras militarizadas dieron lugar a un creciente caos sistémico y a nuevas revoluciones organizativas en un emergente bloque hegemónico de organizaciones gubernamentales y comerciales “dotado de unas capacidades organizativas cada vez más amplias y complejas para controlar el entorno político y social de la acumulación de capital a escala mundial”, un proceso que, como señalaba Arrighi (1994: 14, 18), tiene un claro “límite inherente”.
En este sentido, cabe destacar que Arrighi –a diferencia de Wallerstein, pero al igual que Braudel– no sitúa los orígenes del capitalismo mundial en los Estados territoriales de Europa durante el largo siglo XVI, sino más bien en las ciudades-Estado italianas de los siglos XIII y XIV, en lo que fue un precursor regional del sistema-mundo moderno. Arrighi dibuja después la alianza del capital genovés y el poder español que produjo los grandes descubrimientos, antes de pasar a analizar la cambiante suerte de las hegemonías holandesa, británica y estadounidense, sus respectivos ciclos sistémicos de acumulación y el desafío planteado a los Estados Unidos por el renacimiento económico del sudeste asiático, al que hoy se ha sumado China.(7) En volúmenes posteriores, que conformaron lo que Arrighi llamaba una ‘trilogía imprevista’ –Caos y orden en el sistema-mundo moderno (coescrito con Beverly Silver y otros colaboradores, 1999) y Adam Smith en Pekín (2007)–, así como en una serie de artículos y la versión actualizada de El largo siglo XX (próxima publicación), este potente análisis aparece aplicado hasta el presente.
Tomemos, por ejemplo, algunas de las propuestas planteadas por Arrighi y Silver hace ya una década (1999: 273-274, 287-288):
La expansión financiera mundial de los últimos veinte años, más o menos, no es ni una nueva etapa del capitalismo mundial ni el anuncio de una “futura hegemonía de los mercados globales”. Se trata, más bien, del indicio más evidente de que nos encontramos en medio de una crisis hegemónica. Como tal, cabe esperar que la expansión sea un fenómeno temporal que terminará de forma más o menos catastrófica”; (…) [hoy día], la propia expansión financiera parece basarse en fundamentos cada vez más precarios” [lo cual se deriva en una] “reacción” [que] “anuncia que la masiva redistribución de renta y riqueza sobre la que descansa la expansión ha alcanzado o está a punto de alcanzar sus límites. Y cuando la redistribución ya no se pueda sostener económica, social y políticamente, la expansión financiera está destinada a su fin. El único interrogante que sigue abierto no es si tendrá lugar, sino cuándo y con qué catastróficas consecuencias se derrumbará el actual dominio mundial de los mercados financieros sin regular (…) Pero la ceguera que llevó a los grupos dirigentes de estos Estados a confundir el “otoño” con una nueva “primavera” de su poder hegemónico supuso que el fin llegara antes y de forma más catastrófica de lo que hubiera podido ser de otro modo (…) Hoy se hace evidente una ceguera parecida”. [Y así], “la caída, más o menos inminente, de Occidente de los puestos de mando del sistema capitalista mundial no sólo es posible, sino probable (…) los Estados Unidos tienen incluso una mayor capacidad que Gran Bretaña hace un siglo para convertir su hegemonía en declive en una dominación explotadora. Si el sistema acaba hundiéndose, será fundamentalmente por la resistencia de los Estados Unidos a ajustarse y acomodarse a las nuevas circunstancias. Y viceversa: que los Estados Unidos se ajusten y se acomoden al creciente poder económico del sudeste asiático es una condición esencial para una transición no catastrófica hacia un nuevo orden mundial”.
En Adam Smith en Pekín, Arrighi retomó muchos de estos temas bajo la perspectiva del nuevo auge de un este asiático centrado en China y la despiadada apuesta norteamericana para mantener su dominio hegemónico con la invasión y la ocupación de Iraq, territorio que alberga las segundas mayores reservas de petróleo del mundo. En lugar de anunciar una nueva etapa de la hegemonía estadounidense, como esperaban sus artífices, Arrighi (2007) hizo hincapié en cómo las ambiciones del Proyecto por un Nuevo Siglo Estadounidense, cuyos miembros ocupaban cargos clave en la Casa Blanca de Bush, ha incrementado la probabilidad a largo plazo de que cada vez hablemos más de los Estados Unidos en el contexto de la “era asiática” del siglo XXI y de lo que los comentaristas ya han empezado a llamar “el Consenso de Beijing” (Ramo, 2002).(8)
Adam Smith en Pekín, al igual que sus predecesores, exige una atenta lectura, teniendo en cuenta lo denso del análisis y lo ambicioso de su alcance. Como señala el propio Arrighi (2007: xi), el objetivo del libro es “ofrecer una interpretación tanto del actual desplazamiento del epicentro de la economía política mundial desde Norteamérica hacia Asia oriental a la luz de la teoría de Adam Smith sobre el desarrollo económico como una interpretación de La riqueza de las naciones a la luz de dicho desplazamiento”. Al mismo tiempo, el libro aborda otras cuestiones, como los motivos de lo que Kenneth Pomeranz (2000) denomina la “gran divergencia” entre Europa occidental, sus ramas colonas y Asia oriental. En la última parte del libro, Arrighi analiza la creciente divergencia entre el poder militar de los Estados Unidos en todo el mundo y el creciente poder económico de Asia oriental, como lo demuestra la acumulación de miles de millones de dólares de superávit en el este asiático encabezado por China y su inversión en valores del Tesoro estadounidense y otros activos en dólares, incluidas las hipotecas de alto riesgo o ‘basura’. Estos hechos son considerados anómalos, sin precedentes en ciclos sistémicos de acumulación anteriores ni en ciclos hegemónicos afines.
Además, el libro de Arrighi, partiendo de una serie de borradores anteriores publicados en New Left Review (NLR), dibuja un reconocimiento y una crítica –aunque desde una perspectiva histórico-mundial comparativa– del trabajo reciente de Robert Brenner (1998, 2002, 2006), que muchos consideran la teoría más convincente del actual largo ciclo descendente y la crisis del capitalismo mundial. Brenner es un académico ya famoso por su trabajo sobre los orígenes del capitalismo. En muchos sentidos, esta combinación de reconocimiento y crítica de Brenner no resulta sorprendente e ilustra el método de Arrighi que, como profesor y académico, siempre instaba a sus alumnos y colegas a combatir los puntos más fuertes de un argumento, no los más débiles.
Bob Brenner (1977, 1981) es, sin duda, uno de los principales detractores del análisis del sistema-mundo, que en un principio criticó como una forma de “marxismo neo-smithiano”. Su labor sobre los orígenes del desarrollo capitalista dieron después lugar al llamado “debate Brenner” (Aston y Philpin, 1987). En muchos sentidos, teniendo en cuenta sus respectivos análisis de los orígenes del desarrollo capitalista, Arrighi y Brenner no podían estar más lejos. La crítica de Brenner a la perspectiva del sistema-mundo de Wallerstein pasaba fundamentalmente por el papel preponderante que Brenner concede a las relaciones entre clases y la lucha de clases en la agricultura, excluyendo prácticamente todo lo demás, situando los orígenes del desarrollo capitalista en el campo inglés. Wallerstein y Arrighi, en cambio, sitúan dichos orígenes en el contexto de un sistema-mundo en expansión, que funciona con una única división del trabajo, que supera los límites territoriales de los Estados-nación.
Aún así, en lo que se refiere a la agricultura capitalista, Wallerstein y Brenner –a pesar de sus grandes diferencias y siguiendo la tradición de la escuela de Annales, muy centrada en la historia rural– tienen más en común entre sí que con el tratamiento de los orígenes del capitalismo que Arrighi elabora en El largo siglo XX (véase también Brenner e Isett, 2002). En la obra de Arrighi (1994, 1998), el capitalismo agrícola tiene un papel modesto o nulo en los orígenes del desarrollo capitalista a escala mundial. Esto difiere claramente de la visión de Wallerstein en El moderno sistema mundial, cuyo primer volumen, al fin y al cabo, lleva por subtítulo La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI. En este punto, tal y como apunta Walter Goldfrank en uno de sus artículos (2000:162), la perspectiva de Wallerstein tenía mucho en común con la clásica obra de Barrington Moore Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia (1966). En cambio, la versión de Braudel de la historia capitalista, siguiendo a Oliver Cox (1959), situaba al capitalismo en el máximo nivel del comercio y las altas finanzas mundiales –y sólo en menor medida en la industria–, y ésa es la idea con la que Arrighi coincidía fundamentalmente. La actual crisis del capitalismo a escala mundial parece un momento especialmente oportuno para volver a plantear estos importantes debates sobre la naturaleza del desarrollo capitalista, sus orígenes, sus trayectorias futuras, su posible desaparición y alternativas realistas. Una cuestión clave es qué tipo de sistema o sistemas alternativos se acercarían más al orden u órdenes mundiales más democráticos, igualitarios, pacíficos y socialmente justos que busca la humanidad.
En cuanto a la presente crisis, Arrighi y Brenner tienen mucho más en común en lo que se refiere al análisis del largo ciclo ascendente y del consiguiente largo ciclo descendente. Aunque parezca paradójico, Brenner –la persona que arremetió contra el “marxismo neo-smithiano”– ofrece una visión de la crisis que se parece bastante al análisis neo-smithiano que hace Arrighi sobre el fin de todas las expansiones materiales: la creciente competencia reduce los beneficios. Así, tanto Arrighi como Brenner consideran que la crisis actual no es tanto una crisis financiera propiamente dicha como la muestra de una crisis del capitalismo mucho más profunda, que se remontaría al largo ciclo descendente de los años setenta.
Brenner, sin embargo, considera que esta crisis se caracteriza en gran medida por la sobreproducción, mientras que Arrighi opina que el ciclo descendente se debe básicamente a la sobreacumulación. Otro aspecto que Arrighi destaca (2007), a diferencia de Brenner, pasa por relacionar más claramente el actual ciclo largo descendente con la crisis de la hegemonía estadounidense –algo parecido, salvando las distancias, a los problemas a los que se enfrentó la hegemonía británica a fines del siglo XIX y principios del XX–, así como a los diversos grados del creciente poder de la clase trabajadora.(9) Curiosamente, Brenner, que antes había subrayado el protagonismo de la lucha de clases en los orígenes del desarrollo capitalista, prácticamente pasa por alto el papel de la clase obrera y la lucha de clases para explicar el origen del largo ciclo descendente y se centra, de forma casi exclusiva, en la rivalidad intracapitalista entre Japón, Alemania y los Estados Unidos.
La atención de Brenner a la producción en Japón, Alemania y los Estados Unidos se diferencia también del acento de Arrighi en el dinero, las finanzas y la financiarización en el contexto de la actual crisis de la hegemonía estadounidense. Arrighi destaca, en concreto, el crecimiento exponencial de los mercados monetarios extranjeros, el desmantelamiento del sistema de cambios fijos de Bretton Woods y el paso a un sistema cambiario flexible en el marco de la guerra de Vietnam y la crisis fiscal general de lo que James O’Conner denomina “el Estado militar del bienestar” de los Estados Unidos. La consiguiente liberalización de los controles sobre el capital en gran parte del mundo que fue de la mano de este paso a los cambios flexibles ha desembocado, como se predijo, en burbujas especulativas y repetidas crisis financieras mundiales.
Para Arrighi, un momento especialmente decisivo en este sentido llegó con la expansión financiera militarizada, encabezada por los Estados Unidos, de fines de los años setenta y principios de los ochenta, en la que los Estados Unidos competían por el capital móvil en los mercados de capital mundiales adquiriendo créditos con los medios más regresivos posibles. Esto supuso un giro crucial, ya que fue durante esta época cuando Washington abandonó su anterior tolerancia por formas de desarrollismo a favor de una contrarrevolución en la política del desarrollo asociada con el llamado “Consenso de Washington”, que se sigue desplegando hoy en día en el contexto del desmoronamiento del capitalismo “neoliberal” (véase Serra y Stiglitz, 2008; Eatwell y Taylor, 2000; Arrighi, 1994, 2002).
Peter Gowan (1999), con su libro La apuesta por la globalización: la geoeconomía y la geopolítica del imperialismo euro-estadounidense y una serie de artículos relacionados (véase también Davis, 1986; véase también Sassen, 2008), fue uno de los mejores analistas de este proceso de globalización empresarial-estatal capitaneada por los Estados Unidos. Gowan prestaba una especial atención a la ofensiva de lo que Jagdish Bhagwati (2002) denomina “el complejo Wall Street-Tesoro” –repleto de ahorros de inversores asiáticos– para abrir los mercados asiáticos a través de la guerra financiera. La eliminación de los controles sobre el capital, la desregulación de los mercados financieros y el crecimiento del capital financiero especulativo –desde los derivados a los fondos de alto riesgo– en el marco del aumento de las exportaciones chinas condujo directamente a la crisis económica asiática de 1997 y a los consiguientes intentos por mejorar la integración financiera regional.(10) Esta importante obra de Gowan –ex investigador del Transnational Institute y miembro del equipo de redacción de New Left Review durante muchos años, también fallecido el pasado junio– le valió la entrada al selecto club de los más destacados analistas del poder estadounidense, entre los que también sobresale el brillante lingüista y destacado pensador político Noam Chomsky (1982, 1991, 1993, 2007, 2010).(11)
Poco antes de su muerte, Arrighi (2009) reflexionaba sobre su propia obra en una entrevista realizada por David Harvey, uno de los más renombrados expertos en capitalismo. Harvey le preguntaba a Arrighi: “La actual crisis del sistema financiero mundial parece la reivindicación más espectacular de las predicciones teóricas que has sostenido desde hace mucho tiempo más allá de lo que nadie podía imaginar. ¿Hay de todas formas aspectos de esta crisis que te hayan sorprendido?”. Arrighi (2009:90) le respondió aludiendo a los distintos elementos que le habían pasado por alto: los detalles de las burbujas especulativas, desde el auge de las punto com y la megaburbuja inmobiliaria a la determinación de la belle époque de la hegemonía estadounidense, que considera que ganó impulso con Clinton, antes de apuntar que: “con la explosión de la burbuja de la vivienda, lo que estamos observando ahora es, con toda claridad, la crisis terminal de la centralidad financiera y de la hegemonía estadounidenses” (véase también Canova, 2008).
Entre los principales aspectos de la definición de los períodos del capitalismo mundial según Arrighi (1994: 4-5; 2009: 90-94), se encuentra la convergencia fundamental con el acento que pusieron Braudel y Schumpeter en la flexibilidad del capitalismo, su no especialización y su capacidad para cambiar y adaptarse. También aquí radica el papel privilegiado del capital monetario y el sistema de deudas nacionales para reiniciar el capitalismo, ya que se acumula en centros en declive y busca futuros beneficios invirtiendo en potencias hegemónicas al alza, desde Venecia a los Estados Unidos.(12) Igual de importante es el constante énfasis de Arrighi en la geohistoria; Arrighi demuestra cómo las diversas combinaciones de geografía e historia han hecho y deshecho fortunas capitalistas.
Otro de los aspectos más importantes del análisis de Arrighi –al que se suele prestar poca importancia y que es fundamental para entender su uso del concepto de hegemonía de Gramsci en el contexto del capitalismo como un sistema global– es que las repetidas batallas entre las potencias capitalistas y territoriales han sido decisivas para la creación y la recreación del capitalismo mundial. En este sentido, aunque pocas veces se menciona, las potencias capitalistas y territorialistas de Arrighi eran, en gran medida, sinónimo de las repetidas batallas entre las potencias navales y, después, aéreas (Venecia, las Provincias Unidas, Inglaterra, los Estados Unidos) y las potencias continentales territorialistas (España, Francia, Alemania y la URSS).
Como Arrighi subraya, las expansiones financieras y la rivalidad por el capital móvil y el creciente caos sistémico que, por norma, caracterizan a las transiciones hegemónicas fueron recreando el mundo sobre unas bases sociales cada vez más estrechas y militarizadas. La trayectoria del poder estadounidense desde fines de los años setenta lo demuestra de forma bastante clara (Gowan, 1999; véase también Reifer, 2007). Sin embargo, en última instancia, estas repetidas expansiones militarizadas terminaron, sin excepción, con la recreación del sistema mundial sobre unas nuevas bases sociales bajo una potencia hegemónica en alza o, al menos, con la caída del rival continental. El último ejemplo de derrumbe de un rival continental fue la dramática caída del imperio soviético en Europa oriental y la ruptura de la propia Unión Soviética, de forma que gran parte de la región ha vuelto ahora a su papel de Tercer Mundo, en una batalla que se libró tanto en los mercados mundiales de capital como en cualquier campo de batalla, como no se cansaba de recalcar Arrighi (véase también Berend, 1996). En este panorama, no sólo se revela el eclecticismo y la flexibilidad del capitalismo, sino también la naturaleza evolutiva y dinámica de este sistema en expansión a medida que crecía hacia un alcance global.
Otro aspecto crítico de la obra de Arrighi (1990, 1991, 2002) es el análisis de distintas regiones-mundo y las desigualdades en la renta mundial. En este sentido, Arrighi siempre intentó tener en cuenta: a) la herencia precolonial b) el impacto del colonialismo y c) la trayectoria poscolonial, en el marco de un análisis histórico mundial comparativo. La idea de los últimos trabajos de Arrighi (1991, 2002) era combinar su análisis comparativo de largo plazo del África subsahariana con su trabajo más reciente sobre Asia oriental, así como analizar el desarrollo en otras regiones, desde la experiencia de Europa oriental a lo que él denominaba “el núcleo orgánico de la economía-mundo capitalista”, incluidos Europa occidental, Japón y los Estados Unidos.
Otro elemento destacable del trabajo de Arrighi (1998) fue replantear lo que él llamaba “los no debates de los años setenta” (primero entre Theda Skocpol, Robert Brenner y Immanuel Wallerstein y, después, entre Wallerstein y Braudel). Aquí, Arrighi señalaba que por útiles que hubieran resultado estos no debates en el pasado para proteger algunas agendas de investigación contra su desaparición prematura, “finalmente resultaron contraproducentes para la plena realización de sus potencialidades. Opino que el análisis de los sistemas-mundo hace tiempo que llegó a este nivel y que sólo se puede beneficiar de una discusión dinámica de cuestiones que se deberían haber debatido hace mucho tiempo pero que nunca se debatieron”.
En este contexto, Perry Anderson (2007: Ch.12), redactor durante años de New Left Review, comparte algunos pasajes especialmente reveladores en su ensayo sobre la importante obra de Brenner.(13) Tras examinar el argumento de Brenner sobre el papel central del capitalismo agrícola en Inglaterra –excluyendo prácticamente todo lo demás, como el papel de las ciudades y del comercio (exterior)– en los orígenes del desarrollo capitalista, Anderson (2007: 251), de forma muy elocuente, admite:
Más allá de la fuerza de este caso, siempre ha habido dificultades con su contexto general. La idea del capitalismo en un solo país, tomada literalmente, es sólo un poco más plausible que la del socialismo en un solo país (...) Históricamente, tiene más sentido contemplar el surgimiento del capitalismo como un proceso de valor añadido que ganaba en complejidad a medida que se movía a lo largo de una cadena de lugares interrelacionados. En esta historia, el papel de las ciudades fue siempre central (...) Los terratenientes ingleses nunca podrían haber iniciado su conversión hacia la agricultura comercial sin el mercado de la lana en las ciudades flamencas (véase también Jameson, 1998: 136-161).
No me consta que nadie haya apuntado aún a la confluencia entre Brenner y Wallerstein –en marcado contraste con el trabajo de Braudel y de Arrighi– sobre la relevancia del capitalismo agrícola (en Inglaterra para Brenner y en Inglaterra y las periferias emergentes de la economía-mundo en las Américas y en Europa oriental para Wallerstein) en la emergencia del capitalismo. Sin duda, las diferencias son aún mayores que las similitudes: para Brenner, el capitalismo se desarrolla en el campo del Estado-nación inglés y, para Wallerstein, en el contexto del incipiente sistema-mundo. En su obra El moderno sistema mundial, Wallerstein elaboró un esquema brillante de las interrelaciones entre el capitalismo agrícola y el máximo nivel del comercio y las finanzas mundiales de Braudel. Sin embargo, hasta la fecha, nadie ha analizado en profundidad cómo estas formas dinámicas de capitalismo agrícola podrían relacionarse con el crecimiento del capitalismo en el máximo nivel del comercio y las finanzas mundiales que plantea Braudel en su trilogía clásica Civilización y capitalismo, del siglo XV al XVIII y Arrighi en El largo siglo XX. En muchos sentidos, no resulta sorprendente, ya que una de las principales ideas de la obra de Braudel y Arrighi –a diferencia de Annales y Brenner, que conceden una gran importancia a la historia rural– pasa por relativizar la importancia potencial de la agricultura en los orígenes del sistema-mundo del desarrollo capitalista.
En este contexto, resulta significativo el retorno de Arrighi a su propio trabajo anterior sobre el papel de la oferta de mano de obra, basándose en la importante obra de Gillian Hart (2002) sobre el tema en el este asiático y el sur de África. Hart llama la atención sobre las contradicciones de la acumulación del capital a través de la desposesión mediante la plena proletarización, como señala Arrighi, de lo que Samir Amin (1976) denomina “las reservas de mano de obra de África” en todo el sur de África, incluido el país del apartheid (véase también Mamdani, 1996). Aquí, la combinación de colonialismo blanco –en el marco de la expansión de la agricultura capitalista, el descubrimiento de extensas reservas de riquezas naturales y una continua falta de mano de obra– condujo a los colonialistas blancos a promover la total desposesión de una gran parte del campesinado africano para proporcionar mano de obra barata a las minas, primero, y a la industria manufacturera, después. Con el tiempo, sin embargo, la plena proletarización de estos grupos terminó incrementando los costes laborales y desembocando en un creciente estancamiento económico.
Esta experiencia surafricana de la acumulación a través de la desposesión en el contexto del colonialismo blanco contrasta marcadamente, como subraya Gillian Hart (2002), con las experiencias de “éxito de desarrollo” del este asiático, incluido el reciente auge económico de China. La trayectoria del este asiático ha pasado por la acumulación del capital sin un proceso de desposesión, combinada con un “desarrollo e industrialización rurales” (por ejemplo, mediante iniciativas de empresas en aldeas). “Así como la tradición surafricana, en última instancia, ha reducido los mercados nacionales, aumentado los costes de reproducción y disminuido la calidad de la mano de obra, la tradición del este asiático ha ampliado los mercados nacionales, reducido los costes de reproducción y mejorado la calidad de la mano de obra” (Arrighi, Aschoff y Scully, 2009: 39-40; véase también Hart, 2002: 206-231).(14)
La paradoja aquí –resaltada por Arrighi y sus colaboradores– es que la plena proletarización de los productores originales a través de la acumulación mediante desposesión, aunque normalmente se asociaba con los orígenes de un desarrollo capitalista fructífero, se ha convertido en uno de los principales obstáculos a ese tipo de desarrollo en el sur de África, así como quizá en muchas otras regiones del Sur Global. Así pues, se parte de distintas trayectorias de acumulación –con o sin desposesión y políticas de exclusión racial– para analizar la discrepancia radical de las experiencias de desarrollo del este asiático y del sur de África. Para abordar estos desafíos, especialmente la necesidad de redistribuir tierras y mejorar la educación y el bienestar social de la mayoría de los africanos, se presentan varias recomendaciones (Arrighi, Aschoff & Scully, 2009; véase también Sen, 1999).(15)
El trabajo de Hart y Arrighi sobre la acumulación con y sin desposesión en las trayectorias contemporáneas de desarrollo en el sur de África y el este asiático también podría arrojar cierta luz sobre la cuestión de los orígenes del desarrollo capitalista en la agricultura analizado por Brenner y Wallerstein. De hecho, y aunque no se ha hecho hasta el momento, es posible imaginar el establecimiento de una serie de vínculos geohistóricos entre la obra de Marx, Wallerstein, Braudel y Arrighi sobre “el máximo nivel del comercio y las altas finanzas” (junto con el trabajo de Barrington Moore, Brenner, Wallerstein y otros sobre el capitalismo agrícola, que relaciona estos acontecimientos en una síntesis original). La idea aquí pasaría por demostrar más claramente –como, por ejemplo, a través del tratamiento clásico que Wallerstein concede a estas cuestiones en El moderno sistema mundial y mediante una relectura del “debate Brenner” y de lo que Giovanni denomina “los no debates de los años setenta”– cómo la agricultura capitalista, la urbanización y lo que Arrighi llama el “sistema capitalista de formación del Estado y libramiento de la guerra”– están estrechamente interrelacionados en los orígenes históricos mundiales del desarrollo capitalista, como Perry Anderson parece sugerir en el pasaje de Spectrum citado anteriormente. Estos debates sobre pasado y presente están, por supuesto, interrelacionados; las digresiones del pasado plantean, en esencia, preguntas sobre el presente y reflejan inquietudes de hoy día.
Tal como indicaba la revista New Ledt Review (1977: 1) en una introducción editorial a la crítica de Brenner al llamado ‘marxismo neo-smithiano’ a fines de los años setenta:
El famoso debate en los años cuarenta entre historiadores marxistas –Dobb, Sweezy, Hilton, Takahashi y otros– sobre los orígenes del capitalismo representa uno de los intercambios internacionales más duraderos sobre una cuestión teórica fundamental que haya tenido jamás lugar en el marco del materialismo histórico. Las implicaciones de sus lecturas encontradas de cómo surgió el capitalismo y por qué lo hizo en determinadas regiones del mundo en lugar de otras revestían un interés que excedía lo meramente histórico. Estas lecturas influyen en la evaluación de la situación de la lucha de clases a escala mundial hoy día, las interpretaciones del Estado burgués y las concepciones de la transición del capitalismo al socialismo. El debate también conllevó una serie de problemas teóricos clave sobre la naturaleza del determinismo histórico, la relación entre economía y política, y la validez del análisis básico de Marx del capitalismo.(16)
Se podría decir algo muy parecido con respecto a los debates actuales sobre estas cuestiones. En los últimos años, Arrighi esperaba elaborar una recopilación de su trabajo más importante desde la óptica de la desigualdad global. Lamentablemente, Arrighi no podrá terminar esta labor, aunque espero que haya otros que reunirán sus trabajos más importantes sobre el tema y les darán la amplia difusión que se merecen. Uno no puede dejar de preguntarse hasta qué punto Arrighi habría basado esta iniciativa en el destacado trabajo sobre la desigualdad desarrollado en las últimas décadas por personas como Jean Dreze, Amartya Sen, Amiya Kumar Bagchi (2005), Charles Tilly (1999), Branko Milanovic (2005) y Roberto Korzeniewicz, entre otros.(17) Por otro lado, no se podría rendir mejor homenaje a Giovanni Arrighi y su búsqueda de un sistema mundial más humano que volviendo a estas cuestiones fundamentales de nuestro tiempo, que forman parte de nuestros esfuerzos colectivos para entender el mundo y transformarlo en un lugar más pacífico, socialmente justo, medioambientalmente sostenible e igualitario en todos los sentidos.
Entre las pérdidas más significativas en la vorágine de la vida contemporánea del siglo XXI, dominada por la cultura de lo inmediato y de lo que Noam Chomsky –tomando prestadas las palabras de Isaiah Berlin– llama ‘el clero secular de los intelectuales de elite, se encuentran la práctica desaparición de cualquier intento por analizar el presente desde la perspectiva de la larga duración. La obra de Giovanni Arrighi –y la de sus colaboradores y tantos estudiantes y activistas a los que ha servido de inspiración– representa un esfuerzo pionero precisamente en ese sentido. Como decía mi amigo y compañero Wilbert van der Zeijden, pensando en la pérdida durante el pasado mes de junio de dos de los más grandes intelectuales de nuestro tiempo, Giovanni Arrighi y Peter Gowan, “sólo podemos esperar que nuestra generación sea lo bastante inteligente como para seguir avanzando a partir de sus investigaciones, pensamiento y perspectivas”.
Así que, en palabras de los movimientos de liberación africanos, ¡a luta continua!
27/8/2009
Tom Reifer es profesor adjunto de Sociología de la Universidad de San Diego e investigador adjunto del Transnational Institute.
Notas
Me gustaría expresar mi agradecimiento a todos los participantes de la conferencia internacional sobre la obra de Giovanni Arrighi y la actual crisis patrocinada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid por estimular un debate que ha influido mucho en mi propio pensamiento. Gracias también a Tom Doberzeniecki por sus útiles comentarios. Asumo, por supuesto, la responsabilidad por cualquier posible error u omisión.
La revista Journal of World-Systems Research publicará próximamente una versión previa de este ensayo.
(1) Según su página web en la Universidad Johns Hopkins, donde Arrighi trabajó en su día como director del Instituto de Estudios Globales sobre Cultura, Poder e Historia y como catedrático entre 2003 y 2006, y donde daba clases desde fines de los años noventa, finalmente recibió uno de los mayores honores del centro, la cátedra de Sociología George Armstong Kelly. La página explica también que “Giovanni contará con un acto en su honor en la convención anual de la Asociación de Sociología de los Estados Unidos, con una sesión titulada ‘Desde Rhodesia a Pekín: reflexiones sobre la labor académica de Giovanni Arrighi”, el sábado 8 de agosto en el Hilton San Francisco”.
(2) Véase también el importante trabajo de Branko Milanovic (2005), que bebe de las importantes aportaciones de Arrighi sobre las desigualdades de la renta mundial para analizar la actual polarización global de la riqueza.
(3) Se prevé que las ponencias de la conferencia, patrocinada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid, se publiquen próximamente en un único volumen.
(4) Véase también la destacada colección en volúmenes editada por Aquino de Braganca e Immanuel Wallerstein, The African Liberation Reader: Documents of the National Liberation Movements, Zed Press, 1982.
(5) Los textos de Ahmad (2006) están recopilados en un imponente volumen. Amigos durante años, el difunto Edward Said le dedicó su libro Cultura e imperialismo (Barcelona: Anagrama, 2004).
Sobre Basker, véase la breve biografía, una curiosa entrevista con él y los distintos tributos, incluido el del propio Arrighi, en la página web del Transnational Institute, que patrocina una charla anual en memoria de Basker Vashee y que esperaba que Arrighi se hubiera podido encargar de la próxima.
(6) Para hacerse una idea de sus logros, véanse las distintas entradas de Ingham y Reifer en The Cambridge Dictionary of Sociology, 2006. Véanse también las brillantes reseñas de Frederic Jameson en The Cultural Turn, capítulos 7-8, New York: Verso, 1998, pp. 136-189.
El largo siglo XX, que salió publicado en 1994, no dibuja en detalle, por supuesto, la actual crisis de las últimas décadas, un tema que Arrighi trató en (2007) Adam Smith en Pekín. Sin embargo, como se comenta más adelante, el marco analítico que Arrighi estableció a principios de los años noventa se revela muy profético a la luz de la debacle financiera de 2008 y 2009. Más adelante, examinaremos la opinión de Arrighi (2007) sobre lo que se suele considerar el análisis alternativo más importante e integral de la actual crisis, propuesto por Robert Brenner (2003, 2006). Véase también Arrighi y Silver, 1999, al que también aludiremos más adelante.
(7) Nuestra interpretación del papel clave del capitalismo financiero y cosmopolita genovés en la conformación del mundo moderno se está viendo transformada hoy día gracias a la titánica aunque poco conocida labor de uno de los ex alumnos de Fernand Braudel, Giuseppe Felloni, que se ha pasado unos treinta años estudiando y catalogando los archivos –escritos en latín– del legendario Banco di San Giorgi de Génova. Sobre el trabajo de Felloni, véase Vincent Boland, “The World’s First Modern, Public Bank”, Financial Times, 17 de abril de 2009, y las referencias citadas en él.
(8) Véase también la Declaración de Beijing.
(9) Véase también el interesante artículo de Beverly J. Silver y Giovanni Arrighi, “Workers North & South”, Socialist Register 2001, editado por Leo Panitch y Colin Leys, London: Merlin Press, 2000, pp. 53-76, el artículo de Arrighi (1990) “Marxist Century, American Century: The Making & Remaking of the World Labour Movement”, New Left Review 179, enero/febrero de 2009, pp. 29-64, y Silver, 2003.
(10) Un trabajo fundamental sobre el importante papel de los fondos de alto riesgo durante la crisis –que echa por tierra gran parte de la ortodoxia neoliberal preponderante– es Gordon de Brouwer (2001), Hedge Funds in Emerging Markets, Cambridge University Press. Véase también Alfred Steinherr’s Derivatives, John Wiley, 1998, 2000. Para un excelente análisis del crecimiento de la integración financiera de Asia oriental, véase Injoo Sohn (2005, 2007). Finalmente, véase también Eatwell & Taylor, 2000, así como Helleiner (1994), y Panitch y Konings (2008).
(11) Véase una muestra del compromiso de Gowan con la perspectiva del sistema-mundo en su importante reseña de Caos y orden en el sistema-mundo, de Arrighi y Silver, en New Left Review 13, enero/febrero de 2002, pp. 136-145 y su “Contemporary Intracore Relations & World-Systems Theory”, en Christopher Chase-Dunn y Salvatore Babones, eds., Global Social Change, Baltimore: Johns Hopkins, 2006, pp. 213-238, en el que Gowan analiza el destacado trabajo de Christopher Chase-Dunn y Thomas Hall (1997) y de Chase-Dunn, 1989. Chase-Dunn es actualmente director del Instituto de Investigación sobre Sistemas-Mundo (IROWS) en la Universidad de California Riverside.
(12) Para un interesante artículo sobre el papel clave –y a menudo olvidado– del dinero y la banca en los orígenes y el desarrollo del capitalismo, véase Geoffrey Ingham, “Capitalism, Money & Banking: A Critique of Recent Historical Sociology”, British Journal of Sociology, Volume no. 50, Issue no. 1, marzo de 1999, pp. 76-96. Véase también Ingham 2004, 2008.
Para uno de los mejores blogs sobre la actual crisis financiera, véase el sitio web del Transnational Institute y el Institute for Policy Studies: www.casinocrash.org - “pensamiento crítico sobre la crisis financiera y económica”.
(13) En este capítulo, Anderson (2007) desarrolla uno de los debates críticos más elaborados sobre el análisis de Brenner del largo ciclo descendente, analizando sus virtudes y las cuestiones teóricas y empíricas que deja sin respuesta. Entre los principales puntos débiles de Brenner, según señala Anderson (2007: 261-262; véase también Arrighi, 2007: 139-142), estarían: a) el presupuesto, y no la argumentación, del papel protagonista de la producción material, concretamente de la fabricación industrial, en la interpretación del largo ciclo descendente y b) la poca atención teórica (tan habitual entre los economistas después de Marx) que se presta al papel del dinero, las divisas y los tipos de cambio, así como a la importancia del dominio del dólar estadounidense en el sistema global (este último punto es, precisamente, uno de los más fuertes del trabajo de Arrighi). El ensayo de Anderson incluye una discusión preliminar sobre las primeras críticas de Arrighi a Brenner, posteriormente revisada e incluida en Adam Smith en Pekín.
Otra cuestión clave que aún queda por abordar con mayor detalle es el vínculo entre la profunda estructura del capitalismo Estatal-empresarial militarizado de los Estados Unidos y el poder estadounidense en el conjunto del sistema global.
(14) Giovanni Arrighi, Nicole Aschoff y Benjamin Scully, “Accumulation by Dispossession & its Limits: The Southern African Paradigm Revisited”, 17 de febrero de 2009, artículo inédito de próxima publicación. Los autores (2009: 8-10) también citan la sugerencia de Hart (2002: 199-200) de que entendamos este análisis de las diferencias histórico-comparativas entre las trayectorias de desarrollo del sur de África y el este asiático como una forma para “replantear debates de economía política clásicos y revisar la premisa teleológica sobre la ‘acumulación primitiva’ a través de la que la desposesión se ve como un concomitante natural del desarrollo capitalista”.
Para una larga revisión histórica sobre las desigualdades en Sudáfrica, véase el destacado trabajo de Terreblanche (2005).
(15) Una forma interesante de realizar este análisis comparativo podría pasar por incluir más plenamente la experiencia de América Latina. Para una primera idea de este tipo de análisis, en que se comparan los ejemplos del este asiático, bajo la influencia de Japón, y de América Latina, bajo la influencia de los Estados Unidos, en lo que se refiere a los modelos de desarrollo e industrialización, véase el excelente trabajo del fallecido Fernando Fajnzylber, 1990a, b; véase también Reifer, 2006: 133-135; así como Janvry, 1981. Para un análisis sobre la importancia de las cuestiones medioambientales en el desarrollo sostenible, véase Faber, 1993. Para debates más amplios sobre la creciente relevancia de las cuestiones medioambientales en las luchas por el desarrollo sostenible y la justicia social, véase la revista Capitalism, Nature & Socialism.
(16) Véase también las aportaciones al debate reunidas en The Transition from Feudalism to Capitalism, Verso, 1976, con una introducción de Rodney Hilton.
(17) Korzeniewicz –otro de los ex alumnos de Arrighi– y sus colegas son autores de lo que será, sin duda alguna, una obra de referencia sobre las desigualdades globales, Unveiling Inequality (próxima publicación, Russell Sage Foundation, 2009).
Bibliografía
Ahmad, Eqbal, The Selected Writings of Eqbal Ahmad, foreword by Noam Chomsky, edited by Carollee Bengelsoorf, Margaret Cerullo, & Yogesh Chandrani, New York: Columbia University Press, 2006.
Amin, Samir, Unequal Development: An Essay on the Social Formations of Peripheral Capitalism, New York: Monthly Review Press, 1976.
Anderson, Perry, Spectrum: From Right to Left in the World of Ideas, New York: Verso, 2007.
Arrighi, Giovanni and John S. Saul, Essays on the Political Economy of Africa, New York: Monthly Review Press, 1973.
Arrighi, Giovanni, The Geometry of Imperialism, London: Verso, 1983.
Arrighi, Giovanni, "The Stratification of the World-Economy: An Exploration of the Semiperipheral Zone," Review, Volume X, #1, Summer 1986, pp. 9-74.
Arrighi, Giovanni & Fortunata Piselli, “Capitalist Development in Hostile Environments: Feuds, Class Struggles, and Migrations in a Peripheral Region of Southern Italy”, Review, X, 4, 1987, pp. 649-751.
Arrighi, Giovanni, Terence K. Hopkins & Immanuel Wallerstein, Antisystemic Movements, New York: Verso, 1989.
Arrighi, Giovanni, "Marxist Century, American Century: The Making and Remaking of the World Labour Movement," New Left Review, Number 179, January/February, 1990b, pp. 29-64 http://www.newleftreview.org/?page=article&view=88.
Arrighi, Giovanni, "World Income Inequalities and the Future of Socialism," New Left Review, # 189, September/October 1991, pp. 39-68 http://www.newleftreview.org/?page=article&view=1649.
Arrighi, Giovanni, The Long Twentieth Century: Money, Power and the Origins of Our Times, New York: Verso, 1994. 2nd updated edition, forthcoming.
Arrighi, Giovanni, "Capitalism and the Modern World-System: Rethinking the Non-Debates of the 1970s," Review, Volume XXI, Number 1, 1998, pp.113-129.
Arrighi, Giovanni, “Financial Expansions in World Historical Perspective: A Reply to Robert Pollin”, New Left Review 224, July/August 1997, pp. 154-159.
Arrighi, Giovanni, Beverly J. Silver, et al, Chaos and Governance in the Modern World System, Minnesota: University of Minnesota Press, 1999.
Arrighi, Giovanni, “The African Crisis: World Systemic & Regional Aspects”, New Left Review 15, May/June 2002, pp. 1-38 http://www.newleftreview.org/?view=2387.
Arrighi, Giovanni, Nicole Aschoff & Benjamin Scully, “Accumulation by Dispossession & its Limits: The Southern African Paradigm Revisited”, February 17, 2009.
Arrighi, Giovanni, “Las sinuosas sendas del capital: entrevista de David Harvey”, New Left Review 56, marzo/abril de 2009, pp. 55-86. http://www.newleftreview.org/assets/pdf/ArrighiEntrevista.pdf
Aston, T.H. & C.H.E. Philpin, The Brenner Debate: Agrarian Class Structure & Economic Development in Pre-Industrial Europe, Cambridge University Press, 1987.
Bagchi, Amiya Kuman, Perilous Passage, Oxford University Press, 2005.
Berend, Ivan T., Central & Eastern Europe, 1944-1993: Detour from the Periphery to the Periphery, Cambridge University Press, 1996.
Bhagwati, Jagdish, The Wind of the Hundred Days: How Washington Mismanaged Globalization, Cambridge: MIT, 2002.
Braudel, Fernand, Afterthoughts on Material Civilization and Capitalism, Baltimore, MA: Johns Hopkins, 1977.
Braudel, Fernand, Civilization and Capitalism, 15th-18th Century, Volumes 1-III, New York: Harper & Row, 1981, 1982, 1984.
Brenner, Robert, “The Origins of Capitalist Development: A Critique of Neo-Smithian Marxism, New Left Review 104, July-August 1977, pp. 23-93.
Brenner, Robert, “World System Theory & the Transition to Capitalism: Historical & Theoretical Perspectives”, Unpublished English version of a paper published in Jochen Blaschke, ed., Perspectiven des Weltsystems, Frankfurt: Campus Verlag, 1983.
Brenner, Robert, “The Economics of Global Turbulence”, New Left Review 299, May/June 1998.
Brenner, Robert, The Boom & the Bubble: The US in the World-Economy, New York: Verso, 2002.
Brenner, Robert & Christopher Isett, “England’s Divergence from China’s Yangzi Delta: Property Relations, Microeconomics, & Patterns of Development”, The Journal of Asian Studies 61, no. 2, May 2002, pp. 609-622.
Brenner, Robert, The Economics of Global Turbulence, New York, 2006; 2nd edition, forthcoming, 2009a.
Brenner, Robert, Prosperity & Progress: The Historical Origins & Social Foundations of Self-Sustaining Growth, New York: Verso, 2009b.
Canova, Timothy, “Legacy of the Clinton Bubble”, Dissent, Summer 2008 http://www.dissentmagazine.org/article/?article=1229
Chase-Dunn, Christopher, Global Formation, New York: Basil Blackwell, 1989.
Chase-Dunn, Christopher and Thomas Hall, Rise & Demise: Comparing World-Systems, Westview, 1997.
Chomsky, Noam, Towards a New Cold War, New York: Pantheon, 1982.
Chomsky, Noam, Deterring Democracy, New York: Verso, 1991.
Chomsky, Noam, Year 501, South End Press, 1993.
Chomsky, Noam, Failed States, New York: Metropolitan, 2007.
Chomsky, Noam, Hopes & Prospects, Haymarket Books, forthcoming, 2010.
Davis, Mike, Prisoners of the American Dream, New York: Verso, 1986.
de Janvry, Alain, The Agrarian Question & Reformism in Latin America, Baltimore: Johns Hopkins, 1981.
Eatwell, John & Lance Taylor, Global Finance at Risk, New York: New Press, 2000.
Faber, Daniel, Environment Under Fire: Imperialism & the Ecological Crisis in Central America, New York: Monthly Review Press, 1993.
Fajnzylber, Fernando, Unavoidable Industrial Restructuring in Latin America, Durham: Duke University Press, 1990a.
Fajnzylber, Fernando, "The United States and Japan as Models of Industrialization," Manufacturing Miracles: Paths of Industrialization in Latin America and East Asia, Gary Gereffi & Donald L. Wyman, eds., Princeton: Princeton University Press, 1990b, pp. 323-352.
Goldfrank, Walter L., “Paradigm Regained? The Rules of Wallerstein’s World-System Method”, Journal of World-Systems Research, Volume VI, 2, Summer/Fall 2000, pp. 150-195 http://jwsr.ucr.edu/archive/vol6/number2/pdf/jwsr-v6n2-goldfrank.pdf
Gowan, Peter, “Contemporary Intracore Relations & World-Systems Theory”, in Christopher Chase-Dunn & Salvatore Babones, eds., Global Social Change, John Hopkins University Press, 2006, pp. 213-238.
Hart, Gillian, Disabling Globalization: Places of Power in Post-Apartheid South Africa, University of California Press, 2002.
Helleiner, Eric, States & the Reemergence of Global Finance, Ithaca: Cornell University Press, 1994.
Ingham, Geoffrey, “Capitalism, Money & Banking: A Critique of Recent Historical Sociology”, British Journal of Sociology, Volume no. 50, Issue no. 1, March 1999, pp. 76-96.
Ingham, Geoffrey, The Nature of Money, Polity, 2004.
Ingham, Geoffrey, “Firms”, in Bryan S. Turner, ed., Cambridge Dictionary of Sociology, Cambridge University Press, 2006, pp. 205-209.
Ingham, Geoffrey, Capitalism, Cambridge: Polity, 2008.
Mamdani, Mahmood, Citizen & Subject: Contemporary Africa & the Legacy of Late Colonialism, Princeton University Press, 1996. Princeton Studies in Culture/Power/History.
Martin, William, “Africa & World-Systems Analysis”, in John Edward Philips, ed., Writing African History, University of Rochester Press, 2006, pp. 381-402.
Milanovic, Branko, Worlds Apart: Measuring International & Global Inequality, Princeton University Press, 2005.
New Left Review, “Editorial introduction”, July-August 1977, Number 104, p. 1.
Panitch, Leo & Martijn Konings, eds., American Empire & the Political Economy of Global Finance, Palgrave MacMillan, 2008.
Pollin, Robert, “Contemporary Economic Stagnation in World Historical Perspective” (A Review of Giovanni Arrighi’s (1994) The Long Twentieth Century), New Left Review 219, September/October 1996, pp. 109-118.
Pomeranz, Kenneth, The Great Divergence: China, Europe, & the Making of the Modern World Economy, Princeton University Press, 2000.
Ramo, Joshua Cooper, The Beijing Consensus, Foreign Policy Centre, 2004.
Reifer, Thomas, “Development Theory”, in Bryan S. Turner, ed., Cambridge Dictionary of Sociology, Cambridge University Press, 2006, pp. 133-135.
Reifer, Thomas, “Modernization”, in Bryan S. Turner, ed., Cambridge Dictionary of Sociology, Cambridge University Press, 2006, pp. 394-396.
Reifer, Thomas, “World-Systems Analysis”, in Bryan S. Turner, ed., Cambridge Dictionary of Sociology, Cambridge University Press, 2006, pp. 682-685.
Reifer, Thomas, “Blown Away: U.S. Militarism & Hurricane Katrina”, in Hillary Potter, ed., Racing the Storm: Racial Implications and Lessons Learned from Hurricane Katrina, Lexington Books, 2007, pp. 197-223.
Sassen, Saskia, Territory, Authority, Rights, Princeton University Press, 2008.
Serra, Narcis & Joseph E. Stiglitz, The Washington Consensus Reconsidered: Towards a New Global Governance, Oxford University Press, 2008.
Silver, Beverly, Forces of Labor, Cambridge University Press, 2003.
Sohn, Injoo, "Asian Financial Cooperation: The Problem of Legitimacy in Global Financial Governance," Global Governance 11, 2005, pp. 487-504.
Sohn, Injoo, "East Asia's Counterweight Strategy: Asian Financial Cooperation & Evolving International Monetary Order," G-24 Discussion Paper Series, No. 44, March, 2007.
Steinher, Alfred, Derivatives, John Wiley, 1998, 2000.
Terreblanche, Sampie, A History of Inequality in South Africa, 1652-2002, University of Natal Press, 2005.
Tilly, Charles, Durable Inequality, University of California Press, 1999.
Wallerstein, Immanuel, The Modern World-System I: Capitalist Agriculture and the Origins of the European World-Economy in the Sixteenth Century, Orlando: Academic Press, 1974.
Wallerstein, Immanuel, The Modern World-System II: Mercantilism and the Consolidation of the European World-Economy, 1600-1750, New York: Academic Press, 1980.
Wallerstein, Immanuel, The Modern World-System III: The Second Era of Great Expansion of the Capitalist World-Economy, 1730s-1840s, New York: Academic Press, 1989.
Fuente: http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/?x=2566
Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious digg meneame
miércoles, 23 de septiembre de 2009
domingo, 20 de septiembre de 2009
El marxismo goza de buena salud
IPS
ELECCIONES-PORTUGAL: El marxismo goza de buena salud
Por Mario de Queiroz
La izquierda en la calle / Crédito:Anette Dujisin
La izquierda en la calle
Crédito: Anette Dujisin
LISBOA, 18 sep (IPS) - Contrariando las tendencias conservadoras y el "neoliberalismo socialista" verificado en la Unión Europea en el último lustro, la izquierda marxista de Portugal se ha convertido en un espacio seductor para buena parte de un electorado descontento con los políticos tradicionales.
Las elecciones legislativas del 27 de este mes podrán consagrar definitivamente a la llamada "verdadera izquierda" portuguesa, que las encuestas la ubican con casi 30 por ciento de la intención de voto, un caso inédito en Europa y escaso en el mundo.
Al entrar en su recta final, la campaña electoral demuestra que los partidos tradicionales del centro y de la derecha encuentran serias dificultades para presentar soluciones a los graves problemas económicos y sociales causados por la crisis financiera internacional, con efectos redoblados para un país de economía vulnerable como Portugal.
Una situación que ha favorecido a los marxistas, divididos por el debate entre la crítica tradicional del Partido Comunista Portugués (PCP) a los gobiernos de centro y de derecha y la "intifada" económica y social de los ex trotskistas del Bloque de Izquierda (BI), con combustible en temas candentes para mantener la llama hasta el día del sufragio.
Entre el descontento hacia el secretario general del Partido Socialista (PS) y primer ministro, José Sócrates, por cuatro años de gobierno marcados por una política económica neoliberal, y el temor de una gestión apagada y gris de la conservadora líder del Partido Socialdemócrata (PSD), Manuela Ferreira Leite, es difícil para el elector asumir con determinación una preferencia clara.
El abanico político lusitano, además de ser amplio, es confuso para el elector poco politizado y escasamente informado.
A pesar de su nombre, el PSD es miembro de la familia europea de los partidos populares conservadores y demócratas cristianos, las dos tendencias existentes en el PS se debaten entre la ideología socialdemócrata y la neoliberal y el Centro Democrático Social (CDS), dirigido por Paulo Portas, no es centrista sino de derecha nacionalista.
Desde la gesta democratizadora del 25 de abril de 1974, cuando los capitanes izquierdistas del ejército derrocaron la dictadura implantada en 1926, Portugal ha sido gobernado por el PS y el PSD, con escasas diferencias ideológicas, lo cual les valió de los politólogos el mote de partidos del "centrão" (gran centro).
En las últimas elecciones legislativas, en 2005, el PS ganó con 45,03 por ciento de los votos. El PSD obtuvo 28,77, los comunistas 7,54, el CDS 7,24 y el BI 6,35 por ciento.
Sin embargo, este panorama cambió en las elecciones para el Parlamento Europeo de este año. El PSD pasó al primer lugar con 31,71 por ciento, seguido por el PS con 26,53, el BI que al lograr 10,72 de las preferencias se consagró como el tercer partido del país, el PCP con 10,64 por ciento, pasando al último lugar el CDS con 8,36 por ciento de los votos.
Si al casi 21,4 por ciento resultante de la suma entre el BI y el PCP se agrega otro 4,2 por ciento de pequeños partidos izquierdistas que no lograron representación parlamentaria, se llega a poco más de 25 por ciento de voto asumidamente marxista. Ante la escasa motivación de los tradicionales electores del "centrão", son los pequeños y no los grandes temas que mantienen el ambiente caldeado, con intereses cruzados y mucha perplejidad sobre el impacto que tendrán varias encuestas contradictorias.
Y como en cada situación incierta a lo largo de toda la historia de este país ibérico de 10,6 millones de habitantes, el "fantasma español" condimenta la campaña. Reaparece el viejo adagio portugués sobre el vecino, "da Espanha, nem bom vento nem bom casamento" (de España, ni buen viento ni buen casamiento).
Ferreira Leite fustigó a Sócrates por mantener su compromiso con España para construir el Tren de Gran Velocidad (TGV) entre Lisboa y Madrid, justificando su postura debido a que ese dinero debe ser utilizado en el apoyo a las medias y pequeñas empresas nacionales.
Ante la insistencia de Sócrates de que "Portugal debe cumplir los compromisos internacionales asumidos", la líder conservadora, con el claro propósito de ganar votos nacionalistas de personas poco ilustradas, calificó de "inaceptable intervención en política nacional" del poderoso vecino, casi cinco veces mayor que Portugal.
Sócrates defiende con ahínco las relaciones privilegiadas con España, recordando que "mi mejor amigo es (el presidente del gobierno de ese país, el socialista) José Luís Rodríguez Zapatero".
Ferreira Leite contraataca reafirmando que "Portugal no es una provincia española" y "yo, ante nada, siempre defenderé los intereses portugueses".
En este ambiente, cuando falta poco más de una semana para ir a las urnas, casi toda la disputa del "centrão" por el gobierno se reduce a un morbo comunicacional al ritmo del "rafting", como un "reality show" con la pregunta del millón para los portugueses: ¿de España, soplan buenos o malos vientos?
Persiste la poca claridad en los mensajes y la escasa novedad. Los enormes carteles son ciertamente carentes de imaginación, reforzando una visión del electorado tan básica que supone que una buena foto y un buen eslogan deberían ser suficientes. De los dos partidos aspirantes al gobierno, aún no se escuchó ninguna lectura sensata de una crisis que continúa, ni propuestas que incorporen los cambios que tendrá el mundo y la relación promiscua entre el dinero y el poder del Estado.
La derecha representada por el PSD y el CDS ha elegido el juego de pinzas: para los sectores de altos ingresos, mantienen un tradicional discurso conservador en lo moral, neoliberal en lo económico y autoritario-paternalista en lo social, a lo que se añade una propuesta de seguridad basada en el populismo represivo, en especial dirigida contra los inmigrantes.
"Existe una carencia de análisis imparciales, lo que más frecuente son las opiniones disfrazadas de análisis de politólogos, abogados y sociólogos invitados por los medios de comunicación, que en su inmensa mayoría, o simpatizan con el PS o con el PSD", explicó a IPS el profesor universitario Carlos Magno, una de las voces imparciales más respetadas del país.
Magno no tiene "ninguna duda" de que el PS podría ganar las elecciones, inclusive repitiendo la mayoría absoluta que logró en 2005, "pero con otro líder y no con Sócrates, pues la gente está harta del primer ministro. No lo soporta más".
La resistencia a Sócrates fue creciendo en estos cuatro años debido al aumento de los impuestos para combatir el déficit público excesivo, de más de seis por ciento, dejado por el gobierno conservador que le antecedió, presidido por José Manuel Durão Barroso, y que el PS logró reducir a menos de la mitad.
Durante esta legislatura, Sócrates aumentó los impuestos sobre los ingresos por el trabajo, imponiendo una tributación para salarios mínimos nacionales de 650 dólares por mes y a las jubilaciones del mismo monto. El promedio de la carga fiscal rondó 35 por ciento, frente a los casi 30 anteriores a 2005.
Otras críticas desde la izquierda, incluida la de su propio partido, fueron la implantación del pago de tasas en los tribunales, lo cual hizo que la justicia pasara a ser poco recurrida por las personas de menos ingresos, el mantenimiento de los impuestos a las ganancias del capital especulativo sólo en 10 por ciento y los del trabajo hasta 42 por ciento.
Decretó las llamadas "tasas moderadoras" de salud, algo que significó que por primera vez desde la llegada de la democracia en 1974 se comenzaran a pagar las consultas y tratamientos médicos en los hospitales públicos.
Sin embargo, el principal revés de Sócrates fue la llamada "guerra de los profesores" que se desató debido a un modelo de evaluación profesional, donde un colega evaluaba a otro, práctica que podía acabar con la carrera de un educador y que se convirtió en una batalla callejera de vastas proporciones.
Los 150.000 profesores existentes en el país más sus familias pueden representar unos 250.000 votos, decisivos para conseguir el triunfo dado el empate técnico entre el PS y el PSD que señalan las encuestas.
Político de vasta experiencia, Sócrates esta semana admitió que "talvez no hubo suficiente delicadeza en el trato a los profesores" y se confesó disponible para hacer "todo lo que esté a mi alcance para corregir eso".
Pero en otros aspectos, su gestión gubernamental fue inatacable desde el flanco izquierdo.
Desató un combate sin cuartel a la evasión fiscal, impuso una tasación de 45 por ciento a los premios a los gestores, simplificó el divorcio, se jugó por entero para vencer en el referéndum a favor de la despenalización del aborto y promulgó la ley de paridad de géneros, que obliga a los partidos a presentar listas electorales con un mínimo de un tercio de mujeres.
No obstante estos avances desde el punto de vista de la izquierda, las propuestas políticas del PCP y del BI van mucho más lejos, ya que ambos partidos defienden el refuerzo del Estado en la actividad económica, apuestan al aumento del gasto público como motor para reanimarla y se oponen a las privatizaciones.
Las semejanzas son mucho mayores que las diferencias en estos dos partidos de ideología marxista. Hacen el mismo análisis de la situación del país y de las razones de la crisis, coincidiendo en la mayoría de las propuestas.
El BI y el PCP presentan algunas diferencias en los capítulos sobre la tóxico-dependencia y los derechos de gays, lesbianas y transexuales, temas en que los "bloquistas" van mucho más al fondo en su defensa que los comunistas, que sin oponerse, tienen un lenguaje más cauto.
En los dos programas, la diferencia es sobretodo de tono, de lenguaje, de enfoque o en algunos casos de prioridades.
Pero, sopesado todo, las dos proposiciones caben en el mismo cuadro político, el de una izquierda que los partidos socialistas y laboristas europeos de la llamada "Tercera Vía" habían extendido un certificado de defunción. (FIN/2009)
ELECCIONES-PORTUGAL: El marxismo goza de buena salud
Por Mario de Queiroz
La izquierda en la calle / Crédito:Anette Dujisin
La izquierda en la calle
Crédito: Anette Dujisin
LISBOA, 18 sep (IPS) - Contrariando las tendencias conservadoras y el "neoliberalismo socialista" verificado en la Unión Europea en el último lustro, la izquierda marxista de Portugal se ha convertido en un espacio seductor para buena parte de un electorado descontento con los políticos tradicionales.
Las elecciones legislativas del 27 de este mes podrán consagrar definitivamente a la llamada "verdadera izquierda" portuguesa, que las encuestas la ubican con casi 30 por ciento de la intención de voto, un caso inédito en Europa y escaso en el mundo.
Al entrar en su recta final, la campaña electoral demuestra que los partidos tradicionales del centro y de la derecha encuentran serias dificultades para presentar soluciones a los graves problemas económicos y sociales causados por la crisis financiera internacional, con efectos redoblados para un país de economía vulnerable como Portugal.
Una situación que ha favorecido a los marxistas, divididos por el debate entre la crítica tradicional del Partido Comunista Portugués (PCP) a los gobiernos de centro y de derecha y la "intifada" económica y social de los ex trotskistas del Bloque de Izquierda (BI), con combustible en temas candentes para mantener la llama hasta el día del sufragio.
Entre el descontento hacia el secretario general del Partido Socialista (PS) y primer ministro, José Sócrates, por cuatro años de gobierno marcados por una política económica neoliberal, y el temor de una gestión apagada y gris de la conservadora líder del Partido Socialdemócrata (PSD), Manuela Ferreira Leite, es difícil para el elector asumir con determinación una preferencia clara.
El abanico político lusitano, además de ser amplio, es confuso para el elector poco politizado y escasamente informado.
A pesar de su nombre, el PSD es miembro de la familia europea de los partidos populares conservadores y demócratas cristianos, las dos tendencias existentes en el PS se debaten entre la ideología socialdemócrata y la neoliberal y el Centro Democrático Social (CDS), dirigido por Paulo Portas, no es centrista sino de derecha nacionalista.
Desde la gesta democratizadora del 25 de abril de 1974, cuando los capitanes izquierdistas del ejército derrocaron la dictadura implantada en 1926, Portugal ha sido gobernado por el PS y el PSD, con escasas diferencias ideológicas, lo cual les valió de los politólogos el mote de partidos del "centrão" (gran centro).
En las últimas elecciones legislativas, en 2005, el PS ganó con 45,03 por ciento de los votos. El PSD obtuvo 28,77, los comunistas 7,54, el CDS 7,24 y el BI 6,35 por ciento.
Sin embargo, este panorama cambió en las elecciones para el Parlamento Europeo de este año. El PSD pasó al primer lugar con 31,71 por ciento, seguido por el PS con 26,53, el BI que al lograr 10,72 de las preferencias se consagró como el tercer partido del país, el PCP con 10,64 por ciento, pasando al último lugar el CDS con 8,36 por ciento de los votos.
Si al casi 21,4 por ciento resultante de la suma entre el BI y el PCP se agrega otro 4,2 por ciento de pequeños partidos izquierdistas que no lograron representación parlamentaria, se llega a poco más de 25 por ciento de voto asumidamente marxista. Ante la escasa motivación de los tradicionales electores del "centrão", son los pequeños y no los grandes temas que mantienen el ambiente caldeado, con intereses cruzados y mucha perplejidad sobre el impacto que tendrán varias encuestas contradictorias.
Y como en cada situación incierta a lo largo de toda la historia de este país ibérico de 10,6 millones de habitantes, el "fantasma español" condimenta la campaña. Reaparece el viejo adagio portugués sobre el vecino, "da Espanha, nem bom vento nem bom casamento" (de España, ni buen viento ni buen casamiento).
Ferreira Leite fustigó a Sócrates por mantener su compromiso con España para construir el Tren de Gran Velocidad (TGV) entre Lisboa y Madrid, justificando su postura debido a que ese dinero debe ser utilizado en el apoyo a las medias y pequeñas empresas nacionales.
Ante la insistencia de Sócrates de que "Portugal debe cumplir los compromisos internacionales asumidos", la líder conservadora, con el claro propósito de ganar votos nacionalistas de personas poco ilustradas, calificó de "inaceptable intervención en política nacional" del poderoso vecino, casi cinco veces mayor que Portugal.
Sócrates defiende con ahínco las relaciones privilegiadas con España, recordando que "mi mejor amigo es (el presidente del gobierno de ese país, el socialista) José Luís Rodríguez Zapatero".
Ferreira Leite contraataca reafirmando que "Portugal no es una provincia española" y "yo, ante nada, siempre defenderé los intereses portugueses".
En este ambiente, cuando falta poco más de una semana para ir a las urnas, casi toda la disputa del "centrão" por el gobierno se reduce a un morbo comunicacional al ritmo del "rafting", como un "reality show" con la pregunta del millón para los portugueses: ¿de España, soplan buenos o malos vientos?
Persiste la poca claridad en los mensajes y la escasa novedad. Los enormes carteles son ciertamente carentes de imaginación, reforzando una visión del electorado tan básica que supone que una buena foto y un buen eslogan deberían ser suficientes. De los dos partidos aspirantes al gobierno, aún no se escuchó ninguna lectura sensata de una crisis que continúa, ni propuestas que incorporen los cambios que tendrá el mundo y la relación promiscua entre el dinero y el poder del Estado.
La derecha representada por el PSD y el CDS ha elegido el juego de pinzas: para los sectores de altos ingresos, mantienen un tradicional discurso conservador en lo moral, neoliberal en lo económico y autoritario-paternalista en lo social, a lo que se añade una propuesta de seguridad basada en el populismo represivo, en especial dirigida contra los inmigrantes.
"Existe una carencia de análisis imparciales, lo que más frecuente son las opiniones disfrazadas de análisis de politólogos, abogados y sociólogos invitados por los medios de comunicación, que en su inmensa mayoría, o simpatizan con el PS o con el PSD", explicó a IPS el profesor universitario Carlos Magno, una de las voces imparciales más respetadas del país.
Magno no tiene "ninguna duda" de que el PS podría ganar las elecciones, inclusive repitiendo la mayoría absoluta que logró en 2005, "pero con otro líder y no con Sócrates, pues la gente está harta del primer ministro. No lo soporta más".
La resistencia a Sócrates fue creciendo en estos cuatro años debido al aumento de los impuestos para combatir el déficit público excesivo, de más de seis por ciento, dejado por el gobierno conservador que le antecedió, presidido por José Manuel Durão Barroso, y que el PS logró reducir a menos de la mitad.
Durante esta legislatura, Sócrates aumentó los impuestos sobre los ingresos por el trabajo, imponiendo una tributación para salarios mínimos nacionales de 650 dólares por mes y a las jubilaciones del mismo monto. El promedio de la carga fiscal rondó 35 por ciento, frente a los casi 30 anteriores a 2005.
Otras críticas desde la izquierda, incluida la de su propio partido, fueron la implantación del pago de tasas en los tribunales, lo cual hizo que la justicia pasara a ser poco recurrida por las personas de menos ingresos, el mantenimiento de los impuestos a las ganancias del capital especulativo sólo en 10 por ciento y los del trabajo hasta 42 por ciento.
Decretó las llamadas "tasas moderadoras" de salud, algo que significó que por primera vez desde la llegada de la democracia en 1974 se comenzaran a pagar las consultas y tratamientos médicos en los hospitales públicos.
Sin embargo, el principal revés de Sócrates fue la llamada "guerra de los profesores" que se desató debido a un modelo de evaluación profesional, donde un colega evaluaba a otro, práctica que podía acabar con la carrera de un educador y que se convirtió en una batalla callejera de vastas proporciones.
Los 150.000 profesores existentes en el país más sus familias pueden representar unos 250.000 votos, decisivos para conseguir el triunfo dado el empate técnico entre el PS y el PSD que señalan las encuestas.
Político de vasta experiencia, Sócrates esta semana admitió que "talvez no hubo suficiente delicadeza en el trato a los profesores" y se confesó disponible para hacer "todo lo que esté a mi alcance para corregir eso".
Pero en otros aspectos, su gestión gubernamental fue inatacable desde el flanco izquierdo.
Desató un combate sin cuartel a la evasión fiscal, impuso una tasación de 45 por ciento a los premios a los gestores, simplificó el divorcio, se jugó por entero para vencer en el referéndum a favor de la despenalización del aborto y promulgó la ley de paridad de géneros, que obliga a los partidos a presentar listas electorales con un mínimo de un tercio de mujeres.
No obstante estos avances desde el punto de vista de la izquierda, las propuestas políticas del PCP y del BI van mucho más lejos, ya que ambos partidos defienden el refuerzo del Estado en la actividad económica, apuestan al aumento del gasto público como motor para reanimarla y se oponen a las privatizaciones.
Las semejanzas son mucho mayores que las diferencias en estos dos partidos de ideología marxista. Hacen el mismo análisis de la situación del país y de las razones de la crisis, coincidiendo en la mayoría de las propuestas.
El BI y el PCP presentan algunas diferencias en los capítulos sobre la tóxico-dependencia y los derechos de gays, lesbianas y transexuales, temas en que los "bloquistas" van mucho más al fondo en su defensa que los comunistas, que sin oponerse, tienen un lenguaje más cauto.
En los dos programas, la diferencia es sobretodo de tono, de lenguaje, de enfoque o en algunos casos de prioridades.
Pero, sopesado todo, las dos proposiciones caben en el mismo cuadro político, el de una izquierda que los partidos socialistas y laboristas europeos de la llamada "Tercera Vía" habían extendido un certificado de defunción. (FIN/2009)
jueves, 3 de septiembre de 2009
Breve retrato de Milena Jesenska
Comunista, antiestalinista, resistente contra los nazis, feminista… Milena fue la destinataria de unas famosas cartas de Franz Kafka
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Kaosenlared
La destinataria de las Cartas a Milena, de Franz Kafka, fue comunista, antiestalinista, resistente contra los nazis, feminista… Mientras repasaba la documentación sobre Margarete Buber-Neumann, sobre la que escribí un largo trabajo titulado La comunista alemana que Stalin entregó a Hitler, aparecido en diversas Web (y creo que el primer trabajo mío que se publicó en Kaos), tomé unas cuentas notas sobre esta mujer que acabó sus días en el mayor campo de concentración para mujeres y se convirtió al final de la guerra en un centro de exterminio por el, simple hecho de que las enfermedades infecciosas acababan con la vida de las internas. Debilitada de salud, Milena sufre paradontosis y una grave infección renal. Por añadidura, tuvo que afrontar Milena la hostilidad de las otras presas comunistas, que no pudieron soportar que estableciese amistad con Margarete, la viuda del legendario Heinz Neumann, otro comunista alemán ejecutado por Stalin en el curso de una de las purgas efectuadas en nombre del socialismo, y con Greta Buber, que, al igual que Margarete, había sido entregada por la URSS a los nazis y que también llegó a Ravensbrück. La enfermedad de Milena se agravó hasta el punto de requerir una operación, que realizó un médico que había sido en Praga alumno de su padre. Milena no mejoró y el 15 de mayo de 1944 murió a los 48 años y la incineraron en el crematorio. Una superviviente del campo se llevó, tras el final de la guerra, un diente de Milena y lo entregó a su hija en Praga.
En estas notas Milena Jesenska (Praga, 1896), aparecía como una mujer deslumbrante, inmersa en la aventura militante, una comunista y feminista de primera línea a la que un tiempo le gustó escandalizar con un toque de lesbianismo, internada en un manicomio por su padre, morfinómana, figura de los cafés y salones literarios de Praga y Viena; acarreó maletas, dio clases de idiomas, sirvió en casas e incluso robó, para ganarse la vida o para llamar la atención; convertida en brillante periodista, mantuvo tormentosas relaciones con varios hombres, aunque su mayor fama se la deba al haber sido algo así como la novia de Kafka, con quien mantuvo una relación epistolar y unos breves y complicados encuentros, cuando ya la tuberculosis devoraba al escritor, pasó muchos años inadvertida y eclipsada, reducido su nombre aun título de libro.
De hecho, no fue hasta su centenario que se publicarían varios libros sobre ella, amén de documentos sobre su detención por la Gestapo. También una antología de sus artículos, así como crónicas y reportajes sacan a relucir su enorme talento periodístico, su libertad de mente y su insobornable condición de persona opuesta a todos los que condenan la funesta manía de pensar. Comencemos diciendo que el padre de Milena fue un auténtico gran burgués, un médico ilustrado que se envanecía de ser descendiente del célebre Juan Jessenius, rector de la Universidad Carolina a principios del siglo 17 y médico de cabecera del emperador Rodolfo II. Jessenius, el primer médico en realizar en Praga una autopsia, fue ejecutado en Praga en 1621 por haber participado en una sublevación de los estamentos protestantes checos contra la Casa de los Habsburgo, una página, la liderada por Juan Huss, que merece ser conocida. Sin embargo, el señor practicaba el dilema de las virtudes públicas y los vicios privados, y en casa era una auténtica mala bestia. Al menos así se deduce de la descripción que hace Jana Cerna, la hija de Milena, en una biografía que escribió de su madre. Los recuerdos de Milena sobre la infancia con su padre los resume su hija en pocas palabras: fealdad, tristeza y miedo. No obstante, el feroz padre, que enviudó cuando Milena tenía 20 años, envió a su hija al instituto femenino Minerva, donde se formó una élite de mujeres checas, en verdad una generación de pioneras de la emancipación femenina.
Rompió con su padre cuando se enamoró de un bohemio que frecuentaba los cafés de Praga, Ernst Pollak, austriaco y judío, con el vivió una intensa relación por encima de loso obstáculos paternos. De esta época datan sus primeros intentos con la morfina, que Milena robaba de la consulta de su padre, pero la dependencia de la droga se agudizó varios años más tarde, tras el nacimiento de Jana, como consecuencia de las dosis…Milena y Pollak acabaron huyeron de Praga para establecerse en la Viena decadente y derrotada tras la “Gran Guerra”, y tras una crisis revolucionaria asimilada por la socialdemocracia. Pero bajo el manto “liberal” Pollak tampoco era tan diferente del padre, y trató de someter a Milena, hasta el extremo de querer obligarla a convivir con sus amantes, eso sí, en nombre de la libertad sexual.
En este tiempo, Milena se ganó el sustento acarreando maletas en la estación, dando clases de checo a señoritas de buena familia y limpiando casas, mientras, Pollak deslumbraba con su cháchara a sus contertulios en los cafés vieneses. Fue por entonces que tuvieron lugar sus encuentros con Frank Kafka, un hombre muy diferente sino opuesto pero no menos difícil por otros motivos, que le escribía a escondidas a un apartado de correos de Viena. Ella había empezado a escribir en periódicos y revistas de Praga como una especie de corresponsal y cronista cultural y tradujo al checo El fogonero, un relato de Kafka que luego formó parte de un libro. Frank comentaba los artículos de Milena y llegaron a encontrarse, pero la relación resultó imposible aunque sus cartas suponían para Milena un bálsamo en las heridas de su relación con Pollak. Para Kafka, escribe la hija de Milena, suponían arrancarle del sentimiento de la soledad: "Su amor vivió sólo en las cartas, aparte breves encuentros. Kafka y Milena no tuvieron que confrontar su amor con la realidad".
Animada por una dura indignación moral y social, Milena contactó con las ideas del comunismo que acaban de iniciar la revolución mundial en una Rusia atrasada y asolada por las guerras. El contacto de Milena fue el conde alemán Schaffgotsch, curiosamente adicto a la revolución. Rota la relación con Pollak y sin que la que mantuvo con Kafka pudiera ir más lejos ya que éste murió en el ostracismo en 1924, Milena regresó a Praga con su amante y camarada para moverse por los medios periodísticos y de la vanguardia política y cultural de una ciudad que hervía inquietudes. Entonces se enamoró y se casó con el arquitecto Jaromir Krejcar, un seguidor de la Bauhaus alemana, no menos comunista. Prueba de ello es que él se marchó solo en el Moscú de después de Lenin, y desde regresó horrorizado ante los crímenes y las purgas del estalinismo. Sobre esta historia se ha publicado entre nosotros el testimonio de otro comunista checo, Jiri Weil, Moscú frontera (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2005), que tuve la oportunidad de leer y sobre el que habrá que volver.
Con la firma del infame tratado de Munich de 1938, hijo de la misma diplomacia del “apaciguamiento” que llevó a las democracias a dar la espalda a la república española, la Alemania nazi ocupará en un paseo militar Checoslovaquia. Milena se entrega a la resistencia y organiza una extensa red para sacar del país a refugiados y personas en peligro, entre ellos muchos judíos. Su papel recuerda mucho al de la julia encarnada por Vanesa Redgrave en la famosa película de Fred Zinnemann. En esta actividad resultara una ayuda increíble la de un conde de origen alemán y esta vez, de ideas anarquistas. Se llamaba Joachim von Zadtwitz, y con su coche deportivo sacaba fugitivos de Checoslovaquia hacia Polonia con el mayor de los desparpajo. Esto cambio cuando el 1 de septiembre de 1939 estalló la guerra mundial y todo cambió. El 12 de noviembre de 1939 la Gestapo detuvo en Praga a uno de los responsables de una publicación clandestina. Ese mismo día detuvieron a Milena en su casa acusada de "conspiración para alta traición". Fue trasladada a Alemania, pero un tribunal en Dresde la absolvió por falta de pruebas. Pero la Gestapo no estaba dispuesta a soltar su presa, así que después de que Milena se entrevistara en Praga con su padre y su hija, que apenas la reconocieron por su lamentable estado físico tras la prisión, fue detenida de nueva, pero esta vez sería enviada al campo de concentración de Ravensbrück.
Su relación con el comunismo fue, al decir de una amiga, parte de “un periodo de corta, pero de intensa fe absoluta".Cierto es que dicha fe estaba mediatizada por la reflexión y por la convicción de que la crítica era parte esencial del marxismo y conforme a ello actuaba: "Decía en voz alta todo lo que pensaba y quería corregir los errores que veía" Hubo una serie de factores que la llevaron a reflexionar: la guerra de España y el estalinismo, las purgas de Moscú, el testimonio al regreso de la Unión Soviética de su ex marido…Todo ello llevó a Milena a denunciar, al estalinismo en sus escritos. En un artículo del 8 de marzo de 1938 escribe Milena contra el comportamiento de la URSS con personas de ideología comunista de las que se sirvió y luego dejó sin apoyo. Relata Milena cómo gran número de ellos acabaron en prisiones soviéticas: "Así y no de otro modo trató la URSS a quienes fueron tan estúpidos de creer que ser comunista significaba lo mismo que estar bajo protección soviética".
Fuente: http://www.kaosenlared.net/noticia/breve-retrato-milena-jesenska
Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious digg meneame
Pepe Gutiérrez-Álvarez
Kaosenlared
La destinataria de las Cartas a Milena, de Franz Kafka, fue comunista, antiestalinista, resistente contra los nazis, feminista… Mientras repasaba la documentación sobre Margarete Buber-Neumann, sobre la que escribí un largo trabajo titulado La comunista alemana que Stalin entregó a Hitler, aparecido en diversas Web (y creo que el primer trabajo mío que se publicó en Kaos), tomé unas cuentas notas sobre esta mujer que acabó sus días en el mayor campo de concentración para mujeres y se convirtió al final de la guerra en un centro de exterminio por el, simple hecho de que las enfermedades infecciosas acababan con la vida de las internas. Debilitada de salud, Milena sufre paradontosis y una grave infección renal. Por añadidura, tuvo que afrontar Milena la hostilidad de las otras presas comunistas, que no pudieron soportar que estableciese amistad con Margarete, la viuda del legendario Heinz Neumann, otro comunista alemán ejecutado por Stalin en el curso de una de las purgas efectuadas en nombre del socialismo, y con Greta Buber, que, al igual que Margarete, había sido entregada por la URSS a los nazis y que también llegó a Ravensbrück. La enfermedad de Milena se agravó hasta el punto de requerir una operación, que realizó un médico que había sido en Praga alumno de su padre. Milena no mejoró y el 15 de mayo de 1944 murió a los 48 años y la incineraron en el crematorio. Una superviviente del campo se llevó, tras el final de la guerra, un diente de Milena y lo entregó a su hija en Praga.
En estas notas Milena Jesenska (Praga, 1896), aparecía como una mujer deslumbrante, inmersa en la aventura militante, una comunista y feminista de primera línea a la que un tiempo le gustó escandalizar con un toque de lesbianismo, internada en un manicomio por su padre, morfinómana, figura de los cafés y salones literarios de Praga y Viena; acarreó maletas, dio clases de idiomas, sirvió en casas e incluso robó, para ganarse la vida o para llamar la atención; convertida en brillante periodista, mantuvo tormentosas relaciones con varios hombres, aunque su mayor fama se la deba al haber sido algo así como la novia de Kafka, con quien mantuvo una relación epistolar y unos breves y complicados encuentros, cuando ya la tuberculosis devoraba al escritor, pasó muchos años inadvertida y eclipsada, reducido su nombre aun título de libro.
De hecho, no fue hasta su centenario que se publicarían varios libros sobre ella, amén de documentos sobre su detención por la Gestapo. También una antología de sus artículos, así como crónicas y reportajes sacan a relucir su enorme talento periodístico, su libertad de mente y su insobornable condición de persona opuesta a todos los que condenan la funesta manía de pensar. Comencemos diciendo que el padre de Milena fue un auténtico gran burgués, un médico ilustrado que se envanecía de ser descendiente del célebre Juan Jessenius, rector de la Universidad Carolina a principios del siglo 17 y médico de cabecera del emperador Rodolfo II. Jessenius, el primer médico en realizar en Praga una autopsia, fue ejecutado en Praga en 1621 por haber participado en una sublevación de los estamentos protestantes checos contra la Casa de los Habsburgo, una página, la liderada por Juan Huss, que merece ser conocida. Sin embargo, el señor practicaba el dilema de las virtudes públicas y los vicios privados, y en casa era una auténtica mala bestia. Al menos así se deduce de la descripción que hace Jana Cerna, la hija de Milena, en una biografía que escribió de su madre. Los recuerdos de Milena sobre la infancia con su padre los resume su hija en pocas palabras: fealdad, tristeza y miedo. No obstante, el feroz padre, que enviudó cuando Milena tenía 20 años, envió a su hija al instituto femenino Minerva, donde se formó una élite de mujeres checas, en verdad una generación de pioneras de la emancipación femenina.
Rompió con su padre cuando se enamoró de un bohemio que frecuentaba los cafés de Praga, Ernst Pollak, austriaco y judío, con el vivió una intensa relación por encima de loso obstáculos paternos. De esta época datan sus primeros intentos con la morfina, que Milena robaba de la consulta de su padre, pero la dependencia de la droga se agudizó varios años más tarde, tras el nacimiento de Jana, como consecuencia de las dosis…Milena y Pollak acabaron huyeron de Praga para establecerse en la Viena decadente y derrotada tras la “Gran Guerra”, y tras una crisis revolucionaria asimilada por la socialdemocracia. Pero bajo el manto “liberal” Pollak tampoco era tan diferente del padre, y trató de someter a Milena, hasta el extremo de querer obligarla a convivir con sus amantes, eso sí, en nombre de la libertad sexual.
En este tiempo, Milena se ganó el sustento acarreando maletas en la estación, dando clases de checo a señoritas de buena familia y limpiando casas, mientras, Pollak deslumbraba con su cháchara a sus contertulios en los cafés vieneses. Fue por entonces que tuvieron lugar sus encuentros con Frank Kafka, un hombre muy diferente sino opuesto pero no menos difícil por otros motivos, que le escribía a escondidas a un apartado de correos de Viena. Ella había empezado a escribir en periódicos y revistas de Praga como una especie de corresponsal y cronista cultural y tradujo al checo El fogonero, un relato de Kafka que luego formó parte de un libro. Frank comentaba los artículos de Milena y llegaron a encontrarse, pero la relación resultó imposible aunque sus cartas suponían para Milena un bálsamo en las heridas de su relación con Pollak. Para Kafka, escribe la hija de Milena, suponían arrancarle del sentimiento de la soledad: "Su amor vivió sólo en las cartas, aparte breves encuentros. Kafka y Milena no tuvieron que confrontar su amor con la realidad".
Animada por una dura indignación moral y social, Milena contactó con las ideas del comunismo que acaban de iniciar la revolución mundial en una Rusia atrasada y asolada por las guerras. El contacto de Milena fue el conde alemán Schaffgotsch, curiosamente adicto a la revolución. Rota la relación con Pollak y sin que la que mantuvo con Kafka pudiera ir más lejos ya que éste murió en el ostracismo en 1924, Milena regresó a Praga con su amante y camarada para moverse por los medios periodísticos y de la vanguardia política y cultural de una ciudad que hervía inquietudes. Entonces se enamoró y se casó con el arquitecto Jaromir Krejcar, un seguidor de la Bauhaus alemana, no menos comunista. Prueba de ello es que él se marchó solo en el Moscú de después de Lenin, y desde regresó horrorizado ante los crímenes y las purgas del estalinismo. Sobre esta historia se ha publicado entre nosotros el testimonio de otro comunista checo, Jiri Weil, Moscú frontera (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2005), que tuve la oportunidad de leer y sobre el que habrá que volver.
Con la firma del infame tratado de Munich de 1938, hijo de la misma diplomacia del “apaciguamiento” que llevó a las democracias a dar la espalda a la república española, la Alemania nazi ocupará en un paseo militar Checoslovaquia. Milena se entrega a la resistencia y organiza una extensa red para sacar del país a refugiados y personas en peligro, entre ellos muchos judíos. Su papel recuerda mucho al de la julia encarnada por Vanesa Redgrave en la famosa película de Fred Zinnemann. En esta actividad resultara una ayuda increíble la de un conde de origen alemán y esta vez, de ideas anarquistas. Se llamaba Joachim von Zadtwitz, y con su coche deportivo sacaba fugitivos de Checoslovaquia hacia Polonia con el mayor de los desparpajo. Esto cambio cuando el 1 de septiembre de 1939 estalló la guerra mundial y todo cambió. El 12 de noviembre de 1939 la Gestapo detuvo en Praga a uno de los responsables de una publicación clandestina. Ese mismo día detuvieron a Milena en su casa acusada de "conspiración para alta traición". Fue trasladada a Alemania, pero un tribunal en Dresde la absolvió por falta de pruebas. Pero la Gestapo no estaba dispuesta a soltar su presa, así que después de que Milena se entrevistara en Praga con su padre y su hija, que apenas la reconocieron por su lamentable estado físico tras la prisión, fue detenida de nueva, pero esta vez sería enviada al campo de concentración de Ravensbrück.
Su relación con el comunismo fue, al decir de una amiga, parte de “un periodo de corta, pero de intensa fe absoluta".Cierto es que dicha fe estaba mediatizada por la reflexión y por la convicción de que la crítica era parte esencial del marxismo y conforme a ello actuaba: "Decía en voz alta todo lo que pensaba y quería corregir los errores que veía" Hubo una serie de factores que la llevaron a reflexionar: la guerra de España y el estalinismo, las purgas de Moscú, el testimonio al regreso de la Unión Soviética de su ex marido…Todo ello llevó a Milena a denunciar, al estalinismo en sus escritos. En un artículo del 8 de marzo de 1938 escribe Milena contra el comportamiento de la URSS con personas de ideología comunista de las que se sirvió y luego dejó sin apoyo. Relata Milena cómo gran número de ellos acabaron en prisiones soviéticas: "Así y no de otro modo trató la URSS a quienes fueron tan estúpidos de creer que ser comunista significaba lo mismo que estar bajo protección soviética".
Fuente: http://www.kaosenlared.net/noticia/breve-retrato-milena-jesenska
Envía esta noticia
Compartir esta noticia: delicious digg meneame
miércoles, 2 de septiembre de 2009
El desafío teórico de la izquierda latinoamericana
Emir Sader
CLACSO - Cuadernos de Pensamiento Crítico /Le Monde Diplomatique
La orfandad de la estrategia
América Latina, un continente de revoluciones y contrarrevoluciones, carece de pensamientos estratégicos que orienten procesos políticos ricos y diversificados que estén a la altura de los desafíos que enfrenta. A pesar de contar con una fuerte capacidad analítica, importantes procesos de transformación y dirigentes revolucionarios emblemáticos, el continente no produjo la teoría de su propia práctica.
Las tres estrategias históricas de la izquierda contaron con fuerzas vigorosas en su liderazgo -partidos socialistas y comunistas, movimientos nacionalistas, grupos guerrilleros- y condujeron experiencias de profunda significación política: la Revolución Cubana, el gobierno de Allende, la victoria sandinista, los gobiernos posneoliberales en Venezuela, Bolivia y Ecuador, la construcción de poderes locales, como en Chiapas, y prácticas de presupuestos participativos, de las cuales la más importante ocurrió en la ciudad de Porto Alegre. Sin embargo, no contamos con grandes síntesis estratégicas que nos permitan usar los balances de cada una de esas estrategias, ni tampoco con un conjunto de reflexiones que favorezca la formulación de nuevas propuestas.
El hecho mismo de que esas tres estrategias hayan sido desarrolladas por fuerzas políticas distintas hace que no ocurran procesos comunes de acumulación, reflexión y síntesis. Mientras los partidos comunistas tuvieron una existencia realmente concreta, promovieron procesos de reflexión sobre sus propias prácticas. Mientras existió, la OLAS hizo lo mismo con los procesos de lucha armada. Los movimientos nacionalistas, en cambio, no establecieron entre sí intercambios suficientes para fomentar algo similar. Hoy, las nuevas prácticas no estimulan la elaboración teórica ni la problematización crítica de las nuevas realidades.
Las estrategias adoptadas en el continente, sobre todo en sus primeros tiempos, sufrieron el peso de los vínculos internacionales de la izquierda latinoamericana con los partidos comunistas en especial, pero también con los socialdemócratas. La línea de "clase contra clase", por ejemplo, implantada en la segunda mitad de los años veinte y que dificultó la comprensión de las formas políticas concretas de respuesta a la crisis de 1929 -de las cuales el gobierno de Getúlio Vargas en Brasil es sólo una de las excepciones, al lado del efímero gobierno socialista de doce días en Chile y de manifestaciones similares en Cuba-, fue una importación directa de la crisis de aislamiento de la Unión Soviética en relación con los gobiernos de Europa occidental, y no una inducción a partir de las condiciones concretas vigentes en el continente.
Las movilizaciones lideradas por Farabundo Martí y por Augusto Sandino nacieron de condiciones concretas de resistencia a la ocupación estadounidense y expresaron formas directas de nacionalismo antiimperialista. Los procesos de industrialización en Argentina, Brasil y México surgieron como respuestas a la crisis de 1929. No se asentaron, por lo menos inicialmente, en estrategias articuladas. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) teorizó situaciones cuando, ya al comenzar la segunda posguerra, se abocó a elaborar la teoría de la industrialización sustitutiva de importaciones e, incluso así, era una estrategia económica. Tampoco la revolución boliviana de 1952 diseñó una línea de acción estratégica propia, sólo puso en práctica ciertas reivindicaciones, como la universalización del voto, la reforma agraria y la nacionalización de las minas.
Así, ni el nacionalismo ni el reformismo tradicional asentaron su acción en estrategias, sino que respondieron a demandas económicas, sociales y políticas. Cuando la Internacional Comunista definió su posición de Frentes Antifascistas, en 1935, la aplicación de la nueva orientación se topó con las condiciones concretas vividas por los países de la región. Si la línea de "clase contra clase" respondía a las condiciones particulares de la Unión Soviética, la nueva orientación respondía a la expansión de los regímenes fascistas en Europa. Ninguna de ellas tenía en cuenta las condiciones de América Latina, asimilada a la periferia colonial, sin una identidad particular.
Esa inadecuación tuvo varios efectos concretos. El movimiento liderado por Luís Carlos Prestes en 1935 se mantuvo a horcajadas entre dos líneas: por un lado, organizaba una sublevación centrada en tenientes; por otro lado, no pregonaba un gobierno obrero-campesino sino un frente de liberación nacional, en respuesta a la línea más amplia de la Internacional Comunista. La forma de lucha correspondía a la línea radical de "clase contra clase", y el objetivo político, al frente democrático. El resultado fue que el movimiento se aisló de la "Revolución del 30" dirigida por Getúlio Vargas, de carácter nacionalista y popular.
El Frente Popular en Chile importó el lema "antifascista" sin que el fascismo se hubiera expandido por el continente. Lo que hubo fue una transposición mecánica del fascismo europeo hacia América Latina, con todos los correlatos de equívocos posibles. Allí, el fascismo se identificó con el nacionalismo y el antiliberalismo, sin ningún sentido antiimperialista. El nacionalismo europeo estuvo marcado por el chauvinismo, por la supuesta superioridad de un Estado nacional sobre los otros y por el antiliberalismo, incluso la democracia liberal. La burguesía ascendente asumió la ideología liberal como instrumento para destrabar la libre circulación del capital de los límites feudales.
En América Latina, el nacionalismo reprodujo el antiliberalismo político y económico, pero asumió una posición antiimperialista por la inserción misma de la región en la periferia -en nuestro caso, estadounidense, lo que nos situó en el campo de la izquierda-. Sin embargo, las transposiciones mecánicas de los esquemas europeos llevaron a algunos partidos comunistas de aquel período (en Brasil y la Argentina, por ejemplo) a caracterizar a Juan Domingo Perón y a Getúlio Vargas, en ciertos momentos, como reproductores del fascismo en América Latina. Debido a ello, fueron identificados como los adversarios más férreos que debían ser combatidos. El Partido Comunista de la Argentina, por ejemplo, se alió contra Perón en las elecciones de 1945, no sólo con el candidato liberal del Partido Radical, sino también con la Iglesia y la Embajada de EEUU, respondiendo a la idea de que toda alianza contra el mayor enemigo, el fascismo, era válida.
La mayor confusión se produjo no sólo en relación con el nacionalismo, sino también con el liberalismo, que en Europa fue la ideología de la burguesía ascendente, mientras que en América Latina las políticas de libre comercio del liberalismo eran patrimonio de las oligarquías primario-exportadoras. No sólo el nacionalismo tiene luz verde aquí, también el liberalismo.
Fue ese fenómeno el que provocó la disociación entre cuestiones sociales y democráticas, y la asunción de las cuestiones sociales por parte del nacionalismo, en detrimento de las democráticas.
El liberalismo siempre intentó apoderarse de la cuestión democrática, y acusó a los gobiernos nacionalistas de autoritarios y dictatoriales, mientras éstos acusaban a los liberales de gobernar para los ricos y de no tener sensibilidad social, reivindicando para sí la defensa de la masa pobre de la población.
Sólo un análisis concreto de las situaciones concretas habría permitido apropiarse de las condiciones históricas específicas del continente y de cada país. Análisis como los realizados por el peruano José Carlos Mariátegui, el cubano Julio Antonio Mella, el chileno Luis Emilio Recabarren y el brasileño Caio Prado Jr., entre otros, todos ellos análisis autónomos que las direcciones de los partidos comunistas a las que pertenecían sus autores no tuvieron en cuenta. En cambio predominaron las ideas de la Internacional Comunista, que contribuyeron a dificultar el arraigo de los partidos comunistas en esos países.
Cuando el nacionalismo fue asumido por la izquierda, lo fue como fuerza subordinada en alianzas con liderazgos populares que representaban un bloque pluriclasista. Ese largo período no fue teorizado por la izquierda. Las alianzas y las concepciones de los frentes populares no daban cuenta de ese nuevo fenómeno en el que el antiimperialismo sustituía al antifascismo con características muy diferentes.
La revolución boliviana de 1952 fue objeto de interpretaciones enfrentadas porque contenía elementos nacionalistas -como la nacionalización de las minas de estaño- y populares -como la reforma agraria-. Pero la participación activa de milicias obreras que sustituyeron al Ejército, la presencia de una alianza obrerocampesina y las revoluciones anticapitalistas posibilitaron otras teorizaciones sobre lo que existía embrionariamente en aquel movimiento pluriclasista: desde un movimiento nacionalista clásico, nacional y antioligárquico, hasta las versiones que le darían un carácter anticapitalista.
La Revolución Cubana cuenta con dos tipos de análisis: el de Fidel, de tipo programático, en La historia me absolverá, y el del Che, en La guerra de guerrillas, sobre la estrategia de construcción de la fuerza político-militar y de lucha por el poder. El texto que Fidel pergeñó como defensa en el proceso contra los atacantes del Cuartel Moncada es un extraordinario análisis de elaboración de un programa político a partir de las condiciones concretas de la sociedad cubana de la época. El análisis del Che describe puntualmente cómo la guerra de guerrillas articuló la lucha político-militar, desde el núcleo guerrillero inicial hasta los grandes destacamentos que compusieron el ejército rebelde, resistió la ofensiva del Ejército regular y desató la ofensiva final que los llevó a la victoria.
Con todo, ya sea por no existir reflexión al respecto, ya sea para mantener el elemento sorpresa -importante para la victoria-, no hubo un análisis público del carácter del movimiento -si era sólo nacionalista, o si era embrionariamente anticapitalista-. La Revolución Cubana fue constituyendo, a la luz de los enfrentamientos concretos, su estrategia de rápido pasaje de la fase democrática y nacional a la fase antiimperialista y anticapitalista, conforme la dinámica entre revolución y contrarrevolución iba imponiendo las definiciones. Esa trayectoria no fue tanto motivo de reflexión como sí lo fueron las formas de lucha, y en particular la guerra de guerrillas. Ése fue el gran debate en América Latina después del triunfo cubano: las formas de lucha. ¿Vía pacífica o vía armada? ¿Guerra de guerrillas rurales o guerra popular? La articulación de las cuestiones nacional y antiimperialista con las cuestiones anticapitalista y socialista fue menos discutida y elaborada.
Las experiencias guerrilleras reprodujeron ese debate, de la misma forma en que el gobierno de la Unidad Popular lo hizo en Chile. Los gobiernos nacionalistas militares, en particular el gobierno peruano de Velasco Alvarado, pero también con menos profundidad los de Ecuador y Honduras, reinstalaron la temática del nacionalismo; sin embargo, su carácter militar no propició su teorización y tampoco fue considerada una alternativa estratégica por la izquierda de aquel momento.
El proceso nicaragüense incorporó las experiencias anteriores de estrategias de lucha por el poder y elaboró una plataforma de gobierno poco definida, adaptada a factores nuevos, de los cuales los más importantes fueron la incorporación de los cristianos y de las mujeres a la militancia revolucionaria y una política exterior más flexible. Fue enfrentando empíricamente los obstáculos que encontró -en especial, el asedio militar de los Estados Unidos-, sin contribuir con teorías sobre la práctica que desarrollaba.
Así como ocurrió con el caso de la Unidad Popular, la experiencia sandinista fue objeto de una vasta bibliografía, pero no se puede decir que haya conducido a un balance estratégico claro que pudiera dejar una experiencia para el conjunto de la izquierda. El debate sobre Chile estuvo presente en las discusiones de la izquierda en todo el mundo y, por eso, perdió su especificidad como fenómeno chileno y latinoamericano. Los debates sobre Nicaragua, por el contrario, tendieron a centrarse en aspectos importantes como, por ejemplo, las cuestiones éticas, pero no produjeron un balance estratégico de los once años de gobierno sandinista.
Cuando en el mundo la izquierda atravesaba su momento de mayor debilidad, en Brasil se destacaba como una excepción, a contramano de las tendencias generales, sobre todo de los cambios regresivos radicales en las correlaciones de fuerza internacionales. Lula se proyectó como alternativa de dirección política ya en las primeras elecciones, en 1989, al llegar a la segunda vuelta; por primera vez, la izquierda aparecía en Brasil como fuerza alternativa real de gobierno -en el año de la caída del Muro de Berlín y del fin del campo socialista, con fuertes indicios de disgregación de la Unión Soviética y del triunfo de los Estados Unidos en la Guerra Fría y con el retorno a un mundo unipolar, bajo la hegemonía imperial estadounidense-.
Por ese entonces, Carlos Menem y Carlos Andrés Pérez triunfaban en la Argentina y en Venezuela, respectivamente, y no sólo extendían así las experiencias neoliberales a fuerzas nacionalistas y socialdemócratas, sino que apuntaban a la generalización de esas políticas en el continente. A eso se sumó la elección de Fernando Collor de Mello, que había derrotado a Lula en Brasil, y la Concertación (alianza de la Democracia Cristiana con el Partido Socialista) en Chile, en 1990. En febrero de ese mismo año el sandinismo fue derrotado en las urnas. Cuba ya había entrado en el "período especial", durante el cual enfrentaría, con grandes dificultades, las consecuencias del fin del bloque socialista al que estaba estructuralmente integrada.
En ese momento, en Brasil se concentraban experiencias que aparentemente hablaban de una nueva vertiente de la izquierda -postsoviética, según algunos; postsocialdemócrata, según otros-. Además de Lula y del PT, los años ochenta habían visto surgir a la CUT, la primera central sindical legalizada en la historia del país; al MST, el más fuerte e innovador movimiento social en el país, y el crecimiento de las políticas de presupuesto participativo en las municipalidades, en general bajo las directivas del PT. Por todos estos factores, la ciudad brasileña de Porto Alegre más tarde sería elegida sede de los FSM.
Se proyectaron así sobre la izquierda brasileña, y en particular sobre el liderazgo de Lula y sobre el partido petista, grandes esperanzas de que se abriría un nuevo ciclo de una izquierda renovada. Sin entrar en el análisis detallado de una experiencia tan compleja como la del PT y el liderazgo de Lula, es preciso destacar que, desde el comienzo, se proyectaron sobre ambos expectativas que no tenían fundamento en experiencias concretas ni en los rasgos políticos e ideológicos que esas experiencias asumieron con el paso del tiempo.
Componentes de la izquierda anterior y de corrientes internacionales hicieron de Lula no sólo un dirigente obrero clasista, vinculado a las tradiciones de los consejos obreros, sino un dirigente de un partido de izquierda gramsciano, de un nuevo tipo, democrático y socialista. Lula no era nada de eso, pero tampoco era un dirigente a imagen y semejanza de aquello en lo que se había convertido el PT. Se formó como dirigente sindical, de base, en la época en que los sindicatos estaban prohibidos por la dictadura; un dirigente negociador directo con las entidades patronales, un gran líder de masas, pero sin ideología. Nunca se sintió vinculado a la tradición de la izquierda, ni a sus corrientes ideológicas, ni a sus experiencias políticas históricas. Se afilió a una izquierda social -si podemos considerarla de ese modo-, sin tener necesariamente vínculos ideológicos y políticos con ella. Buscó mejorar las condiciones de vida de la masa trabajadora, del pueblo o del país, según su vocabulario se fue transformando a lo largo de su carrera. Se trata de un negociador, de un enemigo de las rupturas, por lo tanto, de alguien sin ninguna propensión revolucionaria radical.
Esos rasgos deben ser enmarcados en las situaciones políticas que Lula enfrentó hasta convertirse en el Lula real. Sólo así se podrá intentar descifrar el enigma Lula.
Uno de los elementos de la crisis hegemónica latinoamericana es la falta de teorización al respecto. Con excepción del caso boliviano, que puede apoyarse en las producciones del grupo Comuna, en general los avances de los procesos posneoliberales ocurrieron por ensayo y error, y sobre los eslabones de menor resistencia de la cadena neoliberal. Ese proceso ya superó su fase inicial, cuando -como dijimos- obtuvo avances relativamente fáciles, hasta que la derecha se reorganizó y recuperó su capacidad de iniciativa. A partir de entonces, las elaboraciones teóricas que permitan la comprensión de la situación histórica real que afronta el continente, con sus elementos de fuerza y de debilidad, sus correlaciones de fuerza reales, concretas y globales, sus desafíos y sus posibles líneas de superación se han vuelto condición indispensable para el enfrentamiento y la superación de los obstáculos.
Desde que la hegemonía neoliberal se consolidó, la resistencia a ese modelo y las luchas de los movimientos sociales, incluso la organización del FSM, desplazaron la reflexión hacia el plano de la denuncia y de las resistencias, y soslayaron la cuestión política y estratégica. O sea, se tendió a la definición de un supuesto espacio de la sociedad civil como territorio privilegiado de actuación, en detrimento de la política, del Estado y, con ellos, de los temas de estrategia y construcción de proyectos hegemónicos alternativos y de nuevos bloques sociales y políticos. Esa postura teórica disminuyó con creces la capacidad de análisis de las fuerzas antineoliberales, que casi se limitaron a exaltar las posturas de resistencia y el valor de las movilizaciones de base, en desmedro de las posiciones de los partidos y de los gobiernos.
Los nuevos movimientos no contaron con una actualización del pensamiento estratégico latinoamericano en la que pudieran apoyarse, y ni siquiera con balances de las experiencias positivas y/o negativas anteriores. Lo que agravó todavía más la situación fueron los cambios radicales a escala mundial: el pasaje de un mundo bipolar a un mundo unipolar -bajo la hegemonía imperial estadounidense- y del modelo regulador al neoliberal, ambos ocurridos en un período histórico que implicó serias consecuencias para América Latina. Entre ellas, la regresión en los marcos de inserción de los países del continente en el mercado mundial, resultado de la apertura neoliberal, y el debilitamiento de los Estados nacionales.
Teorizaciones como las de Holloway y Toni Negri aparecían como adecuaciones a situaciones reales que, en vez de proponer soluciones estratégicas, intentaban hacer del vicio virtud. Aunque distintas en sus esbozos teóricos, ambas terminaron por acomodarse a la falta congénita de estrategia por parte de quienes rechazaban el Estado y la política para refugiarse en una mítica "sociedad civil" y en una reduccionista "autonomía de los movimientos sociales", renunciando a las reflexiones y las proposiciones estratégicas y dejando así al campo antineoliberal sin armas para responder a los desafíos de la crisis de hegemonía, que se hicieron más evidentes cuando la disputa hegemónica pasó a estar a la orden del día.
Ya analizamos cómo ese factor afectó el proceso venezolano, cómo el boliviano encontró una solución original y cómo el ecuatoriano se apoyó en soluciones híbridas, aunque creativas. El posneoliberalismo trajo nuevos desafíos teóricos que, por las nuevas condiciones que las luchas sociales y políticas enfrentan en el continente, iluminan una práctica necesariamente novedosa y, más que en cualquier otro momento, requieren reflexiones y propuestas estratégicas orientadas según las coordenadas de las nuevas formas de poder. Las propuestas del grupo boliviano Comuna, como mencionamos, son una excepción: constituyen el conjunto de textos más rico con que cuenta la izquierda latinoamericana, un ejemplo único en su historia por la capacidad de conjugar trabajos académicos y análisis individuales de gran creatividad teórica -de autores como Álvaro García Linera, Luis Tapia, Raúl Prada, entre otros-, a intervenciones políticas directas. En estas condiciones, García Linera se convirtió en vicepresidente de la República y Prada fue un importante parlamentario constituyente.
Las dificultades para desarrollar una teoría a partir de la práctica que hoy enfrenta la izquierda latinoamericana se deben a varios factores. Entre ellos, podemos resaltar la dinámica asumida por la práctica teórica, esencialmente concentrada en las universidades, que sufrió los efectos del cambio de período en el plano académico: ofensiva ideológica del liberalismo; reclusión en la división del trabajo interno de las universidades, en particular por la especialización; refugio en posiciones poco críticas, que tienden a ser doctrinarias y no dan lugar a las alternativas.
Por otro lado, los procesos de superación real del neoliberalismo introdujeron temas alejados de la dinámica de la reflexión académica, como el de los pueblos originarios y los Estados plurinacionales, la nacionalización de los recursos naturales, la integración regional, el nuevo nacionalismo y el posneoliberalismo, que están muy alejados de los que suelen abordarse en los cursos universitarios y de aquellos privilegiados por las instituciones de fomento e investigación. Éstas privilegiaron las propuestas definidas por las matrices fragmentadas de las realidades sociales, desvalorizando interpretaciones históricas globales, y a la vez acentuaron la fragmentación entre las distintas esferas -económica, social, política y cultural- de la realidad concreta.
Además, no debemos olvidar los efectos de la crisis ideológica que afectó las prácticas teóricas en la transición del período histórico anterior al actual, con la descalificación de los llamados megarrelatos y la utilización generalizada de la idea de crisis de los paradigmas. A raíz de eso, se abandonaron los modelos analíticos generales y se adhirió al posmodernismo, con las consecuencias señaladas por Perry Anderson: estructuras sin historia, historia sin sujeto, teorías sin verdad, un verdadero suicidio de la teoría y de cualquier intento de explicación racional del mundo y de las relaciones sociales.
Temas esenciales para las estrategias de poder, como el poder mismo, el Estado, las alianzas, la construcción de bloques alternativos de fuerzas, el imperialismo, las alianzas externas, los análisis de las correlaciones de fuerzas, los procesos de acumulación de fuerzas, el bloque hegemónico, entre otros, quedaron desplazados o prácticamente desaparecieron, en especial a medida que los movimientos sociales pasaron a ocupar un lugar protagónico en las luchas antineoliberales. El pasaje de la fase defensiva a la fase de disputa hegemónica ha de significar -como significa en los textos del grupo Comuna y en los discursos de Hugo Chávez y Rafael Correa- una recuperación de esas temáticas, una actualización para el período histórico de la hegemonía neoliberal y la lucha desmercantilizadora. Refugiarse en la óptica de simple denuncia, sin compromiso con la formulación y la construcción de alternativas políticas concretas, tiende a distanciar a una parte importante de la intelectualidad de los procesos históricos concretos que el movimiento popular enfrenta en el continente, y de ese modo lo condena a intentos empíricos de ensayo y error, en la medida en que no cuenta con el apoyo de una reflexión teórica comprometida con los procesos de transformación existentes.
La tentación contraria es grande. Dado que Fidel Castro no es Lenin, el Che no es Trotsky, Hugo Chávez no es Mao Tsé-Tung, Evo Morales no es Ho Chi Minh y Rafael Correa no es Gramsci, sería más fácil rechazar los procesos históricos reales, porque no corresponden a los sueños de revolución construidos con el impulso de otras eras, que intentar descifrar la historia contemporánea con sus enigmas específicos. En fin, intentar reconocer los signos del nuevo topo latinoamericano o quedar relegado a los compendios a los que son reducidos los textos clásicos por las manos poderosas y sectarias de quienes tienen miedo de la historia.
Refugiarse en las formulaciones de los textos clásicos es el camino más cómodo, pero también el más seguro para la derrota. Las derrotas no se explican por razones políticas, sino morales -y la "traición" es la más común-. La falta de respuesta política lleva a visiones infrapolíticas, morales. El diagnóstico de Trotsky sobre la Unión Soviética es el modelo opuesto: se trata de la explicación política, ideológica y social de los caminos abiertos por el poder bolchevique. Por eso pasó de la tesis de la revolución "traicionada" a la afirmación sustancial del Estado bajo la hegemonía de la burocracia.
La defensa de los principios supuestamente contenidos en los textos de los clásicos parece explicarse por sí misma, pero no da cuenta de lo esencial: ¿por qué las visiones de la ultraizquierda, doctrinarias, extremistas, nunca triunfan, nunca consiguen convencer a la mayoría de la población, nunca construyeron organizaciones que estén en condiciones de dirigir los procesos revolucionarios? Se identifican con los grandes balances de las derrotas, pero nunca conducen a procesos de construcción de fuerzas políticas revolucionarias. No es casual que su horizonte acostumbre ser la polémica en el interior de la ultraizquierda y las críticas a los otros sectores de izquierda, sin protagonizar grandes debates nacionales, sin enfrentar centralmente a la derecha o participar de la disputa hegemónica. Aquellos que sólo aparecen en los espacios públicos para criticar a los sectores de izquierda, muchas veces valiéndose de los espacios mediáticos de los órganos de la derecha, perdieron de vista a sus enemigos fundamentales, los grandes enfrentamientos con la derecha.
El desafío es encarar las contradicciones de la historia en las condiciones concretas de los países de la América Latina de hoy y desentrañar los puntos de apoyo para así construir el posneoliberalismo. El grupo Comuna supo hacerlo porque releyó la historia boliviana, en especial a partir de la revolución de 1952, descifró su significado, hizo las periodizaciones posteriores de la historia del país, comprendió los ciclos que llevaron al agotamiento de la fase neoliberal, consiguió deshacer los equívocos de la izquierda tradicional en relación con los sujetos históricos y realizó el trabajo teórico indispensable para concertar el casamiento entre el liderazgo de Evo Morales y el resurgimiento del movimiento indígena como protagonista histórico esencial del actual período boliviano. Pudo así recomponer la articulación entre la práctica teórica y la política, y ayudar al nuevo movimiento popular a abrir los caminos de lucha por las reivindicaciones económicas y sociales en los planos étnico y político.
Ese trabajo teórico es indispensable y sólo se puede hacer a partir de las realidades concretas de cada país, articuladas con la reflexión sobre las interpretaciones teóricas y las experiencias históricas acumuladas por el movimiento popular con el paso del tiempo. La realidad es implacable con los errores teóricos. La América Latina del siglo XXI requiere y merece una teoría a la altura de los desafíos presentes.
Notas:
Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Director del proyecto LATINOAMERICANA - Enciclopedia Contemporánea de América Latina y el Caribe.
Envía esta noticia
Compartir esta noticia:
CLACSO - Cuadernos de Pensamiento Crítico /Le Monde Diplomatique
La orfandad de la estrategia
América Latina, un continente de revoluciones y contrarrevoluciones, carece de pensamientos estratégicos que orienten procesos políticos ricos y diversificados que estén a la altura de los desafíos que enfrenta. A pesar de contar con una fuerte capacidad analítica, importantes procesos de transformación y dirigentes revolucionarios emblemáticos, el continente no produjo la teoría de su propia práctica.
Las tres estrategias históricas de la izquierda contaron con fuerzas vigorosas en su liderazgo -partidos socialistas y comunistas, movimientos nacionalistas, grupos guerrilleros- y condujeron experiencias de profunda significación política: la Revolución Cubana, el gobierno de Allende, la victoria sandinista, los gobiernos posneoliberales en Venezuela, Bolivia y Ecuador, la construcción de poderes locales, como en Chiapas, y prácticas de presupuestos participativos, de las cuales la más importante ocurrió en la ciudad de Porto Alegre. Sin embargo, no contamos con grandes síntesis estratégicas que nos permitan usar los balances de cada una de esas estrategias, ni tampoco con un conjunto de reflexiones que favorezca la formulación de nuevas propuestas.
El hecho mismo de que esas tres estrategias hayan sido desarrolladas por fuerzas políticas distintas hace que no ocurran procesos comunes de acumulación, reflexión y síntesis. Mientras los partidos comunistas tuvieron una existencia realmente concreta, promovieron procesos de reflexión sobre sus propias prácticas. Mientras existió, la OLAS hizo lo mismo con los procesos de lucha armada. Los movimientos nacionalistas, en cambio, no establecieron entre sí intercambios suficientes para fomentar algo similar. Hoy, las nuevas prácticas no estimulan la elaboración teórica ni la problematización crítica de las nuevas realidades.
Las estrategias adoptadas en el continente, sobre todo en sus primeros tiempos, sufrieron el peso de los vínculos internacionales de la izquierda latinoamericana con los partidos comunistas en especial, pero también con los socialdemócratas. La línea de "clase contra clase", por ejemplo, implantada en la segunda mitad de los años veinte y que dificultó la comprensión de las formas políticas concretas de respuesta a la crisis de 1929 -de las cuales el gobierno de Getúlio Vargas en Brasil es sólo una de las excepciones, al lado del efímero gobierno socialista de doce días en Chile y de manifestaciones similares en Cuba-, fue una importación directa de la crisis de aislamiento de la Unión Soviética en relación con los gobiernos de Europa occidental, y no una inducción a partir de las condiciones concretas vigentes en el continente.
Las movilizaciones lideradas por Farabundo Martí y por Augusto Sandino nacieron de condiciones concretas de resistencia a la ocupación estadounidense y expresaron formas directas de nacionalismo antiimperialista. Los procesos de industrialización en Argentina, Brasil y México surgieron como respuestas a la crisis de 1929. No se asentaron, por lo menos inicialmente, en estrategias articuladas. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) teorizó situaciones cuando, ya al comenzar la segunda posguerra, se abocó a elaborar la teoría de la industrialización sustitutiva de importaciones e, incluso así, era una estrategia económica. Tampoco la revolución boliviana de 1952 diseñó una línea de acción estratégica propia, sólo puso en práctica ciertas reivindicaciones, como la universalización del voto, la reforma agraria y la nacionalización de las minas.
Así, ni el nacionalismo ni el reformismo tradicional asentaron su acción en estrategias, sino que respondieron a demandas económicas, sociales y políticas. Cuando la Internacional Comunista definió su posición de Frentes Antifascistas, en 1935, la aplicación de la nueva orientación se topó con las condiciones concretas vividas por los países de la región. Si la línea de "clase contra clase" respondía a las condiciones particulares de la Unión Soviética, la nueva orientación respondía a la expansión de los regímenes fascistas en Europa. Ninguna de ellas tenía en cuenta las condiciones de América Latina, asimilada a la periferia colonial, sin una identidad particular.
Esa inadecuación tuvo varios efectos concretos. El movimiento liderado por Luís Carlos Prestes en 1935 se mantuvo a horcajadas entre dos líneas: por un lado, organizaba una sublevación centrada en tenientes; por otro lado, no pregonaba un gobierno obrero-campesino sino un frente de liberación nacional, en respuesta a la línea más amplia de la Internacional Comunista. La forma de lucha correspondía a la línea radical de "clase contra clase", y el objetivo político, al frente democrático. El resultado fue que el movimiento se aisló de la "Revolución del 30" dirigida por Getúlio Vargas, de carácter nacionalista y popular.
El Frente Popular en Chile importó el lema "antifascista" sin que el fascismo se hubiera expandido por el continente. Lo que hubo fue una transposición mecánica del fascismo europeo hacia América Latina, con todos los correlatos de equívocos posibles. Allí, el fascismo se identificó con el nacionalismo y el antiliberalismo, sin ningún sentido antiimperialista. El nacionalismo europeo estuvo marcado por el chauvinismo, por la supuesta superioridad de un Estado nacional sobre los otros y por el antiliberalismo, incluso la democracia liberal. La burguesía ascendente asumió la ideología liberal como instrumento para destrabar la libre circulación del capital de los límites feudales.
En América Latina, el nacionalismo reprodujo el antiliberalismo político y económico, pero asumió una posición antiimperialista por la inserción misma de la región en la periferia -en nuestro caso, estadounidense, lo que nos situó en el campo de la izquierda-. Sin embargo, las transposiciones mecánicas de los esquemas europeos llevaron a algunos partidos comunistas de aquel período (en Brasil y la Argentina, por ejemplo) a caracterizar a Juan Domingo Perón y a Getúlio Vargas, en ciertos momentos, como reproductores del fascismo en América Latina. Debido a ello, fueron identificados como los adversarios más férreos que debían ser combatidos. El Partido Comunista de la Argentina, por ejemplo, se alió contra Perón en las elecciones de 1945, no sólo con el candidato liberal del Partido Radical, sino también con la Iglesia y la Embajada de EEUU, respondiendo a la idea de que toda alianza contra el mayor enemigo, el fascismo, era válida.
La mayor confusión se produjo no sólo en relación con el nacionalismo, sino también con el liberalismo, que en Europa fue la ideología de la burguesía ascendente, mientras que en América Latina las políticas de libre comercio del liberalismo eran patrimonio de las oligarquías primario-exportadoras. No sólo el nacionalismo tiene luz verde aquí, también el liberalismo.
Fue ese fenómeno el que provocó la disociación entre cuestiones sociales y democráticas, y la asunción de las cuestiones sociales por parte del nacionalismo, en detrimento de las democráticas.
El liberalismo siempre intentó apoderarse de la cuestión democrática, y acusó a los gobiernos nacionalistas de autoritarios y dictatoriales, mientras éstos acusaban a los liberales de gobernar para los ricos y de no tener sensibilidad social, reivindicando para sí la defensa de la masa pobre de la población.
Sólo un análisis concreto de las situaciones concretas habría permitido apropiarse de las condiciones históricas específicas del continente y de cada país. Análisis como los realizados por el peruano José Carlos Mariátegui, el cubano Julio Antonio Mella, el chileno Luis Emilio Recabarren y el brasileño Caio Prado Jr., entre otros, todos ellos análisis autónomos que las direcciones de los partidos comunistas a las que pertenecían sus autores no tuvieron en cuenta. En cambio predominaron las ideas de la Internacional Comunista, que contribuyeron a dificultar el arraigo de los partidos comunistas en esos países.
Cuando el nacionalismo fue asumido por la izquierda, lo fue como fuerza subordinada en alianzas con liderazgos populares que representaban un bloque pluriclasista. Ese largo período no fue teorizado por la izquierda. Las alianzas y las concepciones de los frentes populares no daban cuenta de ese nuevo fenómeno en el que el antiimperialismo sustituía al antifascismo con características muy diferentes.
La revolución boliviana de 1952 fue objeto de interpretaciones enfrentadas porque contenía elementos nacionalistas -como la nacionalización de las minas de estaño- y populares -como la reforma agraria-. Pero la participación activa de milicias obreras que sustituyeron al Ejército, la presencia de una alianza obrerocampesina y las revoluciones anticapitalistas posibilitaron otras teorizaciones sobre lo que existía embrionariamente en aquel movimiento pluriclasista: desde un movimiento nacionalista clásico, nacional y antioligárquico, hasta las versiones que le darían un carácter anticapitalista.
La Revolución Cubana cuenta con dos tipos de análisis: el de Fidel, de tipo programático, en La historia me absolverá, y el del Che, en La guerra de guerrillas, sobre la estrategia de construcción de la fuerza político-militar y de lucha por el poder. El texto que Fidel pergeñó como defensa en el proceso contra los atacantes del Cuartel Moncada es un extraordinario análisis de elaboración de un programa político a partir de las condiciones concretas de la sociedad cubana de la época. El análisis del Che describe puntualmente cómo la guerra de guerrillas articuló la lucha político-militar, desde el núcleo guerrillero inicial hasta los grandes destacamentos que compusieron el ejército rebelde, resistió la ofensiva del Ejército regular y desató la ofensiva final que los llevó a la victoria.
Con todo, ya sea por no existir reflexión al respecto, ya sea para mantener el elemento sorpresa -importante para la victoria-, no hubo un análisis público del carácter del movimiento -si era sólo nacionalista, o si era embrionariamente anticapitalista-. La Revolución Cubana fue constituyendo, a la luz de los enfrentamientos concretos, su estrategia de rápido pasaje de la fase democrática y nacional a la fase antiimperialista y anticapitalista, conforme la dinámica entre revolución y contrarrevolución iba imponiendo las definiciones. Esa trayectoria no fue tanto motivo de reflexión como sí lo fueron las formas de lucha, y en particular la guerra de guerrillas. Ése fue el gran debate en América Latina después del triunfo cubano: las formas de lucha. ¿Vía pacífica o vía armada? ¿Guerra de guerrillas rurales o guerra popular? La articulación de las cuestiones nacional y antiimperialista con las cuestiones anticapitalista y socialista fue menos discutida y elaborada.
Las experiencias guerrilleras reprodujeron ese debate, de la misma forma en que el gobierno de la Unidad Popular lo hizo en Chile. Los gobiernos nacionalistas militares, en particular el gobierno peruano de Velasco Alvarado, pero también con menos profundidad los de Ecuador y Honduras, reinstalaron la temática del nacionalismo; sin embargo, su carácter militar no propició su teorización y tampoco fue considerada una alternativa estratégica por la izquierda de aquel momento.
El proceso nicaragüense incorporó las experiencias anteriores de estrategias de lucha por el poder y elaboró una plataforma de gobierno poco definida, adaptada a factores nuevos, de los cuales los más importantes fueron la incorporación de los cristianos y de las mujeres a la militancia revolucionaria y una política exterior más flexible. Fue enfrentando empíricamente los obstáculos que encontró -en especial, el asedio militar de los Estados Unidos-, sin contribuir con teorías sobre la práctica que desarrollaba.
Así como ocurrió con el caso de la Unidad Popular, la experiencia sandinista fue objeto de una vasta bibliografía, pero no se puede decir que haya conducido a un balance estratégico claro que pudiera dejar una experiencia para el conjunto de la izquierda. El debate sobre Chile estuvo presente en las discusiones de la izquierda en todo el mundo y, por eso, perdió su especificidad como fenómeno chileno y latinoamericano. Los debates sobre Nicaragua, por el contrario, tendieron a centrarse en aspectos importantes como, por ejemplo, las cuestiones éticas, pero no produjeron un balance estratégico de los once años de gobierno sandinista.
Cuando en el mundo la izquierda atravesaba su momento de mayor debilidad, en Brasil se destacaba como una excepción, a contramano de las tendencias generales, sobre todo de los cambios regresivos radicales en las correlaciones de fuerza internacionales. Lula se proyectó como alternativa de dirección política ya en las primeras elecciones, en 1989, al llegar a la segunda vuelta; por primera vez, la izquierda aparecía en Brasil como fuerza alternativa real de gobierno -en el año de la caída del Muro de Berlín y del fin del campo socialista, con fuertes indicios de disgregación de la Unión Soviética y del triunfo de los Estados Unidos en la Guerra Fría y con el retorno a un mundo unipolar, bajo la hegemonía imperial estadounidense-.
Por ese entonces, Carlos Menem y Carlos Andrés Pérez triunfaban en la Argentina y en Venezuela, respectivamente, y no sólo extendían así las experiencias neoliberales a fuerzas nacionalistas y socialdemócratas, sino que apuntaban a la generalización de esas políticas en el continente. A eso se sumó la elección de Fernando Collor de Mello, que había derrotado a Lula en Brasil, y la Concertación (alianza de la Democracia Cristiana con el Partido Socialista) en Chile, en 1990. En febrero de ese mismo año el sandinismo fue derrotado en las urnas. Cuba ya había entrado en el "período especial", durante el cual enfrentaría, con grandes dificultades, las consecuencias del fin del bloque socialista al que estaba estructuralmente integrada.
En ese momento, en Brasil se concentraban experiencias que aparentemente hablaban de una nueva vertiente de la izquierda -postsoviética, según algunos; postsocialdemócrata, según otros-. Además de Lula y del PT, los años ochenta habían visto surgir a la CUT, la primera central sindical legalizada en la historia del país; al MST, el más fuerte e innovador movimiento social en el país, y el crecimiento de las políticas de presupuesto participativo en las municipalidades, en general bajo las directivas del PT. Por todos estos factores, la ciudad brasileña de Porto Alegre más tarde sería elegida sede de los FSM.
Se proyectaron así sobre la izquierda brasileña, y en particular sobre el liderazgo de Lula y sobre el partido petista, grandes esperanzas de que se abriría un nuevo ciclo de una izquierda renovada. Sin entrar en el análisis detallado de una experiencia tan compleja como la del PT y el liderazgo de Lula, es preciso destacar que, desde el comienzo, se proyectaron sobre ambos expectativas que no tenían fundamento en experiencias concretas ni en los rasgos políticos e ideológicos que esas experiencias asumieron con el paso del tiempo.
Componentes de la izquierda anterior y de corrientes internacionales hicieron de Lula no sólo un dirigente obrero clasista, vinculado a las tradiciones de los consejos obreros, sino un dirigente de un partido de izquierda gramsciano, de un nuevo tipo, democrático y socialista. Lula no era nada de eso, pero tampoco era un dirigente a imagen y semejanza de aquello en lo que se había convertido el PT. Se formó como dirigente sindical, de base, en la época en que los sindicatos estaban prohibidos por la dictadura; un dirigente negociador directo con las entidades patronales, un gran líder de masas, pero sin ideología. Nunca se sintió vinculado a la tradición de la izquierda, ni a sus corrientes ideológicas, ni a sus experiencias políticas históricas. Se afilió a una izquierda social -si podemos considerarla de ese modo-, sin tener necesariamente vínculos ideológicos y políticos con ella. Buscó mejorar las condiciones de vida de la masa trabajadora, del pueblo o del país, según su vocabulario se fue transformando a lo largo de su carrera. Se trata de un negociador, de un enemigo de las rupturas, por lo tanto, de alguien sin ninguna propensión revolucionaria radical.
Esos rasgos deben ser enmarcados en las situaciones políticas que Lula enfrentó hasta convertirse en el Lula real. Sólo así se podrá intentar descifrar el enigma Lula.
Uno de los elementos de la crisis hegemónica latinoamericana es la falta de teorización al respecto. Con excepción del caso boliviano, que puede apoyarse en las producciones del grupo Comuna, en general los avances de los procesos posneoliberales ocurrieron por ensayo y error, y sobre los eslabones de menor resistencia de la cadena neoliberal. Ese proceso ya superó su fase inicial, cuando -como dijimos- obtuvo avances relativamente fáciles, hasta que la derecha se reorganizó y recuperó su capacidad de iniciativa. A partir de entonces, las elaboraciones teóricas que permitan la comprensión de la situación histórica real que afronta el continente, con sus elementos de fuerza y de debilidad, sus correlaciones de fuerza reales, concretas y globales, sus desafíos y sus posibles líneas de superación se han vuelto condición indispensable para el enfrentamiento y la superación de los obstáculos.
Desde que la hegemonía neoliberal se consolidó, la resistencia a ese modelo y las luchas de los movimientos sociales, incluso la organización del FSM, desplazaron la reflexión hacia el plano de la denuncia y de las resistencias, y soslayaron la cuestión política y estratégica. O sea, se tendió a la definición de un supuesto espacio de la sociedad civil como territorio privilegiado de actuación, en detrimento de la política, del Estado y, con ellos, de los temas de estrategia y construcción de proyectos hegemónicos alternativos y de nuevos bloques sociales y políticos. Esa postura teórica disminuyó con creces la capacidad de análisis de las fuerzas antineoliberales, que casi se limitaron a exaltar las posturas de resistencia y el valor de las movilizaciones de base, en desmedro de las posiciones de los partidos y de los gobiernos.
Los nuevos movimientos no contaron con una actualización del pensamiento estratégico latinoamericano en la que pudieran apoyarse, y ni siquiera con balances de las experiencias positivas y/o negativas anteriores. Lo que agravó todavía más la situación fueron los cambios radicales a escala mundial: el pasaje de un mundo bipolar a un mundo unipolar -bajo la hegemonía imperial estadounidense- y del modelo regulador al neoliberal, ambos ocurridos en un período histórico que implicó serias consecuencias para América Latina. Entre ellas, la regresión en los marcos de inserción de los países del continente en el mercado mundial, resultado de la apertura neoliberal, y el debilitamiento de los Estados nacionales.
Teorizaciones como las de Holloway y Toni Negri aparecían como adecuaciones a situaciones reales que, en vez de proponer soluciones estratégicas, intentaban hacer del vicio virtud. Aunque distintas en sus esbozos teóricos, ambas terminaron por acomodarse a la falta congénita de estrategia por parte de quienes rechazaban el Estado y la política para refugiarse en una mítica "sociedad civil" y en una reduccionista "autonomía de los movimientos sociales", renunciando a las reflexiones y las proposiciones estratégicas y dejando así al campo antineoliberal sin armas para responder a los desafíos de la crisis de hegemonía, que se hicieron más evidentes cuando la disputa hegemónica pasó a estar a la orden del día.
Ya analizamos cómo ese factor afectó el proceso venezolano, cómo el boliviano encontró una solución original y cómo el ecuatoriano se apoyó en soluciones híbridas, aunque creativas. El posneoliberalismo trajo nuevos desafíos teóricos que, por las nuevas condiciones que las luchas sociales y políticas enfrentan en el continente, iluminan una práctica necesariamente novedosa y, más que en cualquier otro momento, requieren reflexiones y propuestas estratégicas orientadas según las coordenadas de las nuevas formas de poder. Las propuestas del grupo boliviano Comuna, como mencionamos, son una excepción: constituyen el conjunto de textos más rico con que cuenta la izquierda latinoamericana, un ejemplo único en su historia por la capacidad de conjugar trabajos académicos y análisis individuales de gran creatividad teórica -de autores como Álvaro García Linera, Luis Tapia, Raúl Prada, entre otros-, a intervenciones políticas directas. En estas condiciones, García Linera se convirtió en vicepresidente de la República y Prada fue un importante parlamentario constituyente.
Las dificultades para desarrollar una teoría a partir de la práctica que hoy enfrenta la izquierda latinoamericana se deben a varios factores. Entre ellos, podemos resaltar la dinámica asumida por la práctica teórica, esencialmente concentrada en las universidades, que sufrió los efectos del cambio de período en el plano académico: ofensiva ideológica del liberalismo; reclusión en la división del trabajo interno de las universidades, en particular por la especialización; refugio en posiciones poco críticas, que tienden a ser doctrinarias y no dan lugar a las alternativas.
Por otro lado, los procesos de superación real del neoliberalismo introdujeron temas alejados de la dinámica de la reflexión académica, como el de los pueblos originarios y los Estados plurinacionales, la nacionalización de los recursos naturales, la integración regional, el nuevo nacionalismo y el posneoliberalismo, que están muy alejados de los que suelen abordarse en los cursos universitarios y de aquellos privilegiados por las instituciones de fomento e investigación. Éstas privilegiaron las propuestas definidas por las matrices fragmentadas de las realidades sociales, desvalorizando interpretaciones históricas globales, y a la vez acentuaron la fragmentación entre las distintas esferas -económica, social, política y cultural- de la realidad concreta.
Además, no debemos olvidar los efectos de la crisis ideológica que afectó las prácticas teóricas en la transición del período histórico anterior al actual, con la descalificación de los llamados megarrelatos y la utilización generalizada de la idea de crisis de los paradigmas. A raíz de eso, se abandonaron los modelos analíticos generales y se adhirió al posmodernismo, con las consecuencias señaladas por Perry Anderson: estructuras sin historia, historia sin sujeto, teorías sin verdad, un verdadero suicidio de la teoría y de cualquier intento de explicación racional del mundo y de las relaciones sociales.
Temas esenciales para las estrategias de poder, como el poder mismo, el Estado, las alianzas, la construcción de bloques alternativos de fuerzas, el imperialismo, las alianzas externas, los análisis de las correlaciones de fuerzas, los procesos de acumulación de fuerzas, el bloque hegemónico, entre otros, quedaron desplazados o prácticamente desaparecieron, en especial a medida que los movimientos sociales pasaron a ocupar un lugar protagónico en las luchas antineoliberales. El pasaje de la fase defensiva a la fase de disputa hegemónica ha de significar -como significa en los textos del grupo Comuna y en los discursos de Hugo Chávez y Rafael Correa- una recuperación de esas temáticas, una actualización para el período histórico de la hegemonía neoliberal y la lucha desmercantilizadora. Refugiarse en la óptica de simple denuncia, sin compromiso con la formulación y la construcción de alternativas políticas concretas, tiende a distanciar a una parte importante de la intelectualidad de los procesos históricos concretos que el movimiento popular enfrenta en el continente, y de ese modo lo condena a intentos empíricos de ensayo y error, en la medida en que no cuenta con el apoyo de una reflexión teórica comprometida con los procesos de transformación existentes.
La tentación contraria es grande. Dado que Fidel Castro no es Lenin, el Che no es Trotsky, Hugo Chávez no es Mao Tsé-Tung, Evo Morales no es Ho Chi Minh y Rafael Correa no es Gramsci, sería más fácil rechazar los procesos históricos reales, porque no corresponden a los sueños de revolución construidos con el impulso de otras eras, que intentar descifrar la historia contemporánea con sus enigmas específicos. En fin, intentar reconocer los signos del nuevo topo latinoamericano o quedar relegado a los compendios a los que son reducidos los textos clásicos por las manos poderosas y sectarias de quienes tienen miedo de la historia.
Refugiarse en las formulaciones de los textos clásicos es el camino más cómodo, pero también el más seguro para la derrota. Las derrotas no se explican por razones políticas, sino morales -y la "traición" es la más común-. La falta de respuesta política lleva a visiones infrapolíticas, morales. El diagnóstico de Trotsky sobre la Unión Soviética es el modelo opuesto: se trata de la explicación política, ideológica y social de los caminos abiertos por el poder bolchevique. Por eso pasó de la tesis de la revolución "traicionada" a la afirmación sustancial del Estado bajo la hegemonía de la burocracia.
La defensa de los principios supuestamente contenidos en los textos de los clásicos parece explicarse por sí misma, pero no da cuenta de lo esencial: ¿por qué las visiones de la ultraizquierda, doctrinarias, extremistas, nunca triunfan, nunca consiguen convencer a la mayoría de la población, nunca construyeron organizaciones que estén en condiciones de dirigir los procesos revolucionarios? Se identifican con los grandes balances de las derrotas, pero nunca conducen a procesos de construcción de fuerzas políticas revolucionarias. No es casual que su horizonte acostumbre ser la polémica en el interior de la ultraizquierda y las críticas a los otros sectores de izquierda, sin protagonizar grandes debates nacionales, sin enfrentar centralmente a la derecha o participar de la disputa hegemónica. Aquellos que sólo aparecen en los espacios públicos para criticar a los sectores de izquierda, muchas veces valiéndose de los espacios mediáticos de los órganos de la derecha, perdieron de vista a sus enemigos fundamentales, los grandes enfrentamientos con la derecha.
El desafío es encarar las contradicciones de la historia en las condiciones concretas de los países de la América Latina de hoy y desentrañar los puntos de apoyo para así construir el posneoliberalismo. El grupo Comuna supo hacerlo porque releyó la historia boliviana, en especial a partir de la revolución de 1952, descifró su significado, hizo las periodizaciones posteriores de la historia del país, comprendió los ciclos que llevaron al agotamiento de la fase neoliberal, consiguió deshacer los equívocos de la izquierda tradicional en relación con los sujetos históricos y realizó el trabajo teórico indispensable para concertar el casamiento entre el liderazgo de Evo Morales y el resurgimiento del movimiento indígena como protagonista histórico esencial del actual período boliviano. Pudo así recomponer la articulación entre la práctica teórica y la política, y ayudar al nuevo movimiento popular a abrir los caminos de lucha por las reivindicaciones económicas y sociales en los planos étnico y político.
Ese trabajo teórico es indispensable y sólo se puede hacer a partir de las realidades concretas de cada país, articuladas con la reflexión sobre las interpretaciones teóricas y las experiencias históricas acumuladas por el movimiento popular con el paso del tiempo. La realidad es implacable con los errores teóricos. La América Latina del siglo XXI requiere y merece una teoría a la altura de los desafíos presentes.
Notas:
Secretario Ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Director del proyecto LATINOAMERICANA - Enciclopedia Contemporánea de América Latina y el Caribe.
Envía esta noticia
Compartir esta noticia:
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)