miércoles, 17 de marzo de 2010

Los comunistas obtienen los mejores resultados de los últimos años

Elecciones regionales en Rusia
Iván Miélnikov
Sovietskaya Rossia
Traducido del ruso para Rebelión por Josafat S. Comín

El 14 de marzo tuvieron lugar en Rusia procesos electorales para elegir órganos de gobierno de distinto nivel. En ocho regiones: República Altay, Jabárovsk, Vorónezh, Riazán, Kurgán, Kaluga, Sverdlovsk, y la Región autónoma de Yamalo-Nenets, se renovaban los parlamentos regionales. El PCFR participaba en todas ellas. Iván Mielnikov, vicepresidente del CC del PCFR y coordinador de campaña, ofreció una rueda de prensa para valorar los resultados obtenidos.
En estas pasadas elecciones del 14 de marzo, coincidían unas regiones no demasiado “cómodas” para el PCFR. En febrero de este año el Centro de Investigaciones sociológicas “Opinión pública” —que trabaja para el gobierno— nos daba unos resultados comprendidos en una horquilla de entre el 4 y el 12%. Evidentemente eran unas cifras a la baja, para provocar, pero en cualquier caso sabíamos que en esas regiones de la Federación de Rusia, anteriormente nuestros resultados no habían sido precisamente deslumbrantes.
Sin embargo, de hacer una valoración conjunta de las ocho regiones, en general no sólo hemos mejorado respecto a veces pasadas, sino que nuestro partido se ha elevado a un nivel de apoyos cualitativamente superior. Y no solo lo hemos logrado gracias a que haya habido menos infracciones, cuyo número sigue siendo alto, sino que lo hemos hecho a pesar del recurso administrativo.
En 7 de las 8 regiones, ocupamos el segundo lugar, confirmando el estatus de polo alternativo, de principal oponente a la acción de gobierno. La única excepción ha sido la de Yamalo-Nenets, pero es una excepción poco relevante para el mapa político de Rusia.
Los resultados oficiales de los que podemos estar satisfechos son los siguientes:
En la región de Kurgán, en las anteriores regionales teníamos un 10,9%, en las legislativas a la Duma de 207 un 20,64%, y ahora un 25,21%.
En la república de Altay, en las pasadas tuvimos un 8,9%, en 2007 un 7,99% y ahora casi un 25%.
En la región de Sverdlovsk, tuvimos un 12,2% en las anteriores, un 7,65% en 2007 y ahora casi un 22%.
En Kaluga veníamos de un 13,4 que repetimos en 2007, y ahora tenemos un 21,15%.
En la región de Riazán, en las pasadas tuvimos un 15,2%, un 15,6% en 2007 y un 19% ahora.
En Jabárovsk en las pasadas regionales sacamos un 15,5%, un 10,98% en 2007 y casi un 19% ahora.
En Vorónezh de un 13,7%, un 16,17% en 2007, pasamos al 18,6% de este domingo.
Tampoco nos ha ido tan mal en Yamalo-Nenets, a pesar de haber “cedido” el segundo lugar al PLDR, en las pasadas elecciones habíamos sacado un 7%, un 4,15% en 2007 y ahora un 8,57%. Es muy importante señalar que el incremento no ha sido únicamente porcentual, sino del número real de partidarios. Por ejemplo, ya sólo en la región de Sverdlovsk nos han respaldado 20.000 personas más.
De acuerdo con estos resultados podemos constatar tres claras tendencias.
Primera: el descenso en el número de apoyos de “Rusia Unida” es notable. Ha sido generalizado. Únicamente en una región, en Vorónezh, el partido del poder, ha podido superar su ya de por sí sorprendentemente alto resultado, obtenido en las elecciones a la Duma en 2007. Entonces tuvieron 57,5% y ahora 62%.
En General podemos decir, que han obtenido unos resultados más o menos comparables con los conseguidos en anteriores citas regionales, pero significativamente peor que en las últimas legislativas de 2007. Y la palabra “significativamente” es aquí muy importante: es una caída de un 15-20% de media. Veamos algunos ejemplos:
En Kurgán tenían más de 64% y ahora sólo el 41%. En Jabárovsk, han pasado del 60% al 48%. En la República de Altay tenían casi un 70% y ahora sólo un 44%.
Además en una de las regiones, en Sverdlovsk, han obtenido el peor resultado de los últimos años, contando todas las elecciones. Han sacado un 39,8% cuando siempre rondaban el 60%.
Las elecciones del 14 de marzo han demostrado que estamos ante una “Rusia Unida” que va de caída. Siguen contando con la misma cantidad de agresivas palancas, aunque cada vez sean menos efectivas y estén cayendo en picado. Han pasado ya el punto de “no retorno” en la confianza de la gente, el que marca que se pueda seguir manteniendo una dinámica positiva. De un modo más rápido o más lento pero la tendencia es sólo hacia abajo.
Y el manido recurso administrativo les permite seguir manteniéndose a flote, seguir ocupando los primeros puestos, unos índices altos, pero que ya no da para poder exprimir al máximo. La apuesta política socioeconómica preelectoral del “látigo y la zanahoria” ha fracasado, ya que sólo queda el látigo rabicorto. La principal noticia de estas elecciones del 14 de marzo no han sido siquiera sus resultados, sino el hecho de que durante un largo rato no hubo ninguna noticia sobre las elecciones.
El 11 de octubre de 2009 (cuando se celebraron elecciones similares en otra serie de regiones. N de la T) todos los canales de televisión mostraban las celebraciones, las ruedas de prensa, las tertulias donde se comentaban los últimos resultados. En esta ocasión ha habido silencio.
Los “rusiaunidos” parecían no tener ningún comentario que hacer, especialmente después de conocer la aplastante victoria de nuestro candidato en las elecciones a la alcaldía de Irkutsk donde la correlación de fuerzas ha quedado 60% a 30% aproximadamente1.
La segunda tendencia, es que el programa del PCFR empieza a recibir cada vez un mayor respaldo. Y no son sólo palabras. Así por ejemplo, con el trasfondo del salvaje incremento de las tarifas comunales (calefacción, agua, electricidad, gas, etc. N de la T) hemos acertado de lleno con nuestra tesis de que el pago de esos servicios no debe ser nunca superior al 10% del presupuesto familiar. Una propuesta que manejamos desde hace tiempo, y que en esta ocasión se ha convertido en una de nuestras armas propagandísticas decisivas, que sin duda ha jugado un papel determinante este 14 de marzo. Importante ha sido también el aporte de las acciones de protesta, la activación de los actos de calle, las protestas de la ciudadanía en defensa de sus derechos. Los electores empiezan a entender que los problemas en la economía, el incremento del desempleo, tienen su origen en la actual correlación de fuerzas políticas. También ha influido la reciente publicación actualizada de los activos de los oligarcas rusos. La gente ha podido comprobar a qué intereses sirven las “medidas anticrisis” del gobierno: las fortunas de los principales magnates en este año de crisis se han duplicado.
En esta campaña electoral en la que nos hemos mostrado muy activos, el Partido del poder se ha mostrado muy nervioso, cansado y hasta cómico. Han concentrado todos sus esfuerzos en dos momentos. Uno, la propaganda contra oposición, recurriendo a los más sucios métodos, con especial saña en Riazán. Y por otro lado toda la responsabilidad por el fracaso de sus políticas se pretendía achacar a unos supuestos “funcionarios locales” si ninguna relación con el partido gobernante.
Pero todo este tipo de artimañas en la realidad actual, pueden resultar eficaces sólo con los que estén de acuerdo con que dos más dos, puedan ser cinco.
Tercera tendencia: la táctica de equiparar artificialmente nuestros resultados con los del PLDR y “Rusia Justa”, con el fin de evitar un enfrentamiento cara a cara. Es algo que no podemos ignorar, no podemos no advertir esa “respiración en la nuca”.
Una distancia cómoda de los resultados oficiales de esos dos partidos sólo la hemos tenido en Vorónezh, Kurgán y Kaluga, en que ese “airbag” es de un 8- 10% aproximadamente. En el resto de regiones la cosa ha estado más ajustada.
Y si la presencia del PLDR históricamente ha sido relevante en una serie de regiones, y había de esperarse que con el trasfondo de la activación de las protestas pudiese mejorar algo, más complicado de explicar es el incremento de “Rusia Justa”. Hay varias causas.
En primer lugar, en un primer momento, han sido los receptores de ese voto decepcionado con “Rusia Unida”. Unos votantes que de momento no están preparados para dar su voto a los comunistas, pero que ya no quieren votar por “Rusia Unida”. “Rusia Justa” representa para ellos una especie de compromiso interno, más aún si pensamos que entre esos dos partidos hay un pacto de coalición. Nuestra tarea es conseguir que ese compromiso sea temporal, conquistar y ganar a esos electores para el futuro.
En segundo lugar, es uno de los “boomerangs” del Consejo de Estado celebrado en enero. Es una directriz a los gobiernos regionales: conseguir que entre (Rusia justa) en los parlamentos regionales a cualquier precio, incluso allí donde no tienen ninguna posibilidad.
No podemos puedes dudar de nuestro papel como principal alternativa de gobierno, pero no podemos descuidar el trabajo de seguir explicando a la gente cuál es el verdadero rostro de “Rusia Justa”. Especialmente cuando en varios de esos parlamentos regionales pactarán y se coaligarán con el Partido del poder, quien los necesita para conservar la mayoría.
En cuanto a las irregularidades, vuelvo a subrayar: las elecciones del 14 de marzo, primera votación tras el Consejo de Estado de enero, han demostrado que el problema sigue siendo grave, si bien el arsenal de métodos se ha reducido. La carga mayor de infracciones y violaciones se ha desplazado del centro a las zonas rurales, donde nos es más difícil hacer el seguimiento. Al mismo tiempo, estamos recabando datos de todos los casos, que vamos a denunciar, vamos a preparar nuevos materiales que entregar a las instancias judiciales. Especialmente cuando hay ejemplos tan claros y perfectamente demostrables, como las tarjetas de felicitación que se repartían de parte de uno de los gobernadores con motivo del 8 de marzo, donde se llamada a votar por “Rusia Unida”. Estamos seguros de que si las elecciones hubieran sido limpias, nuestros resultados habrían sido notablemente mejores. Los funcionarios del Consejo de Estado no se han dado por aludidos. Pero la sociedad sí que lo ha oído. Las tendencias de voto lo confirman. Pero sería peligroso conformarse. A partir de hoy entramos en una nueva fase de lucha política. Las pasadas elecciones son un buen indicador. Pero no hay que perder la iniciativa, debemos seguir trabajando para ampliar el apoyo al partido.
Notas
Como recoge Pravda el candidato comunista V.I. Kondrashov, obtuvo 62,84% de los votos frente el 26,77% del oficialista Serebrennikov, lo que sin duda se puede considerar de hito histórico pues se trata de una de las más importantes ciudades de Siberia, a 70 km del lago Baikal, con una población de 700 mil habitantes.
En general el resultado medio de apoyos en las poblaciones donde ha habido elecciones municipales ha rondado el 17,5%.
Si sumamos el número total de votos dado a cada partido en todas las elecciones de distintos niveles, Rusia Unida consigue el 50,19%, el PCFR el 19,94% el PLDR (de Zhirinovsky) el 13,62% y “Rusia Justa” el 12,45%.
El PCFR nos ha dado alguna alegría más en ciudades de pequeño tamaño, como Shatura en la región de Moscú, donde ha ganado con el 68,58%.
En Ovliv en la región de Rostov el candidato comunista obtuvo el 65,06%. En Pavlograd, en la región de Omsk el 52,52%.
En Rylsk, en la región de Kursk el candidato comunista venció con el 47,06% de apoyos. Fuente: http://www.sovross.ru/modules.php?name=News&file=article&sid=57249

martes, 16 de marzo de 2010

No se puede avanzar despreciando el pasado

Rusia
Ernest Buyvid
Pravda
Traducido del ruso para Rebelión por Josafat S. Comín

Mucho se ha hablado del artículo que escribiera el presidente Medvedev bajo el título: ¡Adelante Rusia!, y de la misiva que le siguió. Indiscutiblemente se trata de una muy buena propuesta. Lo único decepcionante es la falta de concreción en los plazos: a partir de qué día desaparecerán todas las úlceras de la sociedad, después de llevar veinte años desarrollándose intensamente, y cuándo llegará la felicidad general.
Los analistas y publicistas, concentrando la atención de la sociedad en los llamamientos del dueño del Kremlin a modernizar todo, intentan no advertir que la cabeza presidencial está mirando hacia atrás. Citemos a Medvedev: “Veinte años de intensas transformaciones no han servido para liberar a nuestro país de la humillante dependencia de las materias primas. Nuestra economía actual contrajo de la soviética su mayor defecto: en gran medida ignora la necesidad de la persona.” Esta es otra cita: “… No hemos hecho lo suficiente para resolver los problemas heredados del pasado. Seguimos sin desprendernos de la primitiva estructura de la economía, de la humillante dependencia de las materias primas, no hemos reorientado la producción hacia las necesidades reales de la gente”. Por lo visto, una herencia horrible. Seguramente los oligarcas debían haberse negado generosamente a privatizar todo ese horror y construir todo ellos mismos tan magnífica y elegantemente como en Londongrado1.
En resumen, según Medvedev, estamos estupendamente, y la culpa es de la herencia que nos dejó la URSS.
Nuestro padre es la URSS ¿Qué es lo que nos dejó de herencia?
Después de dilapidar la herencia, los herederos siempre echan la culpa a sus padres. Es algo normal. Pero veamos la valoración de una organización seria como la ONU. Allí se investigan las condiciones de vida de la gente en todos los países del mundo y anualmente se publica un informe sobre “desarrollo humano”. Allí se analizan multitud de datos sobre los diferentes ámbitos de la vida; economía, política, salud, educación, índice de natalidad, mortalidad, nivel de vida, gastos destinados a armamento, a la infancia, los derechos de la mujer, el respeto de las normas democráticas, nivel de delincuencia, etc., de todos los países del mundo. De acuerdo con esos datos, para cada país se establece un “índice de desarrollo humano” y se confecciona un ranking de países, que refleja hasta que punto cada país favorece ese desarrollo del potencial humano. Mientras existió la URSS, también se le asignó un índice de desarrollo.
Tomemos el informe de la ONU correspondiente a 1990.
La escala de valoraciones de toda esa variedad de parámetros es simple: “1” como ideal y “0” cuando peor imposible.
Encabezaba la clasificación entonces Japón con 0,996, seguido de Suecia con 0,987. Los EE.UU. tenían 0,961. Cinco países separaban a la URSS de los EE.UU. El índice de la Unión Soviética era de 0,920.
Recuerden. La distancia era de 5 países, de un total de 182 países. Como vemos, la tarea de “¡Alcanzar y superar a los EE.UU.!” no era un simple lema. Quedaba poco para alcanzarles.
Volvamos a esa “humillante dependencia secular de las materias primas” en la que se supone se encontraba la URSS. Por lo visto estábamos tan acostumbrados, que ahora ya no podemos desprendernos de esa costumbre. A los que trabajaban en aquel entonces en la industria, les tiene que dar risa oír eso. El desarrollo de la producción todo el tiempo iba por delante de la extracción de materias primas, no había suficiente. En la URSS de 1990 la producción de petróleo fue de 571 millones de toneladas, de las que se exportaron un 27,8%, mientras que el resto 72,2% se destinó al mercado interno. Una correlación muy normal. Vamos, que no le podemos pedir explicaciones a nuestro padre la URSS.
Si con China no, cuando menos habrá que equipararse a Níger
Al anunciar una futura modernización, hay que determinar dónde se encuentra ahora el país. Si hace 20 años la URSS iba 5 puestos por detrás de los EE.UU., ahora estos se encuentran en el puesto 13 del ranking, y la heredera de la URSS, Rusia, en el puesto 71. Y eso contando con que los indicadores en el mundo durante este tiempo han mejorado sustancialmente. Tomemos por ejemplo Níger: tanto entonces como ahora ocupa el último lugar, pero su índice de desarrollo humano ha crecido más del doble, del 0,116 al 0,340. De aquí pueden aprender, los “modernizadores” rusos.
Y qué decir de China. La RPCh durante ese tiempo en que la Federación de Rusia seguía su descenso, avanzaba 22 puestos, mejorando la calidad de vida de sus casi 1.500 millones de habitantes.
El desarrollo de un país en el mundo contemporáneo viene determinado por la composición de sus exportaciones. Veamos los datos del informe de la ONU en el 2006, cuando la crisis aún quedaba lejos. La Federación de Rusia exportaba el 35% de su PIB. Muy bien. China el 37% y Alemania el 40%. Pero la composición de esas exportaciones es deprimente: el 60% son materias primas sin tratar, mientras que la producción industrial es sólo del 19% y la de nuevas tecnologías supone apenas un 1,53%. Deséchense las materias primas no elaboradas y Rusia se encontraría al mismo nivel que Suazilandia. Y de ahí a Níger sólo hay un paso.
En China (a la que por aquel entonces la URSS ayudó a poner en marcha su proceso de modernización) la exportación de materias primas representa el 8% y la producción industrial el 92%, de la que un 28,3% son nuevas tecnologías. Más que en los EE.UU. donde la exportación industrial supone el 82% y las nuevas tecnologías el 26%.
Esa es la tarea de la modernización, alcanzar a China, cuyo PIB crece anualmente entre un 8% y un 14% independientemente de que haya crisis o un clima propicio.
¿Qué se necesita para llevar a cabo la modernización? Dos cosas: maquinaria moderna e ingeniero y obreros altamente cualificados. Y por supuesto, un dirigente del nivel de Den Xiaoping.
¿Cuánto va a costar la modernización industrial de Rusia?
En el 2007, en el sector industrial de la Federación de Rusia había ocupadas 14,3 millones de personas, un 61% de los trabajadores que había en la Rusia Soviética (RSFSR). El volumen de producción superaba el conseguido por la RSFSR, únicamente en el sector de la extracción de hidrocarburos, de petróleo y gas. El resto de indicadores permanecía muy lejos del nivel de entonces: la producción de maquinaria es del 61%, la de motores eléctricos del 33%, la de maquinaria para el corte de metales del 16%. Todo esto confirma una vez más que Rusia se ha convertido en un país de un solo monocultivo: la extracción de hidrocarburos, incluso sin tratar, pues la producción de derivados del petróleo supone e apenas el 79,9% del nivel de la RSFSR. Se vende el crudo así como se extrae de los yacimientos. ¿Qué yacimientos? Los mismos que ya existían en la RSFSR, porque todo eso ya se había descubierto y explotado con su trabajo y su dinero.
Mientras, las inversiones al capital principal incluso en el floreciente 2007, supusieron menos de la mitad de las inversiones de la RSFSR en aquel lejano 1990.
¿Qué se necesita para modernizar una economía atrasada? Lo primero claro está es dinero. Un puesto de trabajo junto con toda la infraestructura necesaria cuesta de media entre 150 y 400 mil dólares e incluso más. Pero seamos modestos, detengámonos en los 200 mil. En ese caso, para reequipar los 7 millones de puestos de trabajo (¿Por qué no son 14,3 millones, si es esa la gente que está ocupada en la industria? Porque hay que contar con que en muchas empresas se trabaja en 2 y 3 turnos) se necesitan 1,4 billones de dólares. Eso es sólo el coste de la nueva maquinaria. Luego vendría la puesta en funcionamiento de esa maquinaria, el reciclaje de los obreros, asimilar la nueva tecnología, la fabricación de nuevos productos. Todo eso también es tiempo y dinero. El coste habitual de la puesta en marcha de la maquinaria supone el 20% de su valor, el instruir al personal cualificado cuesta entre 7 y 10 mil dólares por persona, y ese ciclo dura año y medio, 2 años. Ese es el precio del sueño de la modernización y no hablamos de la modernización de toda Rusia, sino sólo de su sector industrial. Si dedicásemos todo el crecimiento del PIB de Rusia — que en los años buenos llega al 4 -6 % — a la modernización, todo este proceso ocuparía cerca de medio siglo.
La vana espera de la “Lluvia dorada” de inversiones
¿Por qué se necesita tanto? En los años 90, las inversiones en Rusia con respecto a 1990 se redujeron en 5 veces. ¿Qué significaba esto? Significaba que los “propietarios eficaces” como los denominaba Chubais, no llevaban intención de desarrollar las empresas que se habían apropiado, sólo pretendían extraer de ellas el máximo beneficio. Indudablemente estos “eficaces propietarios” tenían unas necesidades más apremiantes que atender: Yates, aviones privados, casas en Londres, huevos de Fabergé. Con esos niveles de inversión, Rusia, cada año que pasaba se rezagaba 5 años respecto al desarrollo mundial. Y luego, en los “años felices”, cuando Rusia aumentaba rápidamente sus reservas en divisas, el volumen de inversión era insuficiente para el mantenimiento y desarrollo de la industria. El nivel de inversiones no llegaba si quiera a la mitad de lo que invertía la RSFSR. Esto significa que en el periodo de “florecimiento” Rusia continuaba igualmente quedándose atrás, sólo que en lugar de perder 5 años por año como en los 90, perdía dos. Y así seguimos, porque por ahora la modernización no son más que palabras. La cuestión es ¿alcanzará Rusia a los actuales líderes en desarrollo o se mantendrá en el mercado mundial como tienda de combustibles?
Es una pregunta a la que la Unión Soviética encontró respuesta. A comienzos de los años 30, Stalin formuló así el desafío: “Llevamos 100 años de retraso. Debemos recorrer esa distancia en 10 o de lo contrario nos aplastarán.” Y la recorrimos. Y gracias a eso vencimos en la Gran Guerra Patria. Ya en 1942 la URSS fabricaba el triple de tanques, aviones y armamento que Alemania, que disponía de toda la industria europea. Industria y heroísmo, esa es la fórmula de la victoria.
¿Qué es lo que tiene que hacer hoy Rusia? No hay que ocultar lo fundamental: el estado burgués ruso no dispone de las palancas necesarias ni para la modernización, ni para recuperar el pasado de superpotencia. Por lo demás, el presidente Medvedev resuelve estos problemas de un modo muy sencillo: “Necesitamos el dinero y las tecnologías de los países de Europa, América y Asia. Estos países necesitan a su vez las posibilidades de Rusia.” Traducido al cristiano quiere decir: Nuestros oligarcas se han quedado en sus yates y en sus casas de Londres con sus huevecitos de Fabergé y no les vas a sacar dinero para el desarrollo. Se los pediremos a los oligarcas extranjeros, que seguro que se alegran y pondrán su dinero para traernos las nuevas tecnologías y convertir nuestra atrasada economía en competitiva.
Pero ¿por qué los oligarcas foráneos habrían de alegrarse de la posibilidad de traer su dinero y tecnologías a Rusia, ahora que la crisis se les ha comido ese dinero? ¿Y qué les ha impedido hacerlo antes? ¿Por qué han trasladado miles de sus empresas a China e India y no a Rusia? Todo queda claro cuando nos dirigimos al análisis del Banco Mundial: El beneficio producido por un obrero en Rusia es de 7.000 dólares, un 20% menos que en la India, y un 40% menos que en China, mientras que los costes laborales son el doble en Rusia que en la India o China. Por eso se van allí. El Partido Comunista mantiene allí el orden con firmeza. En el país fusilan a los corruptos y ladrones, y no son los ladrones los que matan a los ejecutivos de éxito o a los hombres de negocios.
Podrá ser contradictorio con la “democracia”, pero útil para el desarrollo.
La pregunta es ¿puede salir Rusia de este callejón sin salida? ¿Puede llevar a la práctica sus planes de modernización? Puede. Pero para eso necesita otro gobierno y otro sistema social. Esperaremos, pero no demasiado.
Notas de la Traducción.
1. Londongrado, en referencia a la capital británica, es un término que se repite a menudo en los medios rusos. Se calcula que tienen su residencia en Londres cerca de 300 mil rusos, de los que 100 son multimillonarios. Londongrado es también el título de un libro del periodista Mark Hollingsworth, donde describe la vida y costumbres de los oligarcas rusos en la capital inglesa.
Fuente: http://gazeta-pravda.ru/index2.php?option=com_content&task=view&id=4181&pop=1&page=0&Itemid=34

Una conferencia sobre el sentido común y las crisis históricas (III)

Sobre el Sacristán que podemos seguir leyendo en el siglo XXI
Salvador López Arnal
Rebelión

En el tercer y último apartado de la conferencia que impartió en 1954 con el título ”Hay una buena oportunidad para el sentido común”, en el Instituto de Estudios Hispánicos de Barcelona, Sacristán se centró en las crisis y en nuestra autoconsciencia de ellas, con observaciones de interés sobre la libertad humana
Recordaba inicialmente Sacristán un nudo al que ya había hecho referencia en el apartado anterior: una peculiaridad muy notable del hombre:
“[…] aquella por la cual le definen más sus posibilidades -su libertad- que los elementos materiales de su composición; más su forma abierta que su conclusa materia. Ocurre además que el modo como sus posibilidades se actualizan para el hombre depende directamente del estado de su conciencia. Millones de veces hirvió el agua ante los hombres sin que la conciencia de ellos tuviera una clara idea del aprovechamiento de la energía que procede de fuentes inorgánicas. Por eso se desperdició durante miles de años la energía del vapor, salvo, quizás para fines de artificio. En cambio bastó poder obtener electricidad para aprovecharla, poder liberar la energía intraatómica para utilizarla”.
Con lenguaje casi heideggeriano, Sacristán remarcaba que la conciencia no era precisamente “el último mono de la casa del hombre”. La conciencia de sus posibilidades era lo que hacía posible que la libertad actualizara aquellos senderos que le interesaran.
No fue la libertad asunto extraño en las reflexiones filosóficas de Sacristán. Además de la voz que escribiera para la Enciclopedia-política Argos Vergara [2], en un artículo sobre marxismo e intelectuales de finales de los cincuenta [3] señalaba:
“[…] Más original que el tópico contemplativo griego recogido acríticamente por Tovar es sin duda su alusión a una intimidad de la libertad: el progreso de la razón empeñada en lucha con la realidad -el progreso de la razón que vive en una moral de verdad y nada más que de ella- puede redundar en un “ahogo de la íntima libertad humana” (p. 96). ¿Qué es esa íntima libertad humana ajena, según parece, a la adquisición de verdad positiva, por modesta que ésta sea? Es la contemplación del hombre que tiene “musa” en el material sentido del término -ocio- y que hace de esa “musa” otra en un sentido existencialmente más pleno: tiempo vacío respecto de la verdad, inútil vivir del espíritu respecto de la verdad, pero densa contemplación - autocontemplación - melancólica”.
Dos eran las objeciones que el marxismo solía hacer a esta noción de libertad espiritual: una, de naturaleza teórica, señalaba su tremenda y acrítica inconsistencia.
“[…] ¿Es posible que un intelectual sienta como libertad en su espíritu la relajación, el mero caer sobre sí, sin la menor preocupación crítica por los posibles factores de ese su estado de ánimo?”
La segunda crítica, proseguía Sacristán, se generaba desde una atalaya moral:
“[…] debe en efecto saber Tovar que en toda cultura oficialmente contemplativa que haya existido hasta hoy, la libertad “íntima” ya en ese ingenuo sentido, ya en algún otro más pleno, ha sido placer de una ínfima minoría. La humanidad, “la gran masa” de la humanidad no puede perder la libertad íntima porque jamás ha tenido ocasión de poseerla. Pensamiento del pensamiento lo ha sido sólo el primer motor aristotélico y sus más inmediatos protegidos. Sócrates acaso y Menón, pero no el esclavo de éste que sin gran contemplación sino a golpe de incitación externa, supo resolver el problema pitagórico. Si hubiera sabido resolver unos cuantos problemas “técnicos” más acaso habría podido deshacerse de Menón, su amo”
Sobre la. libertad exterior e interior, hablaba así Sacristán en su magnífico texto de 1970 sobre “Russell y el socialismo” [4]
”[…] La contraposición entre libertad exterior (a la que se está dispuesto a renunciar en alguna medida) y libertad interior (absolutamente irrenunciable) es, sin duda, en parte herencia religiosa del cristianismo, con su implícito desprecio de lo “exterior”. Pero tampoco puede dudarse de que es un prejuicio que viene como anillo al dedo al idealismo profesional (es decir, socialmente funcional) del grupo de los intelectuales: la sublimidad de lo “interior” es a la autoestimación y a los privilegios del trabajo intelectual como la vileza de lo “exterior” a la modestia de los salarios; lo “interior” es intelectual y lo “exterior” es manual. Russell construye abiertamente este prejuicio de casta, con el agravante, a veces, de una aceptación acrítica de la organización de la ciencia tal como hoy existe. “El doble problema de preservar la libertad interior y disminuir la exterior es problema que el mundo debe resolver, si han de sobrevivir las sociedades organizadas sobre el conocimiento científico”.
Por lo demás, la usual confusion entre libertad y privaticidad era comentada por Sacristán en los siguientes términos, de rabiosa actualidad desde luego, en una nota de 1973 [5]:
”[…] Pero sobre esta base, de hecho es fácil levantar racionalizaciones bastante más sublimes. Por ejemplo, y señaladamente, la que explica la importancia de la enseñanza privada por el respeto a la libertad. ¿Habrá que inferir de esa justificación que los pastores católicos alemanes no velan por la libertad de las jóvenes ovejas de sus rebaños, cuando dan como cosa fuera de toda discusión el que el redil educativo de aquéllas -e incluso de sus padres y demás fieles adultos- es la escuela pública, la enseñanza pública? ¿Será posible alimentar la misma sospecha respecto de los monsignori italo-vaticanos? Sería horrible de decir... Más verosímil es que la glorificación de la enseñanza privada como “reino de la libertad” educativa sea complemento de la escasísima afición del capital español a contar con un estado burgués también formalmente, no sólo en y por su contenido. En particular, habrá que sospechar que por “libertad” se está entendiendo en esas ideologizaciones algo diferente. Y que el pensamiento que alimenta toda la construcción sea una identificación, tan recusable cuando, sin duda, subjetivamente honrada y sincera por parte de los que la profesan, de libertad con privaticidad, de lo eleutérico con lo idiótico (dicho así para que la pedantería evite -esperemos que con ventaja- la ira)”.
Privaticidad era limitación y sólo podía confundirla con el concepto de libertad quien entienda ésta de un modo puramente negativo:
“[…] por vía de pura remoción, como un asceta yermo que nunca hubiera oído hablar de mística. En el campo educativo, entender la libertad como mantenimiento a ultranza de la integración, de la homogeneidad interna de los grupos ideológicos (y sociales , se sepa o no) de ciudadanos, es confundirla con la oclusión, por así decirlo, endogámica, con la condena a no superar nunca la idiotez (en sentido etimológico, o sea, pedante, con objeto de mantener la buena educación y probar la buen crianza que le dieron a uno, sucesivamente, maestros, catedráticos y PNN de la enseñanza pública) que ignora la universalidad implícita en la conciencia de los hombres”.
Tomando pie en Togliatti, en nota a pie de página de uno de sus grandes artículos y conferencias [6], “La Universidad y la division del trabajo”, Sacristán apuntaba:
”[…] Del mismo modo que, según una reflexión de Togliatti, el contenido concreto del concepto marxista de libertad es, mientras se viva en sociedad de clases, Ia acción de liberarse, la liberación...”
Anteriormente, en su informe al seminario del PCE celebrado en Arras en los sesenta [7], Sacristán discutía algunas concepciones, entonces muy vigentes, del concepto de libertad. Concretamente, las nociones escolástica y heideggeriana.
La noción escolástica de libertad “es la de libre albedrío, o libre arbitrio de indiferencia. Sigue siendo hoy la doctrina de la Iglesia al respecto. Según esta concepción, el hombre (concebido metafísicamente como una esencia física) es libre el el sentido de que puesto ante una elección no está en principio sometido a ninguna influencia determinada. Esta teoría tiene su punto de partida en la consciencia individual precientífica. Efectivamente, todos tenemos hecha la experiencia de vacilar entre dos vías de conducta”. Sin embargo, esta experiencia en bruto, sin elaboración teórica, no es un dato admisible ya que su generalización conducía a absurdos: “la hipótesis de que ningún condicionamiento (de los que también nos da testimonio la experiencia) sea determinante de la conducta es, como han señalado los neopositivistas, una hipótesis de imposible manejo científico. Una realidad sin determinación sería una realidad inicial, siempre nueva de un modo absoluto, y, por lo tanto, desligada e independiente incluso del propio sujeto. Así, el concepto de libre albedrío lleva al absurdo de pensar a libertad como independencia del sujeto respecto de sí mismo, incoherencia de la conducta del sujeto y, en última instancia, destrucción del concepto mismo de persona individual que la filosofía católica gusta tanto de proclamar abstractamente”.
A esta crítica podía añadirse, proseguía Sacristán, que el concepto de libre arbitrio concibe el acto de decisión o elección humanos metafísicamente aislado de la vida del sujeto y del propio mundo, pero
“[…] en realidad el acto de decisión humana no es fruto de un punto abstracto y simple, sino de un sujeto complejo, producto de anteriores elecciones y de las decisiones de otros, inserto en una complicada red de relaciones sociales, que al mismo tiempo le constituyen a él mismo, su pasado y sus posibilidades de elegir”.
La falsa lógica que subyacía a la visión escolástica, señalaba Sacristán, radicaba en una separación ilusoria del ser humano respecto “de las necesidades y regularidades del mundo y del propio ser del que es consciencia la consciencia humana”.
La doctrina existencial heideggeriana, que, en su opinion, podía considerarse como una teoría de la libertad, descansaba en una experiencia más fina que la visión tradicional.
“[…] Es la experiencia de la serie de condicionamientos que determinan la acción y el pensamiento del individuo en la sociedad. El existencialismo heideggeriano ve en la angustia existencial un temple o estado de ánimo en el cual el individuo anula en su consciencia todo el contenido cultural y social que le ha alimentado, los lugares comunes, las ideas públicas, incluyendo los conceptos científicos, para encontrarse al final un vacío que sería el momento de la libertad”.
Pero, para Sacristán, aunque en esta concepción el punto de partida estaba más elaborado, estaba igualmente limitado por las siguientes rezones.
En primer lugar, era absurda la hipótesis de una consciencia vacía de conocimientos adquiridos. “No existe la consciencia pura que afirmó el idealismo kantiano. La experiencia nos da la consciencia exclusivamente como consciencia de algo, según han indicado los fenomenólogos”.
En segundo lugar: entre los condicionamientos de la consciencia, el existencialismo mezclaba sin distinción “las determinaciones naturales ineliminables... con las determinaciones eliminables y que hay que eliminar, es decir, las alienaciones de la consciencia”.
Finalmente, al igual que en la concepción tradicional, la visión existencialista conducía igualmente a una paradoja.
“[…] ¿Quién es, en efecto, el individuo libre, una vez destruidas las determinaciones naturales que le constituyen como tal individuo, que componen su ser? El hombre sería también un vacío, un hueco, un punto abstracto como en el caso de los escolásticos”.
De este modo, el concepto existencialista de la libertad se basaba en una separación irreal del ser humano respecto de las regularidades y necesidades del mundo.
Para Sacristán el concepto comunista de libertad -”la libertad es el domino positivo y consciente del hombre sobre su práctica, basado en el conocimiento de la necesidad natural y social o histórica”- era una pertinente modificación de la fórmula hegeliana expuesta por Hegel en su Filosofía de la religión : “La libertad consiste en no querer nada que no sea uno mismo”.
La corrección marxiana daría con la siguiente formulación: la libertad consiste en poder ser uno mismo.
“[…] Esa fórmula así corregida no es metafísica -aunque sea ciertamente abstracta- pues Marx ha definido de modo positivo, desde los primeros esbozos del materialismo histórico, la “mismidad” o “naturaleza” del hombre propiamente dicho, sin apelar a una naturaleza sustancial metafísica de tipo aristotélico”
La definición concreta de libertad comunista por él propuesta adquiriría la siguiente forma:
“[…] Libertad concreta es ausencia de alienación, dominio de la humanidad sin clases sobre el trabajo y sus productos, visibilidad y tratamiento de las relaciones humanas como tales relaciones humanas, sin cosificación de las mismas y de las relaciones del hombre con la naturaleza como forma básica de la actividad específica del hombre, del trabajo intelectual y material”.
Sobre el abusivo uso de conceptos de las ciencias naturales, singularmente la existencia o inexistencia de leyes deterministas en el ámbito de la física de partículas, para defender o criticar la existencia de la libertad humana, señalaba Sacristán en un seminario de 1977 sobre “Los problemas actuales del marxismo” [8]:
“[...] del mismo modo que no viene a cuento para el problema de la libertad política la cuestión de si existen o no leyes determinísticas basadas en física. No tiene nada que ver. Uno puede postular libertades políticas igual si el mundo físico es absolutamente determinista -como en un momento de euforia de Laplace- que si no es determinista como en momento de euforia del más intuicionista de los físicos. Es igual. El problema de las libertades políticas no tiene nada que ver con el determinismo físico sino con las relaciones en la sociedad”.
Igualmente, durante el coloquio de una mesa redonda “Sobre el estalinismo” celebrada en 1978 en Barcelona [9], se le preguntó a Sacristán sobre el entonces debatido asunto de la “revolución de la mayoría” y en torno al tema de la lucha por las libertades y el parlamentarismo. Su respuesta, con referencia, de tono enérgico y elevado, al menosprecio incomprensible e inadmisible al asunto esencial de las libertades en la deformación estalinista, fue la siguiente:
El tema planteado le parecía a Sacristán que llevaba dentro dos cuestiones: la del aprovechamiento de la legalidad y la lucha por la ampliación de las libertades. El asunto no era nuevo, “es tradicional, primero, del movimiento obrero y más en general de cualquier clase dominada que intenta ampliar, como es natural, las libertades de que pueda disfrutar”.
La segunda cuestión formulada -hasta qué punto por ese camino de lucha por las libertades se generaba una revolución social- permitía una respuesta tajante:
“[…] Desde mi punto de vista hasta ningún punto . No se consigue, sencillamente. Una revolución es el acto más autoritario que existe, según la frase de Engels, que repito ahora”.
Había otra cuestión, no explicitada abiertamente, que Sacristán creyó que quedaba coleando y que era, ni más ni menos, que el desprecio a las libertades entonces llamadas “formales”. Sostuvo Sacristán que creer que esa posición era “una cosa de izquierdas” y, además, revolucionaria, era:
”[…] una de las tantas deformaciones ideológicas estalinianas, viene del período de Stalin. Y en el período de Stalin se han recortado las libertades individuales de los ciudadanos soviéticos, no por izquierdismo sino por derechismo abierto. La primera limitación, la limitación todavía visible en vida de Lenin, en el año 21, en el X Congreso, en marzo del 21, esto es una limitación de libertades que sirve para tapar el aplastamiento de la insurrección de Kronstadt y la introducción de la NEP -sin juzgar ahora si fueron buenas o malas medidas, a lo mejor eran óptimas, yo no soy ningún economista competente, a lo mejor eran necesidades indiscutibles-, pero dejando aparte su valor técnico, desde un punto de vista político fueron un enorme bandazo a la derecha. Para dar un enorme bandazo a la derecha es para lo que ha recortado el poder soviético las libertades. Entendámonos, porque cuando un poder es él de izquierda no va a recortar libertades de sus propios ciudadanos para seguir su camino, el camino previsto por su propia izquierda. Las recorta para irse a la derecha”.
La identificación del recorte de libertades con posiciones de izquierda era una auténtica y persistente falsedad histórica en el movimiento comunista. Además, añadía Sacristán, esa tendencia, esa idea implícita, señalaba hasta qué limites tenía que haber calado el poso de ideología estalinista en la tradición para que fuera posible hablar de la palabra “libertad” despectivamente. Era, sencillamente, monstruoso.
“[…] Eso es más o menos, supongo que si yo fuera teólogo -aunque me divierta estar con teólogos no lo soy-, diría que eso es uno de esos pecados contra el Espíritu Santo, porque eso es llamar mal al bien. Tratar despectivamente la libertad... La libertad ni es de derechas ni se puede despreciar”.
Por sendero complementario, la última pregunta del coloquio de una conferencia de 1981 sobre “La función de la ciencia en la sociedad contemporánea”, impartida en el Instituto Maragall de Barcelona en un acto organizado por su amiga y discípula recientemente fallecida María Roa Borràs, versó sobre la cuestión de la racionalidad de las decisiones en ciencia y en técnica y sobre el punto de vista desde el que se tomaban esas posiciones.
En su respuesta Sacristán se refirió, lateralmente, al tema de la liberad. Observó, en primer lugar, que había contradictoriedad sin ninguna duda en el tema de las decisiones.
“[…] La solución tecnocrática precisamente lo que hace es negar la contradictoriedad, negar que haya una problemática dentro de las soluciones tecnocráticas mismas. Lo otro es admitir que esa contradictoriedad existe, admitir que ningún valor es demostrable, que los juicios de valor son todos juicios más o menos plausibles, pero en ningún caso demostrativos, y que el pensamiento demostrativo sólo puede ejercerse una vez admitidos unos valores. Esto son cosas de sentido común. Es lógica elemental o análisis lógico elemental. Una teoría científica no es nunca una valoración, sino una construcción a partir de ciertos valores aunque no sea más que el valor, o que la valoración, que sitúa por encima de todo la investigación pura, por ejemplo”.
El problema más importante, en su opinión, era el problema de quién dominaba socialmente porque “el desarrollo de ciertas consecuencias de esta civilización en que estamos, tan protagonizada por la tecnociencia, está determinando problemas que induce a mucha gente a buscar soluciones autoritarias”, como la defendida por Mosterín en Racionalidad y acción humana , donde apuntaba que la solución era que mandasen los técnicos,
“[…] declarando que no hay solución democrática para los problemas técnicos, que, como dice Mosterín -que él mismo es muy liberal, por otra parte-, pero, como dice en su libro, no existe solución democrática para los problemas de la sanidad. Un problema de la sanidad no se resuelve preguntando a la población que va a ser servida cómo quiere ser servida, sino que hay que imponerle la sanidad”.
Otro ejemplo de autoritarismo en aquellos años podía verse en las tesis de W. Harich, quien sostenía entonces que
“[...] la única solución consiste en otorgar un poder despótico mundial a una agencia mundial porque ésa es la única manera de resolver los problemas globales de contaminación. Él piensa: poderes locales pueden resolver problemas parciales y locales de contaminación, pero el problema de la contaminación de los océanos sólo puede resolverlo un poder mundial dotado de atribuciones absolutas ante el cual nadie pueda resistirse”.
Había aquí hay una cuestión de valores, de consideraciones normativas sobre el valor libertad concretamente:
“[…] A quien no le importe nada el valor libertad, puede apuntarse a la solución de Harich, a la de Mosterín o a cualquier otra solución tecnocrática. Hay que decir, para ser justo con Mosterín, y luego también haré una matización respecto de Harich, que Mosterín piensa que existen todavía dos clases de problemas: los problemas tratables democráticamente, con técnica democrática, y los problemas sólo tratables con procedimientos tecnocráticos. Él ejemplifica el caso del problema sólo tratable tecnocráticamente con el ejemplo que he dado antes de la sanidad, y el caso de problema sólo resoluble por vía democrática con el problema de la elección de representantes de grupos sociales. La representación de grupos sociales sólo puede resolverse democráticamente. La solución del problema sanitario sólo puede resolverse tecnocráticamente. Harich, en los últimos tiempos, ha matizado un poco su posición. Sigue manteniendo la necesidad de poderes incontrastados a escala mundial, para los problemas planetarios. Por ejemplo, su ejemplo típico es de los océanos, que sería un poder tecnocrático, de científicos y técnicos, y luego admite -precisamente lo admitió por la mucha oposición que le hicimos en Barcelona, que discutimos con él muchos días seguidos hasta conseguir que matizara un poco sus posiciones- que hay otras esferas de la vida pública en la que sería posible vivir más democráticamente o libertariamente, más en comunidad, más de manera comunista o comunitaria, siempre que fuera posible organizar comunidades pequeñas. Quiere decir, no los grandes Estados nacionales actuales sino entidades sociales del orden de los muy pocos millones de personas, si se llegaba al millón. Eso lo digo para ser justos con unos y con otros.
Ambos, concluía, habían matizado mucho su inicial posición tecnocrática.
Sacristán concluía señalando que estas soluciones valían, en cualquier caso, para quien pusiera en un lugar que no fuera central “el valor libertad, y algunos otros valores relacionados con él. Por ejemplo, el valor comunidad frente al valor sociedad”. Por contra, quien pusiera los valores libertad y comunidad por encima de otros valores de orden técnico, para esa persona, finalizaba Sacristán, las soluciones anteriores nunca serían satisfactorias.
Tomar conciencia, añadía Sacristán en su conferencia de 1956, era el modo peculiarmente humano de hacer presa en la realidad. Ciertamente que a menudo ese hacer presa peculiar del hombre no redundaba en resultados prácticos apreciables. Veamos las rezones de ello en una próxima entrega.
Notas:
[1] Esteban Pinilla de las Heras, En menos de la libertad. Dimensiones políticas del grupo Laye en Barcelona y en España , Barcelona, Anthropos, 1989, pp. 261-274.
[2] Manuel Sacristán, Lecturas de filosofía moderna y contemporánea . Trotta, Madrid, 2007, pp. 45-57 (edición, presentación y notas de Albert Domingo Curto).
[3] Manuel Sacristán, “Tópicas sobre el marxismo y los intelectuales”, Nuestras Ideas, nú 7 , página 21.
[4] Manuel Sacristán, “Russell y el socialismo”. Sobre Marx y marxismo , Icaria, Barcelona, 1983, p. 219.
[5] Manuel Sacristán, “Libertad y privaticidad”, Intervenciones políticas , Icaria, Barcelona, 1985, p.155-156.
[6] Manuel Sacristán, “La Universidad y la división del trabajo”, Ibidem , p. 132.
[7] Véase los anexos de la tesis doctoral de Miguel Manzanera sobre obra filosófico-política de Sacristán presentada en la UNED en los noventa y dirigida por José María Ripalda, pp.708-726.
[8] Reserva de la BC de la UB, fondo Sacristán. Inédita.
[9] Manuel Sacristán, Seis conferencias . El Viejo Topo, Barcelona, 2005, pp. 27-54.
[10] Reserva de la Bc de la UB, fondo Sacristán. Inédita.

lunes, 15 de marzo de 2010

Maldito socialismo, ¡cómo te echamos de menos!

Higinio Polo
El Viejo Topo

Hace unas semanas, en Berlín, mientras los beneficiarios del cambio político en la Europa del Este celebraban la desaparición del muro (y, sobre todo, del “socialismo real”) hace veinte años, como prueba manifiesta de la superioridad social del capitalismo, la prensa internacional conservadora lanzó una de sus habituales campañas propagandísticas para vender de nuevo la mentira del supuesto éxito conseguido por el cambio político y económico en los antiguos países socialistas europeos. La escenificación de una alegría impostada en ceremonias de auto alabanza (con evidentes concesiones al nacionalismo alemán) y la presencia, y, después, las imágenes difundidas por el mundo de Gorbachov, George Bush, Kohl, Merkel, Wałesa y otros (incluso Medveded) celebrando la “victoria sobre el comunismo”, escondían el sufrimiento social causado por el retroceso hacia el capitalismo en toda la Europa oriental, y se revelaban como la gran mentira de los festejos de Berlín.
Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge, y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, utilizando datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una investigación de cuatro años. Un millón de muertos. Ese era el resultado de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales que extendieron el hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que, juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado en Lancet , por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones. No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por causas distintas, que no siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a los actuales 46 millones, dieciocho años después.
Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de Yushenko y Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA, que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso el International Herald Tribune (en su edición del 15 de enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos, según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez millones de personas en esos territorios. Ante el horror y la contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales asesores de la terapia de choque capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia. Las reformas neoliberales (1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en estos últimos años. La desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber mediado ese desastre que celebraban en Berlín.
* * *
Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica, vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.
El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado, porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder capitalista. El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida, afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a millones de personas, el destino de muchos de los centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo. Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio de personas pasa hambre.
Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos norteamericanos neoliberales como el citado Jeffrey Sachs, y suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente (el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después, Chirac.
Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas; hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.
Esa realidad es conocida por los investigadores y por los gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos, aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos: manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y el “triunfo de la libertad”. Además del recurso a la deshonesta y falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el nazismo y el fascismo. Porque la actual democracia liberal (corrompida por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está representado apenas por los países más desarrollados, no por los más pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es Estados Unidos, pero no Haití. El entusiasmo liberal por la revisión de la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo soviético.
Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman. No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el “asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles norteamericanos en las puertas de Rusia. El Pacto de Varsovia fue desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras. Se seguirá discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad política de los medios liberales, pasando por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata, trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia del socialismo real , y terminando con la hagiografía de otro sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos. También, figuran las de quienes intentan ser equilibrados y honestos a la hora de juzgar lo que fue el “socialismo real” y, sobre todo, lo que ha supuesto para la población el retorno al capitalismo.
Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini), desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a los comunistas a la clandestinidad y absuelven a los nazis locales de su complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente, en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía golpista al capitalismo.
La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder. No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente (sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen: una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos “comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una “rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que las manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el capitalismo: querían reformar el socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. Sin embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos todavía buena parte de las complicidades y de la acción que desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y norteamericana. Al margen del turbio carácter del personaje, y de su afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias. Es cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca, en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a explicar a la población que su propósito era implantar el capitalismo.
Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros países. El aumento de los precios no fue equilibrado con un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad técnica. La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que, inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental, por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de “industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.
La deuda externa combinada de los países europeos orientales en 2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. Aunque las estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población. Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han quedado al cuidado de otros familiares. En Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. El fenómeno es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria. Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa, precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real), hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e internacionales. Agrupando a todos los antiguos países socialistas europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en 1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al hablar del supuesto “éxito” de la transición del socialismo al capitalismo.
Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a la población, recortes sociales, reducción de pensiones, desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la pobreza. La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática, sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido, definen un amenazador futuro inmediato.
Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además, juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán. La sumisión de las nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la independencia de sus países.
La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en 1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.
Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en los países del socialismo real, como los serios desajustes de su economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los años ochenta. La constatación del desastre social de la restauración capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población, porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros, perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado un nuevo referente en Alemania.
A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas, debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los muros nunca sean una apuesta por el futuro. La terapia de choque fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones aterradoras. En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control, pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos: Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.Referencia:
http://www.thelancet.com/journals/lancet/article/PIIS0140-6736%2809%2960005-2/abstractFuente: Publicado en el nº 265 de El Viejo Topo, febrero de 2010.

domingo, 14 de marzo de 2010

¿Para esto el Tratado de Lisboa?

Carlos Taibo
Público

En los últimos meses no han sido pocas las voces que, conocedoras de lo que se cuece en la Unión Europea, han expresado su recelo ante un argumento mil veces repetido: el que llama la atención sobre las presuntas bondades del Tratado de Lisboa en lo que se refiere a acrecentar la agilidad y la eficacia de unas instituciones hasta hoy más bien mortecinas. Para muchas de las voces que nos ocupan, y por decirlo rápido, el tratado ha llegado demasiado tarde en un escenario en el que han surgido de por medio nuevos y acuciantes problemas. Lo cierto es que las semanas transcurridas desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa no han aportado savia nueva a una Unión Europea que sigue tan cabizbaja como antes. Basta con echar una ojeada a los nombramientos de las dos figuras –Herman van Rompuy y Catherine Ashton– que encabezan la UE en estas horas para percatarse de que poco hay que huela a un renovado impulso que rescate a la Unión de su crisis. Aunque hay quien aducirá, con respetable razón, que la ausencia de figuras de primer orden en Bruselas bien puede ser una buena noticia –nos alejará, sin ir más lejos, de políticas marcadas por irrefrenables designios personales–, el problema de fondo parece, en realidad, otro: la Unión Europea de estas horas no tiene resuello para encarar ninguno de los grandes retos que debe afrontar, algo que convierte en anécdota los nombres de quienes encabecen unas u otras instituciones. El primero de esos retos inabordables lo configura un inquietante alejamiento entre políticos y tecnócratas, por un lado, y ciudadanos de a pie, por el otro. Sobran las razones para aducir al respecto que se ha acabado un idilio de años. Las trampas vinculadas con la ratificación del viejo tratado constitucional y con el propio Tratado de Lisboa han dejado una huella imperecedera a la que se suma una circunstancia más: el chalaneo permanente al que se entregan desde hace tiempo liberales, conservadores y socialistas ha cancelado en los hechos muchos de los elementos de vivacidad que, al calor de la competición y la oposición, dan aire a tantos sistemas políticos. No es más halagüeño el registro de la Unión, cada vez más inmersa en la consolidación de una Europa fortaleza, en lo que hace al encaramiento de la crisis económica. Si en los 20 últimos años los poderes públicos han perdido dramáticamente capacidades de acción, los problemas que acosan a Grecia o a España a duras penas aciertan a ocultar que en el propio núcleo duro de la Unión faltan las respuestas convincentes mientras, y con lo que ha llovido, la desregulación, adobada con los mitos de la competitividad y del crecimiento, sigue impregnándolo casi todo. A estas alturas, y en paralelo, sólo los más ingenuos creen que la UE, esa audaz compradora de cuotas de contaminación que los países pobres no están en condiciones de agotar, se halla comprometida en una lucha sin cuartel contra el cambio climático. Qué no decir, en fin, de una política exterior que, alicaída, sigue arrastrando una dócil sumisión al dictado norteamericano. Quédenos el consuelo de certificar, eso sí, que –con los mimbres presentes– no hay ningún motivo para afirmar que una diplomacia fuerte del lado de la UE dibujaría un mundo más justo y solidario…http://blogs.publico.es/delconsejoeditorial/490/%C2%BFpara-esto-el-tratado-de-lisboa/

Dos Hombres, una idea

Consideraciones para leer en el Cementerio de Highgate el 14 de marzo de 2010
Martín León
Rebelión

“Prepárate a conocer al mayor, y posiblemente al único filósofo vivo verdadero….un hombre todavía muy joven – ronda los veinticinco años – y que asestará el golpe de gracia a la religión y política medievales. … reúne en su persona la más profunda seriedad filosófica y la más incisiva ironía. Imagínate a Rousseau, Voltaire, Jolbach, Lessing, Heine y Hegel juntos en una sola persona – y digo juntos, no revueltos – ”
(Carta de Moses Hess a Berthold Auerbach)
En 1818, el 5 de mayo, la Renania Alemana se encontraba en estado de involución desde el punto de vista político, económico y social. Por voluntad del poder absoluto y divino de Federico Guillermo III, se había implantado de manera retrograda un régimen jurídico que recordaba las etapas mas oscuras de la llamada “Edad Media”. Lejos quedarían los avances en la nueva visión de la sociedad obtenidos luego de los sucesos en Francia del año 1789 con la toma de La Bastilla. Para contribuir con este cuadro decadente de cosas se agrega la epidemia de tifus que azota a buena parte de Europa, bajo este contexto nace el segundo de los hijos del matrimonio formado por Heinrich y Henriette, en una ciudad de esa región (Tréveris) que a la sazón alcanzaría los 12 mil habitantes, no obstante, pese a los condicionantes sociales, aquel hogar gozaba de cierta holgura económica, producto de la audacia y actividad legal-mercantil del padre. El recién nacido, años más tarde habría de marcar la historia de la cultura occidental, (y aun mas allá de esta) dado sus importantes aportes en los espectros político, económico y social, a partir de su obra escrita y accionar diario, que sólo mentes afines a la del Rey de Prusia [1] , se atreven a negar y descalificar. En palabras de Engels “fue el hombre más odiado y más calumniado de su tiempo” hoy, como ayer ocurre lo mismo.
Por esa misma época “un hombre de a caballo”, fustigaba de manera inclemente, sin tregua ni concesiones al absolutismo español, de quien se dice, había jurado por su honor, por dios y su patria que liberaría a America del dominio de aquel imperio, sin dar descanso ni a su vida ni a su brazo, hasta no dejar ni a uno sólo de aquellos “opresores de pueblos” en tierras del Nuevo Mundo. Pertenecía al contingente de hombres luchadores por la independencia y que como Miranda, San Martín, Nariño, Montufar, O´Higgins, entre otros, harían la guerra a España levantando el alba el siglo XIX cronológico, cuya justificación teórica y objetivos económicos, políticos y sociales estarían trazados, a nuestro entender, en los escritos del jesuita peruano Juan Pablo Vizcardo y Guzmán. [2]
El hombre, odiado y calumniado “… era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos. Primera Gaceta del Rin, 1842; Vorwärts de París, 1844; Gaceta Alemana de Bruselas, 1847; Nueva Gaceta del Rin, 1848-1849; New York Tribune, 1852 a 1861, a todo lo cual hay que añadir un montón de folletos de lucha, y el trabajo en las organizaciones de París, Bruselas y Londres, hasta que, por último, nació como remate de todo, la gran Asociación Internacional de Trabajadores, que era, en verdad, una obra de la que su autor podía estar orgulloso, aunque no hubiera creado ninguna otra cosa.” [3]
Estas consideraciones pronunciadas hace 127 años, tres días después del fallecimiento del más incansable emancipador de conciencias en el cementerio de Highgate de Londres, nos dan cuenta de las razones por las cuales fue tan odiado y tan calumniado y por quienes ha sido vituperado de manera tan severa e irracional, tal como lo fuera en su momento “el hombre de a caballo”.
La explicación, para tanto odio acumulado es simple, versa sobre la base de haber puesto en evidencia de manera científica y sistemática “el eje en torno al cual gira toda la sociedad moderna” según nos explica Engels, “la clave del misterio está en que, bajo el régimen social vigente, el capitalista encuentra en el mercado una mercancía que encierra la peregrina cualidad de que al consumirse engendra, crea nuevo valor: esta mercancía es la fuerza de trabajo”, [4] que en su forma de plus trabajo constituye la base de la depredación ilegitima del hombre por el hombre. Por su parte la sustanciación de la animadversión hacia “el hombre de a caballo” viene referida al hecho de haber identificado filosófica y jurídicamente los elementos para dar al traste con la sociedad violenta colonial, mas allá de los convencionalismos que atribuyen las causas para la independencia en la revolución de Washington, el enciclopedismo francés o las abdicaciones de Bayona, nos apoyamos en un fundamento que responde al “espíritu emancipador universal, radicado en la condición libre de la razón humana, crecido y madurado en el tiempo, expresamente manifiesto desde el comienzo de la Controversia de Indias. En este sentido la Independencia es un movimiento propio del Continente americano, o de cualquier país injustamente ocupado” [5] , cuya expresión máxima la encontramos en el sólo hecho de haber nacido en estos territorios de lo que nacen los Derechos de posesión sobre tales territorios y a la formación de un gobierno propio, por lo que la Independencia resulta de un acto perfectamente racional.
En 1883, el 14 de marzo, a las tres menos cuarto de la tarde, cesaron las funciones biológicas del hombre “odiado y calumniado”, pensador total en sentido estricto, murió rodeado de limitaciones.“Es de todo punto imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este hombre. Harto pronto se dejará sentir el vacío que ha abierto la muerte de esta figura gigantesca” [6] , quizás la vida le advertía irónicamente que la “emancipación de los trabajadores será obra de ellos mismos” sólo si logran la unidad en la lucha por tal ideal. En aquel año en julio harían 100 años del nacimiento de otro pensador de talla universal, incansable emancipador de pueblos, también nacido bajo comodidades y muerto entre calamidades, con la cruz acuestas de haber “arado en el mar”.
Aunque estos dos hombres nunca coincidieran físicamente, anduvieron juntos en la misma idea, no era otra que la de excluir del diccionario de la humanidad la palabra EXCLUSION. Parafraseando a Engels, sus nombres vivirán a través de los siglos, y con ellos sus obras.
Es autentico,
[1] Se trata de Federico Guillermo III, quien gobernó entre 1797 y 1840.
[2] Al respecto, léase la llamada “Carta a los Españoles Americanos” de Vizcardo y Guzmán
[3] Engels, Federico. Discurso ante la tumba de Marx, el 17 de marzo de 1883
[4] Engels, Federico (1978) Siete artículos sobre el tomo primero de “El Capital”. En: Breves Escritos Económicos. México D.F. Editorial Grijalbo S.A. p. 52
[5] Ramis, Pompeyo (1984) La Razón Filosófico-Jurídica de la Independencia. Caracas. Academia Nacional de la Historia. p. 11
[6] Engels, Federico. Discurso …

viernes, 12 de marzo de 2010

La dialéctica y la metodología de Marx.

La segunda arista de la concepción marxista del mundo.
Salvador López Arnal
Rebelión

Había sido la posición “de los semánticos norteamericanos en 1939, luchando desesperadamente porque Roosevelt no entrara en guerra contra los nazis arguyendo que el concepto fascismo no es operativo porque no es verificable la proposición “x es fascista””. Todo ello, proseguía Sacristán, era ya pura lucha de clases, no una simple diferencia científico-analítica entre dos aspiraciones enfrentadas.
Con esas palabras finalizaba su respuesta a una documentada y aguda pregunta de un asistente a su conferencia de 1973 sobre la dialéctica impartida en la Facultad de Derecho de la Autónoma de Barcelona [1]. Años más tarde, en sus clases de Metodología de las ciencias sociales, en seminarios y clases de doctorado, volvería reiteradamente sobre el tema.
La metodología de Marx ocuparía un lugar destacado en las clases de metodología de 1983-1984 [2]. Aunque tenía mucha relación con la escuela histórica en temas de método y concepción de la ciencia económica, Sacristán creía que era mejor comentar aisladamente las reflexiones de Marx.
“A pesar de que, como veremos, creo que tendré ocasión de documentarlo, hay un parentesco de época muy intenso entre Marx y la escuela histórica, no los puedo asimilar porque, a diferencia de la escuela histórica, Marx ha apreciado mucho, al mismo tiempo, a la economía clásica inglesa. Comparte […] muchas ambiciones de la escuela histórica pero no comparte su desprecio por Smith y Ricardo sino que los aprecia grandemente. De modo que su obra tiene las dos motivaciones”.

La actitud metodológica marxiana había cambiado bastante en el curso de su vida intelectual. En los años cuarenta, cuando inició sus estudios económicos profundos, la primera reacción de Marx fue de rechazo de la economía clásica, como simultáneamente estaba haciendo la escuela histórica. Un rechazo no sólo teórico, que tenía claramente una componente no científica, moral, no teórica.
“Por ejemplo, cuando reprocha a los ricardianos lo que llama "infamia de la economía política", entendiendo por infamia la utilización de cifras medias y estadísticas. Este joven Marx de 1843-1844, y hasta 1845, piensa que la utilización de cifras medias y estadísticas es una manera de encubrir sufrimiento social de los grupos sociales más desprovistos. En cambio, como es sabido, luego, en su época madura, sus principales intentos de establecer teoremas económicos se refieren precisamente a cifras medias, a tasas medias”.

Había habido, pues, un cambio importante en el curso del desarrollo intelectual de Marx sobre lo qué era hacer ciencia, qué era generar ciencia social.
Lo mismo había ocurrido con el programa metodológico explícito de Marx en el que habían actuado, en forma no siempre armonizada señalaba Sacristán, varias influencias. Estaba, por una parte, la influencia de Hegel; estaba, por otra parte, la influencia de la escuela joven-hegeliana y, por último, estaba la evidente influencia de la economía clásica, de la ciencia en su sentido usual. Estas habían sido las tres ideas de método, incluso las tres ideas distintas de ciencia, con las que Marx había trabajado.
Existían dos lugares clásicos, no demasiado fáciles en opinión de Sacristán, para hacerse idea de las posiciones de Marx acerca del método en economía.
“Uno de esos lugares es la introducción que escribió en 1857, y que no publicó, a la Contribución a la crítica de la economía política, que es su primera obra importante en economía, que es de 1859… El otro lugar clásico es el epílogo a la segunda edición del libro I de El Capital; esta segunda edición es de 1873, mientras que la primera era de 1867”.

Para Sacristán los dos textos, en realidad, eran escritos muy complicados y enrevesados aunque el segundo no lo pareciese. El epílogo a la 2ª edición del libro I de El Capital [3] parecía claro. En su opinión era también bastante liado y oscuro. ¿Por qué?
“Porque Marx está jugando sin darse cuenta en mi modesta opinión con estos tres conceptos de método distintos: el de método científico en sentido hegeliano, que ahora comentaré un poco si tengo tiempo, el de método científico y ciencia en el sentido de los jóvenes hegelianos y la idea de método corriente en ciencia”

La idea hegeliana se encontraba en la “Introducción” de 1857 en la afirmación marxiana según la cual el método científico debía ir de lo abstracto a lo concreto, debía subir de lo abstracto a lo concreto.
“Si ustedes reflexionan un poco acerca de cómo usamos normalmente las palabras, eso de ascender de lo abstracto a lo concreto parece innatural. Estamos acostumbrados a pensar que lo abstracto está ‘más alto’ y que lo concreto es lo inmediato. Independientemente de como lo use Marx […] la idea es de Hegel, y Hegel es muy comprensible que lo pensara así aunque a los que no somos idealistas absolutos nos parezca un disparate. Pero, en fin, desde el punto de vista de la Idea misma es muy consistente. Es la idea de que como todo el Ser para Hegel es de naturaleza ideal, entonces el pensamiento tiene la misma naturaleza que el Ser”.
Hegel, prosigue Sacristán, observa que cuando empezamos a comprender un fenómeno usamos generalmente ideas imprecisas. Cuando iniciamos el estudio cualquier objeto, por ejemplo, el Congo, el antiguo Congo belga, el Zaire,
“[…] cuando uno empieza a estudiar eso sin saber nada, lo primero que adquiere es una vaga idea de aquello: territorio en el que está, África; puesto que se llama “Congo” debe tener que ver con el río Congo, etc., y el progreso en el conocimiento es claro que va a desembocar en una progresiva concreción de lo que se conoce. Aquello va a adquirir detalles, materialidad, perfil; en cierto sentido, a hacerse más concreto. La vaga idea del Congo va a hacerse más concreta”.

La descripción hegeliana se podía admitir si uno admitía un prejuicio previo idealista: que lo general es vago, que la primera idea que uno tenía de este Congo, que para Sacristán era vaga, era ya un concepto general. Esto era un juicio de Hegel que no tenía por qué convencer. A él no le convencía.
“En mi opinión, lo que habría que decir sobre este ejemplo es que cuando uno va conociendo el Congo ex-belga o el ex-Congo belga, primero tiene una idea vaga y va adquiriendo una idea precisa, pero “abstracto” y “concreto” estamos acostumbrados a usarlos de otro modo. Abstracto consideramos, por ejemplo, el término “bondad” y concreto consideramos el conocimiento de una persona buena, individual. Eso es a lo que estamos acostumbrados y no a que la idea bondad sea más vaga que el conocimiento de un hombre en particular. Lo que será vago es cuando conozcamos a ese hombre en particular sin saber mucho de él, si es bueno o malo, si es listo o tonto”.

Sea como fuere, volviendo a Hegel, el autor de la Ciencia de la Lógica señalaba que puesto que el pensamiento era de la misma naturaleza que el Ser, o éste era de la misma naturaleza del pensamiento de acuerdo con su idealismo filosófico, el Ser mismo debía moverse del mismo modo:
“[…] que lo primero que hay en el Ser es una idea general y que el Ser va evolucionando por vía de negaciones y contradicciones y mediaciones hasta adquirir concreción. En el sistema de Hegel se parte de la idea en sí, sin ninguna cualificación; de esa idea se pasa a su negación, la Nada; de la síntesis del Ser, de la idea de Ser pura, y de la idea de Nada, se obtiene la idea de devenir, de cosas que cambian. Así va construyendo una serie de conceptos cada vez menos generales, cada vez más concretos. De aquí que para él tenga sentido decir que el método consiste en pasar de lo abstracto a lo concreto”.

En una ciencia muy teórica, como la física por ejemplo, se estaría dispuesto a afirmar que, más bien, lo real era lo contrario a lo apuntado por Hegel: conocer consiste realmente en pasar de lo concreto a lo cada vez más abstracto, de una experiencia concreta, directa, a conceptos físicos que no tenían ni siquiera en muchos casos correlato sensible. La concepción hegeliana era la inversa
“[…] y tiene naturalmente su respetabilidad en una línea emparentada con la escuela histórica; a saber, que tras ella se vislumbra una verdadera vocación por el conocimiento de lo concreto, de lo particular, cosa que en cambio estaba excluida, y suele estar excluida, en la filosofía de la ciencia corriente”.

La filosofía de la ciencia tradicional profesaba un lema: "non est scientia de particularibus", no hacemos ciencia de las cosas singulares, con lo que se consideraba que el conocimiento histórico no podía ser un conocimiento científico. En cambio, tanto la escuela histórica como Hegel tenían precisamente como ideal gnoseológico el conocimiento de lo singular histórico
“[…] singular no el sentido de individuo humano necesariamente, aunque también en ese sentido, sino en el sentido de singularidad histórica no repetible. Pues, por ejemplo, el Imperio romano o la democracia ateniense, o las ciudades del norte de Europa de la Edad Media, por mencionar títulos de investigaciones célebres”.

En un plano metodológico, la dialéctica hegeliana, esta concepción metodológica que luego había tenido tanta influencia en Marx y en otros autores, se entendía como un proceso, real y mental al mismo tiempo, que tenía un ritmo triádico, la conocida sucesión de tesis, antítesis y síntesis que se aplicaba en cualquier campo.
“[…] Luego, en un plano lógico, menos Hegel que alguno de sus continuadores, principalmente Engels, en ese campo intentaron codificarla en unas cuantas leyes, principalmente tres, de las cuales dos sobre todo tenían valor lógico: la ley del paso de la cantidad a la cualidad, es decir, la idea de que un cambio de cualidad es sólo el resultado de la acumulación de cambios cuantitativos, y la idea de negación de la negación que es la misma idea de tesis, antítesis y síntesis, pero que en la versión de negación de la negación, por una parte, es de muy fácil aplicación, y, por otra parte, ha sido constantemente ejemplificada con ejemplos muy lamentables, de muy poco interés explicativo, entre los que hay que contar el del grano de cebada de Engels. La idea, por ejemplo, de que interpretar el crecimiento de un pie de cebada de una planta a partir del grano que es la semilla es describir un proceso de negación de la negación porque la siembra del grano, su destrucción en la tierra, sería la negación del grano, y el crecimiento posterior de la planta sería la negación de esa muerte, es decir, la negación de la negación del grano”.

La opinión de Sacristán era que este tipo de consideraciones se parecían mucho a esquemas característicos de la filosofía tradicional. Eran metáforas, simples metáforas, interesantes metáforas en algunos casos, y no métodos ni lógica. Recogían experiencia cotidiana precientífica, como habían hecho los pares de conceptos de gran parte de la metafísica tradicional.
“Por ejemplo, la explicación aristotélica del cambio aludiendo al hecho de que los cuerpos son compuestos de potencia y acto. En la física y en la ontología aristotélica se explica que un cuerpo cambia diciendo que todo ente, todo cuerpo finito, es un compuesto de parejas de factores, materia-forma, esencia-accidente , y también potencia y acto. Entonces que un cuerpo pase de un estado (A) a un estado (B) consiste en que el estado B, que estaba en potencia en él, actualiza A”.

¿Qué valor explicativo tenía una conceptuación de este tipo? Ninguno en opinión de Sacristán. Lo que hacía era codificar en un lenguaje especial experiencia cotidiana no científica, experiencia directa, no trabajada. Eran metáforas, no eran expresiones que tuvieran ningún valor explicativo, puras descripciones de experiencia o de pensamiento cotidiano preanalítico, que podían tener, desde luego, “mucha calidad literaria y hasta poética”.
En el caso de la metodología de Marx se cruzaban muchos motivos de dificultad. Marx parecía un autor muy fácil pero era, en cambio, un autor muy difícil, “sobre todo en el plano de análisis de método precisamente por su oscuridad”.
“Hay autores que están, por así decirlo, por encima de sus conceptos, los dominan, los manejan bien, y otros que están por debajo. Marx es un caso claro de esto último. Un autor rebasado por su propio programa intelectual por un lado, y a menudo confundido en sus tomas de posición filosóficas por sus múltiples herencias […] sin que él se dé cuenta, están jugando tres conceptos de ciencia y de método diferentes: el hegeliano de ciencia como saber absoluto, como saber irrefutable, que es, para empezar, todo lo contrario del concepto moderno de ciencia” [4].

En segundo lugar, después de la influencia hegeliana, estaba en Marx un concepto de ciencia que podría llamarse joven-hegeliano, que entendía por actividad científica la crítica, no construcciones teóricas, sino crítica de datos y también de la literatura, de la bibliografía, que es lo que habían hecho los jóvenes hegelianos. Este concepto de ciencia estuvo muy presente en el joven Marx.
“Cuando empieza a trabajar en economía, lo que él busca es escribir una crítica de la economía. Luego, con el paso del tiempo, se le va imponiendo otra noción de ciencia, la corriente, la tercera de sus ideas de ciencia, la que él ha heredado de los clásicos de la economía política, principalmente de Smith y Ricardo, y en gran parte también de algunos científicos naturales, principalmente de Darwin y de [Justus von] Liebig, el bioquímico”.

La tercera idea de ciencia presente en Marx, la idea corriente de ciencia por así decirlo, fue ganando importancia en su pensamiento hasta el punto de que en su obra madura, El Capital, remarcaba el que fuera su traductor castellano, la idea de crítica sólo está en el subtítulo, no está en el título.
“Al principio de su proyecto científico lo que Marx quería escribir era una crítica de la economía política; al final lo que ha escrito es un libro llamado El Capital, y sólo debajo, y en letra más pequeña, Crítica de la economía política , que es un buen indicador de como una noción normal de ciencia va dominándole las ideas joven-hegelianas y hegeliana de ciencia”.

El Capital mismo tenía estos tres tipos de literatura, de dificultad diferente: unos primeros capítulos muy hegelianos, difíciles de leer, pesados, y en opinión de Sacristán, “en gran parte inútiles”. Luego, capítulos de tipo histórico: “predominantemente empíricos, muy lisos y buenos de leer”; los capítulos sobre la historia de la jornada de trabajo, por ejemplo. Finalmente, un núcleo más teórico en el sentido moderno de la palabra, “no hegeliano sino construido con las técnicas y los métodos habituales de la ciencia”.
[“…] Pero todo eso es el reflejo de una larga evolución que empieza por algo que supongo que comenté, por el rechazo de la economía de mercado, considerando una ''infamia” incluso las tasas medias, las cifras medias y que termina, en cambio, en unos intentos muy apasionados, pero que no cuajaron, de matematización de su teoría. Empieza por pedir a sus amigos matemáticos que intenten matematizar lo que él está escribiendo, sobre todo a un matemático inglés que fue muy amigo de él, Samuel Moore, pero éste le contesta que con los procedimientos matemáticos de la época no le parecía posible, y luego intentando él mismo hacerse con un instrumental matemático que le permitiera hacer el trabajo a él, que a eso responden sus estudios de vejez sobre cálculo infinitesimal”.

Partiendo de todo ello, ¿qué podía significar entonces dialéctica en Marx, se pregunta Sacristán? Su parentesco con la escuela histórica: lo que se ve como aspiración de conocimiento, como producto de conocimiento, es un concreto histórico, no leyes generales sino un conocimiento historizado, individualizado, singularizado. Pero existía, en todo caso, una diferencia importante entre Marx y la escuela histórica,
“[…] la escuela histórica piensa que ese conocimiento individualizado, historizado, no se debe obtener con procedimientos científicos corrientes, no se debe obtener con los procedimientos deductivos e inductivos de la economía clásica. En cambio, Marx […] piensa que incluso el conocimiento concreto no se puede adquirir más que con los métodos corrientes en ciencia, los de la economía clásica, como lo muestra el hecho de que en su vejez esté intentando matematizar su propia teoría. Es decir, Marx no es, por así decirlo, un historicista ortodoxo, pero tiene con la escuela histórica ese parentesco de considerar que el buen conocimiento económico es conocimiento social general. Desde el punto de vista de las materias es, a la vez, sociológico, institucional, político, histórico, y es individualizado, historizado”.

Este era el primer elemento de la noción marxiana de dialéctica en opinión de Sacristán. Quedaba otro. Para documentarlo era un buen texto el epílogo a la segunda edición del libro I de El Capital. Marx distingue aquí, bastante acertadamente en opinión de Sacristán, entre método de investigación y método de exposición: para investigar, no hay más métodos que los conocidos: deducción, inducción, observación, análisis, pero, en cambio, la exposición era cosa distinta si en ella uno conseguía, señala Marx, recordaba Sacristán, que el material se organice de tal forma que pareciese vivo, que pareciese reflejar la vida que tenía el objeto .
A un lector poco prevenido, prosigue Sacristán, puede darle la impresión de que esta consideración era un simple artificio. De hecho, eso era lo que reprobaban sus críticos al estilo dialéctico marxiano. En opinión de Sacristán:
“Este argumento de Marx me parece de interés porque implica la confesión de que para investigar no hace falta dialéctica, si por dialéctica hay que entender algo distinto de los métodos corrientes de la ciencia; para investigar, dice él, basta con obtener los hechos, analizarlos, compararlos y ordenarlos teóricamente, que eso es todo lo que hace una teoría científica. Entonces, ¿qué es la dialéctica? ¿Qué es ese modo de exposición que viene después que se han ordenado los hechos? En mi opinión, eso es entonces algo, desde el punto de vista científico, sobreañadido, por así decirlo, innecesario, innecesario en algún sentido de necesario, pero que, en cambio, Marx, por alguna razón, sostiene todavía como necesario en esta defensa frente a sus críticos positivos, los críticos que le elogian el libro”.

Lo dialéctico resultaba ser en el caso de Marx un atributo del producto más que un método o una lógica. ¿Qué era, pues, la dialéctica marxiana en opinión de Sacristán?
“Dialéctica es una cierta manera de ser del producto intelectual consistente en su globalidad, como en el caso de la escuela histórica, en el hecho de que es autoexplicado, autocontenido, no tiene explicaciones exógenas, tiene un elemento de historicidad, de singularización del objeto, “el capitalismo”, como en el caso de Sombart, o El Capital , que en el fondo quiere decir lo mismo”.

Rasgos que, en alguna medida, emparentaban el producto dialéctico con el producto artístico, un producto que intentaba reflejar una entidad individualizada, contenida en sí misma, y en su proceso, en su historicidad, en su dinamicidad.
“Repito una vez más por cargo de conciencia, por no confundir las cosas al comparar demasiado, que en el caso de Marx hay esta gran diferencia respecto de la escuela histórica, a saber, que ese trabajo se intenta conseguir con los métodos habituales de la ciencia, con eso que él llama “método de investigación”, y por tanto la cosa se distingue bastante del caso de la escuela histórica. Pero, en todo caso, esta idea de lo dialéctico como una cualidad del producto final, con cierto parentesco con lo histórico y lo artístico, no es ni la idea de dialéctica del marxismo convencional, que ve la dialéctica como una lógica, como un método, que cuando se reduce a leyes da sólo esas leyes que en mi opinión son […] metáforas de la vida cotidiana: negación de la negación, salto de la cantidad a la cualidad, etc.

Tampoco eran pura vaciedad, pura verborrea, como tendían a señalar algunos filósofos analíticos, Bunge entre ellos, señalaba Sacristán, sino que en su opinión era un objetivo de conocimiento que cuando se lograba alcanzar consistía en un atributo del producto definible por su máxima globalidad, como ya había visto Schumpeter, “por su carácter de explicación endógena y por su visión principalmente dinámica del objeto”.

Anexo:
En el turno de preguntas con las que Sacristán solía cerrar todos los apartados del temario de Metodología, un estudiante le formuló una interesante cuestión sobre metodología e ideología
Has dicho que, como verdad general, no se podía afirmar que hubiera relación entre metodología e ideología, pero parecía que si bien no de una manera absoluta, acaso relativamente tal vez sí. ¿Piensas que hay alguna coincidencia?

Sacristán creía que se podía afirmar que existían parentescos, por así decirlo, que existían parentescos espirituales entre ciertas tendencias metodológicas y ciertas concepciones generales.
“Sartre el filósofo existencialista que, como la mayoría de los filósofos tradicionales, no estaba muy atento a las ciencias positivas sino que hablaba un poco al margen de ellas, o mirándolas demasiado poco sin tener nunca la paciencia de seguirlas con detalle, tenía sus ideas sobre método, enlazando la idea de método con la idea de ideología, de concepción general, y en su tesis doctoral precisamente asienta esta proposición que a mí me parece literalmente muy falsa y hasta bastante ignorante: que una metodología analítica es por naturaleza conservadora, propia de conservadores, mientras que la metodología natural de un científico o de un filósofo que no sea conservador, que sea reformador, revolucionario o radical, es por fuerza una metodología sintética, globalizadora”.

Tomada al pie de la letra, a él le parecía una gran falsedad la tesis sartriana: por muy revolucionarísimo que sea un autor, si se ponía a hacer “visiones globales sin haber analizado nunca nada, aparte de revolucionario lo que va a ser es pésimo”. Si no hacía ningún trabajo analítico, si no elabora el detalle, el dato, el material, en vez de síntesis, lo que iba a conseguir eran sólo frases vagas, imprecisas, muy generales, poco interesantes.
“Todos analizamos siempre, cualquiera que sea nuestra vocación filosófica o tendencia general, no digamos ya en cuestiones de análisis lingüístico o matemático que son simples instrumentos para cualquiera, sino también en las ciencias reales, en las ciencias empíricas, cuando se trata de analizar el material empírico de que se dispone. Eso es una necesidad universal, igual si uno es rubio que si es moreno, y si es conservador que si no es conservador”.

La tesis le parecía, pues, falsa, inadecuada. En cambio, Sacristán estaba dispuesto a admitir que con esa afirmación globalmente falsa Sartre estaba rastreando un hecho bastante más difícil de precisar pero que podría ser formulado así:
“[…]el que un tipo de pensamiento, científico o práctico, político o moral, que de verdad se proponga tomar la realidad dada, no como un dato firme, inamovible, sino como un problema, como algo que él quiere modificar, sin duda será una mentalidad que tenderá a obtener visiones de conjunto, porque si se quiere cambiar algo, si se quiere cambiar una realidad parece necesario, además de analizarla, que en esto se equivocaba Sartre en mi opinión, parece necesario, repito, buscar al mismo tiempo una visión global de esa realidad”.

Si uno no se planteaba como problema el conjunto de la realidad social o cultural en la que vive, le bastaba con lo que un gran filósofo conservador, seguramente el principal filósofo conservador del siglo XX, señalaba Sacristán, Karl Popper [5], expresaba diciendo que el buen método del pensamiento social, sobre todo del pensamiento político, es lo que llama la "ingeniería social fragmentaria”.
“La palabra “fragmentaria” ahí es muy significativa. Efectivamente, si el conjunto de la realidad se toma como bueno, como dado, como algo que no hay que poner en discusión, entonces lo que hay que hacer es operar fragmentariamente sobre sus puntos malos, mejorar tal cosa, mejorar tal otra. En cambio, si uno, ya sea en el plano científico, ya sea en el plano práctico, político, arranca en cambio de un descontento respecto de la globalidad social, es natural que aspire a una visión global también y no sólo a una visión fragmentaria. Pero una cosa es aspirar y otra es conseguirlo. Es decir, no siempre está garantizado que sobre un campo dado de la realidad uno pueda obtener una buena estampa total. De eso no hay nunca ninguna garantía. Por tanto, suponer que hay que identificar una voluntad crítica, o una actitud crítica ante la realidad necesariamente con una buena imagen del todo es demasiado pedir”.

Muchísimas veces a la persona, ya sea teórica, ya sea práctica o política, interesada en cambiar todo el contexto, finalizaba Sacristán, le sería necesario “contentarse no ya con una buena imagen de todo el concepto sino más bien con una percepción intuitiva y un ideario moral”, no siempre podrá conseguir un buen cuadro sistemático. Pensar que eso no era problema, que eso siempre se podía conseguir, era en su opinión característico del optimismo del filósofo
“[…] explicado por el hecho de que el filósofo casi nunca se sube las mangas y se pone a mirar cómo está la sociología, cómo está la psicología o la economía, sino que los considera campos ya logrados y maduros y trabaja como si lo fuera.”

Eso, concluía Sacristán, no estaba nada claro.

Notas:
[1] “De la dialéctica”. En: Manuel Sacristán, Sobre dialéctica . El Viejo Topo, Mataró (Barcelona), 2009, pp. 101-130.
[2] Ibidem, pp. 205-217.
[3] Fue traducido por el propio Sacristán para la edición castellana de El Capital en OME de Crítica-Grijalbo. Aparece en OME 40.
[4] La mejor aproximación de Sacristán a las concepciones metacientíficas de Marx puede verse en “El trabajo científico de Marx y su noción de ciencia”. En M. Sacristán, Sobre Marx y marxismo , Icaria, Barcelona, 1983, pp. 317-367, en mi opinión, uno de los mejores trabajos de filología y filosofía marxistas de Sacristán. Una grabación de la conferencia base del artículo puede consultarse entre los materiales anexos de los documentales dirigidos por Xavier Juncosa, Integral Sacristán , El Viejo Topo, Barcelona, 2006.
[5] Que era conservador, añadía Sacristán, en el sentido no sólo de un estado de espíritu sino de haber sido Popper, “ahora [1984] ya es demasiado viejo”, un consejero muy activo del partido conservador británico durante toda su madurez.

Referencia Prólogo:
El prólogo de Sacristán en la red: http://archivo.juventudes.org/node/114