domingo, 10 de julio de 2011

Replanteos marxistas del Imperialismo


10-07-2011

Replanteos marxistas del Imperialismo



Las discusiones marxistas contemporáneas sobre el imperialismo parten del enfoque de Lenin y jerarquizan el estudio de las tendencias económicas del capitalismo. Se le asigna a estos procesos un papel determinante en la dinámica imperial. Los autores que postulan la validez de la visión leninista resaltan su actualidad. Destacan la preeminencia de los monopolios, la hegemonía rentista del capital financiero y la existencia de un bloqueo al progreso técnico que generaliza el estancamiento.
LA CENTRALIDAD DE LA COMPETENCIA
Lenin identificaba el dominio de los monopolios con el control de los precios, a través de concertaciones entre grandes empresas. Coincidía con Bujarin en estimar que la competencia había perdido relevancia a escala nacional y sólo regía plenamente en el plano mundial [3] .
Este diagnóstico remarcaba el agotamiento de la libre competencia y la consiguiente disolución de la concurrencia plena. Consideraba que las empresas ya no rivalizaban entre sí para reducir costos, ampliar mercados y aumentar los beneficios.
Luego de un intenso debate en la entre-guerra, esta concepción fue reformulada en los años 50 por varios teóricos keynesianos. Ilustraron cómo los oligopolios ajustaban las cantidades producidas (en lugar de alterar los precios), para asegurar la continuidad de altas tasas de ganancia (Steindl). Estimaron que este comportamiento conducía a la sistemática sub-utilización de la capacidad instalada (Kalecki) y remarcaron los efectos nocivos de esa “competencia imperfecta” sobre el nivel de crecimiento (Joan Robinson). Consideraban que la fijación concertada de los “precios de exclusión” generalizaba el estancamiento e imponía fuertes barreras de entrada a la actividad de los rivales (Sylos Labini) [4] .
Una corriente de teóricos marxistas (Sweezy, Baran) reivindicó este enfoque, describiendo como las corporaciones se repartían los mercados, creando situaciones de sub-inversión y sobre-capacidad permanente de las plantas. Los discípulos de esta escuela (Foster, Chesney) resaltan el peso dominante de los monopolios bajo el neoliberalismo y otros autores (Vasapollo), utilizan el mismo criterio para evaluar las tendencias del capitalismo contemporáneo [5] .
Estas miradas subrayan acertadamente los impactos generados por el incremento de la escala productiva. El desarrollo del capitalismo agigantó la dimensión de las firmas y la mundialización actual incentiva un salto en la envergadura de los colosos que operan a nivel global.
Pero este incremento del tamaño no es sinónimo de control monopólico, ni de supresión de la competencia. El capitalismo recrea la concurrencia y el oligopolio en forma complementaria y mediante reciclajes recíprocos. En los momentos de mayor rivalidad ciertas empresas introducen formas transitorias de supremacía, que no pueden conservar ante el resurgimiento de las batallas competitivas. Esta dinámica es constitutiva del capitalismo y perdurará mientras subsista a este régimen social.
El capitalismo no podría sobrevivir a la erradicación completa de la competencia, puesto que en ese escenario desaparecerían las normas mercantiles y quedaría regulada la asignación de los recursos. En el proceso de la acumulación, la rivalidad siempre genera nuevos gigantes que compiten entre sí. Lo que cambia en cada etapa del sistema es la modalidad de esta combinación.
La trayectoria del capitalismo no ha seguido una curva idílica desde prosperidades competitivas hasta nocivas concertaciones. Esta imagen romántica, olvida la enorme gravitación que tuvieron los monopolios en el debut de la acumulación. Por otra parte, la pugna contemporánea entre poderosos oligopolios, no difiere cualitativamente de las viejas rivalidades entre pequeñas compañías. Los principios que regulan ambas confrontaciones son muy semejantes.
Los acuerdos entre empresas para distribuirse los negocios son frecuentes. Pero estos arreglos siempre quedan socavados por violaciones internas o por la aparición de otro concurrente.
Este comportamiento rige en los mercados nacionales y mundiales. La suspensión de la concurrencia en el primer terreno e intensificación en el segundo (que describieron Lenin y Bujarín) fue un rasgo coyuntural, que no perduró como tendencia del capitalismo. Existe una discusión historiográfica sobre el acierto o error de esa evaluación a principio del siglo XX, pero la continuidad posterior de la competencia es un dato incontrovertible.
Los teóricos keynesianos de posguerra presentaban equivocadamente la desaparición (o debilitamiento) de este rasgo, como un defecto del capitalismo monopolista, frente a las ventajas de la “concurrencia perfecta” del pasado. Como localizaban los defectos del sistema en las falencias del mercado (y no en las contradicciones de la acumulación), convocaban a recuperar la vitalidad del capitalismo, introduciendo reglas de protección de la competencia. Desconocieron que esa concurrencia perduraba y que su eventual intensificación, sólo acentuaría la inestabilidad crónica del sistema.
Los marxistas que compartieron ese diagnóstico tendieron a prestar más atención a los acontecimientos secundarios de la esfera circulatoria, que a los procesos determinantes de la actividad productiva. También olvidaron que los cambios de precios son el principal instrumento que tienen los capitalistas para desenvolver su actividad. Sólo mediante aumentos y rebajas de esas cotizaciones, los empresarios pueden actuar en el mercado, ofreciendo nuevos productos en función de los costos de fabricación y obteniendo mayores ganancias en las disputas con sus concurrentes.
PERDURABILIDAD DE LA LEY DEL VALOR
La tesis de total control monopólico fue acertadamente objetada por varios autores marxista en los años 70 (Shaik, Clifton, Weeks, Semmler). Estos críticos restauraron la centralidad analítica de la rivalidad mercantil.
En sus cuestionamientos aceptaron la existencia de mayores obstáculos a la caída de los precios, pero atribuyeron estas barreras a la existencia de transformaciones económicas (mayor peso de la deuda pública) y cambios político-sociales (limitaciones a la reducción nominal de los salarios por la gravitación de los trabajadores). Estos rasgos limitan el vaivén de los precios, pero no anulan la preeminencia de la competencia. Este mecanismo continúa actuando a través de ajustes relativos, dentro de una dinámica más inflacionaria [6] .
El neoliberalismo revirtió parcialmente ese cuadro de ascenso generalizado de precios e introdujo un entorno de mayores vaivenes, junto a cierta reaparición de las tendencias deflacionarias. Este curso refutó adicionalmente, muchos supuestos de los teóricos del capital monopolista.
También la mundialización incentivó la pugna competitiva. Hay traslados de fábricas a las regiones que ofrecen salarios bajos, se recalientan las batallas por el control de las materias primas y se afianzan las rivalidades financieras por colocar préstamos o acaparar los negocios de alto riesgo. Esta renovada competencia de costos es ilustrada por numerosas descripciones periodísticas del “darwinismo mercantil” y la “competencia por la supervivencia” que impera entre las empresas.
La transferencia de actividades fabriles hacia el continente asiático y la reorganización de la división internacional del trabajo son nítidos indicadores de la continuada rivalidad de precios. Estas batallas desembocaron en las crisis itinerantes de las últimas décadas. La competencia fabril genera excedentes, la concurrencia financiera multiplica los capitales sobrantes y la pugna por acaparar negocios precipita desproporcionalidades sectoriales. Estas tensiones irrumpen por el carácter inviable que tiene la manipulación oligopólica de los precios.
Al considerar que el capitalismo ha quedado sometido a reglas arbitrarias de manipulación de los precios, los teóricos del capital monopolista modifican la interpretación que postuló Marx, para explicar la fijación de esas cotizaciones. El pensador alemán consideraba que ese proceso estaba objetivamente regulado por normas de costos, productividad y exacción de plusvalía, que guían la valorización del capital.
Marx estimaba que ese desenvolvimiento estaba regido por una ley de valor, que determinaba la distribución del trabajo social en las distintas ramas de la economía, en función de las expectativas de beneficio. Esa regulación definía a su vez el nivel de los precios, de acuerdo al trabajo socialmente necesario para la producción de las diversas mercancías. La propia marcha de la acumulación ajustaba finalmente esas cotizaciones, a través de una sucesión de periódicos desequilibrios, que intercalaban la prosperidad con la crisis.
La teoría del capital monopolista sustituye este principio por otras normas, que explican la fijación de los precios por relaciones sociales de fuerza (poder de cada corporación para imponer sus exigencias) o por gravitaciones institucionales (intervención del estado para favorecer a uno u otro grupo). El poder de los monopolios es derivado de esas influencias, con criterios que se alejan del análisis marxista objetivo de la acumulación.
Se podría argumentar que la preeminencia de las grandes corporaciones afecta al propio desenvolvimiento de la ley del valor, al concentrar el poder económico en grupos reducidos. Pero esta transformación tampoco implica una preeminencia de manipulaciones monopólicas. Lo que está en juego es la distribución de plus-ganancias entre actores capitalistas, que sólo pueden disputar la captura estable de esos beneficios, mediante reducciones de costos o incrementos de la productividad. La batalla por esos lucros no sigue un curso contingente de astucias monopólicas. Obedece a los parámetros que impone la ley del valor, a la reproducción capitalista.
Este mismo principio ha extendido su alcance bajo la mundialización neoliberal, con la regionalización o internacionalización de muchos precios estratégicos de la economía. Junto al incremento de los movimientos de capital, la reducción de las barreras aduaneras y la implantación de las empresas transnacionales, los mercados internos son penetrados por competidores foráneos y la autonomía de cada estado (para fijar tasas de interés, manejar la moneda y modificar gravámenes) se reduce significativamente. Este cambio se refleja a su vez en los precios, que sufren mayor impacto de la competencia mundial.
En esta producción más globalizada, una porción significativa de la actividad económica se desenvuelve dentro del propio espacio de las transnacionales. Las filiales localizadas en distintos puntos del planeta utilizan precios de transferencia, que las gerencias administran en función de sus propios cálculos de rentabilidad. Pero tampoco estas cotizaciones son arbitrarias, ni provienen de maniobras concertadas entre grandes grupos. Las empresas continúan compitiendo a una escala más global y los resultados de esta concurrencia se expresan en una fijación de los precios, dependiente de la dinámica del valor.
¿HEGEMONÍA DEL CAPITAL FINANCIERO?
La teoría de Lenin postula la preeminencia del capital financiero, a medida que los bancos controlan las operaciones comerciales e industriales y asumen la dirección de las grandes empresas. Se supone que también manejan los paquetes accionarios, la emisión de valores y la especulación inmobiliaria.
Esta concepción surgió del retrato que presentó Hilferding de la fusión que realizaron los bancos alemanes con la industria, a través de las sociedades anónimas y la digitación del crédito. También se basó en la descripción de Hobson de las altas finanzas inglesas, como estructuras receptoras de los dividendos aportados por el crédito externo [7] .
Esta visión fue muy discutida en su época y enfrentó cuestionamientos marxistas al concluir la entre-guerra. Algunos autores que postularon la existencia de una secuencia histórica inversa del poderío inicial y debilitamiento posterior de los financistas. D estacaron que la dominación de los bancos rigió tan sólo en las primeras fases de acumulación, cuándo la industria necesitaba obtener capitales para emprender un desarrollo acelerado. Una vez concluido ese despegue los empresarios recuperaron independencia y se sustrajeron de cualquier sujeción a los banqueros [8] .
La teoría de la supremacía financiera perdió seguidores en la posguerra, en la medida que el boom económico estuvo signado una prosperidad comandada por la industria. El florecimiento de este sector fue tan evidente, como el rol complementario jugado por los banqueros, durante el período de explosión de productividad y el consumo.
Este giro condujo a cuestionar la caracterización del imperialismo como una etapa de hegemonía financiera. Algunos autores estimaron que Lenin generalizó en forma incorrecta la descripción presentada por Hilferding para el caso particular de Alemania. Como en ese país el capitalismo se erigió en forma tardía fue necesaria una fusión forzada desde el estado entre los banqueros y los industriales, para acelerar el proceso de acumulación.
Pero esa amalgama no se extendió a otras economías. La gravitación lograda por los banqueros ingleses no era tan absoluta y en todo caso correspondió a un período peculiar de un imperio en declive. En las potencias ascendentes -como Estados Unidos- se observaba un nítido predominio del sector productivo junto a la ausencia de fusión con los bancos . Otros analistas objetaron también la extrapolación del caso alemán, d estacando la inexistencia de una preeminencia perdurable de los banqueros, frente a los protagonistas de la acumulación [9] .
Pero el debate recobró intensidad en los últimos veinte años, ante la significativa gravitación financiera que acompañó al neoliberalismo. Este modelo introdujo drásticas transformaciones regresivas, bajo el comando de los bancos. Con esa dirección se impuso una ofensiva del capital sobre el trabajo, asentada en las exigencias impuestas a todas las empresas por los acreedores y los prestamistas. Los financistas volvieron a ocupar el mando de una armada burguesa que atropelló los sindicatos, redujo los salarios y potenció la informalidad laboral.
Los autores que remarcan esta función clave ubican el surgimiento del neoliberalismo en un golpe financiero, que determinó el ascenso de las tasas de interés (Paul Volcker en 1979-82). Esa acción otorgó a los banqueros un rol director de la arremetida patronal e introdujo una nueva pauta de disciplina regresiva en todas las actividades económicas [10] .
Este período inauguró una etapa signada por el protagonismo financiero de Nueva York, la proliferación de operaciones de alto riesgo y la expansión de los bancos de inversión y los fondos de pensión. Los circuitos financieros se internacionalizaron y se afianzó un nuevo rol global de los banqueros en la administración del riesgo, con los nuevos instrumentos de la titularización y los derivados.
Este papel determinante de los banqueros quedó confirmado en la crisis reciente. Los estallidos irrumpieron en la esfera financiera y se procesaron mediante monumentales rescates de las entidades a cuenta del estado. Esta socialización de pérdidas se llevó a cabo por mandato directo de la elite financiera.
Pero la renovada gravitación de los financistas presenta fechas de inicio y objetivos muy precisos. No ha sido un proceso continuado desde principios del siglo XX, sino un fenómeno específico de las últimas dos décadas, determinado por la función que cumple la banca en la ofensiva del capital. Este liderazgo sucedió a la supremacía industrial de posguerra y confirmó el carácter cambiante de los sectores que ejercen el comando de la acumulación capitalista .
Ninguna cronología (o razonamiento) justifica la existencia de un despotismo permanente de los financistas. Esa creencia presupone que el desenvolvimiento del capitalismo se ha mantenido invariable desde el comienzo del siglo XX
La “financiarización” reciente no constituye, además, un proceso que favorece exclusivamente a los banqueros. Ha sido un instrumento de todos los capitalistas para recuperar la tasa de ganancia, mediante generalizados aumentos de la explotación. En este campo se localiza la extracción de plusvalía que sostiene al sistema. La hegemonía de las finanzas puede interpretarse a lo sumo, como un aspecto de la reestructuración neoliberal, pero no como un dato estructural del capitalismo.
La etapa reciente de ascenso de los financistas ha empalmado, además, con un avance de la mundialización, que modifica las viejas formas del accionar bancario. Se ha consumado una expansión de empresas transnacionales, que mixturan distintas formas de capital y propician más la asociación que la dominación financiera.
En muchas áreas se diluyeron las fronteras que separaban a los industriales de los banqueros, puesto que numerosos conglomerados operan indistintamente como compañías financieras y productivas. En estas organizaciones los banqueros no actúan como simples succionadores de un lucro ajeno.
Los financistas participan de todo el dispositivo de la acumulación, mediante la canalización de los préstamos hacia los negocios más rentables. Al observarlos como meros penalizadores del resto de la economía -e identificarlos con la simple absorción del beneficio- se desconoce el estratégico rol que juegan en la generación de esas ganancias .
CAPITAL RENTISTA
La sustitución de conductas favorables a la acumulación por actitudes rentistas es otro aspecto de la tesis leninista, que retoman muchos seguidores de ese enfoque. Esta mutación fue atribuida por el líder bolchevique a una preeminencia del capital financiero, que disminuye las inclinaciones productivas de la burguesía y potencia el parasitismo de los banqueros.
Esta caracterización es actualizada por los autores que subrayan la presencia de los “capitales que hacen dinero con dinero”. Mediante este manejo conquistan posiciones e imponen sus exigencias de valorización rentista a toda la sociedad. Consideran que ese despojo rentista se exacerbó bajo el neoliberalismo, a través del acaparamiento de mayores ganancias por parte de financistas, que acrecentaron la improductividad y obstruyeron la acumulación [11] .
En las descripciones de este despilfarro se remarca la hipertrofia de las operaciones financieras, que no incorporan valor a la producción. También se resalta como estas actividades afectan al proceso productivo, a través de operaciones titularizadas y seguros emitidos para respaldar los bonos en circulación. En la gestión rentista, los riesgosos fondos de inversión han reemplazado a los bancos más conservadores [12] .
A diferencia de los economistas pos-keynesianos, este enfoque presenta el giro hacia la especulación como una transformación objetiva del capitalismo. No atribuye esta mutación a perversiones de los gerentes o a conspiraciones de Wall Street. Pero al evaluar que el sistema tiende a desprenderse de su basamento productivo, sugiere que la lógica de la explotación ha sido reemplazada por una dinámica de fraude.
Ese tipo de malversaciones ha estado presente en toda la historia del capitalismo y fue más dominante en el origen, que en la madurez de este sistema. Con el afianzamiento de la acumulación los financistas quedaron integrados a un modo de producción, basado en la confiscación del trabajo excedente de los asalariados y la conversión de plusvalía en capital. La distribución de ese beneficio entre los banqueros e industriales se consuma mediante disputas competitivas.
Es importante subrayar la vigencia actual de estos procesos. La presentación simplificada del capitalismo como un casino regido por el azar y administrado por una elite de jugadores, es desacertada. Esta visión desconoce que el sistema continúa regido por ciertas leyes favorables al conjunto de las clases dominantes y se encuentra socavado por contradicciones procesadas en el ámbito de la producción y la realización de la plusvalía.
Estos desequilibrios centrales no provienen del parasitismo de los banqueros. Los derroches de estos individuos sólo introducen trastornos adicionales, a las obstrucciones que genera la acumulación, en procesos de expansión motorizados por el beneficio. Este apetito insaciable por las ganancias genera excedentes invendibles, restricciones al consumo, desproporcionalidades sectoriales y declives tendenciales de la tasa de ganancia.
La comprensión de estas tensiones exige ir más allá de la esfera financiera y superar la mirada del capitalismo como un sistema gobernado por la renta improductiva. Este componente ha sido un dato del sistema desde su nacimiento, pero nunca alcanzó la primacía que tenía en los regímenes pre-capitalistas. El modo de producción vigente funciona en torno a beneficios surgidos de la explotación, cuya continuidad exige renovación de la inversión y confrontación entre competidores. Esta dinámica genera consecuencias nefastas para los trabajadores, pero no implica la existencia de una supremacía rentista.
Es por otra parte equivocado identificar simplemente a los financistas con el parasitismo. Esta asimilación sugiere una distinción con otros sectores de las clases dominantes, olvidando que la explotación industrial del trabajo ajeno no es un acto meritorio.
Los banqueros son algo más que estafadores y el endeudamiento es un proceso más complejo que el fraude. Los financistas cumplen una función estratégica para la reproducción del capital, al movilizar los créditos que amplían el radio geográfico y sectorial de la acumulación. La acertada denuncia de los especuladores no debe conducir a ignorar ese rol. Esta función explica por qué razón la tasa de interés no se equipara con la renta agraria. No constituye una punición al desenvolvimiento capitalista, sino un instrumento para organizar la inversión, en función de la rentabilidad diferenciada que ofrece cada negocio.
Las finanzas contemporáneas desenvuelven este papel mediante administraciones del riesgo que pueden derivar en todo tipo de desfalcos. Pero el proceso de titularizar bonos, mediante la compra-venta de créditos y el empaquetamiento de los títulos es una forma de organizar el crédito, contemplando la confiabilidad y el beneficio potencial de cada operación.
La presencia de los financistas en la cúspide de muchas empresas transnacionales no modifica ese rol. Más bien genera una mixtura de tendencias productivo-financieras, en conglomerados que tienden al auto-financiamiento y a la asunción parcial de muchas funciones, que anteriormente desarrollaban los bancos. A su vez los financistas actúan en estas corporaciones, amoldando su acción a las estrategias productivas de las compañías. Este rol desborda ampliamente la simple apropiación de beneficios.
Algunos teóricos estiman que el capital financiero desenvuelve su acción anticipando los lucros futuros que genera la actividad de los asalariados. Consideran que ese valor presente es una captura rentista previa de la plusvalía en gestación [13] .
Pero ese proceso sólo puede continuar si existe fabricación y venta de las mercancías. Si esta secuencia no se efectiviza, resulta imposible absorber una plusvalía que jamás será creada. Para que exista trabajo excedente confiscado a los obreros, debe regir algún proceso inversión y acumulación genuina de capital. Esta actividad no rentista es el fundamento de todo el sistema. Que los financistas anticipen la captación de una porción del botín en juego, no modifica su dependencia de esa lógica material reproductiva.
La actualización literal de la tesis leninista también incluye la presentación del capital financiero como el nodo central de un sistema internacional de sometimiento de los países deudores a las naciones acreedoras. Se supone que esa atadura financiera de principios del siglo XX ha perdurado sin grandes cambios [14] .
Pero la alteración de ese paisaje salta a la vista. Basta observar el status actual de Estados Unidos. La primera potencia es la principal deudora de China y nadie podría afirmar, que se ha convertido en país sometido al látigo de los banqueros orientales. La teoría del capital rentista no logra captar las especificidades de etapa en curso .
INNOVACIÓN TECNÓLOGICA
Otros analistas actualizaron hace varias décadas la visión del estancamiento tecnológico, que Lenin dedujo de la fijación monopólica de precios y de la generalización de las patentes . Consideraron que las grandes innovaciones desaparecieron luego del vapor, los ferrocarriles y la electricidad. Estimaron que el automóvil, los plásticos y la energía nuclear ya no incluyeron transformaciones de envergadura [15] .
Esta pérdida de impulso innovador es proyectada hasta el presente por quiénes relativizan la importancia de la informática. Sostienen que esa tecnología no encuentra oportunidades de inversión comparables al pasado. Consideran que el cambio tecnológico contemporáneo ya no es relevante y no permite contrarrestar el estancamiento [16] .
Pero si este proceso central del capitalismo ocupa un lugar tan secundario, también la plusvalía relativa ha dejado de operar como fuente decisiva del beneficio. Este razonamiento choca con el esquema analítico de Marx, que ubicaba el principal nutriente de la ganancia en la elevación de la productividad, generada por la introducción de nuevas tecnologías.
El filósofo alemán consideraba vital esa dinámica para el surgimiento y continuidad del capitalismo. No existe ninguna razón para modificar esta caracterización, restringiendo la influencia de la innovación a cierta etapa histórica de este sistema. El cambio tecnológico es un rasgo incorporado al modo de producción vigente, puesto que impulsa la competencia entre concurrentes para bajar costos y obtener mayores ganancias.
La renovación de la maquinaria es definitoria para la ubicación de cada empresa en el mercado. Si este principio dejara de operar, el poderío de cada grupo patronal ya no dependería de la plusvalía que extrae, sino de algún otro mecanismo que hasta ahora nadie ha expuesto.
Tampoco existen justificaciones convincentes del carácter irreproducible de las innovaciones que acompañaron al vapor o al ferrocarril. En todos los cambios posteriores estuvo presente alguna revolución tecnológica, gestada en torno a invenciones transformadas en innovaciones. Estos descubrimientos aparecieron en forma discontinua y en estrecha conexión con la irrupción de plus-ganancias, que se disolvieron con la generalización posterior de esos cambios tecnológicos.
Al desconocer esta trayectoria se ignora la relevancia actual de la informatización. Se puede discutir la etapa de esta transformación. Pero es innegable su impacto sobre los índices de productividad, las mutaciones del proceso de trabajo y la extensión de los mercados. La microelectrónica, la generalización de las computadoras y el uso de las redes han sido decisivos para la reorganización capitalista que introdujo la mundialización neoliberal [17] .
Una eliminación total del progreso técnico sería incompatible con la continuidad de la acumulación. Impediría a las empresas generar beneficios, mediante el incremento de la productividad. El papel puramente c omplementario que Marx le asignó a la plusvalía absoluta (surgida de ampliaciones e intensificaciones de la jornada de trabajo) no se ha modificado. Sólo las coyunturas de gran depresión detienen la innovación. Son suspensiones momentáneas, que no alteran las reglas del dinamismo tecnológico.
A veces se argumenta que la innovación presentó formas creativas en el origen del capitalismo y exhibe modalidades destructivas en la actualidad. Pero esta clasificación no define si las máquinas y los instrumentos de trabajo persisten como transmisores del trabajo confiscado por los patrones. Si ese basamento perdura, también se mantiene lo esencial de la innovación.
Además, conviene recordar que el capitalismo se nutrió desde su nacimiento de las tecnologías destructivas generadas en la esfera militar. El papel de esa rama no es novedoso, puesto que allí siempre se han experimentado las técnicas que posteriormente se transfieren a la órbita civil. Este componente destructivo de la innovación ha sido intrínseco al régimen social vigente en todos sus períodos.
ESTANCAMIENTO Y CICLOS
El cambio tecnológico determina el carácter de todos los desequilibrios que afectan al capitalismo. Estas tensiones provienen del descontrolado dinamismo (y no del estancamiento) que rodea al sistema. El ejemplo reciente de este condicionamiento es la debacle ambiental, que ha irrumpido por una furiosa competencia entre las empresas que fabrican nuevos bienes, a cualquier costo ecológico.
Los males del capitalismo contemporáneo derivan de la intensidad competitiva y de la ambición por el lucro, que impone la expansión del sistema. El neoliberalismo ha confirmado plenamente este principio, al demostrar cómo el capitalismo vuelve a extender su radio reproductivo, cuando se restauran las condiciones favorables para la extracción de la plusvalía.
L a principal sorpresa de este período ha sido la irrupción de China, que dejó atrás su status marginal para convertirse en una ascendente potencia. Si el capitalismo estuviera acosado por un estancamiento sostenido, no habría dejado espacio para avances de este alcance. Lo ocurrido con China es totalmente inexplicable en un marco analítico de regresión de las fuerzas productivas.
Es cierto que también se multiplicaron las actividades parasitarias. Pero esos despilfarros son complementarios. Hay guerras para asegurar el sometimiento de los oprimidos, se incentivan las necesidades de consumo artificial para realizar el valor de las mercancías y se amplían los préstamos para materializar los beneficios gestados en la producción. Es un error buscar en estas áreas las singularidades del capitalismo contemporáneo.
El declive innovador es postulado por algunos autores junto a la extinción del comportamiento cíclico del nivel de actividad. Se considera que han cesado de operar las fluctuaciones cortas y los movimientos largos, que rigieron durante el surgimiento y madurez del capitalismo [18] .
¿Pero cómo funciona el sistema sin ese fundamento? Los vaivenes periódicos permiten procesar la valorización y desvalorización de capitales, que necesita un modo de producción basado en el beneficio. Sin esa sucesión de recuperaciones y recaídas, la acumulación no podría desenvolverse.
En realidad no existe ninguna evidencia de esa desaparición de oscilaciones productivas. Tampoco hay signos de reemplazo de estas ondulaciones por secuencias continuadas de caídas del PBI. Una pendiente de este tipo contradeciría la lógica del capital y no se ha verificado en ninguna crisis reciente. Las recesiones continúan precedidas por períodos inversos de crecimiento.
La desaparición del ciclo es tan inconcebible como la sub-utilización permanente de la capacidad instalada. Esa inmovilización se verifica en las fases de recesión y se revierte en los momentos de prosperidad. El uso de las plantas por debajo de sus posibilidades incorpora costos adicionales, que todas las firmas buscan eludir para amortizar la inversión y evitar las pérdidas.
El ritmo exacto de los ciclos constituye una incógnita. Algunos analistas evalúan la temporalidad de esas fluctuaciones, reconsiderado su determinación tecnológica o remarcado el peso de múltiples factores (comportamiento de los salarios, consumo de los sectores no productivos, precios de las materias primas, desproporcionalidades) [19] .
Pero está fuera de discusión el carácter intrínseco de los ciclos en el desenvolvimiento del capitalismo. Las crisis siempre irrumpen entre fases de ascenso y descenso económico. Si las oscilaciones hubieran quedado reemplazadas por crisis permanentes, resultaría imposible diferenciar esos estallidos de cualquier otra circunstancia. No habría forma de evaluar la aparición de estos episodios como acontecimientos específicos. Lo que permite distinguirlos es la subsistencia de los ciclos.
Ningún investigador omite este fenómeno. Todos evalúan las fluctuaciones como contrapartes de la prosperidad, la reactivación o el crecimiento. En la eclosión del 2008-09 se verificó claramente la persistencia de ambos procesos. Las expresiones de la crisis salieron a la superficie (pánico bursátil, insolvencia bancaria, quebranto industrial), al concluir una fluctuación del ciclo (marcha ascendente de los negocios y auge de ganancias antes del temblor). La persistencia de ambos fenómenos es indispensable para un sistema que necesita digerir a través de oscilaciones periódicas, los procesos sucesivos de valorización y desvalorización del capital.
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RESUMEN
Todas las discusiones marxistas contemporáneas sobre el imperialismo parten del enfoque de Lenin, que resaltaba la sustitución de la libre competencia por el dominio de los monopolios. Los defensores contemporáneos de estas tesis olvidan el carácter complementario de ambos rasgos y la necesaria continuidad de la concurrencia bajo el capitalismo.
La mundialización neoliberal reavivó la pugna competitiva, confirmando que el comportamiento de los precios no está sujeto a reglas arbitrarias, ni a simples concertaciones. Sigue un principio objetivo de ajuste en función de la ley del valor.
La teoría de la hegemonía del capital financiero quedó cuestionada por la supremacía industrial durante el boom de posguerra. Esa concepción generalizó una situación peculiar de Alemania. Bajo el neoliberalismo los financistas han ocupado nuevamente un acotado rol dirigente, que favorece a toda la clase capitalista. Su papel en la acumulación que no se limita a la succión de beneficios.
Las tesis que enfatizan el rentismo improductivo sugieren una presentación simplificada del capitalismo como un casino regido por el azar. Omiten que los principales desequilibrios del sistema se generan en el área productiva y desconocen los cambios registrados en los países deudores.
Los teóricos del estancamiento tecnológico suponen erróneamente que la innovación radical ha desaparecido. No logran explicar la transformación informática en curso e ignoran que la renovación tecnológica es indispensable para sostener la rivalidad por el beneficio. Estas mejoras son el fundamento de la plusvalía relativa y siempre adoptaron modalidades constructivas y destructivas.
Las principales tensiones del capitalismo no provienen del parasitismo, sino de su descontrolado dinamismo. La concepción que postula la desaparición del ciclo olvida que los vaivenes periódicos son necesarios para procesar valorizaciones y desvalorizaciones del capital.
 


[1] Este artículo forma parte de un libro sobre el imperialismo contemporáneo de próxima aparición.
[2] Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es www.lahaine.org/katz
[3] Lenin, Vladimir Ilich El imperialismo, fase superior del capitalismo Buenos Aires, Quadrata, 2006. Bujarin Nikolai. El imperialismo y la acumulación de capital, Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1973, (cap 4 y 8).
[4] Steindl Joseph, ¨Karl Marx y la acumulación del capital¨, Horowitz David. Marx y la economía moderna. Laia, Barcelona, 1968. Steindl, Josef, "Teoría del estancamiento y la política estancacionista", en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Kalecki, Michal, "Las determinantes de las ganancias", en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Sylos Labini, ¨La determinación del precio¨, en Economía poskeynesiana, Fondo de Cultura Económica, México, 1988. Robinson, Joan, La acumulación del capital, FCE, México, 1972.
[5] Sweezy Paul, Magdoff Harry, ¨The crisis of American Capitalism”, The deepening crisis of U.S. Capitalism, Monthly Review Press, 1981. Foster John Bellamy, “Interview”, Klassekampen, 18-10-08. Foster John Bellamy, “The rediscovery of imperialism”. Montlhy Review, vol 54, n 6, November 2002. Vasapollo Luciano. “Imperialismo y competencia global”, Laberinto n 18, segundo cuatrimestre 2005.
[6] Ver: Shaikh, Anwar. Valor, acumulación y crisis, (cap 1) Ed Tercer Mundo, Bogotá, 1991.
[7] Hilferding Rudolf. El capital financiero, Tecnos, Madrid, 1973, (cap 13, 14). Hobson John, E studio del imperialismo, Alianza Editorial, Madrid, 1981.
[8] Grossman Henryk. La ley de la acumulación y el derrumbe del sistema capitalista, Siglo XXI, México, 1979.(parte B)
[9] Ver: Brunhoff Suzanne. La concepción monetaria, Ediciones del siglo, Buenos Aires 1973.
[10] Dumenil Gérard, Levy Dominique, 1996, La dynamique du capital, PUF, Paris .
[11] Foster John Bellamy, Chesney Robert, “Monopoly-finance capital and the paradox of accumulation”, Monthly Review n 5, vol 61, October 2009
[12]   Chesnais Francois, “The economic foundations and needs of contemporary imperialism”, Historical Materialism vol 15, Issue 3, 2007.
[13] Serfati Claude. “Imperialism et militarisme. Reponse a Antoine Artous”, Critique Communiste n 176, juillet 2005.
[14] Serfati Claude. “La economía de la globalización y el ascenso del militarismo”. Coloquio Internacional Imperio y Resistencias. Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, México, 6 de octubre de 2005.
[15] Sweezy, Paul. "La economía keynesiana", en El capitalismo moderno, Ed. Nuestro Tiempo, México, 1973.
[16] Foster John Bellamy, Magdoff Fred, “Financial implosion and stagnation”, Monthly Review, vol 60, n 7, December 2008.
[17] Hemos expuesto nuestra visión en: Katz Claudio, “Mito y realidad de la revolución informática”. ESECONOMIA. Instituto Politécnico Nacional, número 6, año 2, invierno 2003-04
[18] Beinstein Jorge, “Las crisis en la era senil del capitalismo” El Viejo Topo 253, 2009, Madrid.
[19] Martins sugiere el primer determinante y Astarita subraya la incidencia de los segundos componentes. Martins Carlos Eduardo. “Los impasses de la hegemonía de Estados Unidos”. Crisis de hegemonía de Estados Unidos. Siglo XXI, México, 2007. Astarita Rolando, El capitalismo roto, La linterna sorda, Madrid, 2009 (cap 3).

Una aproximación al software libre desde una perspectiva marxista


09-07-2011

Una aproximación al software libre desde una perspectiva marxista



INTRODUCCIÓN:
Antes de comenzar nuestro análisis, deberíamos plantearnos por qué creemos necesario abordar desde una perspectiva marxista el tema del software libre. Sabemos que Marx entendía que eran los diferentes modos de producción los que condicionaban el surgimiento de diferentes tipos de sociedad, y que dichos modos de producción estaban determinados por la lucha de clases por un lado, y por el desarrollo de las fuerzas productivas por el otro.
El desarrollo de las fuerzas productivas, es decir, la tecnología enfocada a la producción material así como las relaciones sociales de producción que derivaban de éstas, son las que creaban las condiciones en las que mas tarde se desarrollarían los conflictos entre clases sociales; conflictos que llevan al progreso de la humanidad.
Esta idea fue la que llevo al mismo Marx a analizar las consecuencias sociales del industrialismo, la aparición del modo de producción capitalista, sus características y naturaleza, como condición necesaria para plantear alternativas de cambio social.
Hoy en día, el desarrollo de la informática ha supuesto cambios muy importantes, tanto a nivel económico como cultural. El desarrollo de la estructura empresarial en red, posibilitada por las nuevas tecnologías de comunicación y de procesamiento de la información, ha supuesto una transformación importante dentro del sistema productivo, en lo que muchos autores han denominado el paso del fordismo al posfordismo.
Es por esto que la aparición de la informática como elemento central del sistema productivo, así como los diferentes conflictos ideológicos que se plantean dentro de la producción de la misma, deben ser analizados tomando en cuenta la gran relevancia que supone para el desarrollo del conflicto con el capital en el siglo XXI.
¿QUÉ ES EL SOFTWARE LIBRE? ¿DE DÓNDE SALE?
Según la definición de wikipedia, el software es el equipamiento lógico o soporte lógico de una computadora digital; comprende el conjunto de los componentes lógicos necesarios que hace posible la realización de tareas específicas, en contraposición a los componentes físicos, son llamados hardware. Los componentes lógicos incluyen, entre muchos otros, las aplicaciones informáticas; tales como el procesador de texto (…), el software del sistema y el sistema operativo.
Es decir, que son aquellos programas que le envían las ordenes a la computadora, y que nos permiten darle un uso.
Castells nos plantea en su libro “La sociedad de la información”, que el nacimiento de internet y de la tecnología informática surgió especialmente en las universidades norteamericanas. La mayoría de los estudiantes de dichas universidades estaban impregnados en gran parte de la “ideología libertaria” que recorrió los EEUU durante los años 60. Estos jóvenes científicos desarrollaron dicha tecnología bajo estos valores, y es por esto que la horizontalidad y la descentralización son dos de los pilares sobre los que se sustenta la lógica de internet actualmente; el mismo Castells nos plantea que no es casual que la estructura de internet responda a estas características, y que fue la cultura y valores de sus desarrolladores primigenios la que le dio la actual forma “técnica”.
Es por eso que, durante los inicios de la informática, los programas de software se compartían y desarrollaban en colectivo. Se trataba de una cultura creativa descentralizada (que más adelante pasaría a identificarse con cultura “hacker”) donde se buscaba aprender colectivamente, animados por su espíritu científico y “libertario” compartían constantemente su software para dar a conocer nuevos avances y seguir desarrollándolos con los aportes de diferentes personas.
Sin embargo, el desarrollo de dicha tecnología más allá del ámbito científico/universitario trajo consigo la mercantilización del software, dando lugar al llamado “software privativo”. Esto quiere decir que, muchos desarrolladores animados ahora por el afán de hacer dinero, comenzaron a usar el copyright para “proteger” sus obras y cobrar a aquellos que quisieran utilizarlas o simplemente comprender su funcionamiento. Frente a esto, algunos desarrolladores libres o “hackers” como Richard Stallman decidieron desarrollar un nuevo tipo de licencias libres o copyleft, para que la cultura del desarrollo del software siguiera manteniendo ese espíritu inicial; decidieron crear licencias dentro del esquema legal del copyright que limitaban su mercantilización y permitían su uso, distribución y modificación, elementos que creían imprescindibles desde un punto de vista ético e incluso técnico.
A día de hoy, el tema del software libre, que en sus inicios se veía como algo natural (somos una comunidad de gente que compartimos nuestros conocimientos y desarrollamos cosas colectivamente para nuestro uso y aprendizaje), se ha convertido en una cuestión política. Se trata de la lucha ideológica (propiedad privada vs pública) dentro del ámbito tecnológico más puntero, que afecta directamente al ámbito productivo (sector industrial y de servicios totalmente dominados por la informática) así como al ámbito cultural (redes sociales, software de entretenimiento, digitalización de la cultura...etc).
El desarrollo del industrialismo generó la concentración de los obreros, y a pesar de su explotación, estas condiciones permitieron el surgimiento de la cultura obrera socialista basada en la solidaridad; ahora en el siglo XXI, y al calor del desarrollo de la informática, una nueva cultura combativa y anticapitalista se crea en su interior. Marx planteaba que cada modo de producción crea en su seno la contradicción que terminará por destruirlo, ¿será este el caso de la cultura hacker y el software libre? Lo que es evidente es que el actual desarrollo de este movimiento, está teniendo una serie de consecuencias importantes que podríamos nombrar aquí.
CONSECUENCIAS ECONÓMICAS
Como hemos comentado antes, la mayor parte de la producción industrial mundial está completamente mediada por tecnologías informáticas; y que además usan software privativo. Tal y como nos informa el Dossier Copysur, la inmensa mayoría de la propiedad intelectual es generada desde los países del centro capitalista, y el software no es una excepción. El hecho de que la industria mundial dependa del software que producen menos de una decena de grandes empresas de informática supone una clara relación de dependencia, donde los países del centro tienen una gran capacidad de coacción sobre los países de la periferia.
Y no sólo se trata de la industria, ya que la mayor parte de la producción económica mundial está cada vez más mediada por la informática; una tecnología que funciona en gran medida por software privativo creado y controlado por grandes empresas como Microsoft. Y a diferencia de como sucede con otros aspectos de propiedad intelectual, no sólo se trata de una cuestión de innovación, sino que el mismo mantenimiento de la tecnología depende de los privilegios legales que el productor haya decidido poner. Las empresas ejercen un control sobre el software más allá de la venta, es decir, que siguen teniendo influencia sobre él aunque ya se haya vendido, ya que a diferencia de otros productos que puedes comprar y pasa a ser de tu propiedad, con el software sólo estas comprando una licencia de uso, con lo que no tienes ningún control sobre el producto salvo los derechos de uso que la empresa productora haya decidido ceder a cambio del dinero.
La producción de software libre implica una soberanía tecnológica, donde los países de la periferia no dependen de los contratos abusivos y las licencias privativas que desde los países del centro se imponen. Se trata de una democratización de la producción y el desarrollo tecnológico, que permite a los estados y a las comunidades diseñar sus propias herramientas en función de sus necesidades y sin depender de contratos diseñados por los poderosos.
Por primera vez en la historia, la producción de uno de los ejes fundamentales del ámbito económico actual (como es el software), no implica la necesidad de contar con grandes recursos iniciales. Personas normales desde sus casas con algunos conocimientos sobre programación pueden participar en la producción de tecnología, aglutinarse en proyectos colectivos que ni siquiera necesitan cercanía territorial sino tener acceso a una computadora y conexión a internet. Toda esta nueva cultura hacker, internacionalista y solidaria, permite que los estados de la periferia no necesiten formar técnicos especializados para poder acceder a los últimos adelantes tecnológicos; sino que cuentan con el apoyo “desinteresado” (hablando en términos monetarios) de miles de desarrolladores en todo el planeta que actúan de forma cooperativa y sin restringir el acceso ni el uso a sus creaciones.
CONSECUENCIAS SOCIO-CULTURALES
A día de hoy, somos conscientes de que gran parte de las relaciones sociales en el mundo occidental desarrollado (o no tan desarrollado) están mediadas por tecnologías informáticas. La relevancia que las redes sociales a través de internet están teniendo en la vida cotidiana de las personas (así como en el desarrollo de conflictos políticos) es cada vez más clara, tal y como demuestra el increíble aumento del número de usuarios de este tipo de servicios, o la relevancia que han tenido en el desarrollo de fenómenos tales como las revueltas democráticas en los países árabes, o el movimiento de los “indignados” en Europa.
Nos guste o no, las relaciones humanas comienzan a estar cada vez más mediadas por la tecnología; los canales de comunicación de la juventud occidental suelen ser cada vez más digitales que personales, el blog, los programas de mensajería instantánea o las redes sociales están ocupando los espacios de los encuentros cara a cara o los espacios de socialización en la calle.
Estos nuevos canales funcionan en su inmensa mayoría con software privativo, se trata de espacios donde las personas no son más que meros usuarios de las funcionalidades que los desarrolladores les plantean, sin posibilidad de participar en la creación de nuevas aplicaciones ni la capacidad de conocer cómo funcionan.
Desde el software libre, y siempre bajo el ideal de la cultura hacker, se plantea la creación de redes sociales abiertas; canales de comunicación que sean diseñados por sus mismos usuarios, donde las personas sean capaces de producir las aplicaciones que crean convenientes para sus necesidades de comunicación entre ellos y no dependan de la creatividad o buena voluntad de una empresa privada. Permitir así la misma libertad en la construcción de relaciones sociales que en la relación cara a cara, donde la tecnología sea un potencial desarrollador de nuevas formas de relacionarse y no un límite a las mismas. El software libre es la condición necesaria para que las personas cosntruyan sus espacios de comunicación según sus necesidades y gustos, y no dependan de espacios diseñados por personas ajenas a sus condiciones, cosmovisiones y criterios, que tienden siempre a homogeneizarlas.
La cultura hacker de la que deriva el software libre está impregnada de ideales de libertad y creatividad, donde las personas pasan de ser usuarios pasivos a productores activos, que crean sus espacios en base a la cooperación y el debate, que fomentan la creatividad y el espíritu innovador desde una lógica de horizontalidad, colaboración y colectivismo.
Gracias a movimientos como este, se logra desmentir en la práctica la base ideológica sobre la que sustenta la idea del copyright, y es que según los defensores del mismo es absurdo imaginar un mundo de innovación en el que no exista una retribución monetaria directa y proporcional por la misma.
El software libre viene a demostrar que la innovación puede basarse absolutamente en un sentimiento “altruista”, sobre todo teniendo en cuenta que esta puede realizarse de forma colectiva, aprendiendo unos de otros y cooperando en proyectos conjuntos para el beneficio de la comunidad en conjunto; y este hecho es, aunque pueda no parecerlo, un ataque frontal y directo a las bases ideológicas en las que se sustenta el capitalismo, un ataque a su hegemonía con hechos prácticos que la desmontan.
CONCLUSIONES
En este breve ensayo hemos querido transmitir las potencialidades que existen desde el software libre, sin embargo, no debemos caer en engaños y pensar que el hecho de que existan licencias copyleft para software va a suponer de por sí la destrucción del capitalismo. El desarrollo de la tecnología nunca es neutral, tiene una base ideológica concreta y su dirección siempre estará marcada por la lucha de clases, por la situación concreta de la relación de fuerzas.
La estructura del software libre, así como la de internet, hace pensar en una tendencia de corte “libertaria” o “socialista”; sin embargo, el contenido de las mismas dependerá de lo que las personas hagan. Actualmente el software libre se encuentra dividido entre la cultura hacker original y toda una gama de empresas que pretenden hacer negocio con él.
Podríamos poner un ejemplo de analogía con los sindicatos: los primeros sindicatos nacieron al calor de las teorías socialistas y con un espíritu realmente combativo, sin embargo, con el pasar del tiempo muchos de ellos se fueron institucionalizando, perdiendo fuerza e incluso, siendo una herramienta clave para el funcionamiento y mantenimiento del sistema mismo. Esto es lo que podría pasar con el software libre si no se entiende como lo que es, un ámbito más de lucha social donde debemos incidir de forma constante, entendiendo sus peligros y potencialidades.
Pero debemos por tanto también, reconocer que se trata de un movimiento que cuestiona la propiedad privada en la cotidianidad informática; que plantea de forma directa que la propiedad privada no es un incentivo sino un límite a la innovación. Y que toda la cultura hacker sobre la que se desarrollan todas estas ideas acerca del software libre, se parecen bastante a la idea que el propio Marx tenía acerca del comunismo, aunque no veamos aparecer hoces y martillos por todas partes.
Al fin y al cabo, ¿no se trata de una unión libre de productores que actúan y cooperan bajo la idea del bien común?

sábado, 9 de julio de 2011

“O acabamos con el capitalismo o el capitalismo acaba con nosotros.”


09-07-2011

Entrevista al filósofo español Carlos Fernández Liria
“O acabamos con el capitalismo o el capitalismo acaba con nosotros.”

CubAhora

Por su libro El orden de El capital, el filósofo español Carlos Fernández Liria ha obtenido –junto a su colega Luis Alegre Zahonero- el Premio Libertador al pensamiento crítico.
Se trata de uno de los más importantes galardones que a nivel internacional se otorgan por obra publicada, pero como dice el entrevistado “la noticia del Premio no ha salido en ningún medio de comunicación español, pese a que  es un premio internacional de ensayo (con una dotación que es el doble de la que entrega nuestro innombrable príncipe de Asturias con sus afamados galardones)  que, después de todo, ha sido otorgado a dos profesores universitarios españoles.” En esta entrevista, Carlos aborda el por qué de ese silencio, los contenidos y propósitos de su trabajo intelectual, así como su relación con la más candente actualidad.
Acabas de ganar en Venezuela -junto a Luis Alegre, por el libro El orden de El Capital- el Premio Libertador al pensamiento crítico que quizá sea el más importante galardón que se otorga a la producción intelectual de izquierda en habla española y que han obtenido pensadores tan prestigiosos como István Mészároz ¿Qué lectura haces de este hecho y cómo piensas que contribuya a la divulgación de las tesis que has venido defendiendo a lo largo de toda tu obra?
Luis y yo estamos muy agradecidos. Por supuesto al gobierno venezolano, al ministro de cultura y al presidente Chávez, quien creó este premio que permite al pensamiento crítico y de izquierdas ser reconocido rompiendo con la hegemonía cultural del neoliberalismo. También estamos muy reconocidos a Atilio Borón, al que no conocemos, pero al que admiramos muchísimo, y a todos los otros miembros del jurado. Queremos dar las gracias especialmente a Farruco Sesto y a Carmen Bohorquez, porque desde hace años nos han honrado con su confianza. Como tú dices, lo mejor del premio es que así el libro tendrá una mayor difusión. Nuestra esperanza es que eso sirva para aportar un grano de arena en las luchas que vamos a tener que afrontar en los próximos tiempos, que yo creo que van a ser muy duras. Lo que tenemos por delante, a nivel mundial, es una batalla frontal con el capitalismo. En los próximos veinte años no vamos a tener opción. Eso de “socialismo o muerte” va a cobrar un nuevo sentido, porque o acabamos con el capitalismo o el capitalismo acaba con nosotros.  Mira lo de Japón, por ejemplo. Si la ola del tsunami hubiera sido diez metros más alta o el terremoto un punto más fuerte (¿y por qué no habría de haber sido asÍ?), una docena de reactores nucleares se habrían fundido y habría sido el fin para decenas de millones de personas. Habría sido necesario desalojar Japón. Estamos sentados sobre un polvorín controlado por dementes y criminales. ¿Quiénes son esos a los que llaman “mercados”? En cualquier caso, están locos, juegan a la ruleta rusa con el planeta, sacrifican poblaciones enteras, cambian de opinión a cada minuto, hundiendo y salvando países como quien juega a los barcos. Nunca hubo dictadores más sordos y más dementes. Ni Calígula, ni Nerón estaban tan chiflados. Y ni mucho menos tenían tanto poder.
En varios de tus libros, tanto en solitario como junto a Luis, –y este no parece ser una excepción- has venido insistiendo en el análisis crítico del concepto de ciudadanía, la subversión de lo que se entiende tradicionalmente como “Estado de Derecho”, y tratando de demostrar la  imposibilidad de su realización bajo el capitalismo. Ahora lo haces desde el análisis de la obra más estudiada de Marx –El Capital-: ¿Qué cambia o se profundiza en este libro con respecto a tus trabajos a anteriores?
Las tesis que hemos mantenido insistentemente Luis Alegre y yo en todas nuestras publicaciones anteriores no necesitaban, me parece, de mayor aclaración.  Como tú dices, nos hemos empeñado en demostrar que la democracia y el estado de derecho son impracticables bajo condiciones capitalistas de producción, y que, en cambio, serían perfectamente asumibles bajo unas condiciones socialistas. Esto implicaba, además, que los comunistas no teníamos por qué inventar nada nuevo ni mejor respecto a los conceptos de la tradición republicana y del pensamiento de  la Ilustración. Todo lo contrario, lo que tenemos que hacer es reivindicar como propios los conceptos de “ciudadanía” y de “estado de derecho”, en lugar de regalárselos al enemigo como si se tratase de escoria burguesa destinada a ser superada por la historia. Todo esto, como dices, lo habíamos repetido ya en diversos formatos, procurando ser lo más pedagógicos posible. Pero faltaba algo muy importante por hacer: demostrar que esas tesis eran compatibles con Marx. Y para ello era preciso leer a Marx y proporcionar una interpretación rigurosa de su obra. Nos ha llevado quince años lograrlo. Pero creemos haber demostrado que se entiende mucho mejor El Capital si lo integramos en la tradición de la Ilustración y el pensamiento republicano, que si lo encorsetamos en los moldes de la escolástica marxista. Y que, además, el resultado es mucho más útil para entender el desastre humano al que estamos abocados bajo el capitalismo.
En su evaluación del libro el jurado que lo premió aprecia que con “propósitos transformadores explícitos emprende una reinterpretación de la teoría crítica del capitalismo, en consonancia con los desafíos de un mundo que se complejiza, agravando y sofisticando sus contradicciones”. La implicación en los procesos revolucionarios como los de Venezuela -Comprender Venezuela, pensar la Democracia. El colapso moral de los intelectuales occidentales, escrito también con Luis Alegre- o Cuba –Cuba, la Ilustración y el socialismo, junto a Santiago Alba- ha sido una constante en tu trabajo, ejerces una cátedra universitaria y colaboras con publicaciones alternativas como Rebelión, ¿Cómo ves esa relación entre la producción de un pensamiento riguroso teóricamente como ocurre con El orden de El Capital y la acción política concreta tan urgente en nuestros días?
Cuando lo que se trata de entender teóricamente es algo así como el capitalismo es imposible permanecer indiferente. Si los triángulos rectángulos consistieran en una injusticia monstruosa, si el cuadrado de la hipotenusa no lograra ser la suma de los cuadrados de los catetos más que a fuerza de condenar a la miseria a la mitad de la población mundial y de llevar el planeta hacia un suicidio ecológico y humano, los profesores de matemáticas tendrían muchas inclinaciones subversivas y la matemática habría sido una ciencia tan perseguida y censurada como la obra de Marx entre los economistas. Cuanto más entendemos lo que es el capitalismo, más monstruoso nos parece. Y entonces, es imposible permanecer de brazos cruzados.
Tu trabajo en los años ochenta en un programa de televisión que ha devenido un clásico del imaginario audiovisual español, La bola de cristal, o un libro como Educación para la ciudadanía –con un gran peso gráfico- revelan tu interés por comunicar del modo más atractivo y contemporáneo posible las herramientas para el análisis crítico a las generaciones más jóvenes ¿Cómo piensas que pudieran aprovecharse espacios como Internet en esa dirección?
Lo que está ocurriendo en Internet es una revolución inusitada. Dentro de poco, la televisión, el medio que ha sido el instrumento más poderoso de control ideológico en la historia de la humanidad (más todavía que la Iglesia, por ejemplo), se habrá convertido en una antigualla, en un cachivache doméstico, como las máquinas de coser o de escribir. La gente joven ya no se informa por la televisión, ni siquiera se divierte con ella; su mundo está en internet. Esto abre posibilidades inconmensurables a la lucha revolucionaria. Las revoluciones árabes y el 15-M español lo están demostrando.
A pesar de tener una sólida obra publicada y ejercer la docencia en una de las universidades más importantes de tu país has sufrido en varias ocasiones la censura de los medios de comunicación ¿Este premio ha cambiado algo en ese sentido?
Mira, eso es lo de menos, pero la noticia del Premio no ha salido en ningún medio de comunicación español, pese a que  es un premio internacional de ensayo (con una dotación que es el doble de la que entrega nuestro innombrable príncipe de Asturias con sus afamados galardones)  que, después de todo, ha sido otorgado a dos profesores universitarios españoles. No se trata de censura, sino del algo mucho peor: los medios están secuestrados por sus propietarios, que son inmensas corporaciones económicas que no miran más que por sus intereses. No existen medios verdaderamente públicos que escapen esta realidad. Aquí no hay más libertad de expresión que la que se pueden pagar algunos multimillonarios.
En una reciente colaboración con La pupila insomne decías que “el capitalismo ya no se puede permitir, ni siquiera, una sociedad que se pueda llamar tal” y concluías que “después del verano, se comprobará que la llamada ¨spanish revolution¨ no ha hecho más que comenzar”, Algunas semanas después de esa afirmación ratificas ese análisis, ¿por qué?
Estamos en un callejón sin salida, así es que no puede ser de otro modo. Eso no quiere decir que vayamos a ganar las batallas que se avecinan, pero no me cabe duda de que los pueblos van a plantar cara. Ya todo el mundo reconoce que lo que está ocurriendo económicamente en el planeta es pura y simple lucha de clases. Los primeros en reconocerlo han sido, como dijo el magnate Warren Buffet, “los que van ganando”, los ricos, los poderosos, los propios especuladores que están llevando el mundo al desastre al mismo tiempo que ganan más y más dinero. El gran economista de Wall Street, Michael Hudson, lo lleva también repitiendo sin cesar: lo que está ocuriendo se llama lucha de clases, nada más que lucha de clases. Y las clases bajas y medias están recibiendo una soberana paliza. Pero va a haber reacción. En Grecia están plantando cara. En los países árabes, en Latinoamérica, en Islandia, en Portugal… En España, el movimiento 15-M es imprevisible y, por ahora, no ha cesado de crecer. Me reafirmo en que el próximo otoño nos va a traer muchas sorpresas. (Publicado en CubAhora)

martes, 5 de julio de 2011

Entrevista a Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, ganadores del premio Libertador del Pensamiento Crítico 2010

05-07-2011
Entrevista a Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, ganadores del premio Libertador del Pensamiento Crítico 2010



Profesores de la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, colaboradores de El Viejo Topo, Viento Sur, rebelión y de otras páginas alternativas, Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, que no necesitan presentación alguna, son autores de numerosos artículos de investigación y de libros como Educación para la ciudadanía. Democracia, Capitalismo y Estado de Derecho (2007) y Comprender Venezuela, pensar la democracia (2006). La editorial Akal publicó en 2010 su importante ensayo El orden de El Capital. Por qué seguir leyendo a Marx, con el que han obtenido el Premio Libertador del Pensamiento Crítico 2010.
Después de felicitaros calurosa y muy sinceramente, os pregunto sobre el premio. ¿Quién convoca el Premio Libertador del Pensamiento Crítico? ¿Qué obras pueden aspirar a él?
Cualquier obra que responda de un modo u otro al rótulo genérico de “pensamiento crítico” puede aspirar a este premio que convoca el Gobierno de Venezuela como parte de su proyecto de transformación social. Es un hecho que la mayor parte del sistema internacional de premios y reconocimientos está diseñado para promocionar el pensamiento hegemónico (especialmente en materias de alto impacto político). En ese sentido, parte de la batalla por la hegemonía pasa por ocupar espacios de producción teórica (en Universidades, Institutos, Centros de Investigación, etc.) y crear las condiciones para el reconocimiento, la difusión y la proyección internacional. El Premio Libertador es una de las más importantes contribuciones en esa dirección no sólo por tratarse de un premio con una extraordinaria dotación económica (más del doble que el Premio Príncipe de Asturias, por ejemplo) sino, sobre todo, por el impresionante trabajo de edición y difusión que realiza el gobierno bolivariano: 100.000 ejemplares para distribuir gratuitamente en Venezuela, Cuba y Bolivia y varias ediciones posteriores a precios muy reducidos realizadas por la Editorial del Ministerio de Cultura (que es, aprovechamos aquí para decirlo, uno de los proyectos más impresionantes que ha puesto en marcha el gobierno bolivariano).
El Ministerio de Cultura Venezolano afirma que el Gobierno Bolivariano otorga el premio “con el objetivo de reconocer la labor reflexiva de aquellos autores que han desarrollado una visión distinta a la mirada monolítica del pensamiento imperialista”. ¿Sobre qué tema habéis ejercido vosotros vuestra mirada crítica? ¿Hacia adónde apunta el título de vuestro ensayo?
El libro de El orden de 'El capital' se inscribe en la misma línea de investigación que nuestros trabajos anteriores. En las últimas publicaciones hemos tratado de demostrar la radical incompatibilidad entre capitalismo y ciudadanía. En efecto, en contra del sistema de evidencias tejido por los relatos de legitimación del capitalismo, el proyecto republicano e ilustrado de una sociedad libre y en estado de derecho es incompatible con un régimen en el que las estructuras de poder público no pueden competir en poder con las corporaciones privadas; la democracia es incompatible con un sistema en el que las instituciones políticas soberanas están secuestradas por organismos económicos capaces de estrangular países (tanto del centro como de la periferia) y, llegado el caso, imponer decisiones políticas por la fuerza (ya sea mediante golpes de estado militares o golpes de estado financieros bajo la forma de planes de ajuste); ningún teórico de la tradición republicana e ilustrada habría dado por buena la estafa de considerar “libres” a los ciudadanos cuya subsistencia depende de la voluntad arbitraria de otro particular. Todo esto nos parece algo evidente. Sin embargo, una parte de la tradición marxista ha mostrado siempre gran resistencia a reivindicar como propios los conceptos jurídicos y políticos fundamentales de esta tradición republicana (considerándolos siempre productos teóricos del “orden burgués”). De este modo, hubo (y sigue habiendo) cierta dogmática marxista que, en vez de denunciar la estafa en la que consiste la usurpación por el capitalismo de los conceptos de la Ilustración, considera los conceptos del “Derecho” y el “estado civil republicano” como productos específicamente burgueses e indisociables del capitalismo (lo cual es una auténtica claudicación ante los mitos con los que el capitalismo se legitima).
En nuestros trabajos anteriores tratamos de realizar una recuperación para la izquierda anticapitalista de los conceptos centrales de la tradición ilustrada. Ahora bien, este planteamiento, sin perjuicio de la buena acogida que ha tenido en ciertos ámbitos desde el principio, ha recibido con frecuencia el reproche de contener tesis profundamente antimarxistas. El libro de El orden de 'El capital' es un intento de demostrar, en contra de esto, que cualquier intento de arrancar a Marx de la tradición republicana de la que forma parte conduce a todo tipo de callejones sin salida y vuelve ininteligible la estructura de su obra. Por el contrario, la interpretación de Marx a la luz de este planteamiento permite aclarar no pocos malentendidos en los que se vio enredada la ortodoxia marxista.
El jurado del Premio sostiene en su resolución que El orden de El Capital es una obra innovadora y profunda, rigurosa y de amplias miras. “Con propósitos transformadores explícitos emprende una reinterpretación de la teoría crítica del capitalismo en consonancia con los desafíos de un mundo que se complejiza agravando y sofisticando sus contradicciones”. No exageran, puedo confirmarlo como lector. ¿Dónde está el nudo esencial de vuestra reinterpretación de la teoría crítica del capitalismo?
En realidad, el nudo esencial de lo que defendemos cabe localizarlo en algo bastante viejo, al menos tanto como Kant y Robespierre o como Miranda, Simón Rodríguez y Bolívar. El peor negocio teórico que se puede hacer es andar descubriendo la pólvora cada mañana e intentar inventarlo todo desde el principio. Bueno, en realidad hay un negocio aún peor: dar por buena la reconstrucción (siempre interesada) que de los grandes gigantes del pensamiento nos proporcionan las posiciones hegemónicas. En este sentido, es imposible exagerar la importancia crítica que tiene la posibilidad de reapropiarnos de los grandes productos del espíritu humano. Cómo son las cosas y los detalles concretos de su desarrollo es algo que varía más o menos a lo largo del tiempo; cómo deben ser para ajustarse a las exigencias básicas de la justicia y de las aspiraciones de la humanidad es algo que no cambia tanto y, una vez localizado, se convierte en un programa político al que no cabe renunciar hasta ser realizado. Los elementos fundamentales con los que se compone el libro son el análisis que hace Marx del capitalismo (que sigue siendo lo más clarificador que se ha escrito para entender las leyes fundamentales que rigen la sociedad capitalista, que es la nuestra) y la filosofía práctica de la tradición ilustrada (donde cabe rastrear la mejor formulación del programa político que debe seguir siendo el nuestro). Ahora bien, como es lógico, nos corresponde la tarea de poner todo ese bagaje a la altura de nuestro tiempo para que nos ayude a comprender y a transformar el mundo que nos ha tocado en suerte y que, por cierto, se caracteriza por el control progresivamente creciente de poderes salvajes, de poderes que ya no se dejan someter a ningún tipo de control civil o político, es decir, que no se dejan “civilizar” por la ley (por ejemplo, el gobierno despótico que ejercen los poderes financieros a los que nadie ha elegido ni se dejan someter a derecho).
Se afirma también que vuestro libro “trasciende las fronteras disciplinarias aportando una visión integral de lo social, apartándose de las interpretaciones dogmáticas e insertándose plenamente en el debate del pensamiento político con aquellas corrientes contrarias a la emancipación humana, ofreciendo así nuevos caminos al pensamiento crítico”. Dos cuestiones sobre esta afirmación: ¿qué significa para vosotros visión integral de lo social?
Según tratamos de defender, hay cierta fragmentación disciplinar en el terreno de las llamadas “ciencias sociales” que responde ella misma a prejuicios e intereses de carácter ideológico. Esto es algo especialmente llamativo en terrenos como, por ejemplo, la economía. Llama la atención el modo como esa disciplina académica se ha ido progresivamente desprendiendo de cualquier elemento de orden “político” (lo cual ha quedado recogido incluso en su propia denominación, que en cierto momento dejó de denominarse “Economía política” para pasar a llamarse, sin más, “economía”). Por esta vía, se han presentado grandes modelos matemáticos que logran su elegancia y eficacia a fuerza de suprimir elementos esenciales que caracterizan al propio objeto de estudio (en tanto objeto social). Y, a partir de ahí, tratan de presentarse como construcciones puramente técnicas, con un nivel de rigor análogo al de las propias matemáticas y, por lo tanto, con un carácter incontestable que debe imponerse sobre cualquier consideración de orden político. En El orden de El capital tratamos de rastrear también el tipo de estafas que se producen a ese respecto en el terreno de la ciencia económica pero, una vez más, no se trata de impugnar el concepto moderno de ciencia ni nada por el estilo. Por el contrario, lo que tratamos de hacer es una minuciosa recuperación del concepto de ciencia moderna pero, precisamente, para demostrar que es la intervención de Marx (y no la de la microeconomía neoclásica) la que se ajusta a las exigencias que le corresponden.
La segunda pregunta que deseaba formularlos: ¿qué nuevos caminos al pensamiento crítico creéis que abre vuestro libro?
Creo que el principal camino que abre es la posibilidad de recuperar para posiciones transformadoras, al mismo tiempo, los grandes conceptos de la tradición ilustrada y el clarificador análisis aportado por Marx. Es un disparate intentar dar la batalla ideológica con los despojos teóricos que pretende dejarnos el capitalismo. Por el contrario, es fundamental recuperar todos esos conceptos centrales que no pueden dejar de ser aspiraciones de la humanidad. Regalar los conceptos de derecho y de ciudadanía para tratar de construir otros mejores o más novedosos u ocurrentes es algo tan insensato como intentar ganar una guerra fabricando tirachinas en vez de asaltando los polvorines del enemigo.
También afirma el jurado del premio que vuestra obra “fundamenta en un amplio estudio histórico, la incompatibilidad entre el capitalismo y la democracia, entre el capitalismo y la libertad y entre el capitalismo y la justicia social”. Hablabais antes de ello, pero dejadme insistir. ¿Estáis de acuerdo con todas estas incompatibilidades?
La radical incompatibilidad entre el capitalismo y los principios básicos del estado civil es, como hemos dicho ya, una de las tesis fundamentales que tratamos de defender. La reconstrucción histórica de su surgimiento es, sin duda, un lugar donde se puede ver con total transparencia y nitidez esa incompatibilidad. Pero, en realidad, se trata de una tesis que, a la altura del momento histórico que nos ha tocado vivir, se va volviendo cada vez más evidente.
Es impresionante ver, por ejemplo, la humillante puesta en escena de sometimiento y entrega de la soberanía que ha realizado el gobierno de España: para “tranquilizar a los mercados” ha escenificado de un modo abierto y público la cesión de la soberanía a las 40 principales empresas del país. Ahora bien, ningún régimen puede sostenerse indefinidamente prescindiendo de toda cobertura de legitimidad. Y el hecho es que este sistema, como está poniendo de manifiesto el movimiento del 15 de mayo, ha quebrado en gran medida su cobertura de legitimidad.
Algunos de los ganadores anteriores han sido Renán Vega Cantor, István Mészáros y Enrique Dussel. ¿Qué significa para vosotros estar en compañía tan grata?
Evidentemente, es un honor impresionante formar parte de esa lista. Y hay también otra lista que nos impresiona mucho y es, precisamente, la de los miembros del jurado que nos ha concedido el Premio. En efecto, para nosotros es un honor insólito haber sido seleccionados por un jurado del que forman parte intelectuales a los que admiramos y respetamos tanto como, por ejemplo, Atilio Borón.
Me habéis robado la pregunta sobre el jurado. Fuera ya del Premio Libertador: ¿qué respuesta ha tenido vuestro ensayo en la comunidad filosófica hispánica y europea?
Por ahora, nos han criticado mucho. Ha habido reseñas muy elogiosas, pero aquí mismo http://www.rebelion.org/noticia.php?id=119482 en Rebelion, se pueden seguir algunas polémicas encendidas. Diego Guerrero, que es un gran economista, nos criticó también desde su punto de vista, que consideramos equivocado <http://www.rebelion.org/docs/121732.pdf>
Vamos a intentar responder a estas críticas, porque resultan muy interesantes. De todos modos, el libro sólo hace seis meses que salió. Aún es pronto para juzgar. La edición se ha vendido muy bien, pero, ahora, gracias al Premio, su difusión será mayor todavía. Para nosotros lo importante es que el libro se lea y que contribuya a dar a conocer la obra de Marx. Porque lo que ante todo nos hemos propuesto es, por un lado, explicar la obra de El Capital de forma sencilla y accesible y, por otro, demostrar que el desastre humano al que nos estamos enfrentando con la actual crisis económica se comprende mucho mejor si partimos de Marx. Pusimos como subtítulo Por qué seguir leyendo a Marx porque estamos convencidos de que las leyes que explican lo que está ocurriendo siguen siendo, en el fondo, las que Marx descubrió en su estudio sobre el capitalismo. Y el libro se lo hemos dedicado a los y las comunistas, porque seguimos convencidos de que tenían razón en lo esencial: en luchar heroicamente contra el capitalismo para impedir que el mundo se convirtiera en lo que hoy se ha convertido.
Gracias. Me complace mucho cerrar la entrevista con esta última reflexión.