lunes, 27 de junio de 2011

La cárcel de la deuda en un capitalismo en manos de rentistas improductivos


27-06-2011

La cárcel de la deuda en un capitalismo en manos de rentistas improductivos

The American Prospect


La historia económica está llena de borracheras de euforia financiera seguidas luego de penosas resacas mañaneras. Cuando las naciones se despiertan achacosas por deudas contraídas en guerras financieras, fallidos episodios de especulación o faraónicos proyectos que revelados inútiles, tienen dos opciones. O bien prevalece la clase de los acreedores, a expensas de todos los demás; o bien los Estados encuentran la manera de reducir la carga de la deuda, de manera que la capacidad productiva de la economía consiga recobrarse.

Los acreedores –la clase rentista, en el léxico clásico— son normalmente los ricos y los poderosos. Los deudores, casi por definición, disponen de pocos recursos y de escaso poder. La “cuestión monetaria” en los EEUU del siglo XIX –la cuestión de si el crédito debía ser caro o barato— fue también una batalla entre el crecimiento y la austeridad.

La clase acreedora ve las cosas así: cualquier cosa que no pase por la plena reintegración de lo debido lleva inexorablemente al colapso de la civilización económica. Lo cierto, sin embargo, es que, a menudo, las deudas no son plenamente satisfechas. En el siglo XX, los especuladores perdieron fortunas a causa de que decenas de naciones dejaron de honrar sus deudas. En el siglo XIX, muchos estados federados y muchos municipios norteamericanos quebraron. Los perdedores de guerras y de revoluciones raramente pagan sus deudas. (Los viejos bonos zaristas carecen de valor, salvo en las subastas de antigüedades.) El Plan Brady de fines de los 80 del siglo pasado pagó a los tenedores de bonos de los deudores quebrados del Tercer Mundo 70 centavos por dólar, a fin de que el crecimiento económico pudiera reemprender su curso.

A veces, simplemente, las deudas no pueden ser pagadas. Por eso era ruinosa la idea de la cárcel por deuda (salvo disuasoriamente). La cuestión real es cómo reestructurar la deuda cuando es imposible devolverla. No se trata sólo de una pugna entre quienes tienen y quienes no tienen, sino entre los derechos del pasado y el potencial del futuro.

La deuda puede reducirse o aun anularse de maneras constructivas. O puede sumarse al caos. La inflación, por ejemplo, es una forma de erosionar la deuda, una forma arriesgada. Puede haber una quiebra calamitosamente súbita (Lehman Brothers), o una reestructuración cuidadosa y benéfica (General Motors).

La bancarrota suministra de modo ingenioso un alivio ordenado de la deuda pasada, de modo que la empresa productiva no necesariamente resulta destruida. Un juez valora los activos, los pasivos y la viabilidad de un negocio insolvente. Si se considera viable, no se permite a los acreedores vender la maquinaria, pero se les paga varios centavos por dólar, y la empresa termina siendo recuperada para usos constructivos.

El mundo de los negocios valora en EEUU el sistema de bancarrota conforme a sus propios objetivos, aunque los inversores sufran con él, de vez en cuando, más de un revolcón. Pero esa misma elite empresarial ve con recelo el que otros –propietarios de viviendas, pequeñas naciones, el entero sistema económico— busquen alivio al castigo económico que representa una deuda perversa. No por casualidad, uno de los más sagaces críticos del modo en que el colapso financiero ha terminado por privilegiar a los acreedores a expensas de todos los demás es también uno de los mayores expertos en procesos concursales y de bancarrota: la profesora Elisabeth Warren.

Los dos mayores ejemplos históricos sobre el modo de lidiar con deudas insostenibles se dieron tras las dos guerras mundiales: uno, extremadamente negativo; muy positivo, el otro. En la Conferencia de Versalles celebrada en 1919, prevaleció la mentalidad acreedora, y la recuperación europea de postguerra se abortó. Gran Bretaña y Francia imaginaron que podían sangrar a la derrotada Alemania, a fin de pagar sus propias deudas de guerras, inmensas (contraídas, sobre todo, con los EEUU). Gran Bretaña practicó también una política de rigor monetario para mantener el valor de su propia moneda en niveles de preguerra, a fin de proteger a su propia clase acreedora. Esa política destruyó a la economía alemana y mantuvo el desempleo británico en tasas del 10% durante dos décadas. El gran crítico de la locura británica fue John Maynard Keynes, entonces consejero del Tesoro británico. El libro publicado por Keynes en 1919, Las consecuencias económicas de la paz, alertó proféticamente de que la política de estrujar a Alemania hasta que “crujan las pepitas” causaría la depresión y una segunda guerra mundial.

Tras la II Guerra Mundial, la historia ofreció a Keynes la ocasión para hacer las cosas correctamente. Su sistema de Bretton Woods puso el énfasis en la recuperación interna, tanto de las potencias perdedoras como de las vencedoras, y creó un sistema monetario global en el que se negaba a los especuladores financieros privados toda capacidad para forzar a las naciones a emprender cursos deflacionarios. Nuestra propia Reserva Federal combinaba entonces políticas monetarias laxas con una regulación estricta, de modo que los bajos tipos de interés pudieran financiar la colosal deuda bélica sin invitar a una especulación destructiva. Dinero barato e inversión expansiva previnieron la recaída de Norteamérica en la depresión.

Hoy, esa lógica expansiva ha sido vuelta del revés, y los acreedores vuelven a ser hegemónicos de nuevo. Los bancos quieren dinero barato para sí mismos, y términos draconianos para los demás. Una Unión Europea afligida por los banqueros está castigando a Grecia, en vez de buscar un camino para que el país heleno crezca. En los EEUU, se niega todo alivio a los propietarios de vivienda con el agua al cuello, porque los contratos de deuda son sagrados, aunque esa política prolongue la agonía. Por doquiera se publicita la austeridad presupuestaria como la vía al crecimiento, siendo, en cambio, de toda evidencia que esa política niega a la economía su potencial productivo.

Y se habla de esas cuestiones como si fueran o inaccesiblemente técnicas o simplemente indiscutibles. Ni una cosa ni otra. Necesitamos democratizar, una vez más, la cuestión del dinero.

Robert Kuttner es un economista norteamericano, cofundador y actual editor de la revista The American Prospect, creada en 1990. Fue durante 20 años columnista  de Business Week, y es uno de los 5 cofundadores del Economic Policy Institute, un think tank de izquierda que cuenta, entre otros prestigiosos investigadores, con el economista Dean Baker, bien conocido por los lectores de SinPermiso.

Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Març

http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=4229

martes, 21 de junio de 2011

¿Comienza una revolución anticapitalista?


21-06-2011

¿Comienza una revolución anticapitalista?



En un pasaje memorable del Manifiesto Comunista Marx y Engels sostienen que con su ascenso la burguesía desgarró sin piedad el velo ideológico que impedía que hombres y mujeres percibieran la verdadera naturaleza de sus relaciones sociales “para no dejar subsistir otro vínculo que el frío interés, el ‘pago al contado’”. El capitalismo, decían, “ha ahogado el sagrado éxtasis del fervor religioso, el entusiasmo caballeresco y el sentimentalismo del pequeño burgués en las aguas heladas del cálculo egoísta … En una palabra, en lugar de la explotación velada por ilusiones religiosas y políticas ha establecido una explotación abierta, descarada, directa y brutal.” Y culminan esa sentencia diciendo que en ese mundo construido por la burguesía “todo lo sólido se disuelve en el aire; todo lo sagrado es profanado y los hombres, al fin, se ven forzados a enfrentarse, sobriamente, con sus condiciones reales de existencia y sus relaciones recíprocas.”
Varias consideraciones son pertinentes con respecto a estas palabras. En primer lugar para expresar la admiración que todavía hoy despierta esa extraordinaria capacidad de los fundadores del materialismo histórico para retratar, en unos pocos trazos, las profundas consecuencias que el ascenso de la burguesía tuvo sobre los hombres y mujeres de aquel tiempo. Segundo, para decir que el propio Marx revisaría aquella tesis cuando en el primer capítulo de su obra cumbre, El Capital, sentara los lineamientos generales de su teoría del fetichismo de la mercancía. Revisión que no significaba una corrección en lo tocante al tránsito histórico del feudalismo al capitalismo pero sí acerca del carácter abierto y transparente de la explotación en el seno de la sociedad capitalista. En la nueva formulación de Marx la explotación se invisibiliza, queda oculta bajo los pliegues del mercado y disimulada por la falsa equidad de la compraventa de la fuerza de trabajo. En esa ficción el obrero desprovisto de una conciencia socialista que lo inicie en los secretos de la plusvalía puede inclusive llegar engañosamente a congratularse por la “buena” remuneración recibida de su patrono.
Tercero, y principalmente a esto queremos referirnos, para decir que si de la vida política se trata las palabras aquellas del Manifiesto tienen una fuerza profética incomparable. La nueva crisis general del capitalismo ha sumergido las ilusiones fomentadas por los mentores y beneficiarios de la democracia liberal “en las aguas heladas del cálculo egoísta.” Como decía una de las pancartas enarboladas en la Plaza del Sol de Madrid “esto no es una crisis, es una estafa”. Y de la mano de ese doloroso descubrimiento iba otro: la estafa no sólo se ejecutaba en gran escala en el terreno económico. No menor era el fraude montado en el ámbito político al haber inducido al grueso de la población a creer que la sórdida e inescrupulosa plutocracia bajo cuya férula se desenvolvían sus vidas era una democracia. Por eso las quejas y reclamos exigiendo una “democracia real ya”, una “democracia verdadera” que reemplace a la pseudo-democracia cuyo interés excluyente es la preservación de la riqueza de los ricos y el poderío de los poderosos.
La crisis tuvo el efecto de concierciar a los pueblos del mundo desarrollado de que tanto ellos como nosotros en el Sur global somos víctimas de un sistema que, habiéndose despojado de los ropajes que ayer disimulaban su verdadera naturaleza, somete a unos y otros a “una explotación abierta, descarada, directa y brutal.” Y que lo que llaman democracia es en realidad la dictadura de la oligarquía financiera, que como lo recordaba el Che en la Conferencia de Punta del Este, es incompatible con la democracia.
Es en este cuadro cuando “todo lo sólido se disuelve en el aire” y el grito desesperado de la mujer retratada días atrás en el magnífico relato de Pedregal Casanova revela el dramatismo de la crisis: “una mujer joven (en el vagón de un tren de cercanías de Madrid) que un momento antes habría pasado desapercibida, puesta en pie, dejó escuchar entre lloros sus palabras: - ¡Les ruego... les ruego... que me ayuden! Soy... maestra... nunca imaginé que me podía ver en la calle. Me quedé sin trabajo... Me echaron del trabajo -declaró quedamente- me despidieron -levantó un poco el tono- cerraron varias aulas, y aquí, estoy aquí -sollozaba apretándose las manos una con otra- estoy sola con mis dos niños… Antes que dormir con mis dos hijos otra vez en un cajero he decidido pedir ayuda.” 1 Esta heroína (y víctima) anónima, surmergida violentamente en las aguas heladas de la “racionalidad costo-beneficio del capitalismo” representa con su grito a los centenares de millones que con sus padecimientos hacen posible la opulencia de los plutócratas que dominan bajo su disfraz “democrático.”
Días atrás el Financial Times de Londres hizo público un informe sobre las remuneraciones que, en este contexto de crisis, percibían los máximos ejecutivos de las más grandes empresas. La nota decía que “en lo que respecta a los banqueros la era de la contención (salarial) ha terminado.” En 2010, mientras el mundo continuaba su caída libre hacia el desempleo de masas, las ejecuciones hipotecarias y el empobrecimiento generalizado de la población, la “retribución media de los máximos responsables de los 15 mayores bancos europeos y estadounidenses aumentó un 36%, hasta (alcanzar una media anual de) 9,7 millones de dólares.” El pelotón de los bribones lo encabeza el presidente del JP Morgan Chase, Jamie Dimon, que mientras millones de estadounidenses se quedan sin empleo, ven ejecutadas sus casas y recortados (cuando no expropiados) sus haberes jubilatorios se embolsó 20,7 millones de dólares, casi dos millones de dólares al mes; le sigue un tal John Stumpf, presidente de Wells Fargo, con 17,5 millones de dólares Otro de los integrantes de esa banda, Lloyd Blankfein, presidente de Goldman Sachs, hombre pío si los hay, dijo una vez que los banqueros hacían ‘el trabajo de dios’. Por su celo sagrado percibió 14,1 millones de dólares. En el estado español, conmovido hasta sus cimientos por la oleada de manifestaciones de los “indignados”, el presidente del BBVA, Francisco González, se conforma con ganar unos 8.000.000 de dólares al año mientras que su colega del Banco Santander, el más importante de España, fue más ambicioso y calmó su ansiedad al ver recompensados sus esfuerzos en pro de sus ahorradores con trece millones de dólares.2 Ni hablemos, por supuesto, de las ganancias embolsadas por su jefe, el dueño del Banco Santander, don Emilio Botín-Sanz de Sautuola y García de los Ríos, Marqués consorte de O'Shea, según rezan las historias de vida más conocidas, quien, previsor el hombre, tuvo la precaución de depositar los ahorros de toda una vida de trabajo y sacrificios en esos tenebrosos santuarios del delito que son los bancos suizos. Podríamos seguir enumerando contrastes de este tipo a lo largo de muchas páginas, pero sería ocioso. Con mayor o menor detalle todos saben de los tremendos contrastes que presenta el capitalismo en su crisis actual, cuando la opulencia y el acelerado enriquecimiento de los ricos conviven con el empobrecimiento de las grandes mayorías sociales.
Ante esta situación cabe preguntarse por el destino de estas orgullosas y arrogantes pseudo-democracias, violentamente desmitificadas y "desfetichizadas" al calor de la crisis. También sobre los Estados que desnudaron su verdadera esencia, convertidos, al decir del viejo Hegel, en “sociedades civiles disfrazadas de Estado”, es decir, en aparatos institucionales que en lugar de ser las esferas de la justicia y la ética universales descendieron al infierno del egoísmo universal y de la primacía de los intereses privados por encima del beneficio público. La deslegitimación de las pseudo-democracias del capitalismo avanzado es una muy buena noticia, porque se pone fin a una mentira que ni siquiera era piadosa sino infame, puesta al servicio del fortalecimiento de las oligarquías y de la opresión de los pueblos.
Dados estos antecedentes no está de más preguntarse sobre lo que realmente está ocurriendo en Europa, en el norte de África y en Medio Oriente: ¿son revueltas populares, llamadas a extinguirse con el paso de los días, o son algo más, revoluciones? Nunca es fácil decir cuándo comienza una revolución. Lenin dijo una vez que eso ocurre cuando los de abajo no quieren y los de arriba no pueden seguir viviendo como antes. Lo que sí sabemos es que las revoluciones son procesos y no actos; procesos que tienen un comienzo que, en principio, no parece afectar a los fundamentos del orden social. Protestas aisladas, revueltas contra el precio de los alimentos, contra los “excesos de malos gobernantes”, contra la desocupación o el súbito empeoramiento de las condiciones de vida, cuestiones todas que no cuestionan los cimientos de la sociedad. Se cuenta que María Antonieta, esposa de Luis XVI de Francia, anotó en su diario la noche del 14 de Julio de 1789: “nada de importancia, salvo un disturbio en una panadería frente a la Bastilla”. Y en la Rusia zarista, el sacerdote ortodoxo Georgi Gapón, que había organizado una asociación para evangelizar a los obreros, encabezó una manifestación pacífica, crucifijo en ristre, en San Petersburgo para entregar un petitorio al zar. La respuesta fue la feroz matanza que desencadenaría la revolución de 1905, preludio necesario de la de Octubre de 1917. Tal como lo hemos examinado con detalle en otra parte, la dialéctica de la historia: la lucha de clases y el enfrentamiento con el imperialismo, suele convertir protestas y demandas en principio asimilables por el sistema en fragorosos procesos revolucionarios.3

¿Será esto lo que está gestándose en estos días? Difícil decirlo, pero hay signos inequívocos de que los poderosos dispositivos desmovilizadores y conformistas del fetichismo de la mercancía y de la pseudo-democracia han dejado de funcionar. El capitalismo y la democracia liberal son una gigantesca estafa, y esa convicción se ha hecho dolorosamente carne en los pueblos de España, Grecia, Islandia, y comienza a diseminarse por otras regiones del mundo desarrollado, además del Norte de África y Medio Oriente. Esa certidumbre ya la teníamos en América Latina, pero ahora cobra nuevos bríos porque ya no se puede decir que las protestas de esta parte del mundo -la primera en rebelarse contra la tiranía del capital en su fase actual- eran producto de nuestro atraso o de la desmesurada codicia de nuestras clases dominantes; ahora es casi todo el mundo capitalista el que está en rebeldía porque allí también se está aplicando la venenosa medicina del FMI, el BM y el Banco Central Europeo. Es demasiado pronto para saber si estas protestas tendrán la virtud de desencadenar la revolución anticapitalista que la humanidad necesita imperiosamente para sobrevivir. Pero por lo menos sabemos que de ahora en más la historia será distinta: que los condenados de la tierra no quieren seguir viviendo como antes y que los ricos comienzan a percibir que no podrán seguir dominando como antes. Son condiciones necesarias -si bien no suficientes- para una revolución, lo cual no es poca cosa. Más temprano que tarde la historia dará a conocer su veredicto.
Notas
1 Cf. Ramón Pedregal Casanova, “El Capitalismo real”, en Rebelión, 19 de Junio de 2006. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=130733
3 “Rosa Luxemburgo y la crítica al reformismo socialdemócrata”, estudio introductorio a la nueva edición de ¿Reforma Social o Revolución?, de Rosa Luxemburgo (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2010)

martes, 14 de junio de 2011

El Problema de la Transformación, Tercera Edición1

A Julián Borchardt1, popularizador de El Capital
El Problema de la Transformación, Tercera Edición1
Por: Manuel C. Martínez M.
Fecha de publicación: 14/06/11

imprímelo
“Toda la dificultad proviene del hecho de que las mercancías no se intercambian sencillamente como tales, sino como productos de capitales que pretenden participar en la masa total de la plusvalía en proporción a su magnitud, y que a igual magnitud reclaman igual participación. El precio global de las mercancías producidas por determinado capital en un lapso dado, está destinado a satisfacer dicha pretensión. Pero el precio global de dichas mercancías es la suma de los precios (de producción) de las mercancías aisladas que constituyen el producto del capital.” El paréntesis me pertenece.2 
Los precios de producción están referidos al monto en dinero que aspira cada productor a cambio del valor de su producción. Tales precios resultan beneficiosos para algunos capitalistas, y perjudiciales para otros, pero todos terminan contentos puesto que con ellos todos logran participar porcentualmente por igual en toda la masa de plusvalor creada por todos los asalariados en todas las fábricas del periodo correspondiente.
Se distinguen de los precios de mercado porque estos son el resultado de la puja entre vendedores y consumidores, mientras aquellos son el resultado de la competencia entre los mismos capitalistas que operan con diferentes composiciones orgánicas de capital, es decir, con diferentes estructuras técnicas.
Eso significa que los precios de producción representan la más perfecta simetría respetuosa de la función explotadora de los fabricantes burgueses. De la misma manera que explotan a sus asalariados y les arrancan una plusvalía en sus fábricas particulares, así terminan explotando a los demás capitalistas cuando estos logran para sí una mayor tasa de ganancia.
Para esta segunda explotación, los capitalistas más desarrollados logran vender su producción a un precio de producción que les garantiza una tasa de ganancia media para cada unidad dineraria invertida. Digamos que algunos venden un precio superior al valor, y otros a un precio inferior a aquel, pero en suma ambas producciones terminan vendidas al valor porque las sobreganancia de unos va con cargo a subganancias de otros.
El siguiente cuadro habla por nosotros:
Cuadro 1
Sector   c       v     g      Precios de producción     Valor
   I       250   40   44,6           334,6                      330,0
  II           80   20    15,4            115,4                      120,0
--------------------------------------------------------------
 Total    330   60    60,0           450,03                     450,0
 El problema deriva, según venimos informando y explicando, de que los empresarios no retiran del mercado tanto valor (valor trabajo) como el que entregan, pero esto no significa que el precio de toda la producción colocada macroeconómicamente, es decir, por todos los productores de bienes de consumo y de medios de producción, no sea igual al valor total con el que salen de las fábricas.
En ese Cuadro 1 vemos que los capitalistas del sector I colocan su oferta, cuyo valor es 330, al pp de 334,6.
Su inversión es de 290 = 250(c) + 40 (v), y su plusvalía que originalmente es de un valor = 40, termina elevándose, como ganancia, a 44,6.
Los capitalistas del sector II, menos tecnificados, colocan su oferta, cuyo valor es 120 en un pp = 115, 4.
Por eso afirmamos que la demanda monetaria de los productores difiere de sus valores sectoriales, pero la base calculatoria de esos precios de producción son los valores de la producción de ambos sectores.
Connotados economistas, unos menos marxistas que otros, marxistas confesos, y antimarxistas por naturaleza social, se han estrellado ante el hecho de que Marx usó limpiamente valores en el Libro I de El Capital, y luego remató con precios de producción en su Libro Tercero de la misma obra4.
Esa discrepancia expositiva entre ambos libros obedeció a que Marx partió de lo más simple y arribó a lo más complejo. Efectivamente, a nivel de una o pocas empresas, la ley del valor rige plenamente sin mayores transformaciones entre los valores y los precios5, pero en las economías ya avanzadas o imperialistas, la pugnacidad competitiva va más allá de la lucha entre ofertantes y consumidores, y pasa por la puja entre los mismos productores, y podría ser entre los grandes demandantes, como es el caso de los consumidores de petróleo: estos logran comprar a mínimos precios por debajo del precio que compran los demandantes menores, pero esto sería tema para nuevas entregas.
La observación que adujeron esos negadores de la teoría de Marx se centró en la discrepancia entre el precio de producción de la oferta del sector productor de medios de producción, y la demanda de estos medios por parte de ambos sectores.
Paul Sweezy6, por ejemplo, pretendió “corregir” a Marx y supuso que este había cometido el error de expresar todos los componentes del costo de producción en valor, y la plusvalía en precios de producción. Sweezy no entendió que los precios de producción se aplican sólo al producto total de cada sector y no a sus partes., porque mal puede partirse de un resultado para llegar a este. 
Tales analistas no pudieron entender que Marx operó con abstracciones de primer grado en el Primer Libro, y con abstracciones más elevadas en el Tercero. Su método fue rigurosamente científico, según el cual, en un primer momento partió de algunas variables, dejó constantes el resto, practicó análisis sobre estas bases incompletas, sacó conclusiones, y en un segundo momento incorporó las variables restantes para de esta manera ir concretando máximamente toda la realidad económica de una sociedad que opera con miríadas de protagonistas que luchan todos entre sí, y también como clase social frente a la clase dominada. Dentro de los propios miembros de la clase dominante, buscan la máxima ganancia extraíble de los aslaraidos no sólo dentro de los propios centros fabriles e individuales, sino de toda la masa de aslaraidos del país, y en el presente, lo buscan de todo el planeta aburguesado y capitalizado por un sistema económico que no conoce fronteras mercantiles, mientras su tasa de ganancia siga arrojando valores positivos para los capitalistas en funciones, y siga reinando mejoras tecnológicas que bajen sus tasas de ganancias individuales frente a otras empresas que logren unas mayores
Esta puja por venta de valores a precios de producción es una clara demostración de cómo el desarrollo de las fuerzas productivas traduce un indetenible declive en las tasas de ganancias, un desequilibrio que no cesa y, por supuesto, la permanente amenaza de rompimiento de la “paz burguesa”. Es un amanera de decir que desde hace tiempo las fuerzas productivas no caben dentro del estrecho saco de las mismas relaciones burguesas de producción.

marmac@cantv.net

lunes, 13 de junio de 2011

Crisis de la financiarización


13-06-2011

Crisis de la financiarización



La confusión financiera que se inició en Estados Unidos en el verano de 2007 y que se transformó en crisis financiera mundial causó grandes estragos en la economía real de los países desarrollados y se convirtió en una crisis mundial. Surgió de la explosión sin precedentes del crédito de alto riesgo en Estados Unidos, precedida por la burbuja estadunidense de la vivienda y su auge, pero también por el auge de las tecnologías de la información.
La tendencia tradicional del sistema financiero –estadunidense y mundial– a movilizar dinero ocioso penetró al ámbito del ahorro mundial de los trabajadores, incluidos los fondos de pensiones y pagos de seguros. Con ello estuvo en condiciones de movilizar recursos crecientes ya no sólo en las esferas locales, sino a nivel mundial. Lo hizo a través de dos tipos de créditos, expandidos como nunca: crédito a la vivienda y crédito al consumo. Como nunca antes –y en todo el mundo– el crédito penetró en estratos sociales de menores ingresos. Bancos y agencias inmobiliarias tentaron de forma enérgica a los trabajadores a tomar prestado, incluso con fondos reunidos en países diversos, como aconteció drásticamente en Estados Unidos.
Esto se tradujo en un proceso de financiarización o expropiación financiera de los asalariados. Y los ha llevado a una de las mayores regresiones de su historia reciente, por tres fenómenos primordiales: 1) las enormes pérdidas económicas que han sufrido los deudores hipotecarios, principalmente los prestatarios de bajos ingresos del sector llamado de alto riesgo; 2) las pérdidas de capital provocadas por la caída de los precios de un amplio abanico de valores en todo el mundo, valores respaldados con garantía hipotecaria –y con todo tipo de activos y de acciones– y que han implicado severos efectos en el volumen y la distribución del ingreso; 3) el enorme volumen de recursos públicos que se ha canalizado –se sigue canalizando– para rescatar bancos e instituciones financieras en todo el mundo y que se ha traducido en una significativa merma de la atención a las necesidades sociales.
Mucho se ha perdido. Muchísimo. Empezando en Estados Unidos. Por todo ello, es muy severa la hondura de la crisis actual y su superación será muy pero muy gradual, máxime que no se deriva de errores de política económica a o fallas de las instituciones, sino de la naturaleza misma del funcionamiento de la economía mundial actual. Estos son –en lo fundamental– los argumentos sobre la crisis actual que nos ofrece el prestigiado profesor emérito de la Universidad de Kokushikan en Tokio, Makoto Itho, en un brillante artículo del libro Crisis de la financiarización, coeditado por la Coordinación de Humanidades y el Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM y por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Apareció la semana pasada, casi simultáneamente con la edición en inglés, editado por la red de especialistas de Research on Money and Finance (www.researchonmoneyandfinance.org), y con apoyo de la revista Historical Materialism (www.historicalmaterialism.org). Bajo la coordinación de Costas Lapavitas –profesor de Economía en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres– y la compilación en español de Carlos Morera Camacho –investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM– el libro nos ofrece avances recientes de investigación de estudiosos de la dinámica económica mundial contemporánea, más particularmente de la crisis financiera actual. Ahí se incluye, precisamente, el excelente artículo del profesor Makoto Itho. Además de coordinar la edición, Costas Lapavitas profundiza en lo que denomina la expropiación financiera de los asalariados. Gary Dimsky profesor de economía de las universidades del Centro de Sacramento y de Riverside en California. Analiza con detalle la exclusión racial en el proceso de expansión del crédito de alto riesgo en Estados Unidos. Paulo L dos Santos, investigador de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres, hace una brillante radiografía de la banca contemporánea. Demophanes Papadatos realiza un detallado estudio sobre el papel contemporáneo de los bancos centrales. Juan Pablo Painceira, también de la Universidad de Londres, centra su atención en los flujos de capital, contemporáneamente fortalecidos por la enorme acumulación de reservas en los países en desarrollo que subsidian a países desarrollados, Estados Unidos primordialmente. Nuray Ergünes profesor de Economía de la Universidad Maltepe en Turquía, investiga sobre la génesis de la financiarización interna en los países de ingresos medios y la creciente tendencia de los bancos para favorecer mucho más el crédito al consumo que a la inversión.
Finalmente Carlos Morera y quien esto suscribe presentamos una visión de uno de los aspectos internacional más importante de la financiarización, los flujos de capital que en volúmenes crecientes por las reservas de países en desarrollo, el ahorro de algunos desarrollados, y los fondos públicos o soberanos provenientes –primordialmente– de países petroleros, se distribuyeron en un mundo desregulado bajo la forma de inversión extranjera directa, inversión de cartera y deuda, dando un nuevo perfil a la esfera financiera internacional, en la que los mercados financieros nacionales se vinculan como nunca antes a dicha esfera. A decir de coordinador (Lapavitas) y compilador (Morera) el libro muestra que la economía política radical tiene mucho que decir sobre la crisis contemporánea. Sin duda. Enhorabuena.
NB Un fuerte y enorme abrazo a la Caravana por la Paz con Justicia y Dignidad. Ahí estamos.

sábado, 11 de junio de 2011

La justificación ética del imperialismo


11-06-2011

La justificación ética del imperialismo



Todos los imperios, todas las naciones y todos los gobernantes han tendido siempre a conseguir dos cosas: una, legitimar ante la opinión pública sus actuaciones, y otra, asegurarse la continuidad del poder1. Una justificación mucho más perentoria si de lo que se trataba era de justificar un genocidio. Toda lucha armada va siempre acompañada de otra retórica2. En ella, abundan los eufemismos, para evitar llamar por su nombre a las cosas. Frente a la violencia innata del hombre se ponía sobre la mesa la civilización que, era la que hacía posible la convivencia. Por ello, llevar la civilización a los pueblos bárbaros no solo era deseable sino una obligación de los pueblos superiores. Había pueblos a los que evangelizar, culturizar y, en la actualidad, desarrollar. Una coartada perfecta que justificó lo mismo el expansionismo romano, que el hispano, el inglés o, actualmente el estadounidense.
Ya los griegos consideraron bárbaros prácticamente a todos aquellos que no eran helenos. Los romanos, crearon toda una corriente ideológica tendente a justificar su expansión. Llama la atención que ya en el siglo I d. C. Cornelio Tácito en su obra Historias afirmara que todos los pueblos que habían sometido a otros lo habían hecho bajo el pretexto de llevarles la libertad3. Incluso, en el siglo XVI, Ginés de Sepúlveda alabó la expansión romana en Hispania, pues, aunque generó algunos abusos, no fueron comparables con las ventajas, especialmente el haber traído a la Península Ibérica el latín4.
En el siglo XVI también se justificó la expansión en nombre de Dios y de la civilización. La Conquista fue presentada como el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época los amerindios constituían sociedades degeneradas y bárbaras por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos o de cristianizarlos, que era la misma cosa. Por ejemplo, Antonio de Herrera contrapuso la civilización castellana al barbarismo indígena, donde mandaban todos con violencia, prevaleciendo el que más puede. Ahora bien, excluía del barbarismo a los mexicas y a los incas.
En el siglo XIX hubo verdaderos cantores de la expansión imperial que veían en dicha expansión el triunfo definitivo de la civilización sobre la barbarie. Incluso, el trabajo científico de Charles Darwin y su evolución de las especies fue usado por muchos para justificar la sumisión de unos hombres a otros. Es más llegó a escribir que la selección de las especies en el caso humano podría debilitarse debido precisamente a la civilización. Pero lo cierto es que, aunque Darwin en su famosa obra no se refirió específicamente a la especie humana, muchos interpretaron que los grupos más civilizados terminarían exterminando o asimilando a las razas salvajes del mundo5.
Lamentablemente, en el siglo pasado esta línea de pensamiento que justificaba el predominio del hombre blanco se ha mantenido. La justificación ética del imperialismo británico ha sido especialmente duradera. En 1937 en una conferencia de la Commonwealth se afirmó que el único futuro que le quedaba a los indígenas australianos era su asimilación por la cultura occidental. Más allá de eso no había ningún futuro para ellos6. En 1948 Lord Elton escribió con orgullo que el pueblo británico había sabido entender mejor que nadie su misión en el mundo, al comprender y asumir que el Imperio acarreaba más obligaciones que beneficios7. Una justificación que siguen asumiendo actualmente algunos de los antiguos países de la Commonwealth. De hecho, en Australia, desde 1960 muchos niños indígenas han sido sacados de sus hogares para facilitar su aculturación, una practica que se seguía realizando a principios del siglo XXI8.
El pensamiento anti-indio se hizo doctrina oficial en la Argentina del siglo XX, justificando el genocidio el destierro y el saqueo. En un libro de geografía, aprobado como texto escolar por el Ministerio de Educación, y escrito en 1926 por el profesor Eduardo Acevedo Díaz, escribió lo siguiente: La Republica Argentina no necesita de sus indios. Las razones sentimentales que aconsejan su protección son contrarias a las conveniencias nacionales”.
En muchos casos, fue la propia Iglesia quien encabezó la justificación del imperialismo, alegando que llevaban la luz de la fe a los pueblos bárbaros. La Iglesia oficialmente defendió esta línea en la colonización de los Hamburgo. Y ello porque los beneficios se los llevaban ambos poderes: la Iglesia con la incorporación de millones de nuevos fieles, y el estado ampliando sobremanera el número de tributarios. Por ello nada tiene de extraño que el Papa pidiera perdón por los excesos cometidos en nombre de Dios en Latinoamérica, el 12 de enero de 2000, en un documento titulado Memoria y Reconciliación9 Bien es cierto que en la Edad Contemporánea cambió de actitud y pasaron a criticar el colonialismo y a defender la autodeterminación de las colonias. Y tenía su lógica, aquellos pueblos estaban ya cristianizados, ya no tenía ningún sentido seguir apoyando su explotación por parte del Estado, por lo que el pacto tácito entre ambos se rompió. Al parecer, solo en el caso del imperio portugués, la Iglesia mantuvo el apoyo a la lucha armada del gobierno contra los movimientos independentistas. Y el cambio de actitud no se produjo hasta fechas sorprendentemente recientes, como la revolución de los Claveles de 197410.
En la actualidad, sorprende nuevamente ver la misma justificación ética del neoimperialismo por parte de los Estados Unidos de América. Los mismos argumentos utilizados, por los romanos, el colonialismo moderno y el imperialismo decimonónico. Ahora se someten países sin conquistarlos físicamente, siempre bajo la justificación de liberarlos o de democratizarlos11. Estados Unidos, igual que el Imperio Romano, se presenta como la garante de los derechos humanos y de la libertad el mundo.

2.-EL ANTICOLONIALISMO
Obviamente, los que justificaban o justifican la superioridad ética o moral de unos pueblos sobre otros partían de una premisa falsa, pues las civilizaciones más avanzadas no han demostrado ser más pacíficas que las atrasadas sino al revés. Además, no se trataba más que de una tapadera para ocultar los verdaderos fines que no eran exactamente altruistas.
Hubo una corriente dominante que defendió el imperialismo, pues, de alguna forma los Estados se vieron obligados a justificar ante sus ciudadanos su política expansiva12. Sin embargo, siempre hubo otra corriente contraria, la anticolonialista que perduraron en el seno de todas las potencias colonizadoras hasta el mismísimo siglo XX. Ésta corriente se opuso con uñas y dientes a la política expansiva de los Estados. Ya en el Imperio romano, una generación de escritores del siglo I a. C. entre los que se encontraba Cicerón empalizaron con los bárbaros, acusando desde dentro al propio ejército romano de cometer atrocidades. Cicerón denunció la práctica del ejército romano de destruir y saquear un territorio y afirmar que lo habían pacificado13. Salustio fue todavía más allá al decir que la fundación de Roma sirvió de azote del mundo entero14.
Dieciséis siglos después, el padre Las Casas denunció las mismas cosas, al afirmar que llamaban pacificar a destruir. Y es que ponían gran empeño en la justificación ética de sus atrocidades conscientes de que es imposible que un plan genocida prospere sino cuenta con el apoyo o el consentimiento del aparato estatal y de una buena parte de la población15. No solo aplastaban al supuesto enemigo sino que además querían hacer creer que le asistía la razón. Por ello, en todos los imperios se debatió siempre la cuestión de la guerra justa.
En el imperio de los Habsburgo, la corriente crítica, aun siendo minoritaria, consiguió despertar muchas adhesiones, tocando la conciencia de muchos gobernantes. Realmente, fue la única potencia de nuestra era que se planteó seriamente la licitud de su ocupación. Una corriente de pensamiento que, en lo referente a los indios, encabezó el dominico fray Bartolomé de Las Casas, una persona comprometida socialmente con los más desfavorecidos en una época en la que casi nadie se ocupaba de ellos. Sin duda, la escuela de Salamanca y toda la corriente crítica debe figurar en un sitio de honor entre los defensores de los derechos civiles y sociales de la humanidad. Esta ideología caló en los propios reyes quienes se mostraron siempre preocupados por expedir una legislación protectora. El mayor éxito de la corriente crítica fue la aprobación de las Leyes Nuevas en 1542-1543 en la que, al menos sobre el papel, se abolió la encomienda y la esclavitud del indio. No obstante, su convencimiento no fue absoluto porque pensaban en la misión imperial de España que solo se podía mantener con los lingotes de metal precioso que se extraían a costa del sudor y de la sangre de los indios.
También los imperialismos contemporáneos tuvieron grandes detractores, personas que se movieron dentro de una corriente crítica, jugándose y perdiendo en muchos casos sus propias vidas. En el Siglo de las Luces hubo muchos intelectuales, escritores y filósofos que se posicionaron frente al colonialismo. El propio Voltaire se refirió al cinismo de muchos al defender el derecho de gentes y a la par explotar a los nativos hasta la extenuación. Ya a finales del siglo XIX aparecieron otros críticos en Francia que combatieron ardorosamente la política colonial francesa. Entre ellos, destacaron hermanos George y León Bloy. Este último denunció que era indigno para un país como Francia tener una historia colonial tan sangrante. Para él, la historia colonial francesa se resumía en seis palabras: dolor, ferocidad sin medida y bajeza. Los dos hermanos sufrieron persecuciones por decir lo que nadie quería oír, sufriendo deportaciones y encarcelaciones. Por su parte, Anatole France, en un discurso anticolonial pronunciado el 30 de enero de 1906 se lamentaba de que los pueblos llamados bárbaros no conocían a los franceses más que por sus crímenes.
Y es que occidente siempre se ha empeñado en evangelizar, modernizar, cooperar o democratizar otros territorios, ¿por qué? ¿para qué? Obviamente no por altruismo sino por el afán de dominar el mundo y de asentar y consolidar su poder. Y todo con la coartada de la civilización.
Notas
1 En este sentido, George Burdeau escribió que todos los mandatarios han tenido siempre la idea de conseguir ver reconocido su derecho a hacerlo. BURDEAU, George: El Estado. Madrid, Seminarios y Ediciones, 1975.
2 Hasta tal punto esto es así que, según Michael Ghiglieri todo asesinato debe estar justificado en la mente del soldado o del asesino, de lo contrario, derivaría hacia la locura. GHIGLIERI, Michael P.: El lado oscuro del hombre. Barcelona, Tusquets, 2005, p. 252.
3 CONDE; Juan Luis: La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización . Alcalá Editorial, Alcalá Grupo Editorial, 2008, p. 11.
4 Cit. en GONZÁLEZ, Jaime: “Imperio Romano e Imperio Hispánico en la historiografía española de la época de Carlos V”, Revista de Indias Nº 153-154. Madrid, 1978, p. 883.
5 COQUERY-VIDROVITCH, Catherine: “El postulado de la superioridad blanca y de la inferioridad negra” en Marc Ferro (Dir.): El Libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005, p. 794.
6 VUCKOVIC: Nadja: “¿Quién exige reparaciones y por cuáles crímenes?, en Marc Ferro (dir.): El libro negro del Colonialismo. Madrid, La esfera de los Libros, 2005, p. 939.
7 ELTON, Lord: El Imperio Británico. Barcelona, Luis de Caralt editor, 1948, p. 19. Esta comprensión del imperio inglés la contraponía al espíritu intolerante que reinó en el malogrado imperio español. Ibídem, p. 23.
8 VUCKOVIC: Ob. Cit., p. 940.
9 Nueve años antes, es decir, en 1991, ya había pedido perdón por los crímenes cometidos por la cristiandad en otro continente, el africano. VUCKOVIC: Ob. Cit., p. 916.
10 MERLE, Marcel: “El anticolonialismo” en Marc Ferro (Dir.): El Libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005, p. 735.
11 CONDE: Ob. Cit., p. 38-40.
12MERLE: Ob. Cit., p. 727.
13 CONDE, Juan Luis: La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización . Alcalá La Real, Alcalá Grupo Editorial, 2008, p. 119. Este autor realiza una interesante comparación entre la Roma Imperial y el neoimperialismo estadounidense. Concretamente compara la I Guerra Mitridática en la que Roma arraso este reino del próximo Oriente con la II Guerra del Golfo en la que Sadam Huséin fue apresado y su país ocupado. Mitrídates había configurado una gran monarquía en Oriente Próximo, ocupando el vecino reino de Bitinia, aliado de los romanos, y Huséin había hecho lo mismo, ocupando Kuwait. Ibídem , p. 90 y ss.
14 CONDE: Ob. Cit., p. 124.
15 LOZADA, Martín: Sobre el genocidio. El crimen fundamental . Buenos Aires, Capital Intelectual, 2008, p. 31.

La Comuna 1871, París capital insurrecta

11-06-2011
Una exposición recuerda la experiencia revolucionaria de hace 140 años
La Comuna 1871, París capital insurrecta



En el 140 aniversario del establecimiento de la Comuna de París, el ayuntamiento de la capital francesa montó una impactante exhibición en su histórico edificio de gobierno (Hôtel de Ville), del 18 de marzo al 28 de mayo de este año: La Commune 1871, Paris capitale insurgée. Por medio de fotografías, documentos, pinturas y cédulas museográficas, complementados por conferencias de especialistas, conmemoró ese efímero pero trascendente “asalto al cielo”, el primer gobierno autogestionario de los trabajadores en la época contemporánea.

La exhibición contaba con una introducción: París combativo y humillado, que cubría el periodo de septiembre de 1870 a febrero de 1871, en el que Napoleón III declara una guerra contra Prusia que lo hace capitular y provoca la caída del imperio; la proclamación de la República; el sitio de los alemanes sobre la capital, defendida por las milicias ciudadanas organizadas en la Guardia Nacional que se niegan a aceptar la rendición incondicional. Es el París patriota y republicano, de la defensa nacional, que se rebela frente al sometimiento de la Asamblea de Versalles.

París libre e insurreccionado y la formación de la Comuna se inician el 18 de marzo, cuando Adolfo Thiers, “jefe del Poder Ejecutivo de la República Francesa”, ordena el envío de tropas para el rescate de los cañones emplazados en Montmartre y comprados por los habitantes de la ciudad por suscripción popular. Oficiales y soldados se niegan a disparar sobre la multitud y fraternizan con los insurrectos, fusilando incluso a dos de los generales que venían al mando.

El Comité Central de la Guardia Nacional se instala en el Hôtel de Ville y convoca a elecciones para el gobierno de la Comuna el 26 de marzo. Se eligen 83 miembros con un perfil social excepcional: 33 obreros, cinco pequeños patrones, 14 empleados y 12 periodistas, artistas y miembros de las profesiones liberales, con el acompañamiento de activistas blanquistas, que forman el elemento motor, los revolucionarios independientes y los miembros de la I Internacional. Se estima que al menos 300 mil parisinos, entre hombres, mujeres y niños, denominados “comuneros”, dieron sustento y participaron en el movimiento.

La exhibición mostraba los decretos del gobierno revolucionario: autonomía de las comunas y alianza de las adheridas al pacto federal para garantizar la unidad francesa; autogestión de las fábricas abandonadas por sus propietarios; laicidad del Estado; regreso de las herramientas empeñadas por los trabajadores; abolición del trabajo nocturno, la guillotina y los intereses de las deudas; establecimiento del derecho a la educación gratuita; igualdad de salario entre hombres y mujeres; concesión de pensiones a las viudas de los miembros de la Guardia Nacional; remplazo de la leva y el ejército regular por la integración de las milicias populares a través de la Guardia Nacional, entre otros.

Dirigentes y seguidores de la Comuna daba cuenta de los nombres y fotografías de los más connotados líderes (incluyendo mujeres como Luise Michel), mientras que París de las barricadas: la capital construye sus defensas daba inicio con el decreto del 8 de abril que crea una comisión a cargo de la construcción de las barricadas; esto se hace posible con el trabajo conjunto de obreros bajo la dirección de jóvenes ingenieros unidos al movimiento. Más tarde, cuando las tropas de Thiers emprenden la represión, los comuneros levantan más de 900 barricadas en la batalla para defender su barrio, o simplemente su calle.

La semana sangrienta: París a fuego y sangre es la sección en la que se narran los acontecimientos trágicos de los siete días que van del 21 al 28 de mayo, cuando son masacrados más de 20 mil parisinos por el ejército regular y tiene lugar la más importante destrucción de edificios y monumentos que la ciudad haya sufrido en toda su historia. Las ejecuciones masivas de federados se multiplican en todas las barricadas, reducidas una a una por la acción mortífera de las tropas, que inexorablemente avanzan en la toma de la ciudad. Los postreros combates se libran en el cementerio de Père Lachaise, donde son fusilados sumariamente los últimos insurrectos. Thiers ordena dejar en exhibición los cadáveres “como un espectáculo que servirá de lección.”

París reprimido: arrestos, condenas y deportaciones da cuenta de las secuelas represivas que siguieron, con un estado de sitio que perduró por cinco años. Los miles de prisioneros, hombres, mujeres y niños, mantenidos hacinados en las cárceles existentes que, al rebasar su capacidad, son sustituidas por los primeros “campos de concentración” que se registran en la historia contemporánea. La mayoría de los miembros del consejo de gobierno son condenados a muerte o caen durante los combates, miles de personas son deportadas y sometidas a trabajos forzados en las más lejanas colonias francesas de ultramar, como Nueva Caledonia.

La exhibición cerraba con París en ruinas, borrando las trazas de un drama, que mostraba el más importante conjunto iconográfico de los inmuebles incendiados durante la semana sangrienta, así como los esfuerzos de las clases dominantes por reconstruirlos como una “revancha” contra la memoria de la insurrección de los trabajadores de París. La construcción de la Basílica del Sagrado Corazón, en las combativas alturas de Montmartre constituyó una suerte de exorcismo para hacer desaparecer los demonios libertarios de las clases populares y recordar a la posteridad que la autoridad, el orden y la propiedad de los poderosos deben prevalecer, a cualquier costo.

Flores rojas fueron depositadas en el Muro de los Federados, que perpetúa el recuerdo de los hombres y las mujeres que se atrevieron a soñar en un mundo de libertad, justicia e igualdad.

http://www.jornada.unam.mx/2011/06/10/opinion/023a1pol

Gestión colectiva y asociación económica imperial


11-06-2011

Gestión colectiva y asociación económica imperial



Una característica distintiva del imperialismo contemporáneo es la gestión colectiva. Estados Unidos ejercita su superioridad militar, a través de acciones coordinadas con las principales potencias. Mantiene una asociación estratégica en la tríada y actúa en sintonía con sus aliados de Europa y Japón.
Esta política de concertación occidental buscar reforzar la contundencia de las agresiones imperiales. Habitualmente las incursiones pretenden garantizar la apropiación de los recursos naturales de la periferia y asegurar el control de las principales vías del comercio internacional. Algunos autores utilizan el concepto “imperialismo colectivo” para retratar esta nueva modalidad de dominación coordinada [3] .
SURGIMIENTO Y CONSOLIDACIÓN
El imperialismo colectivo no introduce mecanismos equitativos en el manejo imperial. Estados Unidos es la fuerza dominante y hace valer su liderazgo en todos los terrenos, para obtener los principales lucros de la gestión conjunta. Al manejar la mitad del gasto bélico global, define cuáles son las operaciones militares prioritarias y dónde deben localizarse las presiones geopolíticas.
Este predominio del Pentágono reafirma la administración jerarquizada y la vigencia de una autoridad que tiene la última palabra. Las responsabilidades son desiguales y los frutos de la dominación se reparten en proporción al lugar que ocupa cada potencia, en la pirámide imperial.
Pero la gestión es colectiva, puesto que existe un interés compartido por todas las potencias del Primer Mundo. Esta convergencia explica la existencia de una asociación que surgió en la posguerra, a partir de la generalizada aceptación del padrinazgo militar estadounidense.
Las relaciones establecidas entre estos países no expresan simplemente la imposición del más fuerte. Reflejan también la demanda de protección que plantearon las clases dominantes de Europa y Japón a Estados Unidos, para enfrentar la insubordinación popular y la crisis socio-política que rodeó al debut de la guerra fría.
Los capitalistas de ambas regiones utilizaron la presencia militar norteamericana como escudo contra la oleada revolucionaria y los peligros del socialismo. Los marines desplegados en su territorio contribuyeron a disciplinar a los trabajadores. Los viejos colonialistas europeos se coaligaron posteriormente con el mismo gendarme, para contrarrestar los levantamientos antiimperialistas de África y Asia.
El pánico suscitado por el proceso de descolonización reforzó este alineamiento y terminó consagrando la primacía del Pentágono, como un dato inamovible del orden mundial. Por esta razón, la alianza militar asimétrica gestada en torno a la OTAN se consolidó, como cimiento de la gestión colectiva.
Estos vínculos no se modificaron con el colapso de la URSS y el ascenso del neoliberalismo. La participación subordinada de Europa y Japón, en las principales acciones globales que propicia Estados Unidos se mantiene sin grandes cambios. La primera potencia define intervenciones imperiales, que los socios suelen avalar. Este patrón quedó reafirmado en las últimas guerras preventivas que lanzó el gendarme norteamericano, para pulverizar los principios de soberanía, con el visto bueno de la tríada. L a iniciativa norteamericana y la subordinación de Europa y Japón se verificaron claramente en las agresiones del Golfo, Yugoslavia, Asia Central y Afganistán.
Habitualmente los socios nipones son añadidos a la escalada, sin muchas consultas. Transcurridas seis décadas desde la segunda guerra, las dimensiones del ejército japonés son insignificantes, la presencia de bases yanquis persiste en el país y el Departamento de Estado interviene en las principales decisiones políticas de Tokio. Este curso ha quedado reforzado por el renovado giro pro-norteamericano de las elites. Esta influencia condujo por ejemplo al envío de tropas a Irak.
El caso europeo es más complejo, pero está signado por las mismas pautas de un compromiso transatlántico que monitorea Estados Unidos. En las guerras recientes (Golfo-1991, Serbia -1999, Afganistán-2002, Irak-2003) se mantuvo la norma de contingentes europeos, bajo la dirección operativa norteamericana. La égida de la ONU y la supervisión del Pentágono se han verificado incluso dentro del Viejo Continente (Bosnia, Kosovo).
La asociación militar subordinada se extiende también a la fabricación de armas, que los europeos elaboran con normas compatibles o autorizadas por el Pentágono. Las mismas empresas que compiten en el sector civil (Airbus versus Boeing) están emparentadas en el campo militar. Todos los despliegues de envergadura son consultados con la comandancia estadounidense.
La demorada constitución de un ejército europeo ilustra esta dependencia y las continuadas tensiones dentro de la Comunidad. La unión del Viejo Continente es una construcción híbrida, que alcanzó formas de integración avanzadas en ciertas áreas (moneda) y alcances muy reducidos en otros campos (instituciones políticas). La defensa continúa sometida a responsabilidades exclusivas de cada estado nacional y no existe articulación fuera del ámbito condicionante de la OTAN.
Esta preeminencia de la alianza transatlántica no excluye cierta autonomía operativa, en las regiones que estuvieron tradicionalmente sometidas al manejo directo de Europa. En este campo funciona desde 1992 un pacto, que define los eventuales atributos de una fuerza de acción rápida.
Pero en los hechos, los dos países que concentran el 60% de gasto militar europeo (Gran Bretaña y Francia) tienen bien definido su radio de acción específico (África y ciertas zonas de Europa Oriental). Operan en consonancia con las decisiones de la ONU y las prioridades de la OTAN. Algunos autores denominan “alter-imperialismo” a esta combinación de subordinación y autonomía, que rige la política de las viejas potencias coloniales, actualmente atadas a la primacía norteamericana [4] .
EL SENTIDO DE UN CONCEPTO.
El predominio norteamericano en la gestión imperial abre serios interrogantes sobre el carácter colectivo de esa administración. ¿Qué grado de acción tripartita existe en un bloque sometido al dictado de un mandante militar?
El término “imperialismo colectivo” puede sugerir que la tríada es un sistema de peso equivalente entre Estados Unidos, Europa y Japón, cuando es evidente la primacía del Pentágono. Por esta razón existen objeciones a la teoría de la gestión conjunta, que resaltan la asimetría impuesta por un gendarme, que despliega su poder ante los restantes miembros de la OTAN. Esta caracterización destaca que Japón actúa como un satélite y Europa sólo goza de una restrictiva autonomía regional [5] .
Pero el concepto de imperialismo colectivo no implica una administración equitativa de los asuntos mundiales. La denominación puede brindar esa errónea imagen, pero constituye una categoría destinada a clarificar otros problemas. Reconoce sin vacilaciones que en la gerencia imperial los directivos norteamericanos están ubicados en la cúspide y los decisores europeos o japoneses ocupan rangos de menor relevancia.
Pero este escalafón jerarquizado no anula la existencia de un manejo conjunto. El imperialismo colectivo implica vigencia de estos rasgos de asociación. Europa y Japón actúan en común con Estados Unidos y no bajo la imposición de una bota norteamericana. Las clases dominantes de ambas regiones no son títeres del Departamento de Estado, ni siguen órdenes de la embajada yanqui, como por ejemplo ocurrió en el 2010 con la oligarquía golpista de Honduras. Actúan junto al hermano mayor, sin adoptar un comportamiento de satélites.
Estas precisiones son importantes para clarificar las diferencias existentes entre el imperialismo contemporáneo y su precedente clásico. En la actualidad rige una modalidad colectiva, que sustituye los viejos conflictos plurales por una administración conjunta. Este cambio aleja la posibilidad de guerras inter-imperialistas.
En la nueva configuración imperial, una potencia dominante actúa junto a un número significativo de socios subordinados.  El viejo imperialismo estado-céntrico se ha convertido en un sistema interestatal, que opera como un bloque de estados conectados a la egida dominante de Estados Unidos.
Esta forma de gestión implica una ruptura de la prolongada historia de conflagraciones inter-imperialistas. Las viejas potencias que guerreaban entre sí hasta la primera mitad del siglo XX, ahora actúan en forma concertada. No dirimen sus diferencias en el terreno bélico, sino en un marco acotado de rivalidades económicas y políticas. La pugna entre distintos estados con intereses divergentes persiste, pero esas tensiones ya no tienen resolución militar.
Este viraje modifica sustancialmente los protagonistas y escenarios de las guerras. El arsenal de Occidente es utilizado en común, para asegurar el despojo imperial y el Tercer Mundo se ha transformado en un epicentro de matanzas, que consuman las potencias en forma coaligada.
La gestión colectiva imperial inaugura un contexto histórico inédito. La ausencia de conflagraciones entre grandes países coexiste con la superioridad reconocida de la primera potencia. En ciertos planos, este contexto tiene puntos en común con la era de pacificación pos-napoleónica, que lideró Gran Bretaña entre 1830 y 1870.
Los autores que han trazado esta comparación, subrayan los parecidos existentes entre el “ Concierto de las Potencias” (que definió los equilibrios militares a principio del siglo XIX) con el monopolio de armas nucleares, que gestiona el Consejo de Seguridad de la ONU. Resaltan las semejanzas entre el proceso de restauración que consagró el Congreso de Viena, con la involución generada por el desplome del ex campo socialista. También señalan analogías entre la pentarquía, que construyó hace dos centurias un orden contrarrevolucionario (Rusia, Prusia. Austria, Inglaterra y Francia) y la coordinación que rige bajo el imperialismo contemporáneo [6] .
El equilibrio del siglo XIX se rompió al calor de la expansión capitalista, que reabrió las rivalidades bélicas. El ascenso de Prusia erosionó primero la hegemonía de Inglaterra y desembocó posteriormente en la Primera Guerra Mundial. La segunda conflagración internacional fue más demoledora y puso en peligro la propia supervivencia del capitalismo.
Las clases dominantes emergieron aterrorizadas de estas experiencias y son muy conscientes de los peligros que rodean a esos enfrentamientos. Por esta razón forjaron un sistema de protección bajo el mando estadounidense e introdujeron una forma de manejo imperial colectivo, que perdura hasta la actualidad.
GUERRAS GLOBALES Y HEGEMONICAS
El sistema que erigieron las grandes potencias diluye el peligro de guerras inter-imperiales, pero está sometido a otras tensiones. Un factor de permanente inestabilidad es la tendencia norteamericana a transformar su primacía en control mayúsculo. Cada agresión concertada de la tríada contra algún blanco de la periferia, contiene siempre una advertencia implícita del Pentágono contra sus aliados. Estas amenazas socavan la consistencia de la gestión conjunta.
Estados Unidos necesita intensificar su acción militar global para hacer visible su superioridad militar. No puede usufructuar de su ventaja, si las mantiene siempre en reserva. Está compelido a utilizar además toda su artillería, para contrarrestar la pérdida de superioridad comercial e industrial. La agresividad norteamericana no quiebra al imperialismo colectivo, pero afecta su desenvolvimiento.
La tríada funciona sobre un cimiento de asimetrías militares que perturban la coordinación imperial. Esta contradicción se verifica en los conflictos que se desarrollan como guerras globales y los choques que dan lugar a guerras hegemónicas. Mientras que el primer tipo de confrontaciones emerge de acciones conjuntas, el segundo tipo de pugnas consuma agresiones instrumentadas por cada potencia, al servicio de sus propios intereses.
Las guerras globales se diferencian en forma muy nítida de las viejas sangrías imperialistas. Implican acciones compartidas por todos los aliados, especialmente contra los países de la periferia. Incluyen un amplio despliegue militar, que es justificado con apelaciones a garantizar la “seguridad”.
Este último concepto es polimorfo y diluye las diferencias clásicas entre defensa exterior (ejército) y control interno (policía). Está dirigido contra enemigos difusos (“terrorismo”), que no tienen localización geográfica definida (“narcotráfico”). El argumento de la seguridad es utilizado para tornar porosas las fronteras e implementar guerras preventivas, que se sustentan en justificaciones imprecisas.
Las guerras globales son materializadas en nombre de un principio más amplio de “la seguridad colectiva”. Este criterio relega la defensa tradicional del territorio, como argumento central de la acción bélica. Se afirma que las mafias operan a escala mundial y deben ser combatidas en el mismo plano. Se estima que la globalización de la violencia torna obsoletos los antiguos principios de defensa nacional .
Pero en los hechos la “seguridad global” está en manos de la OTAN o del Consejo de Seguridad de la ONU y es utilizada de pretexto por las potencias imperialistas, para concertar alguna agresión. Con este argumento se implementaron, las guerras consensuadas de la era Clinton y la primera guerra del Golfo. La alianza que se forjó para llevar cabo ese desembarco incluyó a 26 países, tuvo asegurada una financiación repartida, contó con el visto bueno de todas las elites y siguió la escalada prescrita por la diplomacia imperial .
Estas incursiones multilaterales se llevan a la práctica, habitualmente, con algún estandarte de “intervención humanitaria” (Yugoslavia, Haití). Son precedidas por advertencias de la “comunidad internacional”, que alega alguna violación del derecho internacional. No exigen los acuerdos puntuales entre las potencias que se tramitaban en el pasado (dentro de la Sociedad de Naciones). Se procesan constantemente en los organismos permanentes que surgieron de la Segunda Guerra (Consejo de seguridad de la ONU) .
Las guerras globales modifican sustancialmente la dinámica tradicional de las conflagraciones inter-estatales. Se basan en nuevos principios de intervención, regulados a escala mundial. Sustituyen parcialmente la función histórica que conservaba cada estado, para organizar de la guerra en función de sus propios criterios de soberanía territorial. Estos fundamentos han quedado reemplazados por una acción capitalista colectiva contra las insubordinaciones sociales y los peligros geopolíticos.
Pero el carácter global de estas intervenciones queda invariablemente socavado por el comando que ejerce Estados Unidos. Con una red de 51 instalaciones globales para realizar desplazamientos diarios de 60.000 efectivos en 100 países, la primera potencia tiende a convertir las acciones globales en incursiones propias .
En muchos casos Estados Unidos implementa directamente atropellos unilaterales para reafirmar su dominación. Estas iniciativas se consuman en las regiones que considera propias (Panamá, Granada) y en las zonas que incluyen recursos o localizaciones estratégicas. La invasión a Irak que realizó Bush II constituyó un ejemplo de esta variante de agresiones. Actualizó las incursiones concebidas por Reagan en los años 80, para restablecer la primacía norteamericana con explícitos actos de provocación.
Las guerras hegemónicas constituyen también un producto de la tendencia norteamericana a imponer sus propias exigencias y necesidades a todos sus socios. La primera potencia busca controlar a sus aliados, evitando conflictos dentro del mismo campo. Pero las acciones unilaterales que desarrolla contra terceros, son también advertencias contra los miembros de su propio campo. Esta duplicidad conduce a transformar muchas operaciones conjuntas en incursiones propias .
La guerra imperial común iniciada en el Golfo derivó por ejemplo en una guerra hegemónica de Estados Unidos en Irak. Aquí fue visible el giro del interés colectivo inicial hacia una pretensión propiamente norteamericana.
Este desemboque obedece a distintas razones. A veces surge del fracaso de los operativos, en otros casos deriva de ambiciones específicamente estadounidenses y en ciertas circunstancias es un resultado de la simple dinámica de la agresión. Los voceros de políticas más pluralistas (Kissinger, Nye) y más hegemónica (Huntington) se suceden, en función del perfil que asume cada conflicto.
El imperialismo colectivo opera mediante una mixtura de guerras globales. Resulta imposible sostener el primer tipo de operaciones sin la conducción norteamericana y es muy difícil mantener la segunda variante, sin alguna colaboración de los socios de la tríada.
ASOCIACIÓN Y MUNDIALIZACIÓN
La solidaridad militar entre las potencias y la acción geopolítica coordinada que impera bajo el imperialismo actual, también obedece a la existencia de nuevas asociaciones económicas entre capitales de distinto origen nacional. Estos entrelazamientos han influido significativamente en el giro del conflicto inter-imperial, hacia las políticas compartidas que se verifican desde posguerra. La amalgama económica acota las tensiones entre los viejos contrincantes e induce a procesar las diferencias en un marco común.
El origen de esta internacionalización del capital fue el sostén norteamericano a la reconstrucción de los países derrotados después de la segunda guerra. Estados Unidos no desmanteló la industria, ni sepultó los avances tecnológicos de sus adversarios, sino que les concedió créditos para forjar el marco asociado. Aunque el propósito principal de este apuntalamiento era contener el avance soviético, el auxilio americano favoreció la gestación del patrón económico que singulariza al imperialismo colectivo.
La reindustrialización conjunta y la constitución de formas de consumo compartidos afianzaron la interdependencia de la tríada. Se forjó un abastecimiento concertado de materias primas y un desenvolvimiento extra-territorial de empresas multinacionales, en áreas monetarias compatibles.
Cuando la reconstitución de posguerra concluyó y reapareció la rivalidad entre las potencias, salieron también a flote los límites de esta coexistencia. Estados Unidos hizo valer su primacía militar para conservar ventajas, pero nunca llevó esta presión a situaciones de ruptura.
Las empresas chocaron por el control de los principales negocios, pero en un marco de mutua penetración de los mercados. La incidencia inicial de las firmas norteamericanas en Europa y Japón fue sucedida posteriormente por un proceso inverso de gran presencia de inversores y capitales externos en la economía estadounidense.
Estados Unidos recurrió al señorazgo del dólar y a la unilateralidad comercial y sus socios respondieron con aumentos de competitividad, que acentuaron los problemas de la primera potencia. Pero nadie quebrantó el nuevo marco de internacionalización económica conjunta. Las presiones más fuertes hacia el mercantilismo quedaron frenadas por la magnitud de las inversiones, que las empresas localizaron en los mercados de sus rivales.
El mantenimiento de esta asociación se explica también por el tamaño de los mercados actualmente requeridos para desenvolver actividades lucrativas. Las grandes corporaciones necesitan actuar sobre estructuras de clientes, que desbordan las viejas escalas nacionales de producción y venta. La compulsión competitiva no sólo obliga a incursionar en el exterior, sino que impone una presencia permanente en los mercados foráneos. La gigantesca dimensión de estas operaciones crea entre los propios competidores, un fuerte sentimiento de preservación de la actividad global .
Por esta razón la asociación internacional de capitales presenta un carácter perdurable. Más allá de los vaivenes coyunturales, esta interpenetración expresa el elevado nivel de centralización que alcanzó el capital. Las empresas necesitan sostener la escala de su producción, con inversiones repartidas en varios países, a través de convenios de abastecimientos situados en muchas regiones. La internacionalización es un resultado de estas exigencias.
La manifestación más visible de este entrelazamiento es la gravitación alcanzada por las empresas transnacionales. Unas 200 compañías de este tipo controlan un tercio de la producción y el 70 % del comercio mundial. Gestionan el 75 % de las principales inversiones y casi todas las transacciones de productos básicos. Se ha estimado que un hipotético país conformado por estas compañías ocuparía el octavo lugar en un ranking del poder económico y contaría con un PBI superior al vigente en 150 países. La “fábrica mundial” y el “producto mundial” no son la norma actual, pero constituye una tendencia del capitalismo contemporáneo [7] .
Estas compañías compiten entre sí, mediante segmentaciones productivas y especializaciones tecnológicas, para usufructuar de la explotación de la fuerza de trabajo. Protagonizan intensas carreras para reducir costos y ampliar las ganancias. Pero necesitan conservar un marco de convivencia global para sostener esta batalla.
La ofensiva del capital contra el trabajo que consumó el neoliberalismo reforzó esta asociación de capitales en los tres terrenos de mundialización financiero, internacionalización productiva y liberalización comercial. Este proceso es congruente con otras tendencias globalizantes, como la homogenización del consumo, los agro-negocios, las articulaciones fabriles y la deslocalización de la producción y los servicios .
Este salto de la mundialización constituye una transformación clave de la economía capitalista. Los cuestionamientos a la presentación apologética de este viraje -como un destino inexorable o favorable al progreso de la humanidad- no deben conducir a la negar su ocurrencia. Tal como sucedió en etapas precedentes capitalismo, un período de estabilización político-económica bajo el padrinazgo de la potencia dominante, facilita las transformaciones cualitativas del sistema . En el periodo actual la asociación económica apuntaló la gestión imperial conjunta.
COORDINACIÓN ACOTADA
El significativo avance que se ha registrado en la internacionalización económica no tiene correspondencia directa en el plano estatal. Hay mayor asociación productiva, comercial y financiera, sin contraparte institucional. Sólo existe una variedad limitada de organismos globalizados (FMI, OMC, BM), en un marco de instituciones regionalizadas (UE, ASEAN, MERCOSUR, NAFTA). El soporte real de estas estructuras son los viejos aparatos estatales, que operan a escala nacional.
Este escenario ilustra el alcance limitado de una mundialización que avanza sin desbordar ciertas fronteras. Hay mayor movilidad de los capitales financieros, pero en radios controlados por los distintos países. El comercio internacional ha crecido por encima de la producción, pero mediante intercambios que atraviesan las aduanas. Las empresas transnacionales actúan en todo el planeta, pero amoldadas a las regulaciones que fija cada estado.
Los dueños de estas compañías mantienen sus pertenencias de origen y operan dentro de sistemas productivos, que utilizan parámetros de competitividad nacional. Estos indicadores influyen sobre el perfil que asumen todas las compañías.
Los estados nacionales persisten, por lo tanto, como un pilar subyacente de la nueva estructura crecientemente globalizada. Esos organismos continúan actuando como mediadores de la actividad económica y como coordinadores del imperialismo colectivo. A diferencia de pasado, las políticas económicas nacionales están sujetas a convenios y condicionamientos multilaterales. Pero el FMI o la OMC sólo pueden instrumentar sus propuestas, a través de los ministerios y los funcionarios de cada país.
Esta perdurabilidad de los estados nacionales obedece a su rol insustituible en la gestión de la fuerza de trabajo. Sólo partidos, sindicatos y parlamentos nacionales pueden negociar salarios, garantizar la estabilidad social y monitorear la segmentación laboral, que requiere el capitalismo.
Únicamente las instituciones que operan bajo el paraguas de los estados nacionales pueden negociar contratos, discutir despidos y limitar las huelgas que obstruyen la acumulación. Ninguna entidad global cuenta con sistemas legales, tradiciones sociales o legitimidad política suficiente, para asegurar esa disciplina de la fuerza laboral.
Esta gravitación de los estados nacionales -en un marco de creciente globalización- obedece, en parte, a la ausencia de burguesías mundiales. Hay mayor entrelazamiento de las clases dominantes de distintos países, pero no existen bloques transnacionales indistintos. Las convergencias multinacionales no han disuelto las viejas pertenencias, que aún cohesionan a los banqueros, a los industriales y a los rentistas. Esos alineamientos entre connacionales persisten, en un contexto de nueva gestión internacionalizada de los negocios.
Las viejas solidaridades de origen no han quedado sustituidas por los nuevos conglomerados transfronterizos. Lo que existe es una mayor integración mundial de actividades económicas, que genera afinidad de compromisos políticos-militares.
Pero estas asociaciones operan en el marco de los estados nacionales existentes, a través de cambios en el balance de fuerzas, entre los sectores locales y globalizados de cada grupo dominante. Estos equilibrios difieren sustancialmente en las distintas regiones .
En Estados Unidos se afirma la gravitación de los segmentos internacionalizados, pero persiste la incidencia de los grupos dependientes del mercado local. En Europa se está construyendo una clase capitalista continental, con distintos vínculos de asociación extra-regional en cada país. En Canadá, Suiza u Holanda el nivel de entrelazamiento mundial de los dominadores supera el promedio general y en Japón se sitúa por debajo de esa media.
Estas diferencias retratan la inexistencia de un proceso uniforme de transnacionalización. Demuestran el carácter sinuoso de un proceso, que continúa mediado por la ubicación que mantiene cada estado, en el concierto internacional de las naciones.
Los ritmos de mundialización de cada grupo dominante dependen a su vez de la inclinación transnacional de las capas gerenciales y burocráticas de cada país. El giro mundialista es más pronunciado en los altos funcionarios y directivos que comparten costumbres cosmopolitas.
Cuanto mayor es la responsabilidad de estos sectores en las empresas transnacionales o en los organismos internacionales, menor afinidad mantienen con su vieja pertenencia nacional. Frecuentemente preservan una identidad dual. Pero esta evolución no se extiende al grueso de las clases dominantes.
El proceso de integración multinacional se mantiene sujeto a las mediaciones de los viejos aparatos estatales, generando grandes contrasentidos . Las clases dominantes utilizan, por ejemplo, el discurso de la globalización para atropellar a la clase obrera, pero bloquean la extensión de este principio a la libre movilidad de los asalariados. Aceptan la mundialización del capital, pero no del trabajo. Promueven la internacionalización de los negocios, pero rechazan su aplicación a cualquier acto de solidaridad social. Esta dualidad constituye tan sólo una muestra de las nuevas contradicciones en curso.
LÍMITES Y DIMENSIONES
El imperialismo ha globalizado su acción, en un marco de rivalidades continuadas y pertenencias a estados diferenciados. Esta gestión común ha modificado las formas de la dominación, que en el pasado se conjugaban en plural (choque de potencias), en la actualidad se verbalizan en singular.
Hay un imperialismo colectivo en el centro de la escena internacional. Pero la inexistencia de un estado mundial preserva la gravitación de las instituciones nacionales. La reproducción internacionalizada del capitalismo continúa desenvolviéndose por medio de múltiples estados. Esta convivencia demuestra que no existe una relación mecánica, entre la integración global de los capitales y surgimiento de un estado planetario. Las propias fracciones internacionalizadas necesitan utilizar la antigua estructura estatal, para viabilizar políticas favorables a su inserción global.
Sólo desde esa plataforma pueden impulsar leyes que liberalicen la entrada y salida de los fondos financieros, medidas favorables a la reducción de los aranceles y políticas de promoción de las inversiones foráneas. No existe ningún otro mecanismo para instrumentar esas iniciativas. Únicamente las burocracias nacionales pueden promover o bloquear esos procesos .
Un resultado paradójico de la mundialización en curso es esta dependencia de las reglas vigentes en cada territorio. Ningún organismo multilateral puede asegurar la estabilidad de los negocios, sin el auxilio de legales o coercitivos tradicionales .
El estado burgués nacional es la construcción histórica que sostuvo el surgimiento del capitalismo. Esa entidad fijó todas las normas que rigen la competencia por beneficios surgidos de la explotación. No es fácil reemplazar ese organismo por otro más adaptado a la internacionalización que ha registrado el sistema. Esta falta de sincronía entre la mundialización del capital y sus equivalentes en terreno de las clases y los estados, genera permanente tensiones.
Hay mayor coordinación económica, pero los representantes políticos de los distintos estados no traducen directamente el interés transnacional de las empresas asociadas. Como todas negociaciones se procesan a través de mediaciones variadas, siempre emerge alguna disonancia. Incluso las convergencias económicas que se alcanzan en la OMC, el BM o el FMI, no tienen contrapartida directa en la ONU o el G 7. En última instancia, la creciente mundialización choca con rivalidades económicas, que socavan los paraguas políticos de esa internacionalización.
Este escenario de constantes desequilibrios fragiliza los organismos multilaterales, desestabiliza a los estados nacionales y reduce la legitimidad de todos los artífices de la mundialización. Los obstáculos que actualmente enfrenta el imperialismo colectivo provienen de ese debilitamiento.
Para cumplir con la meta neoliberal de internacionalizar los negocios atropellando a los trabajadores, los estados nacionales redujeron en las últimas décadas todas las conquistas de posguerra. Rentabilizaron los negocios, pero quebrantaron la autoridad burguesa acumulada durante la era de concesiones sociales. El resultado de esta gestión regresiva es una pérdida de legitimidad, que socava el propio sustento social que requiere la reproducción del capital.
Esta erosión se acentúa día a día con la delegación de facultades nacionales hacia los organismos supranacionales. Estas transferencias corroen las viejas soberanías, a medida que irrumpe el nuevo poder de decisión que asumen las instituciones regionales o globales. Un proceso destinado a fortalecer la mundialización termina deteriorando este objetivo, al amputar la autoridad a los viejos estados que sostienen la internacionalización en curso.
El capitalismo contemporáneo se encuentra sometido a una presión mundializante que acentúa los desequilibrios del sistema. La compulsión a expandir la acumulación a todos los rincones del planeta está afectada por los obstáculos que genera esa universalización. Por esta razón, las formas de gestión económica asociada que facilita el imperialismo colectivo están permanentemente obstruidas por tensiones geopolíticas.
La imagen armónica de la globalización como una sucesión de equilibrios mercantiles planetarios, sólo existe en la ensoñación neoliberal. El capitalismo realmente existente está acosado por tensiones intensas, que exigen la intervención imperial para asegurar la continuidad del sistema. Sin marines, pactos del G 20 y ultimátum de la ONU, ninguna empresa transnacional podría garantizar su actividad.
El imperialismo contemporáneo utiliza la violencia para brindar el mínimo de estabilidad que requiere la internacionalización del capital. Desenvuelve esta función en una triple dimensión de coordinación de económica, asociación política y coerción militar. Es importante registrar estas variadas dimensiones, para evitar las caracterizaciones unilaterales del fenómeno.
Cuando se denuncian sólo las atrocidades bélicas resulta posible suscitar la indignación colectiva, pero no se esclarecen las motivaciones geopolíticas, ni la lógica económica de estas tragedias. Cuando se pone el acento sólo en la perfidia de la diplomacia tradicional, queda ensombrecido el sostén militar y los intereses financieros e industriales que motivan el accionar imperialista. Cuando se resaltan únicamente los propósitos de lucro, no se capta la amplia gama de recursos políticos y armados que utilizan las potencias, para imponer sus prioridades.
En última instancia una visión totalizadora del imperialismo contemporáneo presupone una comprensión igualmente abarcadora del capitalismo actual. Las carencias en uno u otro terreno impiden entender la dinámica del sistema vigente.
Lo esencial es notar que el imperialismo contemporáneo incluye una gestión colectiva de la triada bajo la protección militar norteamericana. Esta preeminencia impide un manejo equitativo del orden mundial, pero introduce formas de administración que sustituyen el viejo escenario de guerras inter-imperiales por una combinación de de incursiones conjuntas y agresiones específicas de cada potencia. Esta solidaridad militar obedece, a su vez, al peso alcanzado por nuevas asociaciones económicas entre capitales de distinto origen nacional. Para comprender esta evolución es muy útil observar lo ocurrido en la última década.
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RESUMEN
 

 
El imperialismo contemporáneo se caracteriza por una gestión colectiva de la tríada. E xiste un interés compartido en desarrollar una administración común bajo la protección norteamericana. Esta pauta se ha verificado en las guerras recientes, que corroboraron la subordinación de Japón y los límites de la autonomía europea.
 
El imperialismo colectivo no implica un manejo equitativo del orden mundial, pero sí asociaciones que modifican radicalmente el viejo escenario de guerras inter-imperiales. Este nuevo marco tiene ciertas semejanzas con el concierto de las naciones de principio del siglo XIX.
 
Las agresiones imperiales conjuntas ( guerras globales) coexisten con acciones al servicio específico de cada potencia (guerras hegemónicas). La tendencia norteamericana a convertir a sus socios en vasallos determina muchos pasajes de la primera modalidad a la segunda. Todas las incursiones se implementan con el pretexto de la seguridad colectiva, que ha sustituido a la defensa nacional, como principio rector de la intervención armada
 
La solidaridad militar entre las potencias y la acción geopolítica coordinada obedece a la existencia de nuevas asociaciones económicas, entre capitales de distinto origen nacional. Este entrelazamiento se explica por el tamaño de los mercados requeridos para desenvolver actividades lucrativas. También expresa el nivel de centralización que alcanzó el capital y se verifica en la mundialización financiera, la internacionalización productiva y la liberalización comercial.
 
El avance de la internacionalización económica no tiene correspondencia directa en el plano estatal. El soporte de este proceso son los viejos estados nacionales, puesto que ninguna entidad global cuenta con sistemas legales, tradiciones sociales y legitimidad política suficiente, para asegurar la reproducción del capital. Esta contradicción genera múltiples desequilibrios.
 
E l surgimiento del capitalismo se sostuvo en el estado burgués nacional y no es fácil reemplazarlo por otro organismo, más adaptado a la internacionalización. Esta falta de sincronía genera permanentes tensiones en la coordinación económica, la asociación política y la coerción militar del imperialismo colectivo.
 

 

 

 

 

 



 
 
[1] Este artículo forma parte de un libro sobre el imperialismo contemporáneo de próxima aparición.
 
 
[2] Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda). Su página web es www.lahaine.org/katz  
 

 
[3] Amin Samir, El imperialismo colectivo, IDEP-CTA, Buenos Aires, 2004. Amin, Samir, “Geopolítica del imperialismo colectivo”, en Nueva Hegemonía Mundial, CLACSO, Buenos Aires, 2004.
 

 
 
[4] Serfati Claude. La mondialisation armée Textuel, Paris, 2001
 

 
[5] Ver: Borón Atilio. “Hegemonía e imperialismo en el sistema internacional”, en Nueva Hegemonía Mundial, CLACSO, Buenos Aires, 2004. Borón Atilio, “La cuestión del imperialismo”. La teoría marxista hoy, CLACSO, Buenos Aires, 2006.
 

 
 
[6] Anderson Perry. “Algunas observaciones históricas sobre la hegemonía”, C y E, año II, n 3, primer semestre 2010.
 
 
[7] Hemos desarrollos este tema en: Katz Claudio. -“Desequilibrios y antagonismos de la mundialización”. Realidad Económica n 178, febrero-marzo 2001, Buenos Aires, Argentina.