sábado, 26 de diciembre de 2009

La falacia de las clases medias

Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada
Nunca llueve a gusto de todos. Pero si atisbamos un principio de acuerdo entre socialdemocracia, derecha conservadora, progresista o liberal, éste se produce a la hora de señalar que la crisis supone un deterioro de la sociedad de clases medias. Es pan común dejar a un lado a las clases trabajadoras, total siempre lo han pasado mal, incluso en tiempos de bonanza.
Se viva en la oposición o se gobierne los argumentos para subir o bajar los impuestos, aumentar el IVA, salvar las entidades financieras, flexibilizar el mercado laboral, seguir privatizando o dar un mayor impulso a las políticas de inversión pública, sirven para justificar un apoyo a las maltratadas clases medias y evitar el desastre. Según encuestas y estudios sociológicos elaborados ad hoc sus miembros constituyen la base mayoritaria de la población. Son los sufridos profesionales, médicos, ingenieros, maestros, los funcionarios del Estado, los empleados del sector terciario, los pequeños y medianos empresarios, incluso se suman los trabajadores especializados y los mandos intermedios de las empresas trasnacionales. En definitiva, se les identifica como los triunfadores del siglo XX. Aquellos cuya perseverancia y esfuerzo abrió las puertas a un mundo de bienestar, consumo y progreso. Ellos no forman parte de la cultura de la pobreza.
Hoy, nos dicen, son los más perjudicados por la crisis. Para justificar tal acervo nos apuntan a una merma en sus expectativas de movilidad social ascendente. Sufren la negativa de los bancos para acceder a préstamos fáciles. Ya no hay dinero para hipotecas, tampoco para becas de estudio, investigación o post-grado. Menos aún obtienen el aval para cambiar de coche o irse de vacaciones. Las clases medias están deprimidas económica y sicológicamente. El diagnostico se complementa con una percepción negativa de su papel político en circunstancias como las descritas. Son fácilmente manipulables y pueden convertirse en carne de cañón para proyectos populistas. Las clases medias están cansadas, hay que tomar medidas. Por primera vez se hacen públicas investigaciones vaticinando que las clases medias vivirán una época de constricción. Es urgente devolverles la confianza. Deben ser rescatadas, convirtiéndolas nuevamente en el motor del cambio social, la estabilidad y el crecimiento económico. Tiene un papel que cumplir, son por antonomasia el colchón que amortigua los conflictos entre el capital y el trabajo, el pegamento de la sociedad.
Esta interpretación de la sociedad de las clases medias es una de las grandes falacias del capitalismo. El principio de explicación es burdo pero no por ello menos efectivo. Frente a la contradicción entre burgueses y proletarios, campesinos y terratenientes, la irrupción de las clases medias en el siglo XX habría transformado definitivamente el capitalismo. Nunca más se verían niños trabajando 12 o 14 horas por unos peñiques, mendigos tirados en las calles, hombres y mujeres sometidos a castigos degradantes y sobreexplotados. Ese capitalismo, adjetivado como salvaje, habría pasado a mejor vida. De él sólo queda un recuerdo borroso y literario, aquel que humanistas, médicos, juristas y representantes parlamentarios habían descrito en sus informes sobre las condiciones de vida de las clases obreras. Por su lectura sabemos del tipo de castigos a los cuales se les sometía. Desde cepos, latigazos, cárcel y encadenamientos, hasta la violación y las mutilaciones. Baste como ejemplo lo dicho por Juan Bialet Massé en su informe sobre Las clases obreras argentinas a principios de siglo XX: “… desde Santa Fe a Jujuy, el almacén o proveeduría o el crédito al obrero sobre su salario son las armas que esgrime la explotación para estrujarle, sin reparar vicios, antes bien induciéndolo a que se encenegue en él, manteniéndolo en un estado de embrutecimiento y degeneración física y moral que constituye un peligro público.” En parecidos términos se referiría a la situación de los pueblos indios. Se reniega del indio pero se le explota. Los que hablan de su exterminio, de arrojarlo al otro lado de las fronteras no saben lo que dicen o lo saben demasiado. Aún en el sur, donde es fácil relativamente poblar, porque el clima es similar al de Europa, el brazo del indio vendría muy bien; pero sin él, en el Chaco no hay ingenio, ni obraje, ni algodonal.
Para limar estas lacerantes aristas, la existencia de una clase media contribuía a cambiar la concepción del capitalismo y dotarlo de una perspectiva integradora. Una visión afable, llena de oportunidades sustituía esa época de arbitrariedad, explotación y violencia extrema. Afincar la meritocracia y reconocer los derechos civiles en el marco de un estado de derecho, eran el caldo de cultivo propuesto para su desarrollo. El capitalismo se reinventaba. No más exclusión. Gracias a las clases medias, el temor a las revoluciones socialistas quedaría atrás.
Los trabajadores, dirá W.W. Rostow, en su clásico Las etapas del crecimiento económico, un manifiesto no comunista “… se conformarán con un poco de progreso bastante estable; tenían la sensación de que las cosas estaban mejorando para él y para sus hijos y de que en general, estaban recibiendo una parte justa de lo que producía la sociedad; estaban dispuestos a luchar por lo que él deseaba dentro de las reglas de la democracia política, en un sistema de propiedad privada, tendían a identificarse con su sociedad nacional más que con el mundo abstracto de obreros industriales supuestamente oprimidos…”. Con ello se pretendió deslegitimar la izquierda marxiana. Su pronóstico, nos dicen, se mostró equívoco. El capitalismo no genera más miseria ni pauperización, por el contrario, disminuye las desigualdades y redistribuye la riqueza. Las clases trabajadoras se transformarían en clases medias, es el capitalismo con rostro humano.
Esta interpretación promovida por los intelectuales del establishment es una cortina de humo para tapar la explotación. Las clases medias constituyen un eufemismo para las clases dominantes y su definición adolece de errores de bulto, ni configuran un grupo homogéneo ni tienen intereses comunes, ni menos presentan un proyecto político de sociedad, factores claves para constituir una clase social. Asimismo, la actual concentración de la riqueza pone en entredicho la marcha hacia una sociedad de las clases medias. Por el contrario, todo indica que asistimos a una pauperización creciente de las clases trabajadoras y los sectores medios. La historia le sigue dando la razón a Marx. La crisis es del capitalismo, no de las clases medias.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2009/12/24/index.php?section=opinion&article=022a1mun

Nosotros que del comunismo hemos conocido sobre todo la rectitud, las luminosas esperanzas y el heroísmo que caracterizaba a nuestros mayores

Introducción a la edición española de "Lenin y la Revolución", de Jean Salem

José María Fernández Criado

Introducción
En cualquier libro, el prefacio o la introducción es a la vez lo primero y lo último: lo mismo sirve de explicación del objetivo de la obra que de justificación y respuesta a las críticas. En el caso presente, nada de esto parece posible. Pues si hoy en día, en historia de las ideas se estableciera un palmarés de “perros muertos”, es sin duda la sombra de Vladimir Illitch Ulianov, llamado Lenin, la que se llevaría la palma.
A Marx, que tomaba prestado el término a Lessing, le gustaba repetir que Hegel llegó a ser tratado en la Alemania culta de finales de 1850 como «perro muerto»1. Y fue, según Lessing, el bueno de Moses Mendelssohn quien en su tiempo había tratado de la misma mala manera a Spinoza. Es verdad que aquí y allá se habla de la «vuelta a Marx». Que se enaltece incluso a los vencidos (Gramsci), a los mártires (el Che, transformado desde hace dos décadas en producto-marketing). Pero Lenin, tal y como señala Domenico Losurdo en su excelente ensayo ¿Huir de la historia?2, es cuidadosamente silenciado.
Hay que decir que, según el pensamiento prêt-à-penser en boga, Lenin es considerado como la encarnación de una historia de la que lo menos que se puede sentir es... vergüenza. Y hay que decir también que a duras penas estamos aún saliendo de un periodo de criminalización del ideal comunista que ha inducido una auténtica colonización de la conciencia histórica de los mismos comunistas, sean viejos, “neos” o recalcitrantes hasta la histeria. A fin de cuentas ¿por qué no alinearse bajo el ejemplo del bueno del canciller Bismarck que, al día siguiente de la derrota de la Comuna de París, equiparaba expresamente a los vencidos con criminales de derecho común? Hay que señalar en fin, que la izquierda hoy parece deducir todo de la ideología dominante: sus categorías, valoraciones y hasta sus tics, sus referencias más hirientes; en una palabra, sus reflejos. La «autofobia», prosigue Losurdo, brilla particularmente en las filas de aquellos que, declarándose más o menos entusiastas de la justicia social, se muestran obsesionados por el cuidado de reafirmarse totalmente ajenos a «un pasado que, para ellos como para sus adversarios políticos, es sinónimo de abyección»3.
En resumen, que presentar una obra sobre la idea de revolución en Lenin puede parecer como adoptar la postura de Diógenes; la postura de Diógenes el Cínico que, cuando le preguntaban por qué entraba siempre al teatro por la puerta de atrás, respondía que era precisamente porque todo el mundo acostumbraba a entrar por el otro lado...4
A fin de ganarme la indulgencia del lector, desearía en primer lugar recordar cómo Vladimir Illitch entró en mi propia vida; es decir, mis primeros encuentros con él. Después, componer un florilegio muy sumario, con la ayuda de algunas ideas recogidas posteriormente, es decir, con la ayuda de algunas de las barbaridades que, tocante al leninismo, a la ex-Unión Soviética y al conjunto del difunto movimiento comunista, todo ciudadano parece que debe dar por sentadas. En una tercera y última parte, intentaría hacer percibir la actualidad de las seis tesis de Lenin que he recopilado y que comento brevemente en el estudio que sigue.
1. Cómo Vladimir Illitch entró en mi vida
Durante mucho tiempo, siguiendo el ejemplo de un gran autor, solía acostarme temprano. También desde hacía mucho tiempo me venían intrigando esas conversaciones en voz baja de las que Neruda escribía que separan más que un río el mundo de los niños del mundo de los adultos5. Aquella tarde, era en 1961, cenaba con la abuela y la tía que me cuidaban. Tenía entonces nueve años. Ellas habían preferido guardar el secreto y me hablaban de vez en cuando de un padre bastante fantasmal que supuestamente estaba de maestro en Argelia y que, a causa de la guerra, no podía volver a Francia. Ni una ni otra sabían que mi madre, sin decirme mucho más, en una de nuestras rarísimas entrevistas me había confiado que ese padre escribía también algunos artículos en la prensa bajo un seudónimo muy concreto.
Aquella tarde, como de costumbre, los tres escuchábamos el diario hablado de las ocho que emitía el enorme aparato de radio a unos pasos de allí, casi al centro de la gran pared del comedor. De pronto oí que Henri Alleg se había escapado de la prisión de Rennes y que la policía lo buscaba intensamente. «¿Es papá?» -pregunté de inmediato como si fuera algo evidente. Mi abuela por toda repuesta rompió a llorar, mientras mi tía me conducía hasta mi habitación y se deshacía explicándome más de media docena de veces lo que yo había comprendido ya desde la primera vez, a saber, que es posible estar en la cárcel sin por ello ser un criminal o un ladrón. Y que en el caso de mi padre, se trataba de un hombre de bien, de un valiente militante comunista. Pero de la tortura, aquella tarde no me dijo lo más mínimo. Semanas más tarde, mi madre, mi hermano (que había vivido con ella en París) y yo mismo, nos encontramos con mi padre en el andén de una estación de Praga. Después fueron la escuela soviética de Praga y el principio de una nueva vida. Las frecuentes menciones a Lenin en aquel país que nos acogía; las referencias de mis padres y de sus amigos a su clarividencia en la acción o a algunos de sus discursos; las inevitables bromas (dos aparatichs se preguntan por qué determinado cabaret de Moscú, aun imitando en todo a los de Occidente, no hace taquilla; y uno de ellos dice al otro que, en cualquier caso, la striptease era “políticamente segura” pues... había conocido muy bien a Lenin); algunas estatuas, por supuesto, así como su efigie en las insignias de aquellos «pioneros» que, tanto mi hermano como yo, habíamos llegado a ser. Después, durante el verano siguiente, Artek, en Crimea; Artek, «república de los pioneros»; Artek y las largas discusiones que avivaba a orillas del mar Negro el monitor encargado de nuestro «destacamento». Y más tarde, Ivanovo, la Casa Internacional de la Infancia, aquel internado tan soviético, a trescientos kilómetros al noreste de Moscú, en el que se acogía a los hijos de los griegos, iraníes y de otros países que habían sido más o menos martirizados por los defensores del «mundo libre». Fue en aquella época, indiscutiblemente, cuando Vladimir Illitch se impuso vivamente a mi atención.
Una curiosa historia: sobre algunas de las razones que han hecho el nombre de Lenin perfectamente impronunciable.
Desde luego que nuestros padres habían creído equivocadamente que llegarían a ver la victoria, la victoria por la que toda lucha, o casi, desembocaría en lo que Marx había llamado el “último desenlace”6. Sin duda que hubieran preferido comprender la historia como si estuviera escrita en futuro perfecto. Sus combates, su entrega, su coraje, de buena gana se los hubieran imaginado como los de los cuatro evangelistas de una famosa vidriera de Chartres cabalgando a lomos de cuatro profetas del Antiguo Testamento. La II Internacional había traicionado y desnaturalizado la promesa, la muy profana promesa de la lucha contra la guerra y de la revolución obrera; la Internacional de Lenin aportaba, al contrario, por la vía más recta, la paz y la justicia a las naciones. Después concedieron generosamente a Stalin el rol de un Katagarama, es decir, de ese dios de Sri Lanka, de ese hijo de Siva que según la leyenda llegó a ser generalísimo de trescientos millones de dioses, después de su victoria contra los Asura, los Titanes. ¿Nos habríamos comportado nosotros mismos de otro modo si hubiésemos tenido veinte o treinta años al día siguiente de la derrota del nazismo? Una derrota que había costado unos treinta millones de muertos a la Unión Soviética. Una derrota que sólo pareció posible e inevitable después del vuelco de la guerra: Stalingrado.
Pensando en mis colegas y en esos jóvenes estudiantes que me acogieron de manera tan sincera y calurosa durante la primavera de 2005, recordando Volgograd7 y su emocionante Universidad, esa ciudad en la que un millón de vivos camina sobre dos millones de muertos, yo quisiera decir una palabra sobre esa curiosa historia, sobre esa disparatada historia que los vencedores de hoy han tan rigurosamente balizado. Sobre esa curiosa historia que hace que el nombre de Lenin resulte hoy tan difícil de pronunciar. Lo que en 2006 se dice por ahí de la URSS de antes y durante la segunda guerra mundial; lo que se dice de los setenta años soviéticos, que unánimemente todo el mundo estaliniza; lo que se dice del “totalitarismo”, un concepto comodín donde los haya; y en cuarto lugar, lo que se dice del fin de la Unión Soviética. Es a propósito de esos cuatro “se dice” que yo quisiera ahora ... decir a mi vez unas palabras.
* Porque la historia siempre la escriben, o más bien la re-escriben, los vencedores. Marx, señala Lenin, ya en su tiempo subrayaba cómo la reacción había logrado en Alemania «eliminar casi completamente de la conciencia popular el recuerdo y las tradiciones de la época revolucionaria de 1848»8. No es mucho decir que tales consideraciones podrían, mutatis mutandis, ser aplicadas fácilmente a los quince o veinte últimos años del siglo XX y a la violencia que se hizo a la historia real de este siglo.
Usando y abusando del adagio en virtud del cual los objetos no aparentes y los objetos no existentes se guían por la misma lógica, periodistas, fast thinkers e investigadores de ocasión han conjugado sus esfuerzos tan bien, que parece como que hubieran hecho desaparecer la URSS. De non aparentibus et de non existentibus eadem lex est. Los sondeos valen lo que valen, es decir, muy poco; o algo peor9. Pero no está de más destacar que, según un estudio del IFOP, solamente el 20% de los franceses pensaba en 2004 que la participación de la URSS fue determinante en la victoria sobre el nazismo (contra, según parece, el 57% en 1945)10. Hay que reconocer también que la ignorancia es a tal punto gigantesca que una mayoría de jóvenes franceses encuestados para otro «sondeo», consideraba que la URSS había sido aliada de ... la Alemania hitleriana durante la segunda guerra mundial11. Eco lejano, sin duda alguna, en mentes devotas de la publicidad y de la aculturación, del principal acto de acusación formulado en materia internacional contra la Unión Soviética de entre-guerras: la firma, el 2 de agosto de 1939, del pacto germano-soviético. Retomando la tesis de los historiadores Lewis B. Namier y Alan John Percival Taylor12, los nuevos trabajos de historiadores anglófonos aclaran sin embargo las condiciones en las que la URSS llegó a esta decisión. Muestran cómo la terquedad de Francia y de Gran Bretaña en su política de «apaciguamiento», dicho de otra manera, de capitulación ante las potencias fascistas, arruinó el proyecto soviético, proyecto que apuntaba a la «seguridad colectiva» de los países amenazados por el Reich. De aquí los acuerdos de Munich (29 de septiembre 1938), según los cuales París, Londres y Roma permitieron a Berlín anexionarse, dos días más tarde, los Sudetes. Aislada ante un III Reich que tenía en adelante las manos libres en el Este, Moscú firmó con Berlín (insisto, en agosto de 1939) el pacto de no agresión que la protegía provisionalmente13. «La oposición de Chamberlain a una alianza con los soviéticos», así escribe Michael J. Carley, y sobre todo el «anticomunismo» (decisivo a cada fase clave desde 1934-1935), el «miedo a la victoria sobre el fascismo» que latía en los gobiernos británico y francés, asustados de que el rol dirigente que se prometía a la URSS en una guerra contra Alemania extendiese su sistema a todos los beligerantes, las múltiples prórrogas tendentes a la postre a dejar a Hitler las «manos libres en el Este», todo esto fue, «no solamente determinante para el fracaso de las negociaciones trilaterales del verano de 1939», sino que constituyó también «una de las causas mayores del desencadenamiento de la Segunda Guerra mundial»14. En cuanto al hecho de que Stalin hubiera reclamado a los occidentales, desde agosto-septiembre de 1941, la apertura de un «segundo frente» al Oeste (envío de divisiones aliadas a la URSS o desembarco en las costas francesas) y que tuviera que esperar por este segundo frente hasta junio de 1944, parece que sólo algunos antiguos dirigentes del Partido Comunista Francés, al menos en nuestras latitudes, lo cuentan aún en sus memorias15.
A finales de marzo de 1945, quedaban 26 divisiones alemanas en el frente occidental contra 170 divisiones en el frente Este, donde los combates se encarnizaron al extremo16. Pero antes de esto, como lo recuerda en detalle el Livre noir de Ilya Ehrenburg et Vassili Grossman, judíos y eslavos (cuyo exterminio planificado por el III Reich llegó a alcanzar de 30 a 40 millones de individuos) perecieron por millares en Oradour-sur-Glane. Los novecientos días de asedio de Leningrado (julio 1941-enero 1943) acabaron con un millón de habitantes de los dos millones y medio que contaba la ciudad; de ellos más de 600.000 durante la hambruna del invierno de 1941-1942. En total, 1700 ciudades, 70.000 pueblos y 32.000 industrias fueron arrasados.
* Por lo demás, dos imposturas interesadas no han dejado de enturbiar las investigaciones sobre la Unión Soviética durante los últimos treinta años. 1º/ La primera consiste en presentar el anticomunismo como un análisis de la URSS. La sovietología fue muy a menudo la aventura del Pourquoi-Pas? «El problema del experto en asuntos soviéticos, escribía en este sentido Alain Besançon, no es primordialmente, como ocurre en otros dominios, poner al día sus conocimientos. Su mayor dificultad es dar por verdadero lo que algunos tienen por inverosímil, creer lo increíble»17. 2º/ La segunda de estas imposturas consiste, según la expresión de Moshe Lewin, en «estalinizar» el conjunto del fenómeno, el cual, del principio al fin, nunca habría sido más que un inmenso «gulag» uniforme y persistente18.
Ahora bien, y por empezar por el fin, estaríamos seguramente mejor informados si, a la vista de las diferentes fases, de los cambios de dirección, de las profundas transformaciones que han marcado la historia del socialismo real, habláramos no de un régimen sino más bien de regímenes soviéticos. ¿O es que no basta la eliminación del estalinismo en Rusia y del maoísmo en China para probar que la forma más despótica del ejercicio del poder no constituía ni un parámetro independiente de las circunstancias del momento (y de las tradiciones históricas) ni una patología incurable? A menos que se quiera comparar no sólo a Stalin con Hitler, sino también a Lenin con Hitler, a Kruchev con Hitler, a Brejnev con Hitler, etc. Después de todo, la prensa de nuestra chusca izquierda no tuvo empacho, a principios de los años ochenta, en recalcar el tema de un «nacional-socialismo pintado de rojo» a propósito de la Polonia del general Jaruzelski19. Sin embargo nos parece más serio y mucho más conforme a la verdad admitir, con Moshe Lewin, que el sistema soviético ha existido «en dos o tres versiones» por lo menos20. ¿La misma Hannah Arendt (una vez no hace costumbre) no ha intentado precisar su concepto fetiche, el del «totalitarismo», cuando escribió en su día que «Rusia no llegó a ser plenamente totalitaria sino después del proceso de Moscú, es decir, un poco antes de la guerra»21? Esta tentativa de seriación merece ser destacada con cuidado, con emoción incluso, en una autora que no temió comparar el comunismo a un «dragón»22, ni presentar como perfectamente simétricas «ideología racista» e «ideología comunista»23; en una autora que, en la más pura línea de la guerra fría, opinaba sin el menor comedimiento sobre el «mundo libre» y su «combate contra el totalitarismo»24, poniendo en práctica esa «difamación lingüística a priori», esos trucos del lenguaje que, como escribía muy acertadamente H. Marcuse, lejos de limitarse a definir al Enemigo, lo constituyen; y el Enemigo así creado no se muestra ya tal como es en realidad, sino tal y como hace falta que se presente para cumplir la función que le atribuye el orden establecido. Mientras que para quien se opone a este enemigo, añadía Marcuse, al revés, «el fin justifica los medios». Los crímenes (sobre todo los que el ejército USA cometió en Vietnam) «dejan de ser crímenes si sirven a la protección y a la extensión del “Mundo libre”»25.
* Tampoco podemos abordar aquí más que de pasada la gran pregunta cuyo solo planteamiento pasaría poco menos que por una duda sacrílega: ¿Es realmente serio declarar como lo hace Hannah Arendt (cuyo discurso, hasta una moda muy reciente, apenas si tuvo aceptación en Europa) que «los sistemas nazi y bolchevique» no son sino «dos variantes de un mismo modelo»?26 En un libro que hizo mucho ruido en el momento de su aparición, se manejaba con raro brío esta forma más que expeditiva de unidad dialéctica de los contrarios. El prologuista de la obra citada, en absoluto se planteaba poner en cuestión la «singularidad de Auschwitz», para afirmar apenas unas páginas más adelante, nada menos que los regímenes comunistas habrían «cometido crímenes que alcanzaban alrededor de cien millones de personas, contra alrededor 25 millones al (sic) nazismo»27. Y como una contradicción de más o de menos no tiene importancia, el mismo escribía un poco antes: «no es nuestra intención aquí establecer una macabra aritmética comparativa cualquiera, [una] contabilidad por partida doble del horror, [una] jerarquía de la crueldad»28. Al fin y al cabo, como escribió otro, sin sentido del ridículo, «¡qué pesa un cero cuando se calcula en mega-muertos!»29.
La verdad menos controvertible es que la evaluación del número de víctimas de la represión en la URSS llegó a ser en Occidente, a partir de 1975, un circo especialmente destinado a ejercitar las fuerzas de los luchadores. A este propósito se adujo un cortejo de hechos tan inverosímiles que la realidad difícilmente ha podido verificar. Una cifra contradice a la otra, destruyendo así su pretensión de pertinencia científica. Ateniéndonos sólo a la literatura franco-francesa y a los libros que han podido impresionar a espíritus de más allá del muy restringido campo del Landerneau universitario, señalaré que Jean Ellenstein, en una Historia de la URSS publicada en 1973, estimaba en unos millones el número de deportaciones que tuvieron lugar en la Unión soviética30. Unos años más tarde, Charles Bettelheim, mencionaba por su parte las estimaciones de Wiles, que había fijado la cifra de 1,62 millones para los años 1931 a 1937 y de 4,32 millones para 1938, añadiendo que esta cifra le parecía «elevada»31. En 1977, los autores eurocomunistas de La URSS y nosotros avanzaban «una suma mínima de diez millones de soviéticos muertos a consecuencia de las dos grandes oleadas de represión de los años treinta»; dicho de otra manera, de los años 1930-33 y 1935-3832. André Glucksmann (ex-maoísta que, veinte años más tarde, saludaría con entusiasmo cada una de las operaciones que el Pentágono anuncia para pasado mañana), pasaba, en el espacio de dos años, de «15 millones de muertos probables» a 40 millones de muertos «probablemente»33. Y para terminar con este alucinante y lúgubre recuento, citaré las cifras que avanzan dos autores que, sin ser franceses, fueron, tanto en Francia como en otros sitios, considerados más allá de cualquier límite: primero Solzhenitsyn, (900.000 ejemplares del tomo primero de El Archipélago del Gulag vendidos en Francia desde 1983, es decir, diez años más tarde de la salida del libro). Alexandr Solzhenitsyn, que aseguraba que en la URSS... 66 millones de hombres habían perecido por el régimen comunista; y, last but not least, Michael Volensky, el autor de La Nomenclatura (400.000 ejemplares vendidos en Francia), que anunciaba que el tributo pagado por los pueblos soviéticos a la dictadura entre 1917 y 1959, se elevaba a 110 millones vidas humanas34.
¿Quiere decirse que no pasó nada? ¿que no se cometió ningún crimen? ¿que Evguenia Guinzbourg no ha descrito en páginas punzantes la locura de una vida en régimen de concentración que no le hizo cambiar de ideal?35 ¿que el terror no pesó sobre el país, durante largos años al menos, como una aplastante chapa de plomo? De ninguna manera. Yo solamente pregunto si, a fuerza de pretender que es indecente dedicarse a hacer las cuentas del Gran Capitán en materia de horror, se tiene fundamento para proferir acusaciones más desmedidas que cualquier cifra asignable. Y a hacer pasar por la gatera los montones de dientes de oro, las cabezas reducidas de prisioneros utilizadas de pisapapeles, las pantallas de piel humana, las experiencias diabólicas de médicos venidos del infierno, etc. Yo pregunto, antes de entregarme sin más a la autoflagelación de los vencidos, nos preguntamos sencillamente, nosotros que del comunismo hemos conocido sobre todo la rectitud, las luminosas esperanzas y el heroísmo que caracterizaba a nuestros mayores, que se nos diga más precisamente, de qué nos están hablando, cuál fue la escala de los crímenes en cuestión.
El fondo de la cuestión habrá consistido, a fin de cuentas, en poner bajo el mismo rasero estalinismo y nazismo. En colar por la misma trampilla los más generosos sueños de decenas y decenas de millones de hombres y de mujeres a través del planeta; sueños que, durante decenios, han acompañado la existencia del «socialismo real». En reducirlos al mismo nivel que las obscenas pasiones de aquellas multitudes que los fascistas nunca galvanizaron más que a base de llamadas al odio e incitaciones a carnicerías. En este mismo movimiento se llegó al fin a lo esencial de lo que se había propuesto, es decir, a la identificación definitiva del verdadero y único Belcebú, del Mal auténtico y original. Jean Michel Chaumont ya reprochaba con razón a H. Arendt su asimilación del «Gulag» con «Auschwitz», considerados como dos esencias platónicas, como dos “isolats” comparables a Ideas situadas en las nubes36. «“El asesinato por pertenencia de clase” perpetrado por los bolcheviques ¿no es el precedente lógico y factual del “asesinato por pertenencia de raza” perpetrado por los nazis?»: esta frase del historiador alemán Ernest Nolte37, podría encontrase también en H. Arendt38. ¿No hay un «nexo de causalidad», llegó a escribir Nolte39, entre “el asesinato por pertenencia de clase” y “el asesinato por pertenencia racial”, del cual, según él, no es sino una réplica? ¡ Post hoc, ergo propter hoc! 40 Auschwitz sería , al fin y al cabo, según este historiador, una «copia» del Gulag, pero una «copia deformada», una copia «más horrible que el original». “Auschwitz” se correspondería con “Gulag” como una consecuencia directa.41 Porque “Auschwitz” sería el resultado «principalmente [...] de una reacción, fruto ella misma de la angustia suscitada por los actos de exterminio cometidos por la revolución rusa»42. Después vendrán, como es lógico, las contorsiones destinadas a negar que así se llega a «banalizar» las atrocidades nazis, etc. ¡Claro, «ningún asesinato”, y menos aun un asesinato masivo, puede “justificar” otro», prosigue Nolte!43 Pero al final, a pesar de la evidencia de la documentación histórica y a pesar de la cronología, fascismo y nazismo habrían constituido «la respuesta radical», la «contraparte» y la «imagen» del estalinismo44.
El hecho de que tales tesis hayan sido divulgadas y tomadas en serio por los universitarios franceses (a menudo ex-comunistas), constituye ya de por sí un síntoma de lo que ha pasado en el campo histórico-mediático desde los años 1975-8045. Pero que eso haya llegado a ser la doxa, una de las “evidencias” para el occidental medio, parece evidentemente espantoso. Un ejemplo entre mil: en Budapest, en el número 60 de la avenida Andrassy, en una Hungría donde en el espacio de unos meses medio millón de judíos fueron forzados a partir hacia los campos de exterminio nazis, el turista puede visitar una «Casa del Terror» con muchas más salas dedicadas a los horrores del periodo de dominación comunista que al terror nacional-socialista. En medio de un diluvio de mensajes que afectan a todos los sentidos al mismo tiempo (música ensordecedora, televisiones gigantes o no, carteles, cascos audiovisuales encarecidamente recomendados por el personal del “museo”), se ha practicado la amalgama hasta el ridículo: aquí un uniforme de soldado soviético junto a un uniforme nazi, allí se confunde la deportación (deportation) hacia los campos de exterminio con el desplazamiento forzoso (resettlement) de decenas de miles de húngaros el día siguiente de una guerra durante la cual las autoridades del país no habían, es lo menos que se puede decir, elegido el mejor partido. Una sorprendente imitación de Yad Vashem, con luces del peor gusto, completa el conjunto y remata la puesta en escena.
¡Ya está bien! Ya es hora de volver a leer con un poco de lucidez y de preocupación por la verdad esas declaraciones tajantes que han deslumbrado París durante treinta años y cuyos autores siempre fueron citados con extrema seriedad. Por ejemplo, ésta: el totalitarismo, «en la Unión Soviética, durante el régimen ligado al nombre de Stalin, alcanzó un grado que ni de lejos fue igualado por el fascismo ni por el nazismo»46. Juntémoslas, pues no pueden por menos que ir juntas, con las campañas algo más recientes a favor de un “Nuremberg del comunismo”, con la completa deslegitimación de todo discurso que se refiera de cerca o de lejos al marxismo en la Universidad francesa, y preguntémonos cuáles pueden ser los efectos inmediatos en un país en cuyo seno se observan cada vez más frecuentemente comportamientos y actos que nos devuelven a los años treinta. «Y es así, se dice en La Noche de los Reyes de Shakespeare, como el torniquete del tiempo ajusta sus venganzas»47.
* Por cierto, The Fall of the Soviet Empire48, The Disintegration of the Soviet Union 49 , The Causes of the Soviet Collapse 50 , L”Énigme de la désagrégation communiste 51 , etc., así como la lista de expresiones y declaraciones de esta especie sobre el fin de la Unión Soviética en 1989-91, podrían dar lugar a una interminable letanía de calificaciones convergentes todas en esto: la URSS «se desmoronó en unos meses como un castillo de naipes»; el sistema «se hundió por sí mismo»52; etc. El breakdown (es decir, la avería, la descomposición, más aun, el estallido de la Unión soviética) como escribe Nick Besley, sería debido a cuatro causas, en última instancia todas ellas internas: el ascenso de los nacionalismos que el fin de la Guerra fría había hecho posible; los malos resultados del sistema económico; la «fragmentación de la elite»; y la caída de la instituciones del Estado53. Por su parte Moshe Lewin, de ordinario bastante más circunspecto, afirma que «no es la carrera armamentística [...] la que causó la muerte de la URSS, aunque haya tenido su influencia». El «factor decisivo» habría que buscarlo según él, «en los “mecanismos” propios del sistema soviético»54.
A Albert Soboul sin embargo, le gustaba repetir en sus cursos dedicados a la Revolución francesa, que el 10 de agosto de 1792 (día de la insurrección popular que obligó a la Asamblea legislativa a pronunciarse por la suspensión del monarca) no había habido “caída” sino derrocamiento de la monarquía. “Porque, añadía con cierta sonrisa, ésta no había caído ella sola”. Pues bien, en 1991 la URSS tampoco “cayó ella sola”. El principio de la “guerra fría” y el final de su resurgimiento, después del intermedio de la tregua de la “distensión” de los años 72-80, ¿acaso no habían estado señalados por dos advertencias militares de lo más explícito? Fueron amenazas no sólo de guerra, sino de guerra total o de aniquilamiento: la destrucción de Hiroshima y Nagasaki decidida por Harry Truman y el programa de «guerra de las estrellas» lanzado por Ronald Reagan55. Nadie, o casi nadie, de aquellos que han descrito el reciente fin de la URSS, habrá dado cuenta de que uno de los objetivos explícitos de la Iniciativa de Defensa Estratégica (IDS), lanzada en 1983 por el equipo de Reagan, era «poner de rodillas a la potencia soviética», quebrantarla para después arruinarla por medio de un relanzamiento desenfrenado de la carrera armamentística. Por eso nos parece absolutamente evidente el carácter mistificador de categorías que pretenden definir como un proceso puramente espontáneo e interno una crisis que no se puede separar de la formidable presión ejercida por el campo contrario. Y la categoría de «implosión» o de «colapso», así como todos sus sucedáneos enumerados más arriba, podría por tanto participar perfectamente de una mitología apologética del capitalismo y del imperialismo. Como escribe Losurdo, ya no sirve más que para «coronar a los vencedores»56.Concluyamos. Nada hemos dicho hasta ahora, tal vez se habrá notado, de una población cada vez más empobrecida, humillada, forzada a recurrir al sistema D para sobrevivir. Ni del descenso de la esperanza de vida en Rusia. Ni del hecho de que la pequeña pantalla haya llegado a ser ocio predominante. Nada tampoco del nivel de vida de la población rusa y de su cobertura social que no han cesado de degradarse desde principio de los años 90. Nada hemos dicho de esa innegable nostalgia que sienten muchos de entre los menos jóvenes por los tiempos pasados. Nos hemos limitado a sugerir que el régimen salido de la Revolución de Octubre 1917 fue capaz de salvar al país de una descomposición que ya estaba iniciada, de levantar un sistema industrial por medio de los primeros planes quinquenales de antes de la guerra, de acabar con la misma guerra, de gestionar su inmenso territorio practicando una especie de “internacionalismo interno” del que ninguna otra potencia ha dado pruebas con sus antiguas colonias, de dar una educación escolar y universitaria a su población y de reformarse llegado el caso. Tantos factores que atestiguan avances muy considerables respecto a la vieja Rusia57. Quiere decirse que la cuestión del balance del periodo histórico iniciado con la revolución soviética y con la llegada de Lenin al poder queda abierta. Quiere decirse que una cuestión tan extensa merece algo más que panfletos, que aproximaciones de la peor laya o escritos de circunstancia.
Actualidad de Lenin
Y ahora, he aquí en su más pura aridez y en su formulación más lapidaria, la seis tesis que creo se pueden sacar de lo que Lenin escribió acerca de la idea de revolución:
1º/ La revolución es una guerra; y la política es, de manera general, comparable al arte militar.
2º/ Una revolución política es también y sobre todo una revolución social, un cambio en la situación de las clases en que está dividida una sociedad.
3º/ Una revolución está hecha de una serie de batallas; corresponde al partido de vanguardia a facilitar en cada etapa una consigna adaptada a la situación objetiva; a él incumbe reconocer el momento oportuno de la insurrección.
4º/ Los grandes problemas de la vida de los pueblos se resuelven solamente por la fuerza.
5º/ Los revolucionarios no deben renunciar a la lucha en favor de las reformas.
6º/ En la era de las masas, la política empieza allí donde se encuentran millones de hombres, decenas incluso de millones. Hay que señalar además, el desplazamiento tendencial de los focos de la revolución hacia los países dominados.
Quisiera hacer constatar la actualidad de estas tesis, de los hechos que su autor invocaba y de las consideraciones que las han fundamentado, en esta época en que el orden mundial parece haber regresado a los tiempos de las conquistas de América, de Asia, de África y de Oceanía. Vastos territorios, riquezas y, sobre todo, una inmensa fuerza de trabajo disponible, espera a los nuevos señores. En esta guerra, la política en tanto que motor del Estado-nación parece haber casi desparecido: durante los últimos quince años no ha servido más que para «gestionar» la hegemonía del business, y los políticos apenas son más que comparsas encargados de secundar las voluntades del mundo de los negocios. Destruida su base material, su soberanía e independencia anuladas, anulada su clase política, el Estado-nación ha venido a dar en simple aparato de seguridad al servicio de las grandes empresas58. La teoría del comercio internacional nos dice lo ventajoso que es para cualquier país pasar del estrecho mercado nacional al libre cambio globalizado. Y se acepta por supuesto, que en el nuevo supermercado planetario, la apertura de los cambios origina perdedores en gran número y sólo algunos ganadores.
El liberalismo, la teología neoliberal, ha comido los cerebros. Gracias a una asombrosa inversión de papeles, en adelante su discurso perito va a tachar las reivindicaciones populares de “conservadurismo” pretendiendo ver el “progreso”, la “reforma”, en la regresión social, en la desregulación generalizada. Lo mismo que cuando, en los últimos tiempos de la Unión soviética, a Boris Yeltsein (otra curiosa inversión semántica) se le consideraba de “izquierdas”, a Mikael Gorbachov de “centro” y la “derecha” reagrupaba, claro está, a todos aquellos que no suspiraban por la restauración del “libre mercado” y el pillaje de los bienes del Estado... Como escribían muy acertadamente Pierre Bourdieu y Loïc Wacquant, para desdibujar las transformaciones contemporáneas de las sociedades avanzadas, la nueva Vulgata planetaria se apoya en una serie de oposiciones y equivalencias que se sostienen y corresponden mutuamente: desentendimiento económico del Estado y reforzamiento de los componentes policiales y penales, desregulación de los flujos financieros y desencuadramiento del mercado de trabajo, reducción de la protección social y exaltación moralizante de la «responsabilidad individual».
Y seguían con una lista de las más trilladas de entre las antinomias tanto sumarias como binarias:


Mercado

Estado
libertad
abierto
flexible
dinámico, móvil
futuro, novedad
crecimiento
individuo, individualismo
diversidad, autenticidad
democrático
coerción
cerrado
rígido inmóvil
paralizado
pasado, atrasado
inmovilismo, arcaísmo
grupo, colectivismo
uniformidad, artificialidad
autocrático (“totalitario”)59

Consecuentemente, el diferencial de ingresos entre los países más ricos y los países más pobres, según el informe anual del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas (PDNU) para 1999, pasó del 30 por 1 al 60 por 1 en 1990 y al 74 por 1 en 1997. Y las desigualdades no paran de crecer en el seno de las naciones provocando tensiones sociales, revueltas raciales y otras guerras civiles más o menos larvadas. Porque una mundialización de este tipo, un sistema tal, que multiplica paradójicamente las fronteras pulverizando los estados, ofrece el mejor porvenir a la guerra.
Nuevas formas de organización; un mínimo de disciplina sin la cual ninguna acción colectiva es posible; un nuevo universalismo, una doctrina y, de paso, una doctrina de combate, eso es lo que nos traerá inevitablemente este siglo que viene, y ello tan seguro como la sorpresa y el descoloque en que nos puso la Restauración en curso. Tal vez, de las seis tesis que vamos a estudiar más de cerca, podamos sacar algunas enseñanza muy útiles en un porvenir no tan lejano como se cree.
NOTAS:
1 Véase, por ejemplo, MARX, K. Epílogo a la 2ª edición alemana de El Capital, libro 1º, t. I, Akal, Madrid, 2000, p. 30. Véase asimismo, en el mismo Hegel: Enciclopedia, Prefacio de la 2ª edición, París, Vrin, 1970, p.19.
2 LOSURDO, D. Fuir l’histoire? Essais sur l’autophobie des comunistes. Paris, Le Temps des cerises, 2000, pág. 18-19
3 Ibid, p.9; ver igualmente, pp 45-46 y 65
4 DIÓGENES LAERCIO, VI, 64
5 NERUDA, P. Confieso que he vivido: memorias [1974], Barcelona, Seix Barral, 1976
6 MARX, K. Miseria de la filosofía [1847] Madrid, Ediciones Orbis S.A, 1984
7 Como es sabido, es el nombre que se le dio a la antigua Stalingrado en 1961, durante el proceso de desestalinización. [Este hecho hace que apenas se relacione a Volgogrado con la famosa ciudad de la guerra. (N. Del T.)]
8 “Contra el boicot” V [julio 1907], p.32. Se trata del boicot de la IIIª Duma, que proclamaban sobre todo los socialistas revolucionarios; Lenin no pensaba, a la ocasión, que la consigna “boicot” (consigna que él había defendido con ardor en periodo de ascenso revolucionario, es decir, hasta febrero-marzo de 1906, fecha de las elecciones a la Iª Duma de Estado) fuese tan oportuna en 1907.- Cf. la carta de K. Marx a L. Kugelmann fechada el 3 de marzo de 1869, en Cartas a Kugelmann, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975.
9 Ver más adelante en el epílogo.
10 Estudio del IFOP, cuyos resultados se pueden consultar en la siguiente dirección: www.ifop.com/europe/sondage/opinion/60ansdday.asp
11 Sondeo realizado en junio 1984, unos días antes de una “conmemoración” muy marcadamente atlantista del desembarco aliado en las playas de Normandía.
12 Cf. NAMIER, L.B., Diplomatic Prelude , 1938-1939, Londres, Mcmillan & Co. Ltd, 1948; y/ TAYLOR, A.J.P., Los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, Barcelona : Luis de Caralt, 1963. (“Por más vueltas que demos –escribe–a la bola de cristal para intentar adivinar el porvenir situándonos en el punto de vista del 23 de agosto de 1939, es difícil ver otro camino que los rusos pudieran seguir “)
13 Véase la notable puesta a punto que hizo a este propósito Annie LACROIX-RIZ, profesora de historia contemporánea en la Universidad de París VII, en Le Monde Diplomatique de mayo 2005: “El papel "olvidado" de la Unión Soviética” ; así como su ensayo: L’Histoire contemporaine sous influence, París, Le Temps des cerises, 2004.
14 CARLEY, M.J., 1939 The Alliance that Never Was and the Coming of World War 2, Chicago, Ivan R. Dee, 2000.
15 Véase THOREZ-VEERMEERSCH,J. La vie en rouge, Mémoires, París, Belfond, 1998, pp. 84-88 (un libro del que el ex-maoísta Stéphane Courtois -convertido ahora en Gran Inquisidor- me atribuye la redacción, según me dicen, bajo pretexto de que yo he añadido un epílogo, una afirmación digna de la seriedad de su autor)
16 Cf. KOLKO, G., The Politics of war . Allied Diplomacy and the World Crisis of 1943-1945, Londres, Weidenfeld and Nicolson, 1969, p.372
17 BESANÇON, A., Breve tratado de sovietología; prólogo de Raymond Aron ; [trad. del francés por Jaime Jerez,] Madrid : Rialp, 1977. El subrayado es nuestro.
18 Cf. LEWIN, M., “Diez años después del fin del comunismo. Rusia frente a su pasado soviético”. En Le Monde Diplomatique, diciembre 2001.
19 Véase, entre otros muchos ejemplos, Le matin de Paris, 2-3 de enero de 1982
20 Cf. LEWIN, M., “Diez años después del fin del comunismo. Rusia frente a su pasado soviético”. loc. cit.
21 ARENDT, H., La nature du totalitarisme [1954], trad. al francés por M.-I. B. De Launay, Paris, Payot, 1990, p. 114
22 ARENDT, H., “Les ex-comunistes”, retomado en Penser l’événement, Paris, Belin, 1989, p. 174
23 ARENDT, H., La nature du totalitarisme, op. cit., pp 115-116. –Del mismo modo la “burguesía”, en cuanto que enemigo a abatir, jugaría, en la ideología comunista, un papel exactamente análogo al de los “Judíos” en la ideología nazi, etc.
24 ARENDT, H., “Les excomunistes”[1953] retomado en Penser l’événement, op. cit., p. 165
25 MARCUSE, H., Vers la libération, París, Denoël/Gonthier, 1969, pp. 139-141
26 Cita sacada de Los orígenes del totalitarismo [1951]. III. El sistema totalitario, (Trad. de G. Solana) Madrid, Alianza, 1998
27 Cf. COURTOIS, S., Prefacio al Libro negro del comunismo, Madrid, Espasa Calpe, 1998
28 Ibid., p.25- Los corchetes significan que he tenido que corregir la sintaxis que tampoco es correcta
29 Cita tomada de otro historiador puntilloso: LEVY, B.-H., La Barbarie con rostro humano, [1977] Buenos Aires, Prometeo,1978
30 ELLENSTEIN, J., Histoire de l’URSS, París,Ëditions Sociales, 1973, t. II, pp. 170 sg,y 224sg
31 BETTELHEIM, Ch., Las luchas de clases en la URSS Madrid. Siglo XXI de España Editores, S.A., 1976 [publicado en 1974]; así como WILES, P.J.D., “The number of Soviet Prisoners” artículo dactilografiado en la Biblioteca del Congreso, Washington, 1953
32 ADLER,A. et al., L’URSS et nous, París Ëditions Sociales, 1978, pp. 60 y sg.
33 Cf. Respectivamente, GLUCKSMANN, A., La Cuisinière et le mangeur d’hommes, París, Seuil, 1975, p. 121, e Id., Los maestros pensadores, Barcelona, Anagrama, 1978
34 Véase por ej. SOLZHENITSYN, A., Carta a la Conferencia de los pueblos oprimidos por el comunismo, de Estrasburgo el 5 de octubre de 1975, y VOSLENSKY, M., La Nomenclatura, París, Belfond, 1980, pp. 503-504.
35 Cf. GINZBURG, E.S., El vértigo, Barcelona. Galaxia Gutenberg, 2005 y El Cielo de Siberia, Barcelona, Argos Vergara, 1980
36 Cf. CHAUMONT, J.-M., “La singularité de l’univers concentrationnaire selon Hannah Arendt” en ROVIELLO, A.-M. y WEYEMBERGH, M., Hannah Arendt et la modernité, París, Vrin, 1992: “Desde el momento en que ella tomó partido poniendo en el mismo plano el judeocidio y la exterminación (sic) de los Kulajs, [H. Arendt] se quedaba desautorizada para otorgar a la política nazi de exterminación ninguna singularidad”.
37 NOLTE, E., “Un pasado que no quiere pasar” en: Historikerstreit, München, 1987; trad. al francés Devant l’historie. Les documents de la controverse sur la singularité de l’extermination des Juifs par le régime nazi, Paris, Éditions du Cerf, 1988, p. 34.
38 Ver por ejemplo, el texto de las pp. 115-116 de La nature du totalitarisme que hemos evocado más arriba, (p. 9 nota 4)
39 NOLTE, E., “Un pasado que no quiere pasar”, en: Devant l’histoire, op. cit. p. 34.
40 “después de esto, luego a consecuencia de esto” (fórmula tradicional latina para designar la confusión de la causa con el antecedente en el tiempo)
41 NOLTE, E., «Légende historique ou révisionisme. Comment voit--on le III Reich en 1980», Conferencia pronunciada en 1980 y publicada en las pp. 8-23 de Devant l’histoire
42 ibd., p. 21
43 NOLTE, E., “Un pasado que no quiere pasar”, en Devant l’histoire op. Cit. p.34
44 NOLTE, E., Die Faschistischen Bewegungen [München, 1966], trad. francesa de Rémi Laureillard, prefacio de Alain Renaud, Les mouvements fascistes, Paris, Calman-Lévy, 1969 e 1991, p. 341.
45 Ver a este propósito la edificante correspondencia de Francois Furet con Ernest Nolte, editada bajo l título Fascisme et communisme, Paris, Hachette, “Pluriel”, 2000
46 Cita de Claude LEFORT, Un homme de trop. Réflxions sur “L’Archipiel du Goulag ”, París, Seuil, 1976, p.51
47 SHAKESPEARE,W., La noche de los Reyes, acto V, escena 3ª: And thus the whirligig of times brings in his revenges
48 J. B. DUNLOP, The Rise of Russia and the Fall of the Soviet Empire , Princeton University Press, Princeton (New Jersey), 1993.
49 Cf. B. FOWKES, The Disintegration of the Soviet Union, Basingstoke , Macmillan Press Ltd, 1997; também J. Williamson ed., Economic Consequences of Soviet Disintegration , Washington, D. C., Institute for International Economics, 1993.
50 Cf. N. BESLEY, The End of the Cold War and the Causes of the Soviet Collapse , Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2004.
51 Título de un trabajo editado por la Fundación Saint-Simon; cf. a este propósito: V. Laurent, «Enquête sur la Fondation Saint-Simon. Les architectes du social-libéralisme», Le Monde diplomatique, Septiembre de 1998.
52 TINGUY A. de, dir., L’Effondrement de l’empire soviétique, Bruxelas, Établissements Émile Bruylant, 1998, pp. 3 e 6.
53 BESLEY, N., The End of the Cold War and the Causes of the Soviet Collapse , pp. 109 y 120-121.
54 LEWIN M., “Quatre-vingt ans après la Révolution d’Octobre. Pourquoi l’Union soviétique a fasciné le monde», Le Monde diplomatique, Noviembre de 1997.
55 Cf. LOSURDO D., Fuir l’histoire?, op. cit., p. 37.
56 Ibid., p. 37.
57 Cf. LEWIN M., «Quatre-vingt ans après la Révolution d’Octobre. Pourquoi l’Union Soviétique a fasciné le monde», Le Monde diplomatique, Noviembre 1997.
58 Cf. a propósito, Marcos (sub-comandante), «“Pourquoi nous combattons” — La quatrième guerre mondiale a commencé», Le Monde diplomatique, Agosto 1997.
59 BOURDIEU y L. WACQUANT, «La nouvelle vulgate planétaire», Le Monde diplomatique, Mayo 2000.
Introducción a "Lenin y la Revolución", de Jean Salem, traducido por José María Fernández Criado, Ediciones Península, Barcelona 2010

jueves, 10 de diciembre de 2009

¿Qué significa el "vivir bien"?

Rafael Bautista S.
Bolpress
Marx ecologista: el capitalismo sólo sabe desarrollar el proceso de producción y su técnica socavando las dos únicas fuentes de riqueza: el trabajo humano y la naturaleza
El contexto en el cual se produce la reflexión acerca de lo que significaría un "vivir bien", es la crisis civilizatoria mundial del sistema-mundo moderno. La modernidad aparece como sistema-mundo (mediante la invasión y colonización europea, desde 1492), subordinando al resto del planeta en tanto periferia de un centro de dominio mundial: Europa occidental.
Desde ese centro se desestructura todos los otros sistemas de vida y se inaugura, por primera vez en la historia de las civilizaciones, un proceso de pauperización a escala mundial, tanto humano como planetario. Se trata de una forma de vida que, a partir de la conquista y la colonización del Nuevo Mundo, marca el inicio de una época que, en cinco siglos, ha producido los mayores desequilibrios, no sólo humanos sino también medioambientales. Es decir, una forma de vida que, para vivir, debe matar constantemente.
Para encubrir esto, debe producir conocimiento encubridor; el conocimiento que produce, en cuanto ciencia y filosofía deviene, de ese modo, en la formalización y sofisticación de un discurso de la dominación, elevado a rango de racionalidad: Yo vivo si tú no vives, Yo soy si tú no eres. La forma de vida que se produce no garantiza la vida de todos sino sólo de unos cuantos, a costa de la vida de todos y, ahora, de la vida del planeta.
La economía depredadora que se deriva del proyecto moderno, el capitalismo, no sólo produce la pauperización acelerada del 80% pobre del planeta sino destruye el frágil entorno que hace posible la vida humana; de esto se constata una constante que retrata al capitalismo: para producir debe destruir.
Por eso la sentencia de un Marx, ecologista avant la lettre, es categórica: el capitalismo sólo sabe desarrollar el proceso de producción y su técnica, socavando a su vez las dos únicas fuentes de riqueza: el trabajo humano y la naturaleza. Se convierte en una economía para la muerte; y su proyecto civilizatorio objetiva eso, de tal modo, que, por ejemplo, cuando la globalización culmina en un proceso de mercantilización total, la posibilidad misma de la vida, ya no de la humanidad entera sino de la vida del planeta mismo, se encuentra amenazada. Por lo tanto, la constatación de la crisis, no es sistémica, y no supone reformas superficiales sino que reclama una trasformación radical. Lo que está en juego es la vida entera. Una forma de vida que, por cinco siglos, se impuso como la naturaleza misma de las cosas, es ahora el obstáculo de la realización de toda vida en el planeta.
Quienes optan por esta forma de vida, no toman conciencia de la gravedad de la situación en la que nos encontramos, no sólo por ignorancia sino por la ceguera de un conocimiento que produce inconsciencia. En este sentido, el sistema-mundo moderno genera una pedagogía de dominación que, en vez de formar, deforma. Desde la inconsciencia no se produce una toma de conciencia. Esta toma de conciencia sólo puede aparecer en quienes han padecido y padecen las consecuencias nefastas de esa forma de vida: la modernidad.
La toma de conciencia produce la crítica al sistema. La crítica, si quiere ser crítica, sólo puede tomar como punto de referencia, la perspectiva de quienes padecen las consecuencias nefastas de un sistema basado exclusivamente en la exclusión, negación y muerte de su vida; es decir, las víctimas de este sistema-mundo: los pueblos indígenas. Ellos nos constatan (en la pauperización sistemática que sufren) a dónde nos conduce esa forma de vida. Se trata de un lugar epistemológico que tiene la virtud de juzgar al sistema como un todo. La referencia trascendental se encuentra como presencia de una ausencia: el grito del sujeto. Pero en este grito el sujeto incluye otro grito aun más radical: el grito de la Madre tierra, la pachaMama, el lugar donde se origina la vida.
Es decir, es la vida en su conjunto la que grita. Y ese grito es sólo posible de ser atendido, como grito humano; es decir, la responsabilidad por transformar el desequilibrio y la irracionalidad de este proyecto de la muerte, es responsabilidad humana. La Madre delega esa responsabilidad a sus hijos.
Y se trata de un grito, no sólo porque es desesperado; sino porque la forma de vida en la que nos hallamos sumidos hace prácticamente imposible escuchar; por eso sucede la aporía: en la era de las comunicaciones, esta es cada vez menos posible.
Se trata de una forma de vida que nos vuelve sordos. Ya no somos capaces de escuchar, por eso se devalúan las relaciones humanas; incapaces de escuchar nos privamos de humanidad. La mercantilización de las relaciones humanas hace imposible cualquier cualificación de nuestras relaciones; todas se diluyen en la cuantificación utilitaria de los intereses individualistas. El ismo del ego moderno es el que le ciega toda responsabilidad, al individuo, de sus actos. Incapaz de responsabilizarse de las consecuencias de sus actos y sus decisiones, el individuo colabora, sin saberlo, en la destrucción de la vida toda, incluso la suya propia. Se convierte en suicida. Todos al perseguir su bienestar exclusivamente particular, colaboran en el malestar general. Toda aspiración choca con la otra, de modo que las relaciones se oponen de modo absoluto. Sin comunidad, los individuos se condenan a la soledad de un bienestar que se transforma en cárcel.
Los seres humanos se atomizan, aparece la sociedad. Esta viene a ser un conjunto en continuo desequilibrio, porque se funda en el despliegue de una libertad que, para realizarse, debe anular las otras libertades. La sociedad es el ámbito del individuo sin comunidad; es un desarrollo que no desarrolla, un movimiento que no mueve, cuya inercia consiste en el desgaste que significa permanecer siempre en el mismo sitio, pero agotado. Su no movilidad empieza a mostrarse como el carácter de una época que debe de cambiar siempre para no cambiar.
Por eso produce cambios que no cambian nada. La moda es el reflejo de ese carácter: lo nuevo no es nuevo sino variaciones de lo mismo. La pérdida de sentido de la vida produce el sinsentido del cambio superficial: se cambian las formas pero seguimos siendo los mismos de siempre, se produce el maquillaje exagerado de una sociedad que, para no mostrarse lo podrida que está, debe continuamente negarse la posibilidad de verse de frente a los ojos. Se le nubla la visión, ya no sabe mirar lo sustancial y sólo atiende a las apariencias, la sociedad se vuelve un mundo de las apariencias.
La constatación de esta anomalía produce el desencanto, pero también una lucidez macabra. Porque si el ser humano es aquel que para ser lo que es debe transformarse siempre, la incapacidad de transformación se vuelve en resistencia y negación de un cambio real. La tendencia conservadora empieza a manifestarse no precisamente en los viejos sino en los jóvenes. No cambiar significa, en consecuencia, afirmar el yo y sus certezas, cerrarse a toda apertura. La tendencia conservadora es la que afirma el orden imperante y empieza a perseguir a todos aquellos que sí proyectan cambios necesarios.
Si el afán de cambio no trastorna lo establecido entonces ese afán es tolerado, es más, es deseado, porque el sistema requiere siempre de reformas que lo adecuen a las circunstancias. Pero si ese afán persigue un cambio total, entonces la reacción no tarda en aparecer. Si la forma de vida es la que hay que cambiar entonces no hay otra que cambiar de forma de vida. Si lo que se halla en peligro es la vida misma, entonces la reflexión en aquello que consiste la vida, empieza a cobrar sentido.
Si los sentidos se diluyen entonces precisamos dotarnos de un nuevo sentido, que haga posible el seguir viviendo: sin sentido de vida no hay vida que valga la pena ser vivida. Aquello que precisamente ocurre en la forma de vida moderna, cuyos sentidos se diluyen en puras formas sin contenido alguno. El mundo de las apariencias nos priva lo sustancial de la vida. Se aprende a ver sólo las apariencias; de modo que lo sustancia y esencial desaparece de nuestra visión.
Incapaces de poder advertir lo que realmente importa, nuestras propias vidas empiezan a carecer de importancia. Nos movemos en lo frívolo y lo superfluo. Pero ese movimiento no es un movimiento real; porque un movimiento real implica necesariamente un movimiento de la conciencia, pero en lo frívolo lo que se mueve son exclusivamente las cosas, las mercancías, quedando los seres humanos en meros portadores de estas: el movimiento de las cosas es el que ordena el movimiento humano. Lahumanidad se devalúa en la fetichización. Si la conciencia empieza a carecer de movimiento entonces adviene el retraso mental. La desidia es el reflejo de la incapacidad de movimiento de la conciencia.
La pereza no desea moverse de su lugar, aunque está dispuesta a movilizar su cólera, con tal de regresar a su letargo inicial. Por eso, la fuerza no es una demostración de poder sino la ausencia de éste. El poder real es aquel que es voluntad. La voluntad no necesita determinarse como fuerza. Su fuerza está en la capacidad de proyección que tenga. Proyectar significa exponerse, mostrar de lo que se es capaz, persuadir y convencer. La fuerza pura no hace nada de esto, su única exposición consiste en clausurarse. Clausurando a los demás se clausura a sí mismo.
En una situación colonial, la clausura del individuo es la constatación de la clausura que, como país, ha acontecido. Incapaz de proyectar un desarrollo propio, nos condenamos a depender, es decir a subdesarrollarnos. La clausura es incapacidad de ser sujeto. Quien no enfrenta el desafío de ser sujeto, se condena a ser objeto del desarrollo ajeno.
Una digresión. Bolivia ha sido un sueño proyectado siempre al borde de la muerte. Aún como sueño, nunca ha podido ver la luz del día, porque en ese parto, soñado una y otra vez, ha muerto no sólo la criatura, sino también la Madre. La muerte, en el sueño, no es definitiva, es una variante que muestra el sueño para proyectar su sentido. Pero el sueño proyecta no sólo variantes, también recurre a su reinvención y, entre una de ellas, se encuentra la imagen de la huida, del escape (de la muerte).
Escapar, en este caso, significa el mantener-se fiel en la espera; el que espera es el que tiene esperanza y se mantiene en la esperanza el que no ha perdido la fe: la madre y el niño son la posibilidad de lo imposible. Son la vida que alumbra la vida y le da sentido a la persistencia por vivir.
Quien levanta a la madre y al niño es aquel que toma la responsabilidad de preservar la vida, porque la vida se encuentra amenazada y la amenaza, precisamente, aquel que se pone en lugar de dios y pretende decidir quién vive y quién muere. Quien apuesta por la vida de la madre y el niño, apuesta por la vida en sentido eminente, porque no toda vida se encuentra amenazada, sino siempre la vida de los débiles. El poderoso es aquel que asegura su vida a costa de la vida de los débiles; devalúa la vida a la persecución de otras vidas, de tal modo que, la afirmación de su vida, significa la negación de las otras.
Esta afirmación tiene necesariamente que pretenderse divina para, de algún modo, mitigar su finitud. Recurrir a la idolatría del poder no es sólo una recurrencia maniática, es el fundamento mismo que asegura al poder repartir vida y muerte a granel. Quien decide quién vive y quién muere no es otro que dios y el hombre, que se pone en lugar de dios, no comete nunca asesinato, sólo cobra la deuda que impone su divinidad al resto de los mortales.
La madre es la posibilidad de la vida, en este caso, el niño; éste, a su vez, es el sentido de esta posibilidad. El sentido es lo que puede proyectarse, una vez que su posibilidad está asegurada; a partir del sentido es que se puede concebir lo que viene por-venir, el futuro. La Madre es también actualidad, es el nutrimento, el regazo que procura la vida; por eso la madre es símbolo de la tierra: pachaMama. La tierra es actualidad pero, como actualidad, es actualidad del pasado: el desde donde toda proyección cobra sentido. Apostar por la vida de la madre y el niño es apostar por la continuidad de la vida, por hacer posible la continuidad de la vida.
Pero el poderoso considera la vida de todos como una imposibilidad y busca, por todos los medios, mostrar esta imposibilidad como real. En lenguaje moderno, la recurrencia a este principio se manifiesta en el principio económico de no factibilidad o el principio político de inviabilidad. Todo proyecto que aspire a asegurar la vida de todos y, de estos, la vida de los más débiles es, en consecuencia (desde el legalismo del poder), no factible e inviable; porque asegurar la vida significa tanto como relativizar la presencia misma del poder.
Porque sólo hay ejercicio del poder cuando hay sobre quien ejercerlo y, mientras éste no sienta amenazada su vida, no tiene sentido tal ejercicio. Esa es la dialéctica del amo y el esclavo. Es el circuito por el cual toda dominación se reproduce ad infinitum, porque no hay otra forma de liberarse sino buscar otro a quien dominar. Bajo esta dialéctica toda liberación no es real sino pura ilusión porque, bajo la lógica del poder como dominio, toda liberación es un eufemismo por el que otra dominación se hace posible.
Por eso la apuesta por una nueva forma de vida trastoca todo y produce la resistencia feroz de lo conservador que permanece como lastre en un proceso de cambio. La tendencia conservadora, en este sentido, no sólo se encuentra en la otra vereda sino en la propia. La transformación que no es transformación subjetiva, es decir, transformación del sujeto, no es transformación real.
El cambio tiene, de ese modo, una precisión: es un cambio de transformación estructural: del Estado colonial al Estado plurinacional. El sujeto del cambio produce esta alternativa desde una toma de conciencia: la historia hecha conciencia. Sólo puede proyectar futuro desde su memoria hecha conciencia, es decir, producir una política coherente con su propia historia.
En este contexto, la alternativa que se nos presenta, proyecta su sentido como algo, cuyo contenido, viene señalado por nuestro propio horizonte de sentido. Lo que se persigue no es algo que viene de afuera sino algo que ha estado siempre entre nosotros. La ceguera consistía en no haber producido nunca el conocimiento adecuado para darnos cuenta de que las respuestas no están afuera sino adentro; que las preguntas que hacíamos eran falsas preguntas porque no eran preguntas que se deducían de nuestros problemas sino una ciega asunción de lo que se pensaba afuera.
Presos de una colonización subjetiva, nunca supimos cómo desplegar una forma de vida que asegure la vida de todos nosotros; presos del resplandor moderno de las mercancías, también nos devaluamos, aun en nuestra miseria, a desear aquello que nos sometía, como nación y como pueblo.
Nunca nadie nos enseñó cómo "vivir bien". Porque quienes nos podían haber enseñado aquello, eran quienes padecían el peso real del sometimiento estructural, sobre los cuales depositábamos las consecuencias de nuestras adicciones: insertarse en la globalización representó, y representa, "morir como perros para que otros coman como chanchos". Para mirar adentro hay que aprender a ya no mirar exclusivamente afuera; lo cual señala una propedéutica, ya no sólo ser conscientes sino autoconscientes. Pasar de la conciencia a la autoconciencia significa, pasar del deseo de cambio a lo que significa el cambio efectivo.
El "vivir bien" es un modelo que, como horizonte, da sentido a nuestro caminar el proceso. Hacia lo que tendemos, no es una invención de laboratorio o de escritorio sino lo que permanece como sustancia en todas nuestras luchas, ya no solamente como luchas emancipatorias criollas sino como lo que ha hecho posible inclusive a ellas: las re-vueltas emancipatorias indígenas. Por eso pervive el modelo como horizonte: el sumaj q'amaña.
El q'amaña, el vivir, es cualificado por el sumaj, es decir, no se trata de un vivir cualquiera sino de lo cualitativo del vivir. Por eso el sumaj no sólo es lo dulce sino lo bueno, es decir, la vida se mide de modo ético y también estético. Una buena vida se vive con plenitud moral y rebosante de belleza. Por eso atraviesa todo el conjunto de los hábitos y las costumbres. Se trata de una normatividad inherente al mismo hecho de vivir, no como meros animales sino como verdaderos seres humanos.
Recuperar nuestro horizonte de sentido no es, entonces, un volver al pasado sino recuperar nuestro pasado, dotarle de contenido al presente desde la potenciación del pasado como memoria actuante. El decurso lineal del tiempo de la física moderna ya no nos sirve; por eso precisamos de una revolución en el pensamiento, como parte del cambio. El pasado no es lo que se deja atrás y el futuro no es lo que, de modo inerte, nos adviene. Cuanto mayor pasado se hace consciente, mayor posibilidad de generar futuro. El problema de la historia no es el pasado sino el presente, que tiene siempre necesidad de futuro.
El presente que nos toca vivir tiene esa demanda, porque estamos en la posibilidad de producir autoconciencia, ya no sólo nacional sino plurinacional. La revolución nacional, fracasada en el 52, sería ahora posible, pero ya no como nacional sino como plurinacional. Esto es: lo que hemos estado produciendo, en definitiva, ya no responde a demandas sectoriales o corporativas, ni siquiera particulares, como es siempre una nación, sino: el carácter cualitativo de esta transformación (el primer proceso de descolonización radical del siglo XXI) estaría mostrando la contradicción fundamental de esta época moderna, como verdadero diagnóstico de una situación planetaria: vida o capital. Lo que significa: vida o muerte.
Para que la vida tenga sentido vivirla, esta no puede carecer de proyecto; pero el proyecto no es algo privado sino lo que se proyecta como comunidad, en este caso, como comunidad en proceso de liberación. El sentido de la liberación significa un echar por tierra toda relación de dominación. "Vivir bien" querría decir: vivir en la verdad. Por eso, el que "vive bien", camina "el camino de los justos", el qapaq ñan. La transformación estructural es también transformación personal: tener la capacidad de ser y comportarse como sujeto. Por eso: se es sujeto relacionándose con el otro como sujeto, en el reconocimiento absoluto de la dignidad absoluta del otro.
"Vivir bien" sería el modo de comportarse como decía el Che: como un hombre nuevo, capaz de sentir en su propia carne el ultraje que se comete contra un hermano al otro lado del planeta. El "hombre nuevo" ya no sería como el modelo educativo prescribe: un ser inteligente.
El hombre nuevo es un ser humano justo y liberador. Por eso su proceso de transformación es continuo; porque su condición no es la permanencia en un estado inactivo sino en una obstinada apetencia por trascenderse siempre. De este modo, el "vivir bien", proyecta un sentido que establece el por qué del vivir. De éste se desprende el cómo vivir. Del criterio se establece una normatividad.
No se vive por vivir sino se vive de modo metódico, que es el modo organizado de un vivir auténtico. Caminar en la verdad es caminar en la justicia; por eso no es un caminar cualquiera. Se trata de la responsabilidad del caminar en el ejemplo. La política puede ahora transformarse, de la suciedad que empaña toda pretensión liberadora a la liberación como proceso de purificación de toda pretensión de dominación. La capacidad crítica de este proceso radica en la capacidad que se tiene de autocrítica.
El "vivir bien" no se deriva de algún valor metafísico que se impone a la situación presente. Se deduce de la historia y del propio mundo de la vida, como una presencia de la ausencia: lo imposible para el Estado colonial, la justicia, es lo que permite su transformación. El norte de la transformación queda indicado por esa ausencia presente en el grito de las víctimas. Su grito señala siempre un cielo a donde se grita. Lo imposible en la tierra se proyecta como utopía en los cielos. Del alajpacha, epistemológicamente, pasamos al qauquipacha. Del arriba al más allá en términos de utopía. Los cielos, en este sentido, pasan a ser el locus epistemológico de conocimiento. La presencia de esa ausencia se establece, así, en términos de utopía. Proyección que es, en definitiva, proyectada desde la historia hecha contenido de una conciencia liberadora. Por eso en el "vivir bien", en su proyección, pernoctan todos aquellos a quienes debemos esta situación privilegiada.
En este cielo pernocta no sólo el dolor, pernoctan también los sueños y las esperanzas; la muerte de aquellos que daban lo único que tenían, para que todos pudiésemos tener lo que nunca tuvieron ellos. Su lucha es ahora nuestra lucha. Nuestra responsabilidad es también para con ellos, para que no sea también su muerte una muerte inútil. Nada nos garantiza que este proceso concluya triunfante; por eso precisamos volver la mirada, hacer nuestra la fuerza de nuestros mártires, ser fieles con aquello que nos encomendaron sus vidas.
Ahora es nuestro turno. Por eso nos acompañan. Porque somos comunidad; al devolvernos el sentido de comunidad, nos ha sido devuelto el sentido de humanidad. Nuestra lucha es por la vida; eso es lo que nos hace más solidarios, más justos, pero, también, más responsables, es decir, más humanos. Eso es lo que hay que agradecer: la oportunidad histórica que tenemos de redimir, ya no sólo a un país sino a lo humano en general. Por eso, si no desarrollamos este nuestro proceso de transformación, le estaremos privando, a nosotros y al mundo entero, de la posibilidad de un mundo mejor, más humano y más justo. De nuestro triunfo o fracaso depende, en última instancia, el triunfo o fracaso del planeta entero. Si la vida toda está en peligro, no nos sirve producir para nosotros un arca para salvarnos. La salvación, o es de todos o no es de nadie.
No hay sujeto sin autoconciencia. Esta nos lleva a manifestar al mundo nuestra palabra: la lucha por la Madre tierra es lucha por la humanidad; esta lucha es de aquel que asume la responsabilidad de un vivir en la verdad y la justicia. "Un mundo en el quepan todos" es un mundo donde todos vivan dignamente, es decir, donde el sumaj q'amaña sea el norte de toda política y toda economía. Por eso nos encontramos en el tiempo del pachakuty (o tiempo mesiánico). Nuestra es ahora la oportunidad histórica de producir aquello que nos legaron nuestros mártires: un mundo más justo. Si el occidente moderno no se hizo nunca cargo de la humanidad y del planeta, nosotros tenemos ahora que hacernos cargo de aquello. Nuestra lucha ya no es particular sino profundamente universal. La responsabilidad es ahora nuestra. Por eso: los mejores años de nuestras vidas, es lo que se nos viene, de aquí en adelante.
* Autor de "PENSAR BOLIVIA DEL ESTADO COLONIAL AL ESTADO PLURINACIONAL" / rafaelcorso@yahoo.com
Fuente:http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2009120803

Evo pide acelerar el camino al socialismo

Un rico debate se anticipa en torno al cómo y con qué construir la nueva sociedad
Hugo Moldiz Mercado
La Epoca
Con un vigoroso bloque indígena-obrero-popular, unas clases medias mestizas urbanas menos timoratas y un empresariado cada vez menos receptivo a esos gritos opositores que anunciaban que se les quitaría todo –lo cual ni ha pasado ni es lo que se busca-, el presidente Evo Morales, después de su histórica victoria en las elecciones del domingo, tiene condiciones inmejorables para avanzar en los siguientes cinco años hacia un socialismo que, sin embargo, se debe precisar en su forma y contenidos.“Acelerar el proceso de cambio y profundizar el socialismo”, ha afirmado el presidente Evo Morales, en la noche del domingo 6 de diciembre, a escasas horas de conocer su reelección con más del 62 por ciento y con una Asamblea Legislativa Plurinacional de la que podrá disponer para implementar la Constitución Política del Estado.Y las breves palabras del líder indígena y presidente del Estado Plurinacional ante miles de personas en la Plaza Murillo y otras miles, que seguramente superaban el porcentaje de votación que obtuvo, a través de las pantallas de televisión y los parlantes de radio, no hacían otra cosa que poner el debate, así como definir el carácter de la práctica política, en la verdadera dimensión histórica. Cinco días antes, ante una pregunta periodística, Evo Morales expresó que el socialismo es la respuesta al capitalismo.Pero no es ningún manual que a Evo le da las recetas. Con una ubicación de líder de su tiempo, el jefe del Estado Plurinacional parte del reconocimiento de cómo las especificidades determinarán la construcción de la sociedad de iguales –que no quiere decir igualitarismo-. “En algunos será socialismo del siglo XXI y en otras socialismo comunitario”, ha aseverado a manera de quitarles argumentos a los que lo critican por una supuesta subordinación no probada al “chavismo” y para interpelar, al mismo tiempo, a esa memoria histórica de los pueblos originarios preexistentes antes de la invasión modernizadora del capital.El punto de partida, para no equivocarse, es la aplicación de la Constitución Política del Estado. En sus más de 400 artículos están establecidas varias pluralidades (jurídica, autonómica, democrática, política, económica y social) que, dependiendo como se las acompañe con otras leyes, lo mismo pueden allanar la transición al socialismo como construir, a pesar de los buenos deseos, un dique a esa forma distinta de organización y reproducción de la vida que trasciende el capitalismo.¿Capitalismo o socialismo de Estado?Uno de los primeros temas para el debate, partiendo del socialismo como objetivo, seguramente girará en torno a si en los siguientes cinco años se profundiza el capitalismo de Estado –que es la característica del primer período y para muchos inevitable- o se pasa hacia una suerte de socialismo de Estado en la que la forma de planificar, presupuestar y gestionar las empresas estatales se hace cualitativamente distinta de las viejas formas de gestionar proyectos que empiezan profundamente nacionalistas y terminan como canales de penetración del capital transnacional.Las condiciones para el socialismo de Estado están dadas. En el primer período se ha consolidado el desplazamiento de una clase por otra –requisito fundamental para calificar como revolución a un proceso-, aunque hay un sector de pequeños propietarios -una significativa base social del MAS- que pueden tener una aspiración al capitalismo más que al socialismo. Empero, existe también una articulación mayor entre originarios y clase obrera –forjada a partir de la alianza entre el Consejo Nacional por el Cambio (Conalcam) y la Central Obrera Boliviana (COB) que Evo reivindicó el domingo en la noche-, como garantía del proceso de cambio.La apuesta es muy clara: fortalecer la participación del Estado en sectores estratégicos de la economía, tanto en los tradicionales (recursos naturales no renovables) como en los nuevos (industria alimentaria y telecomunicaciones), así como impulsar la constitución de formas comunitarias de producción, urbanas y rurales, que varios intelectuales comprometidos con el proceso de cambio anotan como déficit del primer período gubernamental.¿Y que pasará con la propiedad privada? El vicepresidente Alvaro García Linera, en declaraciones al periódico El Clarín de Buenos Aires un día antes de las elecciones, se ha encargado de despejar los temores alimentados por la oposición a partir del 22 de enero de 2006, cuando Bolivia empezaba a escribir otra capítulo –el más profundo- de toda su historia. “No vamos a aceptar que las corporaciones empresariales actúen como partido. En ese caso, existe plena voluntad del Estado para apoyar a los sectores productivos. Creo que ya lo han entendido”. Más claro, agua: el gobierno será respetuoso de la propiedad privada, le dará garantías y le dará apoyo. El ámbito de realización del empresariado es la producción y no la política.Industrialismo con o sin armonía con la naturalezaUna mirada al programa del gobierno para los próximos cinco años abre la posibilidad para un debate sobre la concepción de “desarrollo”. Una lectura es que la propuesta presentada en torno al “salto industrial” tiene más relación con el paradigma cepalino de la década de los 50 que con el Vivir Bien del siglo XXI. Entonces ahí hay un problema de condiciones de cumplimiento en un contexto globalizado y sin la burguesía nacional que el MNR no tuvo la capacidad de construir.Una segunda lectura es preguntarse, aún materializando la modernización de la estructura económica, si el “salto industrial” es compatible con el principio de la armonía con la naturaleza y si lo es, ¿en qué rubros de la economía? Entonces, eso conduce a reflexionar sobre si la incorporación de tecnología debe ser para reforzar la industria extractivista –que desde la colonia genera excedentes que siempre han sido el motivo de la disputa nacional y clasista-, o más bien para “modernizar” la producción comunitaria de alimentos con destino a la satisfacción de las necesidades internas y, complementariamente, para exportar al mundo en un momento en el cual la crisis alimentaria está por apoderarse del planeta.¿Y como ampliar y enriquecer la democracia?Un segundo nivel del debate tiene que ver, como diría Felix Patzi, con la determinación de las formas políticas de gestionar la política. La Constitución Política del Estado reconoce tres formas de democracia y por tanto de gestión política. Si el objetivo es el socialismo, resta por debatir el cómo se deben complementar la representativa, directa y comunitaria, y cómo la primera –de esencia liberal- puede ayudar a construir en el mediano plazo “la democracia de consenso” por la cual no oculta su simpatía Evo Morales.Este debate sobre el tipo de democracia a construir es, ciertamente, el más complejo y delicado pues un error que se cometa pueda contribuir a retroceder de los espacios conquistados en la ardua lucha de clases que se expresó a partir del año 2000, cuando Bolivia ingresó a la cuarta crisis de Estado más profunda de su historia. En los libros, incluso de los clásicos, no hay respuestas capaces de satisfacer preguntas, pero quizá hay muchas reflexiones y experiencias históricas que aportan huellas y señales.Pero si el tema es cómo ampliar la democracia –que hoy se expresa en un alto porcentaje de participación de la población que vota, elije y decide-, la discusión sobre el tipo de relación entre el gobierno central y los gobiernos subnacionales se presenta fundamental. Dependiendo de lo que se haga y del cómo se lo haga, la democracia de consenso pueda dar paso a la constitución de un gobierno de consenso que sólo es posible con la lógica de la comunidad, en la cual no hay la división de poderes propia de la modernidad.Menos Estado, más comunidadDependiendo de los rasgos, las características y las condiciones de la transición al socialismo, cuyos siguientes cinco años serán decisivos, otro debate, también presente desde los clásicos, es cuánto de Estado se debe construir y cuánto de comunidad se debe fortalecer.El Estado, a diferencia de lo que pensaban los anarquistas en el pasado y de lo que reeditan hoy varias corrientes indianistas, se presenta como necesario e importante en un contexto mundial en el que el capital transnacional no ha renunciado a la constitución de un gobierno mundial. La querella por el excedente, la atención a los sectores más vulnerables y la defensa de las conquistas ante enemigos internos y externos justifican el fortalecimiento del aparato estatal.Pero, también es verdad, que uno de los desafíos más grandes de toda revolución es la construcción de un Estado ampliado, como diría el italiano Gramsci para referirse a la articulación de armonía entre sociedad política y sociedad civil, o para edificar ese “óptimo social” del que nos habla René Zavaleta sobre el mismo tema. En definitiva, Evo Morales cuenta a su favor con condiciones inmejorables para construir un nuevo sistema hegemónico o nuevo bloque histórico en el poder: una alianza originaria-obrera-popular en vías de consolidación, una economía envidiable, una derecha derrotada y un contexto internacional bueno. Todo allanado para que el socialismo deje de ser una ilusión.Fuente: http://www.la-epoca.com/modules.php?name=News&file=article&sid=1500

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Jacobinismo

Voz del Dictionnaire Critique du marxisme

Jacques Guilhaumou
lallibertatdelsantics.blogspot.com

Traducción Joaquin Miras y Joan Tafalla


No es legítimo atribuir a Antonio Gramsci la originalidad de una pregunta sobre el jacobinismo, " en sentido integral que esta noción ha tenido históricamente y que debe tener como concepto", (Gr. ds le texte- GT, p. 245)? Sería algo así como creer que los demás " clásicos del marxismo" hablasen francés en política sin preocuparse nunca, del concepto de jacobinismo en particular. Los trabajos más recientes en este ámbito intelectual pueden dar pie a tal interpretación, y sin embargo esta es una falsa pista. En este sentido la vía emprendida esconde la compleja historia de la relación entre la Revolución Francesa y la tradición marxista y el movimiento obrero; e impide además, explicar la filiación teórica entre Terror (Marx), Hegemonía de pueblo (Lenin) y Jacobinismo (Gramsci); que no se dé cuenta y razón de todo lo que está en juego en el posicionamiento jacobino cuando analiza cada situación: la referencia al movimiento histórico real da cuenta del desafío jacobino en el análisis de las situaciones: la designación del movimiento histórico real.

La traducción del concepto de jacobinismo alcanza su eficacia máxima en los Cuadernos de prisión, pero nunca en forma de un análisis disociado de la cuestión de la Revolución francesa. Lo que se trabaja en los textos de Gramsci, es el conjunto de los enunciados sobre la experiencia revolucionaria francesa esparcidos en los textos filosóficos e históricos de Marx. El dirigente comunista italiano intenta desarrollar uno de los proyectos del joven Marx (« La Révolution française : histoire de la naissance de l’État moderne », IA, p. 602 ; MEV, 3, 537[1]), en un estudio sobre la " relación histórica entre el estado moderno francés nacido de la Revolución y los otros Estados modernos de la Europa continental", ( Cahiers de Prison, Gallimard, t.1, p. 156). [Gramsci]Compara la vía revolucionaria impuesta por " el aparato terrorista francés", aparato de hegemonía dominada por los aparatos políticos democráticos, del club a las secciones, con el modelo de formación de los Estados modernos al XIXe siglo, respecto de: la "revolución pasiva." Define la estrategia de revolución permanente para referirse a los acontecimientos que se producen en Francia de 1789 a 1870 (GT, p. 494). El asocia "fuerza jacobina" a la creación ex nihilo de "una voluntad colectiva nacional-popular" (GT, p. 425). El trabajo al cual se entrega Gramsci no pretende reconstruir el progreso complejo del pensamiento de Marx sobre el caso francés, más bien trata de ampliar el análisis de la tradición marxista sobre la relación de los Jacobinos con la sociedad civil, del " Partido jacobino" con el estado moderno", (Quaderni del Carcere, p. 2010), y de poner así de relieve los conceptos estratégicos de “revolución permanente” y de " nacional-popular jacobino", (concepto " de hegemonía política", de " alianza entre los burgueses-intelectuales y el pueblo", QDC, p. 1914).

Sigamos pues la aparición de las categorías históricas jacobinas en los textos de Marx y de Engels. Desde muy temprano, Marx queda fascinado por la acción de los "héroes de la Revolución francesa", por las figuras trágicas de Robespierre y San-Just: estos "portavoces de la masa" (SF, p. 144 y s.; MEW, 2, 125 y s.), " auténticos representantes de las fuerzas revolucionarias, es decir de la única clase auténticamente revolucionaria: la "masa innumerable" (IA, P. 204; MEW, 3, 161), esos "emancipadores políticos" (QJ, Aubier, 113,; MEW, I, 367), que han producido "el estado únicamente político", el " principio político en si mismo" (Cripol., p. 176; MEW, I, 319). A través de la “energía revolucionaria", de la "conciencia intelectual de su valor" y de la "significación general negativa asociada a la nobleza y al clero" (Cridr., MEW, I, 389,; Aubier, p. 93) los "hombres del Terror" (SF) han producido una "realidad abstracta": la "voluntad" como encarnación del "principio de la política", del "principio del Estado" (Críticas marginales...; MEW, I, 402,; trad. apud Grandjonc, Marx et les communistes allemands à París, Maspero, 1794, p. 154). Parece, anota Marx siguiendo a Hegel, que el mundo marcha sobre la cabeza; los Jacobinos han tratado de realizar una "ilusión de óptica", la inversión entre el fin (la sociedad civil-burguesa) y el medio (la vida política) de la emancipación burguesa. Marx califica de " enigma de orden psicológico y teórico" (QJ, 113,; MEW, I, 367), esta "genialidad que exalta la fuerza material en relación con el poder político (Cridr.). Entre "1793 y 1794 en Francia", el " Terror" es este "momento de entusiasmo" en el que se sacrifica la sociedad burguesa a una "concepción antigua de la vida política" (SF, p. 149; MEW, 2, 130). La vida política entra "en contradicción violenta con sus propias condiciones de existencia, declarando la revolución en estado permanente", (QJ, Albura, 81; MEW, I, 357). Una "ilusión trágica" es puesta en práctica por hombres que van a la guillotina porque han emprendido una batalla" contra la sociedad burguesa" proclamando el carácter sagrado de los principios de esta sociedad, en los derechos del hombre, (SF, p. 148 ; 129). Se comprende por qué Marx trataba en 1844, de escribir una Historia de la Convención, la asamblea revolucionaria que fue " la cima de la energía política y del poder político" y del que se puede decir que hizo de la Revolución francesa "el período clásico de la inteligencia política" ( Cr. marginales., cit. Ibíd.). Pero sólo en la búsqueda de una estrategia de lucha de clases frente a los acontecimientos de 1848, Engels y Marx asociarán lo que debería ser el "terreno revolucionario" con las categorías históricas jacobinas. Los dirigentes comunistas oponen a la conquista" revolucionaria" del "terreno jurídico" por parte de la burguesía conservadora, "revolución sin revolución" (Robespierre), el "título jurídico del pueblo revolucionario", un "contrato social" (Rousseau) concluido entre el pueblo y la revolución (NGRh, II, pp. 234-235; MEW, 6, 112. La referencia a 1793 se convertirá en una referencia clásica de la tradición marxista. La Revolución francesa es, junto con la Revolución inglesa, la "revolución de estilo europeo"; ha permitido "el triunfo de la burguesía y de un nuevo sistema social" (NGRh, II, p. 229; MEW, 6, 107) la "coincidencia de la revolución de un pueblo y de la emancipación de una clase particular". Así son registradas las características de toda lucha antifeudal hasta el final: un "movimiento popular" que instaura, en la Convención, la "gran lucha apasionada de los partidos" y que actualiza el "derecho de las masas populares democráticas de actuar moralmente, mediante su presencia, sobre el comportamiento de asambleas constituyentes", (NGRh., II, P. 33; MEW, 5, 40) - el "Terror", "método plebeyo de acabar con los enemigos de la burguesía". Características de las que carecieron los nuevos los acontecimientos históricos, muy en particular la ausencia del portavoz. Las revoluciones europeas de 1848 solo pretenden engendrar una nueva generación de los diputados liberales del tipo de los de 1789 (los juristas renanos liberales de la asamblea nacional prusiana) y "socialistas con espíritu de sistema", “pedantes de la vieja tradición revolucionaria de 1793" (“el partido" republicano francés; NGRh, I, p. 181, y II, p. 85; MEW, 5, 133-134 y 448). 1793, episodio histórico trágico, es reeditado bajo la forma de farsa, de "conquistas tragi-cómicas”. Se trata de un desplazamiento fundamental: el referente jacobino ha perdido su capacidad de aferrar la realidad concreta, de ser la necesidad histórica del momento.

Corresponde a Lenin haber traducido la voluntad jacobina de transformación en una estrategia revolucionaria de conquista de poder. Para él, un posicionamiento crítico se caracteriza según el criterio de la concreción jacobina. En ¿Qué hacer?, a propósito de la utilización en las polémicas entre social-demócratas de la historia de la escisión de la burguesía revolucionaria francesa entre la Montaña y la Gironda, Lenin enuncia la única pregunta legítima para su presente histórico: "¿Quién se coloca en el terreno de la lucha de clase del proletariado?". Es así es como el socialdemócrata revolucionario se corresponde con Jacobino, por estar "ligado indisolublemente a la organización del proletariado, consciente de sus intereses de clase" (O., 7, p. 399). La “Revolución democrática burguesa tipo 1789" ha permitido " la organización autónoma del proletariado" (O., 8, “¿Revolución estilo 1789 o estilo 1848?”). La Convención es la "dictadura de las capas inferiores del proletariado y de la pequeña burguesía" (O., II, p. 51), estas capas "inferiores" durante "los breves períodos de su hegemonía" han ejercido "una influencia decisiva en relación con el grado de democracia de la que debía gozar el país durante las decenas de años de evolución “calmada” que siguieron" (O., 17, "Verdades antiguas, pero siempre nuevas”). El recuerdo del "espíritu de 1793" establece "correspondencias", "parecidos", "analogías históricas", pero no se trata de copiar a los Jacobinos o de identificarse con ellos: "El ejemplo de los Jacobinos es rico de enseñanzas. No ha envejecido, pero es preciso aplicarlo a la clase revolucionaria del siglo XX" (O. 25, " Quienes son los enemigos del pueblo”, junio de 1917; también p. 123-125).

En resumen: de la tradición marxista se desprende una enseñanza que Gramsci concretará en su análisis del jacobinismo como saber político, como primera manifestación histórica de la política como ciencia autónoma. Arriesguemos una hipótesis: la relación del jacobinismo con el aspecto político de la tradición marxista no es otra que la traducción dialéctica del principio de igualdad. "La conciencia que un hombre tiene de otro hombre en tanto que su igual y el comportamiento del hombre con respecto a otro hombre como su igual" (SF, p. 50; MEW, 2, 40-41) son una subjetividad en acto, una política práctica traducible en una estrategia de lucha de las clases. A este propósito, Lenin subraya ciertos aspectos de un paso de La Sagrada Familia (O. 38, p. 25) : "Que M. Edgar compare por un instante la “égalité » francesa con la “conciencia de sí” alemana, y si se dará cuenta de que el segundo principio expresa en alemán, es decir en el pensamiento abstracto, lo que el primero dice a la francesa, es decir en la lengua de la política y del pensamiento intuitivo". Gramsci comenta, en diversas ocasiones, este "análisis del lenguaje jacobino", en torno al hecho de que el "lenguaje jurídico-político de los Jacobinos y los conceptos de la filosofía clásica alemana" son " paralelos y traducibles en un sentido y en el otro" (QDC, p. 2028) en los siguientes términos: "Este paso de La Sagrada Familia es muy importante para comprender uno de los aspectos de la filosofía de la praxis, para encontrar la solución a numerosas contradicciones aparentes del desarrollo histórico, y para contestar a algunas objeciones superficiales dirigidas contra esta teoría historiográfica (también es útil para luchar contra algunas abstracciones mecanicistas)" (GT., p. 230).



BIBLIOGRAFIA.- J. BRUHAT, La révolution française et la formation de la pensée de Marx, Annales Historiques de la Révolution Française, nº 184, 1966 ; C. BUCI-GLUCKSMANN, Gramsci et l’état, Fayard, 1975 ; B. CONEIN, Le style du Prince et la politique jacobine dans les Cahiers de Prison, Actes du Colloque Gramsci ( Nanterre, Paris X, janvier, 1978) ; Auguste CORNU, Karl Marx’s Stellung zur Französischen Revolution und zu Robespierre ( 1843-1845), in Maximilien Robespierre, hrsg. W. MARKOV, Berlin, 1961 ; V. DALINE, Lénine et le jacobinisme, Annales Historiques de la Révolution Française, nº 203, 1971 ; J.GUILHAUMOU, Le cas français dans les Cahiers de prison : Révolution permanente et appareil d’hégémonie, actes du Colloque Gramsci ; J.GUILHAUMOU, Hégémonie et jacobinisme dans les Cahiers de prison : Gramsci et le jacobinisme historique, Cahiers d’Histoire de l’Institut Maurice-Thorez, nº 32-33, 1979 ; G. LABICA, De l’égalité, Dialectiques, nº 1-2, 1973 ; V.I. LÉNINE, o., 8, 483 ( Engels est qualifié de « vrai jacobin de la social-démocratie ») ; 24-123 ; C.MAZAURIC, Jacobinisme et révolution, Paris, ES, 1984 ; H.PORTELLI, Jacobinisme et anti-jacobinisme de Gramsci, Dialectiques, nº 4-5, 1975 ; E. SCHMITT et M. MEYM, Ursprung und Character der Französischen Revolution bei Marx und Engels, in Vom Ancien Regime zur Französischen Revolution, Göttingen 1978.



* Entradas del Dictionnaire Critique du Marxisme relacionadas con ésta.- Dictature du prolétariat ( pp. 323-332, Etienne Balibar) ; Égalité ( pp. 379-382, Jean-françois Corallo con participación de Georges Labica) ; Gramscisme ( pp. 509-514, Christine Guci Gluksmann) ; Hégémonie ( pp. 532-538, Christine Guci Gluksmann) ; Révolution française ( pp.1011-1012, Jacques Guilhaumou ; Social-démocratie (pp. 1052-1056, Hugues Portelli) ; Terrorisme ( pp. 1140-1142, Gerges Labica).



Abreviaturas

MEW Marx-Engels Werke. Berlín, Dietz-Verlag, 39 vol.

ES Éditions sociales, Paris.

O. Lénine, Œuvres, Moscou-Paris, 47 vol.

Cridr. Introduction de 1843 de KM

IA Idéologie Allemande

NRGh. La nouvelle gazette rhénane, KM/FE

SF La Sainte Famille

QJ La question juive

QP Cahiers de Prison, Gallimard, AG.

QDC Quaderni del Carcere, AG.

GT Gramsci dans le texte, AG.



[1] N. del T: En la edición de Grijalbo Pueblos unidos es p. 664 y lo que escribe Guilhaumou consta como subtítulo; el título es “La sociedad burguesa y la revolución comunista, y su último apartado entendería la democracia –“derecho de sufragio” como la abolición del estado y la sociedad burguesa, algo así como no prescindir de la política y reabsorberla en la sociedad civil.]



Jacques Guilhaumou

(*) Dictionnaire Critique du marxisme. Bensussan-Labica, Paris, Quadrigue/ Presses Universitaires de France, 1999. Première édition, 1982, pp. 622-626.

Traducción: Joaquín Miras y Joan Tafalla.

Fuente: http://lallibertatdelsantics.blogspot.com/2009/11/jacobinismo.html